Voces

Sunday 4 Jun 2023 | Actualizado a 19:06 PM

Democracia interrumpida

/ 31 de diciembre de 2021 / 22:35

Como un cortocircuito que daña la provisión de energía eléctrica a una casa o a un barrio, así fue el gobierno transitorio de Jeanine Áñez con las consecuencias que ya todos conocemos: En lugar de administrar gubernamentalmente el paso hacia una nueva elección de manera expedita, decidió posponer la realización de nuevos comicios lo más que se pudiera hasta que esa dilación se convirtió en la mejor arma de rearticulación del Movimiento Al Socialismo (MAS), que con el bloqueo de carreteras de agosto (2020) y una campaña muy presencial de su binomio Arce-Choquehuanca, a pesar de la pandemia, tuvo al partidoinstrumento liderado por Evo Morales de regreso al Ejecutivo, más pronto que tarde a través de la voluntad popular expresada en las urnas.

Terminamos 2021 y comenzamos 2022 en el proceso de superación del trauma colectivo que generó ese gobierno del virus, en el que una enfermedad de escala planetaria y altamente contagiosa se ha convertido en metáfora expresiva del último brutal autoritarismo soportado por nuestra Bolivia históricamente caracterizada por la expoliación de sus recursos naturales, la explotación de sus mayorías proletarias y campesinas, la violencia política en todas sus expresiones, desde la psicológica hasta la masacre, como método de acallamiento a los de abajo, aquellos que hasta hoy siguen empeñados en creer posible un país con identidades varias y autodeterminación a pesar de tantos terratenientes, empresarios, militares, policías, embajadores con instrucciones injerencistas y curas católicos que a lo largo de la República-Estado Plurinacional supieron ponerse de acuerdo para proscribir las voces mayoritarias y silenciarlas hasta la eliminación física cuando fuera necesario, como ha sucedido con por lo menos una docena de masacres perpetradas en Bolivia entre 1921 y 2019.

Transitando ya la tercera década del siglo XXI me ha quedado grabada la desoladora constatación de que la nueva configuración de las clases medias citadinas, los nuevos estímulos multisensoriales con los que funciona a diario, el surgimiento de una extrema derecha provista de anzuelos religiosos para atrapar a sus desprevenidos seguidores del mundo popular han dado lugar a una terminante insensibilización con respecto de los derechos humanos y de las muertes de ciudadanos como producto represivo político de vigilancia y control social para que los revoltosos no osen pensar nuevamente en catapultar a algún representante suyo hacia las instancias del poder político.

En ese contexto, el ejercicio periodístico al que decidí apostar desde diciembre de 2019 ha desembocado en la publicación de Democracia interrumpida, crisis de Estado y gobierno de facto en Bolivia. Se trata de un libro en el que se registra una historiación de la violencia política y de las masacres a lo largo de nuestra historia, así como de las noticias, las lectoescrituras de los acontecimientos y los reportajes sobre hechos y personajes que caracterizaron el derrocamiento del gobierno de Evo Morales y al gobierno transitorio que encapsuló al país en una suerte de compendio de las peores expresiones que en su momento definieron el perfil represivo de la Revolución de 1952, las dictaduras militares de los años 70- 80, el perfeccionamiento de un aparato extorsivo a través del Ministerio Público e instancias judiciales, y el montaje de un aparato diseñado para armar negocios de distintos calibres que dieron lugar a una corrupción galopante. Investigando, escribiendo, comparando datos, constatando versiones de difícil verificación, he logrado espantar a los espectros de la muerte y a sus secuaces, y a los ladrones de cuello blanco que ahora gritan cínicamente ¡persecución política!

No tengo otra cosa que palabras de agradecimiento para Pedro Brieger, periodista y sociólogo argentino, director de Noticias de América Latina y el Caribe (NODAL), y Claudia Benavente, directora de LA RAZÓN, por haber creído en mi trabajo y haberlo sostenido durante estos últimos dos años con gran convicción. Debo mencionar, además, a Miguel Gómez, jefe de Redacción de LA RAZÓN, y a Álvaro Cuellar, editor del CIS, por haber leído y editado todos los textos con rigurosidad profesional.

