Voces

viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 00:03

Elecciones a la francesa

/ 30 de abril de 2022 / 03:31

Nunca como ahora, después de la reciente elección de Emmanuel Macron para un nuevo quinquenio (2022-2027), cobra vigencia la alegoría atribuida a De Gaulle, cuando comentaba la dificultad que suponía gobernar un país que —como Francia— cuenta con 300 variedades de queso.

En verdad, los resultados eleccionarios dejaron la nación quebrada en tres grandes corrientes, casi iguales en dimensión: el centro que representa la macronía, atacada por dos extremos: la izquierda “insumisa” de Jean Luc Mélenchon y la ultraderecha de Marine Le Pen. Tres tajadas que medirán fuerzas en los escrutinios legislativos del 12 y el 19 de junio próximos. Los demás partidos enanos tratarán de agolparse a alguna de esas tendencias para acumular escaños. Se ha llegado a esa situación, cuando la impecable ejecutoría de Macron para enfrentar primero la crisis pandémica del COVID-19 y luego la guerra ucraniana, no fue debidamente reconocida, anteponiendo la necesidad de solucionar otras exigencias sociales. Como alguien decía, “Francia es un paraíso poblado de gente que se cree en el infierno”, pues 12 candidatos postularon a la presidencia el 24 de abril, clamando reivindicaciones de todo tipo: ecologistas, soberanistas, pro y antieuropeos, amigos y adversarios de Putin, socialistas blandos y duros, comunistas nostálgicos, trotskistas trasnochados y sobre todo antimacronistas a diestra y siniestra. Añádase a esa ensalada, la notoria división detectada en las inclinaciones políticas entre el mundo rural y las manchas urbanas del hexágono galo. De la docena de aspirantes quedaron en balotaje Macron y madame Le Pen flotando en un mar de 28% de abstenciones, lo que indujo a estudiantes irreverentes a protestar por dejar aquel camino sin otra opción que la de escoger entre “la peste y la cólera”. Apenas terminada esa contienda, comenzó la madre de todas las batallas: las elecciones parlamentarias, en las cuales Mélenchon impetra el voto ciudadano para que, imaginando una ansiada mayoría, sea ungido primer ministro y cohabite con Macron, ilusión excluida para Le Pen, por razones éticas y hasta pruritos estéticos.

Lo cierto es que la victoria de Macron está salpicada de sonoros mensajes empezando por la indiferencia de 17 millones de abstencionistas, pasando por las capas populares que prefirieron votar por los extremos, para llegar al simple peatón preocupado por la inflación o el deterioro del poder de compra y a aquellos resentidos antisistema que con chaleco amarillo o sin él, se inclinan por el caos, desdeñando el orden establecido. Algunos pretenden empañar el triunfo de Macron atribuyendo más bien su éxito al deseo de poner barrera al insoslayable ascenso de la derecha extrema representada por Le Pen. Se evoca, además, la encuesta reciente en que 56% de los votantes decía favorecer la posibilidad de una Asamblea Nacional opuesta a aquel presidente jupiteriano, caballero solo, que aplastó a los partidos tradicionales —socialistas y conservadores— y que en su primer mandato obtuvo 350 diputados de un total de 577, hazaña que hoy está lejos de repetir.

Macron termina su primer mandato el 13 de mayo y se espera que inicie su nueva misión con equipo renovado que inspire esperanza frente a la atmósfera pesimista imperante por causa de esa pandemia que no se acaba y de la guerra en Ucrania, con sus espantosas secuelas de sufrimiento humano y deterioro en la economía y el medio ambiente. Macron es también pieza fundamental en la consolidación de la Unión Europea dentro del cambiante mosaico multipolar surgido a raíz de la aventura militar desatada por Rusia, en los últimos meses.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Colombia, del orden a la incertidumbre

/ 11 de junio de 2022 / 01:44

Es un hermoso país, cuna del realismo mágico donde todo parece ser hiperbólico. Desde el premio Nobel Gabriel García Márquez, pasando por el mayor narcotraficante del mundo Pablo Escobar o el legendario combatiente Manuel Marulanda Vélez que lideró la guerrilla más antigua del planeta y murió en su cama a los 78 años, hasta el 19 de junio venidero en que se podría elegir a Rodolfo Hernández como el presidente más viejo de su historia porque llegaría al Palacio de Nariño con 77 otoños patriarcales si logra derrotar a su contrincante Gustavo Petro (62), antiguo guerrillero y exalcalde como él.

