Voces

viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 19:10

Paradojas de la sede de gobierno

/ 20 de mayo de 2022 / 01:19

En esta columna me he referido a nuestra condición de sede de gobierno como una razón estructural, dañina y perversa, causante de muchos males en nuestro desarrollo urbano y en los comportamientos de nuestra sociedad. Esta posición es por demás polémica y antagónica. Va en contra de la voluntad popular expresada en la concentración más grande que han conocido esta ciudad y El Alto. Recordemos que el 22 de julio de 2007 se reunieron dos millones de habitantes refrendando la condición paceña de sede del Gobierno boliviano. Por tal razón, expresaré dos reflexiones sobre nuestra condición de sede que se inició a principios del siglo XX. En ese entonces, con mucho optimismo y “el mate lleno de infelices ilusiones”, se invirtió en infraestructura urbana como nunca antes en nuestra historia.

En primer lugar, lo estructural: Nuestro espacio territorial departamental se ha desorganizado. La fuerza imantada de la sede de gobierno absorbe nuestra población departamental menguando la capacidad productiva primaria (agricultura, etc.) de las ciudades intermedias y pequeñas del campo, desconcentrando su población y restando sus recursos. En términos sencillos: “se ha vaciado y abandonado” nuestro campo con una tasa de migración campo-ciudad que hace crecer aceleradamente, sobre todo, la ciudad alteña. Un crecimiento poblacional acompañado de una práctica ocupacional que se puede simplificar en una frase: casi todos trabajamos en dar servicios a la burocracia estatal. No generamos industrias, empleos o empresas, a un ritmo razonable. Para los paceños, y para los que vienen a protestar diariamente a esta ciudad, todo es el papá Estado.

En segundo lugar, en lo educativo-formativo. En estos tiempos de la posverdad la sociedad boliviana consumó el ejercicio, morboso y siniestro, de la política. Una despreciable praxis política que es fomentada por todos nosotros (superemos el odio binario y asumamos nuestras responsabilidades), y es causa de la parálisis cotidiana (marchas, bloqueos, manifestaciones, etc.) de nuestra maltratada y descalabrada ciudad. Pero el problema no termina ahí. Esa praxis —de lo inmediato, de lo ruin, del éxito económico sin esfuerzo intelectual, de hacer chanchadas para trepar—, es proyectada a una población en formación como si fuera una razón de vida. Nuestros jóvenes y niños “aprenden” a diario esa mala práctica porque es aquí, en esta ciudad, donde todos los políticos del país dan muestras cotidianas de sus tenues luces y profundas sombras en los espacios urbanos que les brindamos, cortésmente, todos nosotros. Espacios de una ínclita ciudad que nos ha costado mucho sacrificio.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre el Gran Poder

/ 17 de junio de 2022 / 00:56

Sobre la festividad de la Santísima Trinidad del Señor Jesús del Gran Poder se ha escrito bastante y, como corresponde a un fenómeno social poliédrico, desde muchos ángulos. En mi caso, experimento la entrada desde los años 70 llevado por una pasión oculta: la fotografía. En todo ese tiempo (y casi siempre en la avenida Illampu), la entrada me provoca reflexiones cuando contemplo, absorto y embelesado, la más grande expresión cultural y artística de los Andes. Me permito expresar tres de ellas.

En primer lugar, Gran Poder es un espacio transgresor y provocador. Sin posturas ideológico- políticas y con las armas propias del arte, la festividad quebranta lo establecido con insospechadas manifestaciones. Por ejemplo: el reverendo beso de Barbarella al dictador Banzer. El travesti plantó un ósculo al mismísimo representante de la regresión social y política, y del exacerbado machismo castrense de entonces (confundían el pelo largo con sedición y mariconadas). Este año la entrada subvirtió lo establecido exhibiendo tres fisiculturistas con diminutos taparrabos y exudando testosterona en la fraternidad más sosa de todas: Los Incas. Los hercúleos “incas” (que pronto se casan para desilusión de su fanaticada) provocaron airadas reacciones entre los homofóbicos de hoy y los puristas defensores de la sacrosanta iconografía del pasado indígena. Provocación pura y dura.

