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jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 06:30

Carlos Felipe Terán: escritor y soldado

/ 28 de noviembre de 2021 / 00:45

A los 19 años, antes de marchar a la guerra, era colaborador asiduo de las páginas del diario La Patria de Oruro y escribía ocasionalmente para La Razón y El Diario de La Paz, y para El Republicano de Cochabamba.

Ya en abril de 1932, con apenas 17, publicó en La Patria dos impecables traducciones de la revista francesa L’Ilustration: El vuelo del Graff Zeppelin por el Polo Ártico y L’Atlantique.

Hasta poco antes de su caída en el Chaco, publicó numerosos artículos, algunos de ellos firmados con el seudónimo «Fulano de Tal».

Carlos Felipe Terán Quintanilla nació en la ciudad de Oruro el 20 de agosto de 1915. Años antes, Felipe Terán Sosa y Adela Quintanilla Guzmán, sus padres, habían incursionado en la actividad periodística orureña en El Industrial. Adela, catalogada por el historiador José Macedonio Urquidi como una de las “Bolivianas Ilustres» en su conocido libro, poseía una sólida formación intelectual que transmitió con fervor a sus hijos, a quienes educó personalmente sin intervención de la escuela pública. Carlos Felipe debía en gran medida a su madre la brillantez con la que empezaba a figurar en la prensa nacional a una edad tan precoz que resulta difícil de imaginar.

No había hecho sino dar sus primeros pasos en el mundo literario y periodístico cuando lo sorprendió el conflicto bélico.

Ingresó al cuartel el 14 de abril de 1934, acudiendo al llamamiento de los conscriptos de 1935, es decir se presentó voluntariamente antes de cumplir la edad requerida. Partió al frente de guerra el 20 de mayo de 1934, formando parte del Regimiento Iténez. A comienzos de agosto actuó en Cañada Strongest, en el Regimiento 40 de Infantería, 2da. Compañía. Del 18 al 26 de agosto estuvo en la famosa batalla, cuando las tropas paraguayas intentaron cercar a las bolivianas. En la operación, su compañía salió sin dejar un solo hombre, a excepción del teniente Vargas Salazar que cayó prisionero por haberse adelantado con sus hombres. El dato lo proporciona Terán en una carta de fecha 26 de agosto. En esta «aventura», según expresión propia, perdió sus efectos personales y la correspondencia para La Patria y La Razón.

Por lo visto, sin dejar su puesto de soldado, Carlos Felipe se proponía continuar su labor de escritor, en tanto lo permitiesen las circunstancias. De hecho, varios de sus artículos fueron publicados cuando ya estaba enrolado en las filas militares.

Después de Cañada Strongest, permaneció en el Regimiento La Paz, 40 de Infantería, en el 2º batallón a cargo del teniente Aramayo, desempeñándose como furriel. Luego, el 25 de septiembre pasó a órdenes del coronel Peredo, como telefonista del comando, permaneciendo en ese puesto todo el mes de octubre.

La última carta a su madre es del 5 de noviembre de 1934. En ella, como es natural, trata de tranquilizarla sobre las penurias de la guerra y agradece la recepción de dos paquetes de periódicos.

Después nada más se supo de él. La prensa publicó que habría caído prisionero en el desastre de «El Carmen», pero la noticia no se confirmó. Al contrario, a los pocos días el coronel Peredo mandó a sus familiares el siguiente telegrama: «Soldado Felipe Terán Quintanilla falleció después de brillante actuación en Fortín Camacho».

Una de las más de 50.000 vidas bolivianas perdidas en la contienda chaqueña. Un pariente muerto 10 años antes de que yo naciera, al que llegué a conocer solo por sus escritos, guardados con primor por sus tres hermanas, dos de ellas mis tías y la otra mi madre. Como ellas ya no están, quise compartir con los lectores por lo menos el recuerdo de su nombre.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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La muerte de Tomás Katari

/ 9 de enero de 2022 / 03:06

Julián Bonifacio, alias el Saralagua, integrante de las filas insurrectas, anuncia a grito pelado que otra vez se llevan preso a la ciudad de La Plata al kuraka Tomás Katari.

