Voces

jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 07:47

Volver a lo fundamental

/ 4 de diciembre de 2021 / 01:00

La incertidumbre es siempre nociva para cualquier gobierno. Sentimiento que suele ser un sinónimo de la incapacidad del poder político para entender y orientar las expectativas de la población. El oficialismo parece haber entendido, finalmente, que la recuperación socioeconómica está en el corazón de las certezas que la mayor parte de la población está esperando.

La desconexión entre un clima sociopolítico crispado y una gestión gubernamental con resultados razonables en estabilización de la economía y control de la pandemia es una de las paradojas más llamativas de la coyuntura. Eso está dificultando que mejoren las expectativas y que la gran mayoría asuma que estamos en un momento menos incierto, lo cual debitaría a los que desean la confrontación y la ruptura a cualquier costo.

De hecho, el Gobierno habría tenido posiblemente aun mayores problemas para encarrilar la conflictividad en el último mes, si no fuera por esos resultados y por la prioridad que la gente le sigue asignando a esos temas.

Así, pues, la defensa de la estabilidad y la reactivación económicas ha terminado siendo uno de los argumentos centrales entre los oficialistas para contrarrestar la movilización opositora. Lo cual no debería ser tampoco un gran descubrimiento si no fuera por la tendencia de las dirigencias, sin distinción, de distraerse en cosas alejadas de las preocupaciones del ciudadano de a pie.

En una sociedad que está viviendo grandes turbulencias, la apuesta natural suele ser por la estabilidad, por un mínimo de orden y tranquilidad, y mejor aún si además se le define y hace creíble un horizonte de progreso. La percepción de muchos de que el MAS y Arce podían realizar esas tareas sin discriminaciones odiosas y sesgos clasistas fue una de las razones de su victoria.

Desde mi punto de vista, los resultados de la actual administración en esos aspectos no son malos, ayudados por un contexto externo favorable. En economía, hay una senda de recuperación del crecimiento, la gente quiere trabajar y se está esforzando, las exportaciones han tenido un comportamiento excepcional y, contrariamente a los malos augurios, se está logrando mantener ciertos equilibrios macroeconómicos. Estabilidad y crecimiento moderado, en suma, al menos a ojos de muchos. El reto es que se sostengan y amplifiquen.

Y en salud, algo parecido, entre una vacunación masiva que funciona razonablemente para nuestros parámetros, bastante voluntarismo en la entrega de insumos y medicamentos, y unas olas que, al final, no parecen tan dramáticas, nos vamos habituando a “vivir con el bicho”, como me decía un taxista.

Sin embargo, el malestar sigue ahí. Obviamente la polarización no es extraña a ese fenómeno. Soy de los que creen que tenemos que vivir con ella. Y también de los que piensan que no se puede ceder en la búsqueda de justicia para los que sufrieron violaciones a sus derechos en el gobierno de Áñez. Pero asumir esas cuestiones no implica encerrarse monotemáticamente en ellas o incluso instrumentalizarlas sin saber cómo se las va a canalizar institucionalmente.

No voy a acabar con la cantaleta de que todo esto se debe a una “mala comunicación”. Se trata primero y sobre todo de un problema político, una cuestión de definir prioridades y horizontes, leyendo lo que más interesa a las grandes mayorías y no solo a los convencidos. Y de coordinar luego inteligentemente acción y persuasión para hacerlos creíbles.

En un entorno comunicacional atrapado por el inmediatismo, la manía de responder a todo, de sacar conejos del sombrero para distraer a la platea y en el que la labor dirigencial parece ser de inventarse performances, la coherencia, consistencia y persistencia en el mensaje político, de manera que vaya creando certezas en medio del ruido, es un bien raro, poderoso y demandado. En eso, el Gobierno se ha mostrado indeciso y hasta indisciplinado en muchos momentos de este año.

Pero, insisto, no hay que echarle la culpa al transmisor, el problema de fondo es entender cuáles son las prioridades reales de la gente en esta coyuntura específica y a partir de ellas articular un discurso y acción que ordenen la agenda pública, que diga a dónde vamos y que vaya construyendo sentido en la mayoría. Es decir, saber qué es lo más importante.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Técnicos y políticos

/ 15 de enero de 2022 / 00:35

Rumores vienen y van, es el cotilleo de enero. Quizás no pase absolutamente nada, pero la posibilidad de cambios en el gabinete se ha instalado en la discusión pública. Técnico, político o los dos a la vez, esa sería la cuestión. Pero, tal vez, el problema no son tanto las personas sino la estrategia, es decir: ¿para qué y con qué instrumentos?