Gran Poder es una fiesta desproporcionada para una pequeña ciudad. ¿Cómo es posible semejante despliegue, artístico y cultural, en una ciudad que apenas rasca el millón de habitantes? ¿Cómo puede una pequeña sociedad urbana generar y aglutinar tanta diversidad en danzas, vestimentas, coreografías y música? El carnaval carioca es casi uni-expresivo (samba) y es de una metrópolis de siete millones de habitantes. Aquí, en una ciudad de escasas dimensiones, se reúne la Fiesta Mayor de los Andes para despertar envidia e inspiración en los países vecinos.

Gran Poder es una muestra de grupos sociales disciplinados y organizados con un solo objetivo: la expresión cultural y artística. Sigo preguntando: ¿cómo una ciudad colmada de luchas intestinas puede organizarse para expresar, con alegría y confraternidad, su arte? ¿Cómo una pequeña sociedad empobrecida por interminables luchas políticas puede unirse militantemente alrededor de la cultura? Quizá Gran Poder es la evidencia visible de un ethos que en sus profundidades conserva atavismos festivos que nos mantienen unidos por encima de prácticas políticas heredadas (un conjunto de creencias e ideologías de odio). Por ello, creo que la festividad de Gran Poder une lo que nuestra mente colonizada divide.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia la distopía

/ 3 de junio de 2022 / 02:38

Superpotencias de la Inteligencia Artificial es un libro del taiwanés Kai-Fu Lee que analiza el desarrollo tecnológico de la inteligencia artificial (IA) en diversos escenarios, enfocando su análisis hacia las potencialidades y amenazas que representan esos avances.

Kai-Fu Lee esboza el futuro tecnológico de la humanidad. Y para nosotros ese futuro es de terror. Vamos hacia una distopía donde las diferencias entre los países tecnológicamente desarrollos y los rezagados serán de tal magnitud que no tendremos las mínimas opciones de sentarnos en el banquete global. Los efectos que vaticina Kai-Fu Lee —uno de los mayores expertos del mundo en IA y tecnología digital—, tarde o temprano llegarán a este país “perdido” en el mapamundi y sumido en luchas tribales propias de cazadores-recolectores.

El autor analiza el desarrollo de la IA en dos países que están convirtiéndose en tecno- hegemónicos: Estados Unidos y China, imperios que pronto establecerán un nuevo orden mundial al que nos someteremos sin la necesidad de utilizar sanguinarios regímenes militares, sino con la felicidad que recibimos el último modelo de teléfono celular: anestesiados y embelesados de todo lo que podemos hacer con ese artefacto. Tanto en Silicon Valley como en muchas ciudades de la China, corporaciones de élite están enfrascadas en ganar la batalla por las IA. Los primeros con empresas mundialmente idolatradas (Google, Facebook, Tesla, etc.) y los segundos, con unas ganas inmensas de comerse al mundo, lo que les permitió primero copiar y luego desarrollar diversas plataformas y startups que ahora se cotizan en miles de millones de dólares. Ambos países desarrollan, aceleradamente, el combustible indispensable de la IA: el big data. Y esos datos, ese oro del futuro, todos los humanos los proveemos desde nuestros celulares sin pedir nada a cambio. Es el sometimiento global total que, en sociedades como la nuestra donde el reloj marcha al revés, será fatal. Seremos una categoría sub-humana en el galopante imperialismo tecnológico.

Recomiendo la lectura de este libro para conocer cómo China lleva una revolución tecnológica y cultural (para nada izquierdista o maoísta) que está por desbancar a los gringos. La hicieron sin las consignas políticas ni ancestrales de su historia sino con el esfuerzo académico de sus mentes brillantes (intensísimos estudios en China y en universidades americanas), con una competencia feroz por ser el mejor y con los aportes que brinda su gobierno (una verdadera apuesta financiera). Pero mencionar en Bolivia excelencia académica, régimen de competencia y esfuerzo personal suena “antidemocrático y racista”.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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‘El gran movimiento’

/ 6 de mayo de 2022 / 02:08

Kiro Russo explicó la génesis de su laureada película El gran movimiento con un deseo: hacer una sinfonía de la ciudad para “pensar en el sistema, la colectividad y sus relaciones”. Examinemos la película con ese deseo en la mente y el corazón.

