Voces

viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 19:14

Educación pospandemia

/ 16 de mayo de 2022 / 01:10

Lo último que pensaba escribir al reflexionar sobre el noble tema de la columna, era el repudio al uso de los estudiantes como carne de cañón para los apetitos de poder de las dirigencias universitarias. Ningún título póstumo, ni homenaje es pertinente a estas alturas de lo ocurrido en Potosí. Justicia es lo que buscan las familias de las jóvenes que murieron en las instalaciones de la universidad potosina, y justicia es lo que el país les debe.

¿En qué condiciones están desarrollando sus estudios los y las jóvenes que sufrieron dos años de suspensión de clases presenciales?

Un reciente informe del BID (¿Cómo reconstruir la educación pospandemia?), nos alerta, entre varios otros elementos, lo siguiente: que en América Latina, 166 millones de jóvenes perdieron aproximadamente 237 días de clases debido a la pandemia; que 35 millones de alumnos abandonaron sus estudios y que la brecha de aprendizaje entre alumnos pobres versus alumnos con recursos económicos es de 2,5 años.

Otros impactos se refieren al deterioro de la salud mental ocasionado por el aislamiento, la sensación de inseguridad y el empeoramiento de las condiciones de accesos al mercado de trabajo.

Estos impactos habrá que medirlos en nuestro país, pero más allá de las cifras, lo cierto es que la tendencia es que las brechas educativas entre colegios públicos y privados, entre campo y ciudad, entre hombres y mujeres, se han ensanchado durante la pandemia. Un estudio en profundidad ayudaría a dar más detalles sobre el fenómeno y tal vez a diseñar mecanismos precisos para tratar de revertir la situación.

La adolescencia, que es la etapa de la vida que se inicia luego de los 10 años y acaba alrededor de los 25, es una etapa a la vez delicada y llena de oportunidades: es el momento clave para el apoyo en el desarrollo de habilidades cognitivas y socioemocionales. Se requiere dedicar atención y recursos para tal fin.

Si se logra una buena intervención, los resultados individuales y sociales se potencian. De lo contrario, los resultados individuales y sociales se deterioran.

Entonces, ¿qué opciones tenemos? El estudio del BID señala varias líneas de acción; entre ellas gastar más y mejor en educación, reabrir los centros educativos —cosa que se logró en Bolivia en parte gracias a la presión de madres y padres de familia—.

Otra opción identificada en el informe del BID, apunta al aprovechamiento de la inversión que se hizo para las clases virtuales. El acceso y la colectividad son claves, pero solo tienen impacto cuando están acompañados de contenidos de calidad, pautas de acceso y formación de los profesores.

El Internet nos da la posibilidad de ir más allá de la oferta de las universidades locales. Cursos más o menos formales, que van desde costo cero a los varios miles de dólares, abundan en la web.

¿Hasta qué punto esta oferta actual y potencial está siendo utilizada en Bolivia? ¿Existe posibilidad de que jóvenes del país se conecten con un mercado laboral virtual con otro tipo de oportunidades gracias al desarrollo de nuevas habilidades y destrezas adquiridas por medios no convencionales? ¿Qué tan dinámico es el propio mercado laboral nacional para absorber este nuevo tipo de talento humano?

Sería interesante contar con análisis y datos sobre estas tendencias, junto con el desarrollo de lineamientos que nos den pautas para superar las inequidades que se pueden generar en estos procesos.

Las nuevas competencias que se desarrollan al margen del sistema educativo boliviano impactarán (tarde o temprano) en nuestro mercado laboral. Community managers, científicos de datos y programadores ya tienen demanda en nuestro entorno. Parece ser un buen momento para actualizar y agilizar nuestro sistema.

Pablo Rossell Arce es economista.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El valor (económico) de las creencias colectivas

/ 13 de junio de 2022 / 02:17

Qué tal si le damos una vuelta a la idea de que nuestra prosperidad depende (al menos) parcialmente de nuestros pensamientos colectivos. El sentido común imperante es una masa gelatinosa llena de frases comunes, creencias colectivas, verdades compartidas, prejuicios populares y todo un conjunto de ideas repetidas colectivamente hasta que se hacen carne. La cultura, pues.

