Voces

Sunday 2 Oct 2022 | Actualizado a 03:43 AM

Cara y cruz del periodismo

/ 10 de abril de 2022 / 02:16

Érase una vez un reino de medios de comunicación en el que, junto a la Iglesia Católica, se anotaban altos niveles de credibilidad en la población. Pero una mañana de marzo rompieron las ventanas como piedras los resultados del último estudio Delphi de la Fundación Friedrich Ebert. El pasado domingo, el columnista José Luis Exeni puso sobre la mesa las manzanas hechizadas que quedaron al descubierto frente a la audiencia boliviana: hay cada vez más desconfianza; muchos medios informan desde sus particulares intereses cuando no manipulan la información; más del 80% de las personas consultadas piensan que desde el campo mediático se promueven los enfrentamientos y el conflicto; los medios dejan de ser medios para convertirse en actores políticos. Valía la pena repetir estos insumos para invitar a los colegas periodistas a sacudirnos las penas, los enconos y las malas intenciones. Ir un paso más allá de pregonar el derecho a la libre expresión; respetarla con hechos y ponerle un marco cuando ésta se levanta sobre la cabeza de otros derechos igual de fundamentales. Veamos dos casos de los últimos tiempos.

El primero es Sebastián Moro. Un argentino que cruzó la frontera para hacer periodismo y acompañar, desde sus posiciones, la historia última boliviana. Trabajó para varios medios internacionales. Fue un testigo cercano de los momentos más violentos que desató la elección de 2019. Cubría los hechos desde distintos puntos del país. Sebastián murió después de una evidente persecución durante la instalación del gobierno transitorio de Jeanine Áñez. Volvió el caso en esta semana porque un reportaje que cuenta sus últimos días acaba de ganar el premio Libertad de Expresión a Periodistas de Investigación de la Fundación Espacio Público. La autora de la investigación, Noelia Carrazana, reconstruye el escenario político, social y diplomático que rodea la muerte de Moro. A más de dos años de lo ocurrido, la investigación sigue sin identificar a los culpables. El domingo 10 de noviembre de 2019 ya no lo pudieron ubicar en su teléfono. Lo encontraron más tarde agonizando en su casa del barrio paceño de Sopocachi. ¿Cuántos nombraron a Sebastián en este tiempo? ¿Qué medios, cuántos periodistas se manifestaron por su derecho a hacer periodismo, a expresarse? ¿Quién reclamó tras su muerte? ¿Quiénes exigen investigar la violencia contra este periodista argentino?

La otra cara de la moneda se llama Viviana Canosa. Hace periodismo en el canal de televisión argentino A24. Se la nombró en medios bolivianos por esta perla: “La Matanza tiene un Vicecónsul boliviano (se ríe) que está cortando la Riccheri junto a los ciudadanos bolivianos que usurparon la reserva arqueológica y ¡exigen luz! ¡Los tipos usurparon un terreno y quieren luz! (…) Y el Vicecónsul boliviano de La Matanza usurpó terrenos y aparte quiere que le paguen los servicios, le conecten la luz. Es una cosa… es una joda… Volvete a Bolivia, flaco, y déjate de romper las pelotas. Vicecónsul boliviano en La Matanza. ¡Miren al Vicecónsul con un ramo de flores! ¡La señorita! Tráiganmelo, que le voy a enseñar cómo hay que hacer para pagar los impuestos. Vuélvase a Bolivia, no sea delincuente. Usted chorea una tierra que no es suya y encima quiere… ¡pero qué manera de cagar a la clase media no dejándolos ir a laburar! Somos un rebaño de pelotudos. ¿Cómo nos aguantamos que el Vicecónsul boliviano de La Matanza nos corte la Riccheri porque quiere luz en sus terrenos usurpados?” No leyó en ningún lado, la periodista, que en el conflicto se dice que hay 720 familias (3.000 personas) que viven un promedio de 10 años en este municipio y rechazan que les llamen avasalladores. Canosa tampoco sabe que hay bolivianos que pagan tributos, que poseen un Certificado de Vivienda pero no acceden a agua ni a energía eléctrica. Canosa tampoco sabe de la boliviana que bebe el agua del pozo que ella misma perforó y que vive hace 18 años en Argentina. Canosa no menciona que existe un proceso judicial entre ese municipio y la Administración de Bienes del Estado de Argentina. Canosa no habla del número de familias bolivianas que sí cuentan con documentos al día. Canosa no sabe que Pinaya negó haber participado del famoso bloqueo. Canosa tampoco habló del aporte de las familias bolivianas a la economía argentina. Canosa sí debe intuir que su histriónica interpretación es tierra fértil para reacciones del tipo “Es una periodista que no le teme a los Kirchner y dice lo que tiene que decir”. Más leña al fuego de la crisis de este reino mediático que necesita menos periodistas muertos por ejercer el oficio y más periodistas dispuestos a mirar un poquito más allá del tweet de la tarde o un poquito más allá de su respingada nariz.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Ángeles y demonios