La escena es repetida, antes era en agosto, ahora en enero: se habla de reemplazos de ministros, los trascendidos, falsos y verdaderos, se “viralizan”, los voceros gubernamentales callan o lo niegan, unos y otros lanzan “globos de ensayo” por ambición u ociosidad, los opositores y medios afines anuncian divisiones y luchas intestinas y un largo etcétera.

En realidad, nadie sabe mucho debido a que esa es una de las decisiones más unipersonales de cualquier gobierno. La respuesta solo la tiene, o mejor aún, la tendrá el mismísimo Presidente en las siguientes semanas. Si al final él decide avanzar, los nombres variarán hasta el último momento. De hecho, en otras oportunidades muchas cosas se definieron en el mismo día del cambio o incluso en horas previas a su anuncio.

Por tanto, entrar a esas quinielas es poco productivo. Me parece más relevante reflexionar sobre el perfil de los colaboradores del primer mandatario: ¿deberían ser técnicos en las tareas de gobierno?, ¿sagaces políticos y negociadores con organizaciones sociales?, ¿leales militantes del oficialismo? Un gobierno equilibrado debería estar conformado por personajes que cumplan todas esas funciones como grupo, ya que hay muy pocas personas que conjugan esas tres habilidades.

El sueño de un gobierno racional-tecnocrático es un ideal inalcanzable y hasta peligroso, pues la gestión de una sociedad requiere racionalidades y experiencias que tienen que ir más allá de los conocimientos académicos o técnico-especializados. De igual manera, una administración obsesionada u obligada por su debilidad a complacer a los grupos sociales o de interés, afines o de cualquier laya, puede resultar nefasta. Tampoco es un camino aconsejable abstraerse de las limitaciones presupuestales o técnicas que implica el manejo de la cosa pública.

De lo que se trata es de encontrar un punto de equilibrio, ahí está el arte. Y eso depende de los objetivos políticos a los que se apunta, de una lectura del momento histórico y de los actores internos y externos que no se pueden olvidar. Habrá situaciones donde hay que reforzar más el polo político, en otras las lógicas tecnocráticas y así. Ese es el rompecabezas del Presidente: ¿qué elenco le permite estabilizar y ojalá proyectar su gestión?, ¿cuáles son sus déficits más graves en este momento?

Cambiar por cambiar sin esas orientaciones puede mantener los problemas, porque se supone que uno solo reemplaza lo que no está funcionando, o incluso profundizarlos. No hay derecho a muchas equivocaciones.

Las mayores críticas se concentran hoy en el débil manejo de la compleja relación gobierno- partido-organizaciones sociales, algo no tan sorprendente considerando que el dispositivo que permitió al MAS gestionar esa relación por 14 años es imposible: Evo Morales ya no puede materialmente ser el articulador único de las tres dimensiones. Hay, al menos, un factor nuevo en esa ecuación que debe considerarse: Luis Arce es el jefe constitucional del aparato gubernamental.

Tampoco me parece que la experiencia y conocimiento sobre los complicados escenarios económicos futuros deba ser minimizada. Gobernar en estos tiempos tiene poco que ver con el momento de bonanza y de facilidades fiscales, la restricción fiscal o la viabilidad técnica de ciertas políticas estratégicas deberá ser administrada y resuelta, condición sine qua non para el futuro del proyecto masista y sobre todo del país.

Pero hay aún una tercera incógnita que debería orientar la selección del equipo ministerial que es crucial y poco visible, me refiero a su potencial para darle sentido a la gestión, explicar a la sociedad lo que se busca —suponiendo que esto está claro— y construir un consenso social mínimo, no únicamente entre los masistas, sobre tales metas. La confrontación simplista, estéril y primitiva, siempre será una opción, hay gente también para eso, pero creo que es bastante riesgoso transitar por esas rutas. ¿Habrá algo mejor que proponer?