Surge espontánea la respuesta popular:

En el abra de Queñuapugio, a media legua de la cuesta de Chataquilla, ahí nos vamos a concentrar; las mujeres y los muchachos se van a subir a las alturas para hacer caer las galgas y nosotros desde abajo y desde los costados les vamos a atacar con nuestras warakas…

—Dice pues que el Juan Antonio Acuña y sus chapetones están armados hasta los dientes, amarrado dice que lo están llevando a nuestro kuraka y a su escribiente don Isidro Serrano…

—Pero nosotros somos muchos, hermano, aprovecharemos la pendiente del terreno y les daremos una sorpresa. ¡Vamos a Chataquilla!

—¡Rijchariichej llajtamasikuna! !Jakullayña wauqekuna!!!

Comienzos de 1781, el año de los grandes alzamientos contra la colonia española, de los cuales Tomás Katari fue un precursor. Los pueblos originarios ya no soportaban los constantes abusos de los corregidores españoles y criollos, de los caciques nativos que estaban a su servicio y de los curas que eran cómplices y se beneficiaban de la explotación colonial.

Tomás Katari, kuraka quechua-aymara de Macha, en la entonces provincia de Chayanta, venía luchando varios años contra los atropellos. Para plantear sus reclamos hizo un memorable viaje a pie hasta Buenos Aires, sede del nuevo Virreinato al que había pasado a pertenecer el territorio de Charcas. Tomás Katari caminó unas 600 leguas (más de 3.000 kilómetros), acompañado de su fiel colaborador y amigo Tomás Achu. Logró hacerse oír por el virrey Juan José Vertiz, quien le otorgó algunas licencias para ejercer su liderazgo tanto en Macha como en toda la provincia de Chayanta, donde ya era muy conocido.

Las autoridades chuquisaqueñas no quisieron reconocerle en sus funciones y más bien lo apresaron, pero Tomás Katari logró fugar cuando lo conducían maniatado a la cárcel de Aullagas.

Poco después volvieron a tomarlo preso, lo que ocasionó el comienzo de la rebelión en la región de Pocoata, en 1780. Los pobladores originarios se reunieron allí con motivo de las listas o turnos para la mit´a de Potosí y exigieron al corregidor Joaquín de Alós que Tomás Katari sea liberado, pues ya había pasado casi medio año desde su último apresamiento. Alós respondió con insolencia y mató de un pistoletazo a Tomás Achu, respetado cacique, compañero de viaje de Tomás Katari. Fue la chispa que provocó el incendio. Miles y miles de hombres y mujeres se arremolinaron y tomaron preso al corregidor Alós. Lo hicieron caminar semidesnudo y descalzo y lo canjearon por Tomás Katari… Liberado, el líder fue acogido apoteósicamente y reconocido como la única autoridad legítima, pues la rebelión se había extendido por los pueblos de la región: Macha, Pocoata, Sacaca, Aymaya, Pitantora, Moscarí, Moro Moro, todo el norte de Potosí.

En esas condiciones fue nuevamente apresado en las inmediaciones del asiento minero de Aullagas. Aprovecharon que gran parte de su gente estaba dedicada a la siembra de verano, algunos caciques traidores colaboraron en su apresamiento.

El “Justicia Mayor” se empeñaba en llevar a Tomás Katari para entregarlo una vez más a la Audiencia de Charcas. Es en esas circunstancias que sus miles y miles de seguidores intentaron rescatarlo en la cuesta de Chataquilla. Luego de varias escaramuzas, la patrulla española fue rodeada por los cuatro costados, Acuña se da cuenta de que está perdido. En vez de rendirse y liberar a los cautivos, ordena matarlos a quemarropa.

Así muere el caudillo Tomás Katari… al mediodía del 8 de enero de 1781.

La reacción ante este crimen fue dura y fulminante, una furia incontenible destrozó a la patrulla española, aniquilando a todos sus integrantes.

