Voces

jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 07:43

Dos tercios (no) es democracia

/ 28 de noviembre de 2021 / 00:37

Dos tercios, señorías, ¿es democracia? ¿Y tres cuartos? ¿Cuatro quintos? Eso depende. Con las mayorías especiales nunca se sabe. Hubo un tiempo —ah, democracia (im)pactada— en que bastaba tener la mitad más uno. Cuestión de cuoteo y aritmética. Pensar en dos tercios era un exceso propio de mega/coaliciones promiscuas y contranatura. En democracia la mayoría decide. Ningún demócrata que se respete aceptaría el veto de la minoría. Pactos multipartidistas eran los de antes.

Cuando por primera vez en elecciones un partido obtuvo mayoría absoluta, el principio de mayoría se convirtió velozmente en objeto de sospecha. Hasta entonces los partidos, todos ellos, se habían especializado en perder. Luego estos derrotados (dos, tres, cuatro) se unían para formar mayoría. ¿Cómo era posible que las urnas, esas veleidosas, otorguen de pronto mayoría monocolor? ¿Y el derecho de las minorías? Tal vocación mayoritaria, faltaba más, solo podía ser autoritarismo.

Entonces hubo cambio de escala. Ante la mayoría monocolor en la Asamblea Constituyente, tener mayoría absoluta ya no fue visto como democrático. La bandera con letras rojas estaba lista: “2/3 es democracia”. Era una forma refinada de decir: nuestro tercio (de veto) es democracia. Quien niegue semejante verdad es porque lo suyo es proyecto he-ge-mó-ni-co. La consigna de los dos tercios se agitó para abortar el proceso constituyente. La minoría se soñó mayoría.

En la siguiente elección sobrevino el desasosiego. Las urnas otorgaron dos tercios monocolor en ambas cámaras. Nada menos. Y entonces dos tercios, señorías, precozmente y sin sonrojarse, dejó de ser democracia. Guarden banderas. ¿A quién se le ocurre obtener semejante mayoría especial? Era el fin de la democracia. Y se reafirmó en sucesivos comicios. El partido mayoritario devino en partido predominante. No necesitaba, ni le interesaba, pactar. El debate es interno, dijeron con desprecio.

Los veranos, de antiguo se sabe, no son eternos. Tienen final o, al menos, paréntesis. En el renovado/recalentado ciclo, el partido predominante conservó la mayoría absoluta, pero perdió los dos tercios. Y qué sorpresa: dos tercios volvió a ser democracia. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Previsora, la mayoría monocolor en la Asamblea eliminó algunas decisiones por dos tercios. Igual, desde siempre, las leyes solo requieren la mitad más uno.

Corolario con/sin moraleja. La relación entre mayoría y democracia —sea absoluta, sea especial—, más que principista, resulta instrumental: depende de quién (no) la tenga. Por eso, en Bolivia, dos tercios es y no es democracia. Sigan, sigan participando.

FadoCracia dictatorial

1. Como hoy la insignia del “fraude” no es muy útil, la oposición radical, con eje en la dirigencia cívica y conades anexos, tiene nueva narrativa, con tres cabezas: libertad y democracia; dios y la propiedad privada (binomio indisoluble); y el espantajo “no queremos ser Cuba-Venezuela”. 2. ¿Qué significa ser/no/ser Cuba-Venezuela? Supongo que no se refieren a su belleza y atractivos, sino al régimen político. Ah, esas dictaduras. 3. Pero no es necesario ir tan lejos. Tenemos un modelo en casa. 4. La dictadura local opera así: un grupo de hombres descabellados, en petit comité, decide que tres millones de personas paren. Y listo. 5. Como toda dictadura, lo primero que elimina son las libertades. No puedes circular, te imponen horarios para abastecerte, ordenan: “andá a pie”. 6. Si te pasas de listo e intentas pasar una rotonda, te pegan. No hay dictadura sin violencia. 7. De tan afinada, esta dictadura contiene en sí misma, disfrazada de fascismo, su propia dicta/dura. Si acaso el cacique levanta el paro, es un vendido, un traidor. Debe renunciar. Y así, hasta ser como Cuba-Venezuela.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Democracias 2022

/ 9 de enero de 2022 / 02:57

El buen sentido indica que este “año no electoral” es propicio para el fortalecimiento de la institucionalidad democrática en el país. Debe hacerse con miras al próximo ciclo electoral, que se iniciará el segundo semestre de 2023 con las elecciones judiciales o, si acaso, un referéndum de reforma constitucional. Luego vendrán, en seguidilla, el período para la revocatoria de mandatos, las primarias de binomios presidenciales, las elecciones generales y los comicios subnacionales.

