Voces

martes 10 may 2022 | Actualizado a 08:22

Cara y cruz del periodismo

/ 10 de abril de 2022 / 02:16

Érase una vez un reino de medios de comunicación en el que, junto a la Iglesia Católica, se anotaban altos niveles de credibilidad en la población. Pero una mañana de marzo rompieron las ventanas como piedras los resultados del último estudio Delphi de la Fundación Friedrich Ebert. El pasado domingo, el columnista José Luis Exeni puso sobre la mesa las manzanas hechizadas que quedaron al descubierto frente a la audiencia boliviana: hay cada vez más desconfianza; muchos medios informan desde sus particulares intereses cuando no manipulan la información; más del 80% de las personas consultadas piensan que desde el campo mediático se promueven los enfrentamientos y el conflicto; los medios dejan de ser medios para convertirse en actores políticos. Valía la pena repetir estos insumos para invitar a los colegas periodistas a sacudirnos las penas, los enconos y las malas intenciones. Ir un paso más allá de pregonar el derecho a la libre expresión; respetarla con hechos y ponerle un marco cuando ésta se levanta sobre la cabeza de otros derechos igual de fundamentales. Veamos dos casos de los últimos tiempos.

El primero es Sebastián Moro. Un argentino que cruzó la frontera para hacer periodismo y acompañar, desde sus posiciones, la historia última boliviana. Trabajó para varios medios internacionales. Fue un testigo cercano de los momentos más violentos que desató la elección de 2019. Cubría los hechos desde distintos puntos del país. Sebastián murió después de una evidente persecución durante la instalación del gobierno transitorio de Jeanine Áñez. Volvió el caso en esta semana porque un reportaje que cuenta sus últimos días acaba de ganar el premio Libertad de Expresión a Periodistas de Investigación de la Fundación Espacio Público. La autora de la investigación, Noelia Carrazana, reconstruye el escenario político, social y diplomático que rodea la muerte de Moro. A más de dos años de lo ocurrido, la investigación sigue sin identificar a los culpables. El domingo 10 de noviembre de 2019 ya no lo pudieron ubicar en su teléfono. Lo encontraron más tarde agonizando en su casa del barrio paceño de Sopocachi. ¿Cuántos nombraron a Sebastián en este tiempo? ¿Qué medios, cuántos periodistas se manifestaron por su derecho a hacer periodismo, a expresarse? ¿Quién reclamó tras su muerte? ¿Quiénes exigen investigar la violencia contra este periodista argentino?

La otra cara de la moneda se llama Viviana Canosa. Hace periodismo en el canal de televisión argentino A24. Se la nombró en medios bolivianos por esta perla: “La Matanza tiene un Vicecónsul boliviano (se ríe) que está cortando la Riccheri junto a los ciudadanos bolivianos que usurparon la reserva arqueológica y ¡exigen luz! ¡Los tipos usurparon un terreno y quieren luz! (…) Y el Vicecónsul boliviano de La Matanza usurpó terrenos y aparte quiere que le paguen los servicios, le conecten la luz. Es una cosa… es una joda… Volvete a Bolivia, flaco, y déjate de romper las pelotas. Vicecónsul boliviano en La Matanza. ¡Miren al Vicecónsul con un ramo de flores! ¡La señorita! Tráiganmelo, que le voy a enseñar cómo hay que hacer para pagar los impuestos. Vuélvase a Bolivia, no sea delincuente. Usted chorea una tierra que no es suya y encima quiere… ¡pero qué manera de cagar a la clase media no dejándolos ir a laburar! Somos un rebaño de pelotudos. ¿Cómo nos aguantamos que el Vicecónsul boliviano de La Matanza nos corte la Riccheri porque quiere luz en sus terrenos usurpados?” No leyó en ningún lado, la periodista, que en el conflicto se dice que hay 720 familias (3.000 personas) que viven un promedio de 10 años en este municipio y rechazan que les llamen avasalladores. Canosa tampoco sabe que hay bolivianos que pagan tributos, que poseen un Certificado de Vivienda pero no acceden a agua ni a energía eléctrica. Canosa tampoco sabe de la boliviana que bebe el agua del pozo que ella misma perforó y que vive hace 18 años en Argentina. Canosa no menciona que existe un proceso judicial entre ese municipio y la Administración de Bienes del Estado de Argentina. Canosa no habla del número de familias bolivianas que sí cuentan con documentos al día. Canosa no sabe que Pinaya negó haber participado del famoso bloqueo. Canosa tampoco habló del aporte de las familias bolivianas a la economía argentina. Canosa sí debe intuir que su histriónica interpretación es tierra fértil para reacciones del tipo “Es una periodista que no le teme a los Kirchner y dice lo que tiene que decir”. Más leña al fuego de la crisis de este reino mediático que necesita menos periodistas muertos por ejercer el oficio y más periodistas dispuestos a mirar un poquito más allá del tweet de la tarde o un poquito más allá de su respingada nariz.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Policías (y) ladrones

