Suelo borrar la aplicación de Instagram de mi celular el Día de las Madres. Ya sé cuáles serán las publicaciones. Muy conmovedor. Y muy estresante. Porque como mujer sin madre, ¿qué es lo que no tengo que todos los demás tienen? Ya he perdido a dos madres y no necesito recordatorios de lo que me dejaron: amor y ausencia, dolor bueno y dolor malo, dolor que te sostiene y dolor que te estrangula.

Mi primera madre me dio vida, comida y me enseñó a atarme los zapatos. Pero también me dio un complejo trastorno de estrés postraumático, una condición que surge de años de abuso continuo. Luchaba contra una misteriosa enfermedad mental. Fue casi un alivio cuando, en el verano, después de terminar el octavo grado, mi madre nos abandonó a mí y a mi padre. En otro verano, entre mis primeros y últimos años de preparatoria, mi padre hizo lo mismo: formó una nueva familia y me dejó la casa. Terminé la preparatoria sola.

En la edad adulta, fui ferozmente independiente: me dedicaba a mi carrera, ahorraba dinero obsesivamente, me daba discursos de ánimo después de las rupturas. Me decía que no necesitaba una familia. Aquí estaba, prosperando por mi cuenta. Cuando mis amigos se quejaban de sus padres controladores y molestos, me consideraba afortunada. Sin embargo, la voz de mi madre me acompañaba. Cuando me equivocaba en el trabajo, ahí estaba ella. Hice todo lo posible por exorcizarla, por descartar todo lo relacionado con ella, por odiar las cosas que le gustaban.

Entonces, a finales de mis 20 años, empecé a salir con Joey, un auténtico chico de Queens. Conocí a la madre de Joey, Margaret, en la Navidad de 2016. Ese año, me dio una pila de regalos que me llegaba al cuello. Su generosidad fue tan asombrosa que me hizo sentir incómoda y culpable: ¿cómo podría corresponder? Pero eso no era lo importante. Ella nunca quería nada a cambio. Su amor se daba libremente, en abundancia, sin expectativas y sin sentirse con el derecho a nada.

Empecé a ir a esas cenas semanales y Margaret siempre estaba llena de afecto. Cuando por fin tuve que explicarle por qué estaba allí en todas las fiestas, en el Día de las Madres, en Pascua, en Acción de Gracias y en Navidad —porque mis padres no me querían—, me tomó de la mano y me dijo, con lágrimas en los ojos: “Olvídate de ellos. Ahora eres nuestra”. Con el tiempo, empecé a llamarla mamá. Esa palabra siempre me parecía extraña cuando salía de mi boca. Resultaba cargada de significados, cargada de abuso y resentimiento, y creo que ella lo notaba. En el otoño de 2019, apenas un par de meses después de que Joey y yo nos casamos, Margaret empezó a caerse, a romperse la cabeza con la barra de la cocina, en la acera. Le hicieron un montón de pruebas y descubrieron que tenía atrofia multisistémica, una enfermedad neurodegenerativa similar al párkinson. Entonces, llegó la pandemia y nos convertimos en el sistema de apoyo del otro. A Margaret le encantaba que viviéramos tan cerca de ella. Decía que la hacía sentir más segura. Pero no le gustaba que el equilibrio se rompiera, que tuviéramos que cuidar de ella más que al revés.

Margaret falleció en abril de 2021. Era la tercera figura maternal o paternal que perdía, aunque mi madre y mi padre siguen vivos. Pensé que entendía lo que era el dolor, que podía manejarlo como una experta. Pero el dolor era muy diferente. Me destrozó.

Ese dolor que estrangula, frente al dolor que sostiene, ahora conozco la diferencia. No lloré cuando mi madre biológica se fue, porque mi dolor de antes estaba compuesto principalmente por una ira tan feroz que solo me hacía odiarme a mí misma.

El dolor que siento por la pérdida de Margaret me nivela regularmente; grandes torrentes de lágrimas, de repente, en mitad del día. Pero al mismo tiempo, ese dolor es mucho más dulce. Porque puedo conservarla en mi memoria. Puedo extrañarla. Las formas en que me cuidó, las cosas que me enseñó, las pequeñas formas en que terminé pareciéndome a ella a veces, aunque no me haya criado. Margaret solía decirme: “Es muy fácil amarte”. De alguna manera, ahora, le creo. Su voz está en mi cabeza también, pero a ella sí le permito quedarse.

Stephanie Foo es columnista de The New York Times.