Es aquello que hace que un hincha de la selección boliviana que vive en Porvenir sienta, efectivamente sienta, una opresión en el pecho cada vez que el equipo de sus amores pierde un partido (con una constancia digna de mejor propósito). Ese mismo y descorazonado hincha se siente tan boliviano como aquella joven que vive en Villazón y ambos comparten emociones similares al ver la bandera, el mapa, al cantar el himno.

Boliviano (o boliviana) que se respeta debería poder concluir mentalmente estas frases (mantras) sin necesidad de pensarlas: El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo… Viva mi patria Bolivia, una… Bo-bo-bo-li-li-li…

Ya Anderson nos contaba las mil y una formas en las que una nación era una comunidad imaginada. La abstracción mental mediante la cual una persona se siente parte de la misma patria que otra persona no es nada más ni nada menos que el uso creativo de nuestras facultades mentales para situarnos dentro del mismo mapa y creernos parte de la misma colectividad a lo largo de los 1.098.541 kilómetros cuadrados de nuestro territorio, máxime si no existe ninguna presencia de las fuerzas de seguridad del Estado, que están llamadas a convencernos a la mala de qué lado de la frontera tenemos que estar.

De la misma forma en la que nuestras facultades mentales nos permiten construir la abstracción de un país en la cabeza, pueden determinar (al menos parcialmente) fenómenos económicos de gran magnitud. La importancia de las historias económicas como fuente de explicación de los fenómenos en el área fue escudriñada en 2019 por Robert Shiller en su libro Narrativas Económicas.

Shiller nos cuenta que, más allá de lo que quieran mostrarnos con números y estadísticas, todos los fenómenos económicos —todos— son fruto de decisiones humanas, no del aleatorio movimiento de una cantidad creciente de variables que se mueven al son de “elegantes” modelos econométricos.

Picos y crisis en las bolsas de valores pueden —según Shiller— encontrar explicaciones en las “historias populares” —argumentos cortos, “sensatos” y repetidos colectivamente (como mantras)—.

El ejemplo del Bitcoin, nos dice Shiller, es ilustrativo para entender este fenómeno. La idea del Bitcoin fue introducida por un misterioso personaje (¿colectivo?) bajo el nombre de Satoshi Nakamoto en 2008. Estructurado como un complejo conjunto de fórmulas matemáticas, tuvo un gran impacto y logró una aceptación creciente de individuos y, desde hace algunos años, grandes fondos financieros, e individuos que están invirtiendo dinero en lo que los fans de la criptomoneda llaman “el dinero del futuro”.

En los hechos, nos recuerda Shiller, hay muy poca gente que entienda toda la lógica matemática detrás del Bitcoin. La creciente aceptación y el valor de su capitalización de mercado está esencialmente basada en su confiabilidad, que a su vez es producto de la penetración de la creencia colectiva de ser “el dinero del futuro” y de ser una moneda “totalmente descentralizada”. La valuación de mercado del Bitcoin, décima en el mundo, supera a la de Meta (Facebook), Samsung y Coca-Cola.

En Bolivia, siempre hemos repetido la idea del mendigo sentado sobre una silla de oro. Hasta donde yo sé, nadie ha intentado contarnos una historia alternativa… Qué se yo, la de una ingeniera sentada sobre una silla de oro o algo así. Al menos la ingeniera tendría un par de ideas de qué hacer con su tesoro.

Gracias al hecho de proceder de una familia transdepartamental, tuve la ocasión de conocer con alguna profundidad las particularidades culturales que distinguen a La Paz y a Santa Cruz. Debo decir que, en gran parte, la historia de que el paceño te dice que “está bien nomás” cuando está nadando en plata, mientras que el camba pregona prosperidad aunque su apalancamiento esté en el borde de lo insostenible, es bastante frecuente. Sin negar que existen muchos casos que contradicen ese sentido común, los patrones de comportamiento (cultura) son bien marcados.

Al salir de una crisis, puede que sea hasta saludable ver el futuro con optimismo, como dijo la casera de un puesto de las 7 calles al ser preguntada por mi madre acerca del impacto de la pandemia en su negocio: “Santa Cruz se levanta rápido”.

Pablo Rossell Arce es economista.

Comparte y opina:

El presente y el futuro del trabajo

/ 30 de mayo de 2022 / 00:43

Prácticamente toda acción humana que pretende modificar el entorno natural puede ser catalogada como una aplicación de tecnología, empezando por el básico encendido del fuego, que ningún otro animal puede realizar en la naturaleza y muy pocos humanos tienen las competencias para lograrlo sin el concurso de encendedores ni fósforos.

