Voces

viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 18:31

Bourdieu

/ 16 de mayo de 2022 / 01:05

Para hablar de un autor se puede partir con su fecha de nacimiento, sus libros más importantes, o por el concepto o categoría que caracteriza su obra. Pierre Bourdieu nació en Denguin (Francia) el 1 de agosto de 1930, no es un dato menor pues nos revela que no era parisino y su lengua materna no era el francés. Decimos «era» pues murió en 2002. Escribió muchos libros importantes, depende del interés de sus lectores. Para mí, el conjunto de artículos reunidos en libros como Cuestiones de sociología, Cosas dichas, Meditaciones pascalianas, Razones prácticas y Poder, derecho y clases sociales, son sus mejores libros, pero su gran obra se titula La distinción, criterio y bases sociales del gusto, aunque para otros tal vez sea La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza, escrito en co-autoría con Jean Claude Passeron. Continuando con el concepto o categoría que caracteriza la obra de Bourdieu, podríamos quedarnos con habitus.

Habitus es una categoría sociológica que se refiere al conjunto de modos de ver, sentir y actuar que, aunque parezcan naturales, son sociales, es decir, están moldeados por las estructuras sociales, se aprenden y se aprehenden. El habitus aparece como la mediación entre las condiciones objetivas y los comportamientos individuales. Hablar de habitus es colocar lo personal como colectivo.

Bourdieu lo concibe como “la interiorización de la exterioridad y la exteriorización de la interioridad” o también como “sistemas de disposiciones duraderas, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes”. Esta manera de referirse al habitus como estructuras estructuradas y como estructuras estructurantes a la vez, es tal vez, la manera más clara de explicarlo, en tanto Bourdieu nos está diciendo que el habitus se aprende, al participar de un determinado campo y en consecuencia se trata de una estructura (exterior) estructurada (interior) y que desde ese interior (estructura estructurada) el agente se encarga de reproducir con su práctica el conjunto de relaciones sociales, solo entonces el habitus funciona como estructura estructurante. Es decir, el habitus es una subjetividad socializada.

El ejemplo más claro es el del jugador de fútbol. Un futbolista aprehende las reglas del campo y las interioriza, ya no decide sus acciones de forma racional, sino por medio de su habitus, por ejemplo, no tiene que preguntarse si puede o no levantar la pelota con las manos, simplemente se comporta con su habitus. Los deportistas llaman a esto «sentido del juego».

El habitus no es solo un término de investigación sociológica, sino una categoría para comprender por qué un sujeto, pese a rechazar constantemente un determinado comportamiento, puede terminar siendo parte de él.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Giovanni Tarello

/ 13 de junio de 2022 / 02:07

Giovanni Tarello fue un jurista italiano, fundador de la llamada Escuela de Génova que hoy reúne a muchos juristas y filósofos del Derecho. Decir que Tarello fue jurista puede parecer una declaración obvia, pero como señala Riccardo Guastini, uno de los estudiosos y continuadores de su obra, es también una provocación, pues Tarello es más conocido como un filósofo del derecho que como un abogado. Sin embargo, su concepción de la filosofía y del derecho no han dejado de ser controversiales. Veamos.

Tarello considera que la filosofía escindida de cualquier otra disciplina es un discurso insustancial, es una filosofía privada de objeto; y señala que las filosofías deben ser practicadas y enseñadas únicamente por estudiosos de una u otra ciencia y no por “bellas almas melancólicas” privadas de la necesaria preparación técnica y práctica de la disciplina sobre la cual pretenden hacer filosofía. Así, la filosofía del derecho debe ser practicada solo por juristas.

