Voces

miércoles 6 jul 2022 | Actualizado a 08:51

Al día siguiente del cometa

/ 7 de mayo de 2022 / 01:47

La política siempre estuvo íntimamente asociada a la evolución de las prácticas de consumo de información y del ecosistema de medios de comunicación. Estoy convencido de que, al respecto, estamos en un momento casi refundacional. El cometa ya cayó y todas las especies del viejo mundo, que nació con la imprenta, deben adaptarse o tal vez ya son parte del pasado, como los dinosaurios.

Pero, las réplicas de ese fenómeno afectan también a la manera como se construye y transmite el discurso, las ideas y la influencia política, es decir a la construcción del poder. Y eso es aún más vital. En ese sentido, creo que ya estamos viviendo en un mundo nuevo, que explica algunas de las paradojas que vemos a diario, entre otras, la incapacidad de las élites para conectarse con las preocupaciones de la gente, pero también con el auge del extremismo.

Gracias a las encuestas que viene presentando la FES, sabemos de la pérdida de confianza que aqueja a los medios de comunicación y la impresión que muchos tienen que son espacios partidizados. Otros sondeos indican que, pese a la histeria de algunos de esos medios en el tratamiento de la coyuntura, su capacidad para mover las fronteras políticas es, al final, bastante reducida. Eso sí, el modelo de negocio basado en complacer a su secta de seguidores radicalizados parece aún bastante rentable.

Frente a ese declive, está surgiendo un ecosistema caótico de canales alternativos, muchas veces frívolos y oportunistas, sobre todo en las redes sociales, donde ya se está informando la mayoría de los bolivianos y bolivianas.

Hace unas semanas, me entretuve con algunos instrumentos de seguimiento de redes para ver de lo que se hablaba en Facebook. El panorama me sorprendió, en primer lugar, por su masividad. Estamos hablando de un lugar en el que, en pocos días, entre dos y tres millones de personas pueden ver un video o post sobre una temática atractiva.

Pero lo más interesante es que esa viralización no está mediada por los grandes medios escritos o incluso televisivos, sino por otras opciones, muchas de ellas desconocidas, que construyen audiencias con noticias sobre violencia, vida cotidiana y entretenimiento, como una reedición digital de los diarios populares del siglo XX.

A eso se suma un cambio en las prioridades de consumo informativo. La política contingente interesa moderadamente, la atención se concentra en la entretenida vida de Albertina Sacaca, tiktoker chuquisaqueña, o los dramas y alegrías de personajes del entretenimiento cruceño. En todos esos casos, es perceptible la emergencia de una estética y preocupaciones marcadas por la cotidianidad y lenguaje de las mayorías populares jóvenes.

Alguna amiga nostálgica me dirá: ¿Y eso qué tiene que ver con la política y las cosas serias? La verdad, no tengo bola de cristal, pero la manera como esas prácticas están influyendo en las formas como la gente accede a la información, articula marcos de comprensión y define sus prioridades es tremenda. Siendo que la política tiene mucho que ver con captar la atención y estructurar la opinión pública, no es marginal.

De hecho, el triunfo en la opinión de María Galindo es un ejemplo de la posibilidad de construir influencia pública sobre temas relevantes desde esos espacios. No exagero diciendo que los millones que prestaron atención a su reciente performance son un resultado que no sé cuántos proyectos de comunicación feministas hubieran soñado tener. Y eso se logró, desde mi punto de vista, con muy poco recurso, pero sobre todo porque la señora combinó de una manera inteligente contenido sustantivo, ideas, pues, con las que podemos estar de acuerdo o no, con una estética popular y con códigos del mundo del entretenimiento, frívolos para algunos, y un gran manejo de los tiempos y formas de las redes digitales.

Así pues, ese es quizás el horizonte de la comunicación política: cada vez más digitales con nuevas combinaciones de sustancia, estética, ritmo rápido, maneras populares y otras cosas más. Un mundo en nacimiento, para lo peor, porque también hay mucho de eso, pero también para lo mejor si lo entendemos y actuamos en consecuencia.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Retrocesos

/ 2 de julio de 2022 / 02:05

La decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de revocar la protección federal al derecho del aborto es otra demostración de que ningún avance social está escrito en piedra. Son siempre posibles retrocesos significativos en los derechos que se fueron conquistando durante decenios, dependiendo de los contextos, que son naturalmente cambiantes, y la capacidad de los actores políticos para influir sobre ellos.