Es pertinente aclarar estos detalles para quienes creen que la tecnología se reduce al internet, los smartphones y las apps.

Desde el inicio de la revolución industrial, la introducción de tecnología en los procesos productivos ha sido motivo de preocupación social, especialmente en la población trabajadora. Los luditas de la primera revolución industrial saboteaban con violencia la aparición de nueva maquinaria multiplicadora de la productividad porque la percibían como ahorradora de puestos de trabajo. La historia demostró que la realidad tenía muchos más matices.

Con el arrollador avance de la informática y las Tecnologías de la Información y Comunicación, una nueva preocupación se ha instalado en la mente de las y los estudiosos del empleo, que se preguntan cómo va a modificarse la demanda laboral (vale decir, la necesidad que tienen los empresarios de contratar trabajadores/ as) en la medida en la que se incorpora más tecnología de nueva generación para la producción de todo tipo de bienes y servicios.

Un interesante artículo del último número de la revista de la CEPAL, escrito por Ignacio Apella y Gonzalo Zunino, muestra las tendencias del empleo en América Latina en relación a la introducción de nuevas tecnologías, bajo la hipótesis de que la introducción de nuevas tecnologías genera dos grupos en la población trabajadora: uno, altamente calificado, bien pagado, productivo e intensivo en tareas cognitivas, y el otro, con baja cualificación, ingresos bajos y altamente intensivo en tareas manuales rutinarias.

En el medio, queda el grupo de trabajadores con cualificaciones medias y especializados en tareas manuales no rutinarias.

La teoría dice que los dos primeros grupos tienden a tener mayor demanda y el tercero, tiene la tendencia a reducirse en la proporción total del empleo.

Apella y Zunino señalan que esta tendencia está presente en América Latina, pero con matices: Bolivia presenta ligeros aumentos en el empleo intensivo en actividades manuales rutinarias y República Dominicana disminuye el empleo en actividades intensivas en conocimiento.

El contexto económico mundial que fue consecuencia de la pandemia multiplicó los usos de las tecnologías de última generación y los ejemplos forman una larguísima lista, desde la vigilancia de la población contagiada hasta la multiplicación de plataformas de delivery.

Hoy en día, la frontera tecnológica está en la inteligencia artificial. Pese a estar recién en las fases iniciales de su desarrollo, cualquiera con conexión a internet puede encontrar aplicaciones gratuitas para realizar transcripciones, captura de datos, dibujos animados, marketing, escritura de ensayos y hasta diseño.

Por otro lado, se han abierto decenas de opciones para que jóvenes con habilidades y destrezas digitales se inserten en un mercado de trabajo global, siempre y cuando tengan la curiosidad y las ganas de explorar. Cientos de historias de gente que aprende nuevos oficios mediante herramientas virtuales de aprendizaje lo corroboran.

Por supuesto, la primera condición indispensable es tener curiosidad y ganas de explorar. La segunda condición es contar con una conexión de internet medianamente decente. La tercera condición es tener un nivel mínimo de lectoescritura y razonamiento matemático. Este tercer elemento brilla por su ausencia en el sistema educativo boliviano, gracias a las condiciones —también sistémicas— de gobernabilidad entre sindicatos de maestros y Gobierno. Los últimos acontecimientos de la cúpula del CEUB son una vitrina de la situación de la educación superior en el país.

Afortunadamente, se han multiplicado las oportunidades que existen en internet: un puñado de destacados profesores han volcado una encomiable vocación de servicio en el desarrollo de contenidos educativos —especialmente en matemáticas— en varios canales de YouTube, entre los que resaltan, por el capricho de mi particular algoritmo de búsqueda: Cristian Apaza, el profe Marco Bolivia y el profe Santiago Velasquez (según el nombre de sus respectivos canales).

Para quienes buscan educación técnica existen cientos de opciones con cursos cortos de profesionalización, muchos de ellos gratuitos y con opción a un certificado oficial. Por su lado, Google ha desarrollado un portal de formación en materias que van desde el marketing digital hasta el desarrollo de apps móviles, pasando por comercio electrónico, computación en la nube y decenas de otros cursos.

Con esto, vemos un tímido inicio de un amplio abanico de oportunidades de desarrollo profesional, potencialmente más inclusivo en el futuro.

Pablo Rossell Arce es economista.