/ 25 de septiembre de 2022 / 02:23

Los seres humanos, ya quedó ampliamente demostrado, somos capaces de los actos más crueles, más obscuros y malvados, como somos capaces de transformarnos en centros de irradiación de ternura, de compasión y de bondad. Somos, en un mismo cuerpo, ángel y demonio.

Perros matados, sin piedad, salvajemente, a palos, en un botadero. La investigación en la ciudad de El Alto sobre este hecho está en curso a raíz de una denuncia de Comunidad Ciudadana pero imágenes provenientes de un celular nos han lastimado el fondo del pecho y nos avergüenzan como sociedad. Sin embargo, devuelve el aliento saber que hay mujeres y hombres (afortunadamente entre ellos muchos jóvenes) amantes de los animales y comprometidos con acabar el sufrimiento, el abandono o el maltrato tanto a perros o gatos como a tantas especies silvestres víctimas de nuestra violencia contra una naturaleza hoy tras las rejas del salvajismo capitalista y de nuestra ignorancia.

Podemos ser indolentes con otros seres vivos como podemos ser indolentes y abusivos con nuestros semejantes. Lo saben en los barrios paceños de Villa Fátima y Villa El Carmen, donde los estudiantes no pueden ir a estudiar porque las invasiones de organizaciones cocaleras siembran miedo mediante agresiones a quienes nada tienen que ver con estos obscuros conflictos del mundo cocalero; quiebran derechos ciudadanos básicos a punta de dinamitazos aun a costa de sus propias vidas. Al frente está esa otra categoría de personas que, pudiendo dedicar su vida a algo más rentable, velan genuinamente por los derechos humanos, sin permitirse exclusiones en función de sus conveniencias políticas, sin temor al poder establecido, sin utilizar la violación de derechos de los más frágiles pensando en su propio proyecto político o en una estrategia de marketing personal.

El maltrato y el abuso no solo sale de la mano con el palo en un biocidio o de la mano despiadada y odiadora del feminicida. Se puede agredir en las circunstancias menos pensadas, durante nuestros tiempos libres, por ejemplo. ¿O no lo hacen las empresas que ofrecieron conciertos de famosos que llegaron de otros países para estafar a miles de personas que pagaron su entrada sin ver nada? En la otra vereda están los artistas que sí se comprometen con su trabajo. Hace poco las Mentes Ociosas presentaron una velada maravillosa en un restaurant paceño. Como cada vez que convocan, lo hacen para transmitir una propuesta creativa, talentosa y, ante todo, cariñosa y agradecida con su público. Tan por encima de los 40 bolivianos que cobran por entregarlo todo en su escenario, un trabajo envuelto en una manta de cariño que endulza el lugar y diez cuadras a la redonda.