Democracia interrumpida consta de cinco partes y será publicado por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Vicepresidencia del Estado, y es producto, en primer lugar, de la elaboración y edición de productos periodísticos que ha tenido lugar en estos medios de comunicación digitales e impresos en los que he podido expresarme a mis anchas, impugnando desde la recolección de los datos y las lecturas de las conductas públicas de sus protagonistas, lo que fue un gobierno del que sus personeros ahora reclaman debido proceso y respeto a sus derechos, esos que ellos violaron sistemáticamente enceguecidos por una criminalización que terminó convirtiéndose en su tumba política.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El interventor

/ 3 de junio de 2023 / 09:15

Los delitos financieros producto de la danza de millones de dólares pueden convertirse en olor a muerte. Son aquellos que se urden desde oficinas ejecutivas con vistas panorámicas de la ciudad en la que se cometen.

Son tantas las películas sobre Wall Street que hemos visionado en las últimas cuatro décadas, que dichos como “detrás de una gran fortuna hay un gran crimen” o “hay que matar a X porque sabe demasiado, pero por favor, que parezca un accidente” forman parte de los manuales de las grandes estafas y desfalcos financieros.


Poseer tres casonas —no alcanzan a mansiones— avaluadas en aproximadamente $us 4 millones tiene que por lo menos parecer escandaloso ante los ojos de los de a pie que deben remar a diario, urgidos por parar la olla del almuerzo.

Un banquero ejecutivo que ha invertido semejante cantidad de dinero para vivir a cuerpo de rey es porque tiene de sobra con qué hacerlo y la ostentación es nada más que el rasgo frívolo de un estilo de vida producido por la adicción al dinero, la más devastadora de las adicciones de este siglo XXI por encima de todos los psicotrópicos juntos.


A Carlos Alberto Colodro, trágicamente fallecido en el día de la madre boliviana, le encomendaron la escabrosa tarea de investigar las rutas del dinero de un banco con nombre de error ortográfico: A estas alturas, en lugar de Fassil ya hay condiciones y hallazgos para llamarle Difissil. Y mortal.

Colodro, según informaciones generales, había construido una carrera funcionaria que le permitía un buen pasar, esto es, no necesitar trabajar para seguir transcurriendo sin sobresaltos a sus 64 años.

He aquí entonces la primera gran pregunta que no se ha hecho hasta ahora: ¿Para qué convertirse en el interventor de un banco que apesta por todos sus rincones, incluidas sus bóvedas?
La carrera de este economista nacido en Sucre llegó incluso con su firma a los billetes de nuestro sistema monetario en su calidad de Gerente General del Banco Central de Bolivia.

Acabo de revisar y la muy concisa firma del hombre en cuestión está en el papel moneda con el que nos manejamos todos los días, ese papel moneda que, según el Banco Unión, nunca llegó procedente del Fassil-Difissil en los primeros días en que Colodro tomó posesión de sus responsabilidades.

En entrevista radiofónica (programa Cable a tierra, radio Éxito Bolivia 93.1 FM) del martes 30 de mayo, la extrabajadora del banco quebrado Bisney Conde nos contó que ella, junto con algunos que fueron sus compañeros, veía cómo “salían camiones Brinks con efectivo”. ¿Cuáles eran las rutas de esos cargamentos? Nadie sabe. Nadie responde. Muy pocos preguntamos.

Según la carta-despedida del suicidado, quedó sólo, y escribió en código que lo que iba a hacer a continuación pasaba porque ya lo habían matado.

Nadie le contestaba las llamadas, “vaya uno a saber por qué”, duda que debió conducirlo a insistir conversar con sus superiores, entre los cuales destaca el director general de la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero (Asfi), Reynaldo Yujra, que en el día de la posesión del sustituto de Colodro, ni siquiera por guardar las formas, recordó las circunstancias que obligaban a nombrar a Luis Gonzalo Araoz Leaño, otro profesional con muchísimos años de experiencia de trabajo en entidades bancarias y que con lo acontecido, probablemente pedirá servicio de seguridad personal 24/7, cosa que a Colodro, ni a sus mandantes, les pareció importante solicitar.

A continuación del descubrimiento del cuerpo inerte de Colodro, estampillado en plena vía pública de la avenida San Martín, irrumpió en el escenario el abogado Jorge Valda, controvertido personaje defensor de políticos vinculados a la conspiración y al golpe de Estado de 2019.