Respecto al derecho, Tarello sostenía que era necesario distinguir entre un enunciado normativo —entendido como un conjunto de palabras que encontramos en el texto de una ley— y la norma. Decía, que entre el enunciado normativo y la norma se encuentra la interpretación, que nos da la norma. Dicho de otro modo, si entendemos por norma el significado de un enunciado normativo, no se podría decir que las normas “tienen” un significado, por la obvia y lógica razón de que las normas no son otra cosa que un significado —resultado de una interpretación que la realiza, obviamente, un intérprete a partir de un enunciado normativo—. Desde este punto de vista, Tarello sostiene que “la norma no precede como un dato al proceso interpretativo, sino que lo sigue como su producto”. Y aún Tarello sostiene algo un poco más controversial: que los enunciados normativos pueden ser interpretados de muchas maneras y en consecuencia tener en potencia muchas normas. Para Tarello, la interpretación no supone dar con el significado que se escondía en el enunciado, sino significa decidir la atribución de un determinado significado a un determinado enunciado, esto tiene consecuencias políticas que Tarello considera que es mejor asumirlas que justificar que los juristas, y en particular los jueces, son almas bellas privadas de sus contingencias. Tarello considera que es preferible que los operadores de justicia realicen elecciones políticas a la vista de los resultados prácticos y deseados, pero a la vez exige a la academia combatir la politización de los jueces a partir de una especie de crítica ideológica del derecho de los jueces.

Gran parte de los debates contemporáneos de la interpretación y la argumentación jurídica le deben mucho a Tarello, un jurista italiano que llevó el realismo a la reflexión del derecho.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Populismo punitivo

/ 30 de mayo de 2022 / 00:24

Loïc Wacquant, alumno y colaborador de Pierre Bourdieu, en una conferencia en Argentina señalaba que en muchos países latinoamericanos que no han desarrollado un sistema penal judicial racional, tratar de resolver problemas sociales con la Policía, los tribunales y las cárceles equivale a establecer una dictadura, pues usar la prisión como mero depósito de presuntos criminales sirve solamente como una especie de teatro moral que los políticos utilizan para ocultar el hecho de que no están haciendo nada para solucionar el problema de raíz, es decir, para salvaguardar la responsabilidad política que les cabe por el problema y para simular que están haciendo algo.

Con esta declaración Wacquant se acercaba a pensadores como David Pratt, David Garland y Raúl Zaffaroni que acuñaron, en distintos momentos, la categoría de populismo punitivo para referirse a las prácticas políticas que se despliegan en respuesta a la criminología mediática, proyectada en los periódicos, noticieros y en las redes sociales, que decantan en vulneraciones complejas al debido proceso y al uso irracional de la detención preventiva. En el fondo estas prácticas políticas de encarcelamiento masivo tienen como finalidad evitar la pérdida de legitimidad del poder político a través de la puesta en escena del teatro moral momentáneo, como refiere Wacquant, que pueda mostrar, así sea en los titulares de los medios, que la justicia funciona, pese a que se vulneren los mismos derechos y garantías que suponen la existencia de una justicia real y oportuna.

Es claro que esta criminología mediática responde al alto rating que dan las noticias en las que se seleccionan ilícitos y víctimas a las que se les da una mayor cobertura y que terminan creando la percepción de una demanda social para que el gobierno de turno actúe bajo una aparente justicia y castigue.

Para algunos de los pensadores referidos, este populismo punitivo se basa en cierta compulsión placentera de castigar, propia de sociedades inquisitivas que, paradójicamente, levantan alguna bandera moral de turno. Mediante la práctica del castigo a lo tonto, es decir a cualquier sujeto que se convierte en el receptáculo del mal de moda que hay que acabar, se ocultan los problemas sociales más complejos que los influencers de turno no terminan de entender y consideran que la respuesta es el linchamiento mediático.

La respuesta frente a esta criminología mediática es retomar, desde una política criminal crítica, el fundamento de que las decisiones del sistema de justicia deben estar basadas en principios sustantivos de derechos humanos y no así en criterios mediáticos y políticos. Cualquier sociedad en la que el populismo punitivo sea el día a día de la justicia, está demandando una reforma de justicia urgente y necesaria.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Liberalismo del miedo

/ 2 de mayo de 2022 / 00:09

Frente a la pregunta de quién debería gobernar, el pensamiento liberal responde con otra pregunta: ¿Cómo se podría organizar instituciones políticas de modo que los gobernantes malos e incompetentes no hagan daño? Esta pregunta sitúa al pensamiento liberal bajo la preocupación del abuso de poder y del maltrato al débil, que ha inspirado la materialización del constitucionalismo. Muchos principios constitucionales como in dubio pro reo, in dubio pro operario, res judicata, favor debilis, favor debitoris o nula poena sine lege, estructuran una cierta asimetría originaria de la actividad política en la que se defiende al débil y muestran claramente la base y esencia del llamado “liberalismo del miedo”: los derechos e instituciones para hacer frente a los poderosos.

