Voces

jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 20:11

No me espantes las llamas

/ 12 de enero de 2022 / 02:04

El camino es de subida, siempre lo es. Por la izquierda, corre un río encerrado en una bóveda. Por la derecha, ladran perros y nos saluda un espantapájaros disfrazado de cholita. Los comunarios esparcen chuño y sueñan con el hielo. Un joven arenero manguerea en blanco y negro. El camino es de curvas, siempre lo es.

Hemos dejado atrás ya los remansos del sur. Un letrero nos avisa: “prohibido el ingreso de las personas ajenas a la comunidad por el coronavirus”. Los cerros recortados avizoran una tempestad petrificada. La gran ciudad se ve diminuta allá abajo, todos los gigantes son de barro. Las siluetas fálicas, erosionadas durante miles de años, penetran el azul cielo más intenso en este verano gélido.

Aparece de repente una manada de toros salvajes, nos observan con paciencia. Subimos unos metros, ayudados por la coca, y ellos avanzan. Nos detenemos y ellos se detienen. La utopía de Eduardo Galeano no había sido un horizonte sino una manada de cornudos. En la penúltima curva, los toros desaparecen por arte de magia; minutos después se convierten en un lienzo atravesando paisaje de pre cordillera. ¿Y si Enrique Arnal hubiese trepado hasta estas alturas solo para pintarlos?

“Hemos llegado a Ninguna Parte”, me dice Chingo. Un peñón oscuro como el destino bifurca los senderos. Por la derecha, no hay futuro. Por la izquierda, un camino gambetea el cerro y promete esperanza. Unas rocas pintadas de ocre anuncian el fin del camino. Una llama “bianconera” recorta el horizonte en la lejanía. No hay otra, hay que trepar entre roquedales, paso a paso, partido a partido.

Con el silencio bajo bandera y las bocas tragando oxígeno, subimos ensimismados hasta que nuestra llama reaparece de la nada. Curiosa y juguetona, posa y se va. A la izquierda han surgido los picos más nevados del “joven Potosí” y a su derecha, las negruras de la Cumbre y sus nieblas.

“Vamos hasta la antena”, le digo al Chingo que bota el bofe de una semana de puchos. ¿Qué hay detrás de la última montaña? Más montañas. Entonces dos motitas de sal a lo lejos anuncian el presagio. “Es el Illimani”, grito con todas mis fuerzas. Las dos montoneras de sal ya son cuatro y dibujan la inconfundible silueta del “Resplandeciente”. El telón de la cordillera se corre lentamente. Entonces aparece el personaje secundario, su cumbre arrancada de cuajo por un puñetazo del Tata: es el Mururata.

Cuando por fin, tras seis horas de caminata charlada, atravesamos la última montaña, la recompensa nos contagia silencio. Un bofedal, bautizado en los viejos mapas como Huallatani, nos regala otro cuadro: cientos de llamas pastan como si el tiempo no existiese.

Me lanzo cuesta abajo para sacar fotos y dejo atrás al Chingo de nuevo. Me tumbo en la vieja laguna y como mis dos plátanos y mis dos manzanas. Alguien se aproxima. Es un joven llamero. “Puedes sacar todas las fotos que quieras, pero no espantes mis llamas”, me dice enojado. No puedo con mi carácter y discuto. “No te estoy espantando las llamas, están yendo para abajo solitas”, me defiendo. “Las espantas, pues, no hagas” y se da media vuelta. No acierto más que a decir “ya” tres veces. Debería haberle preguntado su nombre, pienso después. No se me ocurre otra cosa que llamarlo al Chingo que observa todo desde muy lejos: “acabo de discutir con el pastor de las llamas”. Las risas se escuchan en todo el valle que siempre es verde. “No jodas más, Bajo, subí, tenemos que bajar, si se hace de noche acá nos morimos de hipotermia”, me dice el veterano explorador de selvas y nevados. No me da tiempo a contarle que yo no había espantado a ninguna llama, ni siquiera a esa melenuda y hippie que me lo había posado con una torre de luz y el Illimani de fondo.

