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Criminología crítica

/ 8 de diciembre de 2021 / 04:01

En noviembre pasado participé de un seminario sobre “el estado del arte de la criminología crítica en América Latina”. Gratamente sorprendido por la producción principalmente de gente nueva y joven. Se evidencia el resurgir de los estudios criminológicos en general en América Latina.

No me extraña. Entiendo el proceso argentino, porque como en el fútbol ellos tienen excelentes estudiosos que han incursionado en la criminología crítica, en un giro desde el derecho penal. Recordemos a Carlitos Elbert que hasta organizó un evento latinoamericano a finales del siglo pasado para encarar el futuro de la criminología: visionario. Aunque considero que el gran incentivo lo ha hecho Raúl Zaffaroni, al sentir que el derecho penal no es suficiente y de allí inicia un giro extraordinario hacia la criminología. Claro, cuando se tiene a un Maradona y/o Messi, genera una incidencia o motivación extraordinaria, sobre todo en las nuevas generaciones.

Lo más sorprendente es Brasil, que sin tener un Pelé en la criminología crítica, sin menospreciar a todos aquellos que desde los años 90 hicieron esfuerzos para abrir espacios, como lo hizo mi profesor Nilo Baptista o mi amiga Eliana Junqueira, hoy tienen para muchas selecciones de excelentes criminólogos, gracias a los exuberantes recursos universitarios para realizar investigaciones.

Sin que signifique crítica, aunque por ser críticos per se no podemos eludirla, creo que me quedé con un amarguito al final; como cuando se chupa lima y se la disfruta intensamente, pero queda un saborsingo al final. Y lo intento comprender, aunque no lo comparto. Fueron muy pocos jóvenes criminólogos críticos que reconocieron el pasado de pioneros que surgieron entre finales de los años 60 y principalmente en los 70, generando una meca de la crítica desde Venezuela para América Latina. Recordemos a dos grandes que ahora ya no están con vida: Rosa del Olmo y Lola Aniyar de Castro. Bolivia tuvo el privilegio de tenerlas en variadas ocasiones. A ambas las pude exprimir académicamente, desde mediados de los 80.

En Bolivia, cuando conocí personalmente a Idón Chivi (profesor de criminología en la UTO) en 1992 para el encuentro de los Grupos latinoamericanos de Criminología Crítica y Comparada que organicé en Santa Cruz (a las cuales asistieron Alessandro Barata, Lola Aniyar, Thamara Santos, entre otros), Idón apareció con mis primeros tres libros (Delincuencia privilegiada, Granja de espejos y Reflexiones criminológicas y penales) para que los firme: nació una extraordinaria amistad.

¿Qué pasó con esa generación de criminólogos críticos que anualmente nos reuníamos en diferentes países? Lolita fue elegida primero senadora (la recuerdo en campaña y siendo mi guía de tesis, discutimos su contenido en varias ocasiones antes de iniciarse el mitin electoral), y luego gobernadora del Zulia y después embajadora ante la Unesco; Nilo Baptista también entró en la arena política en Río de Janeiro; también podríamos mencionar otros. Creo que ellos motivaron a que muchos entremos a la arena política. ¿Y cómo no hacerlo si había un fuerte compromiso con esa realidad que se pretendía desentrañar y modificar?

En el tiempo que estuve de diputado, conversé muchas veces con Idón. Ahora no está más. Ambos dejamos la criminología por la política activa.

Massimo Sozzo, a quien le planteé la idea de que la política alejó, a finales del siglo pasado, a los grandes de la criminología crítica, me dijo “el día solo tiene 24 horas”: no se puede hacer más. En conversaciones personales con Lolita, a comienzos de este siglo, me mostró un dejo a frustración y, desde hace un quinquenio que retomé la criminología, comparto plenamente ese sinsabor.

Claro, hay excepciones. Raúl Zaffaroni tiene la gran capacidad de generarse autocrítica y encaminarse hacia la criminología crítica y seguir en la vida institucional vinculada al derecho penal: genialidad propia de Maradona.

Alejandro Colanzi es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Antes del amanecer

/ 11 de noviembre de 2021 / 01:34

No sé si fue influencia de mi adicción al cine cuando vi El caballero de la noche (2008), una buena versión de Batman, o porque soy un insómnico que se despierta antes de las 05.00 y café con leche en mano, observo el cielo y disfruto del final de la noche, teniendo la sensación de que es más oscura antes del amanecer.