Así pasa donde pongamos la vista. La moneda con sus dos caras rueda por cada rincón de nuestra sociedad boliviana. La cara de esa moneda puede ser un calculador comerciante de ropa que saca a su importación un obsceno margen de ganancia mientras la cruz de la moneda está en una joven diseñadora que en un mercado de arte ambulante ofrece, bajo sol o castigada por el frío de una plaza, sus diseños de bolsos y billeteras, su trabajo cuidado, su trato empático y sus precios amistosos. La cara puede ser un grupo de autoritarios machistas que sacan al Alcalde de Viacha de un inicio de obra, a empujones, para obligarlo a “dialogar” y en acto de agravio le ponen una pollera. El otro lado de esa moneda son todas las mujeres que a diario visten esa pollera para ir a limpiar o cocinar en casas ajenas a cambio de poco; para trabajar en las construcciones pese a la discriminación o el acoso de los albañiles varones; para legislar en una Asamblea donde son mal miradas por algunos señoritos “bien”; para abrir desde temprano su puesto de fruta y enseguida instalarse arriba de las mejores frutillas, de las verdes o rojas manzanas, en la cima de imponentes chirimoyas, escoltadas por ejércitos de plátanos verdes y maduros, para mirarnos y vendernos desde ese trono, con más orgullo, con más elegancia y con mucho más derecho que la mismísima Isabel II.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de aquí y ahora

/ 11 de septiembre de 2022 / 00:27

Qué semana… Los acontecimientos, o, mejor, sus relatos mediáticos, se han instalado en nuestros cotidianos desde la ventana todopoderosa de nuestros smartphones, dejando poco a poco en la periferia la radio, el periódico y la pantalla chica (que a estas alturas de la tecnología y frente a nuestros celus, tabletas o compus es la pantalla grande).

El 1 de septiembre, caída la noche, una notificación nos unía en la atención: acababan de apuntar con un arma y gatillar contra la Vicepresidenta argentina. Misteriosamente, el desastre no se produjo. Lo que no tiene misterio alguno es que la polarización en nuestra región ya necesita de un psiquiatra. Los polos ideológicos, la política desde el odio, los medios que a diario ofrecen el striptease de sus obscuras intenciones y una sociedad embriagada por la desinformación nos han llevado a presenciar este intento de magnicidio que imprimió una foto más de nuestra locura. En Bolivia, contados días previos vimos, unos con filtro, los más sin filtro, en pantallas de todos los tamaños, cómo un manifestante cocalero perdía una parte de su brazo manipulando una dinamita en pleno enfrentamiento callejero. Horas después, volvía a reponerse ese western cocalero en el barrio paceño de Villa Fátima y alrededores; el show debe continuar: luz, cámara, dinamitas. Hablando de luz y cámaras, ¿quién se está perdiendo en estas semanas últimas la ruptura de la pareja de estrellitas marineras? A izquierda y a derecha la gente se volvió pro Shakira o pro Piqué. Ay, los impulsos de Tik- Tok. Por esa misma ventana u otras redes entraron también las tensiones entre diferentes líderes del Movimiento Al Socialismo. Papita para el lorito. Lo cierto es que entre declaraciones de Evo Morales, respuestas de diputados o ministros, acusaciones, adjetivos o amenazas, esta pista principal del espectáculo político boliviano no tuvo competencia. Se esperan las próximas jugadas en el tablero azul y negro con un atento y hambriento público opositor aplaudiendo y abajo, sin red de contención, medios con los colmillos afilados esperando la caída de cualquier pedazo. Y lo que cae durante esas mismas horas es el hueso de otro escándalo de corrupción en Santa Cruz. El flamante canal Detrás de la Verdad TV se estrena con la revelación de un audio que expone al ex Secretario de Salud de la Gobernación en una muy llamativa conversación en la que habla del ingreso de montos de dinero y del “direccionamiento” de determinadas compras. A estas alturas del fin de semana, ya se emitió una orden de aprehensión contra el médico y su esposa. ¿Se lo perdió usted? Posiblemente porque que esté consultando medios que no mencionan este hecho más que en susurros o que usted se distrajo con otra noticia que para un diario boliviano “detuvo la historia”: la muerte de la reina Isabel II, reina a los 25 años, reina a los 96. Qué alternancia ni qué ocho cuartos: fue la monarca que atravesó las décadas sorteando las más variadas crisis, incluida la prueba más desafiante de su popularidad como fue la muerte de la princesa de corazones, Lady Di. ¡Vivan las reinas longevas y las princesas divorciadas! ¡Y viva The Strongest! Cabalmente en estos días ganó, perdió cuando no debía y volvió a ganar. Sigue en la punta, pero qué nervios con lo que se viene. Qué nervios en Chile: que aprueban, que no aprueban, que hay que esperar los resultados, que se cierran las mesas de votación, qué paliza del rechazo. Se culpa al Gobierno de Boric, se culpa a la sostenida desinformación, se hacen cambios en el gabinete del joven izquierdista y se espera el siguiente capítulo en la transformación chilena. Tic tac, tic tac. Mientras esperamos, nos enteramos de la muerte (otra partida) del vocalista de la agrupación argentina Los Enanitos Verdes, Marciano Cantero. Mis colegas en la Redacción proponen el duelo de una semana por quien puso melodías a nuestra juventud. Lamento boliviano por Marciano. Horas antes era el canto de alegría por la distinción del Cóndor de los Andes para la compositora, la poeta, la profunda Matilde Casazola.

