Voces

viernes 27 may 2022 | Actualizado a 14:16

La designación de autoridades en dos tiempos

/ 19 de mayo de 2022 / 01:49

Empiezo por puntualizar algo que me parece importante, en el país no es que no exista institucionalidad. De hecho, tenemos instituciones, muchas y bastante positivas para el fortalecimiento de la democracia. En realidad, lo que tenemos al frente es una falla estructural en el funcionamiento de estas instituciones; es decir, antes que pensar en la llegada de un informe ampuloso y detallado de consultoría de creación o fortalecimiento institucional, nuestra mirada tiene que ir apuntando a las formas y mecanismos que tenemos los bolivianos de relacionarnos entre nosotros y revisando las actitudes que pudiéramos tener respecto de lo político.

Entonces, en la parte del cómo hacemos funcionar las instituciones es que se encuentra la designación de los titulares en los cargos públicos, que al parecer comenzamos a ver que la clase política se planteó como tarea para llevar a cabo, empezando por la Defensoría del Pueblo. Al respecto, identifico dos momentos importantes: el momento democrático y el momento meritocrático.

El momento democrático es el primero y tuvo como fin iniciar con la convocatoria y recibir las diferentes postulaciones que llegaron, lo llamo momento democrático porque salvo las restricciones constitucionales que existen, por lo demás cualquier ciudadano podía presentarse.

En el caso de las candidaturas a la Defensoría del Pueblo, en este momento sobresalieron más aquellas postulaciones que eran vistas como polémicas, que más parecían chistes de mal gusto por su nivel de compromiso partidista o parcializado con un sector activista, que poder encontrar candidaturas que nos atraigan porque prometían elevar la vara como en el principio de los tiempos defensoriales.

Pasamos de ahí al momento meritocrático, este momento está caracterizado por la evaluación de las candidaturas presentadas; por si acaso cuando uno se refiere a lo meritocrático, lo entendemos como algo integral, en el caso de la Defensoría entrarían muy probablemente también características de valores ético-morales y de defensa de los derechos humanos. Sumado esto obviamente a la evaluación que se haga en las entrevistas respectivas, algo así como contemplar no solamente la sumatoria de puntajes, también un análisis de las cualidades de los postulantes.

Estos dos momentos, democrático y meritocrático, arrojarían a los mejores perfiles para ser considerados como máximas autoridades que hagan funcionar las instituciones. Sin embargo, nos topamos con que la clase política necesita todavía madurar algo más, porque la regla constitucional es que se los designa, pero por el voto favorable de dos tercios de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

Aquí más que hablar de que las mayorías buscan imponerse a las minorías, o que las minorías trancan todo imponiendo la posibilidad de veto que tienen, creo que es más urgente que miremos en la siguiente línea: una democracia no puede prescindir de la negociación política, pero para que se pueda dar esto es necesario que vaciemos de contenido negativo esa idea y la llenemos con la posibilidad de entender que la negociación política tiene como fin generar cierto consenso, es ahí donde tenemos que llegar porque de lo contrario lo que nos espera pronto es alguien que venga desde fuera del sistema de partidos con gorra sobre la cabeza amenazando con dejar unas cartas que cuenten verdades mediáticamente potables y prestas para llenar plazas en cabildos a cielo abierto.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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No es el masismo, es el evismo

/ 5 de mayo de 2022 / 01:06

En lo que va de estos cinco meses, en el debate político respecto a las organizaciones políticas suena mucho y muy fuerte la situación en la que se encuentra el Movimiento Al Socialismo (MAS). Del resto de opciones políticas, esta semana la discusión se centró en la idea de si hicieron o no una buena gestión pública local y departamental en su primer año de gestión; es decir, un asunto de resultados, no una evaluación política de sus respectivos partidos.

En esa discusión sobre la dinámica del masismo, me interesa introducir una arista más al respecto, antes que adelantarnos a hablar de que el asunto central es el presente y futuro de este partido. En realidad, por qué no pensar más bien en que el asunto central en la disputa es el presente y el futuro de Evo Morales como líder político dentro de ese partido y respecto a su relación con las distintas organizaciones sociales cercanas a este bloque político.

