Voces

martes 24 may 2022 | Actualizado a 10:55

El desacuerdo y la flojera

/ 18 de enero de 2022 / 02:31

Los atenienses ciertamente le daban mucha importancia a la palabra y creo que podríamos considerarlos como verdaderos campeones de la libertad de expresión. En el ágora, reconocían el coraje de aquellos que dijeran su verdad más allá de las porras y los abucheos de las multitudes; y fuera de ella, eran las palabras las que le daban sentido a las vidas de sus ciudadanos, por pocos que éstos fueran, a través de las obras de Esquilo y Aristófanes, para reír y llorar. Fue con palabras que construyeron su novedosa forma de gobierno, la democracia, imposible sin deliberación y las contradicciones que ésta inevitablemente trae, prestándose, por cierto, el alfabeto fenicio, unos siglos antes de convertirse en la Ciudad Estado más poderosa del Mar Egeo.

Aquellos amos de la persuasión, los sofistas, mostraban particular orgullo por su habilidad para convencer mediante el uso de la palabra, lo que llevó a Gorgias, en el Encomio de Helena, a advertir que, “la palabra es un poderoso soberano que, con un cuerpo pequeñísimo y del todo invisible, lleva a término las obras más divinas. Pues es capaz de hacer cesar el miedo y mitigar el dolor, producir alegría y aumentar la compasión”. Ciertamente, es posible hacer cosas con palabras, y puede que sean la única forma de construir una vida civilizada. Para los que disfrutaron de esa maravillosa película de Christopher Nolan, Inception, las explicaciones están de más. Más que de endulzar los oídos, la retórica en realidad trata acerca de construir realidades a través de los argumentos, algo mucho más difícil de hacer que de decir, irónicamente.

Ryan K Ballot, un especialista en todo lo que pueda relacionarse al mundo antiguo, sostiene que la deliberación y el discurso público tenían particular importancia para los atenienses, muy por encima que para el resto de los pueblos griegos. Pues era a través de estas actividades que ellos construían su verdadera ciudadanía, su alianza y lealtad para con el resto de sus pares. Y dicho ejercicio requería de la presencia de su propia serie de virtudes. Si en el gobierno era la templanza y la moderación lo que definía a un buen gobernante, en el debate público lo que se requería con más necesidad era el coraje, o la capacidad de decir cosas que posiblemente muchos condenarían o incluso censurarían. Decir la verdad requería no solo de la capacidad de poder articular coherentemente un discurso, sino del valor para decir aquello que no se quiere escuchar.

Esto es algo que deberíamos tener particularmente presente estos días en los que corren rumores sobre posibles cambios en el gabinete presidencial. Cuestionamientos, increpaciones y hasta abiertas defenestraciones se han hecho al calor de la coyuntura, lo que ha sido aprovechado por los medios de la derecha para señalar una supuesta fractura en el instrumento político más grande y poderoso en la historia del país. Lejos de obligarnos a callar nuestras discrepancias, el propio devenir del MAS-IPSP nos demuestra que esta tradición de política contenciosa es lo que explica la fortaleza del partido, por lo que no debemos temerle al debate abierto, honesto y de buena fe, particularmente si los que comparten su parecer son las principales organizaciones del Pacto de Unidad.

En realidad, lo peligroso sería callar nuestras desavenencias bajo una falsa fachada de unidad, como si decir lo que uno considera la verdad fuera lo mismo que ponerse de lado de aquella extrema derecha que no tiene ni siquiera ideas para estar en desacuerdo. Puede que las opiniones acerca de cómo deberían funcionar las cosas dentro del MAS-IPSP sean tan diversas que resulten conflictivas, pero al menos nunca tendremos que soportar aquel silencio que delata la evidente estupidez de nuestros adversarios, cuya desesperación por recuperar el poder llegó a tal extremo que depositan todas sus esperanzas no en ganar, sino en que el otro se rinda. Eso ya es flojera.

Carlos Moldiz es politólogo.

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El imperio del contrabando

/ 24 de mayo de 2022 / 01:00

¿Y si les dijera que la independencia de los EEUU fue inspirada por una patriótica defensa del contrabando de molasa, materia prima para la elaboración de ron, que el yugo británico sobre las Trece Colonias hacía cada día más difícil? ¿Que su revolución industrial fue impulsada por el contrabando de patentes, tecnologías y el robo de cerebros, a costillas de Inglaterra? ¿Que sus propios ejércitos independentistas financiaban sus campañas militares con los ingresos provenientes del contrabando de esclavos y cigarrillos desde el Sur? Es decir, ¿si les dijera que el contrabando es tanto acerca de construir estatalidad, como de subvertirla?

