Voces

viernes 21 ene 2022 | Actualizado a 20:16

Un diálogo sobre el poder

/ 10 de enero de 2022 / 02:03

En una conversación entre los filósofos franceses Gilles Deleuze y Michel Foucault, sucedida a comienzos de los años 70, y publicada bajo el título —en español— de Un diálogo sobre el poder, Foucault señala que en los grandes momentos de crisis de la justicia —es decir de crisis de credibilidad en los jueces, corrupción en los tribunales y abusos en las prisiones— lo que él percibe no es el pedido de mejora del funcionamiento de la institución judicial, sino la denuncia de un ejercicio abusivo del poder. Y no es que antes de esta visibilidad de este ejercicio abusivo del poder existiera un ejercicio no abusivo del poder, sino que hasta antes de ese momento el Derecho y sus instituciones hacían pasar ese ejercicio abusivo como algo normal, es decir que se justificaba, y con ello, se legitimaba el ejercicio de poderes tan abusivos y mórbidos como el de la cárcel. No debe olvidarse que cuando Foucault protagoniza esta conversación estaba a punto de crear un grupo de información sobre las prisiones llamado GIP —por sus iniciales—.

Pero volvamos a la conversación entre Deleuze y Foucault. La crisis de justicia no es una crisis de las instituciones jurídicas, sino una crisis del ejercicio de poder, el cual se vuelve escandalosamente abusivo, visible y cínico, imposible de ser contenido por el discurso leguleyo del Derecho. Si bien se pensará que el problema trata sobre la necesaria reforma del Derecho, lo que se pone en cuestión no son en sí las instituciones jurídicas, sino las prácticas y las maneras en las que se practica el poder. No es el Derecho lo que está novedosamente mal —en realidad siempre lo estuvo—, sino son las prácticas las que visibilizan lo irracional del sistema jurídico.

Tanto para Deleuze como para Foucault, el poder es algo relacional, algo que fluye. Nadie, hablando con propiedad, es su dueño. El poder si existe es en acto. Dicho de otra manera: el poder se ejerce. Por ello, el ejercicio de poder puede rebasar el camino predeterminado de su práctica y, en ese rebalse debido a su ejercicio, volverse obsceno y terriblemente visible. Eso trae una vez más la reflexión hecha antes. No es que el ejercicio de poder alguna vez haya sido amable, sino que la predeterminación de su flujo lo hacía tolerable —o justificadamente legal—, pero cuando el ejercicio de poder sobrepasa esta predeterminación y, en consecuencia, se vuelve obscenamente visible, la resistencia al mismo tendrá como punto de partida una denuncia al sistema judicial y los extraños pedidos de reforma a la justicia.

Entonces, para Foucault la crisis de la justicia no es algo a resolver con proyectos de ley, o reformas constitucionales o legislativas, el problema es otro y se trata en sí de un síntoma: la falta de legitimidad en el ejercicio del poder.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Nino

/ 29 de noviembre de 2021 / 01:39

Hay una cita referida por el jurista argentino Carlos Santiago Nino que quisiera transcribir para ustedes.

“Una vez un grupo de empresarios argentinos comentaron a un colega japonés que a pesar de que sus utilidades eran infinitamente inferiores a las de los hombres de empresa del Japón, de hecho, eran más ricos, puesto que pagaban menos impuestos y tenían más posibilidades de realizar una vida más holgada. El interlocutor solo replicó que uno no es rico solo por la disponibilidad individual de bienes sino por la calidad del medio social en donde vive, y que el empresario japonés que comparte el transporte subterráneo con sus empleados es indudablemente más próspero que su análogo latinoamericano que transita en su Mercedes por calles plagadas de escenas de miserias y de violencia. Es importante tratar de articular cuál es la concepción ética que puede estar detrás de esta réplica”.

