Voces

viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 17:44

Educación y desigualdad

/ 16 de mayo de 2022 / 01:14

El presidente Joe Biden dice que está analizando detenidamente el alivio de la deuda de los estudiantes, lo que probablemente significa que se avecina un alivio significativo. Por un lado, Biden prometió alivio durante la campaña de 2020. Por otro lado, es una prioridad progresista que puede abordar mediante una acción ejecutiva, lo cual es importante dada la extrema dificultad de obtener algo a través de un Senado dividido en partes iguales.

¿Cuánto alivio ofrecerá? No tengo ni idea. ¿Cuánto alivio debería ofrecer? Estoy a favor de ir tan grande como lo permitan las realidades políticas, pero entiendo que una condonación de deuda demasiado generosa podría producir una reacción violenta. Y no tengo confianza en saber dónde se debe trazar la línea.

Lo que creo que sé es que gran parte de la reacción violenta a las propuestas para el alivio de la deuda de los estudiantes se basa en una premisa falsa: la creencia de que los estadounidenses que han ido a la universidad son, en general, miembros de la élite económica. La falsedad de esta proposición es obvia para aquellos que fueron explotados por instituciones depredadoras con fines de lucro que los alentaron a endeudarse para obtener credenciales más o menos inútiles.

Lo mismo se aplica a aquellos que asumieron una deuda educativa pero nunca lograron obtener un título, no un grupo pequeño. De hecho, alrededor del 40% de los deudores de préstamos estudiantiles nunca terminan su educación. Pero incluso entre aquellos que lo logran, un título universitario difícilmente es una garantía de éxito económico. Y no estoy seguro de cuán ampliamente se entiende esa realidad.

Lo que se entiende ampliamente es que Estados Unidos se ha convertido en una sociedad mucho más desigual en los últimos 40 años más o menos. Sin embargo, la naturaleza de la creciente desigualdad no es tan conocida. Sigo encontrándome con personas aparentemente bien informadas que creen que principalmente estamos viendo una brecha cada vez mayor entre los que tienen educación universitaria y todos los demás. Esta historia tenía algo de verdad en las décadas de 1980 y 1990, aunque incluso entonces no tuvo en cuenta las enormes ganancias de ingresos en la parte superior de la distribución: el aumento del 1% y aún más entre el 0,01%.

Sin embargo, desde 2000, la mayoría de los graduados universitarios han visto estancarse o incluso disminuir sus ingresos reales. El Instituto de Política Económica tuvo un análisis muy útil de estos datos justo antes de la pandemia. Entre 1979 y 2000, hubo una coincidencia aproximada entre el crecimiento en una medida de la desigualdad general (la brecha entre los salarios en el percentil 95 y los del trabajador medio) y su estimación de la prima salarial promedio para los trabajadores con educación universitaria. Sin embargo, desde 2000, la desigualdad salarial ha seguido aumentando, mientras que la prima universitaria apenas ha cambiado. Además, no todos los graduados universitarios han tenido la misma experiencia. A algunos les ha ido bastante bien, pero muchos no han visto ganancias en absoluto.

Ahora, los estadounidenses en el percentil 95 no se consideran ricos, porque seguramente no lo son, en comparación con los directores ejecutivos, los financistas de fondos de cobertura, etc. No obstante, han visto ganancias sustanciales.

Por otro lado, el típico graduado universitario, que es, recuérdelo, alguien que lo logró y recibió un título acreditado, no lo ha hecho. Entonces, así es como lo veo: gran parte de la deuda estudiantil que pesa sobre millones de estadounidenses se puede atribuir a falsas promesas. Algunas de estas promesas fueron estafas puras y simples; piensa en la Universidad Trump.

Sin embargo, incluso aquellos que no fueron engañados por completo, fueron atraídos por mensajes de élite que les aseguraban que un título universitario era un boleto para el éxito financiero. Demasiados no se dieron cuenta de que las circunstancias de su vida podrían hacer que sea imposible terminar su educación: es difícil para los estadounidenses acomodados de clase media alta darse cuenta de lo difícil que puede ser permanecer en la escuela para los jóvenes de familias más pobres con ingresos inestables.