El jueves 1 de junio nos enteramos que al hombre en cuestión que repitió hasta la saciedad para las cámaras televisivas que a su “cliente” lo habían asesinado, no fue contratado por la familia del fallecido interventor y aquí surgen más dudas: ¿Por qué la familia Colodro no fijó posición, o por lo menos no informó oportunamente que ellos no habían requerido los servicios profesionales de Valda?

Veinticuatro horas antes de su suicidio, Colodro dirigió una reunión en la que habrían participado abogados, extrabajadores, una diputada del MAS y un representante de la Defensoría del Pueblo. ¿Cuán trascendente fue esa reunión? ¿Qué se conversó en la misma? Todo indica que nunca lo sabremos.

Tiene que haber un móvil poderosísimo para que al suicidado interventor le haya reventado el alma y esto necesariamente tiene que ver con lo sucedido en el trayecto de sus 30 días de tareas. Mientras tanto, los nombres de los principales beneficiarios con los créditos vinculados ya se encuentran en el escenario público, por lo que la nueva labor interventora pasa por no perder la pista del dinero manejado por Ricardo Mertens y compañía.

La Asfi tiene mucho que contestar y las preguntas clave en esta oscura trama debieran estar a cargo del Ministerio Público. La transparencia de la información que vaya a obtenerse ya es harina de otro costal.

Julio Peñaloza es periodista

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El intocable

/ 20 de mayo de 2023 / 07:17

Eliot Ness era el héroe policial que comandaba las pesquisas contra las mafias ítalo-neoyorkinas en los años 60. Lo personificó en la televisión blanco y negro de entonces, el actor Robert Stack y en cada capítulo emitido por el canal estatal de aquel tiempo éramos testigos semanales de sus proezas contra esas familias que se repartieron la ciudad de la gran manzana para distribuir clandestinamente bebidas alcohólicas, narcotraficar y administrar negocios de proxenetismo para beneficio económico y placeres propios. De aquella serie televisiva semanal se podía advertir un halo de romanticismo: ese policía de traje, corbata y sombrero de paño con ala ancha nos contaba que todo crimen termina siendo descubierto, que la justicia puede tardar pero llega, digamos que la historia del crimen edulcorada y romantizada en ese clásico que se llamó Los intocables.
Ejercitando un largo salto hacia el siglo XXI, el mafioso estereotipado por ese espectáculo audiovisual maniqueo, se ha desdoblado en estilos. Hay mafias financieras de cuello blanco que lavan dinero procedente de actividades ilícitas. Hay mafias políticas que cobran comisiones o coimas para emprender cierto tipo de proyectos en nombre del desarrollo y del bienestar común. Hay mafias clericales, refugiadas en sombrías guaridas habitadas por enviados de Dios que han organizado sociedades secretas de pederastas, pedófilos y otras especialidades relacionadas con la violencia sexual. En fin, hay mafias especializadas hasta en los asuntos más inimaginables en tiempos del estallido tecnológico que todo lo simplifica y lo corrompe.
