Voces

domingo 23 ene 2022 | Actualizado a 00:41

Mi cena con Sidney Poitier

/ 13 de enero de 2022 / 06:53

Sí, él vino a cenar. En el verano de 2014, me enteré por un amigo de que había sido invitado a una cena en Los Ángeles donde también estaría Sidney Poitier. No soy fácil de impresionar por las celebridades. Pero Poitier no solo era una estrella, sino una leyenda, un león, una figura casi mítica en la cultura afroamericana y en la cultura en general. Pertenecía a la realeza afroestadounidense.

Poitier fue más que el primer afroestadounidense en ganar un premio al mejor actor otorgado por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas por su actuación en la película de 1963 Los lirios del valle; él y su mejor amigo de toda la vida, Harry Belafonte, también fueron ejemplos de ese tipo de artista que es activista, y ambos arriesgaron no solo sus carreras sino también sus vidas, en el apogeo de su fama, por la causa de los derechos civiles.

Efectivamente, en la fecha y el lugar designados (Spago en Beverly Hills, California), Poitier estaba allí con su esposa y dos de sus amigos.

Cuando me acerqué a la mesa, Poitier me saludó con una sonrisa cegadora, de esas que iluminan y seducen, de esas que te hacen sentir que has conocido a un completo extraño toda tu vida. Poitier insistió en que me sentara a su lado.

El actor era el centro de gravedad en ese salón, como lo demostraban todos los cuellos estirados y los teléfonos levantados furtivamente para tratar de conseguir una foto. Esa noche, de principio a fin, Poitier me susurró chistes ingeniosos y sarcásticos con la satisfacción diabólica de un colegial. Tenía 87 años en ese momento.

Fue abrumadoramente encantador, pero también era modesto y sin pretensiones. Ahora ya sabía, de primera mano, lo que era el poder de las estrellas. Su encanto te envuelve, como un suéter suave. De cachemira, por supuesto.

En ocasiones hablaba con las manos. Como les pasa a muchas personas mayores, sus manos se movían por el aire como si se movieran por el agua.

Poitier conocía a la camarera que tomó nuestro pedido, por lo que la saludó con efusividad. Cuando volvió para ver si queríamos postre, dijo que yo simplemente tenía que probar su postre favorito en la carta. La camarera dijo que, por desgracia, ya no quedaba ese postre, pero al devolverle el menú, Poitier dijo: “Pero es que de verdad lo quiero”. No estaba enojado ni fue insistente. Su júbilo nunca lo abandonó. Pronunció las palabras y la frase más como un hecho desafortunado que como una reprimenda.

Más tarde, la camarera regresó a la mesa emocionada para decirnos que habían “encontrado” más del postre y lo puso frente a nosotros. “Lo encontraron…”, pensé. Lo que imaginé fue una búsqueda loca en un congelador de la cocina o una carrera a una tienda local para buscar los ingredientes y preparar el postre.

No sé por qué ese momento sigue estando tan vivo en mi memoria ni exactamente qué debería pensar de él. Por un lado, se podría argumentar que deberíamos ser lo más amables que pudiéramos con los trabajadores de los restaurantes, que realizan un trabajo arduo a veces por poco dinero, y cuando dicen que algo se les acabó, deberíamos dejarlo así.

Pero yo lo vi de otra manera, desde la perspectiva de Poitier. Él había aprendido que, en ocasiones, cuando las personas dicen que algo no es posible, es solo que no se han esforzado lo suficiente. A veces, el “no es posible” no es definitivo.

Cuando Poitier llegó a Nueva York, hizo todo tipo de trabajos ocasionales hasta que, como escribió en sus memorias, dijo: “¡Al demonio!”, y probó suerte en la actuación. Eso no salió bien. Como escribió Poitier, cuando se presentó a una audición en American Negro Theatre, “el hombre que estaba a cargo me dijo enseguida, y en términos inequívocos, que mis suposiciones estaban mal”. Continuó: “No había estudiado actuación. ¡Apenas podía leer! Y, para colmo, al hablar tenía un marcado acento bahameño cantado”.