Conocí a Samuel Huntington en Choque de civilizaciones a finales de los 90 del siglo pasado, en un frustrado e inconcluso doctorado de epistemología que dirigía mi amigo Chato Prada. El autor aludido vislumbraba ya la reconfiguración mundial del poder y, como tal, el inicio de un caótico proceso de transición.

En una conversación con Dorian Zapata hace ocho años, me lo recordó recientemente, sostuve que vivíamos una etapa de profunda oscuridad y que nuestra esperanza era que sea la del antes del amanecer, con todo lo que significa un nuevo día.

Vivimos esta etapa de oscurantismo que se agudizó con la anteposición ideológica —usualmente mal entendida— , la creencia —producto de la desinformación—, frente a los otros—que son invisibilizados—, a la vida —buscando la eliminación de ella—, a la realidad —pretendiendo imponer la suya—. La intolerancia y el pensamiento único priman (la cultura del pupu, como la llama mi amigo e investigador Raúl Condarco Zenteno).

Esa imagen de profundización de la oscuridad se ha tornado terrorífica. La pandemia —endemia para muchos— agudizó exponencialmente esta percepción. Y, obviamente, la esperanza del nuevo día emerge, no con ingenuidad de que será automáticamente.

Y se inician las proyecciones de esperanza en ese nuevo amanecer, como la que plantea el papa Francisco en relación a superar los nacionalismos que nos confrontan. Esta realidad y esperanza nos lleva a reconfigurar el objeto de estudio de la criminología desde y para nuestra indo-hispano-afro-américa, superando lo acontecido y proyectando al nuevo día.

Hace 32 años que planteamos que debemos desideologizar para poder construir. Hace más de ese tiempo que mi maestra Lolita Aniyar de Castro me movió el piso frente a la categoría de revolución: ¿Y qué hacemos con los escombros?, me decía. Los “escombros” son verdades, en menor o mayor grado, y raya en lo ético y humano descartarlos por ser “de los otros”. Es ya suficiente el tiempo que se ha caminado en el paso de la individualidad hacia el ser social; y, con importantes aportes desde este lado del mundo, como el amparo constitucional de finales del siglo XIX y el constitucionalismo social de inicios del siglo XX, desde México.

Y será en esta aun oscuridad que debiéramos reconducir nuestras interrogantes, buscando los nuevos objetos de estudios, con mayor razón en esta indo-hispano-afroamérica fallida —desde la perspectiva de la rancia visión eurocéntrica—, en la perspectiva republicana y democrática, en mayores o menores grados.

Desde nuestras realidades, donde el viejo concepto de Luis XIV de “soy el Estado” se ha suplido con el ropaje republicano y democrático, debiéramos preguntarnos: ¿de dónde se produce? ¿El poder, su naturaleza es despótica? ¿La naturaleza humana lo es? ¿O la naturaleza, la vida? Obviamente, sin tener la pretensión de que son inéditas. En criminología y su traducción del derecho penal aún persisten fuertemente esos resabios de Luis XIV que retienen para quienes son inquilinos del poder, la calidad de soberano, secuestrando a los que la legitimidad y legalidad les corresponde.

El privilegio de estar presente en estos momentos sí es único. Como el privilegio de ver transformarse un pueblo en ciudad, como Santa Cruz de la Sierra; el advenimiento de una “democracia” o el choque de civilizaciones… o de ser abuelo de Valentina.

Alejandro Colanzi es criminólogo. Correo: acolanzi@gmail.com.

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La complejidad de don Huáscar Cajías

/ 25 de junio de 2021 / 01:15

Conocí a don Huáscar Cajías cuando ingresé a la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales como miembro académico, con mi trabajo Granja de Espejos: ¿aberración jurídica o lucha de clases? en 1985. Él (y dos miembros más) me posibilitó ser el primer cruceño y el benjamín de la Sociedad.

Mi segundo encuentro fue con su obra de criminología que devoré en la maestría en ciencias criminológicas y penales. En 1991 fui invitado por el Parlamento para conformar la Comisión para la Reforma del Estado que él presidía. De nuevo sería el benjamín y único cruceño de esa comisión que viabilizó la más profunda reforma a la Constitución de 1967, incorporando el Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo, defensa pública para los procesados pobres, el pluralismo cultural, el proceso penal oral, entre otras instituciones jurídicas. Conocí otras dimensiones de Don Huáscar.