La insurrección no se apagó. Dámaso y Nicolás Katari, primos hermanos de Tomás, encabezaron la continuación de las acciones.

Por esas fechas, Túpac Amaru II levantaba sus estandartes de guerra en el Cuzco y Julián Apaza (Túpac Katari) hacía lo propio en La Paz. (Datos tomados del ‘Diccionario Histórico de Bolivia’ y del libro ‘La rebelión de Tomás Katari’, de Claudio Andrade Padilla)

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Chile: ‘La esperanza venció al miedo’

/ 26 de diciembre de 2021 / 06:31

Son palabras destacadas de Gabriel Boric en su primer mensaje como presidente electo. Cambios profundos para hacer de Chile un país con menos lacerantes desigualdades y estándares de pobreza, es la bandera levantada por las coaligadas fuerzas democráticas y de la izquierda. Por tanto, es ahí donde se generan las esperanzas. ¿Dónde nacen el miedo y las mentiras? Pues en los núcleos derechistas frecuentemente impulsados, financiados y alimentados ideológicamente por organismos yanquis como la CIA, el FBI o USAID. A veces actúan de modo directo y otras mediante fundaciones de fachada, entre otras aquella en la que Sánchez Berzaín funge como director ejecutivo: Interamerican Institute for Democracy.

¿Qué hicieron esta vez y cuánto gastaron para ayudar a la ultraderecha chilena en la tarea de impregnar de miedo la campaña electoral? Si no aparece otro periodista como Julian Assange, que ponga en riesgo su libertad y su propia vida para dar a conocer estos datos, se tendrá que esperar algunas décadas hasta que los documentos se “desclasifiquen”. Esto es lo que precisamente ocurrió en los años 70.

La oposición norteamericana al proyecto de la Unidad Popular, encarnado en Salvador Allende, se inició mucho antes de que esta coalición llegara al poder. Inicialmente se centró en romper la línea tradicionalmente constitucionalista que la CIA llamaba “apoliticismo… e inercia constitucional” de los militares chilenos. El punto de partida era que los oficiales de ese país se habían formado profesionalmente bajo la égida del Pentágono. Se calcula que para esas fechas más de 4.000 oficiales chilenos habían pasado por diferentes centros de adiestramiento de los EEUU.

La CIA ya libró una batalla contra Allende en las elecciones de 1964, ordenada dos años antes por John Kennedy a un costo de más de $us 3 millones. Pero fue Nixon quien instruyó al jefe de la CIA Richard Helms “impulsar la colaboración con los militares chilenos y estimular que tomaran por sí mismos la iniciativa en las acciones con el objetivo de impedir el acceso de Allende al poder…”. El 21 de septiembre de 1970, desde el cuartel general de la CIA se envió a la estación de Santiago un telegrama que en lo sustancial decía: “El propósito de la operación es impedir el arribo de Allende al poder. Las maniobras parlamentarias han sido desechadas. La misión es una solución militar” (US Congress… An Interim Report, 1975, p. 240).

Esto condujo al asesinato del general René Schneider, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas (consumado el golpe también asesinaron al general Carlos Prats, otro militar constitucionalista). Pero ni así lograron impedir la posesión de Allende como presidente constitucional el 4 de noviembre de 1970.

El gobierno de los Estados Unidos, si bien decía de dientes para afuera que respetaba el proceso chileno, intensificó la conspiración poniendo en juego todos los mecanismos a su alcance, en particular la CIA que dispuso para su accionar $us 8 millones. Sin contar los significativos aportes de corporaciones privadas como la ITT que veían afectados sus intereses en Chile.

EEUU financió a los partidos de la oposición derechista, subvencionó a medios de difusión como el diario El Mercurio y a las huelgas salvajes de los camioneros, desató una guerra económica sin precedentes, tendió un cerco implacable anulando créditos y bloqueando todas la posibilidades de cooperación financiera de organismos internacionales.

