Voces

viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 08:15

Max

/ 21 de mayo de 2022 / 01:41

A la segunda mitad de la década de los 80, cuando Bolivia forcejeaba por superar la hiperinflación de la UDP a través del llamado modelo de ajuste estructural, producto del Consenso de Washington que nos condujo a dos décadas de neoliberalismo, el gobierno estudiantil de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) estaba a cargo de la Unión Revolucionaria de Universitarios Socialistas (URUS), perteneciente al Partido Obrero Revolucionario (POR).

Érick Rojas y Ariel Román eran dirigentes de la Federación Universitaria Local (FUL) que conducían sus acciones por la ruta de las convicciones ideológicas y un activismo político que no admitía descansos. Por supuesto que no percibían salario alguno y cuando viajaban en representación del estamento estudiantil, estaban obligados a gastar lo mínimo indispensable y devolver lo que les sobraba de viáticos a los que tenían derecho hasta el último centavo. La férrea disciplina de URUS generó un mecanismo de severa austeridad para retornar la mayor parte de los montos que les eran asignados, a una cuenta bancaria generada por ellos mismos.

Es cierto que muchos dirigentes permanecieron en sus cargos representativos superando la década de permanencia en la universidad, pero esto tiene parte de su explicación en las continuas suspensiones de actividades académicas determinadas por las dictaduras militares. Así se entiende que en aquel tiempo se prolongaran permanencias más allá del promedio que debería permitir una carrera hacia el egreso y la licenciatura.

Como el URUS-POR era considerado por la población conservadora la extrema izquierda que por las noches se reunía con el demonio, se atacaba a sus dirigentes endilgándoles la etiqueta de vividores de la universidad, de activistas que en realidad no estudiaban y se encontraban ahí para agitar el país en busca de la dictadura del proletariado y del gobierno obrero campesino. Si entonces se estigmatizaba de esa manera a los Rojas y Román, ¿qué podríamos decir en la actualidad de este Max Mendoza, vinculado a Nueva Fuerza Republicana (NFR), luego al MAS y posteriormente al gobierno de facto de Jeanine Áñez?

Mendoza es la personificación de unas insultantes irregularidades en el sistema universitario boliviano que según un conocedor de cómo funciona éste, tiene su inicio con la asignación de recursos a las dirigencias estudiantiles a partir del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH). En otras palabras, queda en la nostalgia la vieja dirigencia de izquierda con todos sus matices partidarios, e ingresa en el escenario una modalidad de gestión en el contexto del gobierno paritario docente estudiantil que distorsiona el sentido de existencia de una institución que tiene como misión generar formación académica, calificación profesional, tareas investigativas científicas y producción de pensamiento en todas sus disciplinas, incluida, por supuesto, la actividad político partidaria que hoy nos exhibe una universidad boliviana corrupta en la que ha desaparecido el debate político ideológico, aunque el antimasismo paranoico insista en que esto es producto de haber teñido de azul una institución que utiliza la sacrosanta Autonomía como una tapadera de fechorías.

Una reyerta en la Universidad Tomás Frías de Potosí, con cuatro estudiantes fallecidas, abrió las compuertas para descubrir una turbia administración estudiantil de recursos que, trasladada a La Paz, tiene en Álvaro Quelali como principal ejecutivo de la FUL con Bs 4,2 millones de presupuesto para la gestión 2022 y dos vehículos motorizados a su disposición, con el récord de 20 años de permanencia, habiendo circulado por varias carreras, de una de la cuales ya habría egresado. Entre Max, que tiene 52 años y no quiere egresar de la universidad y Álvaro en las mismas, tiene que haber una relación de hermandad eterna.

