Voces

miércoles 6 jul 2022 | Actualizado a 20:48

Lucha social y guerrillas tropicales

/ 21 de diciembre de 2021 / 00:51

La selva de alta montaña de Alto Beni y Caranavi ha sido parte de históricas luchas sociales de los “colonizadores”, hoy los llamo aymaraquechuas, y guerrillas en formación. Ambos hechos no han sido estudiados por las ciencias sociales o la sociología política.

¿Cuáles son los hechos para esta afirmación? En principio ambas regiones entre 1965 y 1980 ha sido objeto de estudio por su topografía accidentada y ubicación geoestratégica entre los Andes y la Amazonía, como lugar propicio para la lucha armada, y a ello se sumó la lucha social. Primero, en 1979 y 1980 ha sido parte de resistencia al golpe de Estado de Alberto Natusch Busch y Luis García Meza. En aquella oportunidad se produjeron bloqueos de caminos en Caranavi y el pueblo del 52 y puente Piquendo, cerca de Sapecho, ubicado en Alto Beni. Segundo, en 1965, el Che Guevara había ubicado a esta región para el inicio de su lucha guerrillera, aunque finalmente eligió Ñancahuazú. En ese sentido la lucha social y la guerrilla aymaquechuas han sido hechos posibles porque hubo abandono del Estado y a la vez que se iniciaba un creciente movimiento de identidades rebeldes en esta región.

Los bloqueos carreteros de los años 80 fueron para contrarrestar a las ambulancias que llevaban militares para detener a políticos “udepistas” (de la UDP) de Sapecho, Palos Blancos, San Miguel de Huachi o Tucupí. Adolfo Málaga fue uno de los operadores de estos movimientos militares que logró llevar preso a Severo Cori, de San Miguel de Huachi (su niño por poco no muere de amartelo), y realizaron amenazas a otros dirigentes para que no sigan en la resistencia. Recuerdo que varios de ellos dormían en el monte adentro para evitar detenciones y violaciones a los derechos humanos.

Las ambulancias llegaban a los pueblos como nunca lo habían hecho. Es decir, el Estado no llegaba para atender la salud de estas poblaciones y ahora lo hacían con militares para detener dirigentes “comunistas”. Santa Rosa, del sector de Puerto Linares, ha sido especialmente objeto de detenciones de “colonizadores” por ser “comunistas”, aunque en realidad no eran comunistas, sino fundadores del indianismo como Luciano Tapia y los hermanos Eusebio Tapia y otros. Aquí es importante decir que una parte del indianismo ha sido creado en esta región tropical a la cabeza de dirigentes campesinos y jóvenes colegiales.

La represión justificó esos hechos y por eso las guerrillas en preparación: 1) bajo el mando del ELN que hacían ejercicios de movimientos de reconocimiento de terreno y manejo de estrategias, muchos de ellos eran jóvenes y dirigentes sociales; y 2) hubo guerrilla indianista que poco o nada se nombra en los estudios sobre este movimiento político ideológico. Aquella gesta luego fue viéndose con el EGTK, con Felipe Quispe, El Mallku, en el altiplano y El Alto en los años 90 del siglo XX.

¿Cuál es su posición política actual? Aquella rama de la historia de la lucha social y los intentos de guerrilla tropical aymara son hechos que no se olvidaron. En noviembre de 2019 se actualizó esa historia porque muchos jóvenes y aymaras tropicales tuvieron que llevar nuevos bloqueos de caminos en la montaña de Marimono, en Iniqua, para que no ingresaran agentes de los comités cívicos al departamento de La Paz. Y también hubo movimientos de organización en Caranavi para cualquier hecho urgente. Así, la montaña de Marimono y la montaña de la Reserva del Carrasco fueron parte de esta nueva dinámica política del país.

Pablo Mamani Ramírez es sociólogo.

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Alto Beni y su actualidad

/ 2 de diciembre de 2021 / 01:00

Alto Beni es parte del proceso de “colonización dirigida” desde hace 60 años aproximadamente. En 1960 llegó un pequeño camino, casi senda, a Palos Blancos y de allí a Covendo o San Miguel de Huachi. Antes de este periodo se explotaba quina. Luego fue ampliado con asentamientos humanos de “colonización espontánea”. Hoy se comunica con Beni y pronto lo estará con Cochabamba.

