Voces

Tuesday 9 Aug 2022 | Actualizado a 06:37 AM

La nostalgia zarista de Putin

/ 8 de enero de 2022 / 01:41

En estos días en que se conmemora el trigésimo aniversario de la implosión de la Unión Soviética (26 de diciembre de 1991) ocurrió algo extraordinario que, además del impacto social, conlleva singular gesto político de vasta significación: la boda imperial del archiduque Georges Mikhailovich (40) —un descendiente del zar Nicolás II— con la italiana Rebecca Bettarini (39), connubio al que 1.500 invitados acudieron perifollados a la catedral de San Isaac, en San Petersburgo. Este episodio simboliza el retorno de los Romanov, 104 años después de que el último zar fuera ejecutado en Ekaterimburgo, en 1918, junto a la zarina Alejandra y sus cinco hijos. En un régimen vertical como el que rige la Federación Rusa, nada sucede sin la venia oficial del presidente, se hace evidente que este juzgó oportuno urdir la reconciliación de la nueva Rusia con las notorias tradiciones protagonizadas por aquella familia que dominó el imperio por más de 300 años y que el bárbaro celo bolchevique pretendió erradicar matando incluso a sus inocentes infantes. Irónicamente, ahora, el casamiento fue organizado bajo los ritos ortodoxos y los cánones del protocolo real de otros tiempos. Para esa jornada, se desplazaron monarcas desempleados de las casas reales de Europa entera, ataviados de levita y/o de vistosos uniformes, logrando que San Petersburgo reviva sus luces de la otrora capital imperial.

La figura mayormente visible de los Romanov fue la repleta archiduquesa Maria Vladimirova (68), quien nacida en Madrid es la decana familiar, aunque estén con vida al menos seis pretendientes al imaginario trono moscovita. El escenario parece ser resultado de acuerdos confidenciales del Kremlin con aquel ostentoso clan, por cuanto Putin, al cabo de 21 años de ejercicio omnímodo del poder, desea consolidar un Estado que, sobre los vestigios de la Unión Soviética, pueda ofrecer al pueblo la visión de nación sólidamente amalgamada con las viejas tradiciones de la Santa Rusia, con Vladimir Putin a la cabeza de ese renovado dominio. Como en agosto de 2000, el Concilio Episcopal canonizó al zar y su familia asesinada, se explica mejor la aproximación del presidente con la Iglesia Ortodoxa y sus constantes referencias a la pérdida del poderío soviético como “la más grande catástrofe histórica del siglo XX”. Esas dos señales muestran la irrefrenable añoranza del nivel perdido de superpotencia. A ello obedecen sus aventuras militares de la reconquista de Crimea y la penetración de Ucrania por el Dombass, además del actual despliegue de fuerzas militares en su frontera con aquel país.

Estudiando los orígenes de Putin, su prosapia comienza en la vertiente de sus padres obreros, pero yendo más atrás se sabe que su abuelo Spiridion Putin habría oficiado como cocinero de la familia Romanov, para luego de la Revolución reciclarse en la misma ocupación bajo Lenin y Stalin.

Nacido en 1952, sin ser lúcido estudiante se enroló en el servicio secreto (la KGB) hasta llegar al grado de teniente coronel y espiar en Dresde, donde lo abrumó la caída del muro de Berlín. De retorno a Rusia, siguió fulgurante carrera hasta que el presidente Elsine lo catapultó al cargo de primer ministro, para luego ser elegido por cuatro veces presidente de la federación. Pero solo el poder personal no le satisface en aquel país poco solvente, por ello se empeña en que Rusia fortalezca su potencia militar y extienda su influencia geopolítica hasta los límites de la antigua Unión Soviética. La ambición de Putin podría ser pregonar las glorias de la época zarista ensamblándolas con sus propios logros y llegar a sus 84 años (reelecto como todo autócrata) hasta 2036, término constitucional de su mandato, legando un Estado moderno, actor ineludible en la escena internacional y una renovada autoestima para los rusos. Contando ya con el aval de la influyente Iglesia Ortodoxa, le faltaba la bendición de los herederos del zarismo y con la anuencia de los Romanov en esos fastuosos esponsales, espera se absuelvan los pecados revolucionarios y se inicie una fresca era en la patria donde Vladimir sea el zar de todas las Rusias.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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París en este verano

