Voces

Wednesday 5 Oct 2022 | Actualizado a 01:47 AM

El fracaso de Facebook

/ 22 de febrero de 2022 / 03:17

No han faltado explicaciones para la espectacular y repentina caída en el valor de las acciones de Facebook que ocurrió recientemente. En un informe de resultados, Meta, la empresa matriz de Facebook, señaló que su crecimiento de usuarios se había estancado. La gente joven, su sector demográfico más valioso, sigue pasando tiempo en TikTok, la irresistible aplicación de videos cortos que se ha vuelto la competencia más formidable de Facebook en años.

Las nuevas funciones de privacidad que agregó Apple al iPhone el año pasado también están obstaculizando las principales fuentes de ingresos de Facebook: los anuncios digitales focalizados. La empresa mencionó que los cambios de Apple podían costarle 10.000 millones de dólares en ingresos el próximo año. Además, Meta divulgó que el año pasado había gastado 10.000 millones de dólares en la construcción de su nuevo homónimo, el metaverso, el mundo fantástico de realidad virtual al que Facebook le está apostando como la próxima gran novedad de internet, pero que, hasta ahora, sigue siendo más virtual que realidad.

Los inversionistas se tambalearon. Hace un par de semanas, el valor de las acciones de Meta perdió más de 250.000 millones de dólares.

Pero al fondo de la gran cantidad de problemas costosos de Facebook se encuentra uno en particular que es más importante, una situación que ha asolado a la empresa durante más de una década, y que Mark Zuckerberg —el cofundador de Facebook— en realidad nunca ha sabido cómo enfrentar.

El problema es la innovación: Facebook parece incapaz de alcanzarla. La empresa simplemente no parece saber cómo inventar nuevas cosas que tengan éxito. La mayoría de sus más grandes logros —no solo dos de sus principales productos, Instagram y WhatsApp, sino muchas de sus funciones más usadas, como las historias de Instagram— fueron inventados en otras partes. Llegaron hasta Facebook ya sea por medio de adquisiciones o, cuando eso no funcionó, como copias descaradas.

Sin embargo, comprar y copiar otras ideas se ha vuelto cada vez más difícil para Facebook. Los reguladores de todo el mundo, recelosos del tamaño de Facebook y su poder sobre el mercado, están hartos de permitirle devorar a cualquier competencia potencial. Además, las aplicaciones más grandes de Facebook están tan atiborradas de funciones clonadas de otros lugares que se están volviendo caóticas y dispersas.

Mientras tanto, es fácil ver por qué los inversionistas podrían sentirse escépticos de que Facebook sea la empresa que inventará la siguiente gran novedad, ya sea el metaverso o cualquier otra cosa. Ha pasado mucho tiempo desde que Facebook creó algo verdaderamente revolucionario.

Durante muchos años, la estrategia de fotocopiar funcionó bien. Ni siquiera había realmente nada deshonroso al respecto: las mejores ideas en el mundo de la tecnología, o, en realidad, en la vida, a menudo son pastiches de muchas ideas di-ferentes. Como dijo Steve Jobs: “Los buenos artistas copian. Los grandes artistas roban”. La destreza de Facebook recae en su excelencia operativa más que en su originalidad.

Facebook no parece capaz de crear cosas nuevas. Su negocio de realidad virtual — construido a partir de su adquisición de la empresa emergente de realidad virtual Oculus en 2014— ha creado aparatos interesantes y su gasto en el metaverso podría producir nuevos y asombrosos mundos virtuales. Sin embargo, es razonable ser escéptico.

La gran pregunta sobre la inmensa apuesta de Facebook en la realidad virtual es si esta puede reavivar el espíritu innovador que tuvo la empresa en sus inicios. Facebook se ha colgado de los inventos de otras personas durante tanto tiempo que es muy difícil ver hacia dónde va ahora que su mimeógrafo se atascó. Tal vez llegó la hora de un nuevo eslogan corporativo inspiracional: Muévete rápido… y crea cosas.