El paso siguiente fue el sangriento golpe de Estado encabezado por Pinochet, el 11 de septiembre de 1973. El secretario de Estado de Nixon, Henry Kissinger, dijo ante los congresistas que lo interrogaban que la “CIA no tuvo relación alguna con el golpe de Estado en Chile”. Sin embargo, pocos meses después, el nuevo director de la CIA, William Colby, al intervenir en la Cámara de Representantes, dijo todo lo contario: “El gobierno de Nixon facultó a la CIA a dedicar en secreto en el periodo 1970 a 1973 $us 8 millones para desbaratar las posiciones del gobierno de Allende”.

¿Puede alguien en su sano juicio asegurar que acciones parecidas no se repetirán? Tambor Vargas solo respondería: “Moriremos si somos sonsos”.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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A no dudarlo: los servicios secretos no duermen

/ 12 de diciembre de 2021 / 03:20

Una de las ventajas que poseemos quienes estamos en la llamada “tercera edad” es ver los acontecimientos en perspectiva de mayor tiempo. Podemos armar cronologías a veces por mitades de siglo. Los simples años se nos pasan volando, casi sin sentirlos. Por eso contamos por décadas. La revolución del 9 de abril, la subida de los militares al poder con su secuela de acciones tiránicas, la dura confrontación con los trabajadores asalariados de las minas, el surgimiento de la televisión, la llegada del Che a Bolivia, la instalación de dictaduras militares en América Latina, la recuperación de la democracia, el ingreso a la era de la internet… en fin, todos son sucesos ocurridos en la segunda mitad de la centuria pasada y marcaron intensamente a nuestra generación.

Pero el simple recuento de los hechos no basta. Hay que intentar penetrarlos con la indagación, cotejarlos con la información documental que a veces se revela luego de permanecer “clasificada” por décadas. Se puede y se debe arriesgar interpretaciones que busquen explicar las causas y las concatenaciones entre fenómenos aparentemente desconectados entre sí.

Por ejemplo, no son un hecho aislado, sino parte de un plan global, las acciones encubiertas de la CIA, en coordinación con el Pentágono, para encumbrar al general René Barrientos Ortuño, entre 1962 y 1966, los documentos recién fueron “desclasificados” en 2004, más de 40 años después (Foreign Relations of the United States, FRUS, volumen 31, documentos 147-180). Revisando esta documentación se establece que la CIA gastó más de $us 1 millón para llevar al poder al aviador boliviano mediante un golpe de Estado. Bill Broe, jefe de la división latinoamericana del servicio clandestino le reportaba entusiasta a Richard Helms, entonces jefe máximo de la CIA, que “Con la elección de René Barrientos como presidente de Bolivia, el 3 de julio de 1966, esta acción se ha completado satisfactoriamente”. La CIA envió a la Casa Blanca el expediente sobre Barrientos en ocasión de la visita de éste a los Estados Unidos. El asesor de seguridad nacional Walt Rostow, a tiempo de pasarle este informe al presidente Lindon Jhonson le decía: “Esto es para explicarle por qué el general Barrientos puede darle las gracias cuando cene con él el próximo miércoles día 20”.

En algunas ocasiones mediante la movilización ciudadana y la presión internacional es posible obtener dictámenes judiciales o resoluciones administrativas para que dicha “desclasificación” sea un tanto menos mezquina, algo más acelerada y sobre todo accesible. Según Wikipedia, «El National Security Archive es una institución no gubernamental sin fines de lucro localizada en la Universidad George Washington en Washington DC en Estados Unidos. Fundada en 1985 por Scott Armstrong, esta institución archiva y publica documentos desclasificados por el Gobierno de los Estados Unidos relacionados con la política exterior de dicho país. El archivo recolecta y analiza los documentos de varias instituciones de gobierno obtenidas gracias a la ley de libertad de información (Freedom of Information Act). El archivo entonces selecciona para hacerlos públicos en forma de manuscritos y microfichas a la vez que los publica en su página web…”

Uno de los principales investigadores del National Security Archive era Peter Kornbluh, quien se ocupó detenidamente en el caso de la dictadura chilena de Pinochet consiguiendo “desclasificar” más de 24.000 documentos del Departamento de Estado y de la CIA que tratan sobre la guerra secreta contra el gobierno constitucional de Salvador Allende.

