Voces

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Pretendo que no se olvide

/ 1 de diciembre de 2021 / 02:28

Hay dos palabras que se repiten una y otra vez en el libro de pequeñas memorias de Andrés Canedo de Ávila, Nosotros, los del teatro. Son amor y memoria. “Pretendo que no se lo olvide”, dice don Andrés al final de uno de los capítulos, cada uno dedicado a un hombre o una mujer de teatro. Por el libro van desfilando íntimos homenajes a personas que se subieron al escenario en los años 60/70/80, que dirigieron, que escribieron, que actuaron en aquellas décadas de gran trascendencia social de las tablas bolivianas. Es la contribución de Canedo para que el olvido no caiga sobre ellos, sobre ellas. ¿Quién se acuerda hoy de Remy y Tatiana Varela, de Fernando Illanes, de Gonzalo Sánchez, de Willy Pérez, de Jorge Exeni, de René Capriles, de Carlos El Potro Lobaiza, de Susana Joffré, de Renee Jaitt, del argentino Matías Marchiori, de Tota Arce, de Eduardo Perales, de Daniel del Castillo, de Ninón Dávalos o de Guido Calabi, el viejo portero del Teatro Municipal de La Paz?

De vez en cuando, las redes sociales —convertidas en un obituario durante los peores meses de la pandemia— nos traen de vuelta nombres olvidados: hace poco se fue Beatriz de la Parra, aquella que diera vida a Milonia Cesonia en Calígula o a la Medea de Eurípides. El libro de Canedo es un recipiente donde descansa el tiempo, es una linda trampa con la que la sensibilidad y la inteligencia derrotan la condición pasajera que lleva el vivir hacia el olvido y la nada.

Las puteadas cariñosas de la inolvidable Norma Merlo, el gusto por el pan de Liber Forti, el talento gigante de Rose Marie Canedo… van desfilando por el libro como el río de la nostalgia inunda nuestros territorios vitales de manera inexorable. Los secretos íntimos de la creación y la actuación, las claves secretas de la formación actoral y el recuerdo de los clásicos (¿por qué no se hacen obras clásicas hoy?) se cuelan por las rendijas de las páginas de un libro autoeditado y distribuido mano a mano.

Canedo se confiesa sin necesidad de cura y arrepentimiento: siente a los amigos del alma que la vida separó. Y carga contra las trampas de la memoria, contra sus brumas, contra los nombres olvidados de manera cruel. Quizás el olvido más terrible para don Andrés es no recordar el poema que Guido Calabi dedicara a su querida Rose Marie Canedo, la dramaturga cruceña/paceña cuando ésta falleció demasiado temprano a la edad de 29 años en un abril triste de 1978. Los recuerdos de viajes con Rose Mary —nacida como Rosa María Vélez Rapp— funcionan como tributo justo a una mujer que con apenas seis años de trabajo dejara una huella imborrable en nuestro teatro. El estreno de Túpac Amaru del argentino Osvaldo Dragún, prevista para el Teatro Municipal en 1978 todavía espera y algún día volverá.

Canedo entendió, entiende y entenderá siempre el oficio como una praxis de amor, sostenido por personas ora humildes y calladas, ora narcisistas irremediables. La letra “eme” atraviesa clandestinamente el teatro boliviano hecho por mujeres: Maritza Wilde, Melba Zárate, Malena Orías, Mabel Rivera, Moraima, “la mora”, Ibáñez, la mencionada Merlo, Marta Monzón. Junto a ellas, ellos: Luis Bredow, Pepe Ballón (Canedo no olvidará nunca la ayuda y cariños recibidos en Caracas, tierra de exilio), Jorge Zabala, Marcelo Arauz, Elías Serrano, Carlos Seoane, Marcelo Antezana son los habitantes de este escenario inmortal, gentes del alma de Canedo y de todos nosotros.

El nudo se sube a la garganta de don Andrés a la hora de tributar unas letras a otro hacedor que se fue demasiado pronto también, compañero Ubaldo Nállar. Somos tan pocos en el teatro que pérdidas recientes como esa, por culpa del puto bicho, se sienten más hondas e injustas si cabe.

