Voces

viernes 13 may 2022 | Actualizado a 02:22

Coyuntura y oportunidad

/ 13 de mayo de 2022 / 02:21

Vivimos una coyuntura espectacular de precios de las materias primas, especialmente de los minerales e hidrocarburos; coyuntura que se da, entre otras cosas, por la guerra entre Rusia y Ucrania que ha descolocado las posiciones geopolíticas de los países del hemisferio norte y abre un abanico de oportunidades para los países del hemisferio sur, tradicionalmente proveedores de materias primas para el mundo industrializado. No es la primera ni será la última coyuntura de este tipo y cada país pondera una estrategia y genera acciones en ese sentido, para aprovecharla. Dentro de este panorama, Bolivia mira la oportunidad “con las manos atados”, para usar una frase atribuida al expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Pasa que el país no ha tenido en las últimas décadas una política de planificación, reposición y generación de nuevas reservas de hidrocarburos ni de los minerales y metales que producimos, que haya sido sostenida y sustentable. Esto provoca hoy que no haya ninguna posibilidad de aumentar el nivel de producción y aprovechar adecuadamente la coyuntura que vivimos. Salvo la minería informal y la pequeña minería que campean por doquier y que sin prisa pero sin pausa aumentan su presencia en el contexto de la minería nacional, sí podrían tener alguna reacción; aunque esto sería un bálsamo pero no un remedio para el problema que analizamos.

Comenzando el siglo que vivimos y con la preocupación del permanente estado de crisis que acompaña al sector minero desde la nacionalización de las minas de 1952, el Colegio de Geólogos de Bolivia y otras instituciones del ramo generaron un foro sobre la Situación y Perspectivas del Sector Minero Boliviano, en 2001 (puede consultarse las memorias del evento en los archivos de la institución), evento que contó con la participación de autoridades y operadores de la minería nacional. Gran parte de lo que se destacó y de las conclusiones de ese evento podrían ser válidas en el momento actual: injerencia política, inestabilidad, rentismo a ultranza, legislación inadecuada que repele la participación del capital privado nacional y extranjero en la generación de inversiones de riesgo, fomento a la informalidad, etc. A más de dos décadas y en retrospectiva seguimos nadando contra la corriente mientras la minería depende del flujo global de inversiones y de nuevas tecnologías que la hacen cada vez más competitiva. En los últimos años y a nivel global, el nivel de inversiones en exploración minera, y pese a la pandemia, fluctúo entre $us 8 y 10 billones al año, de los cuales el 25% se invirtió en América Latina en países como Chile, Brasil, Perú y Argentina, entre otros (S&P Global Market Intelligency).

Volviendo al evento, los participantes trataban de explicar, como lo hacemos hoy, por qué el flujo de inversiones no llega a Bolivia con la intensidad que aún en un continente tan inestable como África se da, y llegaban a la conclusión de que hay criterios al margen del potencial que los inversores consideran para calificar dónde invertir: sistema económico, sistema político, sistema de derechos y permisos, problemas sociales, nivel de corrupción, estabilidad de divisas, régimen tributario, etc. Leyendo nuestra Constitución actual y la Ley Sectorial 535, podemos concluir que no condicen con la apertura que cualquier inversor espera para poder llegar a un país, por eso somos hoy la cenicienta de los países tradicionalmente mineros pese a haber tenido muchas oportunidades para reformar la legislación del sector para adecuarla a los tiempos que corren. Parafraseando a uno de los asistentes, el promotor Charles Scottie Bruce (+) que ya no está con nosotros: “Hay países que nunca pierden la oportunidad de perder la oportunidad”.  

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Informalidad ‘exitosa’

/ 15 de abril de 2022 / 02:02

En una reciente entrevista (Página Siete 04.04.2022) sobre el alarmante problema de la irracional explotación del oro aluvional en el norte-noreste del país proponía, entre otras cosas, prohibir la exportación del metal por un periodo a determinar y con el fin de armar una estructura de control que permita al Estado formalizar la cadena de explotación, beneficio y comercialización del metal; mientras tanto la venta de la producción debería ser rescatada por el Banco Central de Bolivia. Parecería una posición dura y difícil de aplicar pero, cuando nos damos cuenta que la cadena mencionada está ahora controlada casi totalmente por operadores informales y que estamos hablando, según datos del INE, de un valor de las exportaciones que ya alcanza, en números enteros, a $us 2.553 millones para la gestión 2021 y un crecimiento de más del 51% respecto de la gestión precedente, estimo que es hora de tomar medidas de este tipo si no queremos terminar aceptando como “exitosa” la informalidad del sector minero aurífero porque representa el 23% del valor de las exportaciones totales del país o el 45% del valor de la industria manufacturera; mientras que el sector hidrocarburos aporta solo el 20% al valor total de las exportaciones o el sector agroindustrial solo el 3,8%, para citar solo los sectores más importantes.