En la criminología latinoamericana, sostengo que existe una primera generación de criminólogos integrada por quienes adoptaron al positivismo y la llamada criminología crítica (materialista o marxista).

El positivismo criminológico que se generó a finales del siglo XIX tomó los principales centros académicos y políticos, y se constituía en la traducción de Augusto Comte, la cúspide del racionalismo cartesiano, que configura el “método” —obviamente positivista— como “el” instrumento de investigación científico. A finales del siglo XIX, pero principalmente a inicios de la segunda mitad del XX, emerge la criminología crítica transpolando el materialismo histórico y la dialéctica para explicar la criminalidad desde la lucha de clases y criticar al positivismo.

¿Cuál es el gran mérito de esta primera generación de criminólogos latinoamericanos? Haber abierto un espacio importante para la criminología.

Claro que hay diferencias sociopolíticas que han favorecido a una, logrando su penetración a tal punto que transversaliza todas las esferas y dimensiones de nuestras sociedades. El positivismo llegó con etiqueta de cientificidad, racionalidad, valores morales y/o religiosidad, etc.

Y la criminología crítica toma impulso finalizando la década de los 70, desde Venezuela, y languidece finalizando los 90. En el último lustro es reimpulsada desde Argentina.

Rafael Garófalo sostiene que existen “sentimientos medios” en la sociedad en cada época. Relanzo y redimensiono esta categoría como los valores medios, y que son aceptados —consciente o inconscientemente— por la mayoría, y obviamente reproducidos. También es conocida la categoría de “imaginario colectivo”. La pregunta que surge es: ¿Escapar de ellos es posible? No lo sabemos. Lo que sí es que no debemos abordar a los autores desde nuestra época, con valores, imaginarios y visiones diferentes para retrotraerlos a contextos históricos, culturales y/o geográficos diferentes.

En 1955, Don Huáscar publica Criminología. El ejemplar que hoy manejo es de la quinta edición con doceavas reimpresiones hasta 1977. Fundador de la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales en 1977, que presidió, además de criminología impartió la cátedra de filosofía jurídica y fue director del extinto periódico Presencia. Tras presidir la Comisión para la Reforma del Estado, asumió la presidencia de la Corte Nacional Electoral, instancia estatal de lujo que hasta ahora no ha tenido cuestionamientos, como el resto.

Asumiendo una visión de vida, fue un ejemplo de valoración a la justicia, la dignidad y al Derecho; y, en la dimensión privada, en su vida familiar se vieron sus frutos.

Alejandro Colanzi es criminólogo. Correo: acolanzi@gmail.com

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Guasón, Frankenstein o concurrencia

/ 12 de junio de 2021 / 01:12

Iniciando el siglo XIX, Mary Shelley escribe y describe a ese personaje que es creación del Dr. Frankenstein (con buenas intenciones) y de allí el nombre que recibe su creación, y que pasa a ser un ser “malvado” por su fealdad y marginalidad (proceso social de interacción y de etiquetamiento).

Recientemente, un personaje del siglo pasado ha permitido la obtención de un premio Oscar a quien lo personificó: al Guasón (la última versión que es digna de verla más de una vez). Más allá de la evidente tendencia positivista psicosocial de cómo se construye el niño víctima y su proceso (de marginalidad) hacia el adulto victimador, la película Guasón nos muestra las circunstancias complejas en que se desarrolla, los valores que se construyen, las etiquetas que marcan y terminan automarcando, etc., pero en la perspectiva de la influencia en la individualidad y de criminalización de la marginalidad socioeconómica.

En la misma línea de “monstruos” podemos mencionar aquellos niños que son secuestrados por grupos irregulares que los obligan (sin ninguna opción de escogencia en libertad) a matar a sus padres como proceso de iniciación, para después convertirse en “pervertidos asesinos”.

Hace pocos días escuché a un viejo amigo criminólogo, Chisthopher Birkbeck, manejar la novedosa categoría de “concurrencia” para mostrar cómo una vieja víctima también encarna y se transforma en el nuevo victimador. Creo que un largo seminario donde también expusimos, pero más escuchamos, no se justificó mejor que con dicha categoría expuesta: concurrencia.