El año 2020 en Bolivia se instaló una mafia lacrimógena. Traficó con materiales para la represión policial. Parte de esa mafia está procesada judicialmente y detenida en un recinto penitenciario estadounidense que tiene al exministro de Gobierno Arturo Murillo como su representante más notable. Ese que cazaba masistas. Ese que decía no estar jugando y que sería implacable. Ese que inventó el “dispararse entre ellos” para eximirse de responsabilidades por las persecuciones política, judicial y mediática, y la consumación de masacres.
Murillo se convirtió en facilitador de todas las mafias que operaron durante el gobierno del que era mandamás, el de Jeanine Áñez, y que tiene a un connotado protagonista que hoy día es escribidor de un par de diarios conservadores y que un año después de haber sido botado por la presidenta de facto de su cargo de ministro, pasó a ejercer las funciones de Rector de la Universidad Católica Boliviana en Santa Cruz de la Sierra. Su nombre es Óscar Ortiz Antelo, militaba en su juventud en Cristiandad, una organización de origen brasileño que reclutaba jóvenes anticomunistas y temerosos de Dios y a estas alturas se podría decir que se trata de un verdadero mago porque a pesar de figurar siempre en las fotografías de la consolidación del golpe de Estado ejecutado entre el 10 y 12 de noviembre de 2019, hoy día nadie lo nombra, nadie recuerda que fue uno de los cerebros del asalto al poder, el más frío y calculador de la camarilla que coordinaba el no ingreso de parlamentarios masistas a la Asamblea para conseguir que Jeanine fuera presidenta vulnerando el procedimiento constitucional
Como el Eliot Ness de la televisión, Óscar Ortiz Antelo es un intocable, pero al revés, pues se encontraría en la línea de los transgresores de la ley y el orden. Transgresores es un decir porque en realidad se trataba de mafiosos. Se lo ha visto tomando café con el que fuera editor de El Deber, Juan Carlos Rocha, a media mañana de un día cualquiera en un centro comercial de la avenida Busch, Tercer Anillo de Santa Cruz de la Sierra. Su intocabilidad es tan extraordinaria que cuando se recuerda a los golpistas se menciona siempre a Camacho, a Mesa, a la propia Jeanine, alguna vez a Doria Medina, pero nunca a él. Parece que jamás hubiera estado en el balcón del Palacio Quemado detrás de Jeanine saludando a sus “pititas” ilusionados y luego defraudados por la gestión de gobierno que aceleró el retorno del MAS a través de elecciones en tiempo récord.
Óscar Ortiz Antelo estuvo en las reuniones de la Universidad Católica de La Paz cuando la jerarquía eclesiástica puso en evidencia de andar metida en política hasta el cuello. En dichos encuentros, siempre frío y discreto, se encontraba este que fuera en su momento operador del exgobernador Rubén Costas. Su actuación fue decisiva en la Cámara de Senadores, desde donde digitaba movimientos en las inmediaciones de la plaza Murillo, de civiles persecutores de masistas, policías y militares. Tuto era el hombre de “la embajada”, Camacho el paramilitar y Ortiz, el pensante que hizo a Jeanine presidenta. Hoy es el impávido jerarca académico de la universidad de los curas católicos, un portento de numerario del Opus Dei. Un intocable como nunca se vio en la historia política de Bolivia, milagrosamente invisibilizado por la santidad de monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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El intocable

