Voces

jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 06:46

Públicos internos

/ 3 de diciembre de 2021 / 01:24

Toda movilización política es, de manera primigenia, una puesta en escena. Y ésta es un hecho principalmente comunicacional. Con esto, se hace referencia al fuerte componente simbólico que contienen las movilizaciones políticas y que determinan de gran manera cuáles son los mensajes que se busca posicionar. Muchas veces estos pueden ser simples y directos, como es el caso de una puntual demanda social. Otras veces suelen revertir mayor complejidad debido a que no buscan la concreción de un hecho específico, sino, por el contrario, existen para intervenir y modular los imaginarios sociales y políticos colectivos que existen en una determinada sociedad y son ciertamente dinámicos; en consecuencia, potencialmente cambiantes. Debido a que estamos un tanto acostumbrados a que estos últimos tengan lugar exclusivamente en periodos electorales, puede resultar difícil comprender por qué razón una autoridad electa se ve obligada a movilizarse. No obstante, si se mira de cerca la dinámica de las recientes movilizaciones (oficialistas y opositoras), se está en condiciones de aseverar que esta característica se vuelve cada vez menos excepcional y ello, como en momentos anteriores, está íntimamente ligado a los tipos de disputas políticas que se plantean hoy en nuestro espacio público.

De manera general, cuando se delinean estrategias comunicacionales, una de las primeras preguntas que se debe resolver tiene que ver con a quiénes se busca llegar, esto es: los públicos, ya sean internos y externos. La mayoría de las veces una estrategia comunicacional privilegia a los externos debido a que quienes deben ser convencidos de una determinada idea se encuentran por fuera de la estructura que envía el mensaje. En este nivel, se puede decir que la Marcha por la Patria ha buscado posicionarse como un referente de democracia, esto debido a que actualmente uno de los clivajes discursivos predominantes en la escena nacional es el de dictadura/democracia. Así, resulta lógico pensar en la necesidad de las partes en disputa de apropiarse de esta categoría, sobre todo en un país que recientemente ha atravesado momentos políticos asociados al riesgo de quiebre de la misma.

Como se decía, si bien es cierto que el énfasis suele estar puesto en los públicos externos, es perfectamente posible que existan puestas en escena cuyo objetivo mayor sea llevar el mensaje a internos y este puede ser el caso de esta movilización. ¿Cuál mensaje? El de su composición diversa (urbano/rural, por ello la ruta), que apunta a la idea de posesión de la representación del bloque popular, buscando asemejarlo al liderazgo de éste. No obstante, a diferencia de lo que se puede pensar, lo que se trató de comunicar superó el énfasis de imágenes personales a las que más bien buscó asimilar a la colectividad (de ahí el mecanismo de movilización elegido, que evoca horizontalidad). Y este mensaje, a diferencia de lo que se puede suponer, no tiene como único objetivo la cohesión, sino también la delimitación del bloque, por lo que se busca dar a entender que lo que se encuentre por fuera es distinto. Este mensaje iría más puntualmente a algunos grupos que se identifican con este segmento, pero que últimamente, en apego a sus intereses, participaron en movilizaciones que han problematizado fuertemente la gestión de gobierno.

Así, mientras de forma dominante se batallaba por posicionar evaluaciones en torno a su forma: si la constituyeron funcionarios/as, perjudicó las carreteras o la ciudad, se la recibe con banderas blancas o indiferencia, o, finalmente, si en cada píxel de foto caben 50 o mil paisanos, pocas claves sobre las dinámicas que se desplegaron dentro de la movilización se pusieron sobre la mesa. Las (no) noticias pasan, los mensajes, ¿quedan?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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¿Qué hacemos con el negacionismo?

/ 31 de diciembre de 2021 / 01:23

Leí un tuit que decía que actualmente nos encontramos viviendo el pasado, el presente y el futuro de la pandemia. El mensaje parece complementarse perfectamente con la meridiana certeza de que también estamos viviendo el pasado, presente y futuro de la política. Pues lo que estamos presenciando a nivel local y global en torno a la palabra del año, según la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE), “vacunas”, está más relacionado de lo que creemos con las profundas erosiones democráticas y los problemas políticos que se afrontan en esta época.