Es a partir de esta doble condición de víctima y victimador donde nos asalta la duda sobre la libertad y el libre albedrío. ¿Cuál y de dónde proviene la libertad de la víctima que queda marcada, inducida a una especie de brete (aquellas maderas que marcan el estrecho camino del ganado para poder marcarlos, vacunarlos, etc.) social? ¿Cuál y de dónde provendría la libertad de escogencia entre el bien y el mal que nos muestra el “libre albedrío” de la otrora víctima convertida —no en libertad— ya en victimador? ¿Cómo los criminólogos podemos aportar para entender esta situación y así plantear propuestas para la implementación de políticas públicas que no reproduzcan este perverso círculo vicioso?

¿Cómo analizar criminológicamente esta situación en sociedades como la nuestra, donde existe más del 60% de pobreza, sin criminalizar y caer en determinismos sociales que reproducen dicho círculo vicioso?

¿Cómo plasmarlo en el Código Penal, cuando hay conciencia de aquello? ¿Dónde queda la culpabilidad? ¿Dónde la corresponsabilidad por omisión de la sociedad y del aparato de Estado que debe proteger por mandato constitucional? Si el sentido de existir del Estado es la protección del “ser social”, ¿se deslegitima éste ante la incapacidad de protección? ¿Se deslegitimiza la democracia?

Sin pretender, en lo mínimo, justificar la violencia existente, ni alarmar sobre la real deslegitimación de la institucionalidad estatal, la corresponsabilidad social por omisión y la consecuencia natural de disminución alarmante de los valores democráticos, es bueno sentarse a reflexionar sobre ello para producir respuestas. Es obvio que me convierto en un profundo cuestionador de la existencia de la libertad y del libre albedrío, ya que el pasado nos limita al extremo de poder cuestionar su existencia, y el presente está determinado por dicho pasado, ¿de qué capacidad de escogencia en libertad estamos hablando?

Alejandro Colanzi es criminólogo y fanático destroyano.

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Moldiz, la discusión es sobre dignidad y economía

/ 1 de mayo de 2021 / 02:59

Buscando un espacio de discusión, intencionalmente intenté provocar a Fernando Molina, quien por WhatsApp me dijo que me respondería con un libro, que estoy buscando adquirir para leer; y espero que mi próximo libro, ya en editorial, intitulado Discriminación. Lo que Michell Foucault no dijo del “racismo”, contribuya y enriquezca este debate aún no dado y necesario en nuestros lares.

También provoqué a Carlos Moldiz, a quien no conozco, quizás por la diferencia de edades; aunque sí me atreví por su formación académica. Pensé que era politólogo además de militante: me equivoqué, es más militante, activista y autocalificado de “izquierda” (lo repite hasta el cansancio).

Hace mucho tiempo encontré a un ayudante que en solitario repetía “amo a mi mujer, amo a mi mujer”; después he visto a muchos golpear a otros bajo el grito de “por qué nos traicionas”; también es cada vez más frecuente escuchar “aleluya” o “soy liberal”, “soy de izquierda”, “soy honesto y manos limpias”, portar rosarios o biblias. Todas estas actitudes son autoafirmativas y denotan el divorcio propio de nuestra cultura: ser y deber ser. Repetirse no implica necesariamente serlo. Pareciera que leyeron Autosugestión y sugestión de Jagot.

Carlos, creo que debiéramos concordar en las siguientes puntualizaciones: a) Dices “…lo hacía desde una lógica… no… Occidental”, que a contrario sensu implica oriental: esto huele a tufillo andinocéntrico; b) Bobbio, al que citas con mucha reverencia, no es de “izquierda”; c) las verdades absolutas, como planteas, son antidialécticas en la visión o vereda “zurda”; d) lo ideológico es falsa conciencia desde la perspectiva de estructura económica, ya que la superestructura es funcional (falsa) a ella; claro, Gramsci no diría lo mismo y menos Agnes Heller. Bueno, pero Marx justificó la invasión yanqui a México, entre otros eurocentrismos positivistas y cristológicos propios de él, y… ¡¡¡gran “zurdo”

!!! El problema de “ideologizar” (falsa conciencia) es alimentar la visión del “pupu” (ombligo), como la llama mi entrañable amigo Condarco, visión perversa que transversaliza a los enfrentados y que siempre me los grafico como aquel que golpea al “otro” exclamando “por qué no piensas como yo, traidor”: cultura dicotómica eurocéntrica y colonial. Claro, el militante solo actúa: como las barras bravas. George Orwell señalaba a esto como pensamiento único.

Carlos, no hay que rehuir a la discusión con el pretexto de odiar o no (subjetividad pura despreciada por el idealismo positivista y el marxismo-preñado de aquello). Los análisis o deconstrucciones de lo abordado, desde la perspectiva clínica, posibilitan buenos tratamientos; además, la CPE manda a descolonizar, y para ello hay que saber qué y cómo.

