Voces

lunes 27 jun 2022 | Actualizado a 14:08

De la pandemia a la guerra

/ 14 de marzo de 2022 / 02:23

La Ilíada se inició con una epidemia que azotó al campamento griego. Tras 10 años de asedio al pie de la muralla troyana, miles de soldados griegos morían, no a causa de la espada, sino de la peste. Los que sobrevivían, seguramente estaban confinados, temerosos, protegiéndose, tratando de no contagiarse. Obviamente, para los griegos no existían preguntas científicas: murciélago o pangolín, sino la culpa de esta enfermedad tenía una explicación divina: era un castigo de Apolo. Empero, en la Ilíada, además, hay historias que dan cuenta de la miseria de la guerra que, al mismo tiempo, coincidió con las pestes o las epidemias.

De la misma manera, la Primera Guerra Mundial en 1918 coincidió con la gripe española. El éxodo masivo de soldados, animales de transporte (caballos, por ejemplo) y de alimentos (cerdos, patos y gallinas) se erigieron en huéspedes habituales donde anidó el virus de la gripa. En Bolivia también un horror sanitario coincidió con la guerra. En 1878 se sufrió una calamidad sanitaria: un tifus acompañado de una sequía. Ambos hicieron estragos. Cuando la población asimilaba las secuelas de esta hecatombe, en los primeros meses de 1879, la invasión chilena a las costas bolivianas provocó la Guerra del Pacífico. Entonces, no es la primera vez que ambas atrocidades convergen —o existe correlación— entre ambas.

Las pandemias son fenómenos biológicos, las guerras son provocadas por los hombres, empero, ambas son dolorosas. No solamente por su impacto por los datos mortuorios: epidemias y guerras generan más muertos en la historia de la humanidad, sino también por sus efectos psicosociales.

En su novela La peste, Albert Camus decía: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”. Ambas llegan sin previo anuncio, en un cerrar de ojos. Se instaló en nuestra cotidianidad y en la agenda mediática y política que tienen un signo en común: la muerte, porque generan un miedo, el miedo a la muerte. Esa sensación que la muerte acecha a la vida es horrorosa. Quizás, la coincidencia temporal de ambas incrementa ese miedo por la muerte.

Cuando estábamos preparándonos para salir de esta dolorosa pandemia, escuchamos, nuevamente, clarines de guerra. Aquí no interesa escudriñar las causas y los culpables de la crisis internacional entre Rusia y Ucrania, sino los efectos psicosociales que están produciendo los medios y, obviamente, las redes sociales en torno a este conflicto.

Paralelamente, a la aparición de la pandemia del COVID-19 irrumpió abruptamente otro virus: la pandemia sobre el exceso de información y/o desinformación, o sea, la “infodemia”. No es solamente por la abundancia, sino, sobre todo, por las fake news. Ese horror de las informaciones falsas o tergiversadas que sirven en muchos casos, sobre todo, en tiempos de crisis política o de guerra para armar narrativas políticas a costa de las verdades histórica de los hechos. Eso hemos vivido en Bolivia a propósito de la peste política que fue el golpe de Estado reciente, que era un estado de guerra (momento en que está instalada la idea de voluntad de enfrentarse), como dice Thomas Hobbes. Este periodo, además, coincidió, como si fuera parte de una carnada desalmada, con la llegada del coronavirus. Hoy junto con la pandemia aparece el miedo por una nueva guerra mundial anunciada por la ciberguerra, solo sirve para generar nuevamente miedo por la muerte en la gente.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Los efectos del cambio climático

/ 27 de junio de 2022 / 01:31

The New York Times publicó un reportaje sobre la desecación del Gran Lago Salado, una historia que me avergüenza admitir que había pasado por alto. No estamos hablando de un acontecimiento hipotético en un futuro lejano: el lago ya ha perdido dos tercios de su superficie y los desastres ecológicos parecen inminentes.

Lo que está ocurriendo es bastante grave. No obstante, lo que me ha parecido en verdad aterrador del informe es lo que la falta de una respuesta eficaz a la crisis del lago dice sobre nuestra capacidad para responder a la amenaza mayor y, de hecho, existencial del cambio climático.