Según relató Poitier, el hombre estaba furioso. “‘Solo sal de aquí y deja de hacerle perder el tiempo a la gente. Ve a buscar un trabajo que puedas hacer”, gritó. Y justo cuando me echó, me dijo: “Consíguete un trabajo como lavaplatos o algo así’”. Poitier ya había trabajado como lavaplatos.

Poitier se esforzó para convertirse en uno de los mejores actores que Estados Unidos haya tenido. Como él mismo mencionó: “Hay algo dentro de mí (orgullo, ego, sentido de identidad) que odia fracasar en cualquier cosa”. Para personas como Poitier, que han vivido una vida en la que con puro valor y determinación convirtieron los rechazos en aprobaciones, las negativas carecen de un carácter terminante.

Hacia el final de la velada, Poitier me preguntó por mi familia y luego me contó que tenía seis hijas y ningún hijo. “Te voy a adoptar”, dijo. Me pidió que le enviara a él y a su esposa una copia de mi libro y me ordenó: “Escribe en la dedicatoria ‘Para mamá y papá’”, lo cual hice.

Tal vez para otra persona, esto solo habría sido una cena más. No para mí. No olvido esa noche. Poitier me enseñó cómo se ve un hombre que ha vivido bien la vida; observé en él cómo se envejece con gracia y amabilidad o cómo se adquieren estas cualidades con el tiempo, y cómo la elegancia y la sofisticación son atemporales y eternas. Poitier fue el epítome de la dignidad afroestadounidense, la belleza, el orgullo y el poder afroamericano.

Ahora, cada vez que me enfrento a un obstáculo, o incluso a mis propias dudas, recuerdo la frase que mi “papá de la cena” grabó en mi memoria: “Pero es que de verdad lo quiero”.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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Furioso con los no vacunados

/ 14 de diciembre de 2021 / 03:19

Recientemente descubrí que un amigo mío, un tipo inteligente, no estaba vacunado y lo confronté al respecto. Trató de reírse, ofreciendo un montón de preocupaciones arraigadas en teorías de conspiración. Pero le dije que tenía que vacunarse y punto. La próxima vez que lo vi, estaba preocupado por la variante Ómicron y me preguntó si iría con él para conseguir el jab. Le envié un mensaje de texto a un sitio donde podía registrarse y le dije que me avisara una vez que lo hiciera. Eso fue el sábado. Todavía no se ha registrado. Estoy decepcionado y enojado, no solo con mi amigo sino con todas las personas que eligen no vacunarse.

Hubo un momento, al principio de la pandemia, en que las vacunas aún eran escasas, cuando traté de ser tolerante con los que resistían, traté de no avergonzarlos, traté de no enojarme con ellos, traté de darles tiempo para informarse sobre los beneficios de vacunarse.

Pero ese tiempo ya pasó para mí. Llámame uno de los intolerantes. Esto es lo que soy. No consentiré más la ignorancia deliberada. Tampoco permitiré más la tonta tarea de “todavía estoy haciendo mi propia investigación”. Este virus ya ha matado a casi 800.000 estadounidenses e infectado a casi 50 millones. Ahora estamos promediando alrededor de 120.000 casos nuevos por día. Este virus es mortal e implacable. La única salida a esta situación, para nuestro país y el mundo, es a través de las vacunas. Debemos reducir drásticamente la cantidad de personas vulnerables al virus, o de lo contrario corremos el riesgo de permitir que nuestra población actúe como una placa de Petri para el crecimiento de variantes.

Los no vacunados no solo se vuelven vulnerables al virus, hacen que todos sean más vulnerables. He escuchado todas las razones de la resistencia. Están las personas que han politizado el virus y ven vacunarse a través de una lente partidista. Hay personas que ven la presión del gobierno, y especialmente los mandatos, para poner algo en su cuerpo como una extralimitación y un anatema al ideal estadounidense de independencia y libertad. Hay personas que no confían en el gobierno, a veces con buenas razones. Lo he escuchado todo. Y lo rechazo todo.