Pienso que Nino, en esta cita, cuestiona la importancia de la organización social y política. Si partimos de la idea de que es valiosa la autonomía de todos los individuos, deberíamos aceptar de que todos deben gozar de una autonomía igual o que nuestra autonomía no debería de lograrse a costa de la disminución de la autonomía de otros. Pero, para lograr aquello, son necesarias condiciones fácticas, es decir condiciones de una organización social y económica igualitaria, pues los derechos que protegen nuestros bienes no solo se vulneran por acciones sino también por omisiones, entre las que se encuentran las de no proveer a los demás los recursos necesarios para que tengan igual probabilidad que nosotros de llevar a cabo sus proyectos de vida. Con esta argumentación podemos decir que una organización social y política que proteja la autonomía de todos los individuos debe ser concebida como un esquema de cooperación de mutuo beneficio para todos, así el Estado, visto como la institución de cooperación mutua, se convierte en el recipiente de los recursos que estamos obligados a poner a disposición de nuestros semejantes para que todos tengan la oportunidad de realizarse como seres libres e iguales.

En otro libro de Nino llamado Un País al margen de la Ley, se pone en juego la tesis de la anomia boba, que supone un conjunto de acciones colectivas autofrustrantes para los propios agentes que las ejecutan. Y es que no se trata solo de pensar que la organización política lo soluciona todo, pues esta organización se levanta sobre una organización social previa. En el fondo son seres humanos los que habitan las instituciones del Estado, y si son ellos los que se auto-sabotean en la construcción de una sociedad más igualitaria, no esperemos de las leyes soluciones que se encuentran más en una reflexión de quiénes somos y cómo somos.

Un gran pensador fue Carlos Santiago Nino.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Los usos de la nostalgia

/ 15 de noviembre de 2021 / 02:01

Nostalgia es un neologismo creado, a partir de los términos griegos nostos (volver) y algos (dolor), por el médico suizo Johannes Hofer en 1688 para describir una enfermedad con síntomas complejos, como la fiebre, el pulso irregular y los dolores de cabeza. La causa de esta enfermedad era el destierro o alejamiento que los soldados suizos sentían cuando abandonaban el país. Otro médico llamado Theodor Zwinger publicó una tesis en 1710 argumentando que era cierta canción llamada Renz des vaches la que desencadenaba la enfermedad en los soldados suizos. Incluso Jean Jacques Rousseau señaló, en sus escritos de música, que esa melodía se prohibió bajo pena de muerte, porque hacía llorar, desertar o morir a los que la escuchaban. En la novela Heidi, escrita por Johana Spyri (que fue muy popular por la serie japonesa de televisión), el personaje Heidi lloraba cuando la escuchaba. Los diccionarios contemporáneos nos dicen que la nostalgia es una tristeza originada por el recuerdo respecto a la lejanía de algo que hemos perdido.

La escritora rusa Svetlana Boyn, en su libro que lleva por título El futuro de la nostalgia, nos dice que la misma se presenta de dos formas distintas: la nostalgia reflexiva y la nostalgia restauradora. El nostálgico reflexivo extraña el pasado, pero sabe que hoy, eso que extraña, está en ruinas o se ha vuelto irreconocible, en consecuencia, siente que el pasado es imposible, pues no puede volver a él, solo le queda recordarlo. El nostálgico reflexivo puede aceptar que el pasado no fue glorioso, sino que también fue terrible, y que, dadas las condiciones presentes, sería imposible restaurarlo. El nostálgico reflexivo podría extrañar la paz de un almuerzo sin teléfonos celulares sonando, pero sabe que ello también supondría que las personas no podrían comunicarse y estar informadas en tiempo real gracias a esos dispositivos.

El nostálgico restaurador tiene un pathos distinto, si bien mira el pasado y llora por su pérdida, tiende a llenarlo de mitos y de historias fantásticas, es decir toma el pasado para llenarlo de monumentos fundadores y muchas veces no reconoce entre lo que ha ficcionalizado y lo que de verdad ha sucedido. En suma, no reconoce que el pasado pudo haber tenido sus inconvenientes. El nostálgico restaurador cree que ese pasado idealizado puede ser posible, y en base a ello, levanta proyectos políticos. En esta búsqueda encuentra al enemigo que se ha interpuesto entre el pasado glorioso que estando en curso fue desviado o detenido y propone su eliminación.