Si no te aterra la amenaza que supone el aumento de los niveles de gases de efecto invernadero, es que no estás prestando atención, algo que, por desgracia, mucha gente no hace. Y aquellos que son o deberían ser conscientes de esa amenaza, pero que obstaculizan la acción en aras de los beneficios a corto plazo o de la conveniencia política están, en un sentido real, traicionando a la humanidad.

Dicho esto, el hecho de que el mundo no actúe sobre el clima, aunque sea inexcusable, también es comprensible. Porque, como han señalado muchos observadores, el calentamiento global es un problema que casi parece diseñado para hacer que la acción política sea difícil. De hecho, la política del cambio climático es difícil por al menos cuatro razones.

En primer lugar, cuando en la década de 1980 los científicos empezaron a alertar sobre el problema, el cambio climático parecía una amenaza lejana, una cuestión que afectaría a las generaciones futuras. Algunos todavía lo ven así. Este punto de vista es un error garrafal: ya estamos viendo los efectos del cambio climático, en gran parte en forma de un aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Pero eso es un argumento estadístico, lo que me lleva al segundo problema del cambio climático: todavía no es visible a simple vista, al menos para quienes no lo quieren ver.

Después de todo, el clima fluctúa. Las olas de calor y las sequías ya existían antes de que el planeta empezara a calentarse; las olas de frío siguen produciéndose incluso con un planeta en promedio más cálido que en el pasado. No hace falta un análisis sofisticado para demostrar que hay una tendencia persistente al alza de las temperaturas, pero a mucha gente no le convence ningún tipo de análisis estadístico, sofisticado o no, sino la experiencia en bruto.

Luego está el tercer problema: hasta hace poco, parecía que cualquier intento importante de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero tendría costos económicos significativos. Los cálculos serios de estos costos siempre eran mucho más bajos de lo que afirmaban los antiambientalistas y los espectaculares avances tecnológicos en materia de energías renovables han hecho que la transición a una economía de bajas emisiones parezca mucho más fácil de lo que cualquiera podría haber imaginado hace 15 años. Aun así, el miedo a las pérdidas económicas ha contribuido a bloquear la acción climática. Por último, el cambio climático es un problema global, que requiere una acción global y ofrece un motivo para no actuar. Cualquiera que inste a Estados Unidos a actuar se ha encontrado con el argumento contrario: “No importa lo que hagamos, porque China seguirá contaminando”.

Como he dicho, todas estas cuestiones son explicaciones para la inacción sobre el clima, no excusas. Pero la cuestión es que ninguna de estas explicaciones de la inacción medioambiental se aplica a la muerte del Gran Lago Salado. Sin embargo, los responsables políticos parecen no querer o no poder actuar.

Recordemos que no estamos hablando de cosas malas que puedan ocurrir en un futuro lejano: gran parte del lago ya ha desaparecido y la gran mortandad de la fauna podría empezar ya desde este verano. Y no hace falta un modelo estadístico para darse cuenta de que el lago se hace más pequeño. Desde el punto de vista económico, el turismo es una industria enorme en Utah. ¿Cómo le irá a esa industria si el famoso lago se convierte en un desierto envenenado?

Por último, no estamos hablando de un problema global. Es cierto que el cambio climático global ha contribuido a reducir la capa de nieve, que es una de las razones por las que el Gran Lago Salado se ha reducido. Pero una gran parte del problema es el consumo local de agua: si se pudiera frenar ese consumo, Utah no tendría que preocuparse de que sus esfuerzos fueran anulados por alguien en China o por cualquier otra razón.

Así que esto debería ser fácil: una región amenazada debería aceptar modestos sacrificios, algunos apenas más que inconvenientes, para evitar un desastre a la vuelta de la esquina. Pero no parece que esto vaya a ocurrir. Y si no podemos salvar el Gran Lago Salado, ¿qué posibilidades tenemos de salvar el planeta?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Transiciones energéticas

/ 27 de junio de 2022 / 01:27

El mundo está atravesando una transformación tras otra luego del primer brote de la pandemia y ahora con la guerra contra Ucrania. Ambos eventos, precedidos de las fricciones geopolíticocomerciales de la era Trump, están configurando un mundo menos globalizado del que vivíamos a mediados de la década de 2010.