/ 20 de mayo de 2023 / 06:47

Eliot Ness era el héroe policial que comandaba las pesquisas contra las mafias ítalo-neoyorkinas en los años 60. Lo personificó en la televisión blanco y negro de entonces, el actor Robert Stack y en cada capítulo emitido por el canal estatal de aquel tiempo éramos testigos semanales de sus proezas contra esas familias que se repartieron la ciudad de la gran manzana para distribuir clandestinamente bebidas alcohólicas, narcotraficar y administrar negocios de proxenetismo para beneficio económico y placeres propios. De aquella serie televisiva semanal se podía advertir un halo de romanticismo: ese policía de traje, corbata y sombrero de paño con ala ancha nos contaba que todo crimen termina siendo descubierto, que la justicia puede tardar pero llega, digamos que la historia del crimen edulcorada y romantizada en ese clásico que se llamó Los intocables.
Ejercitando un largo salto hacia el siglo XXI, el mafioso estereotipado por ese espectáculo audiovisual maniqueo, se ha desdoblado en estilos. Hay mafias financieras de cuello blanco que lavan dinero procedente de actividades ilícitas. Hay mafias políticas que cobran comisiones o coimas para emprender cierto tipo de proyectos en nombre del desarrollo y del bienestar común. Hay mafias clericales, refugiadas en sombrías guaridas habitadas por enviados de Dios que han organizado sociedades secretas de pederastas, pedófilos y otras especialidades relacionadas con la violencia sexual. En fin, hay mafias especializadas hasta en los asuntos más inimaginables en tiempos del estallido tecnológico que todo lo simplifica y lo corrompe.
El año 2020 en Bolivia se instaló una mafia lacrimógena. Traficó con materiales para la represión policial. Parte de esa mafia está procesada judicialmente y detenida en un recinto penitenciario estadounidense que tiene al exministro de Gobierno Arturo Murillo como su representante más notable. Ese que cazaba masistas. Ese que decía no estar jugando y que sería implacable. Ese que inventó el “dispararse entre ellos” para eximirse de responsabilidades por las persecuciones política, judicial y mediática, y la consumación de masacres.
Murillo se convirtió en facilitador de todas las mafias que operaron durante el gobierno del que era mandamás, el de Jeanine Áñez, y que tiene a un connotado protagonista que hoy día es escribidor de un par de diarios conservadores y que un año después de haber sido botado por la presidenta de facto de su cargo de ministro, pasó a ejercer las funciones de Rector de la Universidad Católica Boliviana en Santa Cruz de la Sierra. Su nombre es Óscar Ortiz Antelo, militaba en su juventud en Cristiandad, una organización de origen brasileño que reclutaba jóvenes anticomunistas y temerosos de Dios y a estas alturas se podría decir que se trata de un verdadero mago porque a pesar de figurar siempre en las fotografías de la consolidación del golpe de Estado ejecutado entre el 10 y 12 de noviembre de 2019, hoy día nadie lo nombra, nadie recuerda que fue uno de los cerebros del asalto al poder, el más frío y calculador de la camarilla que coordinaba el no ingreso de parlamentarios masistas a la Asamblea para conseguir que Jeanine fuera presidenta vulnerando el procedimiento constitucional
Como el Eliot Ness de la televisión, Óscar Ortiz Antelo es un intocable, pero al revés, pues se encontraría en la línea de los transgresores de la ley y el orden. Transgresores es un decir porque en realidad se trataba de mafiosos. Se lo ha visto tomando café con el que fuera editor de El Deber, Juan Carlos Rocha, a media mañana de un día cualquiera en un centro comercial de la avenida Busch, Tercer Anillo de Santa Cruz de la Sierra. Su intocabilidad es tan extraordinaria que cuando se recuerda a los golpistas se menciona siempre a Camacho, a Mesa, a la propia Jeanine, alguna vez a Doria Medina, pero nunca a él. Parece que jamás hubiera estado en el balcón del Palacio Quemado detrás de Jeanine saludando a sus “pititas” ilusionados y luego defraudados por la gestión de gobierno que aceleró el retorno del MAS a través de elecciones en tiempo récord.
Óscar Ortiz Antelo estuvo en las reuniones de la Universidad Católica de La Paz cuando la jerarquía eclesiástica puso en evidencia de andar metida en política hasta el cuello. En dichos encuentros, siempre frío y discreto, se encontraba este que fuera en su momento operador del exgobernador Rubén Costas. Su actuación fue decisiva en la Cámara de Senadores, desde donde digitaba movimientos en las inmediaciones de la plaza Murillo, de civiles persecutores de masistas, policías y militares. Tuto era el hombre de “la embajada”, Camacho el paramilitar y Ortiz, el pensante que hizo a Jeanine presidenta. Hoy es el impávido jerarca académico de la universidad de los curas católicos, un portento de numerario del Opus Dei. Un intocable como nunca se vio en la historia política de Bolivia, milagrosamente invisibilizado por la santidad de monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El cuerpo de Cristo

/ 6 de mayo de 2023 / 09:03

El sacramento de la comunión es algo así como la introducción de un chip sobre la fe cristiana en una entidad humana. Para ello, la Iglesia Católica ha inventado esta especie de certificado de compromiso que data del siglo XIII, “recibiendo a Cristo en el corazón” entre los 12 y 14 años, cuando nuestras familias nos preparan para un acontecimiento social parecido al de una fiesta de cumpleaños, en este caso, para celebrar nuestra adscripción a la fe cristiana a través de la matrix comandada desde El Vaticano.  Eso sí, el acceso a la inaugural ingesta del cuerpo y la sangre de Cristo solo es posible si se ha producido el bautismo, a poco de nacer, con los nombres que padres, madres y abuelos deciden llamarnos, y que dan fe de nuestra existencia terrenal anexada al cordón umbilical de la fe. Si nos bautizan y recibimos la primera comunión, se puede decir que quedamos graduados para siempre como católicos apostólicos romanos.

