Voces

sábado 14 may 2022 | Actualizado a 02:17

Testimonios indiscretos

/ 14 de mayo de 2022 / 02:17

El martes pasado, vía Zoom, se llevó a cabo la presentación virtual de la edición boliviana de mi libro Testimonios indiscretos. El poder detrás del espejo, impreso por la modalidad El hado propicio de la editorial 3600, a cargo de su gerente Marcel Ramírez, quien condujo el programa. Intervinieron como comentaristas de la obra, el laureado escritor Mariano Baptista Gumucio, el filósofo Wálter Guevara Anaya y el abogadoprofesor Gonzalo Serrate. Tuve el privilegio que lectores de tan alto nivel revisaran el texto, ahora a disposición local, pues anteriormente fue publicado y difundido por Amazons/books, en su versión digital e impresa.

Se trata de la narración de mis encuentros con 61 reyes, presidentes y/o jefes de gobierno de naciones extranjeras y 18 mandatarios bolivianos con quienes me correspondió trabajar o simplemente conversar en diversas ocasiones, sea como ministro de Estado, embajador, funcionario internacional, diplomático protocolar o dirigente estudiantil, a lo largo de seis décadas, tanto en Bolivia como en países americanos, europeos, asiáticos y africanos.

En todas esas circunstancias, me entretenía observar de cerca las características individuales de cada uno de ellos, la coreografía de su lenguaje corporal, su discurso oficial manifiesto y encubierto y tratar de descubrir sus costados fuertes y sus debilidades aparentes.

Historiadores, cronistas, periodistas, investigadores y hasta novelistas, retratan a los protagonistas de la historia contemporánea basados en terceras fuentes o bebiendo en la inagotable laguna de la imaginación. Unos apegados a la hagiografía por su simpatía y otros siguiendo leyendas negras alimentadas por el odio o la antipatía que les inspira los personajes estudiados. Difícil exigir objetividad o comprobar la veracidad de las alegorías narradas. Esta reflexión es fruto de mi lectura de varios hechos históricos en los que me tocó participar ora como simple testigo, ora como activo actor y, simplemente sonreír ante la falsificación del episodio contado. Héroes convertidos en villanos y viceversa. En resumen, en todas las latitudes, esas exageraciones existen y son —a veces— inevitables. Por esos motivos, decidí relatar las circunstancias en que conocí y frecuenté a todas las celebridades que figuran en mi libro, como testimonio de primera mano, lo que contribuirá a que el lector forme su propia opinión sobre ellas.

En la parte nacional, golpes de Estado me forzaron al exilio y fue allí donde también tuve la oportunidad de cultivar la amistad de varios expresidentes y comprobar la mutación en sus respectivas personalidades. La pérdida del poder los devuelve a su verdadera dimensión y, muchas veces, es el impulso que los mueve a tratar de recuperar el trono usurpado. Esa pulsión también pude observar que acontece en otros países.

Entre los retratos que contiene esa obra están incluidos hacedores de historia remarcables como el argentino Juan Domingo Perón, el presidente John F. Kennedy, el mariscal yugoslavo Tito, el africano Nelson Mandela, el francés Jacques Chirac y estampas controvertidas como el libio Muhammad Kadafy, el venezolano Hugo Chávez, el tirano nicaragüense Anastasio Somoza, Fidel Castro o el actual dictador bielorruso Alexander Lukachenco. Además de estrellas inocuas como la Reina Isabel II, el monarca español Juan Carlos o el papa Juan Pablo II.

Como conclusión, podría anotar que, ahora, huérfanos de los grandes de la Historia, enfrentamos el peligroso ascenso de la mediocridad que se impone universalmente impulsada por el populismo de izquierda o de derecha que va surgiendo como espuma malsana desde las miasmas surgidas de las masas desorientadas y generalmente iletradas.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Elecciones a la francesa

/ 30 de abril de 2022 / 03:31

Nunca como ahora, después de la reciente elección de Emmanuel Macron para un nuevo quinquenio (2022-2027), cobra vigencia la alegoría atribuida a De Gaulle, cuando comentaba la dificultad que suponía gobernar un país que —como Francia— cuenta con 300 variedades de queso.