/ 8 de mayo de 2022 / 00:59

En mi infancia, una prima mayor me contaba que su papá le traía pedazos de nube del cielo cuando viajaba. Y en efecto, vi y hasta degusté un pedacito de nube celeste que se derretía dulce en nuestras bocas. Qué ventaja tener un papá piloto. Eran los maravillosos años del Lloyd Aéreo Boliviano. Eran los tiempos en los que para las niñas que éramos, los policías eran los buenos, atrapaban ladrones, nos daban seguridad y nos ayudaban a cruzar las calles. Bien uniformados, armados para luchar contra el mal, solo les faltaba el batimóvil. Con la amiguita del barrio jugábamos a ser policías investigadoras con los cuadernos minúsculos que nos compraban de las Alasitas. Sin embargo, los juegos y la inocencia no son eternos. Más pronto que tarde me explicaron que mi tío Emilio compraba algodón dulce al bajar del aeropuerto después de sus vuelos y que los policías forman parte de una de las instituciones más corruptas del país. Ni nubes con azúcar ni policías confiables.

La corrupción de la Policía Boliviana ha dejado abundante material para los registros de las hemerotecas, para la literatura, para la televisión, para el cine… El 28 de julio de 1961, en la localidad de Calamarca, se produjo un atraco de Bs 2.800 millones, remesas de la Corporación Minera de Bolivia que estaban siendo trasladadas para el pago de los salarios de los trabajadores de las la minas Catavi y Siglo XX. El vehículo fue interceptado y empleados de Comibol fueron asesinados. Un año después se supo tras investigaciones que entre los principales autores desfilaba un par de policías. La historia inspiró años después al cineasta Paolo Agazzi y pudimos revivir la historia en El Atraco. En 2001 se produjo un episodio similar en la avenida Kantutani de La Paz alrededor de las siete de la mañana: otra remesa de más de medio millón de dólares fue el objetivo de los atracadores que en su operativo asesinaron a tres personas. ¿Y adivine qué? Los planificadores también llevaban uniformes de la Policía: el coronel Blas Valencia, el oficial Freddy Cáceres. Los ayudó un exmilitar peruano, además de civiles. Si recordamos bien, podemos sumar relatos de la vida real para armar por lo menos tres ciclos de una serie que bien podría titular Policías ladrones (no me olvidé de la y). Y si recopilamos de la prensa las historias que incluyan los abusos de los uniformados verde olivo cobrando coimas por infracciones de tránsito o cometiendo feminicidios o ejecutando golpizas gratuitas a jóvenes en zonas alejadas o violando mujeres que caen en celdas policiales o haciendo toques impúdicos cuando no torturando en sus operativos después de haberse amotinado en el tiempo poselectoral de 2019, tendríamos guion para una telenovela mexicana.