La próxima quincena veremos algo de esa guerra secreta para detectar y/o imaginar lo que hacen ahora —fines de 2021— para desestabilizar al Gobierno boliviano y para torcer el rumbo de los cambios que con su lucha labró el pueblo chileno.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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No hay salida sin restauración del bloque popular

/ 14 de noviembre de 2021 / 00:45

Es archisabido que en toda sociedad se perfilan diversos sectores, grupos e individualidades que se van diferenciando del resto en virtud a los roles que cumplen en la economía, el nivel de ingresos que ostentan, las oportunidades a las que pueden acceder, así como por diferentes variables que, en última instancia, configuran la pertenencia a una clase social más o menos consciente de sus propios intereses. En ese sentido, resulta ingenuo suponer por ejemplo que “todos” los bolivianos y bolivianas podemos estar siempre unidos y coincidentes en “todo”. Tal homogeneidad no existe en ninguna parte, y menos en países capitalistas, dependientes y atrasados como el nuestro.

En Bolivia, nos guste o no, existen clases y capas sociales, de modo implícito representadas por diferentes partidos, corrientes políticas y organizaciones sociales.

Están los trabajadores asalariados, del área pública y privada, mayoritariamente urbanos; el Cerco de Calamarca (1986), al desbaratar la Marcha por la Vida de los mineros, acabó también con el papel preponderante de éstos en las luchas sociales. Está el inmenso y multiforme contingente de los que han venido en llamarse “indígena-originario-campesinos”, cuyo desempeño en la realidad actual es innegable. Está el sector empresarial, extenso y también multiforme; contiene a grupos patrióticos de emprendedores afincados en el país, y también a la numerosísima pequeña y mediana empresa y, por otra parte, a escasos núcleos que miran al extranjero tanto para resguardar sus fortunas (por lo general de dudosos orígenes) como para concertar nuevos negocios muchas veces como testaferros de empresas transnacionales; son una pequeña minoría oligárquica, pero poseen un inmenso poder económico y político, como lo demostraron en el gobierno “transitorio” de Áñez, al que pusieron a su servicio.

Entremezcladas entre los tres sectores fundamentales antes descritos, pulula una inmensa variedad de capas medias: trabajadores “por cuenta propia”, artesanos, comerciantes, empleados, transportistas, cooperativistas mineros (algunos de los cuales, se dice, usan el estatus del cooperativismo para esconder negocios turbios, especialmente en la comercialización de minerales), y otras. Lo típico de estos sectores es su ambigüedad y su constante oscilación, un permanente cambio de aliados.

Lo dicho hasta aquí, vale la pena recalcarlo, es un mero esquema, sobre una realidad muy dinámica, que se modifica constantemente al son de los cambios sociales, tecnológicos y políticos. Pero, no obstante su simplicidad, podría ayudar al diseño de algo parecido a una estrategia en las actuales circunstancias.

La propuesta pasa cuando menos por dos momentos interconectados: la restauración del bloque social popular averiado por una conducción errática del Gobierno, y el aislamiento de los grupos oligárquicos recalcitrantes, que están queriendo pescar en río revuelto.

No son sin duda tareas fáciles, pero nos parecen indispensables. En tal sentido, las señales a emitir deben ser absolutamente claras y contundentes, no solo en mensajes mediáticos y de redes sociales, también en acciones y medidas concretas que ayuden a recuperar la confianza perdida por parte de indígenas, “gremiales”, transportistas, cooperativistas y otras capas medias hoy confundidas, neutralizadas o en vías de ser arrastradas por los grupos oligárquicos.

Si el Gobierno no recupera la iniciativa política y prosigue indefinidamente a la defensiva, corre el riesgo de convertirse en un “gobierno perseguido por la oposición”. Y esto no significa sugerir un aumento de la represión pura y dura, sino más bien aplicar los cambios, ajustes y pequeños virajes tácticos que fueran necesarios. ¿Será que tienen la suficiente sagacidad para hacerlo?