La discusión en nuestra indo-hispano-áfrica-américa (o como la llamé hace 32 años, Abya Yala, que en lengua Cuna —etnia panameña— significa “tierra en plena madurez”) no es sobre racismo; si lees la CPE, es sobre dignidad y economía=discriminación. No es sobre blanquitud, que como te dice tu compañera, no hay; y no hay ni aquí ni en lugar alguno (repito, a rosaditos pueden llegar, pero con un ch’enko de genes, mezcladitos) porque es una construcción eurocéntrica y colonial.

Con mucho cariño Carlos, respetando tu militancia y activismo.

 Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y fanático destroyano.

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Discriminación: una discusión criminológica necesaria

/ 5 de abril de 2021 / 02:21

El respeto a la Dignidad de las personas es producto de un largo proceso histórico que logra un salto cualitativo con el advenimiento del Estado Moderno, y, es este, que por sus propias contradicciones produce otro nivel cualitativo con el Estado Social y Democrático de Derecho, también conocido como el constitucionalismo social.

Hasta inicios de este siglo, en los programas de criminología se mostraba que el positivista Lombroso sustentaba su racismo evolucionista en Comte y antes en Darwin (siglos XVIII-XIX) cuando ya Foucault (Foucault, 1976) había retrotraído ese sustento a los siglos del Medio Evo tardío e inicios del Renacimiento.

Conocer el cómo se origina, desarrolla y utiliza ¿nos permitirá proponer alternativas para dificultar su reproducción? Este es el reto, consideramos, de la criminología desde nuestra indo-afro-latinoamérica.

La evidencia del racismo en la concepción antropológica de los estudios criminológicos de Cesare Lombroso, es solo el punto de partida en la retrospección históricocultural de cómo se construye este instrumento de indignidad humana. Hoy, en el inicio del tercer milenio de la era cristiana, este instrumento está presente no solo en Europa, sino también en nuestra indo-afrolatinoamérica en su núcleo cultural, repartido en diferentes generaciones, niveles socioeconómicos y pigmentaciones dérmicas. Exploramos cómo y por qué el proceso discriminatorio comienza desde la perspectiva física en los griegos, su proceso de acumulación con el judaísmo, el cristianismo romano, la influencia de un invasor «extraño» como Atila, las cruzadas contra los herejes demoniacos, la Inquisición católica, el “renacimiento” y los nuevos mundos y su colonialismo. También, los mecanismos de dominación y el «salto» de la racionalidad y el cientificismo necesarios para su hegemonía. Finalmente, el determinismo biológico del siglo XIX y, obviamente, los estudios de Lombroso, conocido como el padre de la criminología.

En las sociedades nómadas como en los primeros milenios de las sedentarias, la belleza estuvo vinculada a la “reproducción” biológica y también a las deidades, que al haberse “hecho” humano (Egipto) se vinculó a la casta. Y, es a partir de los griegos que la belleza tiene una mutación, por su realidad material —geográfica principalmente—, que también implicó la discriminación, hasta la eliminación, de su antónimo: la Fealdad.

Esa construcción se ve fortalecida con la expansión romana y el desarrollo de las religiones monoteístas, y acelerada cuando el cristianismo se torna en poder al ser “oficial” y más aún cuando es poder real e instrumentaliza a la Escolástica, la “Santa” Inquisición y las Cruzadas, logrando poder “absoluto”.

Será a partir del “descubrimiento”, “encuentro” o “invasión” de los nuevos mundos que esa acumulación sociocultural dará un salto en la justificación de la nueva colonialidad de los “nuevos” mundos. Será a partir de allí que el poder posa sus ojos y bolsas de dinero en la intelectualidad que justifica una supremacía cultural, “racial” (se divide al mundo) y geopolíticamente, discriminadora de lo sometido. Llega a su punto más alto en el siglo XIX, con la emergencia de la criminología positivista, y al mayor grado de la barbarie a inicios del siglo XX.

La discriminación por color de piel, mal llamada “racismo” (porque reproduce la colonialidad eurocéntrica), ha penetrado hasta el ADN cultural en nuestra indoafro- latinoamérica por lo que, también desde la criminología, se debe contribuir en su desmontaje. 

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y profesor universitario. Correo: acolanzi@ gmail.com

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