Junto con este retroceso relativo de la globalización, vienen los problemas: las cadenas de suministro se interrumpen y, como cherry sobre la torta, la guerra contra Ucrania ha ocasionado un problema severo de inflación a nivel mundial; Rusia es el primer exportador mundial de petróleo, el quinto exportador mundial de gas y el primer exportador mundial de trigo… que está en guerra con el quinto exportador mundial de trigo (casi el 30% de las exportaciones mundiales de trigo estaban concentradas entre Rusia y Ucrania para 2020).

Volviendo al tema energético, Europa importa cerca del 40% del gas que consume, desde Rusia. Con la guerra y las sanciones, la energía se ha vuelto más escasa —Rusia está limitando sus exportaciones de gas a Europa— y más cara en todo el mundo.

Para Europa, el tema energético es, hoy por hoy, un problema de seguridad. En tal sentido, urge hacer la transición hacia otras fuentes de provisión. Como nos cuenta The Economist en su edición del 23 de este mes, la energía nuclear gana atractivo ante la perspectiva de una disrupción de largo plazo de las relaciones comerciales con Rusia.

Pero en Europa, la reputación de la energía nuclear estaba muy a la baja en las últimas décadas. Francia queda como un bastión en generación de energía nuclear. Sin embargo, largos años de descuido en inversión en el sector están afectando hoy en día la capacidad de producción, desde varios frentes: primero, el deterioro por el uso y el descuido hacen que hoy Francia tenga apagada la mitad de su capacidad para encarar trabajos de mantenimiento.

En segundo lugar, incluso cuando los países deciden instalar nuevas plantas, la des-acumulación de conocimiento técnico (entre varios otros factores) ocasiona largos retrasos y significativos incrementos de presupuesto en la construcción de nuevas centrales nucleares… lo que nos lleva al siguiente dilema, que es volver a confiar en proveedores rusos (que sí mantuvieron actividad en la construcción de centrales nucleares) para apoyar los esfuerzos de Europa por ser más independientes de los energéticos de Rusia.

En última instancia, el problema central son los precios, que están determinados por las condiciones actuales de mercado, que están determinadas por la guerra.

Como quiera que sea, los países europeos están adoptando crecientemente la idea de que el componente nuclear tiene que ser mayor en sus redes energéticas, no solo para ganar algo de autonomía respecto a Rusia, sino para ir reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero y lograr la meta climática de París 2015. Así lo indican las declaraciones del ministro finlandés de asuntos económicos, la decisión de Bélgica para financiar investigación en energía nuclear por 100 millones de euros y el aún incipiente debate político en Alemania para revertir el cierre programado de las centrales nucleares que aún están en funcionamiento.

El dilema que enfrenta Europa es un dilema mundial, pues al final del día tenemos más países importadores netos de hidrocarburos que exportadores netos. Como mencioné antes, en última instancia todos quieren (queremos) precios bajos por la energía. Si a eso le sumamos los compromisos de protección al medio ambiente, las alternativas son pocas. Evidentemente, debemos seguir incorporando más fuentes de energía renovable y verde, pero estas alternativas no siempre tienen ni la densidad energética (energía producida por superficie), ni la tasa de retorno energética (energía producida por energía consumida para su producción) que tienen los hidrocarburos o la energía nuclear.

Los cambios que estamos atestiguando en este momento seguramente tendrán implicaciones para el largo plazo. Lo que sí es seguro es que lo que parecía herético hace unos lustros suena sensato hoy en día.

Pablo Rossell Arce es economista.

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‘Mansplaining’

/ 27 de junio de 2022 / 01:22

Mansplaining proviene de la unión de la palabra man (hombre) y del verbo en inglés to explain (explicar). Según el diccionario Oxford, “dícese de la actitud (de un hombre) que explica (algo) a alguien, normalmente una mujer, de un modo considerado, condescendiente o paternalista”. Aprendí sobre este término en el libro de Rebeca Solnit titulado Los hombres me explican cosas, en el que reúne un conjunto de ensayos sobre la violencia contra las mujeres. Justamente, el ensayo que da título al libro es el que explica este término, aunque Solnit aclara que, pese a que se le atribuye a ella el haber acuñado la palabra, ella no tuvo nada que ver.