Farhad Manjoo es columnista de Opinión.

Comparte y opina:

Conspiración del bienestar

/ 16 de septiembre de 2022 / 01:30

Cuando Owen Shroyer, conductor y reportero de Infowars, tomó el estrado en el juicio de difamación en contra de su jefe, el teórico de la conspiración de extrema derecha Alex Jones, se le preguntó sobre los muchos productos de salud que se venden en el sitio de Jones. Entre ellos: píldoras para adelgazar, pasta de dientes sin flúor que, dijo Jones una vez, “mata a toda la familia de los coronavirus SARS al instante”, e InstaHard, un suplemento cuya finalidad tal vez no sea necesario explicar.

“¿Sabe usted si algo de esto ha sido probado para ver si es efectivo o sirve de algo?”, preguntó un abogado de Neil Heslin y Scarlett Lewis, cuyo hijo Jesse fue asesinado en la masacre de 2012 en la escuela primaria Sandy Hook.

“Bueno, nosotros mismos probamos los productos”, dijo Shroyer.

“¿Quiere decir que los toman?”, replicó el abogado.

“Sí”, respondió el testigo.

“¿Y aquí sigue, así que debe estar bien?”, agregó el abogado.

“Sí. A mí me funcionan”, agregó el testigo.

El juicio de Jones fue un espectáculo, lleno de extrañas aseveraciones de Jones y vergonzosos errores de sus abogados, y no me sorprendió que Jones perdiera de manera tan contundente. Lleva años afirmando que el tiroteo de Sandy Hook fue un engaño, una operación de falsa bandera montada por la izquierda para reforzar el control de armas. Sus mentiras intensificaron el dolor de los padres que perdieron a sus hijos en Sandy Hook; al término del primero de varios casos de difamación presentados por los padres, un jurado de Texas concedió a Heslin y Lewis casi $us 50 millones en daños y perjuicios.

Pero lo que me pareció más interesante fue lo que el juicio reveló sobre las finanzas de Jones y el funcionamiento de Infowars como negocio. En particular, pudimos ver cuán lucrativo puede ser el esquema de Jones y, a pesar de la victoria de los padres, cuán difícil puede ser acabar con el dinero que fluye hacia conspiradores como Jones.

El problema radica en la relación simbiótica entre los productos falsos y no regulados y las afirmaciones políticas falsas. Podríamos llamarlo el complejo industrial de la conspiración del bienestar. Jones produce un incesante despliegue de contenidos escandalosos, poco fundamentados o que son una absoluta falacia, con la esperanza de que algunos de ellos se hagan virales. Cuando la gente hace clic en las historias y llega en su sitio, es bombardeada con anuncios de productos milagro. Afirma que ofrece a la gente verdades que no encontrarán en los medios de comunicación convencionales, pero es al revés. Las teorías de la conspiración sirven más bien como una herramienta de mercadotecnia para sus verdaderos productos: InstaHard, BodEase, Diet Force y todo tipo de aceites, tinturas y suplementos.

El abogado de los demandantes argumentó que la única manera de detener la racha de mentiras de Jones era amedrentarlo con una sentencia lo suficientemente alta como para sacarlo del negocio para siempre. Pero no estoy seguro de que eso sea posible. Para empezar, no se sabe cuánto tendrá que pagar Jones, ya que las estrictas leyes antiagravio de Texas podrían reducir de manera significativa la indemnización por daños y perjuicios del jurado. Pero aun cuando Jones se vea obligado a pagar un castigo multimillonario, siempre puede volver a establecer su negocio.

Una solución más permanente a las mentiras de Jones sería atacar el enorme mercado de productos de salud alternativos. La ley actual impide que la Administración de Alimentos y Medicamentos regule una amplia gama de suplementos, e incluso en los casos en que tienen autoridad, los reguladores han sido poco rigurosos a la hora de hacer cumplir las leyes. Jones mismo constituye un argumento para lograr un cambio drástico. Al vigilar mejor el mercado de la salud alternativa, los reguladores pueden matar dos pájaros de un tiro.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

¿Tres empresas para preocuparte?

