Voces

lunes 23 may 2022 | Actualizado a 18:32

Defender el patrimonio

/ 27 de enero de 2022 / 01:12

Iniciaba la década de los sesenta. Los que entonces éramos niños aprendíamos a bailar, escuchábamos poesía, cantos en el idioma de nuestros padres o abuelos, quienes con infinita nostalgia mencionaban al Líbano. Ese mundo que en nuestras tiernas mentes tenía el aroma de los cedros, el sonido del mar que rompía olas en las rocas de Beirut, y sobre todo el sabor de la comida que se hacía realidad a las 12.00 en el Club Libanés de El Prado de La Paz, donde una pujante comunidad estaba siempre dispuesta a recrear la magia de sus costumbres y a compartir todas las expresiones de su cultura. Con ese fin fundaron esa institución y escogieron un lugar hermoso que cuidaron, conservaron y embellecieron como una ofrenda a la ciudad que eligieron para vivir.

Con el paso de los años las actividades dominicales se fueron espaciando, los descendientes fuimos tomando la posta con el impulso de quien no quiere olvidar. Organizamos conferencias, reuniones, semanas culturales sobre todo cada noviembre, aniversario del Líbano. Así fue hasta 1997 cuando el Club se vendió y allí se instaló el Museo Plaza de Arte Contemporáneo, quedaba el consuelo que sería conservado en su arquitectura y su actividad cultural.

Con tristeza leo la noticia de que el ex Club Libanés, ahora también ex Museo Plaza, tendrá un destino comercial, sin atisbo de arte o impulso cultural. No hay mayor información, lo expuesto es suficiente para sublevar mi espíritu de escenario, mi gusto por el arte, mi pasión por la lectura, la poesía, el cuento, la música y el canto. Mentalmente recorro la entrada al Club de mi niñez, subo sus gradas siempre misteriosas, llego al escenario y recorro el pesado telón de terciopelo, escucho y veo a quienes lo poblaron con sus danzas, con sus palabras.

¿Todo tiene que terminar tan mal como el antiguo Teatro Princesa? Ese hermosísimo espacio con un hall enfarolado en plena calle Comercio del centro paceño que ahora está ocupado por microempresarios, que indudablemente y literalmente son los mismos que también ocupan el ex Cine Bolívar en la Plaza Venezuela con unos cubículos hechos de tela, esos que solo ofrecen la decadencia de lo adulterado para uniformar a los prisioneros de la mediocridad que a manos llenas regala el Facebook. ¿Es justo? ¿Resignadamente debemos esperar que esto suceda? ¿A nadie más le importa?

Lucía Sauma es periodista.

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El reencuentro

/ 19 de mayo de 2022 / 01:46

Los cafés se han vuelto a llenar con gente que tras prolongados abrazos se pone al día en largas y amenas charlas procurando ahuyentar el fantasma de la covideana separación. A pesar del barbijo, los amigos se reconocen en las puertas de los teatros, de conciertos al aire libre, ferias gastronómicas, exposiciones, reaperturas o inauguraciones, es decir de los mil y un emprendimientos surgidos ante la urgencia de la reactivación económica. En el aire se nota la necesidad de contacto humano, de la actividad libre, de la conversación frente a frente. El confinamiento, el temor al contagio, las secuelas de la enfermedad en los sobrevivientes, el dolor de la pérdida de seres queridos, las oleadas de miedo vividas en el encierro tienen consecuencias en la salud mental de las personas.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) da cuenta de una pandemia de salud mental en el continente debido al aumento de casos de depresión y ansiedad por el COVID- 19. A pesar del creciente entusiasmo de las personas, que reflejamos al inicio de esta columna, aún hay quienes se resisten a salir, temen las reuniones familiares y de amigos, no se dan la mano, han perdido espontaneidad. En estas actitudes hay un daño afectivo que debe curarse, que debe ser tratado. Es necesario recobrar las buenas prácticas de dar y recibir cariño, comprensión, calor humano, estamos hechos para ese tipo de convivencia y no para el aislamiento al que hemos sido sometidos.