Tenemos apenas tres horas de luz para bajar. Lo hacemos volando, acullicando, charlando de augurios en forma de llama y rocas. Cuando estamos de vuelta en la comunidad, preguntamos: ¿qué se llama la pampa detrás de la última montaña? “Poto Poto” se llama, responden y arrancan carcajadas de ida y vuelta. Dicen que el aymara no es un pueblo divertido. Es mentira.

Nos queda hora y media de camino y la noche amenaza. Un carro destartalado comienza también a descender. Por 10 pesitos nos va a dejar en la ciudad. El chofer se llama “Saimon” y nos interroga: “¿De dónde son? ¿hablan aymara?” Janiwa. “¿Comen chuño?” Eso sí y tunta más. “Entonces, hablan aymara pues”. ¿Quién dijo que los aymaras son serios?

Volvemos cansados, sucios y quemados. No espanté ninguna llama y saludé a gigantes. La montaña es un regalo, siempre lo es.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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No es mal año el 38

/ 29 de diciembre de 2021 / 01:25

El Tigre todavía no se llama Tigre pero ya es un señor de 30 años. Hay expectativa en la ciudad pues van a chocar The Strongest contra el club Bolívar, el campeón del 37, que celebra su undécimo aniversario. Es un abril lluvioso de 1938. Para el día del “match” se esperan chubascos de órdago. La murga stronguista ameniza con cuecas las tribunas populares del Estadio La Paz y la muchachada gualdinegra lanza serpentinas en oro y negro. El “score” señala un 2-2 con goles de Valdivia y Grájeda; y “Cabro” Plaza y “Tigre” Alborta, del lado celeste.

La “Guardia Vieja” del club se reúne en la secretaría en sesión de honor. Víctor Manuel Franco, Hugo Alípaz, Alberto Requena (el entrañable “Gordo”, nuestro primer arquero), Armando Elío, Adrián Deheza y Alberto Tavel son las leyendas presentes, los fundadores, los viejos ases. Todos recuerdan al delantero César Andrade, del que se dice que se fue con un circo al poco tiempo de fundado el club en 1908.

El presidente don Gustavo Carlos Otero presenta varios trofeos que con los años se habían extraviado, lo que provoca una explosión de aplausos y la emoción más profunda de la “Guardia Vieja”. El minuto más sobrecogedor llega cuando todos se paran para recordar al recientemente fallecido, Francisco Villarejos, periodista, aymarista y creador del grito de guerra. El “Khala tacaya, huari Khasaya” retumba en toda La Paz como tributo para el “Pancho”, luego llegan los sonoros hurras para los colores del sol y de la noche.

El Tigre, que todavía no se llama Tigre, es la primera institución deportiva en Bolivia que ha logrado tener campos de ejercicio propios (con canchas de fútbol, tenis, basket, bochas, gimnasio, bar, salón de juegos…). Nada más y nada menos que a 400 metros de la plaza Murillo. Los comisarios de box (Víctor Zalles Guerra, también vicepresidente) y judo (Carlos Pacheco Iturrizaga, también fiscal general) se encargan de velar por el feriado obligatorio. El festival de folklore, el de boxeo humorístico, el de natación y los partidos de pelota vasca y de basket (donde participa Juan Lechín) hacen las delicias del pueblo paceño.

Mientras tanto, el Gran Circo “Dresden” ha llegado a la ciudad y se instala en el campo deportivo de The Strongest, entrada por la calle Yungas. El excéntrico Piripipi, el malabarista Tatali y el payaso Chalupa junto a sus colegas Machaco y Zanahoria son las estrellas de la risa. Los hermanos Morales con sus saltos mortales rivalizan a peligrosidad con Las Águilas del Rhin. En el cine, en el Princesa de la calle Comercio, la competencia se llama Hermanos Marx y su último éxito, “Un día en las carreras”. Y en el Roxy, “Alas sobre el Chaco”. Mientras, José María Velasco Maidana lleva su música hasta Berlín. El presidente Busch, declarado hincha gualdinegro, instaura el diez de mayo como el Día del Periodista. El gigante Camacho vence en el Olimpic al italiano Renato Gardini en el “catch-as-can”. La Cervecería Boliviana Nacional aumenta el salario a sus trabajadores. No es mal año el 38.