Colombia, también presume el récord —en la región— de su democracia centenaria, salvo el interregno (1953-1957) del general Gustavo Rojas Pinilla. Ciertamente que brotes de violencia marcaron con sangre su vida republicana tanto en la arena política como en la contienda protagonizada por los cárteles de la droga, tráfico en el que Colombia además ostenta el triste galardón de ser el proveedor del 70% de la cocaína consumida en el mundo.

Comparto la duda de los 21 millones de la colombianidad que, al depositar su voto, se preguntarán ¿quiénes son realmente los titanes de ese singular duelo?

Copio la impresión de un lúcido analista que los describe así: “Petro, es un populista de izquierda, elocuente, pseudo-intelectual y sofista. Hernández es un populista de derecha, elemental, ramplón y folclórico”. Mejor resumen no podía caber en pocas líneas. Escuché atentamente los discursos de Petro y, efectivamente, tiene lustre de hombre letrado, con ilusiones románticas de implementar, si fuera presidente, la añorada justicia social en un país con evidentes desigualdades. También me divertí siguiendo en vivo y en directo las entrevistas ofrecidas por don Rodolfo Hernández, hábil comunicador, que se exhibe con camisetas informales, usando un léxico callejero con ese universo vocabular al alcance de los millones de votantes que desea conquistar. Genuino self made man, amasó su cuantiosa fortuna con tesonero trabajo construyendo miles de casas para los pobres, pero cobrándoles puntualmente sus créditos otorgados directamente, prescindiendo de los bancos. Su bandera de lucha es el radical combate contra la corrupción y su lema es acabar con los politiqueros a quienes desprecia porque roban los denarios fiscales, sea con la mano izquierda o la derecha. Es el triunfador que aplastó a los partidos tradicionales, con su prédica populista. Y, casi como en Macondo, a quien apostrofan como viejo es hijo predilecto de su madre que, a los 97 años, luce pistola al cinto y corre a pura bala a los bandidos que merodean su finca.

En cambio, Petro fracasó en la lucha armada y su conversión a la democracia le regaló esa tercera oportunidad de pugnar el balotaje definitorio, aunque su oferta electoral solo convence a los conversos a cuyo techo ya llegó, contando con escasas posibilidades de alcanzar la cantidad de votos anhelada. Por ello, quizá consciente de su inminente derrota, Petro propuso a Hernández el pacto de cohabitación, en un gobierno de unidad nacional que, obviamente, el astuto provinciano no aceptó porque sería un amasiato contra natura.

Los cuatro años que le pueden esperar al postulante Hernández no serán fáciles, incluso con el concurso de las mejores personalidades con las que desea gobernar. Desairado Petro en su ofrecimiento nupcial, probablemente fomentará el evidente fermento de descontento social entorpeciendo la gestión de Hernández, quien por añadidura padece de insalvable orfandad parlamentaria.

Por el contrario, la implementación del atrevido programa gubernamental de Petro asustaría al poderoso sector empresarial, columna vertebral de la economía nacional y provocaría fuga de capitales, aumento del desempleo y el asecho del crimen organizado.