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Arce, un año en el gobierno y cerca de reprobar

/ 31 de octubre de 2021 / 01:01

Un año es un tiempo más o menos razonable para evaluar una gestión de gobierno. Aunque siempre son posibles los ajustes o recambios intempestivos y profundos, podría decirse que en 365 días, transcurridas las cuatro estaciones del ciclo anual, ya se conocen las características y potencialidades de un equipo al mando del timón del Estado, ya se sabe aproximadamente qué tan coherentes, hábiles y voluntariosas son las personas con responsabilidades en sus manos y, por tanto, cómo reaccionarán ante las situaciones tan cambiantes y conflictivas que caracterizan a nuestro país.

Si se nos pidiera una calificación tentativa en modo escolar, diríamos que Arce Catacora no se aplazó, pero pasó raspando. Estuvo muy cerca de reprobar en algunas materias clave. Que también tuvo éxitos, ni duda cabe, pero ellos pudieron ser mucho mayores y se hubieran alcanzado sin dilapidar la notable legitimidad obtenida en las urnas. Las acciones desatinadas ayudaron y ayudan a que alguna gente olvide muy pronto que en las repetidas elecciones generales de 2020 el MAS consiguió el 55,11% de los votos; Comunidad Ciudadana (Mesa) el 28,83% y Creemos (Camacho) apenas un 14%.

De hecho, una tendencia decreciente ya se manifestó precozmente en las elecciones “subnacionales” de marzo-abril del presente año y nadie sacó, menos aplicó, las conclusiones autocríticas pertinentes.

¿Cuál sería entonces la principal falencia atribuible a este gobierno? Lo dijimos antes y lo reiteramos ahora: la falta de conducción política con una mirada estratégica.

¿Quién o quiénes fijan los temas de la agenda? ¿Quién o quiénes decidieron enfangar al Gobierno en el laberinto movedizo del chicaneo judicial, dizque para implantar justicia y evitar la impunidad? ¿Quién decidió que esos temas eran prioritarios, dejando de hecho en un segundo o tercer plano la salud, la economía y la educación? ¿Quiénes tienen la responsabilidad de llevar adelante iniciativas parlamentarias, a nombre del Poder Ejecutivo, sin consensuarlas con los sectores sociales que son (¿o eran?) parte del bloque oficial? ¿Por qué en vez de imponer una obligada lealtad partidaria a los empleados públicos, no se les exige eficiencia en el desempeño de sus funciones? ¿De dónde viene la tentación de usar el poder para intervenir en organizaciones sociales, e incluso dividirlas, cuando no responden a los requerimientos oficialistas? ¿Predominan las coincidencias programáticas o los apetitos prebendales al momento de construir la unidad? ¿Por qué en algunos rubros se inventa la pólvora de nuevo y se parte de cero en vez de retomar lo ya avanzado (proyecto litio, por ejemplo)? ¿Por qué algunos ministros permanecen en el gabinete, a pesar de haberse aplazado reiteradamente en el manejo de situaciones difíciles, aunque no necesariamente demasiado complicadas?

Interrogantes como las anteriores surgen a raudales al intentar evaluar el primer año de gobierno del presidente Arce. Y no nos hacemos ilusiones de que vayan a tener una pronta respuesta. Solo el tiempo lo dirá.

Entretanto no nos cansaremos de reclamar coherencia. Si algo prometieron, cumplan. No se metan autogoles ni atornillen al revés, no entreguen en bandeja argumentos y pretextos a la oposición. Si ofrecieron ampliar y profundizar la democracia haciéndola más participativa, comiencen por atender el clamor de la gente, practiquen el sabio principio de gobernar escuchando al pueblo. Si dijeron que lucharían contra la corrupción, fiscalicen pues… desde la Asamblea Legislativa, desde la Contraloría y desde todas las instancias municipales, articulen esa labor con el control social efectivo.

Esito sería.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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