Muchos de los que lograron terminar descubrieron que las recompensas financieras eran mucho menores de lo que esperaban. Y demasiados de los que fueron víctimas de estas falsas promesas terminaron cargados con grandes deudas.

Por supuesto, hay muchos estadounidenses que han sufrido el aumento de la desigualdad. No diría que los deudores universitarios son mayores víctimas que, digamos, los camioneros que han visto caer sus salarios reales o familias atrapadas en áreas rurales en declive y pequeños pueblos. Y deberíamos estar ayudando a todas estas personas.

Desafortunadamente, la mayoría de las cosas que podríamos y deberíamos hacer por los estadounidenses necesitados, como extender el crédito fiscal ampliado por hijos, no se pueden hacer frente a 50 senadores republicanos, más Joe Manchin. El alivio de la deuda de los estudiantes, por el contrario, es algo que Biden puede hacer. Así que debería.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Bezos, Musk y otros millonarios, a la derecha

/ 30 de mayo de 2022 / 00:47

Los sultanes de Silicon Valley están de mal humor político y algunos multimillonarios repentinamente se han puesto en contra de los demócratas. No es solo Elon Musk; otras personalidades destacadas, entre ellas Jeff Bezos, han hablado muy mal del gobierno de Joe Biden.

Cabe destacar la peculiaridad del momento en que algunos aristócratas de la industria tecnológica han decidido dar este giro a la derecha, en vista de la situación actual de la política estadounidense. Es cierto que algunos intereses económicos reales están en juego. Los demócratas propusieron nuevos impuestos aplicables a los ricos, y el presidente estadounidense, Joe Biden, ha designado a funcionarios conocidos por ser defensores de una política antimonopolio mucho más estricta. También es cierto que las acciones tecnológicas han bajado muchísimo de valor en meses recientes, lo que ha reducido en el papel la riqueza de magnates como Musk y Bezos.

En este momento, sin embargo, estas políticas parecen ser una posibilidad vaga. Sin embargo, lo que el dinero no siempre puede comprar es la admiración. Y resulta que es justo en esta área donde los titanes tecnológicos han sufrido pérdidas tremendas.

Permítanme hablar de teorías aburridas por un minuto. Por lo menos desde que se dio a conocer el trabajo de Max Weber hace un siglo, los sociólogos están conscientes de que la desigualdad social tiene varias dimensiones. Como mínimo, necesitamos distinguir entre la jerarquía del dinero, que les da a algunas personas una porción desmedida de la riqueza de la sociedad, y la jerarquía del prestigio, que les otorga a algunas personas un respeto especial y las hace objeto de admiración.

Las personas pueden ocupar lugares muy distintos en estas jerarquías. Las leyendas deportivas, las estrellas pop, los “influentes” de las redes sociales y, aunque no lo crean, los ganadores del Nobel, en general tienen una buena situación financiera, pero sin duda su riqueza es desdeñable en comparación con las grandes fortunas que vemos en la actualidad. En cambio, si bien los multimillonarios infunden reverencia entre aquellos que dependen de su generosidad, que incluso puede rayar en servilismo, muy pocos son figuras conocidas por el público en general, y todavía menos tienen grupos comprometidos de fanáticos.

Aunque ésta es la regla general, la élite tecnológica lo tenía todo. Sheryl Sandberg, de Facebook, por un tiempo fue un icono feminista. Musk tiene millones de seguidores en Twitter, muchos de los cuales son seres humanos reales y no bots, y en general han sido defensores fervientes de Tesla.