Como los colombianos no tienen la flema británica, se excluye aquello de confiar en una “leal oposición al gobierno de Su Majestad”, entonces el retorno a la violencia no puede darse por descontado.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Albina, la condesa roja

/ 28 de mayo de 2022 / 02:01

Simón I. Patiño regaló el primer avión a Bolivia, encargando a su secretario, Agustín Fernández Valdivieso, abuelo mío, entregar la nave que, al aterrizar en El Alto, el 3 de abril de 1921, se estrelló contra la multitud ocasionando una tragedia que le costó la vida y la del aviador francés Maurice Bourdon. Ese episodio me liga al interés que despierta en mí, la descendencia de aquel esclarecido magnate minero, cuya nieta —estrella de brillo universal— es mi querida amiga, la condesa Albina du Boisrouvray que acaba de publicar sus memorias bajo el título de Le courage de vivre (El coraje de vivir) y el sugerente subtitulo Rebelarse, perder lo esencial, donarlo todo. Son 475 páginas editadas por Flammarion, plenas de rigurosos detalles sobre la acción y pasión que la protagonista implanta en sus relaciones familiares, en sus declaraciones políticas, en sus ligamentos amorosos, en sus diversos y fugaces matrimonios, en sus generosas donaciones, en sus viajes planetarios regando medios y cariño entre los más necesitados, particularmente los niños abandonados. Su coraje de vivir empieza venciendo —en su temprana niñez— la muerte segura, al caer al vacío de una jaula de ascensor. Carente del sentimiento maternal, se enfrenta a la frivolidad de su madre Luz Mila Patiño Rodríguez, que la confía a nodrizas extranjeras en Suiza, Francia, Marruecos o Nueva York, donde vivía por largas temporadas en el hotel Plaza… “menuda, muy pequeña y frágil, chola de piel morena, pero de rostro blanqueado por el lavado a la leche, ritual de cada noche.” Así era esa mamá evidentemente afectada por desórdenes mentales, a quien la autora no parece profesarle afecto alguno. Luego, adviene su sulfurosa juventud gozando de las noches parisinas, pero repulsando las drogas. Tiempo en que, su belleza exótica atrae admiradores entre futuras celebridades desde John F. Kennedy hasta George Soros. Albina se declara mestiza e híbrida, atrapada por las dos ramas de sus orígenes entre una “madre socialmente aceptada pero étnicamente menospreciada y una familia paterna que vivía de los recuerdos gloriosos del mundo que fue”, aunque hoy sigue cercana familiaridad con sus primos Grimaldi en Mónaco. Albina debió escoger entre valores opuestos y optó por rebelarse contra el sistema, resultado de sus tempranas lecturas políticas que la llevan al bando anarquista y más tarde comunista. Era la época en que la figura quimérica del Che Guevara cautivaba a la juventud, tanto que la incitó a militar resueltamente en manifestaciones y acciones directas. Por ello, cuando años mas tarde coincide en Cochabamba con el coronel Joaquín Zenteno, astutamente, lo induce a que le relate la ejecución del Che y éste, rumbosamente, le obsequia como memento, la última bala que aún quedaba en el fusil del guerrillero. Albina participa, intrépidamente, en París, en la revuelta estudiantil de mayo de 1968 pero, consciente de que no podía cambiar el mundo por la violencia, se enrola con los médicos voluntarios para socorrer a las víctimas de las guerras en el Medio Oriente y otras latitudes. En reglón aparte de su agitada vida, Albina realiza —como productora— una veintena de películas de marcado éxito frecuentando a astros como Gerard Depardieu, a quien en una gresca casi le clava un cuchillo de cocina en su abultado vientre. Entretanto, fomenta con encendido amor la educación superior de su hijo François-Xavier-Bagnoud, cultor de la aviación de salvataje que, un fatídico 14 de enero de 1986, lo llevaría a sus 24 años a perecer cuando su helicóptero se destrozó en medio de la carrera París-Dakar. Entonces, el cielo cayó encima de esa madre dolorosa cuya alma devastada no cicatriza nunca. Sin embargo, la pérdida de su único vástago la impulsa a ir al encuentro de aquellos huérfanos de las víctimas del sida, principalmente, en África y el Asia, para proporcionarles el amor y los medios necesarios para salir del infierno. Así nace la iniciativa de crear la Fundación François-Xavier- Bagnoud (FXB), que la alimenta vendiendo casi todos los bienes heredados de la cuantiosa fortuna de sus padres. Mas de $us 100 millones son invertidos en la implantación de aldeas que albergan —ahora— a miles de chicos y jóvenes desvalidos. Múltiples homenajes de reconocimiento y gratitud colman a Albina que, en su autobiografía, nos enseña que dar es más gratificante que recibir.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Testimonios indiscretos