La región es parte de una extensa selva de alta montaña y con grandes ríos como Alto Beni o Bopi, que atraviesa toda la región hasta llegar a Beni. Hace cerca de 25 años se explotaba madera mara, roble, cedro y otras de gran valor comercial y de calidad.

Hoy es productora de frutas de diversa variedad y de cacao. Las frutas que se comercializan en los mercados de El Alto, La Paz y las provincias son en buena parte de esta región. El cacao es un producto industrializado en chocolate (en la Ceja de El Alto) y exportado al exterior vía la Cooperativa El Ceibo, que tiene una gran cantidad de comunidades socias con producción ecológica en la zona.

Su población es de aproximadamente 35.000 habitantes organizados en comunidades, subcentrales y centrales agrarias alrededor de los pueblos de clima húmedo, lluvioso, de 23 a 30 grados centígrados de temperatura (según época). En resumen, es una región rica en suelos para la producción agrícola y la actividad comercial. Es interesante observar además cómo se han extendido comunidades a una altura de 1.000 metros sobre el nivel del mar, alrededor de los pueblos centrales.

Sin embargo, sus carreteras no han recibido un adecuado trato por la Gobernación, el Gobierno central y los gobiernos locales. Desde hace aproximadamente 40 años se mantienen con ripio, que con el transporte se convierten en polvo y de tierra. Los puentes sobre diferentes arroyos datan de hace aproximadamente 26 años y desde ese tiempo hasta el presente no han cambiado. La situación es aún peor en las “comunidades espontáneas” que están ubicadas por encima de los pueblos principales, dado que allí no existen puentes y el camino es de barro. Si se toma en cuenta que es una región tropical y lluviosa, pues esto es una necesidad fundamental. Asimismo, sobre el río Alto Beni no hay puentes que comuniquen, por ejemplo, a Palos Blancos con San Antonio o Huachi con Puerto Carmen. De su parte, este río sigue siendo uno de los medios de transporte fluvial a motor para embarcaciones pequeñas. En tiempo de lluvia se hace caudaloso y de gran envergadura.

Su población está constituida mayoritariamente de migrantes de los Andes relacionados con los mosetenes, como Covendo (que es una TCO) o Santa Ana de Puerto Linares. Los matrimonios son un nuevo fenómeno de producción de lo aymara-quechua o aymara-mosetén. Existen muchas familias con esas características.

A partir de todo esto, la región se ha convertido en eje de la dinámica del comercio, transporte, y del movimiento de población por su relación densa con Caranavi y San Borja o Rurrenabaque (Beni) y Brasil. Mediante esta dinámica poblacional y económica, Palos Blancos se ha convertido en una ciudad intermedia de importancia.

Actualmente su gente debate entre ser llamada yungueña o ser altobeniana porque lo primero es visto como pertenecer a Chulumani, mientras que lo otro es propio de su proceso de constitución como identidad y sentido histórico de lo aymara-quechua tropical.

Pablo Mamani Ramírez es sociólogo.

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Caranavi, historias y carreteras

/ 28 de octubre de 2021 / 00:42

Caranavi es el eje histórico de interrelación andina-amazónica y hoy entre los pueblos de ambas regiones a través de su extendida y accidentada topografía. A. Zalles trató estas relaciones en los años 80 del siglo XX, entre aymaras, quechuas y lecos. En Perú y Ecuador también existen similares relaciones entre poblaciones amazónicas y de los Andes. Está claro entonces que esas relaciones en el pasado y hoy son de ambas vías. Son relaciones interecológicas. Se observa ahora que esa dinámica es de otro modo, con una fluidez más amplia.

¿Qué nuevos hechos existen en esas relaciones, en lo que en nuestra tesis en sociología hemos llamado los “nuevos espacios sociales”, en la región de Caranavi? Sin duda las historias de interrelación son extraordinarias entre ésta con Alto Beni o el departamento de Beni.