Su problema es que ahora han perdido el brillo. Las redes sociales, que en cierta época se consideraban una fuerza en favor de la libertad, ahora se consideran portadoras de desinformación. Por su parte, el propagandismo de Tesla se ha visto afectado por noticias sobre combustiones espontáneas y accidentes con el piloto automático. Los magnates del sector tecnológico todavía poseen una riqueza inmensa, pero el público —al igual que el Gobierno— ya no los tiene en el pedestal que solían ocupar. Y eso los está volviendo locos.

Por desgracia, la mezquindad plutocrática sí importa. El dinero no puede comprar admiración, pero sí puede comprar poder político; es desalentador que parte de este poder se despliegue en representación de un Partido Republicano que cada vez cae más en el autoritarismo.

Me atrevería a decir que el giro hacia la derecha de algunos multimillonarios del sector tecnológico es, además, totalmente bobo.

Es verdad que los oligarcas pueden hacerse muy ricos con autócratas como Viktor Orbán o Vladimir Putin, quien era profundamente admirado entre gran parte de la derecha estadounidense hasta que comenzó a perder su guerra en Ucrania.

Pero en estos días, para su desgracia y según varias fuentes, los oligarcas rusos están aterrados. Porque hasta la mayor riqueza ofrece poca protección contra el comportamiento errático y el deseo de venganza de los líderes que no tienen el menor respeto por el Estado de derecho.

Tampoco es que espere que personajes como Musk o Ellison aprendan algo de esta experiencia. Los ricos no se parecen nada a ti ni a mí: por lo regular, están rodeados de personas que les dicen lo que quieren oír.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La confrontación política llega a Disney

/ 2 de mayo de 2022 / 00:20

Hasta hace poco, la confrontación entre Disney y el estado de Florida podría haber parecido inconcebible. Los ataques de los republicanos de Florida contra el gigante del entretenimiento afectarán, probablemente mucho, a la economía del estado; implican un repentino bandazo hacia la intolerancia en un país que parecía cada vez más tolerante, y las acusaciones contra Disney son, en pocas palabras, delirantes.

Pero lo que está ocurriendo en Florida tiene lógica cuando advertimos que lo que están haciendo el gobernador Ron DeSantis y sus aliados no tiene nada que ver con políticas públicas y ni siquiera con la política en el sentido convencional. Más bien, lo que estamos atestiguando son síntomas de la transformación que ha tenido el Partido Republicano de ser un partido político normal a un movimiento radical construido en torno a teorías conspirativas e intimidación.

Disney World está en un “distrito especial” de más de 10.000 hectáreas dentro del cual, pese a estar pagando impuestos locales sobre la propiedad, la empresa proporciona servicios públicos básicos. Sin embargo, DeSantis promulgó una ley que elimina ese distrito, lo cual pondría en problemas a los contribuyentes locales, a quienes, al parecer, se les cargaría una deuda de más de $us 1.000 millones. Además de emplear a una gran cantidad de personas, este centro turístico atrae a millones de visitantes cada año. No obstante, todo esto quedó en riesgo cuando Florida aprobó su proyecto de ley “No digas gay”, el cual no solo restringía lo que las escuelas pueden decir sobre la identidad de género, sino que limitaba muchísimo sus facultades para orientar a los alumnos atribulados sin que sus padres lo autorizaran y daba pie a que los padres presentaran demandas por transgresiones a unas reglas poco definidas.

Disney no se pronunció acerca de esta ley mientras intentaban que se aprobara con rapidez. Pero una empresa del entretenimiento cuyo negocio depende en parte de su imagen pública, no puede parecer que va demasiado en contra de las costumbres sociales predominantes. Además, la sociedad estadounidense, en general, se ha vuelto mucho más abierta que antes en lo que respecta a la comunidad LGBTQ: la aprobación del matrimonio igualitario aumentó del 17%, en 1996, al 70% el año pasado. Ya muy tarde —tras la aprobación del proyecto de ley—, el director general de Disney finalmente hizo declaraciones de que la empresa estaba en contra. La respuesta de los republicanos ha sido muy radical; pero estos días siempre lo es.