En verdad, los resultados eleccionarios dejaron la nación quebrada en tres grandes corrientes, casi iguales en dimensión: el centro que representa la macronía, atacada por dos extremos: la izquierda “insumisa” de Jean Luc Mélenchon y la ultraderecha de Marine Le Pen. Tres tajadas que medirán fuerzas en los escrutinios legislativos del 12 y el 19 de junio próximos. Los demás partidos enanos tratarán de agolparse a alguna de esas tendencias para acumular escaños. Se ha llegado a esa situación, cuando la impecable ejecutoría de Macron para enfrentar primero la crisis pandémica del COVID-19 y luego la guerra ucraniana, no fue debidamente reconocida, anteponiendo la necesidad de solucionar otras exigencias sociales. Como alguien decía, “Francia es un paraíso poblado de gente que se cree en el infierno”, pues 12 candidatos postularon a la presidencia el 24 de abril, clamando reivindicaciones de todo tipo: ecologistas, soberanistas, pro y antieuropeos, amigos y adversarios de Putin, socialistas blandos y duros, comunistas nostálgicos, trotskistas trasnochados y sobre todo antimacronistas a diestra y siniestra. Añádase a esa ensalada, la notoria división detectada en las inclinaciones políticas entre el mundo rural y las manchas urbanas del hexágono galo. De la docena de aspirantes quedaron en balotaje Macron y madame Le Pen flotando en un mar de 28% de abstenciones, lo que indujo a estudiantes irreverentes a protestar por dejar aquel camino sin otra opción que la de escoger entre “la peste y la cólera”. Apenas terminada esa contienda, comenzó la madre de todas las batallas: las elecciones parlamentarias, en las cuales Mélenchon impetra el voto ciudadano para que, imaginando una ansiada mayoría, sea ungido primer ministro y cohabite con Macron, ilusión excluida para Le Pen, por razones éticas y hasta pruritos estéticos.

Lo cierto es que la victoria de Macron está salpicada de sonoros mensajes empezando por la indiferencia de 17 millones de abstencionistas, pasando por las capas populares que prefirieron votar por los extremos, para llegar al simple peatón preocupado por la inflación o el deterioro del poder de compra y a aquellos resentidos antisistema que con chaleco amarillo o sin él, se inclinan por el caos, desdeñando el orden establecido. Algunos pretenden empañar el triunfo de Macron atribuyendo más bien su éxito al deseo de poner barrera al insoslayable ascenso de la derecha extrema representada por Le Pen. Se evoca, además, la encuesta reciente en que 56% de los votantes decía favorecer la posibilidad de una Asamblea Nacional opuesta a aquel presidente jupiteriano, caballero solo, que aplastó a los partidos tradicionales —socialistas y conservadores— y que en su primer mandato obtuvo 350 diputados de un total de 577, hazaña que hoy está lejos de repetir.

Macron termina su primer mandato el 13 de mayo y se espera que inicie su nueva misión con equipo renovado que inspire esperanza frente a la atmósfera pesimista imperante por causa de esa pandemia que no se acaba y de la guerra en Ucrania, con sus espantosas secuelas de sufrimiento humano y deterioro en la economía y el medio ambiente. Macron es también pieza fundamental en la consolidación de la Unión Europea dentro del cambiante mosaico multipolar surgido a raíz de la aventura militar desatada por Rusia, en los últimos meses.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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9 de abril: 70 años después