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Después del temblor

/ 31 de diciembre de 2021 / 22:33

Seguimos en pie, después de dos años de vértigo y ferocidad, eso se ha logrado entre todos, no es poco, aunque frustre a los agoreros del desastre. Pero este año nos ha demostrado que tampoco volveremos a ser lo que fuimos, la crisis nos dejó grietas en el corazón y un planeta de desilusiones. Habrá que vivir con eso mientras se complete un aggiornamiento de la política y de nuestro modelo de desarrollo.

Es muy difícil escapar a la tentación del balance en esta temporada, mucho más considerando que venimos de un tiempo de muchas rupturas, crisis y angustias personales. Recuerdo que, en diciembre del año pasado, sentía sobre todo alivio y quizás pecaba de exceso de optimismo. Hoy, me ratifico en lo primero, reflejo de viejo sobreviviente y observador de crisis varias, que piensa que evitar lo peor no es un resultado menor.

Pero, reconozco también que la recomposición política y afectiva de la sociedad boliviana será lenta y tortuosa, seguimos divididos y pasablemente desconfiados de aquellos que piensan diferente. Aunque sospecho que ya hay cierta consciencia mayoritaria de que tendremos nomás que coexistir con ese otro, incomprendido o hasta detestado, que creemos en las antípodas de nuestras ideas políticas. Más por sentido de realismo que por otra cosa. Ahí vamos, aprendiendo a palos y a punta de desilusiones.

Uno va entendiendo que la sociedad boliviana tiene una capacidad llamativa de resiliencia, de evitar en el último minuto el desastre y de fabricar unos raros equilibrios en base a una combinación ecléctica de movilizaciones callejeras, urnas y negociaciones políticas, algunas de ellas inconfesables. Desde hace dos años andamos en eso, a tropezones, magullados, pero aún en cancha.

Pero, zafar el despeñadero no es lo mismo que volver a los viejos mundos en los que nos sentíamos cómodos, olvidando que la crisis fue en sí misma la evidencia del agotamiento de ciertos procesos y que sus avatares nos cambiaron para siempre. Por ejemplo, el fracaso del nefasto régimen de Áñez mostró que la restauración conservadora es imposible y los conflictos de 2021, que la hegemonía masista del 2009 al 2015 ya no es replicable.

Es así como pasado el gran temblor estamos en frente de la difícil tarea de renovar y modernizar nuestros mecanismos políticos y sobre todo la orientación del modelo socioeconómico que debería acompañarnos más allá del bicentenario.

Eso implica, entre muchas cosas, volver a leer los cambios que nuestra sociedad ha experimentado, durante los 14 años de gobierno de Evo Morales, pero también como efecto de las crisis múltiples de 2019 y 2020.

Para ello, sería deseable abandonar la obsesión monotemática de llevar cualquier debate público a la dicotomía masismo-antimasismo, la cual ya no refleja toda la complejidad de actores, intereses y expectativas presentes en la base social. De hecho, esa es quizás la mejor manera de evadir y postergar la inevitable conversación sobre las cuestiones centrales y problemas reales del país.

De igual manera, la cuestión socioeconómica precisa de una aproximación menos ideológica y endogámica. Es decir, no tan preocupada de convencernos de que algún modelo teórico o dogma político es el mejor y más concentrada en entender a la economía y sociedad realmente existentes y en buscar los mejores instrumentos para activar sus capacidades de innovación y creación. Tarea que en estos tiempos de pandemias, transformaciones tecno-económicas y malestar democrático global sería incompleta sin ver lo que está pasando más allá de nuestras fronteras.

Por tanto, el mayor riesgo es quedar atrapados en la depresiva melancolía de muchos comentaristas de la actualidad que ante una realidad que desmiente sus deseos optan por teorizar sobre la imposible reforma de una sociedad anormal y casi incorregible. Tampoco es buena idea la otra tentación, la de aferrarse a esquemas que pudieron funcionar en otros momentos, a veces seguir haciendo lo mismo no es señal de coherencia sino de temeridad.