La pandemia, como suceso global, ha generado un renovado encuentro entre ciencia y política, que no es nuevo pero que usualmente estaba intermediado por varios otros ámbitos. Por un lado, las teorías de conspiración y los procesos desinformativos que de antiguo se conocen han proliferado masivamente, estando —mundo digital de por medio— al alcance de todos, y algunos rápidamente han reaccionado “rebelándose” ante un supuesto y oscuro nuevo orden mundial (hoy, de orden sanitario) que se ve obligado a poner en discusión las libertades y los derechos en pos del bien mayor que es, finalmente, la salud de la sociedad. En el camino, es preciso poner en pie de página el auge de las corrientes libertarias que, como se sabe, aunque con sus matices entre una y otra, privilegian la libertad individual por encima del Estado de bienestar, que entienden como un despropósito cuando no un fracaso. Esto no lleva directamente a la idea de que el negacionismo es de derecha, pues, en el ejemplo boliviano, se encuentra negacionismo tanto entre en evangélicos pro vida como en pachamamistas.

Así, las actuales percepciones/distorsiones en torno a la relación entre libertad y sociedad (la vida individual y en comunidad), que hoy nos llevan a escenarios plagados de negacionismo, son producto de múltiples déficit de cultura democrática y de continuas erosiones al orden democrático que han ido deslegitimándolo como opción política. En una sociedad de la información que rápidamente pasó a ser la de la desinformación y en una del conocimiento que pasó a ser el de la incredulidad, al parecer resulta más fácil dirigir nuestra indignación a quien atenta contra nuestra esperanza a través de la verdad y no así a quien nos la alimenta con la mentira.

A estas nuevas variables globales se suman nuestras características culturales propias, y siendo que tenemos una marcada tendencia al punitivismo, hace bastante sentido que los puntos de vacunación en Bolivia se hayan empezado a llenar estos días, sea gracias al miedo o a la obligatoriedad. Simultáneamente, hemos sido testigos de que los sectores antivacunas se han activado, entre ellos destaca el movimiento Acción Humanista Revolucionaria, que terminó atacando un punto de vacunación en la ciudad de El Alto. Lo que ha cambiado estos días es que quienes sabíamos que estaban ahí hoy toman forma movilizada y empiezan a existir como sujeto social y, en consecuencia, político.

Entonces, ¿qué se hace con el negacionismo? Al parecer, estamos ante una pregunta que no se resolverá solamente en el marco de la pandemia, sino que acusa varios de los graves problemas políticos de este tiempo, actuales y venideros. Las voces van desde “no darles pantalla”, que es como fingir que no están ahí, hasta la inaceptable “dejar que la selección natural se haga cargo de ellos”. No es la idea de esta última columna del año encontrar una respuesta a semejante dilema, lo cierto es que pareciera ser que así como eventualmente se deberá convencer a una buena parte de la población de que la ciencia existe y funciona también deberemos convencer a otra buena parte de que también la democracia aún lo hace. Ojalá para allá sea donde vayamos este 2022.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Un árbol y un millón de puertas

/ 17 de diciembre de 2021 / 01:08

Una de las más emblemáticas piezas audiovisuales de la región sobre comunicación política se llama No y narra la potente campaña electoral que, junto con otras variables, permitió la victoria de la opción del No en el plebiscito nacional de Chile de 1988. En ese entonces, en los albores de que la comunicación política se formalizara como una rama especializada de la comunicación, el país vecino ponía en marcha una de las campañas ciudadanas más recordadas de la historia comunicacional del continente. Siendo su principal virtud precisamente la construcción colectiva sobre la cual fue erigida. Veintitrés años después, Chile está siendo testigo de una nueva campaña electoral que, sin duda alguna, podrá pasar a los anales de la historia y constituirse en un preciado objeto de estudio.

Desde la cima de un árbol, el 19 de junio de 2021, hace apenas medio año, Gabriel Boric, candidato a la presidencia de Chile, iniciaba la campaña para competir en las primarias internas de su coalición de izquierda. La imagen fue filmada de manera no planificada en Punta Arenas, recogiendo una vieja relación de las y los niños de esa región con los árboles cipreses. Hoy, el “emoticón” de árbol en las redes sociodigitales y las múltiples variaciones de la imagen de Boric mirando hacia el horizonte subido a un ciprés inundan el espacio digital. Así, sin realmente quererlo, apenas en el lanzamiento de esa campaña nacía el ícono —y, en consecuencia, la punta del relato— de la misma.