Criados y formateados en la cultura del registro civil igualado al certificado de bautismo de la parroquia en la que nos hicieron chillar con la helada agua bendita que nos vierte un sacerdote en la fontanela, transcurrimos nuestra primera década y algo más de vida, encaminados hacia la comunión, y cuando esta llega, quedan habilitadas las condiciones para decir que somos por igual ciudadanos con cédula de identidad y seres humanos de fe con nuestra comunión color azul desfile para los niños y vestidos blancos angelicales para las niñas. Sobre estos certificados religiosos no estamos en condiciones de decidir por nosotros mismos, a los pocos días de haber llegado a la vida o cuando nos aprestamos a superar el umbral de la infancia hacia la adolescencia. Son nuestros padres o custodios los que deciden que seremos católicos, que creeremos en Dios y en su enviado para salvarnos del pecado por los siglos de los siglos, y de esta manera construiremos en nuestra memoria una conciencia de culpa que conduzca a una existencia condicionada por la salvación que permite el triunfal pasaje hacia la vida eterna. Así reglamentadas las creencias, católicos y católicas practicantes han admitido que la vida no se construye en libertad y autonomía, sino que viene prefigurada por nuestros progenitores.

Para que todo esto pueda suceder, figuran las vocaciones de renunciamiento a los placeres mundanos que harán de los sacerdotes católicos, organizados en distintas congregaciones, nuestros guías y formadores humanistas. Así tendremos consejeros espirituales, trabajadores sociales y en órdenes como la Compañía de Jesús y la de los Salesianos, pedagogos, profesores, labradores del espíritu y guías para descubrir vocaciones.

Los que pasamos por las aulas de colegios católicos sabemos perfectamente que todo lo hasta aquí descrito está bien para los papeles y las apariencias, porque el descarnado mundo nos ha dado ingentes cantidades de ejemplos acerca de que los curas son tan pecadores como quienes no nos sometimos a los votos de castidad y al celibato,  y que detrás de las antiguas sotanas y los modernos cuellos clericales pueden esconderse monstruos como Pica —Alfonso Pedrajas Moreno—, un jesuita ya fallecido al que se ha puesto al descubierto por haber abusado-manoseado-violado a casi 90 niños/adolescentes en centros educativos de Cochabamba.

Para decirlo de manera estremecedora, el cuerpo de Cristo ha sido introducido en nuestras osamentas y almas con el sacramento de la comunión, para que en determinado momento, las noches cómplices en los internados de colegios y escuelas sirvan para que ese recibimiento, digamos espiritual, se materialice en una de las más aberrantes prácticas de las que podamos tener memoria en la historia de los seres humanos y sus creencias: El falocentrismo sacerdotal ha desgraciado tantas vidas infantiles y adolescentes, esas que lucharán hasta el fin de sus días para intentar superar los traumas, tantas veces sin conseguirlo.

La nauseabunda Iglesia Católica boliviana ha demorado más de 72 horas en pronunciarse acerca de este caso narrado con pelos y señales en El País de España y dicen ahora los jesuitas que han separado a ocho de sus componentes y que la investigación debe servir para encontrar a los encubridores, tan violadores por su conducta corporativa como el propio Pica.

Si no se hubiera producido el descubrimiento del caso a través de un familiar indignado, este tema seguiría enterrado en las catacumbas de la impunidad, esa misma con la que en Bolivia se auspiciaron reuniones en la Universidad Católica Boliviana para derrocar a un presidente constitucional en noviembre de 2019. Infiltrados en todos los órdenes de la vida cotidiana, de la vida laboral y en los pasadizos de los poderes político y económico, lo único contundente y definitivo que han conseguido estos curas católicos es que pongamos en profundo entredicho las promesas de un más allá paradisiaco y esplendoroso. Quienes sabemos de diosas y dioses, tenemos la obligación de combatir a estas iglesias tenebrosas hasta el fin de nuestros días.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El imperio desvencijado

/ 22 de abril de 2023 / 02:38

Llegó un día en que Washington se vistió de república bananera. Desquiciado por la derrota, al más puro estilo de las estrategias intervencionistas en nuestros países, Donald, no el pato de Disney, sino Trump, el truhán millonario arropado por los republicanos, aceptó que había que contratar especialistas en destrozos para asaltar el Capitolio cuando la victoria electoral de Joe Biden era irreversible y no quedaba otra que aducir fraude, por no decir demencia.