Claro que asumir el 2022 como un año sin elecciones no significa ignorar el ejercicio de las democracias. Pronto debe convocarse un nuevo referéndum aprobatorio de estatutos autonómicos y cartas orgánicas. Está en camino la elección de alcaldes en San Javier y La Guardia. Hay pasos importantes en el proceso de autogobierno indígena. Se realizarán comicios en cooperativas de servicios públicos. Y están previstas decenas de consultas previas en minería. No es poco.

En ese contexto de avance, todavía lento, de la democracia intercultural, una necesidad democrática ineludible es consolidar el sistema de representación política. Salvo excepciones, los partidos y las agrupaciones ciudadanas cumplieron de mala gana el mandato de adecuar sus estatutos orgánicos a la Ley de Organizaciones Políticas. Varios no lo hicieron. Y no parecen tener voluntad, ni condiciones, para la actualización del registro de sus militancias, cuyo plazo vence en marzo.

Más allá de los actores políticos, es importante blindar el sistema electoral. En ese propósito la agenda es amplia, empezando por reformas en la legislación y la puesta al día reglamentaria. Debe preverse también la eventual redistribución/delimitación de escaños con arreglo a los datos del próximo censo. Y están en mesa, entre otras cuestiones, la celeridad del cómputo y un sistema de resultados preliminares, así como el afinamiento del registro electoral y el padrón biométrico.

La buena noticia es que tal agenda de fortalecimiento de la institucionalidad democrática está siendo asumida por las autoridades del TSE, como se anunció con detalle en el reciente acto público de instalación de labores en la presente gestión. Ahora falta que lo hagan las organizaciones políticas, tan lejos aún de su democratización interna. Y también las organizaciones de la sociedad civil, en especial aquellos grupos antidemocráticos hoy empeñados en corroer el sistema.

Como país, necesitamos llegar con sólidos cimientos institucionales, normativos y de participación al próximo ciclo electoral. El 2022 es propicio para ello.Claro que el horizonte en construcción continúa siendo el ejercicio complementario y paritario de las democracias

FadoCracia fisurada

1. En una espléndida ilustración para despedir el 2021, el maestro Al-Azar retrata dos grupos de personas, de similar composición, separados por una grieta. Es una fisura profunda, que parece insalvable. No hay puentes: solo separación. Y distancia. 2. Por supuesto que las divisiones en la sociedad no son nuevas. En ciencia política se habla de clivajes: de clase, regionales, étnico-culturales, entre otros. 3. Parece diferente la idea de escisión, que a partir de un hecho o proceso separa dos bloques: A versus B, que con frecuencia es una ruptura A versus antiA. 4. Tengo la sensación, mezclada con incertidumbre, de que en la coyuntura crítica del 2019 se quebró algo en el país. Y no se trata solo de polarización política o discursiva. Creo que es una fisura en el propio tejido social, en nuestra comunidad política. 5. Así, más allá de la disputa de relatos, que llegó para quedarse, ¿podremos recomponer nuestra convivencia en democracia? ¿Queremos hacerlo? 6. Mi apuesta es por el sí, aunque seguramente tomará mucho tiempo. 7. “Las heridas cicatrizan, pero las cicatrices crecen con nosotros” (Lec).

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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El vecindario progresista

/ 26 de diciembre de 2021 / 06:27

La incontestable victoria electoral del izquierdista Gabriel Boric en Chile desató diversas emociones, expresadas en mensajes y/o silencios. Los sentires más evidentes provinieron de la vereda progresista, que manifestó enhorabuenas y esperanzas. Fue más opaca la reacción de los Vargas Llosa, que rumiaron su derrota. Algunos hicieron sumas y restas, pintando el mapa regional de dos colores. Uno de ellos va en ascenso, a la espera del próximo triunfo de Lula da Silva en Brasil.