Esa es la provocadora tesis del no tan reciente libro del politólogo estadounidense Peter Andreas, Smuglers Nation: How Illicit Trade Made America (que puede traducirse como Nación de contrabandistas: Cómo el comercio ilícito construyó América), publicado en 2013, donde hace una exhaustiva revisión de la historia del imperio del norte a través de los lentes del contrabando, explicando gran parte de su éxito por su capacidad para borrar las líneas imaginarias del comercio internacional, pero a su favor. El contrabando, nos recuerda el autor, no es más que el libre comercio llevado hasta sus últimas consecuencias, razón por la cual Adam Smith les derrochaba a los agentes de esta actividad no pocos halagos.

No es, pues, una anomalía en el sistema, sino algo intrínseco a él, debido a que las mercancías que lo componen corren por las mismas vías que las de carácter legal, muchas veces movilizadas por los mismos agentes que forman parte de la economía formal. Andreas nota, en el prefacio de su libro, cómo la producción de cocaína en Latinoamérica no sería posible sin la materia prima legalmente importada desde los EEUU, como los precursores o papel higiénico.

Es de notarse cómo en el ámbito de las economías informales se repite el patrón de la división internacional del trabajo, que separa a Estados productores de materias primas de Estados que producen bienes con valor agregado o que se benefician de su comercialización. Las millonarias ganancias del narcotráfico las reportan cárteles brasileños y colombianos, no los productores campesinos bolivianos. El contrabando, huelga decirlo, puede actuar a favor de un Estado mientras lo hace en contra de otro.

¿Cuál es la diferencia entre una forma y otra de contrabando? Siguiendo a Andreas, es de notar que, de la misma forma en cómo sucede con el narcotráfico, la priorización de algunas formas de contrabando sobre otras refleja las asimetrías de poder que pueden darse en las relaciones internacionales.

Así, advierte el autor en otro artículo académico, que mientras el desecho de desperdicios del norte al sur (veamos el caso de la ropa usada en Atacama, Chile) o de antigüedades del sur al norte no reciben mucha atención en las agendas bilaterales entre dichos Estados, el narcotráfico y la migración ilegal copan sus agendas, siguiendo los intereses de los polos dominantes de estas relaciones entre países. Nuevamente, y al igual que sucede con las drogas, se trata de determinaciones políticas antes que técnicas.

¿Y si México condicionara su cooperación en la lucha contra el narcotráfico a una respuesta proporcional desde los EEUU respecto al contrabando de armas?

Este enfoque no es aplicable a todos los casos, por supuesto. El problema del contrabando de vehículos desde Chile o de alimentos desde Perú seguramente tendrá que seguir otro tipo de enfoques, pero me atrevo a suponer que la solución a estos problemas, como casi todo en la vida, es política. Para corroborar esto solo hace falta revisar la siempre polémica historia de los EEUU, el imperio del contrabando.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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La globalización clandestina

/ 10 de mayo de 2022 / 01:22

Nuestra última reflexión llegó a la conclusión de que la guerra contra las drogas parte de un enfoque punitivo tan inefectivo como arbitrario, dada su forma de clasificar ciertas sustancias como legales o ilegales. Ahora pasemos a abordar cómo dicha cruzada mundial en contra del vicio revela algo más que hipocresía por parte de uno de sus principales impulsores, los Estados Unidos, hasta convertirse en un soporte estratégico de su política exterior, sin el cual seguramente tendrían menos argumentos para justificar su “liderazgo” sobre el resto del mundo.

Desde el Plan Colombia hasta el Plan Mérida, es interesante notar cómo los programas de asistencia militar de los EEUU en la región han fracasado en su objetivo de reducir la producción de narcóticos en el sur global, sirviendo, por otro lado, como verdaderos caldos de cultivo para la emergencia de organizaciones criminales y ejércitos paramilitares poco inclinados a la promoción de la democracia, pero sí muy exitosos en el sostenimiento de élites políticas poco representativas como sucedió con las Fuerzas de Autodefensas Unidas de Colombia, muy atadas al uribismo.

