Voces

jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 07:55

El gran reinicio

/ 29 de noviembre de 2021 / 01:45

Alguna gente percibe que el COVID-19 es como cuando se cuelga la computadora, no da para adelante ni para atrás, la pantalla congelada, nada funciona… no queda más que reiniciar; por las buenas (con el botón de reinicio de la computadora) o por las malas, apagando o desenchufando el aparato.

El gran reinicio… ¿significa un borrón y cuenta nueva? ¿Qué pasa con las tendencias prevalecientes antes de la pandemia? ¿Cuáles se interrumpen y cuáles se refuerzan? A ciencia cierta, no existen respuestas cerradas a ninguna de estas preguntas. Es un tiempo de incertidumbre y en más de un caso, de reinvención. Por ejemplo, es muy probable que Ud. amable lector, amable lectora, me esté leyendo desde su celular, el mismo que usa para cosas tan cotidianas como pedir un taxi, intercambiar correos de la oficina y hasta hacer pedidos de su casera favorita vía WhatsApp.

La intensificación de la informática y la digitalización en la vida cotidiana es uno de los saldos de la pandemia. Y es una tendencia que no va a retroceder. Ahora Ud. encuentra apps para todo: para que le cuenten chistes, para medir las calorías de su dieta, para pedir comida a la casa, para atender reuniones virtuales y un largo etcétera.

Eso, desde el punto de vista del consumo. Imagínese la proporción del cambio digital para las empresas; de un momento a otro, las tiendas debían quedar cerradas, las visitas canceladas o limitadas y una proporción importante del trabajo, debía ser hecho online. Los incentivos a la digitalización se multiplican, así como las opciones para ejecutar esta tarea. En Bolivia la pandemia ha provocado el surgimiento de una interesante oferta de apps y de servicios tecnológicos, muchos de ellos de clase mundial.

Muchas cadenas de abastecimiento se truncaron durante la primera ola de la pandemia, a raíz de las medidas de confinamiento decretadas prácticamente en todo el mundo. Este hecho, sumado a consideraciones geopolíticas, está motivando a que uno de los pilares de la globalización —la terciarización de las cadenas de abastecimiento a nivel mundial— se restrinja e incluso se observen retrocesos parciales. Si estudiamos bien el asunto, esto puede significar la articulación de algunas cadenas regionales de producción. ¿En cuáles de ellas se pueden insertar los productores bolivianos? Asimismo, podemos pensar en un esquema interesante de sustitución de importaciones en el país, manteniendo nuestras especialidades: ¿cuánto de los insumos intermedios usados en minería e industria se podrían producir localmente y de manera rentable?

A favor del valeroso pueblo cochabambino, debo destacar dos iniciativas importantes: nuestra primera empresa automotriz — Quantum— y un “polémico” Lamborghini fabricado en Bolivia por el youtuber Kevsupercars. Mucha gente critica el hecho mismo de copiar un modelo y hacerlo de manera artesanal en el país, pero la historia de la industrialización en el mundo es una seguidilla de copias, imitaciones y hasta plagios. Yo personalmente creo que es un avance valioso.

Más acá, en el occidente, tenemos algunos estudiantes alteños que incursionan en robótica, lo tenemos a Limbert Guachalla que fabricó un prototipo de tractor para trabajar las tierras de su familia y así, cada cierto tiempo, tenemos una seguidilla de noticias de iniciativas de la inventiva boliviana. Durante la primera ola de la pandemia, tuvimos incluso productores bolivianos de respiradores de uso médico. Hay materia para la constitución de un fondo de inversiones para capital de riesgo en el país que nos lleve a una escala mucho mayor a la que permiten las opciones de capital semilla.

A propósito de las iniciativas en el ámbito de la medicina, creo que estamos en condiciones de proponer opciones de producción nacional de kits de detección de COVID-19. Cada día se realizan más de 10.000 pruebas. Ese es un mercado cautivo, si las cosas se gestionan bien.

Para gestionar bien las cosas, se requiere algún tipo de coordinación y diálogo entre el sector público y la empresa privada. El impacto del COVID-19 ha ocasionado —y sigue ocasionando— cuantiosas pérdidas para la sociedad, las empresas y las familias, pero las oportunidades y opciones no desaparecen.