En julio de 2020, la OPS ya habló de los efectos negativos que se podrían generar luego que se logre superar la pandemia del COVID- 19, ha llegado el momento de encarar esa situación. En ese entonces se habló de la necesidad de implementar servicios y programas de salud mental en nuestra región, para evitar un aumento desmedido de trastornos psicosociales. Los gobiernos municipales deben tomar en cuenta políticas de esparcimiento al aire libre, de planes familiares para armonizar la convivencia social. Sencillas prácticas como caminatas para un mejor conocimiento de las atracciones y la historia que tiene cada ciudad, conciertos al aire libre, campeonatos de juegos de mesas en plazas, ferias gastronómicas, en fin, rearmar el tejido social que nos termine de liberar del miedo, incluso manteniendo medidas de bioseguridad.

Los niños y adolescentes han sido sometidos a situaciones de temor que no pueden ignorarse, muchos tuvieron que reducir su actividad y movimiento a estar dentro de una sola habitación, con largas jornadas tediosas y solitarias. Los seres humanos no podemos vivir aislados, encerrados, sin la convivencia diaria con otros seres humanos. Tan importante es cuidarnos del COVID-19 como la protección de nuestra salud mental.

Lucía Sauma es periodista.

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Las desaparecidas

/ 5 de mayo de 2022 / 01:10

Su vida se detuvo a los 36 años cuando su hija de 15 años desapareció. No volvió a escuchar su voz, no volvió a verla desde octubre de 2015; a partir de ese día la busca todos los días, dejó fotocopias con su foto y su número de teléfono pegados en todos los postes, las pasarelas, las paradas de buses en las puertas de los colegios. Viajó donde le dijeron que había alguna pista, ella insistió con los policías para que hicieran seguimiento de las llamadas de otras niñas desaparecidas que curiosamente figuraban en el teléfono de su hija. Su esposo aún va a los prostíbulos y bares con la esperanza de encontrar viva a su niña que ahora ya debe tener 22 años. Como Carmen (nombre supuesto), hay cientos de familias paralizadas porque sus hijas salieron del hogar rumbo al colegio, a un encuentro con amigas, a comprar algo que necesitaban, pero las horas precedieron a los días, las semanas, los meses y los años, sin que ellas volvieran.

Ni los padres ni sus hijos parecen estar suficientemente advertidos de la existencia de tratantes de personas. Verdaderas bandas delincuenciales con redes internacionales que lucran con la venta y la prostitución de mujeres en todo el mundo. Ahora se sirven de las redes sociales, las que gobiernan la vida de los jóvenes sin límite y con su absoluta sumisión. A pesar de la divulgación que se hace de la forma en la que los tratantes de personas captan a sus víctimas a través del Facebook, Instagram o WhatsApp, todos los días alguien es atrapado en sus telarañas.

No hay cifras oficiales sobre desapariciones, pero existe la Asociación de Apoyo a Familiares Víctimas de Trata y Tráfico de Personas y Delitos Conexos (Asafavittp) que reúne a madres que buscan a sus hijas, muchas de ellas desde hace años y tienen la esperanza de encontrarlas con vida. Esta agrupación ha conseguido encontrar a nueve jóvenes que fueron víctimas de trata y tráfico de personas, siguieron las pistas personalmente hasta encontrar a las adolescentes y niñas.

Los relatos de sus hallazgos llevan a pensar que no se resuelven más casos porque se los abandona ante la falta de dinero, o quedan a medias por el frecuente cambio de los investigadores, o por no seguir las pistas y equivocar el camino, o finalmente porque cuando llegaron las autoridades al lugar correcto los delincuentes habían huido con la víctima al haber sido previamente advertidos.

¿Por qué si se sabe que el cambio constante de investigador perjudica la solución de los casos se continúa con esta práctica? ¿Por qué se dilata el seguimiento de las pistas que se encuentran en los celulares? ¿Por qué con tanta frecuencia desaparecen los expedientes en la Fiscalía? Son preguntas que deben responder la Fiscalía, la Policía y las autoridades del Gobierno encargadas de la seguridad de los ciudadanos.

Lucía Sauma es periodista.