Un primer (no) debate interesante tiene que ver con las denominaciones. La más clásica, que algunos jubilaron precozmente, es entre izquierda (que cada vez se pronuncia más en plural) y derecha (que cada vez se inclina más a la ultra). Izquierda con bandera de igualdad, derecha con divisa de orden. Otra distinción se da entre fuerzas progresistas, con apellido popular, y fuerzas conservadoras, con apellido oligárquico. Como descalificación se habla de comunistas versus fascistas.

Más allá de las etiquetas, que pueden significar mucho o nada (“populismo”, por ejemplo), es importante observar las afinidades en el vecindario. El “socialismo del siglo XXI” parece un antecedente remoto. Pero cuenta. Está en debate lo que significó el llamado giro a la izquierda con su apuesta anti o posneoliberal y proyectos más o menos amplios de refundación/retorno del Estado. Están en agenda también sus avances, límites, desviaciones, agotamiento: cambio con desencanto.

Cuando se anunciaba con altanería un ciclo a la derecha, con sus golpes blandos, sus grupos de Lima y sus almagrobolsonarismos, el péndulo recibió un frenazo. El eje Morena en México y vuelta peronista en Argentina anticipó un inesperado cambio de rumbo: Castillo en Perú, ahora Boric en Chile, pronto Lula en Brasil. Ahí está también, en casa, el retorno del MAS-IPSP en Bolivia tras 361 días (y sus noches) de régimen provisorio de la derecha confesional. ¿Nuevo giro a las izquierdas?

Si así fuese, y se está repoblando el vecindario de la región con predominio progresista, la pregunta esencial que debemos hacer es en qué se diferencia del anterior ciclo. O mejor: cómo potenciar el impulso transformador y de emancipación social, evitando la repetición o acentuación de errores, distorsiones, retrocesos. Por ahora, de este lado celebramos la renovada dignidad con esperanza. Del otro, con desazón y extravío, que sigan preguntando por qué los pueblos “votan mal” (sic).

El anhelo/señal del pasado domingo en Chile es inequívoco: el nuevo progresismo será feminista, demodiverso, igualitario, ambientalista, indígena, ético, millennial, heterogéneo, anticapitalista; o no será. Son días de soñar. Disfrutemos.

FadoCracia fantasma

1. Ítems fantasma, publicidad fantasma, gobernador fantasma. A este paso, el próximo presidente del Comité pro Santa Cruz será Gasparín. 2. Ahora en serio: el modus operandi de los “ítems fantasma” en la Alcaldía cruceña, cuyas ramificaciones y emulaciones están por desvelarse, marca un punto espeso en la corrupción pública.

3. Veamos los mínimos. Para contratar al señor P o a la señora S, alguien debió verificar el cumplimiento de requisitos para el cargo, con ese informe alguien debió aprobar la contratación y alguien más firmar el contrato. Alguien debió darle sus activos y asignarle lugar en la oficina y alguien ser el superior jerárquico. Alguien debió verificar su asistencia y alguien asignarle trabajo. Alguien debió firmar la planilla de pago y alguien más evaluar sus actividades conforme a un plan. Y así. 4. Son demasiados alguienes para un ítem. ¿Se imaginan 800? ¿O dos mil? ¿Y no solo en una entidad pública, sino en varias? 5. Es evidente que muchos sabían, son parte del esquema y se beneficiaron. El secreto estaba mal guardado. Hoy, el ajuste de cuentas, clanes familiares, grupos políticos y logias por delante será de color verde salvaje.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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ALICE en Bolivia

Reseña de la segunda edición del libro ‘Estado Plurinacional y democracias. ALICE en Bolivia’.