/ 16 de abril de 2022 / 00:32

Mi testimonio presencial de esa memorable jornada que cambió la historia de Bolivia se inició a las 06.00 del miércoles 9 de abril, cuando nos concentramos en el atrio de la UMSA los dirigentes de estudiantes de secundaria, ya comprometidos en los trajines conspirativos del MNR. Allí junto a los universitarios que habían pernoctado en las aulas nos distribuimos diversas tareas, orientados por el comando movimientista: unos se dirigían a tomar radio Abaroa, en la plaza del mismo nombre, varios opinaban la ocupación inmediata del diario rosquero La Razón que quedaba en El Prado, otros coreaban “al arsenal” y se encaminaban hacia la plaza Antofagasta. Horas más tarde llegaron las armas: viejos fusiles Mauser, un par de ametralladoras y unas cuantas bazucas. Prontamente, se instaló una metralla en el piso 11, para controlar desde esa altura la colina de Laikacota y detener el avance de los cadetes del Colegio Militar.

El caldo de cultivo para la insurrección popular comenzó a gestarse el 16 de mayo de 1951, cuando se instauró una junta militar desconociendo el triunfo electoral del binomio Víctor Paz Estenssoro-Hernán Siles Zuazo, en golpe que se denominó como “Mamertazo”. La masa de combatientes fue creciendo con la incorporación de obreros fabriles, empleados, carabineros y estudiantes.

Eran momentos de honda emoción y suspenso. El tráfico se tornó inexistente y cualquier vehículo que se atrevía a transitar era inmediatamente requisado. Los ecos del tableteo de las ametralladoras y de cuando en cuando de estridentes bombazos nos hacían vivir instantes de batalla casi cinematográficos. Pocos obedecían, todos comandaban. Los enfrentamientos prosiguieron toda la noche. El jueves 10, la zona de Sopocachi amaneció entre fuego cruzado. Mi familia ocupaba el primer piso de un edificio de tres que, en la calle Vincenti 121, era el punto mas alto del barrio. Aparentemente, desde la elevada azotea, un franco- tirador había causado bajas entre los combatientes. Esa terrible confusión, provocó nutrida balacera contra nuestra casa que quedó convertida en una especie de colmena por los cientos de orificios ocasionados por disparos de todo lado. Para colmo, creyendo en una inexistente resistencia llenaron de gases lacrimógenos nuestra vivienda, obligando a toda la familia a salir del refugio interior.

El viernes 11 nada pudo contener unirme a mis compañeros de la juventud del MNR en la plaza Murillo, festejando la victoria del pueblo. Como todos los circundantes estaban interesados en entrar al Palacio Quemado, propuse a un puñado de condiscípulos tomar la Cancillería. Llegamos a la puerta lateral de la calle Junín y no hubo necesidad alguna de “tomarla”. Al identificarnos, el portero que vivía en los sótanos del edificio, nos abrió gentilmente y nos previno que ya otros madrugadores habían revisado las instalaciones. No obstante, llaves en mano, se prestó a cooperar en nuestra ávida inspección. Quedamos deslumbrados por el lujo de los salones, las luces de las arañas, los alfombrados y los muebles de época. En esos instantes, no intuía que esos aposentos serían el escenario de mi futura carrera diplomática.

El 16 de abril de 1952, una impresionante multitud de paceños recibía alborozada a Víctor Paz Estenssoro que llegaba de su exilio en Buenos Aires. Así se dio inicio a la Revolución Nacional que dejó atrás un país rural y monoproductor; promoviendo la liberación del indio; recuperando para la nación sus riquezas naturales; diversificando la economía y consolidando la dignidad boliviana, al abolir el súper Estado minero-feudal.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La guerra sin fin

/ 2 de abril de 2022 / 02:50

Hace casi 10 años —en septiembre de 2012— llegué a Kiev, invitado por la Continental University, para dictar un ciclo de conferencias sobre la actualidad internacional del momento. Eran días de alta tensión para el presidente Viktor Yanukóvich, que tenía encarcelada a su más ardiente opositora, la carismática Ioulia Timochenko. Recuerdo que mis esfuerzos fueron inútiles para poder visitarla, no obstante que su celda se hallaba en pleno centro de la ciudad. El eléctrico combate político se centraba en los mismos ejes mentados antes de la guerra, que separaban a los bandos partidarios: denuncias mutuas de corrupción y los supuestos vínculos de algunos con los dictámenes de Moscú. Desde entonces pude percibir una relación amor-odio entre los dos países panrusos. Comenzando por la lengua rusa hablada casi como una modalidad bilingüe alternando con el ucraniano, por buena parte de la población, pasando por las influyentes iglesias ortodoxas, una sumisa al patriarca Bartolomé de Constantinopla y la otra aliada a Cirilo I de Moscú.