/ 6 de agosto de 2022 / 03:24

La canícula imperante hoy en Francia no detuvo el ímpetu de los 80 millones de turistas que —en promedio— visitaban anualmente este maravilloso país, aunque la pandemia del COVID-19 mermó por dos años consecutivos esa cifra. Naturalmente, es la ciudad-luz el punto más alto del destino turístico, pero 2022, por causa del calentamiento global que provoca una dramática sequía, marca la notable diferencia. Como sucede habitualmente, la invasión de vacacionistas americanos es la más notoria en las calles y plazas parisinas y para quienes vivimos alrededor de la Torre Eiffel, el escenario se repite: damas arropadas en ampulosas faldas floreadas, peatones ataviados de camisas hawaianas, calzones cortos, sandalias, anteojos solares y un plano de la ciudad en los dedos. Caminan en pareja, a veces con niños que siguen a sus padres apurados por llegar a sitios marcados tales como museos, iglesias medievales, restaurantes baratos y tiendas repletas de souvenirs coloreados “made in China”. En estos días estivales, la afluencia de jóvenes veinteañeros es manifiesta: rubias, morochas o pelirrojas, con shorts redundantemente cortos exhiben bellas piernas que al llegar irradian esa blancura eclesiástica y al partir un bronceado de tentación infernal. También se encuentra a raudales matrimonios, obviamente jubilados, que agarrados de la mano recorren los monumentos tomándose fotos con el inefable celular como testimonio de haber cumplido el deseo harto acariciado de conocer la legendaria Lutecia, confirmando aquello que decía Oscar Wilde: “La gente buena va al paraíso y los americanos buenos a París”.

Una gentil parejita me abordó y me pidió consejo para programar su estadía limitada a solo siete días en la capital, grave compromiso que pese a mi larga vida parisina aún no completé de conocer todo ese mundo inmenso que es la más bella y enigmática megápolis del planeta. Con riesgo, les adelanté mis prioridades: solo ver y no subir a la Torre Eiffel, caminar por el Trocadero hasta los Campos Elíseos y contemplar el Arco de Triunfo. Almorzar en el restaurant Fouquets y hacer window shopping en las elegantes boutiques aledañas. El segundo día recorrer el Museo del Louvre, saludar a la Mona Lisa y a la Venus de Milo, en la noche concurrir al cabaret del Lido, y sorber una flauta de champán. El tercer día tomar el bus 69 hasta el cementerio de Pere Lachaise y descubrir decenas de notables bajo sus mausoleos y placas, convertidos en polvo, mas tarde tomar el té en Les deux Magots del barrio latino, frente a la iglesia de Saint Germain des Pres y cruzando el Boulevard Saint Michel seguir hasta Notre Dame, en el trayecto comer en un bistró griego de la rue de la Huchette.

El cuarto día, subir por funicular hasta el templo de Sacre Coeur y andar por las callejuelas de Montmartre, saboreando —al paso— alguna crepe bretona, bajar hasta la plaza Pigalle y entrar al show del Moulin Rouge. El quinto día pasear por el Marais, la plaza de Vosges, escudriñar la zona judía, el museo Picasso y tolerar las parejas LGBTQI en profusión que hicieron de ese barrio su favorito bastión. Más tarde revistar la supertienda Samaritana, legendario mega-almacén recientemente renovado. Al caer la tarde ir a la Opera, así sea de visita externa degustando un expreso en el Café de la Paix.

El sexto día, rendir homenaje a Napoleón, en su tumba de Los Inválidos, recorrer el Museo Militar y al salir cerca, atisbar el Museo Rodin. En la tardecita, servirse una sopa de cebolla en el Café La Esplanade rociada de un blanco Sancerre, a pocos pasos, atravesar el hermoso puente Alejandro III y en el Sena abordar un Bateau mouche y navegar por el río, contemplando de noche los monumentos parisinos iluminados.