En fin, hay mucho por hacer y construir, para, parafraseando a Cerati, encontrarnos en esas ruinas sin tener que hablar del temblor. Si logramos eso, será seguramente un buen momento.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Educación, tragedia u oportunidad

/ 18 de diciembre de 2021 / 01:35

El 2021 ya se está yendo sin que las actividades educativas se hayan podido normalizar. El daño humano provocado por casi dos años de funcionamiento irregular de escuelas y colegios es inmenso. Es penosa la escasa prioridad que esta problemática tiene en la discusión política siendo tan demandada y vital para la mayoría de los ciudadanos.

La educación es una de las dimensiones de las políticas públicas en las que hay mayor insatisfacción. Entre los padres se extiende una gran inquietud: el sentimiento de que se ha producido un estancamiento preocupante en la adquisición de conocimientos y habilidades de sus hijos que puede dificultarles su futuro profesional y laboral.

En una sociedad en la que la educación sigue siendo vista como un mecanismo esencial de la movilidad social, el temor a esa inminente pérdida de oportunidades no debe ser subestimada. La gente no es tonta, percibe que las cosas no andan bien, que la calidad de la irregular enseñanza no presencial es deficiente.

En todo el mundo, las restricciones de movilidad pandémicas dificultaron o cancelaron el funcionamiento normal de los servicios educativos. El salto a una enseñanza digital fue brusco sin que existan en muchos países las condiciones para que esta pueda desplegarse satisfactoriamente en el corto plazo.

En el caso de Bolivia, la situación fue catastrófica en 2020 debido a la irresponsable gestión del sector que culminó en la clausura del año escolar en agosto, reconocimiento de la impotencia del Estado para cumplir con una de sus funciones básicas. En 2021, las cosas han mejorado, al menos en términos de la preocupación de las autoridades para mantener el sistema en funcionamiento, pero sin que se perciba un despliegue de recursos a la altura del problema.

Hay que ser claros, mientras no se restablezca la enseñanza presencial, la educación impartida será de una calidad entre mediocre y deplorable para la mayoría de los estudiantes. Desde el inicio las condiciones no estaban para que la educación a distancia pudiera reemplazar a los cursos tradicionales: a fines de 2019, en vísperas de la pandemia, solo el 40% de estudiantes de primaria y secundaria habían utilizado alguna vez el internet y apenas el 23% de hogares tenían una conexión de internet en su vivienda.

Por esas razones, casi un cuarto de todos los estudiantes de primaria y secundaria no pudieron acceder a ningún tipo de educación en 2020 y de los que pudieron hacerlo por medio de algún dispositivo con internet, más de la mitad lo hicieron solo con un teléfono celular. Lo más grave es que ese desolador panorama fue muy intenso entre los más pobres: el 42% no accedió a ningún tipo de servicio de educación durante ese año y el resto lo hizo desde celulares prepagos gracias a esfuerzos conmovedores de los padres para financiarlos.

Es muy probable que una mayoría de los estudiantes haya perdido al menos medio año y en muchos casos hasta un año y medio de escolaridad, entendiendo a esta en términos de una acumulación real de aprendizajes y capacidades cognitivas. Por esas razones, el retorno a cursos presenciales es apenas un primer paso. En los próximos años, el sistema tendrá que procesar desigualdades brutales en todos sus niveles.

Creer en un retorno fácil al punto de partida anterior a la pandemia es una ilusión peligrosa, puede incluso suceder que los retrasos se sigan profundizando por varios años más debido a la persistencia de capacidades deficientes en un gran número de niños y niñas.

En consecuencia, hay urgencia de actuar unidos para enfrentar esta tragedia. Específicamente, todos los niveles de gobierno involucrados tienen una enorme responsabilidad: deben normalizar rápido la prestación de los servicios y encarar además un esfuerzo casi histórico de reparación y de recuperación de lo perdido, particularmente entre los estudiantes de hogares más pobres.

Para ello, no bastará con hacer lo de siempre, será imprescindible innovar, ser auténticamente rupturistas y asignar a este esfuerzo recursos extraordinarios. Necesitamos casi una cruzada nacional. Si se hace eso, el desastre puede transformarse incluso en una oportunidad para hacer la transformación educativa que todos esperamos. Si ser de izquierda es apostar en prioridad por la justicia y equidad social, esta debería ser una de las agendas centrales del Gobierno, pero también de todos nosotros.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Autopsia de un momento histérico

/ 20 de noviembre de 2021 / 02:24

Por algunas semanas, el ruido políticomediático nos prometió grandes convulsiones, nos quiso convencer de la inminencia de una nueva batalla final entre el bien y el mal. Pero, al final, parafraseando a Esopo, la montaña parió nomás un ratón. Conflicto que, en todo caso, reveló los límites de la polarización y la emergencia de una conflictividad más diversificada.