Es una situación muy delicada la que vivimos, las acciones de hecho, el uso de armas en avasallamientos, los enfrentamientos entre comunarios y mineros, el desapego a las normas y la falta de respeto a las autoridades, están pintando un panorama desolador, que pareciera se soslaya en aras del valor de los números que menciono, importantes para una etapa de reactivación de un modelo basado precisamente en el aporte de los sectores sociales hoy en disputa. Pero, la importancia económica no debe ni puede ocultar los aspectos negativos y su incidencia en el medio ambiente y en el futuro de sectores económicos alternativos (turismo, energías alternativas, selvicultura, etc.) que debieran ser la proyección futura de la economía regional de estas tierras bajas.

El brillo del oro fue la primera locura del hombre, como diría Plinio el Viejo en su obra Naturalis en 79 AC, inspiró las más audaces expediciones y lo buscaron desde tiempos inmemoriales los imperios primigenios de todas las latitudes del planeta; en los Andes Centrales y en su vertiente oriental donde se encuentran los ríos tributarios que drenan sus aguas al gran río Amazonas, se formaron inmensas llanuras aluviales y abruptos piedemontes cuyas terrazas aluviales llevan consigo desde tiempos geológicos pretéritos grandes cantidades de gravas y arenas con importantes contenidos de oro aluvional, que fue buscado y explotado rudimentariamente por los nativos que lo atesoraban como ornamento religioso y adorno festivo. Desde la colonización de estas tierras, esta incesante búsqueda trocó en conquista y desde entonces el oro estuvo de la mano con la violencia, la disputa territorial, los grandes emprendimientos empresariales y también con la informalidad campante y la ilegalidad. Pareciera que hoy estamos viviendo, como en la otredad descrita, una nueva fiebre del oro, todo pareciera normal pero, estamos en el siglo XXI donde el imperio de las normas éticas, medioambientales y morales a nivel personal y en toda relación humana, debiera ser un prerrequisito de todo emprendimiento. Para el caso que nos ocupa, no podemos rifar el futuro de las tierras bajas del país en aras de un coyuntural interés económico, el oro es el único valor perdurable y el administrarlo debiera recaer en las mentes más lúcidas y en los operadores más calificados.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Minería, el péndulo letal y las implicaciones

/ 18 de marzo de 2022 / 01:24

Las crisis políticas, sociales, militares y hasta existenciales a lo largo de la historia han demostrado la importancia que se debe dar a la adecuada administración de nuestros recursos naturales, que en los momentos difíciles juegan un papel decisivo tanto para los países en crisis como para aquellos que miran de palco lo que pueden aprovechar de estas circunstancias excepcionales. La crisis actual del conflicto Ucrania- Rusia es la confirmación de que las posiciones pragmáticas de los bloques de poder van más allá de ideologías y de posiciones éticas, solo importa el provecho que se puede sacar en cada caso y el daño que se puede hacer al rival. No es mi intención entrar en el detalle de estos asuntos, sino esbozar una de las incidencias de un conflicto de esta magnitud para un país periférico como el nuestro, me refiero a lo que como país podríamos aprovechar de la coyuntural subida de los precios de los metales, producida, entre otras cosas, por el conflicto mencionado.

Cuando se escribía esta columna el oro se cotizaba en $us 2.009 por onza troy ($us/oz), llegó a 2.078 $us/oz el 8 de marzo; la plata en 26,12 $us/oz, el platino en 1.089 $us/oz, el paladio en 3.000 $us/oz y entre los metales base que producimos el estaño se cotizaba en 21,86 $us/lb (dólares por libra fina), el zinc 1,84 $us/lb, el plomo 1,09 $us/lb y el cobre 4,61 $us/lb, para citar los principales. Una coyuntura de esta clase no se repite ni se repetirá en muchos años pero, nos encuentra con una capacidad de producción muy limitada para el potencial minero que tenemos, pero que no se ha desarrollado en décadas por falta de exploración sistemática, como debiera ser. La conclusión inmediata, no tenemos capacidad de reacción para incrementar la producción y aprovechar la coyuntura. Estamos mirando de balcón cómo países más organizados del vecindario (Chile, Perú y hasta Argentina) aprovechan la crisis actual, mientras nosotros nos consolamos con el aumento del valor de nuestras exportaciones de una producción minera casi estancada por décadas.