En 1988 estudiamos Caranavi para conocer el proceso de la “colonización” de Alto Beni en su estrecha relación entre ambas regiones. Aquel año logramos conocer a la familia Roque, de la comunidad de San Antonio de Bolinda, ubicada al norte de la localidad de Caranavi, a entre dos y tres horas de camino a pie en subida. Allí por excelencia se produce café de altura, tan apreciado en el mercado internacional y poco valorado en nuestro medio.

La familia Roque nos contó sobre cómo llegaron a la zona en los años 80 cuando todavía era selva y con presencia de animales silvestres. Arribaron del altiplano porque allí ya no había tierra. En esa relación, Caranavi resultó ser un lugar extraordinario, como fue con seguridad en el pasado por sus conexiones entre los Andes y la Amazonía. Aunque dentro de esas relaciones interecológicas la familia Roque tuvo que atravesar muchas dificultades por las condiciones climáticas y las enfermedades, que en el pasado también eran factores de importancia como refieren varios estudios.

En 2021 volvimos para averiguar sobre cómo se movían esas relaciones. Pudimos observar que tales dinámicas son aún más intensas y las historias humanas son de distinta índole. Esas historias son, en muchos casos, de éxito económico, aunque otras son de tragedias humanas. Caranavi creció enormemente al presente tanto en población, en producción agrícola y en actividad turística.

Las comunidades productoras de café en las alturas, plátano, cítricos y la crianza de animales en las partes bajas, son trascendentales. Caranavi, así, es el nexo dinamizador del comercio, de las ferias de la región y la migración poblacional entre los Andes y la Amazonía.

Sin embargo, el problema de la carretera La Paz-Caranavi es un factor negativo en esas relaciones. En Choro y Ch’uxña, donde los viernes se prenden velas a los fallecidos y al “tío”, referencia de accidentes de tránsito que en el pasado eran historias oscuras. Entre 1980 y 1990, los derrumbes y los accidentes han cobrado muchas vidas humanas. Y entonces habría que preguntarse ¿por qué las autoridades nacionales y departamentales tienen casi abandonada esta carretera y a la propia ciudad de Caranavi? El túnel de Choro ha estado como 25 años en construcción. ¿Por qué?

Este es uno de los factores que no permiten que esas relaciones sean más fluidas para la dinámica social y económica de la propia ciudad de La Paz y El Alto, junto con las provincias del altiplano y los valles que son actores de esas conexiones interecológicas.

Pablo Mamani Ramírez es sociólogo.

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La wiphala y la nueva realidad

La wiphala está creando una nueva realidad social, porque ahora la gente se imagina ser el país mismo.

/ 17 de octubre de 2021 / 18:43

DIBUJO LIBRE

La wiphala se ha convertido en los aproximadamente 7 años últimos en referente de un ardoroso debate desde diferentes posturas y lugares sociales. Curiosamente, a través de ese debate y por los actos de quema que sufrió el 10 de noviembre de 2019 por activistas del movimiento cívico en el conflicto poselectoral, se ha convertido en un símbolo emblemático en el campo del ritual político del Estado y la sociedad. Puesto que en los imaginarios sociales aymaraquechuas y de las élites criollas bolivianas, la wiphala es referencia de un hecho poco nombrado en tales debates. Nuestra afirmación es que la wiphala implosionó las viejas estructuras sociales impuestas desde los imaginarios de las elites de izquierda o derecha para aparecer ahora como referente de una nueva realidad social.

La Constitución de 2009 reconoce a la wiphala como uno de los símbolos del Estado plurinacional, que al principio fue visto solo como un acto simbólico (como nada importante), pero luego despertó un furioso rechazo de las elites políticas y económicas criollas. Sobre esta base volvió a los imaginarios de la elite la enseñanza de la familia de que los indios eran referencia de la rémora o atraso del país. La novedad es que ahora aparece como posibilidad de un nuevo país. Aunque la cúpula del MAS hace uso utilitarista del mismo para legitimarse como lo hacía el MNR en 1952 con las imágenes de Tiwanaku. Pese a ese detalle, la insignia ya estaba instalada en la sociedad aymara, fundamentalmente producto del trabajo político del indianismo desde los años 1970 y 80 del siglo XX. Para eso, solo hay que leer los trabajos sobre el indianismo y sus intelectuales, donde se deja notar cómo el símbolo fue poco a poco socializado hasta convertirse en multitudes.