Entonces, los usos de la nostalgia pueden ser reflexivos y así aprender del pasado desde el presente, o pueden ser políticamente restauradores y olvidar el pasado para reemplazarlo por la versión de algún sueño americano que no se ha realizado.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Derecho penal en clave democrática

/ 1 de noviembre de 2021 / 03:48

El fundamento de un Derecho Penal en clave democrática y ciudadana debe cambiar la pregunta: ¿cómo nos gustaría que traten a los que posiblemente cometieron un delito? A la siguiente pregunta: ¿cómo nos gustaría ser juzgados si se nos acusa de haber cometido un delito? Si pensamos en que nosotros o nuestros seres queridos podrían ser juzgados penalmente por un delito que posiblemente no cometieron, entonces se puede comprender por qué es necesario tratar como inocente a la gente que no tiene sentencia y por qué es necesario que el proceso penal no sea un castigo anticipado.

La CPE apuesta por comprender al Derecho Penal como un sistema limitado. Conforme a lo dispuesto en el artículo 114, se prohíbe toda forma de tortura, desaparición, confinamiento, coacción o exacción. El sistema de penas se resume a sanciones privativas de libertad, siendo la máxima de 30 años sin derecho a indulto, y que solo puede aplicarse a condición de ser oído y juzgado previamente en un debido proceso (artículo 117), a condición de tratar al acusado durante todo el proceso como inocente (artículo 116) y con la condición además de que la sanción se funde en una ley anterior al hecho punible (artículo 116). Asimismo, el parágrafo III del artículo 118 establece que las sanciones privativas de libertad están orientadas a la educación, habilitación e inserción social de los condenados, con respeto a sus derechos, en concordancia con lo establecido en el artículo 74 que establece la responsabilidad del Estado en la reinserción social de las personas privadas de libertad, así como el respeto de todos sus derechos, además de establecer las garantías y oportunidades para que las personas privadas de libertad puedan trabajar y estudiar en los centros penitenciarios. Es decir, la CPE presenta las posibilidades para pensar un Derecho Penal descentrado de la función de venganza propio del sistema penal clásico.

Al momento de descentrar la función de venganza, un Derecho Penal democrático y ciudadano debería evitar ingresar en áreas que pueden ser tratadas por el Derecho Civil o el Derecho Administrativo. Asimismo, el sistema penal debería evitar ser tomado como una amenaza del Estado o como el uso del poder punitivo público para venganzas personales y empezar a pensarse como un servicio a la comunidad, como una herramienta de utilidad a la comunidad (pensada, debatida y deliberada por la comunidad) y no de amenaza a la misma. Es decir que el Derecho Penal debe ser concebido como de ultima ratio o de mínima intervención.

Las penas deben dejar de ser una materia que es tratada y aplicada por verdugos en busca de venganza o control político, y deben ser parte del debate ciudadano por un nuevo Derecho. La CPE boliviana brinda las posibilidades para repensar estas condiciones.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Una sensación extraña

/ 18 de octubre de 2021 / 00:25

Una de las novelas de Orhan Pamuk se titula Una sensación extraña. Su argumento gira en torno a mostrar un sentimiento que ningún término puede atraparlo. La novela retrata la vida del turco Mevlut Karata. En las primeras páginas narra la manera en la que Mevlut se enamora de una joven a la que miró una sola vez en una fiesta de matrimonio, donde ella asistió acompañada de sus hermanas. Mevlut, impactado por su belleza, averigua su nombre, le dicen que se llama Rayiha y entonces empieza a enamorarla por medio de cartas —costumbres turcas de la época, nos dice Pamuk—. Luego de muchos años de escribirle y de ingresar a un tórrido intercambio de cartas, decide raptarla y forzar el matrimonio según las tradiciones conservadoras turcas. El secuestro era la opción de los pobres para lograr el matrimonio con la persona amada. La noche del rapto Mevlut tiene al fin delante suyo a Rayiha, la mujer que había visto una sola vez en una fiesta de matrimonio, hace muchos años, cuando de pronto un rayo ilumina el rostro de la mujer a la que había enamorado por carta y había decidido raptar esa noche. La sorpresa, Rayiha era una de las hermanas de la mujer de la que él se había enamorado, pero no era la mujer de la que se había enamorado. Entonces siente, por primera vez, que su destino será estar casado con la hermana de la mujer de la cual se enamoró, y a quien él enamoró por medio de cartas, ese sentimiento Pamuk lo describe como “una sensación extraña”, una sensación de estar delante de un momento en el cual las cosas cambian de tal manera que nunca más serán iguales.