Hay demasiadas tumbas nuevas en la tierra para aceptar estas objeciones. Y demasiadas vidas interrumpidas, ya que las personas lloran la pérdida de sus seres queridos, alteran su empleo y mantienen a sus hijos en casa sin ir a la escuela.

Cuando estalló esta pandemia por primera vez, pensé que sería una interrupción de unos meses. Ahora nos acercamos al segundo año, y aunque algunas oficinas y escuelas han reabierto, los casos están aumentando nuevamente en muchas partes de este país, y la variante Ómicron ha asustado a los mercados de todo el mundo. Ahora tenemos que considerar la posibilidad muy real de que el virus no sea erradicado, sino que se convierta en endémico. La revista Nature expresó esto de manera más directa en febrero: “El coronavirus llegó para quedarse”. Incluso si la erradicación es casi imposible, es posible controlar el virus y mitigar su propagación, si se vacuna a más personas.

Así que sí, estoy furioso con los no vacunados y no me avergüenzo de revelar eso. Ya no intento entenderlos ni educarlos. Se han caído las barreras de acceso. La única razón para permanecer sin vacunar que ahora acepto es de personas que tienen condiciones médicas que lo previenen. Todos los demás tienen la opción de ser parte de la solución o parte del problema. Los no vacunados están eligiendo ser parte del problema.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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¿Metaverso? ¡¿Es en serio?!

/ 2 de noviembre de 2021 / 01:55

Llámame viejo, troglodita, ludita, lo que sea. No tengo ningún interés en formar parte de un “metaverso”. Ese es el futuro al que apunta el atribulado Facebook de Mark Zuckerberg, al cambiarse el nombre a Meta. ¿Y qué es este Metaverso? “Zuckerberg pintó una imagen del metaverso como un mundo virtual pulcro y bien iluminado, al que se ingresa, al principio, con un hardware de realidad virtual y aumentada y, luego, con sensores corporales más avanzados, en el que las personas pueden participar en juegos virtuales, asistir a conciertos virtuales, ir a comprar productos virtuales, coleccionar arte virtual, pasar el rato con los avatares virtuales de los demás y asistir a reuniones de trabajo virtuales”.

Eso suena ridículo. Y terrible. Al igual que con todas las cosas nuevas, atraen a algunos, tal vez a millones, tal vez incluso a la mayoría. Sigo diciéndome que debo vivir en el aquí y el ahora, que las redes sociales, en muchos sentidos, envenenan nuestra capacidad para hacer eso. No me malinterpretes, las redes tienen muchas virtudes y no me he alejado por completo de ellas, tampoco lo haré en el futuro. Dicho esto, las redes tienen tanta fealdad, tanta envidia y codicia, tanta desinformación y manipulación, que su prominencia en mi vida, entendí, causaba más problemas que beneficios.

He intentado reorientarme hacia el mundo real. Para escribir más cosas que no comparto en línea de inmediato. Escribir por la idea y no por el impacto viral, cosas que quizás no gusten a nadie, pero son cosas que de todos modos quiero intentar plasmar en su forma más clara. Quiero compartir más fotos con las personas que amo y que me aman y no con el mundo para que generen una reacción. El mero hecho de considerar la respuesta de extraños a publicaciones personales de imágenes es perverso.

Incluso creo que las redes sociales estaban alterando mi idea de la gente: cómo se veían, vivían y comían. Todos estaban tratando de superar a la siguiente persona. La gente se veía perfecta con demasiada frecuencia. Algunas de esas fotos quizá reflejen la realidad. Pero como la mayoría de los seres humanos, tenemos nuestros días buenos y nuestros días malos. Las redes sociales distorsionan ese equilibrio. Incluso lo que se supone que es positivo puede volverse opresivo y molesto, como el torrente de memes y afirmaciones motivacionales. Algo en ello suena hueco. Algo se presenta como una actuación.