El problema no es para los directores de cine ni para los escritores. Menos para los periodistas. El problemón es para una sociedad a la que se le demostró en blanco y negro y a colores que su Policía es de terror. El problemón es para los ministros de Gobierno que están lejos de la ecuación del control del delito en todas sus ramas dentro de esta institución. El problema es que pocos saben leer el problema y menos los que tienen un esquema de solución. Por ahora, cero los que se atreven a pegarle a la piñata uniformada.

El reportaje periodístico que acompañó el seguimiento por parte de Hugo Bustos Alderete (de Búsqueda de Vehículos Robados) a un vehículo secuestrado en Chile y encontrado al final, bien tapadito, en el rincón del patio del excomandante de la Policía Fronteriza, coronel Raúl Cabezas, revela con absoluta claridad cómo autoridades del orden están en el núcleo del delito. Bustos llama por teléfono celular al policía y le explica que sigue las pistas de un vehículo robado y que lo detectaron en su casa. Poco después se saca el auto del garaje y se lo deja abandonado en la calle. Ese vehículo lo único que vehiculó en esta semana fue una infinita vergüenza para la Policía y para Bolivia. Una verdadera red de corrupción destapada que hará rodar cabezas (si se confirman las culpabilidades); la de Cabezas y otras cabezas más. La mala noticia es que la cabeza que en verdad cuenta, la del gigantesco gusano de la corrupción y del abuso policial está lejos de nuestro alcance. La cabeza de este bicho está bajo tierra, tan adentro que nadie le puede poner un cascabel, como al gato. Este gusano se alimenta de la obscuridad, de la impotencia de los gobiernos de turno, de la impunidad, de la pérdida del jisk´ajayu, donde anida la fuerza y valentía. Salir de este hueco profundo y negro está verde. Verde olivo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Aurora

/ 23 de abril de 2022 / 23:52

¡Lo que es el respeto! Después de décadas de acudir a sus servicios, me vengo a enterar de que se llama Aurora. Para mí y para tantas personas que llevamos nuestros amados animales a su veterinaria, es la doctora Crispín. La doctorita.

Desde que tengo memoria, mis mimados bigotudos solo son confiados a ella. Primero lo decretó mi madre y tiempo más tarde lo confirmó Susana del Carpio, defensora férrea de los animales (de todos, a través de Animales SOS). Fue Susana quien me contó que Aurora Crispín es la primera mujer veterinaria en Bolivia. Todo un logro para esta orureña del Liceo de Señoritas Pantaleón Dalence que en sus años más jóvenes dejó atrás su natal Oruro para estudiar medicina veterinaria en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno de Santa Cruz y posteriormente en la Universidad Autónoma de México, cuando las mujeres muy difícilmente accedían a la formación universitaria. Después de pasar por varias y meritorias curvas profesionales, Aurora decide abrir su consultorio en La Paz. No le da mucha vuelta al nombre: “San Bernardo”. Es el paraguas bajo el cual vivió las mayores satisfacciones; los gatos, hámsters, perros o conejos que tienen la suerte de llegar a su consultorio, los principales beneficiarios.

La invitamos hace días al Piedra, papel y tinta porque este año la doctora Crispín celebra 50 años de haber egresado. Nada menos. Convocamos también a Susana del Carpio para que nos ayude a retratar a la doctora. Y así lo hizo: “Ella me enseñó a levantar un perro (herido) de la calle, cuando yo llegué con ella yo levantaba a los animales sin un tranquilizante. Ella nunca fue egoísta, nos ayudó a manipular a los animales para que no sufrieran (…); nos atendía a cualquier hora; sus precios eran exageradamente económicos (…); no tengo palabras para agradecerle”.

Vamos a sus años universitarios. Por aquel entonces, Aurora entraba al aula y estaba rodeada de profesores hombres y compañeros hombres. Su promoción en verdad tenía que egresar en 1971 pero les tocó, como a tantos jóvenes bolivianos, esperar en casa debido al cierre de las universidades del todavía no tan democrático dictador Hugo Banzer Suárez (ay, las clausuras de los años escolares y universitarios). Igual, la universitaria orureña cumplió su objetivo: terminar su carrera e iniciar el camino de una profunda vocación. Sencilla, humilde, generosa, serena, necesaria.