/ 31 de agosto de 2022 / 02:52

Cuando hablé por teléfono con Vivek Ramaswamy, no esperaba encontrar una causa común. Ramaswamy es un emprendedor tecnológico, un colaborador frecuente de medios conservadores, incluida la página editorial de The Wall Street Journal, y autor de un libro cuyo título mismo suena como si hubiera sido formulado en un laboratorio en Fox News para estimular al máximo la base y activar las libertades: Woke, Inc.: Dentro de la estafa de justicia social de las corporaciones estadounidenses.

Me comuniqué con Ramaswamy para hablar sobre su nueva empresa, Strive Asset Management, una firma de inversión que, según él, instará a las corporaciones a mantenerse al margen de la política. Sin embargo, entre los patrocinadores de Strive se encuentra una de las personas políticamente más activas en los negocios, Peter Thiel, un capitalista de riesgo multimillonario que apoyó a Donald Trump y ahora está financiando una lista de candidatos al Congreso amantes de Trump.

Resultó que tenía razón: No estaba de acuerdo con mucho de lo que decía Ramaswamy. No solo nuestras políticas están radicalmente en desacuerdo, también diferimos en lo que significa “política” en el capitalismo estadounidense moderno. Sin embargo, a pesar de nuestros desacuerdos, sucedió algo extraño. Me encontré asintiendo junto con lo que quizás sea el punto fundamental de Ramaswamy: que tres gigantescas empresas estadounidenses de gestión de activos (BlackRock, Vanguard y State Street) controlan demasiado la economía global.

Las firmas administran fondos invertidos por grandes instituciones, como fondos de pensiones y dotaciones universitarias, así como también por empresas y, en algunos casos, por inversionistas individuales como yo y quizás usted también. Sus posesiones son colosales. BlackRock gestiona casi $us 10 billones en inversiones. Vanguard tiene $us 8 billones y State Street tiene $us 4 billones. Sus activos gestionados combinados de $us 22 billones equivalen a más de la mitad del valor combinado de todas las acciones de las empresas del S&P 500 (alrededor de $us 38 billones). Se espera que su poder crezca.

Un análisis publicado en Boston University Law Review en 2019 estimó que los Tres Grandes podrían controlar hasta el 40% de los votos de los accionistas en el S&P 500 dentro de dos décadas. ¿Por qué es esto un problema? Ramaswamy argumenta que el problema principal es que las empresas están utilizando su peso para empujar a las empresas en las que tienen grandes inversiones a adoptar posiciones políticas liberales, como centrarse en el cambio climático o mejorar la diversidad de su fuerza laboral.

Creo que eso es una tontería, como explicaré a continuación. El peligro real que representan los tres es económico, no político. La economía estadounidense se tambalea bajo el monopolio y el oligopolio. En muchas industrias, desde las aerolíneas hasta la publicidad en internet, la atención médica, los bancos y los proveedores de telefonía móvil, los estadounidenses pueden hacer negocios con solo un puñado de empresas.

Como ha argumentado el periodista David Dayen, esta creciente concentración del mercado reduce las opciones del consumidor, eleva los precios y muy probablemente perjudique a los trabajadores. BlackRock, Vanguard y State Street han sido extraordinariamente buenos para los inversores: sus fondos indexados de inversión pasiva han reducido los costos y mejorado los rendimientos para millones de personas. Pero su ascenso se ha producido a costa de una intensa concentración en la propiedad corporativa, lo que podría potenciar los efectos oligopólicos de industrias ya oligopólicas.

Si Strive atrae a suficientes inversores para opinar sobre cómo las empresas están dirigidas —un gran “si”, considerando que Ramaswamy ha dicho que Strive ha recaudado solo alrededor de $us 20 millones en comparación con los billones administrados por los Tres Grandes— Ramaswamy dice que presionará para que las empresas se centren en la “excelencia” en lugar de vadear en temas políticos acalorados.