La ciudad de La Paz es el espacio nacional donde las tensiones y contradicciones del sistema capitalista dependiente se manifiestan con particular intensidad. Ese sistema, perverso y astuto, ha configurado una espacialidad urbana densa donde la colectividad se relaciona topográficamente, como en un “pentagrama urbano” donde se superponen notas musicales de múltiples sonoridades culturales que representan los grupos sociales de esta ciudad del delirio.

En el siglo XX, cuando la ciudad no era tan intensa, preparar una película requería los instrumentos clásicos del oficio, y todo el proceso se iniciaba con un guion. Esa manera de realizar un filme no podría representar la actual enajenación urbana. Por ello, Russo compuso su obra de manera diferente. Comenzó por documentar libremente imágenes que después las ubicaría en un “pentagrama visual”, incorporando montaje, sonido y personajes en ritmos aleatorios. Por esa manera de componer cine, El gran movimiento es el triunfo de la visualidad sobre la textualidad, de la imagen sobre la literatura; una literatura que sedujo a los cineastas y artistas del siglo pasado que explotaron —hasta el empacho— el realismo mágico latinoamericano.

La actual sinfonía urbana no deja espacios entre las notas. Es el horror vacui donde las relaciones humanas son todo menos recatadas. Siguiendo esos compases, Russo y Paniagua gozan visualmente de esta ciudad pasando de paisajes urbanos brillantes —de nuestra modernidad caótica y ruidosa—, a los ambientes sórdidos y sombríos de las zonas populares y comerciales donde recalan los personajes más densos de la sociedad. Allí, en la penumbra, Russo concibe el grupo humano más saenziano de la cinematografía boliviana. Y todos en el grupo, incluidas las caseras del mercado o el fantasmagórico perro blanco, se mueven bajo la batuta de Max. Él es el director de la sinfonía urbana que aspiraba Russo. Max Bautista Uchazara no actúa, vive su condición extrema de mago y curandero, haciendo gala de una paceñidad tan solemne como divertida.

Kiro Russo (La Paz, 1984) nos representa en esos personajes entrañables que deambulan por el abigarrado espacio urbano. Así estamos en esta oquedad andina. Una oquedad espacial y social que no penetramos, porque los grandes movimientos urbanos de la sinfonía del nuevo milenio nos zarandean entre la luz andina más intensa y la más profunda oscuridad del ser.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Angina de pecho

/ 22 de abril de 2022 / 01:59

Estudios de lo urbano asocian los problemas de la ciudad con el cuerpo humano. Consideran a la ciudad como un organismo vivo susceptible al análisis de la medicina general para diagnosticar y recetar posibles tratamientos. Con esas analogías es fácil hacerse entender con el gran público, y sobre todo, establecer, en lenguaje coloquial, los males urbanos. Esas técnicas análogas pueden asociar las venas y arterias de un cuerpo con las avenidas y calles de la ciudad (además se pueden encontrar los pulmones, corazón, músculos, nervios de la ciudad). Con esa visión medical, aplicada a lo urbano, podemos reír o llorar con el diagnóstico en la mano, escrito con letra ininteligible.

Como decidimos entregar el suelo urbano a las fuerzas desatadas del mercado, nuestras angostas calles comenzaron a reventar de automóviles generando un dolor persistente en el pecho que llamamos caos urbano. Sentimos que fuimos bombeados con múltiples transfusiones de sangre a un sistema de venas y arterias estrecho que hará colapsar el corazón de nuestro cuerpo urbano. Diría, como esos médicos que hablan al grano y sin anestesia, usted se va a morir de un paro cardiaco irreversible. (Por supuesto, que también como personas, nos estamos matando de a poco. Apoyados en nuestros volantes, viendo todo el año una masa inamovible de autos, minibuses, etc., nuestra pulsación se re-acelera).