El último día ir a los bosques de Bolonia, caminar por sus innumerables senderos y rematar en el Pre Catalán, para un almuerzo de calidad. Salir del bosque, antes del anochecer porque la ocupación de mariposas nocturnas en profusión de nacionalidades, gustos y costos, crearán una innecesaria confusión.

Terminar la noche de despedida cenando en el Café La Coupole de Montparnasse, admirando su decoración belle epoque.

Después de esa rapidísima gira, es recomendable reservar sitio en el avión para retornar en la próxima vacación y conocer otras aristas de París.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Motín en la legendaria Ceilán

/ 23 de julio de 2022 / 02:25

La descolonización trajo aparejada la noción de trocar el nombre instaurado por los sucesivos invasores portugueses, holandeses y británicos con la toponimia nativa y así como el Congo se convirtió en Zaire, la Costa de Oro en Ghana, Ceilán al acceder a la independencia conservó en 1972 su adhesión a la Mancomunidad Británica, bajo el título de República Democrática Socialista de Sri Lanka, adoptando como lengua oficial el sinhala tamil. Hace pocos días la población esrilanquesa encolerizada por el alto costo de la vida, la escasez de alimentos básicos, de electricidad, de medicinas y de combustibles, se volcó a las calles de Colombo, para ocupar la casa presidencial y castigar al presidente Gotabaya Rajapaksa, cuyo clan familiar controla el mando desde 2005. Acusado de corrupción, el septuagenario huyó precipitadamente vía las Maldivas hasta Singapur, presa de pánico ante la incontenible ira popular, síndrome conocido, también, entre los detentadores de la reelección indefinida. Obligado a renunciar, el vacío de poder sería llenado bajo la norma constitucional, para que su sucesor, el primer ministro Ranil Wickremesinghe, enfrente la dramática situación de ese Estado financieramente quebrado, hasta la decisión formal en el Parlamento.

Ese episodio me trajo el recuerdo de mis visitas a esa hermosa isla en el océano Índico, cuando en 1974 ejercía la secretaría general de la Asamblea Mundial de la Juventud (WAY) y, en tal carácter promovía proyectos de cooperación al desarrollo. Entre ellos el progreso de las “Cien aldeas” regentado por la Sarvodaya Shramadana, un movimiento popular dirigido por el trabajador social A.T. Ariyaratne, joven entonces y ahora un mítico patricio de 90 años. Fue él mi ilustre anfitrión, quien organizó la inusitada experiencia de pernoctar dentro de la silvestre profundidad cingalesa en su bastión de Bandarawella, donde fuimos —una noche— embestidos por una manada de elefantes salvajes que en su rauda estampida destrozaron gran parte de la precaria vivienda, soslayando, por suerte, nuestra presencia.

Años más tarde, en 1980, volví a Sri Lanka, como diputado, a la reunión anual de la Unión Interparlamentaria Mundial, junto al senador tarijeño William Bluske Castellanos, con quien tuvimos la grata sorpresa de saber que una de las lucidas intérpretes, Silvia Ávila, era de nacionalidad boliviana.

En ambas visitas constaté que Sri Lanka conservaba admirable armonía de convivencia pacífica entre las comunidades budista 70% (la mayoría), hindú 12 %, musulmana 9 % y cristiana 6%, salvo los cruentos enfrentamientos durante la guerra civil que por 25 años (1983-2009) sostuvo el gobierno central contra el brazo separatista del Tamil Eelam (LTTE) de los tigres tamules, conflicto que causó cerca de 100.000 muertos.

Alejada de tan solo 30 kilómetros de la costa de la India, es inevitable la influencia de ese gigante geopolítico de 1.300 millones de habitantes sobre la pequeña isla de tan solo 22 millones de moradores. Sin embargo, la política exterior esrilanquesa mantiene un sano equilibrio de no alineamiento.