Hace no mucho tiempo, se habría considerado inaceptable usar el poder del gobierno para imponerles sanciones económicas a las empresas por expresar opiniones políticas que no son de su agrado. De hecho, hasta podría ser inconstitucional. Pero el ataque a Disney ha ido mucho más allá de las represalias financieras: de pronto, Mickey Mouse es parte de una extensa conspiración. La vicegobernadora de Florida acusó a Disney en Newsmax de “adoctrinar” y “sexualizar a los niños” con su “plan no secreto”.

 Si esto les parece demencial —que lo es— también es con mayor frecuencia la norma de los republicanos. No creo que los informes políticos estén al día de qué tanto el Partido Republicano se ha “qanonizado”. Como señalé el otro día, casi la mitad de los republicanos creen que “demócratas importantes están involucrados en redes de tráfico sexual infantil de élite”. Esta cifra es todavía más impactante: el 66% de los republicanos creen en la “teoría del gran reemplazo” y aceptan, en su totalidad o en parte, la afirmación de que “el Partido Demócrata está intentando reemplazar al electorado actual con electores de países más pobres de todo el mundo”.

Con esta mentalidad, es lógico que los políticos republicanos ambiciosos promuevan políticas diseñadas para la paranoia de las bases y acusar a cualquiera que se oponga a estas políticas de ser parte de una conspiración perversa.

Además, las inusitadas características de los ataques contra Disney no solo alimentan la locura de las bases del Partido Republicano; lo absurdo de los ataques también es un mensaje intimidatorio para el mundo empresarial. Lo que, de hecho, dice es: “Sin importar cómo gestiones tu negocio o lo inofensivo que sea tu comportamiento, si criticas nuestras acciones o de alguna manera no demuestras lealtad a nuestra causa hallaremos algún modo de castigarte”.

Así que el conflicto con Disney es en realidad el síntoma de un acontecimiento mucho más profundo e inquietante: la qanonización y orbanización de uno de los partidos políticos más importantes de Estados Unidos, lo cual pone en peligro nuestra democracia.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El dominio del dólar

/ 23 de abril de 2022 / 23:45

¿Está el dólar estadounidense a punto de perder su papel dominante especial en el sistema financiero mundial? La gente me ha estado haciendo esa pregunta durante toda mi carrera profesional. En serio: publiqué mi primer artículo sobre el tema en 1980. Mucho ha cambiado en el mundo desde que escribí ese artículo, en particular, la creación del euro y el surgimiento de China. Sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma: probablemente no. Por diferentes razones ( fragmentación política en Europa, capricho autocrático en China), ni el euro ni el yuan son una alternativa plausible al dólar. Además, incluso si el dominio del dólar se erosiona, no importará mucho.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de dominio del dólar? Los economistas tradicionalmente asignan tres roles al dinero. Es un medio de intercambio; es una reserva de valor; y es una “unidad de cuenta”. El dólar es especial porque juega un papel desproporcionado en los negocios internacionales. Es el medio de intercambio entre monedas; es una reserva global de valor; y es una unidad de cuenta internacional.

Entonces, ¿qué podría desalojar al dólar de su posición especial? No hace mucho tiempo, el euro parecía una alternativa plausible: la economía de Europa es enorme, al igual que sus mercados financieros. Como resultado, muchas personas fuera de Europa tienen activos en euros y, cuando venden a Europa, fijan los precios en euros. Pero una de las ventajas restantes de EEUU es el tamaño de nuestro mercado de bonos y la liquidez (la facilidad de comprar o vender) que proporciona ese mercado. Hasta la crisis de la deuda soberana de 2009, Europa parecía tener un mercado de bonos comparablemente grande, ya que los eurobonos emitidos por diferentes gobiernos parecían intercambiables y todos pagaban aproximadamente la misma tasa de interés. Sin embargo, desde entonces, los temores de impago han provocado que los rendimientos diverjan. Esto significa que ya no existe un mercado de eurobonos: hay un mercado alemán, un mercado italiano, etc., ninguno de ellos comparable en escala con el mercado estadounidense.