/ 14 de mayo de 2022 / 02:17

El martes pasado, vía Zoom, se llevó a cabo la presentación virtual de la edición boliviana de mi libro Testimonios indiscretos. El poder detrás del espejo, impreso por la modalidad El hado propicio de la editorial 3600, a cargo de su gerente Marcel Ramírez, quien condujo el programa. Intervinieron como comentaristas de la obra, el laureado escritor Mariano Baptista Gumucio, el filósofo Wálter Guevara Anaya y el abogadoprofesor Gonzalo Serrate. Tuve el privilegio que lectores de tan alto nivel revisaran el texto, ahora a disposición local, pues anteriormente fue publicado y difundido por Amazons/books, en su versión digital e impresa.

Se trata de la narración de mis encuentros con 61 reyes, presidentes y/o jefes de gobierno de naciones extranjeras y 18 mandatarios bolivianos con quienes me correspondió trabajar o simplemente conversar en diversas ocasiones, sea como ministro de Estado, embajador, funcionario internacional, diplomático protocolar o dirigente estudiantil, a lo largo de seis décadas, tanto en Bolivia como en países americanos, europeos, asiáticos y africanos.

En todas esas circunstancias, me entretenía observar de cerca las características individuales de cada uno de ellos, la coreografía de su lenguaje corporal, su discurso oficial manifiesto y encubierto y tratar de descubrir sus costados fuertes y sus debilidades aparentes.

Historiadores, cronistas, periodistas, investigadores y hasta novelistas, retratan a los protagonistas de la historia contemporánea basados en terceras fuentes o bebiendo en la inagotable laguna de la imaginación. Unos apegados a la hagiografía por su simpatía y otros siguiendo leyendas negras alimentadas por el odio o la antipatía que les inspira los personajes estudiados. Difícil exigir objetividad o comprobar la veracidad de las alegorías narradas. Esta reflexión es fruto de mi lectura de varios hechos históricos en los que me tocó participar ora como simple testigo, ora como activo actor y, simplemente sonreír ante la falsificación del episodio contado. Héroes convertidos en villanos y viceversa. En resumen, en todas las latitudes, esas exageraciones existen y son —a veces— inevitables. Por esos motivos, decidí relatar las circunstancias en que conocí y frecuenté a todas las celebridades que figuran en mi libro, como testimonio de primera mano, lo que contribuirá a que el lector forme su propia opinión sobre ellas.

En la parte nacional, golpes de Estado me forzaron al exilio y fue allí donde también tuve la oportunidad de cultivar la amistad de varios expresidentes y comprobar la mutación en sus respectivas personalidades. La pérdida del poder los devuelve a su verdadera dimensión y, muchas veces, es el impulso que los mueve a tratar de recuperar el trono usurpado. Esa pulsión también pude observar que acontece en otros países.

Entre los retratos que contiene esa obra están incluidos hacedores de historia remarcables como el argentino Juan Domingo Perón, el presidente John F. Kennedy, el mariscal yugoslavo Tito, el africano Nelson Mandela, el francés Jacques Chirac y estampas controvertidas como el libio Muhammad Kadafy, el venezolano Hugo Chávez, el tirano nicaragüense Anastasio Somoza, Fidel Castro o el actual dictador bielorruso Alexander Lukachenco. Además de estrellas inocuas como la Reina Isabel II, el monarca español Juan Carlos o el papa Juan Pablo II.