Pocas veces tanto afán ha producido resultados tan módicos. Después de dos meses de idas y venidas, “huelga indefinida” mediante, la cosa quedó en la abrogación del supuesto plan norcoreano del Gobierno para controlar la plata de la informalidad y en regalarle oxígeno a alguna dirigencia gremial decadente.

Eso sí, se ha certificado que en nuestra política no suele ganar el que mete más goles, sino el que comete menos autogoles, panorama patético que en este caso alcanzó una dimensión difícil de superar. En ese punto, resulta ocioso declararse vencedor, como si eso importará después de tanta confusión.

Pero, con todo, hay enseñanzas interesantes. En primer lugar, el lento agotamiento de la retórica polarizadora, cuyos rendimientos políticos son decrecientes. Al punto que para movilizar se tenga que recurrir a una mayor desmesura en las expectativas, antesala de la frustración. Para muestra, un botón: Calvo acosado por sus partidarios, minutos después de atribuirse una pírrica “victoria”.

Seguimos traumatizados por un pasado que hace que las dirigencias opositoras piensen que todo lo que hace el Gobierno es una conspiración castrista-mordoriana y que los oficialistas vean un nuevo golpe detrás de cualquier movimiento opositor. El problema no es tanto que esas sospechas sean fundadas o no, sino en la manera excesiva y neurótica en que se expresan e influyen en decisiones clave, azuzadas por una histerización mediática irresponsable.

El desajuste se exacerba cuando esas narrativas se alejan de las expectativas y percepciones cotidianas de los ciudadanos, perdiendo su capacidad de provocar adhesiones masivas y acciones colectivas determinantes. Algo de eso pasó en estos meses. Al final, el conflicto alcanzó una intensidad moderada, se mantuvo localizado y sin movilizar nacionalmente. Sin el apoyo parcial de gremiales y transportistas hubiera fracasado totalmente. Aún más, creo que el saldo es malo para ambos polos: mucha gente terminó fastidiada ante un barullo percibido como inútil.

Se ha evidenciado, en suma, que no hay condiciones para una nueva ruptura institucional ni para derrotar, totalmente y ahorita, al denostado adversario. Por tanto, habrá que irse acostumbrando y pensar en algún tipo de coexistencia.

Esa matización viene acompañada de otro rasgo aún más relevante: la emergencia de una pluralidad de actores que intervienen en el juego político con mayor autonomía para defender sus intereses y que no dudan en instrumentalizar las pulsiones de los polos en su provecho. En esta vuelta, gremialistas y otros protagonistas de la economía informal hicieron retroceder al Estado, ayudados por moros y cristianos.

Sectores que además pertenecen al mundo nacional popular, donde la hegemonía masista parece estar crujiendo debido a la aparición de auténticas contradicciones internas en torno a la agenda reguladora y modernizadora del Estado. Desorden que también tiene que ver con la indefinición en la gobernanza del oficialismo y en el rol de Evo Morales en ese dispositivo. Las oposiciones parecen influir poco en esos temblores en la medida que siguen alienadas por sus obsesiones anti-masistas y hegemonizadas por el extremismo regionalista.

Frente a esos esbozos de re(des)composición, la gestión política de los actores partidarios formales, incluyendo al Gobierno, aparece desbordada, atrapada en tópicos repetidos hasta el cansancio, con dificultades para releer las expectativas sociales y dando muestras de gran desorden e improvisación táctica. Gobernabilidad frágil, urgencia de ajuste comunicacional y de manejo político.