Cuántas historias no escritas tiene en su haber la doctora Aurora. Sin duda, la que no olvidará es la de aquel perro que cuando cayó enfermo lo llevaron a duras penas hasta su consultorio para curarlo y ponerle suero. Tiempo después salió a la calle y un auto lo atropelló. El animalito, herido en la pata, apareció por la mañana en la puerta de la casa de la doctora. “Y se entró para que yo le cure”, cuenta. Anestesia, los puntos, su vendaje y así anotó otro acto de amor en su vida profesional o mejor, en su apostolado. Por eso es una doctora que recibe un ramo de flores o una caja de chocolates después de la consulta. “A veces el regalo es más que la consulta”, dice con su inamovible serenidad. A veces, un camino silencioso es un camino empedrado de ternura y generosidad.

Esta semana se asesinó a un religioso; un perro recibió dos puñaladas en su cuerpo cuando intentó defender a su dueña de la agresión de su pareja; se capturó a una maestra violenta con sus alumnos que antes había matado a su esposo; se supo de un policía atracador; se confirmó la violación de una menor por otro uniformado del orden; la guerra no da tregua en el otro lado del mundo; palestinos siguen enfrentando la muerte sin importar la edad; el contrabando está armado (y dispara) en cada esquina; desaparecen las personas (sobre todo mujeres y menores) y el tráfico de órganos vehicula en el mundo sumas equivalentes a las del narcotráfico… Y en medio de tanta noche, esta A amante le dedica este pedazo de papel, este rincón digital, a una mujer que nos hace cantar otra vez: Gracias a la vida que me ha dado tanto/me dio el corazón que agita su marco/cuando miro el fruto del cerebro humano/ cuando miro al bueno tan lejos del malo/cuando miro el fondo de tus ojos claros. Aurora.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Timy, el caracol

/ 26 de marzo de 2022 / 22:48

Día Internacional de la Mujer. Antiguas oficinas de LA RAZÓN en Auquisamaña. La asistente de Dirección en ese momento era una mujer inolvidable: casi siempre de buen humor, ordenada en sus tareas, alta, guapísima, ojos enormes y francos, sonrisa siempre a mano, todavía me parece escuchar el tono de su voz. Llama un colega para hablar conmigo y esta misk’isimi, antes de pasarme la llamada, le dice: “¿No me vas a felicitar?” Rápido en sus reacciones, el periodista le retruca: “¿Acaso tú eres internacional? Tu jefa, con suerte”. Cada 8 de marzo recuerdo con agradecimiento a mi compañera de trabajo y vuelvo a reír. Y como estamos con la cola de marzo todavía en nuestras manos, destaparé dos historias sobre mujeres que hoy habitan esta casa periodística.

Una es Cynthia. Asistente de Dirección, Asistente de Gerencia, receptora de todos los pedidos del mundo, salvadora de las urgencias de Redacción, guardiana de las actas de directorios, memoria de la empresa, organizadora de los cumpleaños, mirada de paz en tiempos de guerra, paciencia de chinos. Es, además, mamá de la gatita Cloe que, como buen ejemplar siamés, tiene ojos bizcos que le dan identidad y cierto atractivo. Se lució públicamente cuando su retrato salió en la contraportada del suplemento de LA RAZÓN, Como perros y gatos. Por lo visto la fama se le subió a la cabeza. Semanas después, Cloe se había ido de casa. Cynthia era una embajadora de la tristeza; justo comentaba días atrás que la gata se había vuelto su sombra y que dormía pegada a su pecho. Semanas de buscar, llamar, alertar en redes y sufrir con las inclementes lluvias de marzo. La contacté con una amiga que se comunica con los animales y confirmamos que la fugitiva estaba viva. A seguir sufriendo. “¿Apareció?” era la pregunta de cada mañana. Nada. Y nada. Hasta el gran 21 de marzo: que la vecina la vio, que se fue hacia el cerro, que es, que no es, que los milagros existen. Suena el teléfono y la voz quebrada de mi compañera anuncia el retorno de Cloe. La alegría nos recordó que todo es posible. Su emoción me confirmó que Cynthia tiene la cabeza en su lugar y el corazón en pleno funcionamiento. Por eso lamentamos, como equipo, que marzo sea el punto final de casi veinte años trabajando en esta empresa periodística. De repente ella es como Cloe y en algún momento su mirada celeste vuelve a acompañar los días y sobre todo las noches de este entrañable barco de la montaña.