Resulta sencillo y utilitario diagnosticar la crisis a partir de la espectacularización de los perfiles biográficos de dirigentes como Mendoza y Quelali, pero lo cierto y estructural es que la educación superior institucionalmente administrada por el Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB) exige una profunda reforma desde sus cimientos que con Autonomía en mano, se hace inexpugnable e inmune frente al Estado. Hace mucho que las universidades públicas se han convertido en reductos en las que hay demasiada mugre escondida, con varios rectores que en sus mandatos decidieron hacer de sus cargos catapultas para promocionar sus figuras hacia el escenario político nacional. La vocación académica de la que llegaban precedidos, quedó relegada a un segundo plano, pues de lo que se trataba era de pactar con los diferentes estamentos para sobrevivir con comodidad y presentándole batalla al MAS que, con su gobierno generó las millonadas (IDH) con las que hoy se manejan las federaciones universitarias con personajes de la catadura de Max Mendoza y Álvaro Quelali.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Toranzo, el extraviado

/ 18 de junio de 2022 / 02:35

El extravío de la corporación opinadora, principalmente atrincherada en Página Miente, ha conducido a sus articulistas a redactar textos sobre la crisis de 2019 con prescindencia de los hechos objetivos. Han optado por convertir su antimasismo en un asunto de diván colectivo, en una obsesión que pone en absoluta evidencia su disonancia cognitiva.

Entre otros, Carlos Toranzo, otrora mandamás del Instituto Latinoamericano de Investigaciones Sociales (ILDIS), ha contraído la obligación de demostrarles a sus lectores en qué consistió exactamente el fraude con el que él y sus amiguetes de la que fuera “Izquierda de Sopocachi” se llenan las bocas para justificar la llegada de Jeanine Áñez a la presidencia.

A la señora Áñez se la ha sentenciado con 10 años de privación de libertad por resoluciones contrarias a la Constitución y a las leyes con casi una centena de pruebas a la mano, producto de la convergencia acusatoria del Ministerio de Gobierno, el Senado y la Procuraduría General.

¿Creían Toranzo y Cía. que la retardación de justicia y la chicanería llevarían este proceso judicial hasta las calendas griegas? Parece que se les pasó por la cabeza que en lugar de resolverse judicialmente este grave asunto del quebrantamiento del Estado de derecho producido en Bolivia en noviembre de 2019, acabaría en nada y así, parte de los culpables intocados alcanzaban esa hipócrita y frívola reconciliación con la que buscan salir del paso, para tratar de quitarse la chapa de golpistas.

Carlos Toranzo era un académico sensato y reflexivo hasta que llegó el día en que sus ínfulas intelectuales no encajaban en las coordenadas de la renovación de lo nacional popular a partir de lo indígena y campesino, de la izquierda que venía acompañando técnicamente desde algunas oenegés a ese sujeto histórico ahora inscrito en el Estado Plurinacional. Ni Toranzo, ni sus círculos de arrogantes todólogos tenían cabida en el nuevo escenario boliviano con la irrupción del Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (IPSP) y el Movimiento Al Socialismo (MAS), que desde 2005 no se cansa de propinar palizas electorales a sus adversarios reciclados con otras siglas provenientes del neoliberalismo y la democracia pactada.

“Infamia consumada” le ha llamado Toranzo a la sentencia dictada contra Áñez en esa característica actitud de subestimación de la inteligencia y la claridad política de los de abajo. Infamia es haber fulminado el artículo 169 de la Constitución, vulnerando la línea de sucesión presidencial. Infamia es haber emitido el Decreto 4078 que les otorgó licencia para matar a los militares, cosa que hicieron en Sacaba-Huayllani, Senkata y El Pedregal: Esa es la “pacificación” que nos regalaron Áñez y sus secuaces, con los aplausos de sus “intelectuales”, y por lo tanto, jugando al colaboracionismo con el que actuaron para socapar acciones violatorias de los derechos humanos que tenían destino de olvido e impunidad.

Toranzo, y todo el resto de la corporación opinadora de la derecha, debería pedirle cuentas a la señora Áñez por haber malversado su excluyente misión transitoria hacia nuevas elecciones. Fue ella, por su ambición como candidata, atosigada por la voracidad y el revanchismo fascistoide de Arturo Murillo, la que escribió involuntariamente un manual para el retorno triunfante del MAS al poder. Traicionó las ilusiones de los clasemedieros conservadores que creyeron que con su acoso callejero con policías y militares como guardaespaldas, el acabose del partido azul quedaba a la vuelta de la esquina.