¿Qué pasa con China? China es un gran jugador en el comercio mundial, lo que podría pensar que haría que la gente quisiera tener una gran cantidad de activos en yuanes. Pero también es una autocracia con propensión a políticas erráticas, como lo demuestra su actual rechazo a las vacunas occidentales contra el COVID-19 y su continua adherencia a una estrategia insostenible de cierres desastrosos. ¿Quién quiere exponer su riqueza a los caprichos de un dictador? Y sí, hasta cierto punto, EEUU ha convertido al dólar en un arma contra el presidente Vladimir Putin de Rusia. Pero ese no es el tipo de acción que podemos esperar que se convierta en un lugar común.

Entonces, en general, el dominio del dólar todavía parece bastante seguro, es decir, a menos que Estados Unidos también termine siendo dirigido por un autócrata errático, lo que me temo parece una posibilidad real en un futuro no muy lejano. Pero aquí está la cosa: incluso si me equivoco y el dólar pierde su dominio, no haría mucha diferencia. Después de todo, ¿qué gana EEUU con el rol especial del dólar?

A menudo leo afirmaciones de que la capacidad de Estados Unidos para imponer dólares recién impresos al resto del mundo le permite tener déficits comerciales persistentes.

EEUU puede pedir prestado un poco más barato, gracias al papel especial del dólar, y obtenemos lo que equivale a un préstamo sin interés de todas las personas que tienen dólares, en su mayoría billetes de $us 100, fuera del país. Pero estas son ventajas triviales para una economía de $us 24 billones.

Entonces, ¿está en riesgo el dominio mundial del dólar? Probablemente no. Y la verdad es que realmente no importa.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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¿El comercio ayuda a la paz? No siempre

/ 16 de abril de 2022 / 00:49

El 12 de abril de 1861, la artillería rebelde abrió fuego contra Fort Sumter, y así comenzó la Guerra de Secesión de Estados Unidos. Al final, la guerra se convirtió en una catástrofe para el sur, que perdió a más de una quinta parte de sus jóvenes. Pero ¿por qué los secesionistas, del sur confederado, creían que podrían ganar?

Una de las razones es que creían que estaban en posesión de un arma económica poderosa. La economía del Reino Unido, la principal potencia mundial en ese momento, dependía profundamente del algodón del sur, y pensaron que cortar ese suministro obligaría al Reino Unido a intervenir del lado de la Confederación. De hecho, la Guerra de Secesión provocó al inicio una “hambruna de algodón” que dejó sin trabajo a miles de británicos. Pero el Reino Unido, como se sabe, se mantuvo neutral, en parte porque los trabajadores británicos interpretaron la Guerra de Secesión como una cruzada moral contra la esclavitud y apoyaron la causa de la Unión, formada por los Estados del norte, a pesar de tener que padecer sus consecuencias.

¿Por qué contar esta vieja historia? Porque tiene una relevancia evidente para la invasión rusa de Ucrania. Parece bastante claro que Vladimir Putin vio la dependencia de Europa —y de Alemania en particular— del gas natural ruso de la misma manera en la que los propietarios de personas esclavizadas vieron la dependencia del Reino Unido al Rey Algodón: una forma de dependencia económica que obligaría a las naciones a consentir sus ambiciones militares.

Y no estaba del todo mal. La semana pasada señaló a Alemania por no estar dispuesta a hacer sacrificios económicos por el bien de la libertad de Ucrania. No olvidemos tampoco que, en el preludio de la guerra, la respuesta de Alemania a los llamados de ayuda militar de Ucrania también fue patética. El Reino Unido y Estados Unidos se apresuraron a proporcionar armas letales, incluidos cientos de misiles antitanque que fueron determinantes para resistir el ataque de Rusia a Kiev. Alemania ofreció y tardó en entregar… 5.000 cascos.