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Daños colaterales

/ 21 de abril de 2022 / 00:53

Volver a las calles, volver al trabajo en forma presencial después del encierro por la pandemia, para muchas personas significa vencer varias barreras, el miedo al contagio, el temor a enfrentarse con las personas cara a cara, aunque medie el barbijo, el salir en horarios desacostumbrados por la pandemia, sobre todo durante la noche o el mediodía, ver con asombro calles llenas sin distancia social, sin temor al roce. El COVID- 19 ha dejado secuelas para los que contrajeron la enfermedad, pero también para los que sufrieron el encierro y el temor.

A esta altura el teletrabajo, poco a poco, va quedando atrás. Es más frecuente escuchar la alegría que sienten los que retornan a sus oficinas, a sus talleres, a sus centros laborales, los que dejan los horarios y los turnos covideanos. Asisten contentos, extrañaban el contacto humano. Sin embargo, como en todo, ese es un grupo, porque hay otro sector que ha formado hábitos que serán difíciles de romper, por ejemplo el desgano por arreglarse, la flojera de caminar hasta la parada del transporte público, enfrentarse a la luz del sol abandonando el golpe luminoso de la pantalla de la computadora o el celular. También se sienten incómodos al entablar una conversación, su voz les suena rara.

En esta época hay quienes decidieron no volver al trabajo como lo hacían antes y permanecerán encerrados, aislados y solos por decisión propia. Dicho así, parece mentira que alguien escoja tal aislamiento, no encuentran el camino del retorno. Son personas que ya eran de ese modo y la pandemia les ofreció el pretexto ideal para mantener su aislamiento como algo normal.

La pandemia también ha provocado inestabilidad laboral, un temor permanente por perder el empleo, sin importar lo precario que éste sea, ni los riesgos que pueda conllevar. Esto explica el incremento de trabajos como los delivery, motociclistas que van a gran velocidad sorteando todos los coches, buses y camiones que tienen por delante, curveando de derecha a izquierda y viceversa, es una ocupación que llegó para quedarse. El negocio de comida es otro sector que ha crecido de gran manera, desde el puesto callejero hasta el restaurante de lujo que incluye la comida de autor. Sea como sea estos emprendimientos, casi en su totalidad, están comandados por jóvenes, a quienes el mercado laboral relega y obliga a inventar.

De cualquier modo, con temor o sin él, día a día vemos cerrarse los negocios de material de bioseguridad y cambiar por nuevas demandas como material escolar, ropa para estrenar o a medio uso, ópticas, peluquerías para mascotas y casas de cambio. El jueves y viernes de Semana Santa, las calles y los templos volvieron a poblarse de fieles después de dos años de ausencias. A pesar de las diferencias hay una sentida necesidad de respirar aire en libertad.

Lucía Sauma es periodista.

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Ni superhéroe, ni simplón

/ 7 de abril de 2022 / 00:48

Se presentaron 198 postulantes para el cargo de Defensor del Pueblo. ¿Cuántos de los aspirantes calibraron lo que realmente significa desempeñar ese cargo? Para ejercer la defensa del pueblo hace falta grandeza humana, historia de vida en la defensa de los derechos de las personas, dignidad probada, valentía al momento de afrontar a quienes dicen tener razón, cuando en realidad lo que tienen es poder para pisotear al otro, para aplastarlo o para servirse de él. La labor implica hacerle frente a la burocracia estatal que suele enredar cualquier simple procedimiento en un trámite interminable, significa desenmascarar a los arrimados al poder que se menean sin escrúpulos al ritmo que mejor conviene a sus intereses, aunque eso implique corromper o liquidar los derechos de los otros. ¿Quién de todos los que se presentaron puede reclamar el puesto después de sopesar esa responsabilidad?

Ejercer la defensoría del pueblo requiere ir más allá del tecnicismo de recibir una denuncia y derivarla a quien corresponda el turno de acumular documentos en su escritorio para terminar declarando sentirse absolutamente abrumado con tanto trabajo, con tanta queja. El verdadero defensor sondea todos los días lo que está pasando en las calles, que es donde transcurre la realidad. Huele, siente, percibe claramente dónde se están vulnerando los derechos, entonces indaga, habla con la gente, la busca, sabe escuchar, tiene atentos los cinco sentidos.