Ahora se puede decir que el símbolo nacionalizó a la nación clandestina para verse como nación cívica, porque el movimiento está extendido en todos los rincones del país. Ahí radica en parte el rechazo de las elites criollas, dado que un hecho temido históricamente ahora aparece como una realidad insoslayable.

¿Cómo el símbolo ha movido la estructura social? ¿Qué significa que eso haya ocurrido? En principio, la sociedad boliviana y sus instituciones todavía se rigen en muchos de sus aspectos por cánones coloniales y otros neocoloniales, sin negar que existe varios cambios. El primero se asienta en formas y realidades del tutelaje sobre el indio y la explotación de los recursos simbólicos y culturales por parte de las élites letradas. Aquí el peligro que observan, desde ese lugar social, es que ya no se pueda seguir viviendo de esos referentes porque existe una abierta disputa, por ejemplo, sobre la narrativa del país por parte de los “otros” intelectuales. Hasta hace poco, muchos de ellos literalmente vivían a nombre del indio. A su vez, en las relaciones sociales, como en el oriente del país, existen profundas formas de ser del patrón de hacienda, porque allí aún viven de los servicios de los indígenas, aunque no bajo el sistema de enganches (endeudamientos de por vida). Esto hace que los indígenas vivan bajo la moral y los símbolos coloniales; es el caso de las iglesias de jesuitas en Moxos defendidas por las élites cruceñas como patrimonio histórico.

¿Lo neocolonial? Éste, de su parte, funciona bajo la forma del discurso de la modernidad y el liberalismo. Aquí es importante dejar notar que éste no solo funciona como discurso sino también como una realidad, puesto que los agroindustriales del oriente se han apropiado de extensos territorios de los guaraníes o de los moxos. Allí, si bien el trabajo es pagado como salario, los trabajadores no tienen seguro social ni estabilidad laboral, incluidos indígenas y kollas. Así, esta neocolonialidad en lo político se presenta como república o cosa pública cuando, sin embargo, el Estado sigue visto como especie de propiedad de clan de esas élites. Incluso el Estado plurinacional funciona en varios de sus aspectos bajo estos cánones. Esto habla de que Bolivia aún no es un Estado poscolonial, como prefieren llamarlo. Puesto que los aymaraquechuas, por ejemplo, no ocupan cargos estratégicos en el ejecutivo nacional, sino cargos de menor jerarquía, pese a que son ellos los que mueren o ponen pecho ante las balas en las masacres. En ese sentido, lo neocolonial funciona como algo nuevo en el discurso, pero sustentado bajo las viejas estructuras institucionales y sus imaginarios.

En la academia, la misma funciona bajo los principios del orden cartesiano de descuartizamiento del mundo de la vida social, teniendo en frente un mundo social que produce y reconstruye permanentemente su realidad. Es decir, la academia boliviana reproduce cánones coloniales desde principios racionales del encubrimiento de esas realidades. Muchos no hablan idiomas indígenas para pensar esas realidades. Entonces el castellano es una lengua impuesta para trasliterar ese mundo. La wiphala, en ese escenario, produjo esa profunda conmoción en las élites, incluso en las de izquierda. Teniendo en cuenta que estos rechazaban en el pasado la wiphala para tratar de imponer la bandera roja y su hoz. Este dato es comprobable en los trabajos de los intelectuales aymaras en sus diferentes versiones. Incluso hoy mismo cierta izquierda todavía rechaza lo aymaraquechua como sujeto histórico porque piensan que no tienen aún capacidad de dirigir el país; un dejo de lo colonial porque serían menores de edad.

Para las derechas esto es simplemente inaceptable, porque ha logrado hurgar las pasiones más profundas. Ante la temida realidad que expresa la wiphala se ven radicalmente contrariados. Se han buscado todos los argumentos posibles contra ese Otro, hasta lograr perder el sentido de lo culto y racional de su lenguaje y actos. Entiéndase que ser élite es ser culto y fino en el mundo de sus lenguajes hablados, escritos y de sus formas en las relaciones sociales. Y entonces se imaginan que las rémoras podrían ser realmente el nuevo frente de disputa económica, como ya lo es en lo político. Ese hecho es incómodo.