En octubre, el campeonato de fútbol paceño está por definirse. The Strongest ha vencido, en amistosos, a Deportivo Italiano de Iquique (2-0); a Tocopilla Sporting Club de Arica (4-2); y posteriormente empata con Atlético Belgrano de Córdoba (3-3).

A finales del mes, llega la revancha de abril. The Strongest y Bolívar se han dejado puntos, empatando frente a rivales menores y se juegan el título a un solo partido. Varios jugadores gualdinegros están lesionados y el Tigre pide, sin lograrlo, aplazar el “match”. Entonces, Humberto “Chino” Riveros, el tío del “Chupa” quien acaba de cumplir 16 años, se mete al estadio en plena madrugada antes de la final, se zambulle en la piscina y quita los tapones, inundando el “field”. Es la gran travesura del “Hincha Número Uno”, como cuenta Iván Aguilar Murguía en su libro “Rugido Centenario”.

Días después, The Strongest gana 3-2 (con dos goles de Valdivia y uno de Toro) a Bolívar en el clásico número 17 de la historia y se proclama campeón invicto. Es su estrella –oficial- número diez. El “eleven” gualda y negro forma así: “Pistola” Esprella (que juega a última hora por José Bascón); el peruano Alberto Bautista y Pastor Villavicencio como “backs”; el peruano Carlos Morales, Gerardo “Indio” Peláez y Emilio “Chato” Grájeda, como medios; y el quinteto de “forwards” formado por Luis Montoya, Hugo “Negro” Gamarra, Valdivia, José Toro y Hugo “Pichín” Viscarra. La hinchada del celeste, parte de los 18.000 espectadores, abandona la cancha después del tercer gol de Valdivia.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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En el horno nos vamos a encontrar

/ 15 de diciembre de 2021 / 03:50

El festejo de los 20 años de GoGo Blues es/fue la excusa perfecta para juntar a una constelación de estrellas del rock boliviano y de yapa volver a saltar y gritar en una tocada como las de antes. Veinte músicos, veinte años y veinte canciones (más dos de regalo) fueron el menú exquisito de una noche cargada de nostalgia y coros de rocanrol. Faltaron algunos (Panchi Maldonado, Julito Jaime y Christian Krauss mandaron mensajes de video por redes sociales) y se extrañó a otros que también formaron parte de la banda liderada por Gonzalo Martín Gómez (voces como Alejandro Delius —que jamás cantó tan sentido/profundo como con los “GoGo”— y Rocío Cuba o guitarras como la de Alex Vaughan Zapata).

El lugar es/fue el Nuna de la zona Sur paceña y la hora de arranque, pasadas las ocho y media de la noche de un jueves de diciembre. El maestro de ceremonias —ante las mesas abarrotadas— es Asbel Valenzuela. Una noche más (un día menos) es el tema elegido para calentar motores. Sobre el escenario, una poderosa formación de sexteto con el chapaco Esteban Motete Zamora y Heber Peredo, gustándose en los solos.

A la segunda canción, comienza el desfile de los invitados que salen y entran en escena como en una buena obra de teatro: Freddy Mendizabal (recibido con gritos de Say no more) y Gary Bretel (leyenda de la batería en Bolivia) hacen gozar al respetable mientras la armónica de Santiago Vallejo llegada desde Santa Cruz pinta las imprescindibles tonalidades del género en El blues del basurero.

“Esta banda iba a terminar con mi vida, siempre lo pensé y ahora, limpio, van a venir 20 años más”, promete Gómez antes de dedicar el cuarto tema a su compañera y productora del “show”, Claudia Gaensel. Mientras, en la barra del Nuna, Cacho Cisneros pide un whisky solo y otro con hielo. En el pasillo, calienta también Alexis Trepp antes de subirse a la doble “bata” junto a un entusiasta Benjo Chambi.

A la quinta canción, es el turno del maestro Nico Suárez Eyzaguirre. Suena Desgarrado (del último disco de la banda: Vida, muerte y resurrección) y solo se escucha al teclado y a la voz, es el momento íntimo de la noche, es una cueca arreglada al corazón. Gómez dirige su orquesta como si fuera Von Karajan y Suárez improvisa como si fuese una jam session. Es la “GoGo Blues All-Stars”. El estribillo no deja mentir: “somos, somos todos del Tigre”. Es el momento stronguista: un frenético rock —Ángel de la 34— rinde tributo a la hinchada gualdinegra a tres días de la gran final.