Ese complejo cuadro clínico es conocido como EAC. Enfermedades de la arteria coronaria que acontecen cuando las arterias fundamentales, periféricas al corazón, se endurecen y se constriñen con el riesgo de cortar el flujo de sangre. Cuadro gravísimo en organismos sometidos a malas dietas y pésimas costumbres. Y, en la ciudad, las EAC campean. Las pocas avenidas, amplias y fluidas de antaño, se han ido angostando y endureciendo inexorablemente. Primero por malas prácticas vehiculares, y después por el crecimiento irrestricto del parque automotor. Hoy el diagnóstico dice: EAC presente en todas las arterias fundamentales de la ciudad, porque, esa multitud de glóbulos rojos y blancos (minúsculos ciudadanos mal instruidos que están al mando de máquinas destartaladas), apenas fluyen y se detienen donde les da la gana, cerrando las arterias, generando acumulación y endurecimiento de grasas (amontonamiento de esos minúsculos ciudadanos). Esas grasas (insisto: nosotros mismos) detienen el flujo, se amontonan e insultan, se pasan de carril y de semáforo, todo un relajo en una pequeña ciudad de apenas 800.000 habitantes que se amargan la vida a 5 kilómetros por hora. Estamos con una arterioesclerosis urbana múltiple. ¿Tiene cura, doctor?

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Ciudad y cine

/ 8 de abril de 2022 / 01:25

La relación entre la ciudad y el cine es íntima y de larga data. De la unión entre la obra cultural más importante del hombre y el arte urbano por excelencia, germinaron obras cinematográficas de gran valor estético. La primera criatura Lumiére nació con las primeras imágenes en movimiento de una ciudad: Lyon. En ese cortometraje fundacional se retrataba a la clase obrera, urbanitas desplazados, saliendo del equipamiento urbano más sucio y despótico: la fábrica.

La ciudad de La Paz es una marmita cultural que hierve con fuegos dignos de pertenecer a los anales de lo extravagante, y ese perol ha inspirado obras maestras de la cinematografía boliviana: La nación clandestina, Chuquiago y El gran movimiento, por citar las más relevantes. Todas ellas le deben a la potencia de la ciudad mucho de su éxito ético y estético. La Paz, cinematográficamente hablando, es un sujeto/ objeto colmado de narrativas latentes que incitan a su usufructo. No existe en la región latinoamericana otra ciudad con tal carga expresiva, bizarra y delirante. Con esa carga de simbólica urbana y de costumbres míticas puedes inflamar la retina/psique de cualquier espectador para hacerlo levitar sobre la oquedad urbana más loca que conozco.

Nuestra ciudad es extrema en sus dos entidades constituyentes: el ser humano y la naturaleza, ambas extremadamente particulares. La abrumadora proporción de población indígena de La Paz no existe en otra ciudad latinoamericana, y es la marca identitaria de un porvenir sociocultural sin retorno. Esa identidad racial y social nació en el marco natural más alto y montaraz del continente. Son dos entidades que no podían dar más que una ciudad impensada e inesperada hasta el paroxismo. Ese abigarramiento social, acunado en infinitas arrugas gredosas, ha inspirado a nuestros cineastas; ellos pasearon sus cámaras en los pliegues de nuestro ser, en esas honduras de nuestro ethos para mostrar al mundo que existe un pueblo que habita en alturas cerca del sol y de las estrellas.

François Penz formuló dos conceptos (que son recontra paceños) para analizar la relación entre la ciudad y el cine: la geografía creativa y la coherencia topográfica. Con ellos Penz estudia los planos, los montajes y todo el arsenal fílmico que permite estudiar la cinematografía de lo urbano. Sanjinés, Eguino y Russo los desarrollaron en tres obras maestras que retratan este paisaje humano y terrenal para que otras sociedades sepan que Sebastián, Isico, y Elder se deslizan por sórdidas callejas cargando una vida extremadamente humilde pero con una enorme humanidad que se conserva gracias a nuestro sempiterno aislamiento.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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