Deberíamos desternillarnos de carcajadas vengativas: Después de cinco décadas de producir cine neocolonial en el que latinoamericanos, asiáticos, árabes y africanos éramos estereotipados como categoría de salvajes pintorescos, ingobernables y corruptibles, llegó al poder un neoyorkino de origen alemán y estilo folklórico que a punta de negociaciones e indemnizaciones perpetradas en los garajes de sus towers sofocó rencores femeninos producto del acoso, el abuso y una dominación sexual abyecta y abominable practicada durante toda su vida de empresario todopoderoso e imbatible. Todo un portento fálico hipernacionalista que soñaba con reponer algo así como un Muro de Berlín, muy racista y antimigratorio para que mexicanos y todo tipo de sudacas la pensaran dos veces si pretendían convertirse en indocumentados en busca del “sueño americano”.

Los Estados Unidos de Norteamérica es puertas para adentro, un interesantísimo país de contrastes culturales e identitarios muy plurales. El problema surge luego del triunfo en la Segunda Guerra Mundial cuando se ingresaba de lleno en la Guerra Fría, y las élites políticas, empresariales y militares deciden que había que controlar, dominar, penetrar y si fuera necesario saquear otras tierras y otros pueblos cuanto se necesitara de ellas a partir de esa vocación extraterritorial que ha tenido como respuesta la conformación de colectivos de resistencia en los cinco continentes que comúnmente se conoce como antiimperialismo, palabra que las izquierdas social demócratas ya no pronuncian, porque en el siglo XXI parece más prudente no utilizar el lenguaje de los años 60 cuando la URSS y su satélite Cuba amenazaban la democracia, la paz y la libertad entendida e impuesta desde la Casa Blanca.

La URSS se desintegró, Rusia se reinventó con desideologización pragmática y el Partido Comunista se convirtió en un viejo recuerdo dejado por Lenin, Stalin, Kruschev, Brézhnev gracias a la Perestroika de Gorbachov, mientras la China no dejó de ser comunista en el control político del sistema, pero se hizo más capitalista y liberal transnacional que la propia Estados Unidos. Superada la hegemonía bipolar de mediados del siglo XX, resulta que ahora tenemos un mundo en que la disputa por riquezas y mercados tiene como mandamases al ochentón Joe Biden, representante de la gerontocracia del bipartidismo gringo; a Xi Jinping, que concentra el manejo político como Secretario General del Partido Comunista, el poder militar y la expansión económica mundial asiática, y a Vladimir Putin, un experto en inteligencia y espionaje que no ha dudado medio segundo en plantarle una guerra a Ucrania y a toda la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), manejada por Estados Unidos.

En este nuevo contexto internacional, el imperialismo norteamericano quiere recuperar su vigor debilitado por la nueva correlación geopolítica planetaria, utilizando la vieja fórmula: Gravitación económica a través de sus resortes crediticios, penetración política militar y recuperación de la iniciativa para volver a hacerse del control de nuestros recursos naturales que hoy consisten, fundamentalmente, en petróleo, agua, litio y ese pulmón biodiverso cada vez más amenazado llamado Amazonía.

Estados Unidos quiere volver a hacer de las suyas en nuestra América morena, pero se va encontrando con líderes respondones que le hacen muy pedregosa y infranqueable esta nueva incursión que tiene a personajes como la generala Laura Richardson, cabecilla del Comando Sur, y a Mark Wells, el secretario para Brasil y Sudamérica del Departamento de Estado, en una estrategia combinada de ataque y tanteo. La una recordándonos nuestra condición irreversible de patio trasero y el otro justificándola por “descontextualización”, utilizando viejas recetas, argumento perfecto para desplegar nuevamente nuestras banderas antiimperialistas.

Desvencijado, pero no muerto, el imperialismo norteamericano compite hoy con China y Rusia en desigualdad de condiciones, debido a que a dichas potencias no les interesa imponer ministros, comandantes militares y menos agentes y activistas anticomunistas, porque el mundo ha cambiado. Lo que a chinos y rusos les interesa es hacer negocios, invertir para ganar, sin meterse con las soberanías y las autodeterminaciones nacionales, fórmula sencilla que evidencia cuán actualizada es la lectura del mundo de unos, frente a la anacrónica política estadounidense porfiada en imponer recetas que no encajarán más en los tiempos que corren. Por eso, seguimos siendo antiimperialistas y en esa convicción a quienes más debemos combatir es a sus obedientes agentes locales.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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