El primer set termina por todo lo alto: sube a las tablas “Su Diabólica Majestad CC”, del Cisneros, su Cacho. Los 74 años del cantante de Black Jack (baby) no se notan y el público se entrega en cuerpo y alma cuando el micrófono (con chalina) se descuelga por las mesas para tararear la versión sui generis del Miss you. Cuando “la ciudad está caliente y la banda igual”, nos vamos a “la Mariscal Santa Cruz”, de la Pérez a la U. “Apláudanme antes de que me muera”, exige el Cacho con polera infaltable de los Rolling Stones.

La mesa más alegre y joven de la noche es la mesa de la banda del Pancho. El padre de los “bateros” Franz y Martín Fox ha llegado con sus compadres: José Luis Quiroga, Javier Jordán, Víctor Siles y Rodney Pereira. Solo falta el Fico Zavala. Es la primera vez que sus hijos tocan juntos. Cosas que me hacen mal nos trae el recuerdo de las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo. Aunque sangran nuestras heridas, no hay olvido ni perdón, es el dolor y el vacío de no verte más: la memoria del hermano mayor desaparecido de Gómez en 1977 (Bachi) siempre estará/está presente.

Las “ciudades podridas” nos ponen a saltar y cuando llega la Coca, la noche y el fernet, el saxo de Romil Travieso improvisa un tema de “felicidades” salido del alma. Ya se te va a acabar está dedicada a los que tienen papá de cristal, a los del pelito chic y su ropita star. El Benjo, ya en la barra, suelta un chiste a propósito: “Mañana, otro viernes sin salir, me parezco a la Jeanine”.

Las dos últimas canciones son hits de la banda: El Caro y La Paz. Cuando el público pide una más (y no jodemos más) suena A todos les toca su santo y en un escenario con bandoneón, Cambalache con Álvarote Ibáñez y Gómez, bis a bis. El porteño José Miguel Romero salta en primera línea de combate. La tocada de los 20 años termina con dos verdades como puños: “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Y con los “GoGo Blues All-Stars”, “allá en el horno nos vamos a encontrar”.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Somos una fotocopia idéntica

/ 17 de noviembre de 2021 / 01:23

En las novelas de Gabriel Mamani Magne (GMM), hay perros y gatos. También hay humor y agudeza, mota y fútbol, fotosíntesis y monolitos. Su estilo narrativo es como un contragolpe: vértigo y remate final con frases como ésta: “Bolivia es un intento fallido de no ser Bolivia”. GMM ha publicado tres novelas: Tan cerca de la luna (Premio Nacional de Literatura Infantil, 2012), Seúl; Sao Paulo (Premio Nacional de Novela, 2019) y El rehén (Dum Dum editora, 2021).

En la obra de Mamani Magne hace frío y calor, se ve porno salvaje en el celular, se escucha K-pop (“a los bolivianos les gusta esa música porque es más fácil parecerse a sus ídolos”) y se leen los tatuajes de los minibuses, esos “haikus” de la parte trasera. Este es el que más me gusta: “Mientras llega el indicado, a disfrutar con el equivocado”. El tema de GMM es el cuerpo; el deseo, los cuerpos deseados.

Los perros son de dos clases: los de “Abajo” (La Paz) y los de El Alto. Nota mental: los perros salvajes de Milluni son otra cosa. Los paceños son tímidos, boca nomás. Los perros alteños son dementes, hasta los personajes de GMM huyen de ellos. Pero todos cuidan el barrio mejor que esos monigotes que cuelgan de los postes. Entre los personajes de GMM y esos perros apenas hay diferencias: ambos van y vienen, ambos buscan desesperadamente sexo y comida, ambos se ponen al sol todos los días de la semana, ambos han sido o serán pateados. Al protagonista de Seúl…, el más chango de la saga de los Pacsi, el suboficial Sucre le dice “la perra más perra de toda la Fuerza Aérea”. El can de El rehén se llama “Pato”. Somos una metafísica popular tras otra, hasta el infinito.