Las causas de la crisis actual se deben al mal manejo de la economía y a factores externos adversos como la pandemia del COVID-1; la disminución drástica del turismo, principal fuente de divisas; la veda de importaciones de fertilizantes químicos, lo cual influyó en el decremento de su producción agrícola; la reducción de exportaciones de ropa manufacturada allí (maquila); todo ello absorbió la reserva de divisas, aumentando sus préstamos del Fondo Monetario Internacional hasta alcanzar los $us 54.000 millones, impagos desde abril último, lo que precipitó su declaratoria en default. Entonces, sin posibilidades de importar petróleo, alimentos ni medicinas, es el catastrófico escenario para la insalvable crisis política que padece la otrora legendaria Ceilán.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Francia en su laberinto

/ 9 de julio de 2022 / 02:03

La democracia en su magnífico esplendor acarrea situaciones que pueden poner en riesgo su propia estabilidad, como aconteció con el inusitado resultado de las elecciones legislativas realizadas el 19 de junio último. Cuando el presidente Emmanuel Macron fue reelegido el 24 de abril con el 58,5% se pensó que podría conservar, holgadamente, la mayoría de los 345 asientos (de un total de 577) que disponía su partido en la Asamblea Nacional, por cuanto además había añadido tres agrupaciones pequeñas a su frente electoral. Tan seguro estaba de su caudal que descuidó la campaña para alternar con sus obligaciones de presidente pro tempore de la Unión Europea y viajar constantemente en ese empeño. Es más, en la geometría política la extrema derecha representada por el RN (Rassemblement national) se neutralizaba mutuamente con la concentración de izquierdas NUPES (Nueva Unión Popular y Social), empujando hacia el centro a Juntos (Ensemble) del macronismo. Eso, en supuesta teoría, pero se menospreció la presencia en las urnas de ciertas entidades residuales como los republicanos (64 asientos) y otros que en el cómputo final probaron detentar aun el aliento vital de los 41 votos que le faltan a la “macronía” para lograr la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. De acuerdo a esta contabilidad: Ensemble (Macron), 248 diputaciones; NUPES (Jean-Luc Mélenchon) 131; RN (Marine Le Pen) 89; LR (republicanos) 61. Ese déficit fatídico es el que Macron trata de subsanar, sea cautivando grupos que se disgreguen de las alianzas meramente electoreras o pactando con otras tiendas políticas proclives a apoyar puntos programáticos que Macron pretende hacer aprobar por el Parlamento durante este su segundo mandato. Hasta el momento ningún grupo opositor se mostró inclinado a apoyar al Presidente, quien apuntó como opción alternativa llegar a consensos caso por caso.

Los esfuerzos aritméticos para sumar votos se tornan tan difíciles que algunos analistas se alarman ante la posibilidad de un bloqueo parlamentario a la ejecución gubernativa. En efecto, la V República, no obstante ser un régimen presidencialista, otorga al Parlamento amplios poderes para frenar iniciativas del Ejecutivo que no cuenten con la mayoría requerida. Sin embargo, en casos extremos el presidente tiene la facultad constitucional de disolver la Asamblea Nacional y convocar a nuevas elecciones. Macron ejerció sin sobresaltos su primer periodo (2017-2022) con un estilo vertical que imprimía su sello personal en toda decisión oficial. En realidad, la Constitución establece que el Presidente, preside, pero la responsabilidad estatal recae en el Primer Ministro, quien sin el voto de confianza congresal podría ser defenestrado. Igualmente, para reemplazarlo, la aprobación parlamentaria es ineluctable, siendo este requerimiento otro escollo para Macron en su debilidad actual. El problema radica en ¿cómo conciliar la legitimidad presidencial con la legitimidad parlamentaria?

En el frente externo, también surgirán problemas, por ejemplo, tanto el líder insumiso Jean-Luc Mélenchon como Marine Le Pen del RN tienen nexos de simpatía con Putin y son contrarios a los efectos de la globalización y críticos a los dictámenes de la Unión Europea, a cuyos dirigentes —ahora— les preocupa una posible inestabilidad francesa, en momentos en que la guerra en Ucrania exige férrea unidad del continente, ante la incertidumbre de la irrupción de situaciones bélicas mucho más graves.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Otro cuadro geopolítico en América Latina

/ 25 de junio de 2022 / 02:53

El triunfo de Gustavo Petro en Colombia altera seriamente el mosaico político en la región, donde ahora la izquierda variopinta apunta como posible mayoría. Sin embargo, los elegidos no siempre profesan el mismo ideario ni los electores los han escogido por iguales motivos. Revisemos los estados de situación y los atributos o defectos de los mandatarios de los países afectados:

México: Su proximidad con los Estados Unidos le otorga un poder de negociación privilegiado que aprovecha Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) para ejercer una diplomacia híbrida con etiqueta progresista cuando conviene y sumisa a Washington mientras fluyen los dólares.

