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jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 06:39

Chile: ¿cambio de modelo o de políticas?

/ 1 de diciembre de 2021 / 02:32

Los “sorpresivos” resultados electorales en la primera vuelta en Chile muestran que las dos fuerzas políticas “extremas” lideradas por José Antonio Katz y Gabriel Boric pasarán a dirimir en la segunda vuelta, que más parece un verdadero plebiscito presidencial, al alcanzar apenas cada fuerza menos del 30% de los votos. Lo curioso es que las dos corrientes políticas autotituladas de centro derecha (Sichel) y centro izquierda (Provoste), que dominaron vía coaliciones el panorama político en los últimos 30 años, se ubicaron en cuarto y quinto lugar, superados por el Partido de la Gente, un partido emergente con la candidatura virtual de Parisi, porque prácticamente no pudo hacer una campaña física por estar fuera del país.

Desde el punto de vista de los programas económicos, se considera que las propuestas de Katz básicamente son de preservar el modelo neoliberal que tiene cerca de medio siglo de vigencia y que Boric representaría, de una u otra forma, el fin del modelo con un cambio hacia el “Estado de Bienestar basado en derechos sociales garantizados”.

Uno de los puntos clave de ambas propuestas es el relativo a la política fiscal. Katz plantea continuar con las AFP y minimizar el papel del Estado mediante la reducción de impuestos de todo tipo, que serían absorbidos por un menor gasto fiscal. De esta forma se elevaría la tasa de inversión privada desde 19% hasta 28% del PIB, lo cual haría que Chile crezca a tasas de 5% a 7% anual, logrando de esta manera duplicar en una década el ingreso por persona. En el recorte de impuestos, está la rebaja del impuesto de primera categoría, que grava las rentas provenientes del capital, del 27% al 17%, la reducción del IVA del 19% al 17% y la eliminación de los impuestos que afectan al patrimonio personal como contribuciones, herencias y donaciones.

Boric, por el contrario, plantea impuesto a los súper ricos y a las actividades contaminantes. Según su programa “La reforma tributaria recaudará del orden del 8% del PIB… y la implementación será gradual, en un periodo de seis a ocho años, contribuyendo así a la estabilidad del sistema tributario”. El nuevo régimen de impuesto a la renta implicará una mayor contribución de aquellas personas (cerca de un 1,5% del total de contribuyentes) que obtienen rentas mensuales de más de $ 4.500.000 ($us 5.600), el fin de las exenciones tributarias y un impuesto al patrimonio neto de aquellas personas naturales de alto patrimonio (0,1% de la población adulta). Adicionalmente está el impuesto a las empresas contaminantes y el royalty a la minería del cobre.

El programa de Boric contempla cuatro reformas estructurales: acceso garantizado universal a la salud, pensiones dignas sin AFP, un sistema educativo público gratuito y de calidad y la condonación de deudas educacionales que van a significar una expansión del gasto público estimado en un 8% del PIB.

Es así que en la disyuntiva electoral de Chile vuelve la vieja discusión entre los neoliberales, de las épocas de Thatcher y Reagan, basados en la Curva de Laffer que se utiliza para bajar los impuestos, aumentar la recaudación e impulsar el crecimiento económico versus la política clásica keynesiana de aumentar el gasto público financiado por el aumento de los impuestos, dilema que está desarrollado en mi libro digital Neoliberalismo vs. Neopopulismo, un falso dilema, que ya está en las principales plataformas digitales como Amazon y Google Play.

Los dos extremos en materia de política fiscal están tendiendo a moderarse para ganar no solo los votos dispersos del centro sino también para lograr consenso en un parlamento donde no tienen mayoría. En palabras de José Pablo Arellano: “La ciudadanía dijo pónganse de acuerdo, construyan acuerdos y consensos y eso es muy importante para la economía”.

Es decir que en el campo económico van a tener que buscar diversas opciones de política económica y especialmente en el área de la política fiscal donde las diferencias son muy notorias, puesto que en materia de política monetaria existe un consenso relativo sobre la independencia del Banco Central y el control de inflación.