Las transformaciones que trajo el COVID-19 al mundo son de tal magnitud que hacer más de lo mismo —mantenernos en la misma lógica que hasta 2019— nos va a dar menos de lo mismo. En microeconomía, eso se llama rendimientos decrecientes. Toca reflexionar acerca de nuestra reinvención como sociedad, toca hacer un reinicio. Las condiciones políticas del país parecen complotar en contra y es pertinente comprometerme a explorar ese tema en un futuro próximo.

Pablo Rossell Arce es economista.

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El 2022 que se viene

/ 27 de diciembre de 2021 / 00:46

Como esta es mi columna de cierre de fin de año en este espacio que generosamente me brinda LA RAZÓN, quiero hacer algunas reflexiones en clave prospectiva, para ver qué de lo ocurrido ahora nos da pistas de futuro… o, al menos, de futuro inmediato para escudriñar oportunidades y opciones.

Mientras escribo, ríos de tinta se vacían en medios escritos de comunicación, discutiendo el tema del momento —la corrupción en Santa Cruz—, simultáneamente, terabytes de información se vuelcan al ciberespacio entre aquellos que replican las noticias de un lado y otro y entre los muchos que discuten su propia interpretación de la noticia, siempre en función de su preferencia política.

Ahí encontramos una clave que viene sonando como estruendo hace al menos un par de lustros: aquello que llamamos “opinión pública” se juega cada vez más en el ciberespacio. La masificación del smartphone se masifica a pasos acelerados y tiene como consecuencia que lo primero que ven millones de personas en la mañana, incluso antes de saludar a su primer pariente, es la pantalla de su celular. La información del mundo, y cómo deben interpretarlo, llega así a sus manos.

Las noticias del momento llegan tan frescas como pueden estar a primera hora de la mañana. Lo interesante es que el portal de acceso a las noticias hace rato que ha dejado de ser la web oficial del medio de comunicación. Ahora este portal son las redes sociales y las referencias a los medios oficiales que en estas se difunden. Individuos, empresas y entidades se han percatado hace mucho de este fenómeno y hacen una verdadera ingeniería social para modificar la cantidad del tiempo de pantalla de las audiencias a su favor.

La conclusión es obvia: para expresar un mensaje, para promocionar un producto o introducir un tema de discusión, hay que tender la línea hasta la red social y posicionarse. Y si se logra el posicionamiento en la más íntima de todas las redes —la cadena de WhatsApp— la victoria es segura.

En el mundo de la virtualidad, que ha sido generosamente ensanchado durante las primeras olas de la pandemia, los patrones de consumo de la población se han volcado hacia las redes. El comercio virtual llegó para quedarse. En Bolivia tenemos un amplio rango de modalidades: como menciona Claudia Méndez en un artículo especializado, la casera de nuestra tienda de confianza ya tiene WhatsApp para atender pedidos. Más allá del ejemplo, esa misma casera acepta pagos vía QR y en algunos casos (poco frecuentes por ahora) hasta tiene modos de enviar su mercadería en moto hasta el hogar de su cliente.

En 2022 esta tendencia se va a reforzar. Bancos, comercios y entidades de apoyo a la micro y pequeña empresa tienen una cancha abierta para generar oportunidades de crecimiento en este espacio del comercio electrónico del otro lado del muro de pago.

Ampliando la mirada hacia el ámbito de la educación, también encontramos tendencias interesantes. Aún recuerdo la noticia de que hace años, luego de que el gobierno entregó enormes lotes de computadoras Kuaa a los escolares, dos de ellos se las ingeniaron para hackear una de estas.

Travesuras aparte, el dato nos indica que hay áreas en las que chicos y chicas de colegio (especialmente en los fiscales) tienen conocimientos más avanzados que los de sus profesores. Esos conocimientos provienen hoy en día en gran medida de los creadores de contenidos educativos que se encuentran en las redes sociales.

La conclusión obvia de este ejemplo nos dice que parte de la propuesta educativa debería apuntar a tener mayor ancho de banda, más cobertura y precios más bajos. La instalación de antenas de 5G tiene todo el sentido del mundo solo por eso. Diez pasos más allá, está la promoción activa de creadores de contenido educativo bolivianos, que los hay por cientos, pero como botones de muestra solo menciono a dos: Cristian Apaza en TikTok y el “profe Marco” en YouTube. Ensanchar las vías de acceso a estas opciones es clave para el presente y el futuro de la educación boliviana.