Comparte y opina:

Nuevos problemas, nuevas preguntas

/ 2 de mayo de 2022 / 00:14

Le atribuyen a Einsten una frase que va más o menos así: para resolver un problema se necesita un estado mental distinto al que provocó el problema. Mi cita no es textual, pero más allá de la exactitud, lo que me interesa resaltar es que cuando tenemos problemas (crisis) como la que el mundo está viviendo en este momento, tener un nuevo enfoque mental puede hacer toda la diferencia para superar el embrollo y lograr un nuevo equilibrio.

Creo que estamos en un momento de abandono paulatino de las viejas certezas, pero el nuevo esquema mental para entender el mundo post-COVID que viene, está aún en estado embrionario. Como no hay certezas, hay preguntas.

El total de exportaciones en 2021 fue de $us 10.936 millones, de los cuales, 2.530 millones corresponden a oro metálico (mientras que las exportaciones de gas natural sumaron 2,233 millones). Los exportadores de oro (ni de ningún otro producto que no sea hidrocarburos) no tienen la obligación de entregar sus dólares al Banco Central. Calculo que una proporción importante de los dólares que ingresan por esa exportación seguramente irán a financiar las importaciones de maquinaria e insumos para el mismo sector, otro tanto circulará en la economía y financiará importaciones legales e ilegales de bienes duraderos y bienes de consumo inmediato. Pero hay una parte de esas divisas que queda en la economía, en lo que los economistas bolivianos denominamos el “Colchón Bank”.

Sería interesante conocer cuál es esa proporción, cuánto de eso se invierte —por ejemplo— en esquemas de estafa piramidal que ofrecen ganancias rápidas y qué tipo de instrumentos financieros más seguros y novedosos, de alguna manera más formales, podrían captar por lo menos una parte de esos dólares.

En otro orden de cosas, la guerra en Ucrania ha disparado los precios de los hidrocarburos al cielo; en lo que va del mes, el promedio ha estado alrededor de los $us 100 el barril y el gas ruso no solo se cotiza más caro para los consumidores europeos, sino que los importadores deben pagarle a Rusia en rublos. Mientras tanto, es la China que se ha convertido en el socio estratégico para absorber las exportaciones de gas y petróleo de Rusia.

Este es solo uno de los síntomas de un proceso que se venía gestando muy lentamente desde antes de la pandemia: seguimos viviendo en un mundo globalizado, pero ahora los intercambios comerciales regionales están empezando a ganar más fuerza, al mismo tiempo que se asumen ciertas restricciones al libre comercio de bienes y servicios en ciertas áreas geográficas —el mejor ejemplo, en su momento, fue el debate geopolítico acerca del 5G y hasta qué punto los europeos y estadounidenses limitaban el tendido de redes 5G de empresas chinas en sus territorios—.

Si unimos esta tendencia —que la guerra de Ucrania ha hecho más intensa— con los riesgos que los mercados financieros ven en la inflación estadounidense y su posible desenlace recesivo, se explican los movimientos de algunas economías (todavía no las más pesadas del mundo) para diversificar la composición de sus reservas internacionales y darle un poco más de peso al yuan chino. Esto está sucediendo con Israel y Brasil, actualmente.

Las noticias económicas internacionales dan señales cada vez más frecuentes de las conversaciones entre Arabia Saudita y China para pagar el petróleo en yuanes.

Por otro lado, actualmente el bitcoin es el noveno instrumento financiero del mundo en valor de mercado, superando a Facebook (Meta), a las transnacionales VISA, Mastercard, Shell, McDonald’s, IBM y otros titanes. Si bien el bitcoin no es corrientemente usado como medio de pago excepto en El Salvador, es legal poseer la criptomoneda como activo financiero en Europa y Estados Unidos. Con un abanico de detractores y otro de defensores, el bitcoin es hoy en día un elemento tan grande en el mercado financiero que no se puede esperar que desaparezca —salvo catástrofe imprevista. Y se usa en un conjunto de transacciones. ¿Llegará la casera de la esquina a aceptar bitcoins como pago por nuestras compras? El tiempo lo dirá.

Si bien es un tiempo de crisis, también es un tiempo para dar vuelta nuestras convicciones, analizar qué alternativas de salida puede haber para una economía mundial que será cada vez más un conjunto de economías regionales y cómo nos podemos preparar para los cambios que se vienen y que van a afectar la manera en que usamos y conocemos el dinero.

Pablo Rossell Arce es economista.