He estado alejándome de las redes sociales por un tiempo, usándolas más que nada para publicitar mi columna y los segmentos de televisión y otras empresas en las que estoy involucrado. Debo decir que me siento como un adicto que por fin deja las drogas. Estoy sorprendido, y avergonzado de estar sorprendido, de lo significativo que es para mí estar más presente sin más, entablar conversaciones con extraños, no sentir que necesito documentar cada momento para una virtualidad voraz, no estar tan inmerso en una pantalla que termine por extrañar la puesta de sol.

Soy más comprensivo y diplomático cuando no estoy de acuerdo con alguien en persona. En persona soy persistente con situaciones que habría desestimado con rapidez en línea. El mundo no es perfecto. No está organizado ni filtrado y enfrentar la realidad de que esa imperfección hace que el mundo sea especial ha provocado un cambio en mí. Ahora, me arrepiento, aunque trato de no hacerlo, de los años de tiempo perdido en el espacio virtual, haciendo todas las cosas que la gente me dijo que debería. Estaba esculpiendo y creando, de forma ininterrumpida, una imagen alterada y más “agradable” de mí mismo, que al final creo que es demasiado controlada para ser del todo cierta. Entonces, a medida que Facebook y otros avancen hacia el metaverso, elegiré avanzar a una versión más verdadera de mí mismo, una que viva de manera más plena en el aquí y ahora.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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Demócratas, están en peligro

/ 14 de octubre de 2021 / 00:56

Los demócratas se enfrentan a un verdadero peligro. No están haciendo lo suficiente. No avanzan con la suficiente rapidez en las principales promesas de campaña del presidente Joe Biden. Las señales de advertencia están por todas partes. Siguen debatiendo sus proyectos de la ley de infraestructura y de gasto social. Y cuanto más se alarga la lucha, más fea parece.

Al final, creo que los demócratas no tendrán más remedio que aprobar algo, sin importar el tamaño, porque la consecuencia del fracaso es el suicidio. Los demócratas deben llegar a las elecciones intermedias con algo que puedan considerar una victoria, con algo que al menos se acerque a las transformaciones que Biden prometió.

Pero el presupuesto no es el único problema. Todavía existe una crisis en la frontera. El manejo de los inmigrantes haitianos fue una vergüenza para este gobierno, y las imágenes de los oficiales restallando sus riendas como látigos serán difíciles de borrar de la memoria. En cuanto a la reforma de la Policía, las negociaciones sobre esa legislación se vinieron abajo, con el habitual señalamiento de culpables como epílogo. Pero las órdenes ejecutivas están muy limitadas cuando se trata de la Policía estatal y local, y cualquier orden que emita un presidente puede ser anulada por el siguiente.

Además, está el ataque masivo y generalizado al derecho al voto que se está produciendo en todo el país. Como dijo el Centro Brennan para la Justicia a principios de este mes: “Hasta ahora, en un año sin precedentes para la legislación del voto, 19 estados han promulgado 33 leyes que harán más difícil el voto de los estadounidenses”. Y sin embargo, todavía no está claro si hay suficientes votos en el Senado para aprobar la protección de los votantes.

Por no hablar de que el COVID-19 sigue matando a muchos estadounidenses. La ola de casos durante el primer año de Biden erosionó cualquier optimismo sobre el desarrollo y la aplicación de vacunas.

Los demócratas han sido incapaces de ofrecer mucho para contentar a sus votantes y sus principales puntos de la agenda se han estancado en el Congreso durante tanto tiempo que muchos de esos votantes se están impacientando y desilusionando.

Como resultado, muchas encuestas recientes han mostrado que los índices de aprobación de Biden cayeron en picada hasta el nivel más bajo de su corta presidencia: según una encuesta reciente de la Universidad de Quinnipiac, el 38% de los encuestados aprobaba el desempeño laboral de Biden, pero el 53% lo desaprobaba.