Se suele decir que en política toda victoria es relativa y toda derrota es transitoria para recordarnos que cualquier proyecto o decisión pública estará siempre sometida a las aleas de la contingencia. Esta es, de igual modo, una advertencia contra la comodidad y el engreimiento que, a veces, se instalan entre las dirigencias y militancias que sienten que ya lograron sus objetivos y que éstos son y serán incuestionables hasta el fin de los tiempos.

Ya se sabía que la expansión de los derechos de las personas para que puedan ejercer su autonomía y libertad suele ser siempre un combate con resultado incierto, ahora sabemos también que la preservación de lo logrado exige similar nivel de preocupación, atención y movimiento.

Durante el primer decenio de este siglo se instaló cierto sentimiento, errado, de que el avance hacia una sociedad más igualitaria, tolerante y respetuosa de las diferencias era casi una cuestión de tiempo. Sus detractores eran, desde esa perspectiva, personajes a la defensiva, resabios de un mundo que estaba destinado a una paulatina desaparición, incapaces de conectar con una sociedad que casi obviamente iba a ser más progresista.

Pero ese fin de la historia nunca llegó, al contrario, las visiones conservadoras y reaccionarias no solo ganaron fuerza, sino renovaron sus discursos, instrumentos y capacidades de hacer política. Aún peor, muchas de ellas son ahora capaces de conectar de manera efectiva con las emociones y pasiones de grandes segmentos de la sociedad, en tiempos de grandes turbulencias, miedos e incertidumbres. En muchos países, la dinámica y la iniciativa política están del lado de los populismos de derecha.

El retroceso del tribunal supremo estadounidense no es, por tanto, un accidente, es el resultado de un sistemático trabajo político de largo aliento de las fuerzas neoconservadoras de ese país que se inició a fines del siglo pasado y que reconfiguró no únicamente la correlación de fuerzas en esa instancia, sino en el ámbito partidario, comunicacional y sobre todo social de ese gran país. Hoy las posiciones reaccionarias sobre los derechos de las mujeres o de las diversidades sexuales cuentan con sólidos apoyos sociales y electorales en los EEUU, mucho más transversales de los que se desea a veces admitir desde las visiones ancladas en un “deber ser” irrealista.

Y tampoco creamos que esa ofensiva ahora victoriosa se detendrá ahí y en las fronteras de ese país, tendrá impactos en todo el planeta, incentivando estrategias, alianzas y movilizaciones políticas con esas mismas orientaciones que nos seguirán sorprendiendo, buscando revertir legislaciones y decisiones favorables a los derechos de mujeres, diversidades sexuales y minorías donde ya fueron aprobadas, o detenerlas allá donde están en consideración.

Así pues, el movimiento en favor de los derechos de las mujeres y las diversidades está ante un enorme reto político, por si fuera necesario recordarlo. Se trata de (re)construir mayorías sociales y político-electorales que protejan y amplíen esos derechos. Tarea, por las razones anteriormente mencionadas, nada obvia en contextos donde sus adversarios renovaron sus discursos, instrumentos y estrategias.

La cuestión, me parece, no consiste únicamente en reforzar el compromiso y el militantismo de los segmentos más convencidos, lo más desafiante es ampliar las fronteras, volver a hablar a las mayorías, entender a sus contradictores, que cambiaron mucho, para luego rebatirlos, explicar, persuadir y tomar en cuenta la propia diversidad del campo progresista, abandonar la ilusión de que sus causas deben ser entendidas y asumidas por todos y todas sin discusiones.

En suma, menos sectarismo, más política democrática. La lucha por los derechos será siempre un combate, no hay que olvidarlo ni bajar la guardia. Urge, porque el retroceso no se puede descartar en ningún caso.  