El juicio por la vía ordinaria contra Áñez y miembros del mando militar está plenamente sustentado por el hecho de que su procesamiento se produjo en función de los delitos perpetrados antes de que asaltara la presidencia del Estado, momento a partir del cual, efectivamente, le corresponde ser sometida a un juicio de responsabilidades, por ejemplo, para responder por los casi 40 muertos que cayeron entre el 10 y el 19 de noviembre de 2019.

“Su condena llena de orgullo al poder, pero llena de vergüenza a nuestra historia”, dice Toranzo en su panegírico en favor de Áñez que, por supuesto, no será juzgado por deshonestidad intelectual, figura inexistente en cualquier ordenamiento jurídico, pero sí quedará registrado como el defensor de lo indefendible, como el abogado de causas perdidas de una presidenta que para llegar al cargo pulverizó la Constitución Política del Estado.

Ese antimasismo ya enfermizo debería intentar sanar, convirtiéndose en propuesta política alternativa. Es lo que estos asesores del antiguo establishment no quieren comprender desde el día en que se hicieron actores secundones de la historia. Hay que lamentarlo por Toranzo y Cía., que han dejado carcomer su inteligencia por el odio.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La estrategia de la felicidad

/ 4 de junio de 2022 / 02:19

He aprendido en mis 40 años de periodismo que la felicidad había estado ligada a la cultura de la estrategia, a la construcción de una manera de ser y de hacer, a la multiplicación de las tácticas para que podamos alcanzar ese bienestar que generalmente cuesta racionalizar y explicar.

La felicidad es un cúmulo de sensaciones discontinuas que examinadas a través de la memoria, nos certifican que alguna vez, algunas veces, llegamos a alcanzarla sin saber con certeza química y física por qué reímos a carcajadas o lloramos como expresión superlativa de plenitud.

El padre de mi estrategia de la felicidad se llama Johann Cruyff, el gran conductor de la selección holandesa que luego de haber jugado una soberbia Copa del Mundo en 1974, perdió la final con la siempre eficaz e implacable Alemania. Tenía 13 años y no admitía que quienes habían demostrado que el invento del fútbol total dirigido por Rinnus Michel merecían levantar el trofeo máximo terminaran derrotados. Fue entonces que descubrí lo mágico e incomparable del fútbol: No necesariamente el que juega mejor, el que ha construido la estrategia con vocación creativa, ilusión y talento, se lleva el triunfo, lo que significa que este juego es como la vida entera del ser humano en el sentido de que puede ser el mejor, pero sin dar por sentado que tal cosa es garantía de éxito.

Cuatro años antes, en el Azteca de México, el mejor fue el campeón. Brasil azotó a Italia 4-1 con el jogo bonito aplastando el catenaccio. El juego ofensivo de la verdeamarilla triturando al calculador contraataque azzurri, a la cabeza de Edson Arantes Do Nascimento, un fantasista en el dominio del balón, un genio que ya había jugado a sus tiernos 17 años el Mundial de 1958 en Suecia.

Entre el talento afrobrasileño de Pelé y la inventiva cerebral del juego de conjunto encabezado por Cruyff, supe, sin tenerlo conceptualizado entonces, que para ser felices debíamos leer y escribir una vida repleta de entrenamientos entre lo personal y lo colectivo, y ya con 17 años, pude saber que en 1978, en plena dictadura militar sangrienta, César Luis Menotti llegaba por el camino trazado por Zagallo con Brasil, Michel con Holanda, pero sobre todo por Pelé y Johann Cruyff, y originariamente con la genética del Río de la Plata. Argentina le ganó a Holanda en la final que hizo de la Naranja Mecánica subcampeón del mundo por segunda vez consecutiva.