Qué curioso: me acabo de acordar de esa tira cómica en la que Mafalda le pide imaginar a su amigo Felipe que no existen las distancias y que todo, todo, está aquí. Felipito imagina y cae desmayado. Mafalda concluye: “Sí, realmente se da cuenta”. Todo aquí y ahora. Buen domingo, Felipes y Mafaldas del mundo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de agosto

/ 28 de agosto de 2022 / 00:33

La cineasta y columnista de LA RAZÓN, Verónica Córdova, recordaba a sus lectores, a fines del paceñísimo julio, que agosto es el mes en el que la Pachamama despierta hambrienta de su sueño de invierno (inmejorable imagen). Es el mes en el que alimentamos a la tierra para agradecer tanto que nos da. Lo describió en más de una entrevista y charlas off the record el escribujante —como se dice a sí mismo— Édgar Arandia: la tierra se abre para comer y ahí se liberan todas las energías y se mueven sin control. Por esta razón, este artista siempre recomienda no mover nada durante el ambiguo agosto: no hay que casarse, no hay que firmar contratos, no hay que vender ni comprar. ¡Hasta la comida se quema en agosto!

Lo que sí es altamente recomendable para quienes creemos en estas energías es lo que sin falta se hace en tantas oficinas, tiendas, mercados o propiedades: armar una mesa para la Pachamama. Fue uno de los más enriquecedores aprendizajes al llegar a este periódico que late bajo el refugio de la montaña de Auquisamaña. Recuerdo con nitidez que el yatiri que nos guio en este ritual en 2011 me contó que un año atrás, al ver las cenizas que revelaba el fuego de la ofrenda, él anticipó que el próximo director del medio iba a ser una mujer. Otro trabajador que escuchaba nuestra conversación confirmó el recuerdo y añadió que todos pensaron que se trataría de la entonces subdirectora. Al mes y pico llegaba yo para sorpresa, pena o disgusto de algunos y alguna. Sin embargo, dejemos en claro en que este ritual no es para predecir lo que vendrá ni para pedir deseos porque la Madre Tierra no es ni Papá Noel ni un hada madrina con su varita mágica. Se trata de un momento de agradecimiento y retribución por todo lo bueno que recibimos en el año. Un tiempo de comunión presencial y espiritual. Lanas de colores, lanas blancas, nueces, tablillas de azúcar dibujadas que retratan mil formas de prosperidad, manzanas y frutillas que toman obscenos baños de miel como si no hubiera un mañana, arroz, canela molida, grasa de animales, flores silvestres, todo envuelto en hojas de coca, todo impregnado en alcohol y guiado por las palabras de gratitud a las montañas sagradas, unas palabras en castellano, las más en aymara. La fe y el corazón no sabe de idiomas. Se escucha con el sentimiento, se contempla el fuego con la firme voluntad de limpiarnos de las energías negativas. Se agradece en nombre de la empresa periodística y, por lo tanto, también por todas las personas que trabajan en ella y la mantienen viva. Todavía más: este viernes ofrendamos por la fuerza de nuestro trabajo que nos permite seguir empujando nuestras casas, LA RAZÓN y Extra, pese a tanto: pese a los tentáculos de la pandemia, pese a interesados ataques de actores políticos, pese a la crisis global de los impresos en un mundo cada hora más digital, pese a la competencia desleal y calculadora, pese a la mezquindad de asociaciones del gremio cuyas posiciones políticas las han alejado de los principios periodísticos vertebrales, pese a un par de periodistas que a toda costa nos acusan y acosan cegados por sus obsesiones