Por tanto, no creo que un modelo neoliberal recargado llegue a imponerse, si gana Kast, ni tampoco leeremos el obituario de la muerte del neoliberalismo, si triunfa Boric en la segunda vuelta el 19 de diciembre.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Nuevo orden o desorden mundial

/ 12 de enero de 2022 / 02:07

Una de las lecciones que surge de la crisis del COVID19, la crisis económica y la crisis ambiental o emergencia climática mundial es que, si bien ha habido una respuesta relativamente oportuna de los gobiernos, la respuesta multilateral fue lenta y tímida.

El papel de la OMS en la pandemia debe ser evaluado, así como el de los organismos financieros como el FMI y el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el de las instituciones de Naciones Unidas.

Una vez más la lección de la crisis pandémica y de la crisis ecológica mundial es que las respuestas unilaterales son por sí mismas insuficientes para resolver problemas públicos que van más allá de las fronteras nacionales como la salud pública y el medio ambiente.

Una de las enseñanzas de la economía es la de diferenciar los bienes públicos de los bienes privados, puesto que teóricamente están disponibles para todos, a diferencia de los bienes privados que solamente tienen acceso para algunos, es decir los bienes públicos “no son excluyentes”. Adicionalmente, tienen la característica de que teóricamente también se supone que pueden ser utilizados una y otra vez por cualquier persona sin que se reduzcan los beneficios que ofrecen a otros, lo que significaría que “no son bienes rivales”.

Sin embargo, a nivel local y nacional es más fácil administrar y proveer bienes públicos, como la cultura, la tecnología, pero a nivel mundial es mucho más difícil como en el caso del medio ambiente y la seguridad sanitaria, puesto que no hay entidades supranacionales con autoridad jurídica y con autonomía financiera para que puedan normar su uso y proveer a todos los países como, por ejemplo, las vacunas contra el COVID-19.

El problema del multilateralismo es de larga data puesto que, en la práctica, ha prevalecido un mundo bipolar o un mundo multipolar como el actual, pero donde se observa la lucha por la hegemonía o por ser el primero entre los relativamente iguales, el llamado primus inter pares.

Si bien los beneficios de la globalización se tienden a aceptar mientras significa la ausencia de obstáculos a los movimientos financieros y de capital, sus costos, como en el caso del deterioro del medio ambiente, no se aceptan puesto que significan compromisos sobre normas a cumplir y recursos a destinar.

Así, el caso de la salida de EEUU del Acuerdo de Paris (COP21 de diciembre de 2015) durante el gobierno de Trump, sobre medio ambiente, fue un claro ejemplo de que primero están los objetivos nacionales y después el resto de mundo. Empero, durante la Cumbre en octubre 2021 sobre la Acción Climática (COP26) convocada por el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, 77 países y más de 100 ciudades se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a cero para 2050.

En la crisis sanitaria, la Organización Mundial de la Salud no tiene la autoridad global para imponer normas y reglas, ni siquiera para estandarizar los carnets sanitarios. No tiene los recursos para proveer de vacunas ni para investigar con laboratorios propios para no depender de las empresas farmacéuticas.

En el ámbito financiero, el FMI reaccionó proporcionando asistencia financiera a 87 países por el impacto económico de la pandemia de COVID-19, por un monto de $US 167.700 millones, concentrando en 20 países de la región de América Latina $US 117.000 millones, a través del financiamiento rápido, en los casos de Bolivia, inicialmente, Ecuador, Costa Rica y Panamá, así como los créditos flexibles en los casos de Chile, Colombia, Perú, México.

Realizó una nueva asignación a 190 países de Derechos Especiales de Giro (DEG), que complementa las reservas y proporciona apoyo de liquidez, aunque los países ricos fueron los más beneficiados porque fue en proporción a su participación en el capital del FMI.

Sin embargo, el rol de su directora ha sido duramente criticado. Kenneth Rogoff, que fue economista jefe del FMI, escribió que “En lugar de abrazar su rol tradicional… el FMI ha venido intentando transformarse en una agencia de ayuda”, defendiendo los tradicionales programas condicionados del FMI, papel que habría sido abandonado durante la pandemia al “Entregar financiamiento con pocos condicionamientos”.

Parece que lo que necesitamos es más orden a nivel mundial para dar una apropiada respuesta multilateral a las crisis.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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¿Un año ‘normal’: 2022?