/ 19 de diciembre de 2021 / 18:56

SALA DE PRENSA

La primera edición de este libro se presentó en octubre de 2019, poco antes de las elecciones. Contra todo pronóstico, dichos comicios, a la postre fallidos, fueron declarados “sin efecto legal”. Se había instalado una vertiginosa coyuntura crítica con movilización urbana, derrocamiento presidencial, gobierno provisorio de ipso facto, recomposición del órgano electoral y nueva convocatoria a elecciones. Más allá de narrativas irreconciliables, el tenso período se sintetizó en tres palabras: crisis, polarización e incertidumbre.

A reserva del análisis de esta coyuntura crítica, me gustaría ensayar algunas impresiones sobre el devenir del proceso (pos)constituyente en Bolivia. La premisa es que la refundación del Estado es un proceso histórico de largo plazo, pleno de tensiones irresueltas. Un terreno en disputa, con caminos experimentales, sin soluciones definitivas.

En tal horizonte, planteo que las tensiones posconstituyentes registradas durante una década (2009- 2019), al amparo de sucesivos gobiernos del MASIPSP con núcleo en el “evismo”, se mantuvieron en esencia durante el régimen provisorio de Áñez (ese oscuro paréntesis). Así, más que cambios estratégicos en el rumbo de la refundación estatal, hubo prolongación de la querella: con agresión simbólica, silenciamiento, añoranza del pasado preconstituyente. Tampoco se perciben variaciones relevantes tras retomar el cauce democrático y constitucional con las elecciones generales de octubre de 2020.

Respecto al constitucionalismo transformador, la disputa se inclinó, al menos en los mensajes del régimen provisorio, a favor de la desconstitucionalización en clave de negacionismo. Quienes en su momento buscaron abortar el proceso constituyente (re)izaron la consigna del “retorno a la República”. Era su forma de negar, con mala fama, aquello que identifican no como cualidad esencial del nuevo modelo estatal, sino como marca del “masismo”: el Estado Plurinacional.

Así, la falacia se nutre de ida y vuelta: oponer como irreconciliable aquello que es complementario. El Estado Plurinacional no pretende reemplazar a la República, sino superar el proyecto homogeneizador de “un Estado, una nación”. El principio es que, en un mismo Estado, en la nación cívica boliviana, pueden convivir muchas naciones culturales (Santos, 2010). El discurso obseso de “la República” no lo entiende.

Tampoco le va mejor al discurso excluyente del solo Estado Plurinacional (“sin República”, como si fuese posible). La tradición de la República, vigente en la letra de la Constitución, no se opone a lo plurinacional, sino a la monarquía, al poder arbitrario, a la negación de lo público. La falacia es inútil, con saldo doblemente negativo: se debilita la República, se frena la construcción del Estado Plurinacional.

Lo que más se avivó en la coyuntura crítica fue la disputa de símbolos, que también es una contienda por la imposición de relatos. No es casual que el derrocamiento del expresidente Morales haya tenido, como momento emblemático, la quema de la Wiphala, arriada con desprecio.

Como sea, más allá de discursos y símbolos, persiste la brecha entre el reconocimiento constitucional de derechos (individuales y colectivos) y su realización-ejercicio. Pero también hay avances que profundizan el proceso, como la larga marcha del autogobierno indígena originario campesino.

Entre tanto, el horizonte asumido de la democracia intercultural sigue siendo “una buena idea”. El reconocimiento de tres formas de democracia: directa y participativa, representativa y comunitaria, significa un salto cualitativo. Pero el reto es pasar al ejercicio complementario con igual jerarquía. Ese horizonte de demodiversidad continúa distante.

¿Y los buenos vivires? ¿Los derechos de la Madre Tierra? ¿La apuesta por una alternativa al desarrollo? Si durante una década estos principios constitucionales fueron relegados al ámbito discursivo, la simbología, algunos planes, en el último período salieron de escena oficial. La evidencia muestra el persistente predominio de un modelo de desarrollo con base extractivista.

Planteo estas pocas impresiones generales para destacar la necesidad de una agenda de investigación, y de amplio debate, sobre el itinerario del proceso (pos)constituyente en Bolivia. El libro Estado Plurinacional y democracias. ALICE en Bolivia, ahora en segunda edición, es una contribución en ese sentido. Queda a consideración para alentar la conversación pública en democracia.

(*) José Luis Exeni Rodríguez es coeditor del libro junto con Boaventura de Sousa Santos. Versión sintética del “Epílogo personal”.