El mundo narrativo de Mamani Magne es violento y prejuicioso, como somos todos (“según Dino, los collas heredamos junto a la piel, la disposición para la borrachera y un radar comerciante”). El estilo es fragmentario y punzante, la pluma es redentora. Y el lector tiene la impresión de que el “gran” libro de Gabriel todavía no ha llegado. Ha publicado este año El rehén que es una obra menor al lado de su novela ganadora. Da la impresión de que su última novela breve ha sido editada para que la promesa de las letras bolivianas fiche por la editorial Dum Dum (de Liliana Colanzi), antes de ser captado/ cooptado por otro club/sello.

En las novelas de GMM los personajes se van de putas, como rito de iniciación machista y se habla de política sin tapujos, sin apenas patrones heredados (“la pandilla indianista de Dino a mí me suena a un club de autoayuda aunque no me importaría fingir que creo en esa biblia llamada La Revolución India siempre y cuando eso haga sonreír a la churca a la que he echado el ojo”). También se venden libros en el piso, ora frente al monoblock de la UMSA, ora en la Ceja. Se baja y se baja. Los temas de Mamani Magne son el padre, la patria y la familia.

En El Alto uno tiene derecho al horizonte, miras y miras y todo es plano, pampa, altiplano. En La Paz uno se siente rodeado, mires donde mires siempre estará el cerro, para bien o para mal; una montaña eterna, cortante/ inquietante, de mil colores/matices. Pareciera que los personajes de GMM no pueden escapar de ella. ¿O no quieren? Acaso la vida no es más que eso: un intento de fuga hacia adelante, una búsqueda de la identidad perdida, de la otredad no deseada. El tema es también la migración (forzosa o no).

Mamani Magne, stronguista y del Corinthians (como el que esto escribe gracias a la garra y al Doctor Sócrates), nos habla de padres invasores, de madres ausentes que manejan “carris”, de miradas de odio/sexo sutil, de pertenencia aymara, de novias que se llaman Vida (la hermana menor de mi primera chica en Bolivia también se llamaba así) y de personajes que quieren tener plata para leer libros y ser escritores (linda ternurita).

En el final de Seúl…, GMM se pregunta sobre la identidad nacional. Y se responde en clave íntima/poética: “somos los cuerpos que hemos acariciado”. También deja un espacio en blanco para la respuesta de lectores y lectoras. Entonces, uno escribe, garabatea apenas. Por ejemplo esto: somos un bucle melancólico, una guerra civil y un arrepentimiento. Somos odio y miedo, un país de “Pimpinela”: somos todos hermanos pero actuamos como si fuésemos todos enemigos irreconciliables en este teatro/ escenario llamado Bolivia. Lo último que apunto antes de cerrar el buen libro es esta frase: somos una fotocopia idéntica.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Futbolistas de izquierda, una rareza

/ 16 de junio de 2021 / 01:38

“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos” (Sócrates de Souza, el Doctor)

Uno: los dictadores no se meten en política y les va bien. Solo mandan a matar y regalan impunidad a las bestias pardas. ¿Por qué los futbolistas deberían hacer política? ¿Por qué (casi) no hay jugadores que levanten el puño? ¿Por qué los players no dicen lo que piensan? Sostiene El Gran Woming en el prólogo del libro de Quique Peinado, Futbolistas de izquierdas que “la mayoría silenciosa de jugadores siempre recurre al resorte de supervivencia que los lleva a camuflarse con el entorno para aprovechar el privilegio de esa opción llamada apolítica. Si uno es apolítico, es de derechas. Si se define de derechas, es de derechas. Si cree que todos los políticos son iguales, es de derechas. Si reniega de la política, es de derechas. Si no es de nada, es de derechas. Como verán ustedes, ser de derechas es fácil, solo hay que dejarse llevar”.