Y no es difícil especular que si, por ejemplo, Donald Trump todavía fuera presidente de Estados Unidos, la apuesta de Putin de que el comercio internacional sería una fuerza de coerción, no de paz, habría sido validada.

Si creen que estoy tratando de ayudar a avergonzar a Alemania para que sea un mejor defensor de la democracia, tienen razón. Pero también estoy tratando de elaborar un argumento más hondo sobre la relación entre la globalización y la guerra, que no es tan simple como muchas personas creen.

Entre las élites occidentales existe la vieja idea de que el comercio es bueno para la paz y viceversa. Y las raíces de la vulnerabilidad actual de Alemania se remontan a la década de 1960, cuando el gobierno de Alemania Occidental comenzó a aplicar la Ostpolitik —“política del Este”—, con la que buscaba normalizar las relaciones, incluidas las económicas, con la Unión Soviética, con la esperanza de que una integración cada vez mayor con Occidente fortaleciera a la sociedad civil y encaminaría al Este a la democracia. El gas ruso comenzó a llegar a Alemania en 1973.

Entonces, ¿el comercio promueve la paz y la libertad? Sin duda lo hace en algunos casos. En otros, sin embargo, los gobernantes autoritarios más preocupados por el poder que por la prosperidad pueden ver la integración económica con otras naciones como una licencia para portarse mal, asumiendo que las democracias que tienen un sólido interés financiero en sus regímenes se harán de la vista gorda ante sus abusos de poder. No hablo solo de Rusia. Mientras Viktor Orbán ha desmantelado sistemáticamente la democracia liberal en Hungría, la Unión Europea se ha mantenido al margen durante años.

Luego está la gran interrogante: China. ¿Xi Jinping ve la estrecha integración de China con la economía mundial como una razón para evitar emprender políticas aventureras —como la invasión de Taiwán— o como una razón para esperar que Occidente responda con sutileza? Nadie lo sabe.

Ahora bien, no estoy sugiriendo un regreso al proteccionismo. Estoy sugiriendo que las preocupaciones de seguridad nacional sobre el comercio (preocupaciones reales, no versiones absurdas como cuando Trump invocaba la seguridad nacional como razón para aranceles al aluminio canadiense) deben tomarse más en serio de lo que yo, entre otros, solía creer.

Sin embargo, de manera más inmediata, las naciones respetuosas de la ley deben demostrar que no se dejarán disuadir para defender la libertad. Los autócratas pueden creer que la exposición financiera a sus regímenes autoritarios provocará que las democracias teman defender sus valores. Tenemos que demostrar que están equivocados.

Y lo que eso significa en la práctica es que Europa debe moverse con rapidez para eliminar las importaciones de petróleo y gas rusos y que Occidente necesita ayudar a Ucrania con las armas que necesita, no solo para mantener a Putin a raya, sino para lograr una victoria clara. Lo que está en juego es mucho más grande que solo Ucrania.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El curioso caso del rublo

/ 10 de abril de 2022 / 02:31

Ha pasado más de un mes desde que, según los informes, las fuerzas de Vladimir Putin pensaron que podrían capturar Kiev, Ucrania, en 48 a 72 horas. Muchos informes noticiosos describen la invasión rusa como «estancada», pero según leo los análisis detallados, eso no es del todo correcto. Las fuerzas ucranianas están contraatacando y, en muchos lugares, Rusia parece estar perdiendo terreno.

Sin embargo, una cosa que Rusia ha logrado defender con bastante eficacia es el valor de su moneda. El rublo se desplomó en los días posteriores a la invasión de Ucrania, pero desde entonces ha recuperado casi todas sus pérdidas. ¿Cómo sucedió eso y qué significa? Una cosa que vale la pena señalar es que los funcionarios económicos de Rusia parecen ser más competentes que sus generales. Elvira Nabiullina, la gobernadora del Banco Central de Rusia, un papel equivalente al de Jerome Powell en la Reserva Federal, es especialmente bien vista por sus pares en el extranjero.