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Vamos debatiendo, El Potosí

/ 12 de diciembre de 2021 / 03:13

En su dúplica a mi texto sobre los relatos mediáticos, el director de contenidos del diario El Potosí, Juan José Toro, aceptó la invitación a debatir. El solo hecho ya es ganancia. Primero porque, en un contexto donde abundan los monólogos y las “verdades”, es saludable alentar espacios para la conversación pública. Y segundo porque hay un esfuerzo, todavía parcial y reticente, por dejar de atacar vanamente al mensajero para ocuparse del mensaje.

Claro que una cosa es la disponibilidad para debatir y otra distinta la capacidad de hacerlo. Toro deambula sin responder la pregunta de fondo respecto a un titular segregador del diario en cuestión: “Potosí toma la plaza de armas 10 de Noviembre que estaba llena de campesinos”. Reitero la interrogante: ¿acaso los campesinos no son también Potosí? ¿O esa pertenencia departamental es privilegio exclusivo de los citadinos que salieron a las calles “para resguardar la ciudad”?

En beneficio del director de contenidos reconozco que plantea un “significado básico”: campesino es el que vive y trabaja en el campo. Ya. Además de floja, su definición no aborda la sustancia de mi crítica: relatos mediáticos, cada vez más frecuentes, que oponen a los ciudadanos, activistas, vecinos; de los no-ciudadanos, invasores, hordas. Los campesinos expulsados por los citadinos de la plaza de armas, ¿son ciudadanos? ¿Y potosinos? Toro no sabe/no responde.

Sería cómodo despachar el asunto con la simpleza de que el campesino que migra a vivir y trabajar en la ciudad deja de ser campesino para convertirse en citadino. ¿En serio? Mi interlocutor se queda en la superficie del lugar de residencia, pero olvida (o niega) la identidad. Además de la larga tradición de doble residencia, ampliamente estudiada, quienes se autoidentifican como indígenas, originarios, campesinos no dejan de serlo por arribar un día a la gran ciudad. Ni viceversa.

Pero hay más. El Potosí se lució con otro titular de antología: “Historial educativo revela que Basilio Titi no era campesino”. Titi es el joven que murió en el enfrentamiento del 9 de noviembre en la capital potosina y fue utilizado como bandera política. El gran hallazgo es que Basilio no era campesino porque estudió en la ciudad. ¡Qué tal! Podría ser la historia del mismo Toro. Tan insostenible que debió rectificar: “Historial educativo revela que Basilio Titi no vivía en el campo”. Ser campesino (identidad), vivir en el campo (residencia). ¿Se entiende la diferencia?

En fin. Celebro que podamos debatir libremente estos temas. Más todavía en un escenario de persistente polarización, de “mis verdades” versus “tus mentiras”, de la candidez de creer que la segregación acaba en “los extremos de la mancha urbana” (sic). Seguimos.

FadoCracia innecesaria

1. “Pero qué necesidad”. A su arribo a la ciudad de Tarija, el jefe de Creemos y actual gobernador cruceño fue recibido con música, gritos de “asesino” y huevos. Tuvo que huir de la plaza, con su federalismo bajo el brazo. 2. Desde la barra brava azul la agresión fue ampliamente festejada. “Se lo merece”, por separatista (y cosas peores). 3. Ocurrió igual hace un tiempo en la Alasita paceña, cuando el señor fue malvenido con un choclo. 4. ¿Estamos en el camino correcto? No. Es algo deplorable. Cierto que la democracia implica no solo acuerdo, sino también conflicto, disputa por el poder, antagonismo; pero las agresiones físicas, que pueden escalar rápidamente en belicosidad, vienen sobrando. 5. En política nadie pone la otra mejilla. Y está bien. Pero tampoco se trata de vaciarnos mutuamente los ojos. 6. Cuando los choclos, huevos, sillas, piedras caigan en las cabezas de los señores de la otra vereda, la barra brava verde estará feliz. Y así: venganza infinita. 7. El problema es que la violencia se naturaliza, la democracia se desportilla, la convivencia queda magullada. El respeto es difícil y a veces aburrido, pero rinde. “Para qué tanto problema”.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Tránsfugas, traidores, librepensantes