Comparte y opina:

Hacia un cártel del litio (¿…?)

/ 18 de abril de 2022 / 01:25

Bolivia, Argentina y Chile ocupan —en ese orden— los tres primeros lugares en reservas mundiales de litio. El litio se considera el mineral del futuro gracias a su utilidad para la fabricación de baterías para automóviles eléctricos, que son la promesa hacia un mundo más verde y menos contaminante.

El litio es, ahora mismo, un mineral geoestratégico. Y como tal, la gestión de su explotación e industrialización plantea una enorme oportunidad de generación de riqueza para quienes controlen los eslabones críticos de esa cadena de producción.

Desde el punto de vista de los tres principales poseedores de reservas, parece tener todo el sentido del mundo organizar un cártel estilo OPEP, pero del litio. Como en todo, hay argumentos a favor y argumentos en contra. Spoiler: este columnista está a favor.

El negocio global del litio es una maraña compleja de actores; en este momento, China controla la mayor parte del downstream, o sea, de la producción de artículos de uso final de litio. En el mundo entero, las metas de incremento de carros eléctricos se están expandiendo y los plazos para lograr esas metas, que hace algunos años parecían “razonables”, hoy se convierten en fatales.

Entre Bolivia, Argentina y Chile —el triángulo sudamericano del litio— concentran, según estimaciones, el 63% de las reservas mundiales de litio. Se prevé que la demanda del mineral se multiplicará por 42 veces hasta 2050, de 200.000 TM hasta 84 millones de TM.

Los países del triángulo del litio actualmente tienen gobiernos con importantes coincidencias ideológicas y, paralelamente, sostienen relaciones amistosas con China. La idea de un cártel ya la había planteado Argentina en 2011, pensando en una alianza formal que regule los precios y cantidades en función principalmente de la maximización de ganancias de los involucrados, habida cuenta del poder de mercado que los países compradores pueden adquirir.

La idea de un cártel todavía está en gestación; hasta la fecha, lo más que hay son declaraciones de intenciones que se deslizan de cuando en cuando a la prensa, pero sin visos de un mayor desarrollo. En la coyuntura actual, coinciden elementos conducentes a la germinación de la idea.

Por otro lado, convengamos en que la voluntad política no es suficiente. Un cártel es difícil de gestionar, requiere ingeniería técnica y política del muy alto nivel para lograr acuerdos duraderos y firmes para el establecimiento de cuotas y otras restricciones de mercado; en un entorno tan dinámico como el de ahora, la tentación de hacer trampa es grande.

Por otro lado, tener reservas grandes, muy grandes, enormes o inmensas no es sinónimo de poder: Australia, que ocupa el 5º lugar en reservas, tiene el primer lugar en producción; Chile, con el tercer lugar en reservas, ocupa el segundo lugar en producción; y Argentina, con el segundo lugar en reservas, ocupa el cuarto lugar en producción.

El esquema de gobernabilidad, los tipos de acuerdos con el capital transnacional y la participación del Estado en el negocio son elementos que deben ser ampliamente discutidos para operar un cártel. Si bien las coincidencias ideológicas actuales entre los tres gobiernos pueden facilitar las conversaciones, todavía no estamos en condiciones de lograr consensos finales.

Pese a todos los elementos en contra, si un cártel es bien manejado, puede generar interesantes beneficios que se consoliden en el mediano y largo plazos. En conclusión, se requiere desarrollar una capacidad de articulación, negociación y coordinación muy sofisticada y que se sostenga en el largo plazo — vale decir, una institucionalidad muy sólida.

En otro orden de cosas, se debe considerar que se trata de un mercado recién en evolución, así que la acumulación de conocimiento superespecializado es crítica.

En tercer lugar, si —como preveo inicialmente— las modalidades de gobernanza sectorial van a tener un nivel de heterogeneidad, la capacidad de negociación y coordinación que se debe desarrollar es de un nivel muy alto.

Superar los obstáculos que se presenten hacia el logro de un cártel —bien manejado— vale el esfuerzo en un contexto de fuerzas de negociación desiguales entre productores y consumidores. Yo creo que se puede.

Pablo Rossell Arce es economista.