Su campaña, así como su figura, obtuvo notoriedad (y valor) al emerger por fuera de la centralidad. Una campaña descentralizada para un candidato que no proviene de Santiago de Chile podría sonar como una apuesta casi imposible si no fuera que estamos hablando del posible futuro presidente de la nación vecina. La equilibrada combinación de la movilización/ acción ciudadana, las campañas de tierra, el uso de la cultura digital y la importantísima capacidad de capitalizar la iniciativa espontánea de la ciudadanía han sido factores claves que han caracterizado la campaña de este candidato desde la vez en que se le vio en la cima de un árbol, iniciando este recorrido.

Luego, en la misma jornada en la que las apretadas encuestas electorales cumplieron su vaticinio y este candidato pasaba a la segunda vuelta pero en segundo lugar, y mientras la ciudadanía que lo votó se sumergía en la desesperanza, el candidato, con su equipo, no tardó nada en anunciar que iniciaba la tercera fase de esta campaña corta de varias etapas y que lo hacía poniendo a la cabeza de la misma a Izkia Siches, una médica de su generación que debido a su preponderante rol como presidenta del colegio médico de Chile fue barajada por muchos meses como una opción presidencial y reconocida por la revista Time como una de las y los 100 líderes del futuro. Con Izkia, proveniente de Arica, y el candidato nacido en Punta Arenas nacía la fase final del relato de esa campaña: un millón de puertas, una campaña de tierra cuyo objetivo es recorrer todos los rincones de un país históricamente gobernado desde su capital. Las repercusiones son impresionantes.

Los patrones y las claves que nos recuerda la campaña de Gabriel Boric no son nuevas en comunicación política. Pero paradójicamente tienen un poderoso efecto renovador. Pocas cosas renuevan más la confianza en la institucionalidad política que la esperanza, algo que la pandemia y los escenarios de alta polarización política insisten en tapar de la mirada ciudadana. En tiempos de desapego y desenamoramiento con la política institucionalizada, que la campaña de este candidato se haya forjado desde y con la participación de la ciudadanía activa constituye una buena nueva que celebrar. Y un hito electoral, que desde la comunicación política huelga escudriñar.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Un año de gobierno, ¿qué evaluar?

/ 5 de noviembre de 2021 / 01:33

En unos cuantos días más el Gobierno nacional habrá cumplido su primer año de gestión y su desempeño será sometido al escrutinio público. Es parte de los rituales implícitamente convenidos entre los diversos actores que interactúan en el marco de las dinámicas de la comunicación política, precisamente porque se trata de un momento que involucra de forma preponderante las percepciones de la opinión pública. Con seguridad, estas percepciones serán variadas, tendrán enfoques distintos y, en no pocos casos, se forjarán con arreglo a intereses políticos. ¿Cómo es entonces que se puede evaluar a un gobierno sin caer en generalidades ni tropezar en algunos de los lugares comunes que se han adueñado de la discursividad política nuestra?

Por un lado, con la mirada concreta, se puede pensar en una evaluación estrictamente de gestión con base en algunos elementos que acumulados permiten referenciar el mandato que se le otorga a un gobierno nacional: a) la popularidad (imagen) del gobernante, b) la confianza en su equipo de trabajo (gabinete) y c) el desempeño de la gestión sobre todo respecto a los problemas que importan a la ciudadanía. Es posible que una buena parte de la opinión pública perciba —estudios de opinión solo en ciudades del eje central de por medio— que la imagen del Presidente ha disminuido en su aprobación en general. La sensación sí parece unánime aunque aún no aparece como certeza demoledora. Luego, muchas de las percepciones en torno al equipo del Presidente apuntarán a la idea de que este gabinete no goza de buena ni mala imagen simplemente porque para uno u otro, primero corresponde tener una imagen, una referencia, una existencia simbólica y precisamente de ello adolece con claridad este grupo, salvando unas excepciones que caben en algunos dedos. Para el remate, han sido también múltiples estudios de opinión que coinciden al dar cuenta de que entre las principales preocupaciones de la población se encuentran la salud y la economía. Al respecto, con algunos matices de por medio, se puede hablar de un gobierno que en cuanto gestión ha volcado bastantes fichas en estos dos temas, algunas veces con mejor resultado que otras pero de ninguna manera con desatención u olvido.