Una de las reuniones que pasaron semanas atrás y de las que se habló mucho fue la que sostuvieron los dirigentes del Pacto de Unidad con el Presidente y Vicepresidente del Estado, con la ausencia de Evo Morales. Cuando revisamos la conformación del Pacto de Unidad nos damos cuenta de que está integrado por las llamadas “trillizas” (CSUTCB, Bartolinas, Interculturales), que cuentan con un papel central en las decisiones del MAS, según sus últimos estatutos aprobados.

Además de las mencionadas, también forman parte del Pacto de Unidad el Conamaq y la CIDOB, que tienen un carácter más anclado en los rasgos culturales en occidente y oriente del país, y no en la dinámica sindical como las otras. Entonces, si el motivo central de la reunión era buscar limar las asperezas que estuvieran existiendo en el MAS y el Gobierno nacional, no se entiende la ausencia de Morales a esta cita.

Sí se entiende esa ausencia, pero en función del personalismo de Evo, no en clave del masismo, porque algunas señales que se observan al respecto tienen que ver con que varios dirigentes sociales relevantes, ante la pregunta de qué lugar ocupa Evo Morales, responden casi siempre lo mismo: un líder histórico dentro del movimiento político. Esta señal invita a ensayar la hipótesis de que en clave presente y futuro, poco a poco se lo intenta ubicar en un plano simbólico dentro de la estantería del masismo.

Como contrapartida, la respuesta de parte de Evo Morales es llevar al terreno de su organización política la estrategia que lleva utilizando hace bastante tiempo: la identificación de enemigos, no de adversarios; así, los neoliberales de antes, hoy son los que se los conoce como traidores del partido y buscadores de su división. Antes de cerrar, no se descarta la posibilidad de que esta disputa de Evo en tiempo presente y futuro termine por determinar lo que le vaya a ocurrir al MAS, pero por ahora creo que es importante ir separando las aristas en función de los temas de fondo que pasan y no de los deseos que se tengan.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La batalla por las identidades

/ 21 de abril de 2022 / 00:46

A propósito del tema Censo 2022, se ha instalado una discusión que considero no es accesoria, sino principal para el actual clima de percepciones sobre las disputas sensitivas de los debates democráticos contemporáneos.

Sensible discusión porque no se trata de un debate metodológico, sino de una disputa de posición política, especialmente instalada por el antimasismo que busca nutrirse simbólicamente de un tipo de identidad política para alimentarse discursivamente en ausencia de, por ahora, representación política viable y seductora para lo venidero.

Como se trata de una disputa simbólica, defienden primero la idea de querer ser nombrados de alguna forma, no les basta con haberse quedado con la respuesta de las autoridades gubernamentales de que pueden ser los “ningunos”, esa etiqueta no llena sus expectativas porque se trata de instalar algo en oposición a otro algo.

La batalla por las identidades es defendida en estos tiempos muy ligados al discurso de la valoración meritocrática, porque es este el componente que debe de alguna forma “retornar” al poder. Esto sin duda se encuentra muy impregnado de la búsqueda por el reconocimiento y prestigio; y de yapa de una noción aritmética de la democracia, porque quienes se encuentran en la palestra de la discusión por la inclusión del mestizaje en la boleta censal son también quienes creen que constituyen el núcleo de lo que puede ser la “verdadera” identidad nacional.

Por eso el debate sobre el tema identitario no es accesorio, y se torna central. Porque en la medida en que nos asumimos como la identidad mayoritariamente congregada en un espacio territorial, eso nos da la pauta de comportarnos de alguna forma, dotándonos de un propósito y significado, e incluso aumenta la autoestima de quienes la enarbolan.

La política de la identidad es dadora de la creación de enemigos en la política, la idea de los adversarios es anulada, y lo que es más preocupante quizá, creamos a nuestro gusto y medida los enemigos contra los que decidimos enfrentarnos, así “demostramos que lo que más nos importa es la construcción de nuestra identidad. Nos preocupa mucho que se nos etiquete como lo que no creemos que somos” (Dudda, 2019:45), pero sí de aquello sobre lo cual estamos plenamente convencidos que es lo que nos define.