Honduras: Fiel esposa de Manuel Zelaya, su defenestrado marido, Xiomara Castro (2022- 2026) implementa puntualmente sus instrucciones, con abnegada domesticidad victoriana. La dama se peina —obviamente— con la mano derecha y se despeina con la izquierda.

Nicaragua: La pareja Daniel Ortega-Murillo (2007-2027) es el amasiato infernal que oprime a su pueblo con una nefasta tiranía sin ejemplo. Todo opositor que se manifiesta es de inmediato encarcelado y las protestas se reprimen con sangre.

Cuba: Escapa a la clasificación “izquierdista” porque allí se instauró un modelo que funciona hace 62 años y Miguel Díaz-Canel (2018-2023) es el cumplido arlequín de aquella gerontocracia revolucionaria, en vías de extinción.

Venezuela: Es el más triste paradigma de ese “progresismo” —simbiosis de discurso callejero y corrupción cotidiana—, pues sin el carisma de Hugo Chávez, Nicolás Maduro (2013-2024) es como el elefante en una cristalería. Últimamente entró con estruendo al club de los parias del mundo y su mayor angustia es probar su inocencia frente a sus supuestos narcovínculos. El petróleo le resultó útil moneda de cambio con el Imperio.

Argentina: Alberto Fernández (2019-2023) podría decir “mi reino por una foto” por cuanto despotricando contra la reciente Cumbre de las Américas, se abrió paso a codazos para posar junto al presidente Biden, ocultando previamente igual fotografía tomada con Vladimir Putin, en Moscú, un mes antes.

Perú: Inclasificable en la geometría política, Pedro Castillo (2021-2026) dejó en su enorme sombrero las propuestas libertarias con las que triunfó en las elecciones. Ahogado en acusaciones de corrupción su vida presidencial pende de un hilo, en manos del Congreso.

Chile: Con su impecable victoria para conquistar el Palacio de la Moneda, Gabriel Boric (2022-2026) ensaya ser tomado en serio y se desmarca de compañías “progres” inconvenientes. Inicia su periodo sin aparentes imprudencias, pero sin dejar la demagogia discursiva destinada a la calle.

Bolivia: La administración de Luis Arce Catacora (2021-2025) es cautiva del poder que aún detiene el expresidente Evo Morales y su inclinación hacia la izquierda limita con la política económica en vigor. Profesor universitario, debería recuperar su autonomía de gestión y declinar la tutela chapareña.

Colombia: Acaba de ganar el exguerrillero Gustavo Petro (2022-2026), que desea desmontar —en el frente externo— la armadura prooccidental construida en décadas y al interior, paliar la pobreza, erradicar la corrupción y la violencia imperantes. El 7 de agosto, día de su posesión, debería evitar la presencia de huéspedes controvertidos. Cuestión de imagen.

Otras naciones latinoamericanas como Brasil, Uruguay, Costa Rica, El Salvador, República Dominicana, Paraguay y Ecuador escapan a la categoría “progresista” y son más bien gobiernos de administración normal, salvo las ocurrencias del presidente Bolsonaro, que podría perder las elecciones de octubre frente a Lula, su némesis favorito o las extravagancias del presidente salvadoreño Nayib Bukele (2019-2024), quien fumiga a las pandillas y adopta el bitcoin como moneda nacional.

En resumen, el avance del populismo de izquierda se debe en realidad a la protesta antisistema, incapaz de resolver los problemas de la pobreza extrema, del desempleo, de la inseguridad y de la impunidad ante la corrupción, particularmente del narcotráfico.