Ante la implosión de la Unión Soviética, un rosario de repúblicas satélites se alinearon con la Occidente, inclusive suscribiendo el tratado de asistencia recíproca que es la raison d’etre de la OTAN, pacto militar al que Ucrania no se adhirió, columpiando en el fiel de la balanza que se inclinaba por ambos mundos. El presidente Vladimir Putin (70), desde entonces se empeñó en hacer gravitar al gobierno de Kiev hacia su campo, primero patrocinando a políticos amigos y luego interviniendo abiertamente en los medios, por ejemplo sosteniendo aquel canal de televisión filo-ruso propiedad de algún compadre oligarca. Eran épocas en que el joven comediante Volodimir Zelenski (44) iniciaba su carrera de popularidad en esas redes televisivas.

En 2014, la revuelta popular de Maiden destronó al entonces mandatario, cabalgando en el hastío de la ciudadanía con la clase corrupta que mandaba en el país. Momento propicio para fabricar un “hombre providencial” que resultó ser Zelenski y que arrasó en las subsiguientes elecciones. Corolario de la innegable aspiración de la mayor parte de los ucranianos por pertenecer a la Unión Europea, para alcanzar un mayor nivel de vida y observar valores que pregona esa comunidad. Pero Zelenski, a mi modo de ver, exageró su pleitesía tanto con Bruselas como con Washington. Recuérdese su comedida visita a Donald Trump, ocasión que aprovechó el republicano para intrigar sobre un supuesto negociado de Hunter, hijo de su contrincante demócrata Joe Biden. Zelenski estaba presto a todo. Y como una madona casquivana dejó de lado su romance con Moscú para entregarse de lleno a sus pretendientes occidentales. Putin, cuyos hilos de inteligencia militar son finos y extensos, sospechó una alianza contra-natura de su ingrato vecino que comprometía seriamente la seguridad nacional de Rusia. Fue cuando germinó en el autócrata la idea de aplastar militarmente a Ucrania. La operación de reconquista debutó con la anexión pura y simple de Crimea al patrimonio moscovita, continuó con soliviantar el separatismo de Donetsk y Luhansk, para finalmente organizar su expedición bélica que inicialmente solo comprendería la consolidación de los territorios ya conquistados, pero la codicia pudo más y las fuerzas rusas avanzaron en operaciones relámpago hasta encontrarse con la feroz resistencia popular aupada por Occidente con fuertes ayudas financieras y armamento moderno. Europeos y americanos dieron todo, menos soldados ni aviones. “Nosotros ponemos la plata y las armas y ustedes ponen los muertos” sería la fórmula siniestra. Un negocio inhumano donde Zelenski sacó la mejor tajada. Hábilmente, ganó la guerra informativa a nivel mundial, sus reconocidas dotes de actor cómico esta vez se trocaron en actor trágico, desde su vestimenta guerrera hasta la modulación de su voz fueron factores positivos para recaudar dinero y material bélico. Esta guerra sin fin tiene ya un ganador: Volodimir Zelenski, quien, si alguna vez termina la contienda, tendrá un suculento contrato en Hollywood, donde representará su propio rol de héroe de la película atacado por el villano. Esta fue y es una lucha entre titanes megalómanos, en la que la paz está lejos y los miles de muertos poco importan.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Vladimir, el terrible