Comparte y opina:

Comercio minorista y pagos electrónicos

/ 4 de abril de 2022 / 01:13

El comercio basado en plataformas de internet llegó para quedarse. El CEO de Facebook lo sabía y por eso creó Marketplace, que es hoy en día una de las herramientas de comercio más usadas en Bolivia. Nuestra población participa con entusiasmo y esperanza de todas las modalidades de comercio presentes hoy en día: las consumidoras más sofisticadas compran e-books, se suscriben a plataformas de streaming y descargan software aprovechando las bondades de las plataformas de comercio electrónico de las transnacionales más reconocidas.

Por su lado, desarrolladores bolivianos fundaron Yaigo y una empresa venezolana internacionalizó aquel emprendimiento. Si Ud. tiene una fiesta y quiere aprovisionarse de trago, puede hacer su compra desde la comodidad de su sala de estar y pagar desde su celular. El omnipresente Marketplace de Facebook nos ha salvado a más de uno cuando necesitábamos algún insumo casero y el pago por QR es una tendencia creciente, que dentro de poco estará disponible para facilitar la vida a quienes tienen que hacer trámites en oficinas estatales.

Esta tendencia a la reconfiguración del comercio muestra signos muy marcados de heterogeneidad entre regiones: mientras en La Paz la penetración es escasa y tímida, dejando todavía un amplio margen al uso de efectivo, en Santa Cruz el uso del QR se está extendiendo y no es extraño que se use para transacciones tan simples como comprar fruta de la casera del mercado.

Esta heterogeneidad está marcada por la cultura en ambas regiones; dos elementos que se me ocurre que son importantes tienen que ver con la manera en que los actores del mercado se autoperciben frente a los instrumentos de pagos electrónicos y la banca, así como la percepción que tienen de la banca y de su relación con los funcionarios de banco —finalmente, se necesita una cuenta de ahorros para hacer la transacción—.

Y acá aprovecho para hacer un apunte: en una columna anterior, ya me referí a la migración que Santa Cruz recibe de empresas collas y de familias de la élite económica de La Paz. Pero también hay un interesante flujo migratorio de familias trabajadoras, que en muchos casos son aymaras/quechuas de origen urbano. Estamos hablando de gente que está totalmente predispuesta al cambio y a asumir los riesgos de vivir en un entorno completamente distinto al que nacieron y, por tanto, tienen una alta predisposición a adoptar innovaciones. Solo por eso, la llegada de inmigrantes constituye un gran aporte.

Pero la modernización, el cambio y la adopción de nuevas culturas viene también de la mano de la demografía: hace un par de semanas tuve el gusto de asistir a una breve obra de teatro representada por un brillante elenco de jóvenes de Coroico, en el marco de un evento de la Fundación Internet Bolivia, acerca del tema de protección de datos personales.

La obra en cuestión fue lo más sofisticado que he visto en años. Los y las jóvenes de Coroico nos metieron en el ambiente sin más recursos que un telón de fondo, un par de ropas y accesorios, “teléfonos” de latas con hilos y cartulinas con los logos de sus redes sociales favoritas, y nos mostraron las experiencias cotidianas de su uso para los grupos o subgrupos sociales, el comercio, la calidad y las restricciones de acceso al internet y —con un enfoque de seguridad— los riesgos de estafas. Para los fines de mis argumentos, me quedo con dos mensajes: 1) a pesar de que en las ciudades intermedias el acceso puede ser limitado, la cultura de uso es la misma que en cualquier ciudad populosa; 2) las innovaciones en el uso de las plataformas de internet están siendo rápidamente adoptadas por los y las jóvenes.

Con todo lo conservadora que puede ser la cultura del occidente del país, la modernización tiene un amplio margen para avanzar —principalmente, de la mano de las nuevas generaciones—. Las innovaciones que las plataformas de internet promueven disminuyen una serie de costos de transacción en el comercio y abren oportunidades para nuevas modalidades de modos de vida. Paralelamente, se intensifica el uso de medios de pago electrónicos, con las particularidades que el contexto boliviano imprime.

El microcrédito, la última innovación financiera que adoptó Bolivia, data ya de hace tres décadas. ¿Será que ya es tiempo de dar el siguiente salto de innovación en finanzas generando un modelo bolivianizado de comercio electrónico? ¿Y qué solución podemos dar para quienes por cuestiones de edad no adoptan las modalidades digitales de pagos y de comercio? No hay nada que inventar, seguro que si miramos las experiencias de otras latitudes podremos tener las respuestas a éstas y otras preguntas que surjan en este camino.

Pablo Rossell Arce es economista.

Comparte y opina:

Últimas Noticias