El proyecto nacionalista que puede emerger de esto no es poca cosa, de hecho hoy mismo a partir de estas batallas identitarias se han ido conformando actores políticos que han marcado líneas de regresión de reconocimiento y avance social en los lugares que comenzaron a competir por el objetivo último de demostrar que son la mayoría y que esa regla les brinda la competencia de sobreponerse a los demás; es decir, si no se mezcla identidad con horizonte político, lo único que tendremos como resultado es el movimiento largamente conocido por nosotros a través de la rueda de la venganza histórica.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Un bosque lleno de bonsáis

/ 7 de abril de 2022 / 00:41

En el catálogo botánico de las reflexiones públicas que tenemos en el país, últimamente vemos que se han ido cultivando y cuidando sin medida ni clemencia unos bonsáis coquetos que, de alguna forma, podríamos decir que enarbolan el criterio social de lo que entendemos por renovación. En lugar de árboles frondosos con troncos fuertes y raíces profundas.

¿De qué hablamos entonces? Recuerdo una frase del historiador Tony Judt cuando le preguntaron qué opinaba por ejemplo de intelectuales trending topic como Slavoj Žižek, decía que éste era “famoso” así como Paris Hilton era famosa… por ser famosa. O su también célebre caracterización de las capillas posmodernas en las que se adoran santos cuyos altares van rotando según coyunturas específicas.

Nosotros no somos ajenos a esto, tenemos algunos ejemplos al respecto cuya órbita gira alrededor de la tendencia de los temas coyunturales; quienes nacieron a la vida pública como personajes que jalaban una imagen intelectual con una vara alta de sus inmediatos predecesores.

Por ejemplo, más que representar una obra política que deje un calado memorable en la población como símbolo de reivindicación femenina, o como un político de peso cuya denominación sería recordada hasta el día de hoy, la señorita Sayuri Loza termina aterrizando en varias pistas en las que un denominador común para hacerlo tiene que ser necesariamente el reconocimiento y el prestigio.

Luego, otra veta explotada por otro personaje bonsaico en nuestro contexto es la que se puso a trabajar la hasta ahora célebre Quya Reyna, polemista con las élites políticas y culturales del país, pero cuya obra no termina de pasar por una moda, en la que ya antes sentó un precedente con varios trabajos analíticos publicados por Carlos Macusaya.

En la acera de la composición sociodemográfica distinta a los ejemplos mostrados antes, encontramos a un bonsái bastante activo en prensa escrita, que al leerlo sin conocerlo, a uno le da la impresión de que es un inmortal que sobrevivió en el mundo por más de 100 años cuando menos, porque la solemnidad y los valores que dice profesar no están al alcance de nadie de nuestra época; tanto que le añadió para más placer aristocrático a su apellido la palabra “De”. Junto a éste, en un plano más del activismo político- partidario encontramos también a alguien mal acomodado en su organización política, porque está demasiado al centro de lo que de verdad es, enviando tuits a tres por hora, cuyo mensaje principal es: soy antimasista y represento eso. No es, soy o busco ser la representación de un nuevo ciclo político partidario.

Antes de acabar la columna, pero especialmente antes de empezar a ser denostado en redes, el espíritu de esta columna no es para nada señalar a alguien porque sea del género femenino, tampoco es porque uno no sea respetuoso con las ideas de los demás, menos aún porque me sienta con la autoridad en los cielos como para señalar a nadie. Simplemente es una caracterización a partir de una preocupación por la desmedida importancia que le damos a la coyuntura y la excesiva aceleración queriendo que nuestros árboles intelectuales crezcan y florezcan de una vez por todas, sin reparar en que los árboles frondosos y con raíces profundas toman su tiempo en hacerlo.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La despartidización necesaria

/ 24 de marzo de 2022 / 00:05

Tal parece que este 2022 y el 2023 serán los años de la agenda de la crisis social que llevamos arrastrando en salud, educación y especialmente justicia. Al margen de que cuando hablemos de política todo se refiera exclusivamente a lo que ocurre en el MAS, porque así nomás es, todas las fuerzas políticas restantes no existen ni dan señales de que siquiera estén sufriendo alguna transformación.

Vuelvo entonces a la crisis social, para el caso de la Justicia, está claro que hay dos palabras que ya fueron superadas por la demanda boliviana, éstas son: cumbre y reforma.

La primera, la llamada Cumbre de Justicia, ya está demasiado quemada, porque eso la gente lo traduce como más de lo mismo sin que le resuelva sus problemas concretos; ahondando esa sensación y realidad que el relator García-Sayán dejó como primera observación preliminar: una justicia alejada de la gente.