políticas y personales. Este viernes agradecimos volver a cerrar un círculo de trabajo comprometido con la empresa y con nuestros valores; un círculo de compañeros de trabajo, un círculo de defensores de nuestra casa periodística que sentimos nuestra porque Carlos Gill ha confiado en este equipo que solo sabe persistir, porque no ha levantado los brazos en la larga noche de los embates y de un juicio que al final del día sirvió para demostrar que todas las calumnias contra este medio solo se sostienen en la mala vibra de declarados agresores. El viernes agradecimos también los capítulos negativos porque con las malas intenciones se adoquina nuestra resiliencia. Gracias, Pachamama, porque nos sabes capaces de poner el pecho a las balas. Con ellas sellamos nuestra fuerza y en ella renovamos estas ganas locas de seguir abriendo caminos, de limpiar la casa, de ordenar las tareas pendientes. Subir cada día a trabajar a esta montaña equivale sin duda a peregrinar a los cerros sagrados para pedirnos perdón unos a otros y para sacudir nuestras penas, para barrer los problemas, para espantar los rencores, para tender el mantel de una nueva etapa.

Agosto, tiempo ambiguo, podemos esperar todo lo bueno como todo lo malo. Sobre la alfombra de tu incertidumbre escribiremos con la claridad de nuestros principios. Escribiremos días con futuro, noches con sueños, días y noches con felicidad. ¡ Jallalla LA RAZÓN! ¡ Jallalla Extra!

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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No te quiero perder

/ 14 de agosto de 2022 / 01:03

“No vivimos en un reino de violencia, sino en un reino de información que se hace pasar por libertad”. Así de alto está el volumen de la reflexión, desde el prólogo, del texto No cosas de Byung-Chul Han. Este filósofo coreano mira nuestros tecnológicos cotidianos desde una posición muy crítica del proceso de digitalización que desmaterializa y descorporeíza el mundo. Es el paso de los recuerdos al almacenamiento de grandes cantidades de datos. Sin embargo, estamos ante una enorme cantidad de información que puede, silenciosamente, falsear los acontecimientos, como una substancia que logra deformar la realidad de carne y hueso, es decir, la esfera de las cosas que ocupan una forma duradera, las cosas que componen el entorno estable donde vivimos. Éstas son el sostén del mundo en el que vivimos y que, sin prisa pero sin pausa, están siendo sustituidas por el orden digital. Es el pasaje de la era de las cosas a la era de las no-cosas.

“Ya no habitamos la tierra y el cielo sino Google Earth y la nube”, lanza este filósofo para ilustrar que nada es sólido o tangible. Y en efecto, desde hace ya un tiempo bicicleteamos entre nuestro entorno real y ese planeta paralelo que administramos desde un teléfono, tableta u otro chiche. Sin ser filósofos, nos hemos dado cuenta de la irrupción de estas pantallas en gran parte de la dimensión de nuestras vidas: facilitándonos llegar a una dirección desconocida con sus mapas o padeciendo una cena con nuestros cercanos/alejados prendidos del teléfono y ausentes de lo que sucede en la mesa del des/encuentro. El cambio es para bien y para mal: es la comodidad de solucionar problemas mandando documentos por WhatsApp en cuestión de segundos al mismo tiempo de tener que masticar la frustración de una reunión con colegas colgados a sus teléfonos que, como acto de enorme bondad, regalan su mirada un par de segundos a quien se dirige al grupo. Cal y arena.