Más allá de cómo se mueva el entorno político, la gente necesita soluciones para su vida cotidiana. El traslado forzoso a lo virtual que la pandemia ha ocasionado abonó miles de iniciativas de solución que están impactando en los ingresos y en el bienestar. Estas son solo algunas tendencias de futuro que tienen potencial para el progreso social e individual.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Más problemas = más destrezas

/ 13 de diciembre de 2021 / 01:19

En las últimas semanas he analizado con curiosidad una serie de aristas de la gran transformación que el COVID- 19 está ocasionando en el mundo. Insisto en que el momento que estamos viviendo es fundacional, en el sentido de que exige un replanteo de casi todos los parámetros de la vida.

Solo para dar una idea de la magnitud de los cambios, es importante destacar que 2021 es el año en que el orden constitucional estuvo en cuestión en los Estados Unidos. mediante un conato de toma del edificio del Congreso por parte de una multitud de fanáticos, cuya principal fuente de formación ideológica provino de las redes sociales. También es el año en el que —por primera vez— los billonarios más poderosos lograron viajar al espacio. En el ámbito financiero, tenemos que el bitcoin está entre los 10 activos con mayor capitalización de la bolsa estadounidense, superando el valor de mercado de Facebook (ahora Meta), Visa, Walmart y del Banco de América. Para mí, estos son signos de cambios mayores, que implican que hacer más de lo mismo nos va a dar como resultado menos de lo mismo.

Coyunturalmente, las modificaciones en la economía mundial nos favorecen: observamos incrementos en los precios de los minerales, hidrocarburos y productos agroindustriales. El primer propulsor de esta tendencia alcista es, por supuesto, el desconfinamiento generalizado en todo el mundo, que ha hecho posible el incremento de la demanda para todo tipo de consumo de una manera más o menos brusca desde el tercer trimestre del año pasado.

En este contexto, los sectores extractivos — hidrocarburos y minería— no lograron ponerse al día con la demanda porque, si bien es relativamente fácil abandonar un pozo o una mina, reactivar su producción implica un esfuerzo logístico significativo. A eso, se suma una acumulación de años de desinversión: por ejemplo, hoy se estima en más de $us 500.000 millones el déficit de inversión en el sector hidrocarburos a nivel mundial. Por su lado, la demanda de alimentos se reactivó rápidamente luego de la primera ola y eso favoreció el incremento de precios.

Pero además el mundo pretende realizar una transición energética: más allá de la cumbre climática COP 26, recientemente realizada en Inglaterra. Prácticamente todos los países del mundo han estado invirtiendo más o menos sistemáticamente en lo que llaman “energías verdes”, que incluyen hidroeléctrica, eólica, solar y geotérmica.

El tránsito hacia estos nuevos tipos de energía implica la fabricación masiva de nuevos dispositivos para la generación de energía y para su conservación; paneles solares, aspas para torres eólicas, baterías, etc. Esto implica un uso intensivo de estaño, zinc, litio, cobre y un amplio abanico de minerales necesarios para la fabricación de los nuevos dispositivos requeridos por esta transición energética. La especialista Alicia Valero ha realizado estimaciones que indican que para los próximos 20- 30 años la demanda mundial va a sobrepasar las reservas conocidas de estos minerales.

Mientras tanto, el avance de la urbanización en todo el mundo indica que la demanda global de energía va a aumentar. Tendencialmente, la transición energética implica más una adición de nuevas fuentes que la sustitución de las viejas. Por lo tanto, los hidrocarburos todavía van a tener una participación relevante en el futuro previsible.

Para que el país pueda beneficiarse de esto, que puede ser un largo ciclo de materias primas con buenos precios, se requiere algún tipo de replanteo del marco de relaciones que tenemos actualmente, para incrementar significativamente la inversión, consolidar reservas y superar nuestra capacidad de producción. Mientras más pronto, mejor.

La complejidad de los actores que están involucrados en cada nivel —empresas, contratistas, comunidades, entidades cívicas, sindicatos y otros grupos organizados de la población, etc.— nos hacen prever que navegar el entramado institucional y organizacional será complejo. Lo cual no es esencialmente malo; Jim Rohn decía que pedir menos problemas no nos hace crecer; más bien, ante los problemas, debemos pedir más destrezas, pues estas son las que nos hacen crecer.

Al menos necesitaremos dos tipos de destrezas en el futuro previsible: ingeniería política para articular un entramado social e institucional que nos posicione para aprovechar el nuevo contexto de mercado y, por otro lado, inteligencia de negocios, en el sentido de encontrar oportunidades de crecimiento en medio del desorden que marca la actual transición post-pandémica global.