Más de la mitad desaprueba su gestión de la economía, el ejército, los impuestos y la política exterior y casi el 70% desaprueba su enfoque de la reforma migratoria y la situación en la frontera con México. Solo su gestión del COVID-19 recibió un índice de desaprobación menor, del 50%.

Los electores negros siguen siendo los que más apoyan a Biden en muchas de estas métricas, pero incluso su apoyo parece blando de una manera preocupante.

Tal vez los demócratas aprueben un proyecto de ley de gasto masivo y lo pregonen bien, y la gente olvide su decepción en otros temas y se deleite con el montón de dinero que los demócratas planean gastar. Tal vez. No hay duda de que este país necesita con desesperación las inversiones que los demócratas quieren hacer. De hecho, necesita incluso más inversión que la que los demócratas han propuesto.

Pero incluso si consiguen aprobar tanto el marco de infraestructuras como el proyecto de ley de gasto social, esas inversiones pueden llegar demasiado tarde para desactivar el creciente descontento. Un presidente impopular con cifras de aprobación a la baja es un líder herido con poco capital político que lo respalde.

Biden es mejor que Trump, pero eso no es suficiente. La gente no solo votó por Biden para derrotar a un villano, también quería a un defensor. Ese defensor brilla por su ausencia.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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Si los hombres necesitaran el aborto

/ 5 de octubre de 2021 / 00:43

El 30 de septiembre, tres mujeres de color (integrantes actuales del Congreso) testificaron ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes; hablaron sobre abortos que les practicaron y, en algunos casos, describieron el estigma asociado con ellos. Estos testimonios se presentaron en relación con el debate en el Congreso sobre la codificación del caso Roe v. Wade, con la que se busca proteger esa resolución de cualquier ataque de los republicanos, pero para mí la fuerza de estos relatos se debe a otro motivo: enfatizan una vez más cuán difícil es para muchas mujeres tomar esta decisión y con cuánta libertad personas ajenas se sienten con el derecho de interferir en esas decisiones. En particular los hombres, que nunca han enfrentado una disyuntiva así y nunca tendrán que tomar esa decisión. Es necesario escuchar estas historias para comprenderlo.

Por una parte, el aborto nos cimbra hasta lo más profundo, pues nos obliga a considerar en qué momento un óvulo fecundado se convierte en una persona.

Para quienes creen que ocurre desde el momento de la concepción, no hay ningún argumento, independientemente de quién lo presente, capaz de convencerlos de que está bien ponerle fin a un embarazo, porque para estas personas solo se trata de matar bebés. Pero, hay que preguntarse si es posible decir que un montón de células es un niño. ¿Un feto es un niño? Estos debates caen en terreno filosófico o religioso.

Desde 1973, la resolución de Roe v. Wade ha protegido el derecho de la mujer a optar por un aborto antes de que el feto sea viable fuera del vientre materno, aproximadamente a las 24 semanas de embarazo. Ahora, esta resolución también corre peligro.

La capacidad de llevar una vida dentro de sí y ofrecerla al mundo es un poder tremendo y un inmenso regalo. No obstante, llevar a término un embarazo sencillamente no es lo mejor para muchas mujeres cuando descubren que están embarazadas. En ese momento, su cuerpo se convierte en un campo de batalla. ¿Hasta qué etapa del embarazo siguen en control y a partir de cuándo deben rendirse ante la realidad de que son vasijas para otra “persona” que crece en su interior? ¿En qué momento se elimina la capacidad de elegir?

Por definición legal, cuando es viable, independientemente de las creencias de cada persona.

En los primeros meses tras la concepción, cuando una mujer ya está segura de estar embarazada y antes de que el feto sea viable, es necesario que se sienta en libertad de tomar decisiones con respecto a su cuerpo, su salud y su futuro. Esta libertad no debería estar sujeta a aprobación comunitaria. No debería ser contraria a la ley. La legislación aprobada en Texas que prohíbe la mayoría de los abortos después de seis semanas de embarazo, antes de que muchas mujeres siquiera se percaten de que están encinta, es indignante y ofensiva.