En una antigua columna recopilada en mi libro De oro, plata y estaño. Ensayos sobre la minería nacional (Plural Editores, La Paz-Bolivia, segunda edición 2017, pp. 127 y siguientes), defino la injerencia política en el sector minero como un vaivén pendular de posiciones nacionalistas y liberales, causa principal para un desempeño tan pobre y de baja competitividad. Llego a concluir que el periodo exitoso de los “barones del estaño” a principios del siglo pasado frente al resto de nuestra historia minera, se explica por lo siguiente: dos características inherentes a los exitosos barones y reyes chiquitos: proyección internacional y control de la cadena de producción y dos características negativas de las no muy exitosas revoluciones: su filosofía de tribu ancestral que cierra al país en sus fronteras cuando hoy se han globalizado hasta los pensamientos y el control desordenado de la cadena de producción, con el corazón más que con el cerebro.

La minería es un negocio, es la tribu global donde los exitosos son los más competentes; el péndulo minero seguirá su curso diabólico de estatizaciones y/o privatizaciones si no nos ubicamos en el negocio y alejamos la negativa injerencia política. La fotografía actual del país en este sentido es crítica: injerencia política total, predominio de la informalidad en el sector, sequía total de inversiones privadas por la filosofía de la Ley 535 y otras normas, proyectos estatales que avanzan a gatas cuando deberían correr, y nula proyección de nuestra minería al resto del mundo. Ahora ya ni nos nombran en las estadísticas a nivel global y nuestros proyectos mineros se ven como curiosidades. No sé si seremos capaces de cambiar la historia para bien y en esta generación pero, el péndulo letal que definió nuestra historia debe parar. Abrigo esa esperanza para un futuro ojalá muy cercano.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Desarrollo minero, modelos y mercados

/ 18 de febrero de 2022 / 01:36

A setenta años de la nacionalización de las minas y del control estatal del sector minero boliviano, no podemos decir que esta industria haya tenido un desarrollo importante. Como anoto frecuentemente en esta columna, la minería nacional está estancada en sus contradicciones producto de la injerencia política y de la inestabilidad jurídica y social a la que deben enfrentarse los pocos audaces que periódicamente se atreven a invertir en el país. No hay una sólida política minera y con muy pocas excepciones vivimos de un bombardeo cotidiano de frases hechas, propuestas y teorías que prometen el oro y el moro y la panacea a corto plazo, que varían según quien sea el inquilino de Palacio. El país ha sido un campo de ensayos de todas las teorías económicas propuestas por los países industrializados en su afán de dominio de las fuentes primarias de recursos naturales. Desde el modelo neoliberal de libre mercado con sello del Consenso de Washington postulado como generador principal de desarrollo, el modelo de economía social de mercado desarrollado para la Alemania de posguerra y postulado como alianza y cooperación entre los países industrializados y aquellos en vías de desarrollo, el modelo socialista de la Europa oriental que intentó aplicarse en nuestros países en el pasado reciente, hasta la parafernalia mediática que vivimos y que pregona la sustitución de importaciones como uno de los objetivos del actual modelo económico social comunitario productivo; todos tuvieron/ tienen su oportunidad de ensayo en nuestros países de Latinoamérica y los resultados saltan a la vista, no pueden calificarse como exitosos en nuestro país ¿Por qué?

1) Cuando se habla de “modelo” se encasilla alternativas a una posición política que reduce las posibilidades de éxito. El desarrollo es una combinación sui géneris de factores que difieren de un país a otro; no podemos reproducir en el país o en los países latinoamericanos las condiciones que en el pasado siglo tenían los países asiáticos denominados Tigres del Asia Oriental.

2) La inestabilidad política no garantiza continuidad sino cambio de modelo en cada caso y el resultado es el vaivén pendular de posiciones políticas contradictorias que impiden el desarrollo no solo de la industria minera sino del conjunto de la economía.