Pero el objetivo de mantenerse al margen de la política en 2022 es tan realista como mantenerse seco durante un huracán. El año pasado, por ejemplo, BlackRock, Vanguard y State Street apoyaron un esfuerzo exitoso para sacudir la junta directiva de Exxon Mobil mediante la instalación de nuevos miembros que prometieron tomar el cambio climático más en serio.

En cualquier caso, BlackRock anunció que probablemente votaría por menos propuestas de accionistas relacionadas con el clima en 2022 que en 2021. A fines de 2018, unos meses antes de su muerte, John Bogle, el visionario fundador de Vanguard que desarrolló el primer fondo indexado para inversores individuales, publicó un artículo extraordinario en The Wall Street Journal que evalúa el impacto del trabajo de su vida.

Pero lo más urgente es que reconozcamos el problema. No es probable que disminuya la creciente influencia de tres grandes gestores de fondos. La opinión de Ramaswamy sobre el problema es incorrecta, pero tiene razón en que es un problema. ¿Cuánto poder tienen que acumular las tres empresas antes de que decidamos que es demasiado?

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Me equivoqué sobre Facebook

/ 11 de agosto de 2022 / 00:56

A principios de 2009, ofrecí a todo el mundo un consejo tecnológico del que me he arrepentido desde entonces: les dije a todos que se unieran a Facebook. En realidad, eso es decir poco. No solo se lo dije a la gente. Exhorté a la gente. No solo me equivoqué sobre Facebook; lo entendí todo al revés. Si todos hubiéramos decidido abandonar Facebook en ese instante o en cualquier momento desde entonces, internet y quizás el mundo serían mejores lugares.

Me había enamorado de la utilidad de Facebook, de la magia de buscar a alguien y encontrar a esa persona exacta, algo que hoy suena poco impresionante pero que entonces era simplemente alucinante.

Durante la primera década del nuevo milenio, la industria tecnológica explotó con una serie de nuevos inventos. Además del auge de las redes sociales, la década de 2000 nos trajo sitios de contenido “generado por el usuario” como Flickr, YouTube y Reddit; potentes aplicaciones basadas en la nube como Gmail, Google Maps y, para los desarrolladores, Amazon Web Services; servicios de medios digitales como iTunes Store y el servicio de transmisión en continuo de Netflix; y, con el lanzamiento en 2007 del iPhone de Apple, el acceso generalizado a internet a través de los celulares con pantalla táctil.

Lo que no había tenido en cuenta era cómo interactuarían todas esas cosas nuevas entre sí, especialmente a medida que más personas se conectaran. En 2009, internet seguía siendo en su mayor parte estacionario: solo un tercio de los estadounidenses utilizaba el celular para conectarse. Eso hacía que hubiera un gran abismo entre lo que ocurría “en línea” y “sin conexión”. Sean cuales sean los horrores que rondan el ámbito digital, no podían zumbarte el bolsillo en cualquier lugar y en cualquier momento.

Por supuesto, habría sido imposible predecir los efectos de la presencia de internet en nuestras vidas. Pero al pedir que todo el mundo se metiera en Facebook, debería haber intentado adivinar mejor lo que podría salir mal si todos lo hiciéramos. ¿Cuáles serían las implicaciones para la privacidad si todos usáramos Facebook en nuestros teléfonos? ¿Cómo se desarrollaría en el mundo la capacidad de Facebook para unir a la gente? ¿Sería una ayuda mayor para los activistas de la libertad que luchan contra los gobiernos represivos o, por ejemplo, ayudaría a los estadounidenses agraviados a atacar su Capitolio? ¿Cuáles serían las implicaciones para la expresión y los medios de comunicación si esta única empresa se convirtiera en un centro de intercambio de información en el discurso global?

Son preguntas difíciles, algunas de ellas imposibles de responder ahora y mucho menos entonces. Pero al menos debería haber pensado en formularlas.