Parece que nos encontramos en un lugar muy peligroso en este país, al igual que la resolución del caso Roe v. Wade se encuentra en un peligro no visto en épocas recientes. Se siente como estar en un precipicio en el que empujamos a las mujeres al pasado y a los callejones. Parece que de nuevo estamos al borde de criminalizar la capacidad de elegir. Si los hombres se embarazaran, esto nunca habría pasado. Los hombres no lo tolerarían. Las mujeres tampoco deberían tolerarlo.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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El censo fue aterrador para los nacionalistas blancos

/ 17 de agosto de 2021 / 01:24

Para algunos de nosotros, los datos del censo publicados el jueves fueron fascinantes. Para otros, supongo, fueron bastante aterradores. Gran parte de lo que hemos visto en los últimos años (el ascenso de Donald Trump, la xenofobia y los esfuerzos racistas por consagrar o al menos ampliar el poder blanco al llenar los tribunales de magistrados blancos y suprimir los votos de las minorías) ha tenido su origen en el miedo al desplazamiento político, cultural y económico.

Los acólitos del poder blanco vieron este tren acercarse desde la distancia —que Estados Unidos se estaba volviendo moreno, la disminución de la población blanca y la explosión de la no blanca— e hicieron todo lo posible para evitarlo.

Intentaron frenar la inmigración, tanto la ilegal como la legal. Emprendieron una guerra propagandística contra el aborto y presionaron a favor de los “valores familiares tradicionales” con la esperanza de persuadir a más mujeres blancas para que tuvieran más bebés. Orquestaron un sistema de encarcelamiento masivo que privó de su libertad a millones de hombres jóvenes en edad de casarse, en su mayoría negros e hispanos. Se negaron a aprobar leyes de control de armas mientras la violencia armada asolaba de manera desproporcionada a las comunidades negras.

En todos los niveles, en todos los sentidos, estas fuerzas, a sabiendas o no, trabajaron para evitar que la población no blanca creciera. Y, sin embargo, lo hizo.

Como informó The New York Times: “Los hispanos representaron cerca de la mitad del crecimiento del país en la última década, con un aumento de cerca del 23%. La población asiática creció más rápido de lo esperado: un 36%, un aumento que supuso casi una quinta parte del total del país. Casi uno de cada cuatro estadounidenses se identifica ahora como hispano o asiático. La población negra creció un 6%, un aumento que representó cerca de una décima parte del crecimiento del país. Los estadounidenses que se identifican como no hispanos y pertenecientes a más de una raza fueron los que más aumentaron, al pasar de 6 millones a 13,5 millones”.

Mientras tanto, la población blanca, en números absolutos, disminuyó por primera vez en la historia del país.

Estos datos son terribles para los supremacistas blancos. Como me dijo por teléfono Kathleen Belew, profesora adjunta de Historia de Estados Unidos en la Universidad de Chicago: “Esta gente vive este tipo de cambio como una amenaza apocalíptica”.

El tamaño de la población determina, hasta cierto punto, el poder que se ejerce. La única opción que les queda a los supremacistas blancos en este momento es encontrar la manera de ayudar a los blancos a mantener su poder, aunque se conviertan en una minoría de la población general, y la mejor vía para hacerlo es negarle el acceso a ese poder al mayor número posible de minorías.

Ahora estamos siendo testigos de un sorprendente y descarado intento de supresión del voto en todo el país. Creo que esto es solo el comienzo de algo, no el final, y que los esfuerzos por privar de sus derechos a los electores pertenecientes a minorías serán cada vez más descarados a medida que el movimiento del poder blanco se vuelva más desesperado. La supresión del voto por parte de los republicanos es un intento de apuntalar el poder de los blancos y disminuir el de los no blancos, y el Senado se los ha permitido.

El traspaso de poder no es un asunto cortés y amable como pasar la sal en la mesa. Las personas con poder luchan, a veces hasta el último momento, para conservarlo. Habrá un cambio, pero no sin dar batalla.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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