Si el teatro tiene más preguntas que respuestas, Canedo solo tiene un pedido: que alguien escriba de una vez por todas la historia del teatro en Bolivia. Todos sabemos que esa persona se llama Mabel Franco, precisamente la que me vendió el libro de memorias de don Andrés. Mabel además cumple con ese requisito secreto, atesora la “eme” y recopila actualmente fotos, escritos y recuerdos.

El teatro huye de lo obvio, enemigo mortal de lo complejo, incomoda, te obliga a pensar, a mirar el mundo más allá de tu burbuja. Es un lugar donde vamos a ser interpelados, a vernos a nosotros mismos y a los otros. No es un lugar para confirmar tus ideas. O sí. El teatro tiene veneno, el que lo prueba no lo puede dejar. Don Andrés Canedo lo probó. Y ahora pretende que no se olvide.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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El Tigre se prueba el traje de campeón

/ 26 de noviembre de 2021 / 21:25

Introducción: el Tigre recibe a su verdadera “bestia celeste”, Aurora. El “equipo del pueblo” cochabambino se ha especializado en los últimos años en ahogar la fiesta del título. En el arco vemos a Guillermo Viscarra –falto de ritmo- de titular por cuarta vez en el torneo (por lesión del gran Daniel Vaca). Díaz sienta a Chura y coloca al “Pollo” Flores para atacar por la derecha y asistir a la dupla de ataque: Reinoso y Blackburn. El resto son los mismos que el clásico. Castro sigue jugando pegado a la banda izquierda donde se pierde. El equipo de Zeballos –con arquero de Ghana- viene de caer en casa y sin entrenar por un paro. La curva sur está a quince pesitos y la hinchada va a animar como hace rato no se (la) escuchaba.

Nudo: este Tigre tiene más garra que juego. Las sociedades siguen desaparecidas y la única carta de gol es tirar pelotazos para un estático“Toro”. Castro se mete al medio como enganche y deja su banda al lateral zurdo José Sagredo. El diez apenas mete pelotas filtradas. En la contención, Wayar se queda solo y el paraguayo Quiñónez, de mixto, ni defiende ni suma en la ofensiva. Solo una pelota envenenada –a lo “Conejo” Arce contra Uruguay- pone un 1-0 engañoso. Flores prueba a cambiar de banda pero el juvenil es pura voluntad y nada más. El talentoso Chura lo ve todo desde la banca.

Desenlace: Aurora sale a empatar el “match” y estrella hasta tres pelotas en el palo. Se escuchan pitos, se exigen huevos y baja el aliento emocionado desde las gradas cuando las papas arden. Es el entusiasta jugador número doce ante el extravío de los once stronguistas del verde. A pedido de la gente, entra Barbosa y cambia el partido con un gol de contragolpe/carambola. El tercer tanto –triángulo entre las tres variantes: Willie, Rudy y Ronaldo- regala la fiesta al pueblo gualdinegro. Las luces de los celulares iluminan los corazones de una curva sur contagiada de alegría.

Post-scriptum: el Tigre –puro sentimiento/sufrimiento- se prueba el traje de campeón. De momento lo que es real es la undécima clasificación consecutiva a la Copa Libertadores: algún día se valorará este logro inédito en la historia del “Derribador” (y de la liga). Se vienen tres fechas de infarto con dos salidas no aptas para la vida de los cardíacos (Tarija -el jueves- y Santa Cruz, última fecha contra Real). ¿Está por morir el maleficio de los subcampeonatos?

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Tres silencios

/ 3 de noviembre de 2021 / 00:52

No sé qué tuitear hace días, ¿qué se hace cuando la frustración te gana la voz?”. Hace unas semanas una compañera subió este mensaje a las redes sociales. ¿Tenemos la obligación de opinar de todo y de nada? ¿Opinamos a cada rato para no tener que escuchar? ¿Por qué el silencio nos genera frustración? ¿Aporta algo el exceso de opinión que invade los medios y las redes? ¿Tiene que ver todo esto con los tiempos agresivos que vivimos, con tanta mentira, con tanto insulto, con tanta grieta? ¿De qué sirven los juicios sumarísimos para todo y para nada? Y la pregunta que no me deja dormir: ¿Por qué odiamos en plural?