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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La viabilidad política del litio

/ 18 de junio de 2022 / 02:27

Los tiempos se están acelerando, estamos ad portas de un momento de rápida expansión del mercado del litio y de grandes inversiones para satisfacer una demanda mundial de ese mineral que podría quintuplicarse en el horizonte de 2030. Hay pues una ventana de oportunidad para el país. Los retos tecnológicos, financieros y ambientales para lograr ese objetivo son enormes, pero lo esencial se jugará en el ámbito de la política.

Quizás no suene muy virtuoso, pero siempre será preferible el escenario económico en el que contemos con alguna renta de recursos naturales que nos permita financiar nuestro desarrollo o al menos evitar la crisis. De hecho, las orientaciones del actual Gobierno son transparentes: la ecuación de superación de la coyuntura económica actual tiene que ver con sostener la estabilidad por un par de años a la espera de un nuevo boom de exportaciones, ingresos fiscales y redistribución impulsadas por esa industria extractiva en la segunda mitad de esta década.

Para aclararnos aún más el escenario, la decisión esta semana del Parlamento Europeo de prohibir la venta de vehículos con motores térmicos en la Unión Europea a partir de 2035 acelera la histórica transición que emprenderán la industria automovilística y energética mundial en los próximos años. Y uno de sus cuellos de botella, según los especialistas, es la disponibilidad de baterías que, por lo pronto, precisan de litio para su fabricación.

Con esas perspectivas, las grandes maniobras políticas y económicas ya se están desplegando en todo el planeta para asegurar aprovisionamientos y esquemas de producción estables de esos dispositivos y sus componentes. Mientras tanto, los mercados financieros se emocionan, apostando al crecimiento futuro del sector, aumentando el precio de los bonos y acciones de las empresas que ya tienen operaciones o que las están desarrollando.

Pero, la cuestión no escapa a la política. Por eso, Biden declara a esa actividad como estratégica para Estados Unidos otorgándole facilidades e incentivos, China sigue haciendo lo posible para consolidarse como el primer productor global de baterías y los europeos se apuran en definir una estrategia para recuperar su retraso.

Hasta ahí todo bien: ésta es obviamente una gran oportunidad para un país, como Bolivia, que cuenta con importantes reservas de ese mineral. Pero, no hay que perder de vista que ese recurso sin inversiones, mercados estables y tecnologías competitivas podría quedarse en eso, en una reserva, es decir en una ilusión sobre un potencial beneficio que se concretará solo si se toman decisiones inteligentes, concretas y oportunas. Y esa es la tarea esencial de la política, por supuesto bien orientada por criterios económicos y técnicos.

Por otra parte, la dimensión del negocio y de sus múltiples implicaciones sugiere que cualquiera sea la decisión que se tome, ésta no podrá eludir definiciones acerca de nuestro posicionamiento en los escenarios geopolíticos que se están configurando en torno a esta cuestión y menos aún sobre las articulaciones y consensos sociales, políticos y territoriales que tendrán que sostener su despliegue y crecimiento interno.

Nuestra historia reciente es elocuente sobre las cien maneras en que nuestros conflictos políticos nacionales y hasta locales pueden sabotear o postergar las mejores decisiones tecno-económicas. Por tanto, las autoridades tendrían que ya darle algo de atención a esos riesgos internos desde ahora.

Dicho todo lo anterior, sería, no obstante, un grosero error pensar que el voluntarismo político es suficiente para avanzar. Por la naturaleza de la transición energética-tecnológica que está en la base, la expansión de la industria del litio, su desarrollo parece que tendrá inevitablemente interacciones fuertes con los mercados financieros, con la evolución de ciertas cadenas globales de producción tecnológica y con la disponibilidad de montos apreciables de inversión privada extranjera.

Es decir, se trata de una actividad influenciada por factores exógenos potentes y en la que operan actores privados y estatales diversos, y, en consecuencia, en la cual habrá que construir interdependencias inteligentes, flexibles, pragmáticas y beneficiosas para el país y sus ciudadanos.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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La madre de las batallas

/ 4 de junio de 2022 / 02:02

El karma del gobierno de Arce es la crisis, su manejo será determinante en los futuros escenarios de la política. Esa es la madre de las batallas. No hay mucho que discutir políticamente sobre las orientaciones gruesas de los instrumentos para su gestión, pero el diablo estará en su adaptación y renovación en un entorno, interno y externo, más complejo e incierto que 2008/2009.

Desde hace tres años venimos de crisis en crisis, ahora nos toca enfrentar el gran desajuste económico global que está provocando alzas de precios y costos en todo el planeta. Y las perspectivas no son halagüeñas, la inflación mundial seguirá elevada, al menos hasta inicios del próximo año, y el precio de las energías se mantendría alto en el mediano plazo, no solo por la guerra sino porque recién nos damos cuenta de que la transición hacia una matriz energética verde cuesta y mucho. El riesgo es que las grandes economías experimenten un escenario de alta inflación y estancamiento del crecimiento.

Bolivia no es inmune a ese zafarrancho, sobre todo porque sus impactos más concretos tienen que ver con la evolución de los precios de alimentos y combustible, aspectos extremadamente sensibles para los bolsillos de cualquier ciudadano. Y la política tiene bastante internalizada esa realidad social: la cuestión precios-dólar siempre estuvo asociada a momentos políticos decisivos desde el retorno de la democracia.

Si hay un consenso casi transversal es sobre la “estabilidad de precios”, entendida como que no deben subir en ningún caso, y la posibilidad de tener un dólar barato y cuando uno lo necesite. Quizás es una herencia de nuestra experiencia hiperinflacionaria y posterior ajuste brutal, pero así se sigue entendiendo la cosa hasta ahora. Por esa razón es un poco ocioso, en este momento, discutir sobre otra política cambiaria o de precios, sabiendo que no hay casi espacio político para grandes rupturas en ese ámbito. De hecho, la oposición no dice ni pío en estos temas, es entendible.

Por tanto, el diseño básico de las políticas para enfrentar los actuales desequilibrios es nomás la regulación y el control de precios a cargo del Estado. Esa orientación está en el ADN de la economía política del masismo y es el mantra de su creador y gestor, que es justamente el actual Presidente. Y es, además, de una rentabilidad política monumental, cuando funciona por supuesto.

No hay que ser pitonisos para entender que si Arce logra superar la actual tormenta sin grandes daños, hay masismo para mucho rato. Al final, la mayoría de la gente necesita ciertas estabilidades básicas, los grandes relatos abstractos y las ilusiones ideológicas son complementarias.

Por tanto, la pregunta del millón es sobre la capacidad y recursos del Gobierno para hacer que ese esquema funcione. Tarea nada obvia porque no todo está bajo su control, el contexto externo importa, nada es gratis, todo tiene costo y hay que tener posibilidades de pagarlo.

Estamos en medio de la tormenta, la vieja casa cruje, hay ya alguna gotera. Sería medio desubicado querer empezar una gran renovación, es más bien el tiempo de los fontaneros, de los que conocen las grietas, el aguante de los pilares y las mil maneras de evacuar el agua en emergencia. Es el tiempo del constructor, del que conoce los secretos de su arquitectura, incluso los inconfesables. En eso, Arce parecería ser el hombre de la situación.

Pero el tiempo será el gran adversario, una lluvia que se alarga demasiado, un chaparrón demás, un pilar demasiado erosionado, un temblor imprevisto y la situación se puede complicar. Frente a los avatares del destino, no es suficiente la coherencia de la orientación y el voluntarismo ante la adversidad, hay que saber también adaptarse, encontrar y aprovechar recursos nuevos, leer el contexto que tiene sus novedades y oportunidades.

Es decir, no hay que quedar atrapados en el corto plazo, cuya gestión obviamente es vital en una crisis, ni en las certezas absolutas, hay que levantar de tiempo en tiempo la cabeza para ver alrededor y más adelante, ahí están también algunas de las respuestas a los dilemas y retos de la emergencia.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Incentivos y método

/ 21 de mayo de 2022 / 01:27

A esta hora, la elección del nuevo Defensor del Pueblo parece estancada por un largo tiempo. Esta frustración es un ejemplo de que no basta con buenos deseos para lograr acuerdos políticos, hay que pensar en los incentivos que los faciliten y, cuestión no menor, en la necesidad de pensar la manera de concretarlos. Hay mucho de método o, mejor dicho, de su ausencia en este tipo de situaciones.

Pensaba que este proceso legislativo tenía visos de concluir exitosamente, es decir con el nombramiento de una persona, más o menos solvente y sobre todo honesta, por una mayoría de parlamentarios oficialistas y opositores. Por su rol en la garantía de derechos humanos para todos, es una mala noticia que no haya capacidad de ponerse de acuerdo en una autoridad que cumpla plenamente ese mandato.

Al inicio, tampoco la cosa pintaba tan mal con la excepción del pintoresco pugilato inicial en la discusión de su reglamento. Por varias semanas, unos y otros jugaron el partido en la comisión y se hizo una preselección razonable, que quizás no fue óptima no tanto por las controversias partidarias sino por la notable falta de candidatos con trayectoria. Esto último, señal preocupante del desinterés o temor de muchos ciudadanos para meterse en esos embrollos.

Teniendo una lista corta, la cuestión no era muy complicada teóricamente si los grupos parlamentarios tenían claras las premisas que viabilizaban el acuerdo. En simple, la persona elegida tenía que dar garantías mínimas de no parcialización tanto a oficialistas como opositores. Había pues que sacar del juego a los que eran vistos, justa o injustamente, como alineados claramente con uno u otro bando. Conste que, en eso, la subjetividad iba a necesariamente ser la norma. Quedarían, por tanto, algunos personajes no perfectos, pero a los que se les podía atribuir una duda razonable de comportamiento equilibrado, entre esos estaría la buena o el bueno.

Ese procedimiento implicaba una negociación, es decir hablar, poner nombres en la mesa, decir con claridad lo que molesta de algunos de ellos, entender las razones del otro o al menos darse cuenta de que en algún caso no había margen para seguir jalando la cuerda y poco a poco ceder en algunas cosas y acordar un “mal menor” que no sea demasiado resistido ni por moros ni por cristianos.

Ciertamente, visto de esa manera, no parece una labor muy exaltante, pero así se hace en cualquier proceso decisorio parlamentario con actores plurales que tienen poder de veto, lo cual es el caso en Bolivia para los nombramientos por dos tercios en la Asamblea. Y no hay que escandalizarse, eso es buena política y si además está inspirada en otros valores morales, fantástico.

Lo cierto es que el fracaso de este primer intento no es del todo malo. Por una parte, le debería quedar claro al oficialismo que en ciertas decisiones la aritmética manda y que no puede ser ingenuo creyendo que va a pasar un milagro y logrará reunir los votos sin negociar con los opositores. Y a los otros que, si bien tienen poder de veto, tampoco pueden imponer a quien sea o dedicarse ad eternumal bloqueo, pues su minoría parlamentaria tiene que servir para algo positivo de tiempo en tiempo o al menos parecerlo.

En caso contrario, los que ganaran algo en estos episodios son los que, por un lado, tienen definida su estrategia de profundizar las contradicciones del sistema para que así se acelere el advenimiento de un cambio violento, es decir la versión derechosa camachista de cierta vieja cultura extremista de izquierda. Y en el otro, los que piensan que se puede gobernar desde el atrincheramiento, sin tomar en cuenta la complejidad de escenarios sociales e internacionales que, hoy en día, son determinantes para la viabilidad a largo plazo de cualquier proyecto político progresista.

No hay que desesperar, asumo que estos retrocesos deben ser asumidos como aprendizajes. Tal vez se precisa mayor convencimiento en los dos actores clave de este escenario, MAS y Comunidad Ciudadana, de que podrían ganar bastante con algunos acuerdos que sean bien percibidos por la mayoría de los ciudadanos cansados de la pelea chiquita, el odio y la falta de propuestas constructivas. Pero, eso implica también que se los concrete luego mediante un método decisorio eficaz. Es que las cosas no caen del cielo porque Dios es grande, hay que laburar y ponerle ganas y algo de practicidad y realismo a la tarea.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Detrás del furor

/ 23 de abril de 2022 / 03:03

Desde hace ya varios años, la política nacional se ha vuelto cada vez más melodramática, envuelta en el furor de la polarización, el azuzamiento cotidiano de los sentimientos negativos y malestares, la búsqueda constante de culpables y la sensación de que cada evento es un paso más hacia la catástrofe. Las élites partidarias y mediáticas convergen en eso, ese es su mundo y dicen que es también el nuestro. Pero ¿si eso no fuera cierto?

Una reciente encuesta me llamó la atención, no por sus novedades sino por la ratificación de algunas tendencias que ya se veían desde hace mucho y que las élites polarizadas se resisten a tomar en cuenta. En pocas palabras: el apoyo al oficialismo y sobre todo al Presidente se mantienen intactos y el vacío opositor sigue ahí. Incluso, pese al clima polarizado, la gestión del Primer Mandatario es valorada como buena por el 36%, mala por el 30% y “ni buena o mala” y “no sabe” por el 34%.

Es decir, los dos tercios clásicos, con ventaja para el masismo, y con un porcentaje grande de gente escapándose de la novela de amor y odio en la que algunos han convertido a la política. Es un mundo, sin tantos dramatismos, odios o batallas del todo o nada. Gente razonable, que no da muchos cheques en blanco pero que espera a ver para opinar sobre el Gobierno.

Arce logra un balance de imagen personal favorable después de más de año y medio de gestión: 52% de entrevistados con opinión positiva versus 39% con una negativa. Incluso, al denostado Evo Morales tampoco le va tan mal considerando el hostil contexto mediático en que vive: 43% dice tener buena imagen del expresidente y al 50% le cae mal. Sabiendo que, por diseño, esa encuesta, realizada a personas con conexión a internet, tiene un sesgo desfavorable a los ciudadanos rurales y de menores ingresos, esas son cifras alentadoras para los azules.

Los números son, al contrario, preocupantes para los líderes opositores: Mesa logra una percepción positiva del 29% y Camacho, del 24%. Datos tampoco demasiado raros, ambos siguen arrastrando esos desafectos desde su fracaso electoral. Lo interesante es que ni la exacerbación de la confrontación ni un centrismo inaudible parecen ser la receta para posicionarse, incluso en su propio campo, pues un porcentaje relevante de electores opositores no los ve bien, sino superarían al menos el 30% de opiniones positivas. El mundo opositor sigue huérfano de dirigencia.

Hace unos ocho meses, otras mediciones apuntaban más o menos a lo mismo. Por esa razón, en una columna en septiembre de 2021 dije que el saldo de apoyo al Gobierno era “ni muy muy, ni tan tan”. Después vinieron conflictos, controversias, dramas varios, peleas internas, derrumbes pronosticados y furor mediático de todo calibre. Al final del camino, la opinión pública aparece imperturbable. Apoyo mayoritario, pero sin grandes entusiasmos. Y esa persistencia de los sentimientos de gente es en sí misma un dato potente que se debe resaltar.

Si la cosa sigue así, la polarización podría acabar en un ejemplo de la extraña tendencia de los bolivianos al “falso afán” o en una demostración de la ineficacia política de la mayoría de los operadores mediáticos y partidarios dopados a la hipérbole y el exceso. Porque la cuestión que parece emerger, justamente, es la incongruencia entre una esfera político-comunicacional dominada por la confrontación y la suposición que, de esa manera, se construye poder, frente a otro mundo que está quizás en otras cosas, que se ocupa de la política sin tanto drama ni obsesión.

Pero, cuidado, eso no quiere decir que ese panorama será eterno, la polarización es, al final, un malestar secundario en la vida de las mayorías, el empleo, la seguridad o el futuro de los hijos son las cosas que movilizan y preocupan en serio, ahí está el germen de los potenciales malestares futuros.

Por lo pronto, en tiempos de crisis, como en las tragedias griegas, mientras el coro de los malos augurios grita en una esquina del escenario, el protagonista enfrenta la tempestad y promete que saldremos vivos de ella. La mayoría le cree al héroe que aporta al menos una esperanza y algo de calma en medio del furor. Eso durará, mientras el temor a la crisis siga siendo lo esencial. Al tiempo.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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