Nos guste o no, este tiempo de la información trae consecuencias sobre lo que estaba instalado como base de convivencia. Para Byung-Chul Han, los impulsos de la información viven del estímulo que es la sorpresa, no de las unidades estables. “Carecen de la firmeza del ser”. Así, nuestra obsesión no es tanto las cosas como son la información y los datos. Es lo que más producimos y consumimos. Llegó el tiempo de la infomanía y de los infómanos. Y reparamos poco en la paradoja: la infoesfera nos regala libertad y al mismo tiempo nos somete a una vigilancia y control crecientes. Seres humanos bajo el control de los algoritmos; no nos queda más que adaptarnos a estas decisiones que ni siquiera podemos entender.

En este bosque al que entramos sin grandes precauciones, la información, tan abundante y veloz o simultánea, puede convertirse en información no informativa sino deformativa. La información circula sin ton ni son y en este caos, las fake news pueden ser más efectivas que los hechos porque lo que importa es el efecto a corto plazo y, así, la eficacia sustituye la verdad. Esta última lleva las de perder en la medida en que necesita de mucho tiempo; de hecho, todo lo que estabiliza requiere de tiempo. Y de tiempos largos nadie quiere saber. La sed de información inmediata y abundante nos hace, como dice este intelectual, ciegos y precipitados. Y, como concluye, corremos detrás de la información sin alcanzar un saber, tomamos nota de todo sin obtener un conocimiento, nos comunicamos sin participar de una comunidad, viajamos a todas partes sin adquirir una experiencia, almacenamos grandes cantidades de datos sin construir recuerdos que conservar, acumulamos amigos y seguidores, sustituimos afectos por likes, encontrándonos cada vez menos con el otro. Uno de los síntomas: no entramos en contacto directo con el otro, preferimos escribir mensajes; preferimos poner caritas en lugar de palabras. El smartphone es la burbuja que nos blinda del otro y la comunicación sin la dimensión física debilita una parte esencial de la comunidad. La ausencia de la mirada taladra la empatía, la confianza original.

Así las cosas y las no-cosas, la ecuación por resolver desde nuestro cotidiano colado a estos aparatos es gestionar con inteligencia (no artificial) para que el mundo real no se transforme drásticamente en solo imagen; para que el mejor amigo de nuestras manos no se convierta en un vigilante/informante de casi toda nuestra actividad hasta controlarnos y programarnos. Solo resolviendo esta ecuación podremos cantar el mejor himno al celular, No te quiero perder, del Papirri: Eres mi luz, mi alegría, mi fiel compañía, no puedo sin ti. Y todavía más: mi celular/ no sé qué haría sin tu existir/mi celular/ la vida se resume en tu latir/ como te llevo tan cerca/si desapareces me muero sin más/eres joven y constante/veloz y brillante/ mi buen celular. Ay laray lay lay la la ra lai la

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Argentina

/ 31 de julio de 2022 / 00:36

Bueno, en verdad es la A de Aires, de los Buenos. Cómo es la vida; después de haber juzgado (en silencio) a algún periodista que utilizaba su columna para contar sus viajes y presumir la cantidad de kilos de libros que compraba en sus giras por el mundo, aquí tienen a esta A, que tuvo el gran placer de llegar hasta el Obelisco, sobre el franco beso entre Corrientes y 9 de Julio.

El tema elegido para esta semana es también una manera de disculpa con los cuatro gatos amigos que se acercan a esta A quincenal por el silencio de hace dos semanas. Estimados gatos, fueron unos días de vacación y la celebración del cumpleaños de mi hijo en Porteñolandia. El acompañante adolescente ya tiene las herramientas para mirar las luces de esta ciudad sencillamente seductora.