No hay mejor epílogo que las palabras de Francisco Figueroa, inefable dirigente de una facción gremialista, quien se dio cuenta, a tiempo, que había que recoger las fichas ganadas en la partida y pasar a otra cosa y que nos invitó cínicamente a volver al bochinche el próximo año si seguíamos teniendo “problemas”. Después de carnaval, hombre sensato. Amén.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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El eterno suicidio del centro

/ 6 de noviembre de 2021 / 02:29

Ser centrista en Bolivia parecería ser, desde hace mucho, un sinónimo de masoquismo por la increíble capacidad de esas fuerzas para no aprender de sus errores y seguir golpeándose contra la pared con un entusiasmo que merecería mejores causas. Quizás el fondo de ese padecimiento no tenga tanto que ver con la imposibilidad de encontrar el “justo medio” en un contexto tan polarizado, sino por su dificultad para levantar la cabeza en medio del barullo de los exaltados.

A esta altura del partido, la verdad ya no sabemos qué es más lamentable: la enésima vez en la que las supuestas fuerzas “centristas” acaban de escoltas del extremismo más rudimentario o su ya habitual intrascendencia incluso en el ingrato papel de ayayeros de los vociferantes.

Como en la genial película del Día de la marmota, esa en la que Bill Murray estaba condenado a repetir el mismo pinche día ad eternum, Comunidad Ciudadana y otras expresiones del “centro político” opositor parecen atrapadas en un bucle temporal de sometimiento acrítico a la iniciativa y narrativa política que inventan Luis Fernando Camacho y el comiteísmo cívico en sus versiones más rancias. Es tal el aturdimiento, que a sus liderazgos no les ha quedado otra, por ejemplo, que hacer mutis por el foro, dado que en boca cerrada no entran moscas, ante las expresiones racistas y la poco entendible e impopular lógica de enfrentamiento que se está azuzando desde esos extremos.

En política, el peor error es perder el control de los tiempos y de la agenda, que es lo que viene haciendo sistemáticamente ese centrismo desde octubre de 2019. Cuando uno se resigna a seguir la corriente y no ser el protagonista de los hechos, lo cual implica asumir quizás rupturas y construir una identidad política novedosa, está difícil convencer a los electores y a los ciudadanos de que se podría conducirlos a un buen puerto.

Ergo, la debacle electoral de Mesa en 2020 no tiene, para mí, tanto que ver con sus erradas decisiones tácticas, que las hubo, por cierto, sino con su gran equivocación estratégica consistente en no diferenciarse a tiempo de la extrema derecha, no solo de la que gobernaba por la fuerza el país desde noviembre 2019 sino de la que se camuflaba hábilmente detrás del regionalismo exacerbado.

Parece que a nuestros falsos verdaderos tibios aún no se les apareció su Andie MacDowell, la musa que salvó a Murray de su maldición en la película, esa fuerza vital que les permita entender sus fallos, ver más allá de sus limitaciones y egos, que los anime a perfeccionarse con paciencia, para hacer mejor política, de manera que un día se despierten en otro escenario.

Estoy severo, lo sé, pero irrita la falta de imaginación, no porque sea centrista, sino porque esas fuerzas son necesarias para equilibrar el juego político nacional y viabilizar salidas democráticas a los frecuentes impasses en los que adoramos encerrarnos.

Pero, seamos sinceros, tampoco está fácil retomar la iniciativa, sobre todo si se cree que el fondo de todos los problemas nacionales sigue siendo el odio o el amor por el MAS y Evo. Asumamos que, puestas las cosas de esa manera, no es muy plausible ser equidistante en esa ecuación: medio amar y medio odiar a los azules, suena raro.

Luego, quizás lo inexplorado hasta ahora es más bien un intento de superar dialécticamente esa contradicción, es decir de pensar en las angustias y problemas de los bolivianos más allá de la sombra del gigante azul, en cambiar la cancha misma del juego. En ser consistente y apasionado en defender y promover un debate sobre otras cuestiones, más constructivas y generosas, esas que realmente tienen que ver con los viejos y nuevos problemas concretos de las mayorías.

Conste que esta recomendación no es únicamente para nuestros sufridos centristas, sino incluso para las fuerzas de los polos. Sospecho que estamos alentando, al ritmo del creciente fastidio social frente a una política que produce demasiados espectáculos artificiales y sin encanto, demandas por otra cosa, por algo que supere el estancamiento y las viejas ideas y peleas que paralizan al país desde hace cuatro años. El primero que se anime a trascender la polarización simplona con pasión e inteligencia será posiblemente el dueño del nuevo momento. Al tiempo.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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