El silencio alivia, la abstinencia digital también. ¿Qué dejamos de hacer al estar permanentemente conectados con la obligación de dar nuestra imprescindible opinión al mundo? Ceder nuestra (toda) atención a las redes sociales complota contra nuestra capacidad autónoma de pensar. ¿Por qué no dejamos hablar a los demás hasta el final? Urge charlar más que discutir, urge verse las caras más que teclear. En las redes no leemos, tomamos partido. No pensamos por nosotros mismos, nos alineamos con nuestra burbuja particular para no quedar fuera del rebaño. Rara vez hacemos el esfuerzo de leer a los que piensan diferente: es más fácil gritar masista o fascista, siempre en mayúsculas. Preferimos mentiras simples a verdades complejas. No queremos saber, es mejor creer y punto.

Decía el filósofo Antonio Valdecantos que “no hay boca capaz de decir cosas inteligentes sin descanso, quien habla como si pintase con brocha gorda dirá siempre que no tiene tiempo para pinceles finos”. ¿Se puede cultivar una amistad con alguien del campo contrario? Unos creen que sí, otros que no.

Hace unas semanas, un compañero subió este mensaje a sus redes sociales: “Mucha gente es atractiva hasta que ves que son pititas”. Deberíamos descansar un poco de nosotros mismos, de esa figura pública que hemos construido a golpe de “tuit” y estado en “feis”. Quizás así podamos mirar el mundo de manera menos binaria. Quizás así dejemos de banalizar/romantizar el odio. Sentimos placer al odiar, odiamos con naturalidad. Ya lo dijo Herman Hesse: “Siempre se odia algo que a la vez está dentro de nosotros”. Obviamente el mal está siempre del otro lado: eso nos tranquiliza, nos permite vivir/dormir. Se llama sesgo de atribución: el “trol” es el otro.

Si no estamos en las hipnóticas redes sociales, no somos nada (ya lo canta Evaristo de La Polla Records, un grupo punki vasco). Hacerlo conlleva un trabajo desgastante, ansioso. Actualizar nuestros estados con imaginación, originalidad, seducción y autenticidad (así nos vemos a cada uno de nosotros) es poner al día eternamente/diariamente un “ridículum vitae” interminable. Nos exponemos públicamente para que otros (el señor Zuckerberg ahora se ha inventado otro juego adictivo de realidad virtual llamado Meta) ganen plata con nuestro ego, con nuestra vanidad sin freno.

¿Usamos las redes o ellas nos usan? Perdón por la pregunta orwelliana y retórica. Ellas nos necesitan a nosotros, no al revés. ¿Es posible salir de esta rueda? ¿Es factible dejar el celular por un rato? ¿Es el “celu” el nuevo “rosario” de nuestras abuelas, siempre en la mano? Fija, pero ahora no suplicamos perdón, exigimos atención. “El celular ha sustituido al otro”, dice el filósofo surcoreano Han que sostiene que este es el nuevo tabaco/pucho. ¿Se puede escapar sin irnos a vivir a una isla desierta? La dopamina no es joda, el peligro de dejar de existir para el mundo, tampoco. Vivimos en una sociedad atrapada por el narcisismo. La “necesidad” de dar nuestro punto de vista sobre la wiphala o la última violación machista/asquerosa es imperiosa. Somos eyaculadores precoces.

¿Qué hacer entonces? En esta columna, como decía Magritte, no hay respuestas, solo preguntas. Tal vez lo mejor sea dedicarles menos tempo/esfuerzo a las redes sociales, dejar de sacar fotos a todo. Y tomarse un respiro. Ya lo dijo el poeta Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda”. Hace unas semanas, otra compañera subió este mensaje, parafraseando una canción de Drexler: “Todos estamos perdiendo valiosas oportunidades de quedarnos callados”. El silencio es ausencia de ruido, limpia de maleza las redes donde nos odiamos. Creemos un silencio, dos silencios, tres silencios.