Otra compañera de nuestra casa que me hizo pensar en las esencias femeninas es Karen. Pertenece al equipo de gerentes pero su vocación es más bien la magia. Hay que ser maga para lograr recaudar cuando más lo necesitamos. Hay que ser maga para cabalgar al mismo tiempo sobre nuestros compromisos bancarios, la compra de materia prima, los arreglos de la tubería que volvió a fallar o el pago urgente de los salarios. Y contrariamente al estereotipo que se tiene de una gerente, Karen no pierde el buen talante, la risa colegiala, la permanente referencia a las películas animadas que mira el fin de semana. O sea, garantía de profesionalismo y seriedad. Hace como una semana viajamos a Santa Cruz para hacer dos programas Piedra, papel y tinta, coordinar con nuestro equipo periodístico en el oriente y supervisar asuntos administrativos. Pasamos una noche lejos del Illimani y eso significó para Karen una operativa compleja. Había que administrar la agenda Santa Cruz, controlar las tareas de La Paz y monitorear el hogar, dulce hogar. En las conversaciones de avión reímos como pepinos: el esposo y los tres hijos de Karen se quedaron “encerrados afuera”, como dice la metafísica popular. Ninguno sacó la llave de la casa y al final de la tarde la gerente Karen seguía la resolución del caso desde el aeropuerto. Lo mejor sucedió en el taxi que nos llevaba al hotel. Interrumpíamos nuestra planificación con las llamadas a casa. Yo, a mi hijo, para saber si le salió bien su sándwich para el colegio. No se acordó que su madre había comprado queso laminado y jamón. “Tranquila, hice un revuelto de huevo”. Karen, a su hijo menor, las recomendaciones del día y el último y subrayado pedido: “hazme un favor, dale agua al Timy”. ¿Timy es tu caracol?, pregunté. Y sí. Me acordé de Timy, un caracol que Karen y sus hijas encontraron en alguna acera. Un caracol con el caparazón rajado que fue adoptado hace ya dos años. Un caracol al que no le faltará su hoja de lechuga ni su agua mientras una guerrera como mi compañera esté a cargo.

Cloe y Timy están a salvo. El periódico está en las mejores manos. Viva marzo y sus mujeres internacionales.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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El caminante

/ 13 de marzo de 2022 / 00:37

Se va la primerita. Lloré por ti/al pensar que no me amabas/te reprocho, te odio y desprecio/por tu mal proceder. Carlos charanguista. Carlos caminante. El tiempo del blanco y negro ha dejado poco en los laberintos youtuberos: escasos videos en los que “Los Caminantes” vuelven a traer los recuerdos de inolvidables cuecas. Ahí están cantando como si fuera hoy, Carlos Palenque, Pepe Murillo y Percy Bellido, iluminados en pintudísimas chaquetas tomadas del chuta. Claro, estos jóvenes no podían escapar a la inspiración del paceño personaje carnavalero: chuta alegre, chuta paceño, chuta musical, chuta cholero. Mientras los de su clase intentaban copiar los pasos del rock and roll o del twist bajaditos del norte, estos valientes jóvenes empuñaron el charango y la guitarra clásica para disparar afanosamente música de “aquí” (la apertura de los 60’ a las identidades tercermundistas comenzaba): primero del “aquí” argentino y más pronto que mañana, del “aquí” boliviano con sus cuecas, sus huayños y sus taquiraris. El paso de las zambas argentinas al charango fue un puente al compromiso con lo nacional popular. Contra todo y con todo. Pepe Murillo dejó para siempre su trabajo en un banco para subirse al barco de la aventura artística. No había retorno y hoy no quedan arrepentimientos. Buses, trenes, días enteros para llegar hasta Buenos Aires y estampar en esos escenarios el folclore boliviano. Vibraba el charango, lo envolvía la guitarra y los golpes del bombo abrían las puertas de la legitimación de la “música de indios”. El amigo leal de toda una vida, Pepe Murillo, en el reciente documental del periodista Gustavo Cortez, recuerda las recomendaciones de quienes en ese entonces los contrataban para cenas privadas de la clase media (o media alta) de tocar zambas y boleros, y no “esa otra música”. Los Caminantes desobedecían y emocionaban porque nuestros ritmos están debajo de la piel. El cholo condepista ya andaba suelto.