Quien vulnera los derechos de los otros cuenta con el silencio de sus víctimas y también cuenta con el silencio y la pasividad de todos los actores que están alrededor, por eso el defensor tiene que animar a hablar, a actuar en la protección de las víctimas y sobre todo en la búsqueda de la reparación del daño, porque reparar debe ser la mejor forma de devolver la dignidad a quien ha padecido una injusticia y el modo más eficiente de escarmentar y corregir a los culpables.

Ser Defensor del Pueblo implica enfrentar al poder, cuestionarlo en sus manejos arbitrarios, pero también en su inacción, o en su ausencia como Estado, en su debilidad para ejercer el derecho o en su letargo a la hora de resolver problemas.

Otra gran tarea del Defensor del Pueblo es la de formar a los ciudadanos en una cultura del buen trato, del respeto a los otros y su entorno, al conocimiento y ejercicio pleno tanto de sus derechos como de sus deberes. La función de educación ciudadana también le sirve a la Defensoría para retroalimentarse de la calle, para mantener su apego al vivir cotidiano de la gente común a la que ha jurado defender.

Contrariamente a todo lo expuesto, quien ocupe el cargo de Defensor del Pueblo no debe ser un superhéroe, más bien debe ser alguien simple (no simplón), con buen termómetro social, dispuesto a escuchar y enfrentar al poder cuando sea necesario, equilibrado pero implacable ante la injusticia y decidido a lograr que todo daño sea reparado. En resumidas cuentas, un ser humano dispuesto a servir.

Lucía Sauma es periodista.

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No quieren parar la guerra

/ 24 de marzo de 2022 / 00:10

En estos momentos se libra una guerra en Ucrania y Europa junto a Estados Unidos no la pueden parar. Hay civiles muertos, ataques a hospitales, centros comerciales, falta de alimentos, miles de refugiados que se reparten por el mundo y los poderosos no pueden detener la barbarie que significa la guerra, ni pueden solucionar los problemas que conlleva un conflicto bélico, no pueden o no quieren.

Asimismo, todos los días mueren por hambre miles de personas en África, Asia y América principalmente, y los países más poderosos no pueden solucionar ese problema. No pueden, no quieren o es que el hambre, la pobreza, les sirve para alimentar la maquinaria que mueve su industria, su burocracia, sus fuentes de empleo, el sistema que se mantiene gracias al desequilibrio, a la inequidad.

En un mundo más igualitario los poderosos perderían poder, podrían fácilmente ser sucedidos por los que ahora son menos beneficiados. En una sociedad más equilibrada en el reparto de la riqueza, los poderosos no serían el modelo inalcanzable al que aspiran, serían como todos.

La guerra en el continente con mayor riqueza, con mejores índices de desarrollo, como es Europa, se traduce en subir la producción, la venta y la compra de armas. En mentes perversas este es el método más rápido y seguro de reactivación económica después de dos años de pandemia. Por algo Europa, estos últimos años se convirtió en el mayor importador de armas en el mundo, según el informe anual del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), siendo Estados Unidos el mayor proveedor de armamento a nivel mundial.

El poder, venga de donde venga, se alimenta del conflicto, de las desigualdades, de las injusticias. Decide sobre el destino de los menos favorecidos pretendiendo ser generoso en el reparto de las dádivas, callando, ocultando que la riqueza es para sí y la limosna para los demás. Mientras tanto los de este lado del mundo, como meros espectadores, voraces consumidores de redes sociales, cumplen a cabalidad el papel de transmisores de información sin discriminar la verdad de la mentira, esa es la otra parte de la guerra, del conflicto, de la desigualdad, donde unos manejan los hilos y otros son las marionetas.

Desde esta parte del mundo puestos a pensar quién es quién, si el dueño de los hilos o el muñeco que se mueve a gusto y sabor del titiritero, lastimosamente no hay dónde perderse. Sin embargo, todavía queda la posibilidad de darse cuenta de lo que en realidad está pasando en el teatrín donde se desarrollan las escenas, no para suicidarnos como Stefan Zweig, por no ver cómo el mundo se destruye a sí mismo, sino para, de vez en cuando, enredar los hilos de la marioneta y advertirle al que los maneja que también podemos darle un susto y sorprenderlo con una maroma no planificada de desobediencia, de desacuerdo.

Lucía Sauma es periodista.

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