No se asusten, amigos gatos, que no les contaré mis vacaciones. Sí hablaré de las cosas. Las cosas que siguen superando las “no cosas” de un universo virtual que nos esculpe a través de las sonajeras tecnológicas. ¿Qué quiero decir? Que con tabletas, computadoras y celulares podemos trasladarnos a cualquier punto del mundo. Como mi hijo, que un día paseaba por calles de India en su teléfono. Sí, con “googlear” tres palabras ya entramos a un museo y miramos las obras y nos enteramos y leemos comentarios y nos enredamos en debates y pasamos a “temas relacionados” en cuestión de un par de toques del dedo índice, curioso y cada día más impaciente. Sin embargo, esta experiencia, que no es poca cosa, no puede medirse (porque pierde por goleada) con estar delante de un inmenso lienzo que sella una de las más crueles guerras argentinas. No hay pantalla que supere el propio cuadro al que le hacemos el más nítido de los acercamientos con nuestro cuerpo. Los trazos están, pese a los años, ahí. El artista/combatiente, Cándido López, que perdió el brazo derecho pintó con el izquierdo y estos ojos, en este momento, son dueños únicos de la obra.

Por similares razones estar en la Fundación de Eva Perón es escribir nuestra propia pequeña pero querida historia. Y es que el vestido está allí. Todo en negro, cuello cerrado, terciopelo cuadriculado sobre el pecho y los brazos de la peronista; lentejuelas también negras sobre los hombros, la falda de raso de seda cae maravillosamente desde lo alto de la cintura con un corte en v y continúa divinamente hasta bien llegado el piso. Al lado, los zapatos de gamuza negros con un diseño que repite los cuadros de la parte alta del vestido y que sella la elegancia con unas cintas negras. Eva Perón no calzaba más de 35 o 36; habrá que volver al libro de Tomás Eloy Martínez para disipar esta duda que habita toda la atención de quien mira como si el vestido tuviera todavía adentro a la santa de los descamisados. 1945 y 2022 se hacen un solo momento. Lo que son las cosas.

Y lo que son los lugares, con sus cosas. Como la casa de Gardel, que exhibe en lo más visible de sus muros su certificado de nacimiento. Madre francesa, cuna francesa. Punto. Lo dicen las letras dibujadas a mano. No hay debate. Solo queda escuchar al ícono porteño en sus versiones originales delante de la guitarra en la que se compusieron tangos para la historia mundial. Por una cabeza de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar/y que al regresar parece decir no olvidés, hermano, vos sabés, no hay que jugar. En ese preciso momento se hace presente, en esa casa, Néstor Benavente, un argentino atrapado en el cuerpo de un boliviano. Y la A se vuelve mantequilla. La fuerza de los lugares, como esta casa en el barrio del Abasto, calle Jean Jaures, la del francesito Charles Gardes. Lo que son las casas, lo que son las cosas y los recuerdos.

Y lo que son los recordados, los amados incondicionalmente. En el patio de Diego Maradona, alguien escribió: “No hay día en que no te extrañe”. Este Dios llegó a esta casita que en ese tiempo a él y a los suyos les pareció un palacio porque llegaban de Villa Fiorito, un rincón de los rincones de Buenos Aires. La villa, loco… En el palacio de Lascano 2257 llama a la curiosidad un pequeño baño que contiene una todavía más pequeña tina. Diego se retrató allí, sonriendo entre la espuma. Un rey con una pequeña habitación que luce, con espacio sobrado, la cama más sencilla del planeta, un perro de peluche sobre la mesita de luz, zapatillas gastadas, tres pilchas y un par de vinilos de Pablo Milanés. La foto del chico Diego Armando estirándose en su cama confirma todo, como el certificado de nacimiento de Gardel. Lo que son las fotos. Las de Diego, las de Carlos, las de Eva, las de Ernesto, las de Jorge Luis, las de Julio, las de Astor, las de Fito, las de Quino, las de millones de argentinos que hoy recorren el subte buscando la salida de la crisis, creando pese a la tormenta, exhibiendo (como siempre y para siempre) el más exquisito sentido del humor, mateando frente al dólar. Fito ya lo a/firmó: En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes en la esquina inventan una solución.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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