/ 29 de diciembre de 2021 / 01:42

Desde que surgió la pandemia del COVID- 19, hace dos años, la discusión sobre la economía mundial era sobre cuándo se iba a retornar a la normalidad, a su tendencia antes del virus, o si en realidad se iba a entrar a una “nueva normalidad”, definida por María Savona (2020) como “una transformación estructural de los modos de producción y consumo, con el apoyo de las tecnologías digitales, que ha sido impuesta por los gobiernos para contener el virus”.

La cuestión es que al problema económico, entendido como un problema de asignación de recursos escasos frente a fines múltiples, se le sumó la disyuntiva entre las políticas sanitarias, que pueden generar una recesión, y las políticas económicas expansivas, que pueden generar inflación.

La historia de la economía es la historia de las disyuntivas. Así tenemos el famoso trade off en política económica, el existente entre obtener cierto beneficio de lograr un objetivo a cambio del sacrificio o costo de dejar de alcanzar otro objetivo. El más relevante que analizo en mi libro digital Neoliberalismo vs. Neopopulismo: un falso dilema es entre crecimiento y equidad, pero el que ha vuelto a reaparecer después de muchos años de creerse superado, sobre todo en los países adelantados, es entre desempleo o inflación.

En el caso de los países de la OECD, la tasa de inflación para 2021 se habría duplicado de 1,5% en 2020 a 3,5%, mientras que la tasa de desempleo habría bajado de 7,1% a 6,2%. El pronóstico para 2022 de la inflación es que seguiría subiendo a 4,2%, mientras que la tasa de desocupación continuaría declinando a 5,5%.

La situación de EEUU es más dramática, puesto que la tasa de inflación, que se mantenía por debajo del 2% por varios años, en noviembre de 2020 trepó de 1,8% a 6,8% en noviembre de 2021, el nivel más alto alcanzado en 39 años desde el shock petrolero en los años 80 del siglo pasado. En cambio, el desempleo, que como producto de la crisis sanitaria había saltado a 15% en abril de 2020, declinó a 6,7% en noviembre de 2020 para seguir bajando hasta 4,2% en noviembre de 2021. Para 2022, el Federal Reserve Bank (Fed) proyecta una menor tasa de inflación de 2,6%, y de 2,3 % en 2023, retornando de esta forma a la vieja normalidad en torno al 2%, mientras que la tasa de desempleo bajaría a 3,5% en 2022 y ahí se mantendría, alcanzando de esta forma el objetivo tradicional del pleno empleo.

La gran discusión actual es si la inflación es un fenómeno solo transitorio y por lo tanto tendría que bajar en algún momento, como quisieran la OECD y el Fed para 2023 o, en realidad, es un problema de características más estructurales relacionadas con la interrupción de las cadenas globales de valor, la expansión monetaria y del gasto fiscal y los elevados precios del petróleo. Así, volvería a aparecer el fantasma de la estanflación que surgió en 1980 y que para muchos significó la muerte del keynesianismo, al preverse un escenario de bajo crecimiento o estancamiento, pero combinado con una mayor inflación, el peor de los mundos.

Parece que a los economistas nos gustan los escenarios pesimistas porque nos mantenemos vigentes justificando nuestra profesión, pareciéndonos a algunos médicos y especialmente psiquiatras que nunca quieren dar de alta al paciente y a algunos plomeros que arreglan un problema, pero te crean otro.

Aunque cada hecho económico en un momento dado es muy diferente al sucedido en el pasado, la crisis del COVID-19 es una crisis de características inéditas, donde un shock sanitario mundial dio lugar a una crisis autoprovocada de contracción de oferta y de demanda. La pandemia fue inicialmente una variable exógena que se ha ido controlando con las políticas sanitarias y la contracción de la oferta era una variable endógena que se fue descontrolando. Los mercados financieros, si bien reaccionan frente a cada una de las variantes, han superado con creces sus niveles prepandemia (20% en el caso del Dow Jones), y siguen tan boyantes pese a las profecías de crisis financiera.

Difícil aventurarse a qué pasará en 2022. Mi pronóstico de buena voluntad es que continúe la recuperación de la economía mundial, aunque con un nivel de inflación más alto que en el pasado, al que tendremos que irnos acostumbrando, y esperando que ojalá la pandemia bajo control se vuelva endémica y termine como influenza.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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La recuperación mundial con altibajos

/ 15 de diciembre de 2021 / 03:54

La gran discusión de los economistas sobre la recuperación de la economía mundial es muy letrada, pero no por su elevado nivel cultural sino porque se concentra en unas letras del alfabeto: L, U, V, W y recientemente en una Y echada.