Pablo Rossell Arce es economista.

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El mini superciclo de los ‘commodities’

/ 15 de noviembre de 2021 / 02:05

Fuera de la coyuntura local, dominada por la noticia política del mes —el paro cívico—, el mundo se está moviendo en medio de su propio desorden, político y económico. Como efecto del levantamiento de las restricciones de la pandemia, se ha desatado un conjunto de desajustes globales muy distintos a los que experimentamos en la explosión del COVID-19. Durante la primera ola, las medidas de protección ante la pandemia generaron shocks de oferta y demanda simultáneos, con los cierres de fronteras impidiendo la circulación de la poca o mucha oferta de bienes y las cuarentenas colapsando la demanda.

Las líneas aéreas prácticamente dejaron de operar, los buques cargueros se quedaron en los puertos, los restaurantes cerraron sus puertas y muchas fábricas apagaron su maquinaria, mientras que miles de minas eran desalojadas y otro tanto de pozos petroleros fueron abandonados. Paralelamente, la necesidad de insumos médicos, cubrebocas, test antivirales, respiradores y oxígeno medicinal trepó a niveles nunca antes vistos.

En la intimidad de los hogares, donde muchas familias fueron confinadas durante meses, las modalidades de consumo se modificaron drásticamente, volcándose a lo digital y a lo virtual. Las nuevas desigualdades que surgen de este salto en el comportamiento de lo cotidiano han encontrado a los gobiernos sin respuestas sistemáticas, al menos hasta el momento actual.

Cuando ya pasó lo peor de la pandemia, desde fines de 2020, el levantamiento de las restricciones encontró a las empresas en todo el mundo en una situación caótica, pues por más voluntad que se le ponga, la reactivación de decenas de miles de buques cargueros, el regreso a las fábricas para millones de operarios, la puesta en producción de minas que fueron abandonadas durante meses, toma nomás su tiempo; así fue que entramos a un periodo largo de reajuste de las cadenas de suministro, que todavía no acaba.

La demanda se está reactivando, lo mismo que la oferta, pero los ritmos son distintos y eso se traduce en desajustes de precios. Durante este año, ese desajuste de precios se ha expresado en incrementos para los productos primarios. Bolivia está en una posición única, pues sus tres rubros centrales de exportación han experimentado incrementos significativos.

El precio de los hidrocarburos se ha cuadruplicado desde su peor momento en 2020, llegando a un promedio de $us 70 por barril este año. De acuerdo con el último reporte sobre perspectivas de los mercados del Banco Mundial, el precio del petróleo podría promediar hasta los $us 77 por barril el próximo año — buena noticia para los países exportadores de hidrocarburos. Mal que bien, el necesario proceso de reforzamiento de nuestro sector hidrocarburífero será más sencillo con precios altos.

Por su lado, los minerales tuvieron un atractivo repunte de 48% este año y presumiblemente perderían un modesto 5% en 2022, mientras que los precios de los commodities agrícolas, que se beneficiaron de un 22% de incremento este año, podrían estancarse en 2022, pero en un nivel razonablemente alto.

Para soyeros y mineros, incluso un estancamiento de los precios en los niveles actuales es una buena noticia, pues estamos hablando de precios superiores en 50% en relación a 2019 para los soyeros y superiores en 90% a los niveles de 2019, para los mineros. Las épocas de precios altos usualmente señalan oportunidades de inversión en el sector minero. Nuestro país tiene aún un gran potencial bajo tierra. ¿Qué arreglos institucionales pueden reposicionar a Bolivia como una potencia minera sudamericana?

Por otro lado, las temporadas de precios altos son ventanas de oportunidad para experimentar políticas públicas heterodoxas: ¿qué posibilidades existen para que un mayor impulso de la agenda de los soyeros y mineros tenga como contraparte un impulso de la agenda estatal? Y por agenda estatal me refiero a la captura de una fracción de la renta soyera, vía, por ejemplo, un instrumento procíclico que se active en tiempos de vacas gordas y se desactive en tiempos de vacas flacas. Al menos hay que pensarlo.

Pablo Rossell Arce es economista.

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La nueva crisis energética (ya está acá)

/ 1 de noviembre de 2021 / 03:51

Los precios de la electricidad en Europa se han disparado; solo en septiembre, las subidas han oscilado entre el 35% y el 40%. Gran parte del problema está en la lógica de la fijación de tarifas a nivel de la Unión, que pondera de manera proporcionalmente mayor a la energía más cara —la fósil—, en la que Europa es importadora neta.