(“Para pensar hay que saber pensar, pero antes hay que saber leer y antes, saber escuchar. Y para saber escuchar hay que saber estar en silencio y antes procurarnos un tiempo para no hacer nada”, Alfonso Sastre).

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Las republiquetas de The Strongest

/ 23 de octubre de 2021 / 19:18

Llevaba cinco partidos sin ver al Tigre y nada ha cambiado. El gualdinegro sigue siendo la sombra de lo que fue. El rendimiento colectivo e individual es preocupante. La punta no refleja el paupérrimo nivel de un equipo que camina sobre la cancha. El club navega por las peligrosas aguas de la incertidumbre, a punto de naufragar. Las republiquetas y la guerra de guerrillas –todos contra todos- son el pan nuestro de cada día. Y el liderazgo acaso refleja la mediocridad de nuestro triste balompié. Para ver al Tigre jugarse la punta pagaron apenas su entrada medio millar de hinchas. Y nadie hace nada.

The Strongest es un flan atrás (Real Potosí amagó con empatar y solo Vaca dijo que no) y arriba sus recursos se reducen a los disparos y los pelotazos al área chica. Cuando Reinoso hizo el primero de lindo testarazo en el minuto uno se terminó el “match”. El único jugador que marcaba la diferencia juega ahora en el colero de la liga belga. ¿Qué fue de Wayar, de Castro, de Barbosa? A pesar de los pesares, el gualdinegro va a pelear otra vez el torneo hasta el final; ganará no el mejor sino el menos malo. El tedio ha expulsado a los fanáticos de los estadios. Y todos estamos felices.

La comatosa situación del plantel y el club no es más que el pálido reflejo de la institución. Todavía no hay fecha para las elecciones. Por no haber no hay ni candidatos. Se habla de cinco postulantes: de un dubitativo Kurt (al que muchos temen), de Téllez (y de su posible sociedad con Mauricio González), de la hija de doña Inés, de Montes, del retorno de Asbún… Y alguien dice que hay un tapado. Kurt quiere fichar a un gran entrenador sudamericano y a un goleador extranjero de selección, amén de repatriar al “Chumita”. E incluso se habla de Pablo Escobar (apoyado por Farías S.A.) preparando el terreno para a medio plazo llegar a la presidencia.

Las internas dentro del plantel tampoco han desaparecido tras lograr el despido de Florentín. En el intervalo se dilapidaron una docena de puntos de ventaja. El grupo de los veteranos, el combo de los extranjeros y la banda de los changos hacen la guerra por su cuenta. ¿Te imaginas que lindo sería que todos los stronguistas –jugadores, candidatos e hinchada también dividida- estuviésemos unidos? Ese día volverá a brillar el sol y el cielo será gualdinegro. Mientras tanto, elige nomás en que republiqueta militar.

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Tigre y Always, maneras de perder

/ 29 de abril de 2021 / 00:33

El fútbol boliviano conjuga dos maneras de perder cuando sale del país. Los entrenadores se debaten entre estas dos opciones que casi siempre acaban de la misma forma: convencidos y derrotados.

Uno: La primera estrategia, la más usada, es meterse atrás, sin rubor, entregando la pelota y la (auto)estima al contrario. Es la que usó The Strongest frente a Barcelona en Guayaquil. El flamante técnico paraguayo Florentín colocó una línea de cinco, cuatro al medio y Reinoso arriba. Recuperó a Marvin y Torres, colocó a Barbosa muy lejos del único punta y dio descanso a Marteli y Castro. La táctica es más simple: esperar el gol de los rivales. En Ecuador, el tanto llegó al inicio de la segunda parte. El Tigre metido atrás aguantó solo 45 minutos. Nada nuevo bajo el sol. Tras el 1-0, el manual del vampiro colgado en la madera manda hacer cambios ofensivos: así entran entonces Blackburn, Castro, Rudy… ¿Alguien me explica la sustitución de Barbosa y el bajón del “Comandante”? Con los espacios dejados atrás lo que provoca un equipo largo y partido, llega una plácida goleada.