Dos: media docena de jugadores de la selección peruana pidieron el voto para Keiko Fujimori, que hizo toda la campaña —fallida— con la camiseta de la “franja roja” puesta. Los millonarios futbolistas del hermano país “querían un Perú sin comunismo, libre”. Por eso votaron por “la democracia” y perdieron, como lo hacen casi siempre en la cancha. Ellos fueron: Pedro Gallese, Carlos Zambrano, Jeferson Farfán, André Carrillo, Paolo Hurtado, Raúl Ruidíaz, Wilmer Cartagena, Manuel Trauco, Aldo Corzo, Sergio Peña y Luis Advíncula (del Rayo Vallecano). Solo tres de sus cracks: Paolo Guerrero, Yoshimar Yotún y Renato Tapia se callaron en mil idiomas. El presidente electo, Pedro Castillo, de profesión maestro, respondió a lo Maradona: “Por respeto a este país, y por honor a esta patria, quisiera decirles que la blanquirroja no se mancha”.

Los que nos dicen que no hay que mezclar fútbol y política, también callan cuando los jugadores adinerados se alejan/olvidan sus pueblos/orígenes humildes y piden el voto con la camiseta puesta en favor de políticos corruptos y asesinos. Su entrenador, el argentino Ricardo Tigre Gareca, se hizo al loco: “Los jugadores se pueden expresar libremente”. ¡Qué lejos quedó mi tocayo del gran Marcelo Bielsa cuando se negó a saludar a Piñera tras lograr la Copa América para Chile! Cuando la “china” vaya presa, nadie se acordará de ella. Será una Jeanine más. Es más fácil dejarse llevar.

Tres: hace un año el delantero del Real Betis Balompié de Sevilla, Borja Iglesias, se pintó la uñas de negro para solidarizarse con la lucha antirracista en Estados Unidos y el movimiento “Black Lives Matter”. La cascada de insultos homófobos que recibió provocaron una respuesta filosófica de parte del jugador gallego: “Te das cuenta con esto que no estamos bien”. Cuando hace dos semanas, le preguntaron en televisión si había más futbolistas de izquierdas que de derechas, dijo: “El jugador medio tiende a ir hacia una derecha no muy extrema porque valoran mucho el tema económico”. Los jugadores no entienden que se juega, no para ganar sino para que no te olviden. Tienen miedo a la crítica y al paredón de las redes sociales. Es difícil salir del armario, por eso no tenemos jugadores ni rojos, ni maricones. Hay pavor a la estigmatización, a exponerse, a que no te perdonen por tu rebeldía. Los players son vendidos como cromos, como esclavos modernos. Y muchos no se dan cuenta, como decía Sócrates, que “los futbolistas son artistas y por tanto son los únicos trabajadores que tienen más poder que los jefes”.

Cuatro: varios jugadores de equipos de primera en Bolivia —cuyos nombres prefiero olvidar— participaron activamente de la “(contra)revolución de los pititas”. Postearon fotos sonrientes en los bloqueos y por primera vez manifestaron sus simpatías políticas, saliendo de su zona de confort. Otros, sin embargo, sufrieron represalias, agresiones callejeras y amenazas por internet por haber expresado sintonía con el expresidente Evo Morales. Así le pasó a Luis Héctor Cristaldo, argentino naturalizado boliviano e integrante de la selección que clasificó al Mundial Estados Unidos 1994, cuando fue a comprar gaseosa a la caserita de la esquina de su barrio en Santa Cruz. Hace miles de años, los jugadores iban caminando a la cancha, agarraban transporte colectivo y se mezclaban con la hinchada. Era una fiesta popular. Ahora llegan en sus vagonetas con vidrios polarizados y patean en defensa propia contra el “comunismo”. Es una fiesta para unos pocos. ¿Por qué (casi) no hay futbolistas de izquierdas en Bolivia? Por una cuestión de clase. O simplemente por esa manía nuestra de dejarnos llevar, de no tomar partido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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El fútbol no es la vida