/ 14 de noviembre de 2021 / 00:38

La deshonrosa elección de la directiva en Diputados puso a los actores políticos, en este caso de la oposición, ante el espejo roto del transfuguismo. ¿Qué pasa cuando uno de los tuyos, más allá del motivo, discrepa con la línea oficial de la organización política? ¿Lo declaras traidor y, sin derecho a la defensa, lo expulsas? ¿Le quitas el curul? ¿Lo marginas sin echarlo? ¿O, más bien, toleras su derecho a la disidencia? ¿Gruñes cuando es declarado “librepensante”?

Veamos la sesión de marras. Por principio habrá que decir, sin matices, que resulta deplorable —y por tanto inaceptable— que el bloque de mayoría (MAS-IPSP) haya desconocido la decisión orgánica de una parte del bloque de minoría (bancada de Comunidad Ciudadana) para adoptar e imponer en la directiva a un diputado disidente. Es un exceso que daña el pluralismo político. El caso de Creemos parece diferente: más que disidencia, en su bancada existe una representación propia (UCS).

Ahora bien. ¿Cuándo una expresión de disidencia, que puede ser saludable, se convierte en acto de transfuguismo? Entre otros derechos reconocidos en la norma, los integrantes de las organizaciones políticas, en su ejercicio interno, tienen “el derecho al disenso, libres de toda forma de acoso y violencia política”. Hay aquí dos cuestiones sensibles y difíciles: la primera, cuándo se incurre en transfuguismo político; la segunda, quién lo define, con qué criterios y procedimiento.

La Ley de Organizaciones Políticas establece que hay transfuguismo cuando un representante electo: i) asume una militancia diferente al partido o alianza que lo postuló, ii) declara públicamente su independencia o iii) asume una posición contraria a la declaración de principios y/o la plataforma programática. En estos casos, el tránsfuga pierde su escaño, que pertenece a la organización política. En rigor, los dos disidentes de CC no incurrieron en ninguna de tales causales.

A reserva de lo que implica, como falta, postularse a la Directiva por fuera de la plancha oficial, ¿los diputados “rebeldes” no debieran ser sometidos a un proceso interno donde, con arreglo a una instancia y algún procedimiento, asuman su defensa? En este bochornoso episodio la cúpula de CC, copiosa de autoritarismo, determinó en horas su expulsión sumarísima. Los condenaron por “traidores”. El descargo de éstos fue expuesto en los medios: “no hay democracia interna”.

Hubo un tiempo en que disentir con la dirigencia partidaria y/o declararse independiente era objeto de celebración. Y está bien. Pero la valoración depende del partido al que se pertenezca: unos son “vendidos”; otros, “librepensantes”. La doble moral y la definición del transfuguismo dan para todo.

FadoCracia potosina

1. En un fiero-simbólico ejercicio de segregación, el diario El Potosí utilizó el siguiente título en una noticia: “Potosí toma la plaza de armas 10 de Noviembre que estaba llena de campesinos”. 2. Clarito: los “activistas” del comité cívico son Po-to-sí. Defienden y recuperan su plaza. Y los campesinos, ¿qué son? ¿Extranjeros, invasores, orkos? 3. La nota del diario sigue: “La población potosina, la gente, salió a las calles para resguardar la ciudad. Los otros, los comunarios, se dispersaron”. Había que hacerlos retroceder y expulsarlos… ¡de Potosí! 4. El despojo de ciudadanía ya no sorprende: “hubo enfrentamiento entre ciudadanos y campesinos”. Los campesinos no son ciudadanos. No lo merecen. 5. Pero El Potosí dio un salto: les quitó su pertenencia departamental: Potosí versus campesinos. El segregacionismo, sin máscaras, en su hora cínica/cívica. 6. En el extremo, herencia del colonialismo, el otro es degradado hasta en su condición humana: “hordas, salvajes, bestias”. Lo suyo es la subhumanidad. 7. Todo sea en nombre de la libertad, el respeto, Dios, la democracia y otras hipocresías que no me acuerdo.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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