Si sumamos a dicha experiencia los ejemplos del general Noriega en Panamá, los Contras en Nicaragua y los gobiernos de Banzer y García Meza en Bolivia, no es difícil notar que existe una relación casi directa entre el narcotráfico y la extrema derecha en toda Latinoamérica. Con esto no queremos negar, por supuesto, que algunos grupos de insurgencia comunista no hayan recurrido a este tipo de actividades para financiar su lucha, pero es de notar que la guerrilla de las FARC, por ejemplo, precedió por mucho al boom de este negocio, llegando a él muchos años después de su fundación.

Hasta este punto, parecería que la cooperación estadounidense no solo fracasa al momento de combatir la producción de narcóticos en la región, sino que, de alguna manera, la fomenta. ¿Por qué sucede esto? Creo que una posible explicación para esta aparente paradoja reside en el hecho de que la industria de las drogas es hoy tan necesaria para la economía global como lo es la industria de los combustibles fósiles.

¿Qué sería del capitalismo sin el contrabando de armas, el narcotráfico y la trata y tráfico de personas? Mucho movimiento económico global sería imposible de explicar. Y de la misma forma en que muchos países desarrollados piensan en cocaína o marihuana cuando se habla de Latinoamérica, creo que el éxito de Suiza se debe a algo más que relojes y chocolates. Por cada actividad legal que produce empleos en el mundo, hay otras tres que se constituyen en fuentes alternativas de sustento para millones de personas. Me cuesta imaginar el éxito de los EEUU sin el tráfico de armas al resto del mundo.

Un enfoque de aproximación interesante para este fenómeno, aunque desde una perspectiva muy diferente, es el que el politólogo Peter Andreas ha llamado Economía Política Internacional Ilícita, que ayuda a explicar el lado clandestino de la globalización, y al que estaré dedicando mis subsecuentes análisis en este espacio.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Drogas

/ 26 de abril de 2022 / 01:56

A veces me pregunto cómo sería la eucaristía si la sangre de Jesús fuera limonada. Seguramente habría tantos católicos en el mundo como mormones en Bolivia, y eso si en serio creemos que ninguno de ellos tuvo alguna vez una resaca.

Ahora imaginen la vida sin café, té, chocolate o cigarrillos. Sería posible, sí, pero no muy placentera. Hay algo muy humano acerca de estar ebrio, y eso es porque el consumo de drogas es casi consustancial a la condición de nuestra especie, sea recreativo, ritual o medicinal.

Y, sin embargo, no son pocos los que han tratado de suprimir aquello que hasta las cabras de monte hacen. A principios del siglo XX, círculos conservadores en los Estados Unidos lograron lo imposible y decretaron que las palomas no vuelen y los peces no naden con el Acta Volstead, que hizo ilegal el consumo de alcohol.

La prohibición no logró reducir el número de borrachos en las calles, pero sí multiplicó las ganancias de matones callejeros, que lograron levantar imperios sobre el comercio ilegal de ron y otras bebidas fuertes, que eran más lucrativas justamente por ser ilegales.

El contrabando etílico era, al mismo tiempo, un negocio híper competitivo, como lo es hoy el narcotráfico, donde solo triunfaban los más fuertes. Las calles se inundaron de sangre, con pocos ganadores como los gángsters Enoch Thomson o Al Capone…, HBO tiene una serie.

La lección acá es la siguiente: la clasificación de una sustancia psicoactiva como legal o ilegal no responde a parámetros científicos sino a criterios muy arbitrarios.

Tan arbitrarios que la cocaína era totalmente legal hasta bien entrada la Segunda Guerra Mundial, al punto que Alemania tenía cultivos de hoja de coca en el sudeste asiático. La derrota de los países del eje selló también el destino de sus drogas predilectas y no fue hasta finales de la década de los 50 que la cocaína volvió a emerger con fuerza en el mundo.

¿Y a quiénes benefició su comercialización? La Revolución Cubana provocó un éxodo de mafiosos hacia los EEUU, que incursionaron rápidamente en este negocio, cuyo epicentro estaba justamente en las calles de California. Luego fueron desplazados por cárteles colombianos y mexicanos, impulsados por el éxito de Pablo Escobar, el héroe de Luis Fernando Camacho.

Y a medida que el gobierno estadounidense intensificaba su política antinarcóticos, más cara se hacía la cocaína y más violento se tornaba su mercado. A inicios de los años 80, Reagan declara la Guerra contra las Drogas, al mismo tiempo que financia su lucha contra el comunismo internacional con las ganancias de la venta de crack y cocaína en los barrios negros y pobres del noreste. ¿Necesito subrayar la hipocresía?