/ 2 de junio de 2021 / 02:07

El fútbol/negocio de hoy en día ha sido secuestrado/prostituido por el gran capital. Y solo los hinchas resisten, como Astérix y Obélix, contra los “romanos” del siglo XXI, contra esta deriva imparable. La Copa América, más conocida como “Cepa América”, tiene que jugarse sí o sí, según la patética Conmebol. No importa que ningún país sudamericano esté en condiciones de organizar el torneo, no importa que los contagios y las variantes del virus se extiendan, junto a las muertes, como reguero de pólvora por toda la patria grande. El fútbol moderno ha sido cooptado por bastardos intereses, por personajes ajenos, por países antidemocráticos como las monarquías absolutistas del Golfo Pérsico que usan la pelota para lavar su sucia imagen de vulneración de derechos humanos. Me puedes decir nostálgico, radical y cosas peores pero es necesario recuperar la esencia del deporte más hermoso del mundo, sepultada ahora bajo una montaña gigantesca de petro-dólares/euros. Estas son cinco razones (o más) para aborrecer el fútbol de hoy en día:

Uno: el “show” debe continuar siempre. Se han jugado en las últimas semanas partidos con gases lacrimógenos en la cancha. La represión salvaje del uribista presidente de Colombia, mister Duque, ha provocado decenas de asesinados. Mientras eso acontecía, el fútbol seguía a contracorriente del sentido común. Se han jugado partidos con más de 20 contagiados en un mismo equipo y con un futbolista de campo haciendo de arquero. El presidente de Brasil, acorralado por el enojo popular en las calles, quiere albergar una Copa América con el único fin de levantar en las encuestas. Si hoy se votara en el gigante brasileño, el nuevo mandatario sería Lula da Silva. A falta de dos semanas para el inicio del torneo de selecciones más antiguo del planeta, no sabemos si la Copa se va a celebrar (hay más de 300 millones de dólares en juego) y si arranca, no sabemos si va a poder finalizar.

Dos: el “show” debe dar más plata para los mismos; el proceso de concentración y especulación capitalista no tiene fin. El intento de organizar una Súper Liga cerrada en Europa únicamente con los equipos más adinerados (eliminando la meritocracia) ha sido de momento aparcado. Las marchas, especialmente de las hinchadas inglesas “custodias” de la idiosincrasia popular del fútbol, han detenido esta última idea clasista/demencial. La avaricia de los grandes clubes —en manos de gobiernos/dictaduras (como Qatar, próximo organizador del Mundial gracias a las coimas) o personajes millonarios producto de corrupciones y privatizaciones— está matando el fútbol.

Tres: nos hemos acostumbrado —sin casi protestar— a situaciones surrealistas. No sabemos qué día/hora juegan nuestros equipos. ¿Importamos los y las hinchas? No. La pandemia ha llegado para demostrar que se puede jugar sin público. Si la mafia/rosca pudiese prescindir de los mismísimos futbolistas (trabajadores privilegiados pero trabajadores al fin y al cabo), lo haría sin dudar. Nos hemos habituado a camisetas ensuciadas con docena de publicidades, a camisetas originales que se venden en Europa por 100 euros cada una, a dorsales exóticos con el 99 en la espalda, a botines/peinados/tatuajes estrafalarios, a segundas equipaciones insultantes.

Vemos hinchas apasionados por jugadores (y no equipos), vemos programas deportivos/ televisivos donde casi nunca se habla de fútbol, donde tener al abogado más pendejo es más importante que fichar a un futbolista/técnico diferente que eleve el nivel.

Cuatro: nos hemos olvidado de la pelota. Y nos quieren largar perversamente de las canchas donde estábamos juntos para sentarnos a todos en el sofá, solitos. Ni siquiera nos hace ruido cuando el último fichaje sin sentido besa el escudo de tu club, después de haber pasado por 12 equipos diferentes. En este camino al precipicio, también hemos enterrado el sentido de pertenencia/fidelidad.

Cinco: el fútbol que amamos, que nos enamoró, murió en los años 90 con la llegada de la televisión y la publicidad. Hemos llegado a tolerar que se hable de una final de Copa del Mundo entre Nike y Adidas; hemos aguantado que se mate la identidad, la secreta pócima que nos vuelve locos y locas por nuestros colores porque creemos que los jugadores son uno más de los nuestros. Hemos permitido que al deporte del pueblo lleguen paracaidistas que buscan/ olfatean la plata fácil/rápida. Sabemos que nunca les gustó la pelota. El fútbol no es la vida pero los hinchas la daríamos por recuperar aquella autenticidad/paraíso perdido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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