Solnit narra experiencias personales en las que hombres le explican cosas, a ella o a otras mujeres, la mayoría de las veces sin que ellos sepan de lo que están hablando. Por ejemplo, comienza contando un encuentro con un hombre mayor y adinerado que, sorprendido de que ella es escritora, le pregunta sobre qué ha escrito (con un tono paternal, como el de un padre a una niña que hizo su tarea), ella le menciona el tema de su último libro y el señor mayor le recomienda leer un libro que había leído recientemente sobre la misma temática. Después de una larga conversación, en la que el hombre le explica el libro que ella debería leer, muy molesta ella y su amiga le indican que el autor del libro es en realidad ella. Solnit cuenta que su amiga tuvo que decirle tres o cuatro veces “ese es su libro” hasta que el señor fue a comprobar, no a su librero sino al “New York Times Book Review”, que ella era la autora, lo cual mostraba que el sujeto ni siquiera había leído el libro sino una reseña del mismo. El ensayo está repleto de referencias similares, sin embargo, lo que trata de hacer notar Solnit es que la mayoría de las veces los hombres no escuchan a las mujeres y no ven la violencia que practican con ello. Cuando Solnit publicó una primera versión de este ensayo, recibió muchas cartas, algunas de ellas de hombres que le decían que no es cierto que los hombres no escuchan a las mujeres, sino que ella desconoce algunas cosas, y entonces una vez más empezaban a explicarle cosas.

El argumento de Solnit no se encuentra solo en la sordera de algunos hombres, sino en el efecto que ello genera en las mujeres, que cansadas de escuchar a los hombres explicándoles cosas empiezan a dudar de ellas mismas, y de lo que saben. La violencia cognitiva no se encuentra solo en no escuchar al otro, sino en restarle valor a su palabra, para Solnit, ello impacta, por ejemplo, en la cantidad de denuncias de violencia contra la mujer que no son atendidas por los policías, porque ellos en vez de escucharlas, les empiezan a explicar que lo que vivieron no es violencia o que, de alguna manera que ellos explican, es culpa de ellas.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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La casa es chica, pero el corazón es grande

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 26 de junio de 2022 / 19:36

Creo que en los días que estuve en Doha no caminé más de cuatro cuadras en total, para ir a cualquier lado tomaba un taxi”, dice el colega peruano Luis Enrique Negrini, de Ovación radio. Y explica: “El calor es tan abrumador que no puedes estar en la calle, cuando llega a 40 grados se te bloquean los celulares, yo llevo cuatro encima y quedaron muertos los cuatro”. Negrini fue al país que hospedará el Mundial acompañando a Perú en su fatídico repechaje ante Australia. A su vez, su compatriota Omar Ruiz de Somocurcio, director de Deportes de Panamericana Televisión, quedó sorprendido de una temperatura tan hostil: “Es un calor extremo, pero sin sol, muy extraño, está siempre nublado, como si hubiera tormenta y fuese a llover.

Creo que por eso no se ve gente en las calles, los edificios son imponentes, pero no ves a nadie. En junio es así, vas del hotel al estadio o donde tengas que ir, y cuando sales te vuelves a meter al hotel. No queda otra.

En el estadio no es problema porque todos están refrigerados a 23 grados, lo pasas hermoso. Incluso cuando llegas, al aproximarte a unos tres metros de la entrada ya sientes una brisa fresca, por los climatizadores. Debajo de cada butaca hay una o dos bocas de aire acondicionado. Pero dicen que, en noviembre y diciembre, cuando llegue el Mundial, la temperatura baja mucho y es agradable”.

De acuerdo a la tradición nacida en 1930, cada cuatro años, entre junio y julio el planeta está focalizado en la Copa del Mundo. Hoy deberíamos habernos preparado para ver quizás Ecuador-Holanda, Inglaterra-Estados Unidos o Francia-Dinamarca. Pero no, nada.