/ 19 de marzo de 2022 / 01:22

Fue el 29 de mayo de 2017, a dos semanas de haber comenzado su quinquenio presidencial que Emmanuel Macron recibió con altos honores protocolares a su homólogo ruso Vladimir Putin, en el suntuoso castillo de Versalles. Entusiasta cultor de la historia, Macron quiso simbolizar el evento recordando parecida visita que 300 años antes realizó Pedro el Grande. No fuimos muchos corresponsales de prensa los escogidos para testimoniar semejante encuentro y todavía menos los que observamos los inusitados detalles ceremoniales, porque luego del diálogo oficial entre los protagonistas, ambos recorrieron la extensa galería de las batallas, de cuyos muros cuelgan enormes cuadros que rememoran los victoriosos combates que libró Francia a través de su historia. Putin miraba con marcado interés tornando la vista a diestra y siniestra, abrumado por ese baño de gloria ajena propiciado por su anfitrión. La pareja pasó a pocos metros de mi vista y pude detectar que ambos tenían la misma estatura (1,70 m). El ruso de musculosa contextura, mirada gélida y paso ágil marchaba al lado del francés, de permanente sonrisa y caminar pausado. Ambos ganaron sus respectivos atriles, para una conferencia de prensa con preguntas de rutina y respuestas consonantes. Al cabo de cinco años —ahora— los dos se enfrentan a propósito de la guerra en Ucrania y la imagen de Putin cubre periódicos, revistas y libros, con comentarios y análisis sobre la personalidad del hombre más diabolizado después de Hitler. Conocida su fulgurante trayectoria pública, los investigadores escudriñan con lupa su vida privada, empezando en su temprana niñez templada por la abyecta miseria de aquella familia numerosa que compartía diminuta vivienda con otra parecida, pasando por las travesuras de ese niño cazador de ratas hasta su juventud al borde de la delincuencia juvenil. Desde entonces se detecta su predilección por la fuerza bruta, su destreza en las artes marciales (que continúa practicándolas) y su fascinación por el mundo del espionaje, que lo condujo a estudiar abogacía para obtener una plaza en la KGB, la temible policía política de la Unión Soviética, donde sirvió con pasión hasta su disolución en 1991. La morbosa curiosidad de sus acuciosos biógrafos señala que su divorcio de Ludmila, luego de 30 años de matrimonio, con dos hijas de por medio, aunque de mutuo consentimiento, aparece en troika, la atlética figura de Alina Kabaeva, la joven gimnasta 30 años menor que él. Septuagenario, quizá ese detalle lo llevó a someterse a un tratamiento de bótox para rejuvenecerse. Ávido lector, absorbió las críticas al sistema económico imperante en la URSS, empezando así su herejía contra el comunismo, para estimular desde el gobierno la formación de esa oligarquía omnipotente, aunque sumisa a sus caprichos. Estudioso de la historia, añoraba las glorias de la gran Rusia y lamentaba la implosión de la URSS, que precipitó el declive de su país arrojándolo a las miasmas de la humillación. Brotó en él la obsesión de remediar esa deplorable situación y para lograr esa meta, hilvanó una arquitectura conspirativa que lo catapultó a la cima del poder total. Su biografía oficial En primera persona, obviamente, no se detiene en el costado subjetivo de su existencia, pero sus acciones militares en Grozni para someter a Chechenia, en Georgia, en Siria, en Crimea y hoy en el Donbás confirman la psicopatía de grandeza personal y nacional. Pese a ello, los últimos ocho años, se malgastaron en la porfía de no negociar un modus vivendi entre los dos países beligerantes, lo que hubiese evitado el horrendo sacrificio de esos pueblos gemelos y — colateralmente— los daños causados al mundo todo.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Macron: entre la guerra y la paz