Mi artículo se publicó la semana anterior a la toma de posesión del primer presidente negro de Estados Unidos, cuya campaña había utilizado las redes sociales y otras innovaciones digitales de una forma nunca vista en una contienda presidencial. También estaba escribiendo en las profundidades de una recesión causada por el colapso del sistema financiero mundial, un colapso considerado, en buena medida, obra de Wall Street. Esa era la sensación que invadía los medios de comunicación y la política a finales de la década de 2000: Wall Street había arruinado el mundo. Silicon Valley podría arreglarlo.

Todavía estamos en medio de la toma de posesión digital de la vida real y probablemente solo sabremos cómo se desarrolla todo esto dentro de muchos años. Y puede que no importe ahora, de todos modos: las redes sociales están aquí para quedarse. Pero lo que me molesta es el poder inigualable que personas como Zuckerberg han adquirido con sus inventos. No parece en absoluto bueno para la sociedad —para la economía, para la política, para un sentido básico de la igualdad— que un puñado de empresas de $us 100.000 millones o incluso de $us 1 billón controlen porciones tan grandes de internet.

Este problema, el poder de los gigantes de la tecnología, se fomentó en el gobierno de Obama. Es un resultado directo del ambiente que describo: la sensación de que la gente de la tecnología sabía lo que estaba haciendo, que eran los buenos, que sus inventos iban a salvar el día. Los reguladores de Obama permitieron a Facebook comprar a sus mayores competidores —primero, Instagram; luego, WhatsApp— y no tomaron medidas contra su imprudencia con los datos privados de los usuarios. Los representantes de Google visitaron la Casa Blanca, en promedio, más de una vez a la semana durante gran parte de los dos mandatos de Obama, superando con creces las reuniones de este tipo con otras empresas.

Me gustaría poder decir que critiqué estas fusiones y la intimidad de la Casa Blanca de Obama con la tecnología, pero, como muchos otros en la prensa, no lo hice hasta muchos años después. A finales de la década de 2000 y principios de la década de 2010 fui demasiado tímido con respecto al creciente poder de las empresas tecnológicas; vi que ocurría, pero rara vez señalé sus peligros. Me arrepiento.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

La moda y la economía

/ 3 de julio de 2022 / 01:50

La versión más barata del Cosmograph Daytona, el modelo en acero inoxidable de Rolex que se volvió famoso gracias a Paul Newman, tiene un precio sugerido al público de $us 14.550. Sin embargo, es improbable que consigas uno tan barato. En los últimos años, la demanda de relojes mecánicos de pulsera de lujo ha superado por mucho la oferta y la lista de espera para los modelos más populares de Rolex —si puedes convencer primero a un distribuidor autorizado de que eres merecedor de uno— se dice que ahora es de varios años. Según Watch- Charts, una base de datos de precios para coleccionistas de relojes, un modelo actual del Daytona se vende por más de $us 40.000 en el mercado secundario; durante los últimos cinco años, el precio del Daytona en el mercado secundario ha crecido a un promedio de 20% al año, lo cual lo ha convertido en una mejor inversión que cualquiera de las registradas en el S&P 500 durante el mismo periodo.

Los precios de los relojes de gama alta no son los únicos que se dispararon durante la pandemia. Para una gran variedad de productos coleccionables —entre ellos obras de arte, autos clásicos, bolsos de lujo, zapatos deportivos, cómics y tarjetas coleccionables—, los últimos años fueron más efervescentes que una botella de Dom Pérignon (cuyo precio para ciertas cosechas también se ha disparado). Luego, está el mercado de las casas, sin duda un producto escaso más práctico, donde los precios también aumentaron a nuevos máximos intolerables en años recientes.