La L significaba caída del PIB y después recesión y si duraba mucho tiempo se convertía en depresión, como pasó en los años 30 del siglo pasado, mientras que la U representaba que después de la recesión venía la recuperación. La más común de las letras fue la V de la victoria, que significa que después de una caída del producto viene la recuperación como sucedió en 1982, en 2009 con la crisis financiera y tal como estaba sucediendo en 2021 con la crisis de la pandemia.

Pero no hay que cantar victoria de antemano porque puede ser efímera, puesto que podría haber una segunda caída del producto, aunque seguida de una recuperación dándose la forma de la letra W.

En los tiempos actuales, la opinión pesimista es que la recuperación en 2021 fue resultado del efecto rebote, es decir, después de haber caído tan fuertemente en 2020 (3,4%), un crecimiento de la actividad económica mostraría un salto, pero después iría desacelerándose el crecimiento. La OECD supera este pronóstico, puesto que estima en 2021 un aumento del producto mundial del 5,6% y del 4,5% en 2022.

Pero el problema es que no solamente se deben comparar las tasas de crecimiento, sino que también los niveles. Es decir, si se ha recuperado el nivel alcanzado por el PIB mundial de 2019 y, no solo eso, sino si se ha alcanzado los niveles de tendencia en 2020 y 2021 que se hubieran logrado si no hubiera surgido la pandemia con la gran encerrona mundial. Lo cierto es que la economía mundial con la crisis del COVID-19 renunció al crecimiento que se habría producido en 2020 y que, según la OECD, al primer semestre de 2021 el nivel del PIB mundial todavía era un 3,5% más bajo del proyectado antes de la pandemia. Esto significa que si tomamos en cuenta el nivel de producto mundial de 100 en 2019, en 2021 debería ser de 105; sin embargo, solamente alcanzó a 101,5.

Adicionalmente de las diferentes letras que marcan los variados tipos de recuperación de la economía mundial, novedosamente ha surgido una nueva letra, la Y echada o recostada a la derecha, que significa que la recuperación es desigual, pero no solo en el ritmo sino en las características de la recuperación. Es decir, unos países, especialmente los avanzados, están creciendo rápidamente como sucedió en 2021, pero otros siguen con bajas tasas de crecimiento como en los países en desarrollo y, especialmente, los de más bajo ingreso con tasas de vacunación bajas, con empresas no solo intensivas en trabajo poco calificado, sino intensivas en contacto social y con una demanda que no se ha recuperado por completo.

El problema, como planteé en mi libro digital Neoliberalismo vs. Neopopulismo: un falso dilema, es que la recuperación será asincrónica y divergente y dependiente de las olas de contagio y del cronograma desigual de administración de las vacunas, el denominado problema de la equidad vacunal. Se estima que a fines de 2021 la vacunación esté muy extendida en los países avanzados, en menor medida en los mercados emergentes, pero que los habitantes de países más pobres deban esperar hasta 2022 o más. La divergencia en las políticas de apoyo fiscal es otro factor que aumenta la brecha, puesto que mientras en los países avanzados continuaron en 2021, en los países emergentes habrían expirado la mayoría de sus medidas en 2020, y en los países de menores ingresos se habían implementado muy poco.

La preocupación es a quién beneficia la recuperación porque es una “recuperación dual”, divergente, una “recuperación en forma de Y, pero echada”. Así, por un lado, están las empresas tecnológicas, el mercado bursátil, los empleados altamente calificados o con trabajo digital, que se ubican en la rama de la Y que apunta hacia arriba. Mientras que, por otro lado, están los afectados por la desaceleración o la recesión como las micro y pequeñas empresas, los trabajadores poco calificados o desplazados por la tecnología digital, las empresas y trabajadores del sector informal o que no han recibido el apoyo fiscal, todos ellos estarían ubicados en la rama inferior que apunta hacia abajo. Así, a la desigualdad de ingreso y la riqueza se suma la desigualdad “vacunal”.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Arreglos institucionales y política económica

/ 17 de noviembre de 2021 / 01:33

Una de las conclusiones a las que arribé en mi nuevo libro digital Neoliberalismo vs. Neopopulismo: un falso dilema, que estará en breve en las diversas plataformas digitales, es que en lugar de un enfrentamiento ideológico de etiquetas y calificativos entre neoconservadores y populistas, la economía nos ofrece diversas alternativas de políticas económicas y arreglos institucionales para lograr objetivos como crecimiento, estabilidad, reducción de la pobreza y la desigualdad.