Por eso la wiphala ha despertado esos profundos miedos y por lo mismo su rechazo. En razón de ello, desde esos lugares se afirma que éste es de origen español dada en los Tercios de rey Carlos V de España del siglo XV. Otros lo ven como parte del mestizaje boliviano, incluso algunos lo asocian con lo gay. En este punto, en unos y otros, debela la idea de que los indígenas no pueden tener capacidades imaginativas y artísticas para tener signos o figuras de estéticas propia. Muy pocos son los que asumen que el símbolo debe ser aceptado como parte de la nueva realidad.

Es en ese sentido que la wiphala ha creado (y está creando) una nueva realidad social porque ahora la gente se imagina ser el país mismo. Es decir, la gente se piensa y actúa de que el país es de “nosotros como mayoría” y “no solo de unos cuantos”. En esto, el símbolo es sin duda la representación de ese nuevo momento que parece ser irreversible, porque la gente está dispuesta a morir para que esa realidad pueda ser histórica y que sea el devenir de los hijos. Esas ideas tienen sentido porque la wiphala tiene una larga historia registrada en tejidos tiwanakotas y q’irus inkas, aunque con variación en cuadrados o colores, puesto que la wiphala actual es un rediseño y readecuación al nuevo momento histórico desde los años 70 y 80 del siglo XX, bajo los principios culturales e idealidades de autoafirmación de esa totalidad social.

 (*)Pablo Mamani R. es sociólogo

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Viaje al trópico de Alto Beni y Caranavi

/ 21 de septiembre de 2021 / 01:20

El plan Bohan en 1942 recomendaba fortalecer el mercado interno nacional a través de nuevos asentamientos de población y con la construcción de vías de comunicación entre el occidente y el oriente del país. En 1950, incluso mucho más antes, existió un amplio e interesante movimiento de poblaciones de los Andes hacia la región subtropical de Caranavi y el trópico de Alto Beni en La Paz, y hacia el Chapare en Cochabamba o Bermejo en Tarija.

Es necesario hacer un repaso de este proceso de trascendental importancia porque ha sido parte de las nuevas dinámicas sociales y económicas del siglo XX que ha reconfigurado definitivamente la fisonomía económica, social, cultural y territorial de Bolivia. Me referiré en una serie artículos a Caranavi y Alto Beni específicamente, en sus diferentes dimensiones, historias y actuales condiciones socioeconómicas y sociodemográficas.

En principio es importante decir que aquí existe un proceso de migración rural-rural y urbano-rural entre el altiplano y los valles y las ciudades hacia esta región. Hoy Caranavi, al igual que Alto Beni, son producto de este tipo de dinámicas poblacionales y sociales. En el primero bajo la forma de la llamada “colonización espontánea” y en el segundo, como “colonización dirigida”, aunque en el mismo existe la “colonización mixta”. Además, es de relevancia hacer notar que cerca de 70 años después de aquellos hechos hay todavía historias que narrar, por ejemplo, de cómo fue que la gente del altiplano y valles llegaron a aquellas regiones de selva húmeda y de cordillera abierta (antes de las pampas de Beni). Tuvieron que enfrentar la falta de caminos, las enfermedades tropicales desconocidas, la falta de apoyo técnico y tecnológico para el manejo de suelos y diversos productos agrícolas de parte del Estado. Allí hubo una gran inversión de vidas humanas porque murieron muchas personas por enfermedades tropicales, otras en accidentes por el mal estado de los caminos y muchas, ante esa realidad, tuvieron que regresar a sus lugares de origen.

Esta población sigue siendo abandonada por las autoridades nacionales y departamentales porque carece de muchas necesidades. En el último mes fuimos a dar una vuelta por aquellas regiones, no como alguien ajeno a esta dinámica histórica y social, sino como parte de ellas, porque desde niño hemos observado y vivido allí, en unos casos como vecino y en otros como estudiante de los colegios San Miguel de Huachi y Martin Cárdenas del km 73 de Puerto Linares.