Con esto no quiero insinuar que el consumo de drogas (cualquier droga) sea bueno o no sea un problema. Lo es, sin duda, como todo exceso, pero la cuestión está en el enfoque con el que se lo aborda.

El punitivo ha demostrado ser excelente para los negocios, pero terrible para la gente. No solo fracasó en reducir el número de drogadictos en el mundo, sino que hizo posible, en gran medida, la violencia extrema que hoy afecta a México y a Colombia, además de la represión criminal que tuvo que enfrentar el movimiento cocalero en Bolivia. El sanitario, por otro lado, ha logrado maravillas en países como Portugal, que han dejado de tratar a los narcodependientes como homicidas, sino como enfermos que necesitan ayuda y no tiros.

La adicción es una enfermedad, no un delito. La guerra contra las drogas es una mentira, una estrategia de negocios.

Carlos Moldiz es politólogo.

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La celebración de un fracaso histórico

/ 12 de abril de 2022 / 01:43

La Revolución Nacional de 1952 fue un fracaso. Creo que pocos estarán en desacuerdo con dicha afirmación. Por cada contradicción que resolvía creaba otra, a su vez más compleja, y al final, se puede decir que no cumplió ni con el más básico de sus objetivos, que era el de crear una nación como espacio unificador de una sociedad que corría el peligro de dispersarse en la nada tras su derrota en la Guerra del Chaco. A 70 años del acontecimiento que le dio vida, ninguna reflexión está por demás, mientras contribuya a superar la ambigüedad con la que usualmente se la aborda.

Creo que, como punto de partida, su principal mérito reside en haber desplazado del poder a una clase social que no hacía otra cosa que depredar al resto del país, por muy buenas veladas literarias que hubiera organizado en su momento. Cientos de masacres contra comunidades indígenas y trabajadores de las minas deberían ser suficiente justificativo para aplaudir este primer logro.

El problema es que, a pesar de haber desplazado a los barones del estaño del control del Estado y de haber erradicado a la élite hacendada que cometía atroces abusos contra la población indígena, la Revolución Nacional terminó creando una nueva oligarquía terrateniente en el oriente del país, al mismo tiempo que producía una burguesía estatal no menos racista y colonial que su predecesora. Algunos le llaman a esto la paradoja señorial. Primera falta.

En segundo lugar, a pesar de lo que puede sugerir el término nacionalismo revolucionario, sus principales dirigentes no opusieron mucha resistencia ni mostraron mucho patriotismo para oponerse a las evidentes intenciones del entonces naciente imperio estadounidense, que cosechaba los frutos de haber quedado como la única potencia en pie tras la Segunda Guerra Mundial, de consolidar su hegemonía sobre toda la región.

Las condiciones de su asistencia financiera estaban determinadas por el contexto de la Guerra Fría, que exigía disciplinar a un movimiento obrero sospechoso de inclinaciones comunistas a través del fortalecimiento de los órganos represivos del Estado, lo que al final derivó en la inauguración de un ciclo de dictaduras militares que no deberían resultar difíciles de repudiar.

Pero por encima de todo esto, lo que resulta más frustrante acerca de este episodio de nuestra historia es que no logró resolver la marginalidad de la población indígena, que siguió siendo discriminada a partir de criterios como el apellido, la lengua o el color de la piel. Es decir, por exactamente las mismas razones por las que se la humillaba en el pasado. El mestizaje fue una mentira, tal vez bienintencionada, pero mentira, a fin de cuentas.

Lo paradójico de esta revolución no tiene límites si se toma en cuenta que fueron los mismos dirigentes del MNR los que terminaron por desmontar, uno por uno, los fundamentos del Estado de 1952, privatizando y vendiendo a precio de gallina muerta lo que habían nacionalizado décadas atrás, convirtiéndose en un remedo más grotesco de la oligarquía que contribuyeron a descabezar.

Pero, como dije en otra ocasión, lo trágico y lo cómico siempre irán de la mano. Fue con el Decreto 21060 que el MNR crearía a sus propios enterradores, desplazando a miles de mineros hacia lo que luego sería la ciudad de El Alto y las sofocantes selvas del Chapare, lugares donde culminaría el ciclo de rebeliones que a principios de este siglo pusieron fin a una partidocracia encabezada justamente por el MNR.