Pensadores liberales clásicos como Locke, Montesquieu, Kant o John Stuart Mill, o contemporáneos como Rawls o Dworkin presentan su preocupación respecto a que la base de la vida política en sociedad es la pugna entre débiles y poderosos; y una de las soluciones posibles a esta lucha se encuentra en los límites institucionales para contener el abuso. Incluso el constitucionalista neopositivista italiano Luigi Ferrajoli ha caracterizado a los derechos fundamentales como la ley del más débil, es decir, como las garantías de las minorías frente al abuso que puedan llevar a cabo las mayorías. Sin embargo, ha sido la profesora lituana, nacionalizada norteamericana, llamada Judith Shklar, quien ha desarrollado la base teórica de este “liberalismo del miedo”.

Shklar vivió los desplazamientos humanos de la Segunda Guerra Mundial. Tuvo que huir, junto a su familia de Letonia a Suecia, Japón, Canadá y finalmente se asentó en Estados Unidos, donde estudió, consiguió su doctorado y se convirtió en la primera mujer presidenta de la asociación de ciencia política de Estados Unidos. La tesis central de Shklar radica en que los gobernantes son propensos al abuso y obviamente cuando lo llevan a cabo, no lo hacen a los poderosos, sino a los débiles. El liberalismo, que busca limitar el ejercicio abusivo del poder, debe estructurar su pensamiento en el temor, es decir, en el miedo respecto a estos abusos. Entonces, todo aquel que desee llamarse liberal, debe estar preocupado en la protección al débil.

Para Shklar, la preocupación por los derechos de Locke, la separación y división de poderes de Montesquieu, el tomar al ser humano como un fin y no como medio de Kant, el liberalismo del desarrollo personal de Mill, o la justicia como la primera virtud de las instituciones básica de una sociedad de Rawls, no son sino herramientas para proteger al débil. Y esa es la lucha liberal, más que preocuparse por quiénes deberían ser nuestros gobernantes, preocuparse por fortalecer las instituciones.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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El gran complot

/ 4 de abril de 2022 / 01:16

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en un breve ensayo titulado Lacan contra el complot de la CIA, narra una situación cómica, pero a la vez trágica, que ejemplifica en esencia lo que podríamos llamar «la puesta en práctica de un gran complot».

En plena guerra fría el director de contrainteligencia de la CIA, James Jesús Angleton, se dio la tarea de desenterrar topos o agentes encubiertos en los altos niveles de la CIA. Al director Angleton le metieron en la cabeza que la agencia de inteligencia rusa —KGB— estaba llevando a cabo una confabulación gigantesca urdida bajo la premisa de introducir una organización dentro de la misma organización cuyo objetivo era destruir la organización. Si en la CIA era posible introducir un conjunto de agentes encubiertos, la KGB podría controlar a la CIA, de esta manera se empezaría a destruir la red de inteligencia de occidente. Angleton era paranoico, y al parecer, un adicto a las teorías de la conspiración, entonces se tomó en serio la existencia de esta confabulación y empezó a separar de la CIA a todos los que alguna vez fueron dobles agentes de la CIA en la KGB, pero que obviamente trabajaban para la CIA, luego continuó con aquellos que le parecían sospechosos y continuó con los que le parecían algo sospechosos. El resultado fue que a comienzos de los años 70 la CIA empezó a paralizarse por completo, pues todos eran sospechosos de participar en un gran complot de la KGB.