Últimamente, he estado pensando mucho sobre estas burbujas de activos, en especial ahora que he seguido el desplome del bitcóin, el ethereum, los tókenes no fungibles (NFT, por su sigla en inglés) y la industria más amplia de las criptomonedas que se volvió tan de moda durante la pandemia. Los defensores de las DeFi —la criptojerga que en inglés se refiere a las “finanzas descentralizadas”, las cuales en esencia buscan reproducir la industria de los servicios financieros con sistemas basados en criptomonedas— arguyen que la tecnología expandirá el acceso a productos financieros y desatará una ola de innovación que ahora obstaculizan los jefes supremos de las finanzas tradicionales, a las cuales llaman TradFi de forma burlona.

No obstante, cada vez con más rapidez, nos damos cuenta que las criptomonedas son tan solo otro artículo coleccionable impulsado por las mismas fuerzas que inflaron el mercado para los Yeezys y bolsos Birkin: mucho dinero salpicado por todo el mundo, sin muchos lugares obvios donde ponerlo y un temor a perderse de algo que todos los demás parecen pensar que está de moda.

Así como un Rolex no da la hora mejor que un reloj de pulsera ordinario—de hecho, los relojes electrónicos son mucho más precisos que los mecánicos—, las DeFi no parecen hacer nada mejor que las TradFi y de muchas maneras prácticas son peores.

Entonces, ¿por qué tanta gente invirtió? Porque el temor a perderse de algo es una superdroga. Porque, cuando los precios se están disparando y sientes el temor de perderte de algo, puedes convencerte de imaginar un valor intrínseco para cualquier cosa: un reloj mecánico es una maravilla de la ingeniería miniatura, casi una obra de arte en su complejidad intrincada. O: una moneda estable algorítmica es una maravilla de la ingeniería tecnológica financiera, una forma de reproducir los bancos y las redes de pago pasados de moda en la cadena de bloques para crear una infraestructura financiera abierta.

Por otro lado, se promocionaron las criptomonedas a todos, ricos y pobres. En redes sociales, en cadenas de televisión financiera y en anuncios salpicados de celebridades para el Super Bowl, estos productos complejos, volátiles, propensos a colapsar y sin regulación fueron vendidos a las masas como oportunidades de las que no podían perderse.

Hace poco, he visto mucha alegría en línea por el mal ajeno: mucha gente que no participó en el auge de las criptomonedas y se burla de quienes entraron con todo, lo cual tal vez solo sea justo para los escépticos que tuvieron que soportar durante años a criptopersonajes detestables que les decían: “Diviértete siendo pobre”.

No obstante, ¿puedes culparlos? Los estudios sugieren que la gente menor de 40 años ha estado mucho más dispuesta que la gente mayor a invertir su dinero en criptomonedas. Esto tiene sentido cuando tomas en cuenta que una gran parte de sus vidas adultas han estado dominadas por estos ciclos de altibajos y un crecimiento constantemente bajo de los salarios reales.

Para millones de personas, las criptomonedas, al igual que los bienes raíces y las puntocom antes que ellas, ofrecían una salida para lo que de otra forma ha sido un callejón económico sin salida. Simplemente querían salir adelante casi de la única manera que uno puede hacerlo en estos días: poniendo tu dinero en algo de moda y esperando que sea un éxito. Es el estilo estadounidense.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

Comparte y opina:

Criptomonedas y NFT

/ 11 de mayo de 2022 / 02:09

Para entender la última encarnación de las colosales estafas en criptomonedas que siguen plagando internet, supongo que deberíamos empezar por todos esos simios aburridos, porque ¿cómo no hacerlo? No me refiero a los simios reales: poco de lo que hay en esta columna tiene que ver con cosas que podrían llamarse “reales” en algún sentido tangible. Más bien, me refiero a la colección de arte digital conocida como Bored Ape Yacht Club. Creada hace un año por un cuarteto de misteriosos entusiastas de las criptomonedas con pseudónimos, Bored Ape es una colección de miles de dibujos hipercoloridos “generados mediante programación” de primates desaliñados pero con onda, de esos que no le llevarías a tu mamá a su casa.