Lejos están en aquellos países las bases de la democracia: estado de derecho, justicia independiente, libertad de prensa e igualdad de oportunidades. Todo ello conlleva a la opción tentadora de la autocracia con la modalidad totalitaria de la reelección indefinida.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Colombia, del orden a la incertidumbre

/ 11 de junio de 2022 / 01:44

Es un hermoso país, cuna del realismo mágico donde todo parece ser hiperbólico. Desde el premio Nobel Gabriel García Márquez, pasando por el mayor narcotraficante del mundo Pablo Escobar o el legendario combatiente Manuel Marulanda Vélez que lideró la guerrilla más antigua del planeta y murió en su cama a los 78 años, hasta el 19 de junio venidero en que se podría elegir a Rodolfo Hernández como el presidente más viejo de su historia porque llegaría al Palacio de Nariño con 77 otoños patriarcales si logra derrotar a su contrincante Gustavo Petro (62), antiguo guerrillero y exalcalde como él.

Colombia, también presume el récord —en la región— de su democracia centenaria, salvo el interregno (1953-1957) del general Gustavo Rojas Pinilla. Ciertamente que brotes de violencia marcaron con sangre su vida republicana tanto en la arena política como en la contienda protagonizada por los cárteles de la droga, tráfico en el que Colombia además ostenta el triste galardón de ser el proveedor del 70% de la cocaína consumida en el mundo.

Comparto la duda de los 21 millones de la colombianidad que, al depositar su voto, se preguntarán ¿quiénes son realmente los titanes de ese singular duelo?

Copio la impresión de un lúcido analista que los describe así: “Petro, es un populista de izquierda, elocuente, pseudo-intelectual y sofista. Hernández es un populista de derecha, elemental, ramplón y folclórico”. Mejor resumen no podía caber en pocas líneas. Escuché atentamente los discursos de Petro y, efectivamente, tiene lustre de hombre letrado, con ilusiones románticas de implementar, si fuera presidente, la añorada justicia social en un país con evidentes desigualdades. También me divertí siguiendo en vivo y en directo las entrevistas ofrecidas por don Rodolfo Hernández, hábil comunicador, que se exhibe con camisetas informales, usando un léxico callejero con ese universo vocabular al alcance de los millones de votantes que desea conquistar. Genuino self made man, amasó su cuantiosa fortuna con tesonero trabajo construyendo miles de casas para los pobres, pero cobrándoles puntualmente sus créditos otorgados directamente, prescindiendo de los bancos. Su bandera de lucha es el radical combate contra la corrupción y su lema es acabar con los politiqueros a quienes desprecia porque roban los denarios fiscales, sea con la mano izquierda o la derecha. Es el triunfador que aplastó a los partidos tradicionales, con su prédica populista. Y, casi como en Macondo, a quien apostrofan como viejo es hijo predilecto de su madre que, a los 97 años, luce pistola al cinto y corre a pura bala a los bandidos que merodean su finca.

En cambio, Petro fracasó en la lucha armada y su conversión a la democracia le regaló esa tercera oportunidad de pugnar el balotaje definitorio, aunque su oferta electoral solo convence a los conversos a cuyo techo ya llegó, contando con escasas posibilidades de alcanzar la cantidad de votos anhelada. Por ello, quizá consciente de su inminente derrota, Petro propuso a Hernández el pacto de cohabitación, en un gobierno de unidad nacional que, obviamente, el astuto provinciano no aceptó porque sería un amasiato contra natura.

Los cuatro años que le pueden esperar al postulante Hernández no serán fáciles, incluso con el concurso de las mejores personalidades con las que desea gobernar. Desairado Petro en su ofrecimiento nupcial, probablemente fomentará el evidente fermento de descontento social entorpeciendo la gestión de Hernández, quien por añadidura padece de insalvable orfandad parlamentaria.

Por el contrario, la implementación del atrevido programa gubernamental de Petro asustaría al poderoso sector empresarial, columna vertebral de la economía nacional y provocaría fuga de capitales, aumento del desempleo y el asecho del crimen organizado.

Como los colombianos no tienen la flema británica, se excluye aquello de confiar en una “leal oposición al gobierno de Su Majestad”, entonces el retorno a la violencia no puede darse por descontado.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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