Las crecientes tarifas de electricidad derivan en un problema social —y político— para los países europeos, de manera que se están esforzando en buscar soluciones para la población de escasos recursos.

En los EEUU, el incremento sostenido de los precios del petróleo está comenzando a afectar los precios de la gasolina. El actual presidente, Biden, es proclive a la introducción de energías alternativas y es conocido por no ser muy cercano al empresariado petrolero. Pero de nuevo el impacto político de un fenómeno económico inspira acciones de mitigación: ante el panorama de elecciones legislativas del próximo año, Biden se verá obligado a negociar con las petroleras y —eventualmente— conversar con Arabia Saudita, su aliado favorito en el Oriente Medio, para que el precio de la gasolina no supere niveles que sean electoralmente peligrosos.

Detrás del incremento de los precios del petróleo, el gas y sus derivados podemos encontrar siempre el trazo de la especulación —financiera y de la otra—. La OPEP, en este momento, está produciendo aproximadamente 747,000 barriles diarios por debajo del nivel fijado por dicho cártel para este año. Por un lado, los productores de petróleo pretenden resarcirse de la crisis de 2020, cuando el promedio mínimo mensual llegó a los $us 18 por barril.

Por otro lado, el incremento de la demanda, producto de la reactivación en el mundo desarrollado, ha encontrado un sector petrolero que, a nivel mundial, estaba sin liquidez y con un significativo retraso en la inversión y esa es otra de las causales que impiden que la oferta vaya al paso de la demanda de crudo. Muchos pozos han sido abandonados y muchos proyectos de perforación han sido suspendidos. Reactivar el sector no es tan inmediato como parece. Se estima que se requieren aproximadamente $us 542.000 millones de inversión anual, pero el sector está invirtiendo $us 352.000 millones.

El impacto que tiene la exportación de productos primarios en el país de alguna manera ha estado vinculado a los ciclos de estabilidad y conflicto político. En su momento, el precio del estaño era el que mayor incidencia tenía para la estabilidad económica del país. Luego fue el gas. No podemos inferir necesariamente que una caída del precio del gas haya sido determinante para guiar la vida política del país, pero de que influye, influye.

Seguramente nos vamos a encontrar con hallazgos por demás interesantes si hacemos el ejercicio de analizar los promedios mensuales del precio del gas en los momentos más críticos de la historia reciente, por ejemplo, dando un contexto más rico a lo sucedido en las elecciones de 2010, 2014, al referéndum de 2016 y a las elecciones de 2019 y 2020. Algún autor habló en su momento de “la maldición de los recursos naturales”.

Esta vinculación entre los precios internacionales de las materias primas y la vida política y económica para países como Bolivia, altamente dependientes de un puñado de productos primarios de exportación, nos lleva a la lógica conclusión de que debemos aprovechar los momentos de bonanza para diversificar nuestras exportaciones.

Suena más fácil decirlo que hacerlo. Superar décadas de sobre-especialización exportadora implica destinar por lo menos dos o tres lustros al desarrollo de sectores alternativos. Y esa tarea, en un país que no termina de resolver sus problemas de inestabilidad y hasta prebendalismo, es complicada. Pero no imposible. En algún momento podemos empezar a cambiar la cultura política y de gestión estratégica del Estado.

Como quiera que sea, esta es una coyuntura favorable para el país, puesto que la venta del gas —cuyo precio está asociado al del petróleo— es una de las principales fuentes de divisas y —más importante aún— de renta estatal. Si el precio del petróleo está bien, el Tesoro está bien y el país está bien.

Es en estos momentos en los que se activan negociaciones, acuerdos y compromisos de inversión, que pueden proyectar el crecimiento del sector en el mediano y en el largo plazos. Se avizora que esta veta de oportunidades puede durar algunos años, pero no es eterna. La premura, por lo tanto, es crucial.

Pablo Rossell Arce es economista.

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La economía y los paros

/ 18 de octubre de 2021 / 00:28

La semana pasada tuvimos un paro cívico que intentó ser nacional, pero que se sintió con fuerza en Santa Cruz, luego esporádicamente en algunas esquinas de La Paz, otro tanto en Potosí y pare de contar.