El gran acierto de la FIFA respecto al Mundial 2022 es haberlo retrasado seis meses a causa del clima. En un primer momento se pensó que sería irrealizable, ahora se ve que no es grave. Si el fútbol sobrevivió a la pandemia, todo es posible. “Cuando llegue el momento, Qatar estará muy bien preparado y seguro será un Mundial extraordinario, un súper Mundial por tecnología, por estadios y porque es una ciudad nueva, que crece todos los días y dentro de cinco meses, a la velocidad que van las obras, estará todo mucho mejor, han pensado en cada detalle”, augura Somocurcio. ¿Es todo tan ultragaláctico como aparenta?, le preguntamos.

“Huuummm… no, no lo vi tan así. Sí muy desarrollado, el down town de Doha, con esos edificios impresionantes, impacta, aunque también hay sectores pobres, escondiditos, pero los hay, seguro donde viven los trabajadores indios. El estadio donde fuimos es refaccionado, precioso por fuera, confortable dentro, pero diría normal”.

Uno de los estadios se desmontará al concluir la Copa, los otros servirán para desarrollar comunidades a su alrededor. Y los 32 centros de entrenamiento —uno para cada selección— se convertirán en complejos deportivos o en áreas de esparcimiento. Y se montarán los fan fest para los hinchas que lleguen. “Hay gigantografías y alusiones al Mundial por todos lados, se habla mucho del tema, está instalado”. Y saben de qué se trata: el estado de Qatar es dueño del Paris Saint Germain, que tiene a tres de los ases del fútbol: Messi, Neymar y Mbappé.

Cuando Somocurcio dice “es una ciudad” se refiere a Doha, la capital de este miniestado que sobresale como un hongo dentro del Golfo Pérsico. Doha será el epicentro de toda la actividad mundialista. Cinco de los ocho estadios que albergarán el torneo están dentro de Doha o en sus bordes, a escasos minutos del cordón de rascacielos que se levanta frente a la bahía. Y los tres restantes se localizan “un poquito más allá”, a una media hora por autopista. Pero no será preciso manejar, el Gobierno qatarí invirtió 48.000 millones de dólares para construir el metro, que lleva hasta la puerta de los ocho escenarios.

“El metro es fabuloso. Ahora estaba vacío, supongo que durante el Mundial se verá lleno. Funciona perfecto, es de lujo, va todo por vía subterránea, incluso cuando sale al desierto. Y cuesta muy barato, por un dólar con sesenta diarios se puede viajar todas las veces que se desee”, explica Omar, quien ya piensa volver, aunque Perú no esté presente.

No obstante, quienes vayan por el Mundial, sea turismo o trabajo, deberán ir pertrechados. “No hay muchos negocios, por suerte encontré un minimercado y pude comprar algunas cosas, como papitas saladas, galletas y esas cosas. Comer o tomar algo en los hoteles es casi prohibitivo. Una cerveza chica sale 14 dólares, una gaseosa siete, un plato de comida, 45. Sí se puede tomar alcohol, hay espacios especiales para eso en los hoteles”, agrega Negrini.

Pese a los precios, el qatarí sabrá de la fuerza arrasadora del fútbol. Si 16.000 peruanos se allegaron para alentar a la Bicolor ante Australia, una avalancha humana les caerá en noviembre, cuando comience la fiesta.

Qatar tiene 2,6 millones de habitantes y seguramente recibirá un millón y medio de visitantes. En la segunda fase de venta de entradas, ya se han despachado un millón doscientas mil. Y en ventanas sucesivas saldrá el millón restante. En total habrá un poco más de 3 millones de localidades, pero un tercio se lo queda la FIFA para protocolo, venta a las asociaciones y entrega a sus patrocinadores. Se registraron 40 millones de demandas de boletos, 17 millones en la primera fase de venta y 23 millones en la segunda. «Pienso que la petición es un récord», declaró sorprendido Hassan Al-Thawadi, secretario general del comité de organización del torneo.