Como conclusión, podría anotar que, ahora, huérfanos de los grandes de la Historia, enfrentamos el peligroso ascenso de la mediocridad que se impone universalmente impulsada por el populismo de izquierda o de derecha que va surgiendo como espuma malsana desde las miasmas surgidas de las masas desorientadas y generalmente iletradas.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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9 de abril: 70 años después

/ 16 de abril de 2022 / 00:32

Mi testimonio presencial de esa memorable jornada que cambió la historia de Bolivia se inició a las 06.00 del miércoles 9 de abril, cuando nos concentramos en el atrio de la UMSA los dirigentes de estudiantes de secundaria, ya comprometidos en los trajines conspirativos del MNR. Allí junto a los universitarios que habían pernoctado en las aulas nos distribuimos diversas tareas, orientados por el comando movimientista: unos se dirigían a tomar radio Abaroa, en la plaza del mismo nombre, varios opinaban la ocupación inmediata del diario rosquero La Razón que quedaba en El Prado, otros coreaban “al arsenal” y se encaminaban hacia la plaza Antofagasta. Horas más tarde llegaron las armas: viejos fusiles Mauser, un par de ametralladoras y unas cuantas bazucas. Prontamente, se instaló una metralla en el piso 11, para controlar desde esa altura la colina de Laikacota y detener el avance de los cadetes del Colegio Militar.

El caldo de cultivo para la insurrección popular comenzó a gestarse el 16 de mayo de 1951, cuando se instauró una junta militar desconociendo el triunfo electoral del binomio Víctor Paz Estenssoro-Hernán Siles Zuazo, en golpe que se denominó como “Mamertazo”. La masa de combatientes fue creciendo con la incorporación de obreros fabriles, empleados, carabineros y estudiantes.

Eran momentos de honda emoción y suspenso. El tráfico se tornó inexistente y cualquier vehículo que se atrevía a transitar era inmediatamente requisado. Los ecos del tableteo de las ametralladoras y de cuando en cuando de estridentes bombazos nos hacían vivir instantes de batalla casi cinematográficos. Pocos obedecían, todos comandaban. Los enfrentamientos prosiguieron toda la noche. El jueves 10, la zona de Sopocachi amaneció entre fuego cruzado. Mi familia ocupaba el primer piso de un edificio de tres que, en la calle Vincenti 121, era el punto mas alto del barrio. Aparentemente, desde la elevada azotea, un franco- tirador había causado bajas entre los combatientes. Esa terrible confusión, provocó nutrida balacera contra nuestra casa que quedó convertida en una especie de colmena por los cientos de orificios ocasionados por disparos de todo lado. Para colmo, creyendo en una inexistente resistencia llenaron de gases lacrimógenos nuestra vivienda, obligando a toda la familia a salir del refugio interior.

El viernes 11 nada pudo contener unirme a mis compañeros de la juventud del MNR en la plaza Murillo, festejando la victoria del pueblo. Como todos los circundantes estaban interesados en entrar al Palacio Quemado, propuse a un puñado de condiscípulos tomar la Cancillería. Llegamos a la puerta lateral de la calle Junín y no hubo necesidad alguna de “tomarla”. Al identificarnos, el portero que vivía en los sótanos del edificio, nos abrió gentilmente y nos previno que ya otros madrugadores habían revisado las instalaciones. No obstante, llaves en mano, se prestó a cooperar en nuestra ávida inspección. Quedamos deslumbrados por el lujo de los salones, las luces de las arañas, los alfombrados y los muebles de época. En esos instantes, no intuía que esos aposentos serían el escenario de mi futura carrera diplomática.

El 16 de abril de 1952, una impresionante multitud de paceños recibía alborozada a Víctor Paz Estenssoro que llegaba de su exilio en Buenos Aires. Así se dio inicio a la Revolución Nacional que dejó atrás un país rural y monoproductor; promoviendo la liberación del indio; recuperando para la nación sus riquezas naturales; diversificando la economía y consolidando la dignidad boliviana, al abolir el súper Estado minero-feudal.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La guerra sin fin