3) La inestabilidad social produce un clima que repele la inversión y anula la capacidad de tener un sólido portafolio que garantice desarrollo a largo plazo.

4) El “mercado” determina el que, para qué y para quién se produce. El ejemplo clásico que siempre uso: no es lo mismo aumentar la inversión estatal vía endeudamiento para mantener los niveles de intercambio en el mercado interno, que es el caso de la política actual y base de nuestro modelo económico; que jugar en las ligas mayores y en mercados de ultramar donde la lógica especulativa no se compadece de los lamentos de los productores de materias primas.

El empoderamiento del Estado como actor productivo no pasa de ser un slogan. Nos hemos olvidado del “mercado”, aquel de la vida real y no el de los sueños, aquel donde acudimos en los dorados años de la minería de los años 30 y 40 del pasado siglo, aquel donde uno de los Barones del Estaño realizara la mayor aventura de la minería nacional. Estimo que Comibol debiera ser abanderada del retorno a la lógica del mercado, de la inversión en países y empresas de ultramar, de volver a ser una corporación que juegue en las ligas mayores de la minería internacional, ya lo hicimos en los viejos tiempos. ¿Por qué no ahora? La lógica de la industria nos coloca en la disyuntiva de acudir al “mercado” o ponerle un candado a la industria.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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El menospreciado ‘metal del diablo’

/ 24 de enero de 2022 / 00:20

Comienzo el año refiriéndome al estaño, metal que dio nombre y fama de país minero a nuestra patria, después de los avatares coloniales que buscaban el oro y la plata durante la conquista de las tierras del nuevo mundo; menospreciado y acompañante indeseado de la mineralización de la plata, el estaño (Y su mineral emblemático casiterita, SnO2) cambiaría en los albores del siglo XX de “metal del diablo” a símbolo de la nueva riqueza, paradigma militar e industrial de Europa y Norteamérica e ícono del Súper Estado Minero que dominó la economía, la política y la diplomacia del país en la primera mitad del siglo XX. Después vendría un largo periodo de desplome del mercado que llegó a cotizar la libra fina del metal a un promedio de $us 0,90 en 1955, produciendo una severa crisis en la producción nacional de la que a través del tiempo nunca pudo recuperarse completamente, aun en periodos de buenos precios (en 1980 el precio promedio alcanzó los $us 7,61/libra fina). El precio del estaño siempre estuvo cerca de la delgada línea de inviabilizar su explotación en el país, llegamos a ser el segundo productor a nivel global con hasta 46.000 toneladas finas anuales (tma) en la era Patiño para un mercado de 200.000 tma, para llegar en los últimos años y con dificultades a producir cerca de 20.000 tma para un mercado de 330.000-370.000 tma. Hemos dejado de ser participantes de los top ten de países productores de estaño refinado (según la International Tin Association ITA, 2020), una realidad lacerante por los antecedentes históricos, por la importancia que el estaño tiene en los últimos tiempos y por el actual récord de precios de mercado; sobre $us 18,53/libra fina en los últimos meses. El nivel de reservas de estaño que tiene el país sin estándares CRIRSCO (Committe for Mineral Reserves International Reporting Standards) lo ubican en el quinto lugar después de China, Rusia, Australia, e Indonesia según la percepción de ITA; el desarrollo de reservas ha sido ínfimo en el país en las últimas décadas, según se deduce de lo indicado por esa institución, que no consigna al país dentro de los cinco con mayores reservas con estándares CRIRSCO: Rusia, Australia, Perú, R. D. Congo y Brasil. Bolivia tendría un nivel de reservas de 700.000 toneladas de estaño, de las cuales solo 250.000 toneladas cumplirían los estándares CRIRSCO. Desde la percepción del país es obvio que nuestro potencial es mucho mayor, pero no lo desarrollamos al nivel de reservas.