De joven hemos conversado con mucha gente mayor que hoy ya no vive, sobre historias verdaderamente heroicas en unos casos y en otras, incluso trágicas, dado que al principio no fue nada fácil migrar hacia estas zonas por los factores arriba anotados. Hay historias sobre cómo se viajaba a pie caminando selva adentro hasta llegar a Caranavi, Puerto Linares, Palos Blancos o Covendo, separados por distancias muy largas, además de las luchas contra las picaduras de insectos y el peligro de serpientes, etc. En realidad, no existían caminos para autos, sino sendas abiertas por esos caminantes entre diferentes poblaciones o por buscadores de quina para la exportación a Europa. Esos caminantes de la selva llegaron unos desde Apolo, otros desde La Paz o Caranavi hacia Alto Beni, y volvían en las mismas condiciones después de un año o meses, o incluso algunos nunca más volvieron porque allí fallecieron.

Pablo Mamani Ramírez es sociólogo.

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Regímenes de miedo y poder

La degradación humana es una de las condiciones de los actuales regímenes mentales coloniales.

/ 12 de septiembre de 2021 / 16:49

DIBUJO LIBRE

El Informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), presentado en agosto, devela una vez más una profunda realidad colonial y racista del Estado en Bolivia y de los grupos de poder que han gobernado (y siguen haciéndolo) un territorio que les es ajeno por más de 500 años. Es interesante, mediante un conjunto de datos, testimonios y registros de medios de comunicación del GIEI, extraer un tipo de regímenes mentales del poder. Un detalle que es importante notar, puesto que esos regímenes mentales en los hechos son el sustrato constitutivo del Estado, de los imaginarios sociales de “élite” y de ciertas empresas de comunicación. En el Informe se deja traslucir cómo un tejido de subjetividades se convierte en actos de habla, con tonos propios de los grupos de poder. Esto es que han recurrido a los miedos profundos y centenarios frente a los Otros, los indios. Aquí está una de las razones de la violencia estatal y civil en 2019, particularmente en contra de los aymaraquechuas en las ciudades y áreas rurales.

Hay que decir que dicho Informe no es un relato de las víctimas sino de un organismo internacional que se apoya en evidencias fácticas y documentales, mediante el recorrido por los distintos lugares del país; el acopio de testimonios de cómo fueron tratados o vistos desde esos regímenes mentales quienes sufrieron violencia estatal y civil. Esa célebre frase de “matar indios es hacer patria” se hizo así nuevamente realidad. El indio siempre ha sido un problema para los “letrados”, por eso han dedicado libros íntegros para constreñir en unos casos y discernir en otros los fueros internos de esos Otros. Hoy esa política continúa con cierta antropología o sociología y otras ciencias con métodos positivistas y darwinistas. Aunque esos estudios a la vez hacen que descubramos el fuero interno de esas mentalidades que paradójicamente dicen ubicarse en la era poscolonial. Por eso la muerte, la masacre, la violencia sexual, abusos contra los detenidos, ultraje de las mujeres con toques impúdicos, lenguaje larvado de odio y racismo, la negación de ayuda médica por parecerse indios, es la estructura misma de la sociedad criolla y del Estado. En 2019 se sabe de cómo operaron estos principios. Aquí algunos datos del GIEI sobre ello:

“El GIEI advierte que los detenidos fueron sometidos a los siguientes modos de tortura: golpes (puñetazos y patadas) en varias partes del cuerpo; golpes con el uso de bastones (toletes) y culatas de armas de fuego; choques eléctricos con armas tipo “taser”; sofocamiento con gas lacrimógeno; obligación de permanecer de rodillas con las manos en la nuca por horas; cubrimiento de los ojos con vendas o bolsos plásticos; inmovilización con manos y pies amarrados; privación de agua y alimentación; privación del uso del baño”.

Médicos que denuncian a la Policía: “A las 20.00 horas del jueves, la Policía, tres oficiales, me detuvieron argumentando que me había escapado del hospital Corea (El Alto). Me sacaron fotos y me tomaron una grabación a partir de la toma del testimonio. El policía me acusó de ‘masista’, de ‘saqueador’”.

El terror. “El 21 de noviembre salimos con los ataúdes a pedir justicia, llegamos a La Paz, el ataúd de mi hermano era el blanco, la prensa y las autoridades dijeron que el ataúd iba vacío, pero ahí iba mi hermano y no respetaron ni su cuerpo ya que ahí volvieron a gasificarnos a todos. A mí me tuvieron que llevar al hospital porque me desmayé por la gasificación de la que fuimos víctimas”.