Por el otro, mirando más a fondo, se puede recurrir a evaluar el estado o la salud del sistema político y social. Ahí, existen otros elementos de mayor índole política que permiten meridianamente establecer un panorama: a) liderazgo, b) iniciativa y gestión política y c) horizonte de país. Evaluándolo desde ahí, no faltaran los diagnósticos menos auspiciosos, que identifican debilidad en el liderazgo, gestión política (inadecuadamente) reactiva y ausencia de visibilidad (o fortaleza) del proyecto estatal.

Es claro. Aunque las motivaciones de la mayoría de la población en 2020 para haber votado por el MAS fueron —por el particular contexto— especialmente diversas, también es cierto que tampoco se restringieron a la sola salida de un momento transitorio en el que reinaba la incertidumbre y la anomia institucional. ¿Qué buscaba la gente entonces? Y, en consecuencia, ¿bajo qué parámetros se puede medir hasta hoy el éxito de la gestión de este gobierno?

Se trata de expectativas distintas distribuidas a lo largo y ancho de este diverso y complejo país. Lo cierto es que a medida que avancen las evaluaciones en términos de años, el Gobierno nacional no aprobará la materia resolviendo solamente lo que se encuentra en la superficie o a la vuelta de la esquina, así sea de forma eficaz. Mucho menos si proviene del mismo gobierno la continua apelación, en clave de afrenta, a las pendientes situaciones-herida cuya resolución supera por mucho, en tiempo y acción, incluso a la gestión pública mejor evaluada.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Comunicación no reemplaza política

/ 22 de octubre de 2021 / 01:49

Pasó hace poco, apenas algo más de un año. La medio y la sondeocracia nos mostraban el camino del resultado electoral, de él se decía que era incierto y que todo apuntaba a una segunda vuelta. No se vislumbraba la posibilidad de que en el país visible algún partido o alianza generara diferencia suficiente respecto al segundo, como para definir la elección en primera vuelta. Clarito se mostraba, no había posibilidad. Pero un partido sí lo hizo posible, uno por el que había votado un segmento de la sociedad que poco salía en las noticias y menos en las encuestas. Un sector que estaba subrepresentado en su imagen, voz y opinión. Luego vinieron los análisis y mea culpas. Casi 15 años después había ocurrido un fenómeno similar al de 2005 en el que la realidad mediática y discursiva (una buena parte de la comunicación) distaba mucho de la realidad en las calles. La mirada a lo que desde la comunicación mediatizada se proponía nos había distraído en exceso de lo que ocurría en la política desde las calles. De alguna manera, los análisis privilegiaban lo comunicacional antes que lo político. Y eso —lo demostraron los hechos— fue un error de percepción.

La pregunta entonces es: ¿por qué —tan pronto— se cae en el mismo error? Me refiero a la predominancia del lugar común en el que se lee el complicado momento que afronta el Gobierno nacional exclusivamente a través de sus errores comunicacionales. En todo caso, no se trata de una situación propia solo de esta época ni ocurre solamente acá. De alguna manera la proliferación y magnificación de la industria del marketing político en los últimos años ha sido uno más de los ingredientes que han fortalecido la idea de que la comunicación puede reemplazar a la política. La comunicación se ha vuelto la nueva vieja confiable. Carta aplicable para explicar toda situación o momento: falló la comunicación, como respuesta a todo fracaso político.

La comunicación política es un área de conocimiento que estudia la relación entre sistema mediático, político y ciudadanía; y sus efectos en la democracia. Ante ello parece importante recordar ahora que varios de sus estudios en el siglo XX postulaban la posibilidad de un “reemplazo” entre un campo/actor, el comunicacional por otro, el político. La situación convocaba a la preocupación de los estudiosos tanto por el reemplazo de los actores políticos por comunicacionales (situación que, en esta época, ya dejó de ser solamente una sospecha) como por el consecuente debilitamiento que esto ocasionaría sobre la acción política tan necesaria para el desempeño democrático y la resolución de conflictos de tipo público dentro de las sociedades occidentales.