Segundita (la que le falta, llok’alla). Dicen que no me quieres/eso no me importa… Carlos caminante. Carlos camino al micrófono. Carlos camino al poder. Si se atrevió a interpretar la música de los de abajo, dar voz a los del pueblo era pichanga. Buen orador, dueño de los escenarios, la radio era la ruta natural. Fue esa misma ruta la que le presentó a la chola Remedios y al compadre Paco. El resto lo hizo la gente. Los pobres, los cholos y los indios desfilaban primero frente al micrófono y después frente a las cámaras de televisión de Palenque Avilés. La ópera Compadre, gran logro del compositor Nicolás Suárez, con el guion exquisito de Verónica Córdova, lo expone con maestría. “Y usted, compadre, ¿qué necesita?/ Pan, alivio, medicinas, techo, empleo, dignidad/ Compadres, comadres, ¿qué necesitan?/Un abogado, un cuaderno, una consulta, una cuna, una esperanza, una palabra/un espacio para hablar”. La voz de los sin voz. Arriba los pañuelos.

Jach’a uru. Compadre caminante, ese gran día está llegando/recordémoslo, está llegando/debemos estar juntos/para acabar con nuestra miseria y dolor. Cholo Condepista enamorando a las enormes multitudes. Compadre infalible, desde la altura del micrófono no se ve con claridad la muerte. Desde el abrigo de todo un pueblo no se siente la fragilidad del ser humano. En medio de grandes concentraciones se oculta la soledad. Carlos Mesa, en la serie de documentales Bolivia Siglo XX, dedica uno de los capítulos a Palenque y con aguda interpretación lo pone en la categoría de las figuras políticas (artísticas y mediáticas) más sobresalientes del siglo XX. Desde su partido político, Conciencia de Patria, el charanguista quiebra lo hasta entonces dibujado en la política y deja la puerta entreabierta a lo que vendría después de la mano del MAS. Sin embargo, ni el antes ni el después logró concentrar la emocionalidad incontrolable del último tiempo de este innato comunicador. La ruptura del Compadre Carlos y la Comadre Mónica (siempre a su lado y con propia vida) parecía dividir un gran sueño andino. Las peleas subidas de tono entre Palenque y sus adversarios políticos de todos los pelajes se veían minúsculas al lado de esta larga noche. Sin embargo, a estas alturas de lo caminado, caminante, las polleras ya habían entrado al Parlamento con Remedios Loza y no había vuelta atrás. Era 8 marzo de 1997: podías partir tranquilo, compadre caminante. Uka jach’a uru jutaskiway/ Amuya sipxañani jutasquiway/Taspacha llakinacasti/Amuya sipxañani tukusiniu.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Jerjes, el gato