/ 5 de marzo de 2022 / 01:24

La historia contemporánea ha retado al más singular dirigente europeo para enfrentar desafíos tanto internos en su país como externos en su condición de presidente pro tempore de la Unión Europea, que lo colocan en la línea de frente del pleito ruso-ucraniano que sacude al planeta entero, con el riesgo de provocar la tercera guerra mundial, que por la implicación de las potencias nucleares podría convertirse en una apocalíptica guerra final. Tamaña responsabilidad reposa (entre otros) en aquel joven que a sus 39 años logró aquella remarcable victoria electoral en 2017, aplastando a los tradicionales partidos de izquierda y de derecha, usando el instrumento político de su inspiración, apropiadamente denominado En marcha

Cuando en su primer quinquenio comenzaba a ejecutar su programa gubernamental de impecable corte tecnocrático para modernizar las vetustas estructuras económicas y sociales que Francia padecía durante décadas de soslayar agudos problemas en esos campos, apareció ese enemigo invisible y poderosamente letal: el virus del COVID-19 cuya propagación universal golpeó fuertemente a Francia, sin clemencia alguna para pobres y ricos por igual. Emmanuel Macron, con admirable sangre fría, organizó sus comandos sanitarios defensivos y aminoró en gran medida los efectos mortíferos de la pandemia. Apenas mitigado el mal, surge —ahora— en pleno corazón europeo el conflicto que enfrenta la Federación Rusa con Ucrania, coincidiendo con el calendario electoral francés para escoger a un nuevo mandatario o reelegir al actual. Hábil estratega político, Macron decidió esperar hasta el último minuto el anuncio de su candidatura, debilitando los flancos opositores que en el costado derecho parió tres opciones: dos de extrema derecha (Le Pen y Zemmour) y la tercera, conservadora moderada (Pecresse). Mientras que por la izquierda se anota Jean Louis Melenchon (Francia Insumisa) y otros retaceos sin importancia. Según todas las encuestas, en el escrutinio del 10 de abril próximo, Macron obtendría 25% en la primera vuelta, seguido por alguno del par neofascista que bordean el 17% cada cual. Se descuenta que el presidente vigente sería reelecto cómodamente en el balotaje que se realizará en mayo. La guerra europea atrapa a Macron en agitadas jornadas de mediación entre los beligerantes, mermando sus presentaciones cerca a los electores, lo cual si bien perjudica la clásica gimnasia electiva, por otro lado le asegura el apoyo de la mayoría silenciosa que, con explicable cautela, no favorecería el cambio de timonel en plena conflagración bélica de insospechados efectos. Europeísta convencido y convincente, Macron se desenvuelve con maestría en el viejo continente, aunque su carisma tiene menos éxito cuando debe lidiar con duros como Putin o Xi Jinping, y ahora cara a cara con el gélido Putin. En el escenario galo, la proximidad de la jornada electoral causó la multiplicación de libros sobre Macron y su enigmática vida privada y controvertida acción pública. La lectura detenida y objetiva de todos ellos, me llevó a detenerme en el más polémico, Le traitre et le néant (El traidor y la nada), en cuyas 629 páginas (Ed. Fayard) los periodistas Gerard Devet y Fabrice Lhomme tratan —sin éxito— de empañar la personalidad de Macron, a través de reportajes grabados a dos docenas de personalidades que de una u otra manera conocen de cerca al protagonista. Curiosamente, publican también la lista de 90 individualidades que se negaron a acceder a sus interrogatorios. En apretada síntesis, los autores insisten en calificar como un acto de traición la candidatura presidencial de Macron siendo ministro de François Hollande, provocando el retiro de éste y luego la gran expectativa suscitada por el triunfador, cuya gestión gubernativa, para ellos, se traduce en una palabra: nada. Sin embargo, a través de sus propias pesquisas el lector admirará que un joven aspirante, sin partido ni ideología definida, armado tan solo de sus altas calificaciones académicas y su innegable carisma, hubiese sido capaz de eliminar poder político a centenarias corrientes liberales y socialistas y de imponer su sello solitario en la conducción de la V República. Al cabo de cinco años de victorias y fracasos, Emmanuel Macron se apresta a ganar nuevamente el solio del palacio Eliseo para consolidar su programa nacional y la proyección de Europa en el ruedo internacional.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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