El rol de las instituciones, desarrollado inicialmente por Douglas North, premio Nobel de Economía, se ha utilizado y a veces exagerado en explicar como uno de los determinantes más importantes del crecimiento económico. El tema de las instituciones las analizo junto con las opciones de política económica, en lo que se refiere a las reglas del juego y en particular la función de los derechos de propiedad, los contratos y el Estado de derecho.

Sin embargo, no hay una receta única institucional y la idea es que hay también distintas opciones de arreglos institucionales, en el lenguaje de Dani Rodrik (2007), con distintos grados de flexibilidad para mantener el ímpetu del crecimiento, reaccionar ante shocks y, para facilitar una distribución socialmente aceptable de costos y beneficios, donde juegan un papel importante las instituciones manejadoras de conflictos étnicos, regionales y sociales. Entre las instituciones tradicionales que destacan están los bancos centrales, las normas presupuestarias y fiscales, las relacionadas con el sistema de pensiones y la seguridad social, los fondos sociales y las instituciones de supervisión.

La pregunta clave es ¿cuánto de flexibilidad o de discrecionalidad pueden tener dichas instituciones y cuál es su calidad? Es más, una característica diferenciadora entre neoliberalismo y populismo, que analizo en mi libro digital, es el grado de aceptación y cumplimiento de las restricciones políticas (constitución política, leyes, limitaciones del poder ejecutivo, separación de poderes, etc.) y las restricciones económicas (acuerdos internacionales, leyes, independencia de los bancos centrales, de las autoridades de regulación y supervisión, leyes de inversión, etc.).

Para Rodrik (2007), “las formas más confiables de tales mecanismos son las instituciones políticas participativas. De hecho, es útil pensar en las instituciones políticas participativas como instituciones que obtienen y agregan conocimientos locales y, por lo tanto, ayudan a construir mejores instituciones”. Creo que este tipo de instituciones nos hacen falta en un país como el nuestro, impaciente y disconforme.

En el caso de Bolivia, como reflexión señalo que los “modelos económicos” o mejor dicho un tipo de manejo de la política económica, debe adaptarse a las condiciones cambiantes no solo de la economía mundial sino del entorno nacional y regional, en caso contrario tienden a estancarse o agotarse y entrar en crisis, tal como sucedió con el modelo neoliberal chileno y como podría suceder con el modelo heterodoxo boliviano.

Mi preocupación es que el espacio para el manejo de la política económica se ha estrechado fuertemente, va a ser muy difícil establecer medidas económicas si antes no se establece un mecanismo institucional de consulta y debate de las distintas opciones de política económica. Estrictamente, la Asamblea Legislativa Plurinacional debería ser el mecanismo, pero parece que en un contexto polarizado es poco eficiente.

Pero creo realmente que si bien son muy útiles las instituciones manejadoras de conflictos, como recomienda Rodrik, es mejor prever, evitar y atenuar el conflicto, no esperando a que estalle, si se buscan realmente mejores soluciones y consensos como una práctica diaria de hacer política económica. Hay que romper el bloqueo de la política y buscar formas para viabilizar la colaboración y el consenso. Si bien es conveniente enfrentar y no disimular las diferencias, lo importante es que enriquezcan las decisiones y evitar que los conflictos nos paralicen.

El país ha sufrido una fractura institucional en 2020, además de una crisis económica y sanitaria y pareciera que hay una crisis institucional, por lo que hay que tener presente que para que una política económica tenga buenos resultados, también se requiere de buenas instituciones.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Buena suerte y política económica

/ 3 de noviembre de 2021 / 00:55

Aunque no existe un análisis del papel de suerte y el resultado de la economía, generalmente se tiende a exagerar al calificar el desempeño de una política económica como producto de la buena suerte.