Clare Petty, uno de los oficiales de más alto rango y mano derecha de Angleton, llevó la paranoia al extremo, al punto de preguntarse si el mismo Angleton no era el topo, pues efectivamente se había paralizado exitosamente a la CIA, y un hilo de desconfianza empezaba a desmoronarla.

El gran complot de la KGB, entonces, era real, y consistía en el mismo proceso de poner en juego la idea de un gran complot y de esa manera ir destruyendo lentamente a la CIA. El gran complot era la creencia en el gran complot, y sí, claro que sí, existía un topo dentro de la CIA y era el mismo Angleton, solo que parece que él no lo sabía.

Zizek nos dice que en el caso del gran complot «el engaño reside en nuestro error de no incluir en la lista de sospechosos la propia idea de sospecha (generalizada)». Obviamente, el gran complot no funciona si no tenemos dentro de la organización a un incondicional fan de las teorías de la conspiración, que crea en todo momento de que alguien está conspirando, o de que alguna fuerza extraña y oscura está presente.

Muchas fuerzas, movimientos y partidos políticos pueden paralizarse y hasta resquebrajarse, con la puesta en práctica del gran complot, solo se precisa que en la organización se introduzca la desconfianza y se elija a algunos líderes paranoicos asesorados por fanáticos de las teorías de la conspiración. 

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Accidentes normales

/ 21 de marzo de 2022 / 00:36

En 1979 explotó el reactor nuclear de Pensilvania, el mayor accidente nuclear de la historia de Estados Unidos y el tercero en envergadura, después de Chernóbil (ex URSS) y Fukushima (Japón). Ante este evento desastroso, el sociólogo Charles Perrow acuñó la categoría de accidentes normales. Para Perrow, “los sistemas modernos están compuestos de innumerables partes y piezas, todas las cuales se interrelacionan de tantos modos que es imposible preverlos todos”. En consecuencia, las tecnologías que implican alto riesgo hacen previsible e inevitable acontecimientos disruptivos de gran envergadura como la explosión de Three Mile Island en Pensilvania.

Los accidentes normales, también llamados por Perrow accidentes sistémicos, no son en sí normales porque sean la norma, sino porque son inherentes a un sistema complejo. “La muerte es lo normal de los mortales —dice Perrow— y solo morimos una vez. Los accidentes sistémicos son infrecuentes, raros incluso, pero eso no es en absoluto tranquilizador cuando pueden provocar catástrofes”. Dicho de otro modo, estos accidentes no son producto de un error humano, de un sabotaje o de un comportamiento negligente, sino que son previsibles porque existen en potencia, en virtualidad, en la productividad misma del sistema, pese a que humanamente intentemos que no sucedan sucederán.

Con la categoría de accidentes normales de Perrow se abre una nueva época que el filósofo Peter Sloterdijk ha calificado de tecnoceno, como una declinación del llamado antropoceno. En el antropoceno el ser humano fue capaz de afectar de modo material el planeta, en particular a momento de liberar la energía nuclear. En el tecnoceno el despliegue técnico ha desplazado el rol central del ser humano, y éste se ha convertido en efecto colateral de lo que la tecnología y su despliegue sistémico puede realizar, por ello los accidentes normales son previsibles, pero imposibles de controlar.

Ahora, junto con el despliegue tecnológico, se encuentra el desarrollo en el mundo de un complejo sistema capitalista, el cual también está compuesto de innumerables partes y piezas, que se pueden interrelacionar de tan diversos modos posibles que es imposible prever todos sus efectos, haciendo inevitable que algunas combinaciones de fracasos menores acaben ascendiendo a algo catastrófico. Jason Moore señala que junto al tecnoceno hay un capitalceno, que ha desplazado el rol del ser humano, haciéndolo solo una parte que recibe los efectos perversos del sistema sin que pueda intervenir en él.

Así, las crisis económicas, las guerras e incluso la pandemia del coronavirus, son parte de estos accidentes normales de la nueva escala abierta por el tecnoceno y el capitalceno. Tal vez allí encontremos las respuestas a lo que hoy nos preocupa en el mundo.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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