Décadas después, cuando se produjo la conexión holandesa catalana, cuando Cruyff pasó de ser ídolo blaugrana en el Camp Nou a estratega de los culés, la escuela de La Masía se preparaba para entregarle al planeta a esa santísima trinidad compuesta por Messi, Xavi e Iniesta: Messi era el hijo de Dios por todos los milagros que producía en los campos que visitaba, Xavi era el padre que repartía los panes en forma de balones para dibujar triangulaciones interminables en cada partido, e Iniesta, era el espíritu santo porque parecía invisible, pero en realidad estaba en todas partes, en todas las zonas del campo de juego. Fueron por lo menos cinco años a la cabeza del mejor discípulo de la influencia futbolística holandesa, Pep Guardiola, que pudimos ser felices sin solución de continuidad, cada sábado y domingo, y en tiempos de Champions League, cada martes y miércoles. Había llegado Messi desde Rosario, con la genética de Di Stéfano y Maradona, el más grande militante de la izquierda futbolística de toda la historia que dividió su paso por la tierra entre sus proezas en la cancha y sus avatares bordeando la tragedia y la muerte fuera de ella. Maradona fue el único Dios en la tierra que con virtudes y pecados, demostró que la divinidad también puede ser humana.

Llegó el tiempo en que estuve en condiciones de repasar todas las anteriores estrategias que había leído en forma de partidos de 90 minutos y también en forma de crónicas periodísticas firmadas por Juvenal (Julio César Pasquato) y por Eduardo Verona en la revista El Gráfico. Una vez almacenada tanta información en mi existencia sentipensante, pude llegar a la conclusión de que la estrategia de la felicidad se concentra hoy, con nombre y apellido en Lionel Messi, rosarino nacido en 1987 que no es el dios maradoniano, sino simplemente un ser común y corriente en el día a día y el más grande futbolista que ha producido este juego maravilloso e inexplicable por lo que produce en nuestras entrañas, desde sus raíces inglesas de fines del siglo XIX.

Messi es la estrategia de la felicidad. Nos cambia la planicie de la rutina. Contra los italianos le añadió la recuperación de balones en la salida del rival, con la entereza del laburante que quiere ganárselo todo a punta de esfuerzo, como si con su talento y su magia para generar juego ofensivo no fuera suficiente. Messi marca, quita, guapea para entregar una asistencia de gol, triangula con sus compañeros en medio metro cuadrado y celebra con todos, el maravilloso privilegio de jugar al fútbol, como solo él lo sabe hacer.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Aymara francés

/ 7 de mayo de 2022 / 01:54

Cuando alguna vez me preguntaron si pertenezco a algún pueblo indígena de Bolivia respondí: aymara francés. Parece una broma para salir del paso, pero basé mi respuesta en una lección que el antropólogo Xabier Albó me transmitió en 2007, basada en el concepto de autoidentificación y que significa que uno es lo que quiere ser, aunque mi ocurrencia no forme parte de las categorías contempladas en un censo nacional de población y vivienda.

En buenas cuentas soy aymara francés porque se me viene en gana. Porque tengo una relación sociocultural esencial con los andinos originarios de la actual Bolivia desde mi nacimiento y porque tengo antepasados por el lado materno que de ninguna manera tenían sangre azul, para decepción de mis parientes reaccionarios y con ínfulas de copetudos a quienes alguna vez les dije en franca provocación que seguramente los breteles de los que somos descendientes eran panaderos, obreros o campesinos de la campiña francesa, y que a mí de Francia me interesó siempre Mayo del 68, así como películas de la Nouvelle Vague, sobre todo las de Truffaut y el cerebro futbolístico del francés argelino Zinedine Zidane.

Considero irrelevante que mi condición mestiza no figure en la boleta censal. Y esto sencillamente porque hay conceptos universales implícitos en nuestra vida diaria. Sí, en cambio, creo fundamental que los bolivianos originarios, esos que hacen de nuestro país una plurinación única, reafirmen sus orígenes precoloniales y prerrepublicanos, porque si existe un elemento que nos hace diferentes frente al mundo, en el mejor sentido de lo que significa ser diferente, es el marcado por el hecho de que nuestros pueblos indígenas inscriben las características y rasgos étnico ancestrales de la historia de la cultura indoamericana en lo que es el país como República y ahora, en primer lugar, como Estado Plurinacional.