La segunda, la reforma de la Justicia, tampoco alcanza para sentir que esa acción vaya a resolver algo porque lo que hoy vivimos con la Justicia es tan urgente que por todo lado grita a necesidad de transformación. Es decir, en lugar de realizar una medida progresiva es necesario medidas de shock en los diferentes eslabones que componen el sistema judicial.

No hay que olvidar que en el necesario diagnóstico que llevamos haciendo del sistema judicial, un insumo importante que dejó el relator García-Sayán fue que, de las nueve observaciones, ocho tienen que ver con cosas que al ciudadano de a pie le preocupan que se resuelvan. Por el contrario, solamente una de esas nueve observaciones tiene que ver con la discusión que la clase política tiene respecto a una posible reforma constitucional o las leyes que se pueden ir promulgando.

Por lo tanto, el camino para encarar la transformación de la Justicia —insisto en todos sus eslabones que lo componen— tiene que ser generando una suerte de presión desde fuera del sistema de partidos; por eso en la medida en que la discusión sobre esta temática esté menos contaminada por la discusión partidaria, de si es el oficialismo o la oposición quienes quieren o no hacer algo al respecto, mejor.

Y más bien vayamos hacia un involucramiento progresivo de todos los actores sociales que tienen que ver con el tema. En ese caso, la politización del tema podrá tener el curso que se necesita, que es ir por la vía de la generación de un sentido de corresponsabilidad compartida, muy necesaria para generar lazos de cohesión social que mucha falta nos hace.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La velocidad de la política

/ 21 de octubre de 2021 / 01:36

Por lo visto, los tiempos acelerados que vivimos hoy, en general, no son ajenos a lo que ocurre también con la política. Es decir, el espacio de tiempo que se suponía tenían los gobernantes desde el inicio de sus mandatos hasta que las protestas en su contra se hacían presentes, o como en otros lugares también se llamó la luna de miel gubernamental, este tiempo solía acabarse en promedio a los dos primeros años de gestión.

Sin embargo, en el gobierno del presidente Arce lo que vemos al respecto es que el momento de desgaste y de inicio de protestas se ha adelantado, creo que la explicación al respecto pasa por lo que llevaron haciendo los siguientes tres actores: el Gobierno nacional, los antimasistas por fuera del sistema de partidos, y los aliados organizacionales al MAS.

Un gobierno, cuyo perfil de liderazgo salta a la vista que es completamente distinto a su antecesor, en lugar de llegar a la presidencia y clausurar con ese acto la crisis política que vivimos desde 2019, remozando su discurso en el sentido de que la superación de la pandemia es el paso certero a la recuperación económica, eligió en lugar de esto atrincherarse en la sombra discursiva del perfil político —que no tiene— y desde ahí buscar el ajuste de cuentas políticas con el único objetivo de demostrar que tiene una personalidad política fuerte, lo cual genera más una percepción de debilidad que lo que anda buscando.

El antimasismo que genera más resultados, por lo visto, no es el que está en los actores político-partidarios. La iniciativa de oposición aún se encuentra en la calle y contenida en organizaciones cívicas como la de Santa Cruz y conglomerados de clase media urbana, estos últimos más disminuidos y venidos a menos porque se encuentran entre la desmovilización y el hígado contra el masismo que llevan dentro. Mientras los partidos de oposición están replegados a una derecha radical sin visión estratégica de tomar el centro político.

Pero, la dimensión más preocupante de todas a la hora de sostener que al presidente Arce se le terminó su periodo de gracia es la que se encuentra contenida por grupos y organizaciones sociales afines al MAS, esos aliados que se encuentran en una dinámica constante de negociación de intereses sectoriales. Porque, por ejemplo, es por ellos en última instancia que el gobierno de Arce retrocedió en el tratamiento de normas, porque al final nuestra política nos está demostrando que para saber trabajarla necesitamos de dos herramientas principales: comunicación política y negociación constante con los sectores sociales.

Esas herramientas son las que le faltan al gobierno de Arce. Especialmente en el caso del proyecto de ley contra ganancias ilícitas, la herramienta de la negociación no fue practicada y eso generó una situación inversa en la que ya no son las organizaciones sociales las que piden reunirse con el Ejecutivo, ahora es al revés, y eso ciertamente genera ventaja de posición de éstas frente al Gobierno.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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