/ 27 de febrero de 2022 / 00:30

Se llama Jerjes. Gato persa, nombre de rey persa. Este monarca nos asustó en estos días porque comenzó a hacer pipí con sangre. Nuestra doctora de cabecera trajo serenidad y recetó un tratamiento de tres pinchazos al peludo. Una tarde de esta semana lo llevé a su penúltimo pinchazo de no más de uno o dos minutos. En el pasillo del consultorio, un señor esperaba ser atendido (averiguados los hechos, no fue a la hora definida por la veterinaria y el tratamiento de su animalito era más moroso). Jerjes y su esclava (quien escribe) sí llegamos cuando se había hecho la cita. Tan así que el asistente, cuando nos acercamos a consultar, tomó la caja del felino y lo pincharon en par (sí, par) de minutos. Suficiente para que se desate la tercera guerra mundial. El señor que esperaba montó en cólera y le cayó al país: “Así somos en Bolivia”. Y que gente que se cree quién sabe qué se salta los turnos, que es una barbaridad y tres cosas más. El gato, más sereno que yo, me pidió con la mirada que me disculpe por haber dejado que el asistente haya propiciado el pinchazo al pinche paciente. Me disculpé e insistí en que eran treinta segundos. ¡Ni un solo minuto, ni un solo segundo! Pero escúcheme, señor… ¡No quiero escuchar! A ver si escribe esto. Los dos alzamos la voz y mi gato se quería meter bajo la cama. Salimos pensando que cuando la réplica está desproporcionada, termina siendo más pesada que la ofensa. Cuando un suceso de la vida cotidiana termina en semejante tensión es que hay algo más profundo que se está manifestando. Jerjes cree que son los dolores de un país que sufre la grieta profundizada de estos últimos tiempos de crisis política y pandemia. Creo que al rey persa no le falta razón. Le conté, en la tranquilidad de la noche, que me hizo pensar en lo que le ocurrió a una amiga de colegio.

Clara, nombre ficticio porque somos muy cercanas, me contó de su examen ginecológico que comprendió una serie de mediciones, papanicolau, mamografía, ecografías y temores de una paciente cuarentona. Salió al final contenta y agradecida porque todo está en orden. Pero me hizo reír media hora en el café cuando me contó lo que el médico le comentaba mientras le hacía la ecografía. Del tamaño de los óvulos pasó a lamentar lo que pasa en “esta vergüenza de país”. Se reprochó el doctor haber vuelto a Bolivia después de realizar estudios en el extranjero. Le comunicó a la temerosa paciente que él quiere irse en cuanto pueda, que no hay otra solución. Y terminó diciendo: “es incomprensible que la expresidenta Áñez no se pueda defender en libertad mientras que Evo Morales, con cargos de pedofilia, ande suelto por las calles”. Como me explicó el gato Jerjes, éste es un triste síntoma de algo más hondo, de un dolor que llega a los consultorios, a las veterinarias, a los mercados, a las ventanillas de los bancos, a los minibuses, a los pasillos de los aviones… Un colega me dijo que hasta cuando alguien hace una pavada en un semáforo un pitita grita: ¡masistaaa! (y sin la menor duda de que puede ocurrir inversamente).

Sin embargo, lo que Jerjes no toma en cuenta porque es un felino pesimista con una encantadora cara de póker es que las y los bolivianos tenemos adentro una impresionante energía cuando sabemos conectarnos. Las puertas, si sabemos abrirlas, que nos hacen pasar al corazón del otro y de la otra son más numerosas que las dos llaves del golpe o fraude. Está la puerta de la solidaridad que sale del clóset cada vez que el desastre nos sacude; está la puerta de la gran capacidad de trabajo que se hacen visibles, por ejemplo, en las interminables construcciones en ciudades y campos; está la puerta de la dulzura de nuestro trato que parece que nos da la soldadura del rojo, amarillo y verde; está la puerta de la explosiva fiesta que en estos días de Carnaval nos está inyectando de serpentina, de platillos y trompetas, de máscaras, de descontrol, de baile, de abrazos, de fruta, de risa. Que la fiesta llegue para descongestionar nuestros dolores de sociedad. Que la celebración nos vuelva a plantear el abecedario del poema que nos queda por escribir en esta Bolivia mágica y carnavalera. Mamita Cantila, que el calor de tu manto lo haga posible.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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