En la antigüedad, los gobernantes consultaban antes de declarar o iniciar una guerra con el oráculo de Delfos, cuyos sacerdotes y sacerdotisas en un lenguaje entreverado emitían ciertas profecías. Lo mismo sucede en los tiempos actuales, cuando los gobernantes entes de formular y ejecutar sus programas consultan a los economistas, los cuales con un lenguaje confuso, pero apoyado en modelos econométricos, profetizan lo que pasará con la economía mundial o la economía de un país, o el precio de los commodities.

La economía está muy relacionada con la astrología cuando hace un uso y abuso de proyecciones y pronósticos que no incluyen la salvedad o advertencia, de las novelas de ficción, cuando dicen que son basadas en hechos reales o que cualquier similitud o semejanza con la realidad es mera coincidencia.

Un trabajo seminal y serio es el de Roberto Zahler, quien fue presidente del Banco Central de Chile, que para analizar el éxito del modelo neoliberal chileno hasta 2000, lo relacionó con tres aspectos o variables explicativas: el cambio político, buenas políticas y la buena suerte en el sector externo.

Y si uno analiza el caso boliviano, entre 2006 y 2019, como lo hago en mi libro Neoliberalismo vs Neopopulismo en edición digital, también encuentra que su performance no solo está relacionado con la buena suerte del sector externo sino también está vinculado a la nacionalización-estatización de los hidrocarburos, que fue la contrarreforma o cambio estructural respecto al modelo neoliberal de 1985-2005, a un adecuado manejo de la política monetaria y fiscal y también al boom de precios de los commodities y especialmente del gas natural hasta 2014.

Si solo tomamos la buena suerte, la pregunta es qué hubiera pasado en la economía boliviana si no hubiera existido el cambio estructural que subió la contribución del sector hidrocarburos de un 18% a un 50% hasta aproximarse a un 70% en la época de bonanza. El llamado government take o la parte que toma de la explotación y exploración de hidrocarburos el Gobierno, hubiera quedado reducido a aproximadamente un tercio.

Los expertos habrían dicho, pero si existía el Surtax en el modelo neoliberal. En efecto, en materia de tributación a la minería e hidrocarburos en el artículo 51 de la Ley 843 (incorporado por la Ley 1731 de 25/11/96), se estableció una alícuota adicional del 25% a las utilidades extraordinarias por actividades extractivas de recursos naturales no renovables, denominado Surtax. La base imponible era la misma para el Impuesto a las Utilidades (IUE), es decir la utilidad neta; sin embargo, se permitía deducir una serie de conceptos de tal manera que no fue aplicado a las empresas mineras, puesto que las deducciones superaron el monto de las utilidades obtenidas y solo fue pagado extraordinariamente por algunas empresas del sector de hidrocarburos. El Surtax fue creado para compensar la disminución de ingresos fiscales como resultado de la capitalización de YPFB; sin embargo, no generó ingresos debido a que iba a ser cobrado cuando los campos petroleros entren en “plena” capacidad productiva, pero no se señalaba el porcentaje o volumen. Se rumoreaba que el costo de la consultoría del economista que hizo el estudio sobre el Surtax fue mayor que la recaudación obtenida, aunque otros insisten en que había que haber esperado en época del boom en lugar de nacionalizar los hidrocarburos, es decir en la buena suerte del Surtax.

Lo que quiere decir que la buena suerte por sí sola no contribuye mucho si no va acompañada de buenas políticas o por cambios o arreglos institucionales que permitan una mejor captación del excedente económico.

Asimismo, lo que pareció un alineamiento de los astros en los tiempos de Evo Morales duró exactamente hasta 2011 en la minería y 2014 en hidrocarburos, y parece que la suerte se repite y que un nuevo alineamiento astrológico se está dando, puesto que en 2021 se vive una especie de mini boom de los precios de los minerales y de los hidrocarburos.

Pero en lugar de la complacencia, debería permitirnos reflexionar sobre un mejor uso de los recursos fiscales asociados a la renta petrolera y que habría que evaluar la contribución fiscal del sector minero, especialmente de los cooperativistas mineros del oro, primer producto de exportación. El cuento de que los inversionistas se irían a Perú y Chile parece que ya no es muy válido, dada la tendencia hacia la recuperación de la renta de los recursos naturales no renovables en los países vecinos. El único problema sería un paro opositor contra una buena política, eso sí sería mala suerte.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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