The Strongest, más allá del cambio de técnico, es el mismo: sin personalidad, sin rebeldía, sin fútbol. Lo peor del Tigre es que no compite. Se cree inferior y actúa como tal, da igual el contrario. ¿Por dónde pasan las soluciones? ¿Por renovar el plantel? ¿Por impulsar otros liderazgos? ¿Por apretar en lo físico? ¿Por nuevos aires dirigenciales? ¿Por trabajar lo psicológico para levantar el nivel individual y colectivo? Nadie sabe pero todos disparan.

Dos: La segunda estrategia es salir a jugar de tú a tú: presionar arriba, ir al frente, volver los partidos un ida y vuelta. Es la que usó Always Ready frente a Olimpia en Asunción. El “Turco” Asad va encontrando su idea. Mete una línea de cinco extraña con Ramallo y Vander de carrileros osados. En el medio junto al doble “cinco” (se sintió la falta de Saucedo) coloca a Sanguinetti y Arce para poner pelotas al incombustible Ovejero. Un prolijo y ambicioso CAR salió a ganar en Paraguay, mereció un empate y casi lo logra. Perdió como el Tigre pero cayó muriendo en la suya. Marcó bien por momentos y asustó de inicio con un palo de Cummings. Y se adelantó con una jugada hermosa del funambulista Arce (¿cuántos extrañan al “Conejo” en Bolívar?) para luego ser remontado. El CAR está dispuesto a todo; el Tigre, a nada.

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Nuevo Bolívar, viejos problemas

Desenlace: la segunda parte es más de lo mismo. Montevideo Wanderers insiste con la misma fórmula hasta que llega el único gol que va a subir al “score”.

/ 9 de marzo de 2021 / 21:35

Introducción: Bolívar llega a su debut en Copa Libertadores tan solo con partidos amistosos disputados. El rival, Montevideo Wanderers, está en competencia. El mismo día del partido, los jugadores bolivianos de la División Profesional se ponen en huelga por sus derechos. Estamos en el horno. La “Academia” tiene en el onceno titular medio equipo nuevo: los centrales no se conocen (el español Guitián y el cruceño Quinteros); la dupla de contención Granell-Justiniano apenas engrana; en el tridente del dibujo 4-2-3-1 aparecen Álvaro Rey y Bruno Miranda con Saavedra de enganche y capitán; y arriba un desacertado Leo Ramos. La primera media de hora de Bolívar es buena, apuesta por la tenencia de la pelota, se repliega con disciplina táctica y sale vertical a la contra cuando roba. El problema es el gol. La sombra de Riquelme es alargada.

Nudo: el equipo “bohemio” con más ímpetu que fútbol se adueña del partido. Es el estilo uruguayo de toda la vida: pierna fuerte, desborde por los costados y pelotazos a los dos centros delanteros. No hay que inventar nada más. El enganche Quagliata juega a merced ante la mirada impávida de Granell-Justiniano. El catalán se mete prácticamente entre los centrales y queda muy lejos del “box” rival. Las subidas constantes de Roberto Carlos por banda izquierda dejan un hueco a sus espaldas que nadie ocupa en el relevo. Los problemas defensivos celestes son los mismos que ayer.

Desenlace: la segunda parte es más de lo mismo. Montevideo Wanderers insiste con la misma fórmula hasta que llega el único gol que va a subir al “score”. Los cambios de Bolívar apenas mejoran: John García no aparece; el juvenil cruceño de 19 años Kevin Salvatierra se muestra impreciso; y solo Menacho (por Miranda) entra enchufado. Con el 1-0 en contra, Bolívar se anima, como siempre tarde. La recta final se vuelve un ida y vuelta con el arquero boliviano Rojas de estrella, con Ramos fallando lo inaudito y con una doble sensación: el resultado es bueno y remontable en La Paz; se pudo hacer más ante un rival limitado.
Post-scriptum: El equipo del vasco Natxo González apunta buenas maneras pero todavía extraña los goles de Riquelme y el liderazgo del “Conejo” Arce.

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