Tal vez sí vale la pena celebrar este fracaso histórico.

Carlos Moldiz es politólogo.

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Orden y naturaleza

/ 29 de marzo de 2022 / 02:18

Si nos atenemos a la distinción que hacían algunos griegos entre las nociones de physis y nomos, o entre el orden que proviene de la naturaleza y el que es establecido desde la genialidad de nuestra especie, podemos caer en el error de contraponer ambos sentidos hasta hacerlos casi antagónicos, y derivar de ello que las instituciones y normas que regulan nuestra vida son creaciones artificiales y, hasta cierto punto, falsas.

Tal distinción opera en cierta forma de anarquismo libertario que considera la libertad individual como última razón de ser de la política, que se sobrepone a todos los demás aspectos de la vida social o de los intereses colectivos y que refuerza la idea de que es la suma de egoísmos lo que permite el buen funcionamiento de la sociedad. Posición que hoy es defendida por algunos mal llamados liberales en Bolivia, quienes intentan pasar por originales y provocadores con argumentos provenientes del siglo XIX, pero que pueden ser fácilmente desmentidos cuando se consideran los desastres provocados por el modelo neoliberal durante los años 90 del siglo pasado.

Si partimos, por otro lado, de una comprensión del ser humano como uno esencialmente político y social (dos facetas inseparables entre sí en el pensamiento griego), es decir, que no puede sobrevivir fuera de la comunidad de su misma especie y que encuentra la realización de su ser justamente en ese contexto, veremos entonces a las instituciones y el surgimiento del propio Estado como fenómenos casi naturales de la vida en sociedad. Tal es la concepción aristotélica del ser humano, desarrollada en las primeras páginas de su obra La Política.

En dicho texto se explica que la Polis, que hoy podríamos equiparar de alguna forma con el Estado moderno, es el resultado inevitable de la agregación de varios hogares o unidades familiares en una comunidad y de varias comunidades en algo más grande que, para funcionar, requiere necesariamente de ciertas reglas, es decir, de ciertas limitaciones a la acción humana, al igual que concepciones mínimas de lo que es bueno y lo que es malo, es decir, de moralidad, que el controvertido filósofo alemán Friedrich Nietzsche rechazaba por ser supuestamente un invento de los débiles para eludir el dominio de los fuertes.

La antinomia entre lo natural y lo artificial es, por lo tanto, falsa, puesto que no existe un solo ejemplo de sociedad de ningún tipo que no haya establecido normas de convivencia obligatorias para sus miembros, jerarquías entre grupos sociales y parámetros para la asignación de recursos y oportunidades, desde las más sencillas hasta las más complejas. La tendencia hacia el establecimiento de determinado tipo de instituciones es tan generalizada en la historia de nuestra especie que se podría decir que es casi una ley natural que el ser humano busque imponer orden al caos.

Sin embargo, no han sido pocas las veces en la historia que el caos se presentó a sí mismo como una forma de orden, limitando los derechos de muchos para permitir la arbitrariedad de pocos, como sucedió, por ejemplo, con el régimen de facto de Jeanine Áñez, que impuso un Estado de excepción para disponer la eliminación política y física del sujeto indígena originario campesino a través del Decreto 4078, que legalizaba el genocidio, y que pretendió prorrogar indefinidamente por medio de una cuarentena más militar que sanitaria so pretexto del COVID-19.

Para demostrar el carácter disruptivo, desinstitucionalizante y caótico de su presidencia, deberían bastar las dos masacres y los asesinatos selectivos denunciados por la comisión del GIEI, pero también nos sirven como ejemplos ilustrativos de su criminal desorden los numerosos casos de corrupción perpetrados en tiempo récord por aquellos que se llenaban la boca con conceptos como Estado de derecho, democracia e institucionalidad, mientras se hacían de la vista gorda frente a un grupo de personas que utilizaban los aviones del Estado como taxis personales, al estilo Carolina Ribera, quien debería ser juzgada junto a su madre.

¿Qué otra cosa podría derivarse de un golpe de Estado que no sea caos? Un golpe de Estado es, por definición, la ruptura del orden institucional, que no sucede por decreto, sino de jure. Por ello, aquellas posiciones que reclaman reconocer la presidencia de Áñez como legítima o constitucional pasan de largo que porque algo sea ilegal no quiere decir que no sea real.

Carlos Moldiz es politólogo.

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