Una sensación extraña podría ser también una manera de traducir el término checo litost, una palabra que rehúye a ser territorializada por el castellano y que se queda solo en sentimientos. Milan Kundera intentó varias veces traducirla —en tanto la menciona en la versión checa de su novela La insoportable levedad del ser—, pero terminó explicándola como el sentimiento de agonía provocado por la repentina mirada de la miseria.

Hay una serie de términos que no tienen una traducción final al castellano, podemos repasarlos. Por ejemplo, saudade, que generalmente se lo traduce como melancolía o añoranza, pero que algunos amigos brasileños, que dominan el castellano, me dicen que no es solo eso, que hay algo más primario y primitivo en el sentimiento que intenta representar la palabra, en tanto los portugueses se refieren con ese término al sentimiento de extrañar algo o algún lugar al cual saben que jamás podrán volver pese a que esté allí, cerca o a la vuelta de la esquina. Se trata de una sensación extraña que nace del destierro.

Las palabras acogen un continente de sentimientos, que solo son perceptibles si las mismas nos guían y sumergen en la historia, la cultura y la política, de las cuales son herederas.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Magia

/ 4 de octubre de 2021 / 01:47

En el curso titulado La verdad y las formas jurídicas del profesor Michel Foucault se hace referencia al Derecho feudal de los siglos XII y XIII, en el que los litigios se resolvían mediante pruebas. Un tipo de prueba era la de tipo verbal. Cuando un individuo era acusado de algo —robo o asesinato— debía responder a esta acusación con cierto número de fórmulas, garantizando que no había cometido delito. Sin embargo, el éxito o el fracaso se encontraba en pronunciar las fórmulas adecuadamente, sin errores y en el tiempo adecuado, pues un cambio en las palabras o una elección errónea de la fórmula invalidaba a la misma y con ella a la verdad que se pretendía probar. Muchas veces pronunciar la fórmula fuera de tiempo o con una dicción distinta hacía perder el proceso. En el devenir del tiempo las personas que eran parte en un litigio serán reemplazadas por otras, entrenadas en conocer los ritos y los tiempos adecuados para decir las fórmulas mágicas, los llamados ad auxilium vocatus o simplemente ad vocatus, de donde proviene la palabra «abogado», es decir el aprendiz de fórmulas mágicas para la resolución de conflictos. Se trata de un aprendiz, porque las fórmulas no le pertenecen, pero sabe usarlas.

Decir el derecho, o juris dicare será uno de los orígenes de la palabra «jurisdicción», y en esta condición de «decir» el Derecho se encuentra la relación con la magia. Como señala el profesor de Teoría del Derecho de la Universidad de Bruselas, Laurent de Sutter, en el derecho romano antiguo, iurare no significa pues decir el derecho sino pronunciar la plegaria adecuada, es decir, hacer uso de la fórmula adecuada de conjuro. El llamado ius, de donde viene la idea de iustitia (justicia), se relacionaba con la potestad de invocar poderes supra terrenales en busca de garantizar la verdad de una declaración. Asimismo, el proceso judicial era concebido como un diálogo estrictamente sacramental, con la utilización de fórmulas retóricas ante autoridades, muchas de ellas religiosas, en ambientes rodeados de símbolos, que aseguraban el buen desarrollo del proceso. Por ello el Derecho se empezó a concebir como un mundo de palabras, pero no cualquier palabra, sino palabras que cobran realidad. Es así que el lenguaje del Derecho se concibe en el modo gramatical de la conminación, del mandato, de la orden directa que busca producir efectos en la realidad. Y resulta también curioso que los legisladores a momento de aprobar una norma la sancionen. La palabra sanción viene del latín sanctio que significa santificar. La antigua toga de los jueces recuerda la actividad ceremonial, cuasi religiosa, con la que administraban justicia.

Laurent de Sutter, el profesor mencionado anteriormente señala, en sus clases de jurisprudencia en Bruselas, que el Derecho es magia.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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