Mestizas y mestizos que quieren estampar su condición en la boleta censal se encuentran atrapados en un proceso subconsciente de negación de los otros y las otras. De los indios. De los bolivianos de Omasuyos, de los bolivianos de Guarayos, de los bolivianos de Chiquitos, de los bolivianos del Chaco, de los bolivianos de Tarabuco… y así podría seguir hasta que el número de caracteres para este texto me diga que tengo que cortar por límite de espacio. Ese dispositivo ideológico está magistralmente explicado en El espejismo del mestizaje (2005) de Javier Sanjinés, doctor en literatura y docente de la norteamericana universidad de Michigan que señala: “En Bolivia, el paradigma del mestizaje no es más que el discurso letrado de las clases altas, cuyo propósito es justificar la dominación continuada del sector de los mestizo-criollos que asumieron el poder después de la Revolución Nacional de 1952”. Así de claro, contundente y terminante.

En el contexto de desmontaje en profundidad de Sanjinés, me provocaría vergüenza sugerir que por ser mestizo se me facilite la posibilidad de marcar tal “cualidad” en el cuestionario del censo. Sucede que este asunto pasa por una fobia ideológica y racializadora que consiste en rechazar de manera visceral todo lo que huela a proyecto masista. Con el interregno del golpe de Estado de 2019, el proceso político e ideológico que se fortaleció a partir de la agenda de octubre de 2003 ya lleva 15 años, tiempo en que las nuevas matrices estatales han facilitado la emergencia de nuevas referencias sociales y de participación política. Los mestizos que contribuyeron a sacar a Evo de la presidencia, vuelven a proferir alaridos porque fue otro espejismo el pretender que el partido azul desapareciera, y con él, todas las tareas multidisciplinarias y transversales relacionadas con la nueva agenda que aplastó al neoliberalismo más cuadrado y esquemático que dominó al país entre 1985 y 2005.

Acciones legales constitucionales se programan para encajar la categoría mestizo en el próximo censo. Los promotores de esta emotiva iniciativa quieren ser más que lo que representa el MAS. Quieren demostrar que la mayoría nacional es mestiza y no están dispuestas y dispuestos a aceptar la existencia de unas mayorías nacionales que forman parte de otro espectro, el relacionado con el campo popular en el que se mueve la Bolivia ahora visibilizada y participativa que continúa emergiendo progresivamente. Ya que no pueden ganar elecciones desde 2005, por lo menos quieren ganar a través del conteo en el nuevo censo. Parece ser una manera de mitigar penas y de negarse, una vez más, a comprender de qué está hecho el entramado país en el que vivimos.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El lado B del progresismo

/ 23 de abril de 2022 / 03:13

Morir con detención preventiva prolongada por siete años tiene que indignar. Le ha sucedido a Marco Antonio Aramayo que en su calidad de administrador del Fondo de Desarrollo para los Pueblos Indígenas Originarios y Comunidades Campesinas (Fondioc), cargó sobre su humanidad con todo el desbarajuste estructural producido en una entidad en la que campeó el desorden, el prebendalismo, la ineficiencia y la corrupción. Muchos de los dirigentes que recibieron apreciables montos de dinero, originalmente previstos para proyectos en sus comunidades, aprovecharon sus estatus y convirtieron al Fondioc en la expresión del otro lado del progresismo, ese que está vinculado a la vulneración de los postulados de las transformaciones relacionadas con el llamado “vivir bien”. Sí, “vivir bien”, en exclusividad para una rosca, mientras quienes debían aspirar a mejores condiciones, sus hermanos y hermanas de a pie, ni siquiera se enteraron de la descomunal impostura que decidieron protagonizar y que lastima la esencia de la “revolución democrática y cultural”.

Hay que abominar al izquierdismo tendencioso que mira al imperialismo, al fascismo, a las iglesias fundamentalistas, y a otras formas de amenaza planetaria, como las únicas explicaciones y justificaciones que dan lugar a la desigualdad, al agravamiento de la pobreza, y a la superlativización de las grandes fortunas concentradas en pocas manos. No es creíble la democracia de Daniel Ortega en Nicaragua, y tampoco lo son los corruptos que cometieron desmanes con PDVSA en Venezuela. Otra cosa es creer en los nicaragüenses y en los venezolanos que combaten el viejo orden, desde la autenticidad de la calle, desde los ideales que no se negocian con el FMI, el Banco Mundial y la OTAN.