¿Cómo hacer con tantos invitados…? Habrá apartamentos para alquilar y ya hay cruceros anclados en la bahía que ofrecen un camarote, tres comidas diarias y diversión a cambio de 4.000 dólares por los 28 días del certamen. Se verán invadidos, pero de algún modo están acostumbrados. De esos 2,6 millones de habitantes apenas unos 250.000 son qataríes, el resto, extranjeros que han ido a trabajar. Y, además, era el objetivo buscado cuando se presentó la ambiciosa candidatura.

Los 200.000 millones de dólares que el emirato invertirá en el Mundial están destinados a eso, a poner a Qatar en el mapa de la consideración internacional, a prestigiar su nombre, a aumentar y diversificar sus negocios, no solo de petróleo y gas. Es la apuesta que dividirá en cuatro la historia del país: antes y después de descubrir petróleo (en 1940), antes y después del Mundial 2022.

Lo que los riquísimos Arabia Saudita, Emiratos Árabes y otros estados asiáticos no pudieron, lo logró el pequeño vecino de al lado: tener un Mundial, la mayor atracción de la humanidad. Y en la elección se lo arrebató nada menos que a Estados Unidos y Australia. Qatar cabe 790 veces en Estados Unidos y 668 en Australia. Es un peso mosca que mandó a la lona a Mike Tyson y a Muhammad Alí, a los dos juntos…

Florentino Pérez les quiso arrebatar a Mbappé. ¿Pensó que eran un rival sencillo…?

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STREAMING DE MARCAS

Janeth Morón Vs. el tridente ‘millonario’

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 26 de junio de 2022 / 19:26

Los aviones rozan el cerro en la cancha del Kilómetro Tres en Pura Pura. Una barra bullanguera de la ABB (Academia del Balompié Boliviano) alienta desde las gradas del ‘Antonio López Maruzzi’. El estadio del barrio ferroviario —de césped artificial— tiene la tribuna más hermosa del mundo con el ‘Tata’ Illimani en butaca preferencial. Es mañana de domingo y se disputa la primera semifinal del torneo femenino paceño.

Las bolivaristas —dirigidas por Darko Prada— aprietan de lo lindo y merecen más en la primera parte. La árbitra, Heidy Chipana, recibe toda clase de insultos machistas y a la juez de línea alguien le gritan ‘linesman’. Un pelotazo impacta contra la ventana de una vivienda aledaña. Un hincha de ABB exclama jacarondoso: “vayan a pagar el vidrio”. Hay solo dos esféricos en la cancha y no hay pasapelotas. Los colegas de Jornadas Deportivas (106. FM) son los únicos periodistas deportivos presentes relatando el ‘match’.

La segunda parte es del equipo de Lucho Mollinedo. El ‘profe’ de la ABB coloca más artillería en la parte ofensiva y logra así recuperar la posesión. A falta de quince minutos, un bombazo teledirigido de Janeth Morón pone el 1-0 en el ‘score’.

La número diez juega a ratos, cuando y como quiere, pero cuando aparece marca la diferencia con su técnica depurada y una gran habilidad con la pelota detenida. Los esfuerzos por empatar se estrellen en el travesaño de la arquera Zaida Cerezo. Cuando la ‘referee’ pita el final, las ‘amarillas’ no pueden reprimir el clásico cántico: “un minuto de silencio para Bolívar que está muerto”.

El club ABB, que cumple años mañana martes (fue fundado el 28 de junio de 1985) atraviesa uno de sus momentos más dulces: los chicos se instalaron en la gran final de la Copa Bolivia y las chicas disputarán la final frente al Club Always Ready.

Las muchachas del CAR del técnico Diómedes García que también ganaron ayer su semifinal en Villa Ingenio (5-1 contra Club Atlético Jaguares) son las grandes favoritas. El potencial ofensivo de las ‘millonarias’ es su arma más peligrosa con un tridente de lujo: María ‘Coquito’ Gálvez Talavera, la platinada Karla Ticona Poma y la goleadora Yoselín Portales Peralta.

Se viene una final entre el equipo que se ha dado el lujo de dejar en el camino a stronguistas y ‘académicas’ y Always Ready, la institución que mejor viniendo cumpliendo con la exigencias de FIFA y Conmebol de apuntalar el fútbol femenino; de subida en todo el mundo. Será una batalla entre la brillante Janeth Morón versus el tridente ‘millonario’.

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