Según los informes, Nabiullina intentó renunciar después de que comenzó la invasión, pero Putin no la dejó irse. Por poco dispuesta que estuviera a permanecer en su trabajo, Nabiullina y sus colegas hicieron todo lo posible para defender el rublo. Elevaron la tasa de interés clave, más o menos equivalente a la tasa de fondos federales en los Estados Unidos, del 9,5% al 20%, para inducir a las personas a mantener sus fondos en Rusia.

También impusieron amplios controles para evitar la fuga de capitales: los rusos se han enfrentado a restricciones para mover su dinero a sus cuentas bancarias extranjeras, se ha prohibido a los inversores extranjeros salir de las acciones rusas y más. Pero hay un misterio aquí.

No, no es sorprendente ver que el rublo se recupere con medidas tan drásticas. La pregunta es por qué Rusia está dispuesta a defender su moneda a expensas de todos los demás objetivos.

Después de todo, las medidas draconianas tomadas para estabilizar el rublo probablemente profundizarán lo que ya parece una depresión en la economía real de Rusia, provocada por sanciones sorprendentemente amplias y efectivas impuestas por el mundo libre (creo que podemos resucitar ese término, ¿no?), en respuesta a su agresión militar.

Ahora, una excursión a la teoría económica.

Una de las proposiciones clásicas de la economía internacional se conoce como la “trinidad imposible”. La idea es que hay tres cosas que un país podría desear de su moneda. Podría querer estabilidad en el valor de la moneda en términos de otras monedas, por ejemplo, un valor estable del rublo en dólares o euros, para crear una mayor certeza para las empresas. Es posible que desee la libre circulación de fondos a través de sus fronteras, nuevamente para facilitar los negocios.

Y podría querer conservar la libertad de acción monetaria: la capacidad de reducir las tasas de interés para combatir las recesiones o aumentarlas para combatir la inflación.

Entonces, ¿qué es lo desconcertante de Rusia? Normalmente, un país puede elegir dos de las tres patas de la trinidad; Rusia ha decidido tomar solo una. Ha impuesto severos controles de capital, pero también ha sacrificado la independencia monetaria, elevando drásticamente las tasas de interés frente a una recesión inminente. En efecto, Rusia está adoptando un enfoque de cinturón y tiradores para defender el rublo, y esto aparentemente ha tomado prioridad sobre todos los demás objetivos económicos. ¿Por qué? Permítanme ofrecer una especulación, con la clara condición de que es solo una especulación, no basada en ninguna evidencia directa. Mi conjetura es que el valor del rublo se ha convertido en un objetivo crucial no tanto porque sea muy importante sino porque es muy claramente visible.

Supongamos que, como parece muy probable, Rusia ve un gran aumento de la inflación y una caída del producto interno bruto en los próximos meses. ¿Admitirá el gobierno de Putin que estas cosas malas están sucediendo? Muy posiblemente no. Los regímenes autoritarios a menudo tratan de suprimir los datos económicos desfavorables.

Si la economía de Rusia se deteriora tanto como la mayoría espera en un futuro cercano, parece muy probable que los medios amordazados de la nación simplemente nieguen que algo malo esté sucediendo. Sin embargo, una cosa que no podían negar sería un rublo drásticamente depreciado. Así que defender el rublo, sin importar la economía real, tiene sentido como estrategia de propaganda.

Otro pensamiento: entre las personas que podrían no ser conscientes del deterioro de las condiciones económicas rusas, mientras el rublo mantenga su valor, podría estar el propio Putin. La inteligencia estadounidense afirma que los asesores militares de Putin han tenido miedo de decirle lo mal que va la guerra.

¿Hay alguna razón para creer que sus asesores económicos serán más valientes? Entonces, la defensa del rublo por parte de Rusia, aunque impresionante, no es una señal de que el régimen de Putin esté manejando bien la política económica. Refleja, en cambio, una elección extraña de prioridades y en realidad puede ser una señal más de la disfunción política de Rusia

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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