Las acciones desplegadas desde la gestión comunicacional gubernamental y desde los medios de comunicación importan en política, sin duda. Pueden ser muy relevantes en determinados escenarios políticos. Y, sí, en esta gestión gubernamental requiere importantes ajustes. No obstante, aún en tiempos ruidosos y rebosantes de hiper (des)información, es importante recordar que endilgarle la totalidad política a la comunicación empobrece el análisis. Esto muy a pesar de las crecientes corrientes de marketing político que promueven este tipo de lecturas. Y es que en la comunicación política en realidad importa más el efecto en el horizonte democrático, el mismo que está compuesto por varias dimensiones y solamente una de ellas es comunicacional, que viene después y no en vez de la política.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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Nueva normalidad política

/ 8 de octubre de 2021 / 02:24

Los lugares comunes dentro de nuestra dinámica política están, al día de hoy, claramente establecidos, sus etiquetas llevan por título “fraude” y “golpe”. En consecuencia, nuestra nueva normalidad política es aquella en la que ninguno de los actores institucionales ubicado en los polos puede comprobar ante la ciudadanía, de manera fehaciente (con hechos), que aspira a dejar su polo para buscar algo que en el espacio público institucionalizado se dice cada vez menos y directamente no se ve anhelar: la reconciliación.

A reserva del debate en torno a la cualidad de esta polarización; es decir si es realmente existente en la sociedad, está limitada solamente al ámbito político o, menos aún, al plano discursivo. Lo cierto es que uno de los problemas que conlleva este estado de continua radicalización es que busca despojar de soberanía interpretativa de los hechos al público al que se dirige, y esto tiene su efecto no solo en los hechos pasados, sino también en los nuevos. Esto genera que la polarización se constituya no solamente en comportamiento y escenario, sino también en filtro de interpretación. Esa suerte de anclaje interpretativo no solo debe entenderse como una estrategia política utilizada por las partes, sino también como un ejercicio continuo y sutil de poder.

La polarización conlleva al atascamiento a varios niveles. Uno de ellos es la radicalización de los líderes políticos legitimados institucionalmente en la política, que tiene como consecuencia el estancamiento de la misma, lo que genera que, a la larga, las ganancias para ambas partes sean equivalentes a una suma cero. Es decir: mucho se arenga, todo se inunda de ruido y desorden y poco realmente se cosecha en términos políticos. Y esto tiene que ver también con que, en esta nueva normalidad, los objetivos políticos se sitúan en la búsqueda coyuntural de administración de la emocionalidad colectiva en vez de la (re)producción del poder; o mucho menos aún, la solución de discrepancias. Miremos solamente el caso de uno de los más rimbombantes líderes de la oposición, quien a través de sus propios y cada vez más altisonantes actos se parapeta en su reducto territorial casi de manera voluntaria, anotándose —como él dice— “rounds” (del corto plazo) a su favor.

Hasta ahí lo que se postula, una nueva normalidad política que paulatinamente erosiona varias instancias sociocomunicacionales que son fundamentales para el funcionamiento de una democracia. Los problemas concretos se aceleran cuando estos discursos, en su dinámica proactiva/reactiva de reproducción (se necesitan mutuamente), llegan a materializarse en clave de intervención territorial: es decir, movilizaciones en las calles. En ellas —se sabe— los líderes que continua y sistemáticamente alimentan la discursividad desde los polos son una suerte de “teloneros” de la verdadera puesta en escena que es entregada al desborde de emociones cotidianamente nutridas, pero de las que luego nadie sabe hacerse cargo.

Una muestra concreta de aquello lo hemos presenciado esta semana que acaba de pasar y lo será también lo que ocurra en los días venideros. Al inicio de la semana, casi la totalidad de los liderazgos políticos ubicados en los polos ha copado la agenda político-mediática para arengar sus cantos de guerra. Argucias legales, judiciales y políticas de por medio hasta el día de hoy, todos ellos han salido intactos materialmente de la escena principal de la política, entregándosela a sus seguidores para que realicen su despliegue performativo en las calles en los días siguientes. Cuidado. Varios escenarios políticos aguantan como normalidad la palabra en los podios pero no así la acción en las calles.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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