El paro cívico del lunes pasado fue realizado en contra de la aprobación de la ley contra la legitimación de ganancias ilícitas, que ya se encontraba para su tratamiento en la Cámara de Senadores. Contando con la desinformación de un lado y la escasa comunicación del otro, la propuesta de norma sumó, además, el rechazo militante de varias organizaciones gremiales, sindicatos de cooperativas mineras y alguna que otra asociación de transportistas. De hecho, a último minuto, los cívicos cruceños compartieron la tarima de cierre de su paro con un dirigente gremial. La norma fue finalmente retirada por el Presidente, lo cual deja a la población esperando a ver cuál será el próximo evento de encuentro entre oposición y oficialismo.

Mi percepción personal es que, por un lado, era muy difícil realizar una protesta masiva que implique paros para la población que, en este momento tiene, sí, la emocionalidad muy polarizada entre los dos extremos —y las redes sociales son un termómetro de este fenómeno—, pero en la práctica, la gente necesita aprovechar el envión económico de la recuperación post 2020 para conseguir un empleo, volver a arrancar el negocio que estaba parado o simplemente para recuperar las ventas y los ingresos perdidos por la pandemia. Recordemos, además, que todos los diferimientos bancarios decretados durante las primeras olas de la pandemia ya fenecieron. Por lo tanto, para mucha gente es momento de retomar el pago de sus créditos y para eso se necesitan ingresos constantes y —de ser posible— estables.

Pero, por otro lado, la desinformación y la falta de una campaña de comunicación por parte del Gobierno que llegue a la gente hasta la puerta de su percepción —que hoy en día son las redes sociales— hizo casi imposible sumar adhesiones. El resultado, lo vimos el lunes.

Como sea, a pesar de la fortaleza relativa del paro a nivel regional, la economía en su conjunto no se vio afectada. Y esa es la clave, tanto del permanente clima de trifulca que tiene el país, como de la evolución actual de la economía. No se tocan, excepto tangencialmente.

Por un lado, el país puede sufrir cualquier cantidad de conflictos que sea, pero mientras éstos no afecten la actividad económica, el país no para. Por otro lado, la gente —especialmente en la ciudad de La Paz— ya está acostumbrada al conflicto. Pero, más importante, la gente de negocios — de todos los tamaños y todos los pelajes— sabe moverse en medio del permanente caos político boliviano. En cualquier lugar. Y mejor aún, saben ganar dinero en este contexto. Gestionan bien lo que se llama el “costo Bolivia”.

De modo que, a menos que nos caiga un evento tipo meteorito, nuestra economía está encaminada al 4,4% proyectado por las autoridades o al 4,7% proyectado por el FMI.

En épocas pasadas, cuando la venta de minerales bordeaba el 70% del total de las exportaciones, una convocatoria a huelga general por parte de la COB era suficiente para paralizar literalmente toda actividad económica, sin contar con las masivas movilizaciones de obreros del sector, munidos de cachorros de dinamita, que interrumpían severamente la circulación de una La Paz geográficamente y poblacionalmente más pequeña y vulnerable.

Hoy en día, la minería sindicalizada estatal mantiene su capacidad de movilización y de disrupción de los espacios urbanos en la sede de gobierno, pero pese a que el peso de la exportación de productos mineros ha subido considerablemente, la minería estatal está contribuyendo con menos del 10% del total de las exportaciones sectoriales. El efecto de las movilizaciones de los sindicalizados estatales es meramente político. Ya no detienen el país, ni interrumpen el flujo de las exportaciones sectoriales.

Este fenómeno está en línea con los dramáticos cambios en las fuerzas sociales bolivianas: de contar con un puñado de sindicatos fuertes que en su momento dirigían las fuerzas de la mayoría de la población, tenemos ahora un conjunto más grande y heterogéneo de actores políticos quienes, para lograr paralizar el país, interrumpir las exportaciones y —consecuentemente— asfixiar el aparato estatal como antaño hacían los sindicatos, necesitan de la articulación de identidades regionales y sectoriales muy diversas, con una consigna política de mínimos comunes muy potentes y liderazgos que sobrepasen lo regional/sectorial. Y eso, en un terreno de crisis generalizada.

La política boliviana no está pasando por su peor momento, pero está lejos de una crisis generalizada; la economía se recupera a su ritmo, que no necesariamente es el ritmo de las expectativas de la gente, pero se recupera. Estamos lejos de otro momento tipo 2019, pero estamos muy cerca de presenciar movilizaciones de intensidad media, de corta duración y de frecuencia más o menos intensa.

Pablo Rossell Arce es economista.

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