Por la simple razón de que en internet pasan cosas bizarras, los simios aburridos se han convertido en un producto de moda en el mercado de los tokens no fungibles, o NFT. Hasta la semana pasada, el NFT de Bored Ape más barato disponible —una especie de certificado digital que otorga a su poseedor la propiedad nebulosa de la ilustración del mono— se vendía por el equivalente a unos $us 340.000; el año pasado, un NFT de un mono aburrido muy raro, uno de los pocos con pelaje dorado, se subastó en Sotheby’s por $us 3,4 millones.

¿Vamos bien hasta ahora? La gente en internet está enloqueciendo por lo que en esencia son primates estilo Pokémon. Quizá se pregunten qué hacen los simios y por qué la gente paga tanto por derechos jurídicamente inciertos sobre ellos y cómo fue que ustedes se volvieron tan viejos y anticuados. Todas son buenas preguntas, pero ya estamos más allá de ellas.

En el último año, Yuga Labs, la empresa emergente con buen financiamiento que fabrica los Bored Apes, se ha embarcado en un desfile de nuevos y aún más vanguardistas derivados digitales de sus simios. Sus más recientes emprendimientos hacen gala de la vibra desconcertante, despilfarradora y como de casino descompuesto de la tendencia non plus ultra de internet. Las criptomonedas, las cadenas de bloques, los NFT y la constelación de tecnologías alabadas que se conocen como la web3 se han aclamado como una forma de liberar internet de los gigantes tecnológicos que controlan la red en este momento. Pero lo que está ocurriendo con Bored Apes sugiere que están haciendo lo contrario: contaminar el mundo digital con una espesa niebla de errores, estafas y especulación financiera costosa y en gran medida no regulada que acaba con la poca confianza que aún quedaba en la web.

Molly White, una desarrolladora de software que dirige Web 3 Is Going Just Great, un sitio web y un canal de Twitter que documenta los desastres espectaculares que al parecer ocurren todos los días en el criptomundo, me dijo que se está engañando a muchas personas para que se conviertan en conejillos de Indias de un conjunto de nuevas tecnologías que son mucho menos sólidas de lo que reconocen sus promotores.

Los defensores de las criptomonedas y de las innovaciones asociadas a la web3 afirman que estas tecnologías pueden revertir la tendencia monopolística de internet. Aseguran que si construimos la próxima generación de aplicaciones de internet en cadenas de bloques —en esencia, libros de contabilidad públicos que pueden registrar transacciones monetarias y almacenar datos de manera descentralizada, lo cual significa no estar bajo el control de ningún gigante tecnológico—, podremos desestabilizar a los gigantes de internet de hoy. Los promotores de la web3 también señalan una variedad de virtudes que hasta ahora no se han materializado. Dicen que las criptomonedas nos liberarán de los grandes poderes financieros como Wall Street y la Reserva Federal, que permitirán a la gente enviar y recibir dinero de forma barata o que incorporarán a los millones de personas “no bancarizadas” del mundo al sistema financiero moderno.

Sinceramente, hace tiempo que intento mantener la mente abierta a estas afirmaciones, porque me siento bastante consternado por la forma en que un puñado de empresas se ha apoderado de un internet que antes consideraba una fuente de innovación. Si realmente existe una nueva web que va a resolver todos los problemas de la vieja web, cuenten conmigo.

Tampoco vemos mucho de la descentralización prometida. Muchas compañías de la web3 están financiadas por las mismas personas que construyeron la web que ahora estamos tratando de reformar. El principal problema no es que estas tecnologías se conviertan en la base del futuro de la web. Está claro que no están preparadas para ello: como dijo White: “Si la web3 no puede manejar 55.000 NFT de Bored Ape, ¿cómo podrá manejar la tecnología a escala web?”.

Pero ¿cuánta gente más tiene que perder hasta la camisa para que nos demos cuenta de que la web3 no es la solución a ninguno de nuestros problemas?

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

Comparte y opina: