Voces

miércoles 11 may 2022 | Actualizado a 02:10

Criptomonedas y NFT

/ 11 de mayo de 2022 / 02:09

Para entender la última encarnación de las colosales estafas en criptomonedas que siguen plagando internet, supongo que deberíamos empezar por todos esos simios aburridos, porque ¿cómo no hacerlo? No me refiero a los simios reales: poco de lo que hay en esta columna tiene que ver con cosas que podrían llamarse “reales” en algún sentido tangible. Más bien, me refiero a la colección de arte digital conocida como Bored Ape Yacht Club. Creada hace un año por un cuarteto de misteriosos entusiastas de las criptomonedas con pseudónimos, Bored Ape es una colección de miles de dibujos hipercoloridos “generados mediante programación” de primates desaliñados pero con onda, de esos que no le llevarías a tu mamá a su casa.

Por la simple razón de que en internet pasan cosas bizarras, los simios aburridos se han convertido en un producto de moda en el mercado de los tokens no fungibles, o NFT. Hasta la semana pasada, el NFT de Bored Ape más barato disponible —una especie de certificado digital que otorga a su poseedor la propiedad nebulosa de la ilustración del mono— se vendía por el equivalente a unos $us 340.000; el año pasado, un NFT de un mono aburrido muy raro, uno de los pocos con pelaje dorado, se subastó en Sotheby’s por $us 3,4 millones.

¿Vamos bien hasta ahora? La gente en internet está enloqueciendo por lo que en esencia son primates estilo Pokémon. Quizá se pregunten qué hacen los simios y por qué la gente paga tanto por derechos jurídicamente inciertos sobre ellos y cómo fue que ustedes se volvieron tan viejos y anticuados. Todas son buenas preguntas, pero ya estamos más allá de ellas.

En el último año, Yuga Labs, la empresa emergente con buen financiamiento que fabrica los Bored Apes, se ha embarcado en un desfile de nuevos y aún más vanguardistas derivados digitales de sus simios. Sus más recientes emprendimientos hacen gala de la vibra desconcertante, despilfarradora y como de casino descompuesto de la tendencia non plus ultra de internet. Las criptomonedas, las cadenas de bloques, los NFT y la constelación de tecnologías alabadas que se conocen como la web3 se han aclamado como una forma de liberar internet de los gigantes tecnológicos que controlan la red en este momento. Pero lo que está ocurriendo con Bored Apes sugiere que están haciendo lo contrario: contaminar el mundo digital con una espesa niebla de errores, estafas y especulación financiera costosa y en gran medida no regulada que acaba con la poca confianza que aún quedaba en la web.

Molly White, una desarrolladora de software que dirige Web 3 Is Going Just Great, un sitio web y un canal de Twitter que documenta los desastres espectaculares que al parecer ocurren todos los días en el criptomundo, me dijo que se está engañando a muchas personas para que se conviertan en conejillos de Indias de un conjunto de nuevas tecnologías que son mucho menos sólidas de lo que reconocen sus promotores.

Los defensores de las criptomonedas y de las innovaciones asociadas a la web3 afirman que estas tecnologías pueden revertir la tendencia monopolística de internet. Aseguran que si construimos la próxima generación de aplicaciones de internet en cadenas de bloques —en esencia, libros de contabilidad públicos que pueden registrar transacciones monetarias y almacenar datos de manera descentralizada, lo cual significa no estar bajo el control de ningún gigante tecnológico—, podremos desestabilizar a los gigantes de internet de hoy. Los promotores de la web3 también señalan una variedad de virtudes que hasta ahora no se han materializado. Dicen que las criptomonedas nos liberarán de los grandes poderes financieros como Wall Street y la Reserva Federal, que permitirán a la gente enviar y recibir dinero de forma barata o que incorporarán a los millones de personas “no bancarizadas” del mundo al sistema financiero moderno.

Sinceramente, hace tiempo que intento mantener la mente abierta a estas afirmaciones, porque me siento bastante consternado por la forma en que un puñado de empresas se ha apoderado de un internet que antes consideraba una fuente de innovación. Si realmente existe una nueva web que va a resolver todos los problemas de la vieja web, cuenten conmigo.

Tampoco vemos mucho de la descentralización prometida. Muchas compañías de la web3 están financiadas por las mismas personas que construyeron la web que ahora estamos tratando de reformar. El principal problema no es que estas tecnologías se conviertan en la base del futuro de la web. Está claro que no están preparadas para ello: como dijo White: “Si la web3 no puede manejar 55.000 NFT de Bored Ape, ¿cómo podrá manejar la tecnología a escala web?”.

Pero ¿cuánta gente más tiene que perder hasta la camisa para que nos demos cuenta de que la web3 no es la solución a ninguno de nuestros problemas?

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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Guerra de combustibles fósiles

/ 26 de abril de 2022 / 01:59

Por un lado, podría parecer indudable que la invasión de Rusia a Ucrania es una guerra posibilitada y exacerbada por el apetito insaciable del mundo por los combustibles fósiles. Es imposible que no sea así: Rusia es un petroestado (su economía e influencia global dependen en gran medida de sus vastas reservas de petróleo y gas natural) y Vladimir Putin es su petromonarca, uno más en una línea de personajes con los que las democracias liberales siguen haciendo negocios porque tienen algo que les es indispensable.

La salida de este predicamento también parecería obvia y urgente. Acelerar nuestra transición a combustibles renovables baratos y abundantes nos permitiría resolver al mismo tiempo dos amenazas graves al planeta: la amenaza de los hidrocarburos, causantes del calentamiento climático y la contaminación del aire y la de los dictadores que mandan sobre su abastecimiento.

Sin embargo, los políticos estadounidenses de izquierda parecen totalmente incapaces de establecer esta conexión, ¿o no? En su discurso del estado de la Unión poco después de la invasión de Rusia, el presidente Joe Biden desperdició una gran oportunidad: podría haber resaltado los peligros geopolíticos de los combustibles fósiles y así revivir su plan para el cambio climático, que está estancado, con otras 30 naciones, que se pondrán en circulación 60 millones de barriles de petróleo. Entre tanto, los críticos de derecha no perdieron la oportunidad de oro que les presentó la idea de que la invasión de Rusia por algún motivo hace hincapié en lo absurdo de ocuparnos del cambio climático.

Siento como si estuviera de cabeza. Si “el grupo de presión del clima” de verdad tuviera tal poder, quizá ya habría evitado desde hace tiempo que Europa construyera su sociedad sobre la base de un acuerdo diabólico por la energía rusa. Por otra parte, con todo y su “obsesión con el clima”, los demócratas del Senado estadounidense no han conseguido que se apruebe una ley para regular las emisiones causantes del calentamiento climático. Más bien, un senador partidario del carbón ha obstaculizado su proyecto de ley y ahora el problema del cambio climático ha quedado relegado por el tema de la guerra. Algunos demócratas parecen haberse olvidado por completo del planeta: Gavin Newsom, el gobernador de California, quiere entregarles a todos los propietarios de automóviles de su estado hasta $us 800 en reembolsos para compensar el elevado precio de la gasolina. Este momento podría habernos dado claridad moral sobre los peligros de los combustibles fósiles, pero, hasta ahora, los demócratas han titubeado en dar ese mensaje.

La buena noticia es que los demócratas tienen una nueva opción lista. Build Back Better, la política social y ambiental de amplio alcance que no superó el Senado el año pasado, incluye una letanía de ideas excelentes para abordar la crisis actual. Ese esfuerzo no ha perecido por completo; los demócratas todavía se encuentran en negociaciones con Joe Manchin, el senador de Virginia Occidental que tiene parado el proyecto de ley, y todavía podrían unir fuerzas para aprobar algunas partes.

Pero lo que me tiene desconcertado es por qué Biden y los demócratas no han defendido agresivamente sus propuestas en el nuevo contexto de la guerra ni han hecho énfasis en que la política climática no es ajena a la política exterior, por lo que liberarnos de los combustibles de otros es la mejor solución a largo plazo para los precios energéticos por las nubes.

Hablé con varios defensores de la política climática que se lamentaron por la aparente renuencia de la Casa Blanca a comunicar con fuerza este mensaje. No obstante, una entrevista que dio Svitlana Krakovska, científica del clima ucraniana y parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, fue lo que, en lo personal, me hizo entender la relación. Krakovska le dijo hace poco a The Guardian que, cuando las bombas rusas comenzaron a caer sobre Ucrania, reflexionó sobre la naturaleza interconectada de su área de estudio y los peligros que enfrenta su país.

Voy a dejar que ella cierre este artículo: “Empecé a pensar sobre los paralelos entre el cambio climático y esta guerra y me quedó claro que la raíz de estas dos amenazas a la humanidad se encuentra en los combustibles fósiles”, aseveró Krakovska en la entrevista. “La quema de petróleo, gas y carbón causa el calentamiento y otros impactos a los que necesitamos adaptarnos. Rusia, por su parte, vende estos recursos y utiliza el dinero para adquirir armas. Otros países dependen de esos combustibles fósiles y no se liberan de ellos. Estamos en una guerra por los combustibles fósiles. Es evidente que no podemos seguir viviendo así, pues terminaremos por destruir nuestra civilización”.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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La ciberguerra de Ucrania que no fue

/ 17 de marzo de 2022 / 01:29

A finales del año pasado, Estados Unidos y el Reino Unido enviaron expertos a Ucrania para ayudar a su gobierno a prepararse para el espectacular ataque cibernético que algunos creían que sería el ataque inicial de Vladimir Putin durante una invasión. Se decía que la red eléctrica ucraniana era un objetivo muy atractivo para los hackers rusos, que ya habían conseguido desconectarla durante breves periodos en dos ocasiones anteriores. Muchos temían que el próximo ataque fuera mucho más devastador.

Bajo el mandato de Putin, Rusia ha adoptado una forma de lucha que combina la fuerza militar convencional con operaciones no convencionales, a menudo digitales, como la propaganda política online y los ciberataques a infraestructuras. Desde hace años, los funcionarios de seguridad de Occidente se preocupan por la capacidad de hackeo de Rusia. Sin embargo, se produjo algo ciberinesperado en el camino hacia el ciberarmagedón: Rusia invadió Ucrania a la vieja usanza, con tanques, cañones, misiles y aviones, y hubo pocas pruebas de que lograra algo significativo con armas de código. Hubo informes de un aumento de los ataques a sitios web ucranianos en los meses previos a la guerra, pero su impacto ha sido mínimo.

Dos semanas después de los combates, la red eléctrica de Ucrania, sus sistemas de comunicación y otras infraestructuras aún funcionan en general. ¿A qué se debe la aparente contención cibernética de Rusia? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Rusia podría estar reservando sus mejores armas cibernéticas para un momento más crítico de la guerra. También es posible que solo sea incompetente. Tal vez sus hackers no fueron rivales a la altura de las ciberdefensas de Ucrania, que el país ha estado reforzando durante años. Pero la relativa calma en el frente cibernético ucraniano hace que algunos expertos en cibernética sugieran algo inusual: que quizás la imagen que tienen los organismos de seguridad nacional de los ataques digitales como un nuevo frente único y revolucionario en la guerra es incorrecta.

Esto no quiere decir que los ciberataques no sean una amenaza seria; son costosos y podrían causar un gran caos e inclusive daños físicos. Sin embargo, como armas de guerra ofensivas, tal vez se hayan sobrevalorado. Más que ataques que definen la situación en el campo de batalla, este tipo de armas son más apropiadas como instrumentos de espionaje, sabotaje y otras operaciones encubiertas. Así como el bastón o el bolígrafo de las películas de James Bond son un buen truco de espionaje, pero es poco probable que alteren el orden internacional como lo han hecho los portaaviones, las municiones de precisión o las armas nucleares. Hay quienes consideran que estas armas pueden tener un papel más revolucionario. Estas predicciones son preocupantes, pero aún no se han comprobado en el campo de batalla. Aunque pueden dañar o importunar a un enemigo, no suelen causar dificultades que lleven al enemigo hacia un objetivo específico.

En muchos casos, tal vez la mayoría, los ciberataques son más adecuados para fines delictivos o de inteligencia que para cambiar los cálculos políticos. Por supuesto, debería ser motivo de celebración que las armas cibernéticas no sean la siguiente versión de las armas nucleares. Pero para algunos teóricos también es triste darse cuenta de esto porque sugiere que la guerra seguirá siendo tan violenta como siempre.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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La era de las grandes empresas tecnológicas

/ 7 de marzo de 2022 / 01:50

Últimamente, el mercado bursátil ha estado menos entusiasmado con la industria tecnológica. Este año, los precios de las acciones de muchas de las empresas más grandes están a la baja, algunas un poco —las acciones de Apple y Alphabet, la empresa matriz de Google, han caído un 5%— y algunas de manera extraordinaria. La empresa matriz de Facebook, Meta, y Netflix han perdido más o menos una tercera parte de su valor desde el Año Nuevo. Debido a que la explosión de las acciones tecnológicas produjo una gran parte del ascenso del mercado accionario en 2021, su declive ha contribuido mucho a la caída del mercado. El S&P 500 está más o menos un 7% a la baja en 2022.

No hay duda de por qué los inversionistas están temerosos. La variante Ómicron, la inflación, los posibles aumentos a las tasas de interés, la posibilidad de una guerra en Europa, los canadienses actuando de una manera muy poco canadiense… fuerzas impredecibles se han apoderado de la economía global, por eso no es poco razonable esperar que algunas de las empresas más grandes del mundo tengan problemas más adelante.

Sin embargo, en las últimas semanas, mientras las corporaciones anunciaban sus desempeños financieros de los últimos meses de 2021, me costó trabajo enfocarme en qué podría salirle mal a la industria tecnológica.

En 2021, Amazon, Apple, Alphabet y Microsoft —las cuatro empresas estadounidenses que en este momento valen más de $us 1 billón cada una (de hecho, Microsoft supera los $us 2 billones y Apple tiene casi $us 3 billones)— reportaron un crecimiento envidiable. Incluso los ingresos decepcionantes de Meta fueron relativos: las ganancias de la empresa crecieron un 35%, una cantidad inferior al casi 60% de 2020.

Por lo tanto, el panorama es mucho más grande: después de todo lo bien que les ha ido a las empresas más grandes del sector tecnológico durante la pandemia, ahora parecen estar a punto de expandir su alcance e influencia sobre el resto de la economía, en vez de ceder terreno.

Tal vez no sea muy sorprendente que a las empresas tecnológicas más grandes les haya ido muy bien durante una pandemia que provocó que muchos de nosotros pasáramos mucho más tiempo con la tecnología. Sin embargo, la escala de su crecimiento es impactante.

Como señaló Chaim Gartenberg de The Verge, en 2021, el ingreso de Apple creció más de $us 90.000 millones, alrededor de un tercio más que su ingreso de 2020, y esto ocurrió a pesar de una escasez mundial de chips para computadora. En 2021, las ventas de Amazon fueron un 67% mayores que en 2019, el año previo a la pandemia; en 2021, el ingreso de Google fue casi un 60% superior al de 2019.

He desgastado mi tesauro en busca de superlativos para enfatizar cuán patidifusas son estas cifras. De por sí, ya eran algunas de las corporaciones más grandes de la historia; en 2018, Apple se convirtió en la primera empresa estadounidense en llegar a una valuación de mercado de $us 1 billón. En teoría, las empresas de ese tamaño no deberían crecer tan rápido como ellas lo han hecho. Durante años, los especialistas han predicho que con el tiempo los gigantes tecnológicos se van a enfrentar a la llamada “ley de los grandes números”. Sin embargo, las grandes empresas tecnológicas siguen violando la ley.

¿Qué motiva el crecimiento asombroso de los gigantes tecnológicos? No se trata solo de que la pandemia produjera un mucho mayor uso de la tecnología. En mi opinión, un asunto más importante es que la pandemia ilustró cuánto espacio queda en nuestras vidas para agregar todavía más tecnología, para que nuestras pantallas se vuelvan el portal primario por medio del cual un puñado de empresas toma una tajada de todo lo que hacemos.

Se puede ver una tendencia similar en toda la industria: las grandes empresas tecnológicas no solo están atrayendo a más clientes a sus negocios más tradicionales, sino que se están expandiendo a sus negocios secundarios de formas que parecen imposibles.

En un informe reciente, Dan Ives y John Katsingris, analistas de la firma de inversiones Wedbush Securities, escribieron que lo que estamos presenciando es tan solo el inicio de una explosión a largo plazo de las ganancias para el sector tecnológico. Estimaron que las empresas iban a gastar $us 1 billón en servicios en la nube durante los próximos años, es decir que hay mucho espacio para que las empresas tecnológicas no dejen de crecer. Según estimados de Ives, tan solo el negocio de servicios de Apple podría valer $us 1,5 billones. Ives y otros especialistas han llamado la “cuarta Revolución industrial” al próximo auge de inversiones en el sector tecnológico.

Eso suena ambicioso. Sin embargo, cuesta trabajo ver qué podría obstaculizar a las grandes empresas tecnológicas. Los legisladores y los reguladores han expresado alarma sobre el poder de mercado que tienen los titanes tecnológicos, pero —con las elecciones intermedias que se avecinan y los republicanos y demócratas en desacuerdo sobre qué hacer exactamente para limitar el poder de los gigantes tecnológicos— la oportunidad de una nueva política antimonopolios podría estar desvaneciendo. Me pregunto si dentro de unos años diremos que, cuando se trató de anticipar el futuro de las grandes empresas tecnológicas, no pensamos tan a lo grande.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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El fracaso de Facebook

/ 22 de febrero de 2022 / 03:17

No han faltado explicaciones para la espectacular y repentina caída en el valor de las acciones de Facebook que ocurrió recientemente. En un informe de resultados, Meta, la empresa matriz de Facebook, señaló que su crecimiento de usuarios se había estancado. La gente joven, su sector demográfico más valioso, sigue pasando tiempo en TikTok, la irresistible aplicación de videos cortos que se ha vuelto la competencia más formidable de Facebook en años.

Las nuevas funciones de privacidad que agregó Apple al iPhone el año pasado también están obstaculizando las principales fuentes de ingresos de Facebook: los anuncios digitales focalizados. La empresa mencionó que los cambios de Apple podían costarle 10.000 millones de dólares en ingresos el próximo año. Además, Meta divulgó que el año pasado había gastado 10.000 millones de dólares en la construcción de su nuevo homónimo, el metaverso, el mundo fantástico de realidad virtual al que Facebook le está apostando como la próxima gran novedad de internet, pero que, hasta ahora, sigue siendo más virtual que realidad.

Los inversionistas se tambalearon. Hace un par de semanas, el valor de las acciones de Meta perdió más de 250.000 millones de dólares.

Pero al fondo de la gran cantidad de problemas costosos de Facebook se encuentra uno en particular que es más importante, una situación que ha asolado a la empresa durante más de una década, y que Mark Zuckerberg —el cofundador de Facebook— en realidad nunca ha sabido cómo enfrentar.

El problema es la innovación: Facebook parece incapaz de alcanzarla. La empresa simplemente no parece saber cómo inventar nuevas cosas que tengan éxito. La mayoría de sus más grandes logros —no solo dos de sus principales productos, Instagram y WhatsApp, sino muchas de sus funciones más usadas, como las historias de Instagram— fueron inventados en otras partes. Llegaron hasta Facebook ya sea por medio de adquisiciones o, cuando eso no funcionó, como copias descaradas.

Sin embargo, comprar y copiar otras ideas se ha vuelto cada vez más difícil para Facebook. Los reguladores de todo el mundo, recelosos del tamaño de Facebook y su poder sobre el mercado, están hartos de permitirle devorar a cualquier competencia potencial. Además, las aplicaciones más grandes de Facebook están tan atiborradas de funciones clonadas de otros lugares que se están volviendo caóticas y dispersas.

Mientras tanto, es fácil ver por qué los inversionistas podrían sentirse escépticos de que Facebook sea la empresa que inventará la siguiente gran novedad, ya sea el metaverso o cualquier otra cosa. Ha pasado mucho tiempo desde que Facebook creó algo verdaderamente revolucionario.

Durante muchos años, la estrategia de fotocopiar funcionó bien. Ni siquiera había realmente nada deshonroso al respecto: las mejores ideas en el mundo de la tecnología, o, en realidad, en la vida, a menudo son pastiches de muchas ideas di-ferentes. Como dijo Steve Jobs: “Los buenos artistas copian. Los grandes artistas roban”. La destreza de Facebook recae en su excelencia operativa más que en su originalidad.

Facebook no parece capaz de crear cosas nuevas. Su negocio de realidad virtual — construido a partir de su adquisición de la empresa emergente de realidad virtual Oculus en 2014— ha creado aparatos interesantes y su gasto en el metaverso podría producir nuevos y asombrosos mundos virtuales. Sin embargo, es razonable ser escéptico.

La gran pregunta sobre la inmensa apuesta de Facebook en la realidad virtual es si esta puede reavivar el espíritu innovador que tuvo la empresa en sus inicios. Facebook se ha colgado de los inventos de otras personas durante tanto tiempo que es muy difícil ver hacia dónde va ahora que su mimeógrafo se atascó. Tal vez llegó la hora de un nuevo eslogan corporativo inspiracional: Muévete rápido… y crea cosas.

Farhad Manjoo es columnista de Opinión.

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¿Vivimos en una simulación?

/ 31 de enero de 2022 / 01:39

Imagina que, cuando tus bisabuelos eran adolescentes, tuvieron en sus manos un novedoso aparato: el primer sistema de entretenimiento de realidad virtual totalmente envolvente del mundo. No eran esas gafas torpes que ahora se ven en todas partes. Este dispositivo parecía salido de Matrix: una elegante banda para la cabeza con electrodos que, de alguna manera, se introducía directamente en el sistema perceptivo del cerebro humano y sustituía todo lo que el usuario veía, oía, sentía, olía e incluso sabía mediante nuevas sensaciones creadas por una máquina.

Esas bandas mágicas pronto se convirtieron en un hecho ineludible de la vida cotidiana. De hecho, tus bisabuelos se conocieron con esos aparatos y sus hijos, tus abuelos, rara vez se encontraron con el mundo fuera de ellos. Las generaciones posteriores —tus padres y tú— nunca lo hicieron. Todo lo que conociste, todo lo que llamas realidad, te lo dio una máquina.

Ese es el tipo de escenario en el que sigo pensando cuando reflexiono sobre la hipótesis de la simulación: la idea, muy discutida entre tecnólogos y filósofos, de que el mundo que nos rodea podría ser una invención digital, algo así como el mundo simulado de un videojuego.

Un nuevo libro del filósofo David Chalmers, Reality+: Virtual Worlds and the Problems of Philosophy, me ha convertido en un simulacionista empedernido. Después de hablar con Chalmers y de leerlo, he llegado a creer que el mundo de la realidad virtual que se avecina podría considerarse algún día tan real como la realidad. Si eso ocurre, nuestra realidad actual quedará en entredicho de inmediato; después de todo, si pudimos inventar mundos virtuales significativos, ¿no es plausible que alguna otra civilización en otro lugar del universo también lo haya hecho? Pero si eso es posible, ¿cómo podemos saber que no estamos ya en su simulación?

Quizá no podamos demostrar que estamos en una simulación, pero como mínimo será una posibilidad que no podemos descartar. Chalmers argumenta que, si estamos en una simulación, no habría razón para pensar que es la única simulación; de la misma manera en que computadoras diferentes en la actualidad están ejecutando Microsoft Excel, muchas máquinas diferentes podrían estar ejecutando una instancia de la simulación. Si ese fuera el caso, los mundos simulados superarían ampliamente a los no simulados, lo que significa que, solo por estadística, no solo sería posible que nuestro mundo fuera una de las muchas simulaciones, sino también probable.

Chalmers es profesor de Filosofía en la Universidad de Nueva York y ha pasado gran parte de su carrera pensando en el misterio de la conciencia. Empezó a pensar de manera profunda en la naturaleza de la realidad simulada tras usar aparatos de realidad virtual como Oculus Quest 2 y darse cuenta de que la tecnología ya es tan buena como para crear situaciones que se sienten visceralmente reales.

La realidad virtual avanza ahora con tanta velocidad que parece bastante razonable suponer que el mundo dentro de la RV podría ser algún día indistinguible del mundo fuera de esta. Chalmers dice que esto podría ocurrir dentro de un siglo; no me sorprendería que superáramos esa meta dentro de unas décadas.

En la actualidad, lo que pasa en internet no se queda en internet; el mundo digital está tan arraigado en nuestras vidas que sus efectos repercuten en toda la sociedad. Después de que muchos pasamos gran parte de la pandemia trabajando y socializando en línea, sería una tontería decir que la vida en internet no es real.

Su conclusión: “La realidad virtual no es lo mismo que la realidad física ordinaria”, pero debido a que sus efectos en el mundo no son fundamentalmente diferentes de los de la realidad física, “es una realidad genuina de cualquier manera”. Por tanto, no deberíamos considerar los mundos virtuales como ilusiones; lo que pasa en la realidad virtual “realmente ocurre”, dice Chalmers, y cuando sea lo suficientemente real, las personas podrán tener vidas “totalmente significativas” en la realidad virtual.

Esto nos lleva a lo profundo e inquietante de la llegada de la realidad virtual. La mezcla de la realidad física y la digital ya ha sumido a la sociedad en una crisis epistemológica: una situación en que diferentes personas creen en diferentes versiones de la realidad en función de las comunidades digitales en las que se reúnen. ¿Cómo podríamos afrontar esta situación en un mundo digital mucho más realista? ¿Podría el mundo físico seguir funcionando en una sociedad en la que todo el mundo tiene uno o varios alter ego virtuales?

No tengo muchas esperanzas de que esto salga bien. Pero las posibilidades aterradoras sugieren la importancia de las investigaciones al parecer abstractas sobre la naturaleza de la realidad en la realidad virtual. Deberíamos empezar a reflexionar sobre los posibles efectos de los mundos virtuales ahora, antes de que sean tan reales que sea demasiado tarde.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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