GIEI “…advierte que los detenidos fueron identificados como terroristas responsables por los ataques en El Alto, sin respeto alguno por el principio de presunción de inocencia. El GIEI, asimismo, nota que el comandante general de la Policía Boliviana en esa fecha, Yuri Calderón, participó personalmente del acto”.

Tortura: “Se registra la práctica, en ese momento, de los siguientes métodos de tortura: mantenerse apoyado en un solo pie y con las manos detrás de la cabeza; si se pierde el equilibrio, la persona es golpeada; mantenerse de rodillas; desnudarse; golpes corporales (patadas); hacer ejercicio físico ( flexiones) hasta el agotamiento; amenazas de muerte, incluso con el uso de cuchillos”.

El gobierno transitorio expuso esa mentalidad: “Áñez designó un gabinete sin personas de origen indígena, apareció frecuentemente en público con la Biblia y una cruz, advirtió a los votantes que no permitirán el regreso de los ‘salvajes’ al poder y persiguió a quienes apoyaban al gobierno de Morales”.

En Sacaba, Cochabamba, los datos son extremadamente similares a los de El Alto. Esto evidencia efectivamente la existencia de esos regímenes mentales, siendo, entonces, la referencia de la historia del Estado que viene desde los tiempos de Túpac Katari-Bartolina Sisa (1780-81) o Pablo Zárate Willka (1899-1903). Desde esos tiempos los grupos de poder colonial han recurrido a los imaginarios de odio, con el fin de destruir y negar a los Otros su humanidad. La degradación humana es una de las condiciones de esos regímenes mentales. Ahora, en 2019, esto se dejó notar claramente y se presenta casi naturalmente en ciertos medios de comunicación, en los escritos de sus intelectuales y de sus líderes políticos. La degradación física y psicológica en ese sentido es un abierto mecanismo de control de los cuerpos y de las intimidades de las personas mediante el encarcelamiento sin argumento legal o con amenaza de desnudarlos o con amagues en violación sexual, etcétera.

Estas son evidencias de lo neocolonial del Estado y de las “élites” porque se niega la vida mediante masacre y humillación; así, esto se convierte en una pedagogía íntima de aquél. En este sentido, las masacres de Senkata y Sacaba (y de octubre de 2003 en El Alto) son parte de ese largo legado del Estado y los grupos de poder. Para mantener ese legado se llegó al extremo de acusar sin sustento a esos Otros; por ejemplo, en 2019 los alteños supuestamente querían explosionar la planta de Senkata. GIEI no encontró evidencia. Sin embargo, fue ampliamente publicitado por varios medios de comunicación.

“El GIEI observa que el muro no tenía estructura de hormigón, y que las perforaciones apuntadas en las fotos no revelan, en un examen visual, señales de fuego, humo o explosión. Así, no se puede comprobar prima facie la teoría del uso de material explosivo para derribar el muro, sin realizar un análisis químico específico para determinar la presencia de residuos de explosivos. El GIEI no identificó elementos probatorios para considerar que el muro fue objeto de detonaciones”.

Estas son las dimensiones históricas de esas mentalidades tan parecidas a las de 1899 o 1903 y por lo mismo se convierte en elemento estructurante del poder de los poderosos, aunque contradiga los discursos de modernidad y de civilidad de tales grupos.

¿Por qué el MAS no ha desestructurado ese aparato mental y físico del Estado? ¿Cómo es comprensible y explicable que quienes se llamen liberales y demócratas puedan haber callado frente al asesinato de seres humanos? ¿Cómo entender que cierta intelectualidad de izquierda haya mantenido silencio frente al ultraje de los alteños o los de Sacaba? O ¿cómo entender a quienes han vivido de la historia y de la lucha aymara hayan callado o respaldado sutilmente actos de violencia sexual contra las mujeres indias en 2019? Posiblemente, por algunas de esas razones pensadores como HCF Mansilla ocupen aún los grandes lugares en las letras bolivianas.

 (*)Pablo Mamani R. es sociólogo

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