/ 2 de abril de 2022 / 02:50

Hace casi 10 años —en septiembre de 2012— llegué a Kiev, invitado por la Continental University, para dictar un ciclo de conferencias sobre la actualidad internacional del momento. Eran días de alta tensión para el presidente Viktor Yanukóvich, que tenía encarcelada a su más ardiente opositora, la carismática Ioulia Timochenko. Recuerdo que mis esfuerzos fueron inútiles para poder visitarla, no obstante que su celda se hallaba en pleno centro de la ciudad. El eléctrico combate político se centraba en los mismos ejes mentados antes de la guerra, que separaban a los bandos partidarios: denuncias mutuas de corrupción y los supuestos vínculos de algunos con los dictámenes de Moscú. Desde entonces pude percibir una relación amor-odio entre los dos países panrusos. Comenzando por la lengua rusa hablada casi como una modalidad bilingüe alternando con el ucraniano, por buena parte de la población, pasando por las influyentes iglesias ortodoxas, una sumisa al patriarca Bartolomé de Constantinopla y la otra aliada a Cirilo I de Moscú.

Ante la implosión de la Unión Soviética, un rosario de repúblicas satélites se alinearon con la Occidente, inclusive suscribiendo el tratado de asistencia recíproca que es la raison d’etre de la OTAN, pacto militar al que Ucrania no se adhirió, columpiando en el fiel de la balanza que se inclinaba por ambos mundos. El presidente Vladimir Putin (70), desde entonces se empeñó en hacer gravitar al gobierno de Kiev hacia su campo, primero patrocinando a políticos amigos y luego interviniendo abiertamente en los medios, por ejemplo sosteniendo aquel canal de televisión filo-ruso propiedad de algún compadre oligarca. Eran épocas en que el joven comediante Volodimir Zelenski (44) iniciaba su carrera de popularidad en esas redes televisivas.

En 2014, la revuelta popular de Maiden destronó al entonces mandatario, cabalgando en el hastío de la ciudadanía con la clase corrupta que mandaba en el país. Momento propicio para fabricar un “hombre providencial” que resultó ser Zelenski y que arrasó en las subsiguientes elecciones. Corolario de la innegable aspiración de la mayor parte de los ucranianos por pertenecer a la Unión Europea, para alcanzar un mayor nivel de vida y observar valores que pregona esa comunidad. Pero Zelenski, a mi modo de ver, exageró su pleitesía tanto con Bruselas como con Washington. Recuérdese su comedida visita a Donald Trump, ocasión que aprovechó el republicano para intrigar sobre un supuesto negociado de Hunter, hijo de su contrincante demócrata Joe Biden. Zelenski estaba presto a todo. Y como una madona casquivana dejó de lado su romance con Moscú para entregarse de lleno a sus pretendientes occidentales. Putin, cuyos hilos de inteligencia militar son finos y extensos, sospechó una alianza contra-natura de su ingrato vecino que comprometía seriamente la seguridad nacional de Rusia. Fue cuando germinó en el autócrata la idea de aplastar militarmente a Ucrania. La operación de reconquista debutó con la anexión pura y simple de Crimea al patrimonio moscovita, continuó con soliviantar el separatismo de Donetsk y Luhansk, para finalmente organizar su expedición bélica que inicialmente solo comprendería la consolidación de los territorios ya conquistados, pero la codicia pudo más y las fuerzas rusas avanzaron en operaciones relámpago hasta encontrarse con la feroz resistencia popular aupada por Occidente con fuertes ayudas financieras y armamento moderno. Europeos y americanos dieron todo, menos soldados ni aviones. “Nosotros ponemos la plata y las armas y ustedes ponen los muertos” sería la fórmula siniestra. Un negocio inhumano donde Zelenski sacó la mejor tajada. Hábilmente, ganó la guerra informativa a nivel mundial, sus reconocidas dotes de actor cómico esta vez se trocaron en actor trágico, desde su vestimenta guerrera hasta la modulación de su voz fueron factores positivos para recaudar dinero y material bélico. Esta guerra sin fin tiene ya un ganador: Volodimir Zelenski, quien, si alguna vez termina la contienda, tendrá un suculento contrato en Hollywood, donde representará su propio rol de héroe de la película atacado por el villano. Esta fue y es una lucha entre titanes megalómanos, en la que la paz está lejos y los miles de muertos poco importan.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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