Todo lo anterior demuestra la endeble gerencia y pobre planificación del aprovechamiento de nuestros recursos minerales, la priorización de la coyuntura y el apego a presiones corporativas que impiden desarrollar un adecuado portafolio de nuevos proyectos, se vive el momento y se lamentan las crisis cuando llegan. Somos un país que tiene la provincia estannífera mayor de Sudamérica y de la larga herencia de la explotación de estaño, hemos heredado también un enorme patrimonio de residuos minerales (desmontes, colas de ingenio, arenas y lamas residuales) que sumados a acumulaciones aluviales, coluviales y fluvio-glaciales con casiterita liberada en esos residuos, constituirían reservas adicionales de baja ley en superficie cuya explotación, al obviar los costos de minado, sería muy competitiva en estos momentos. Solo para citar dos ejemplos: la morrena Cotani en las faldas del Cerro Chorolque en el sudoeste potosino contiene 349.514 toneladas finas de estaño y las Colas y Arenas de la Planta Sink & Float en Siglo XX 59.894 toneladas finas (según información de Comibol de la época); solo falta voluntad y obviamente capacidad para generar negocios mineros en base a este potencial.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Reflexión de fin de año

/ 24 de diciembre de 2021 / 04:32

Llegamos a otro fin de año, tiempo de reflexión pese a los avatares por los que transitó nuestro país por las luchas intestinas entre intereses corporativos y políticos, por la división profunda entre ciudadanos, por la anomia galopante a todo nivel y por la inusual competencia de convocatorias entre los que ostentan el poder y aquellos que lo pretenden, para marchar en calles y caminos. Hace un año había calificado la gestión 2020 como un año para el olvido, hoy la evaluación del 2021 no tiene atisbos de cambio ni de una real mejora. Para hablar del sector minero, al que se dedica este espacio de opinión: seguimos con problemas de informalidad y de ilegalidad ya más notoria con el paso del tiempo, con problemas en Vinto, Karachipampa, Huanuni, en el proyecto de litio paralizado, en el Mutún con una acería que se instala a paso cansino y que todavía no sabemos si será rentable o será un nuevo elefante blanco, con el mismo crecimiento paquidérmico del subsector cooperativo y con la obsecuencia de autoridades del sector, que se regodean por el aumento del valor de las exportaciones apalancado por el crecimiento de operaciones informales y el alza de precios de algunos metales (oro, plata, estaño, zinc, etc.). Esto produjo un aumento de regalías e impuestos y pinta un panorama alentador pero irreal por las causas que se anotan. Cuando decimos que el valor de las exportaciones a octubre de 2021 fue de $us 8.926,4 millones, que significa un incremento de 65,4% respecto de igual periodo de la gestión anterior (INE, Boletín COMEX a octubre 2021), sin considerar que esa gestión fue muy irregular y con una pandemia galopante de por medio, se puede llegar a interpretaciones optimistas muy erróneas. Cuando decimos que de este total las exportaciones de oro metálico tienen un valor de $us 2.021,3 millones, debemos interpretar que el 22,6% de este rubro está controlado por la cadena de producción-comercialización extremadamente informal del oro aluvional del noreste (sin contar la informalidad en otros sectores económicos), que ya indica un correlato que debería llamarnos a reflexionar sobre lo indicado hasta aquí.

Las fiestas de fin de año no son tiempos de debates, tampoco de promesas grandilocuentes, pero sí de meditación, raciocinio y esperanza; de poner los pies sobre la tierra y marcar un camino crítico para mejorar la gestión y cumplir metas mínimas de planificación y desarrollo del sector que es líder en la generación de divisas para la economía nacional y que merece un mejor destino. A lo largo de la gestión que termina y en esta columna, se analizó el detalle de los problemas mencionados líneas arriba y se propuso algunas reformas para salvar el cuello de botella que significan algunas partes de la Ley Sectorial 535 y que tienen que ver con derechos mineros, tratamiento a las inversiones privadas, acceso a financiamiento bursátil, informalidad en la cadena productiva y de comercialización, etc. No hay respuesta del nivel de gobierno a estas inquietudes y el sector sigue con una aguda sequía en generación de nuevos proyectos mineros y en desarrollo de áreas con potencial exploratorio. Así será difícil, si no imposible, un repunte de la actividad. La inversión pública anunciada para la gestión 2022 de más de $us 5.000 millones no tiene un componente importante en lo mencionado líneas arriba y mantiene la tendencia a seguir apoyando los proyectos actuales y de transición (Mutún, salares, fundiciones, etc.) y deja muy poco para apoyar la generación de nuevas minas; no se apoya adecuadamente a la iniciativa privada en este punto y se deja al sector informal la iniciativa y el apoyo. Así las cosas, ojalá estas fiestas de fin de año permitan una sana reflexión que abra un nuevo horizonte para el sector y para el país. Felices fiestas.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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