Aramayo murió asediado por la infamia, por la utilización desalmada que se hizo de sus responsabilidades funcionarias, para concentrar solamente en él toda la mugre que significó el manejo del que debió ser modelo institucional económico social de emancipación honrando el sentido de equidad con el que Evo Morales encabezó la “agenda de octubre” (2003), consistente en la Asamblea Constituyente, la generación de inclusión social a partir de los preceptos de la nueva Carta Magna y la nacionalización de los hidrocarburos. Nada de eso sucedió con el Fondioc, porque se desfiguró en una agencia de favorecimiento de nefastos intermediadores sindicales, en uso abusivo de la representación de pueblos y naciones indígenas originarias campesinas.

Apenas vislumbró que la carga pesada de las responsabilidades administrativas y consecuentemente penales de sus actos recaería casi exclusivamente sobre sus espaldas, Aramayo debió dar un paso al costado. Debió decir “no pondré mi firma en documento alguno que luego me conduzca a la cárcel”. Ya se sabe de sobra que resultaba fácil y utilitario endosarle un manejo irregular sistemático que le desgració la vida hasta conducirlo a la muerte, resultado de las penurias soportadas bajo un régimen penitenciario que es la expresión más putrefacta de un sistema judicial que hace aguas por todas partes, que funciona descontrolado y no aparece hasta ahora un equipo de pensantes que empiece a enderezar las cosas, considerando, en primer lugar, que una reforma profunda pasa por una visión transversal que debe contemplar la educación, la formación académica y el entrenamiento concienzudo en materia de servicio público, y no por las vociferaciones de iluminados que juegan a espadachines salvadores.

El lado B del progresismo le hace el juego a la corrupción y a la amenaza del retorno al viejo orden. El Fondioc pasó a formar parte de ese lado B y a continuación viene lo más nauseabundo: los adalides del neoliberalismo, los ladrones de cuello blanco, los vividores de la democracia pactada, los que venden apartamentos a policías de dudosa reputación evadiendo impuestos, los que negociaron para beneficio propio nuestros recursos naturales durante décadas, utilizan a Marco Antonio Aramayo como a un héroe. Manosean su nombre para embarrar al MAS, a los operadores de justicia y al Ministerio Público con ruines propósitos de descalificación de un proceso que es bastante más grande y complejo que el desastroso manejo de este fondo que ha llevado a la tumba a este pobre señor, para tristeza inconsolable de sus familiares.

“La estrategia de la izquierda es no robar”, dijo alguna vez el gran Pepe Mujica. En otras palabras, el progresismo, los instrumentos políticos para la liberación de nuestros pueblos, terminan pareciéndose a las oscuras corporaciones transnacionales, cuando quedan atrapados por la codicia y por el individualismo que enajena. Es la manera más fácil de hacerle el juego al establishment del primer mundo porque cedieron ante la frívola manera de acceder a Don Dinero a través del ejercicio del poder. Esos no son progresistas. Esos no son de izquierda. Son los impostores que hacen trizas los sueños de los que de verdad creen en las utopías del bien común.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La quimera de García Márquez

/ 9 de abril de 2022 / 02:58

En base a una ponencia de Gabriel García Márquez (La procuración de justicia: problemas, retos y perspectivas presentada en México), la revista española Cambio 16 (diciembre de 1993) tuvo la iniciativa de recoger firmas en apoyo a la legalización de las drogas. Algunos de los nombres de quienes se adscribieron a semejante movida hablan por sí solos: Fernando Savater, Milton Friedman, Carlos Fuentes, Joan Manuel Serrat, Manuel Vásquez Montalbán, Antonio Escohotado, Daniel Samper, Carmen Rico-Godoy, Carlos Monsiváis, Mario Vargas Llosa. En la misma edición (Nº 1150) de la revista para América figura una entrevista de alguien que se oponía a tan ambiciosa idea. Se trata de quien fuera subsecretario de Defensa Social del Ministerio del Interior, Gonzalo Torrico, que ejercía como funcionario del gobierno de Jaime Paz Zamora, en representación del partido del general Banzer, Acción Democrática Nacionalista (ADN). Dice Torrico, entre otras cosas, “legalizar crearía gran adicción”.

La revista Cambio 16 asumió el texto de García Márquez que ya era Premio Nobel de Literatura como un “Manifiesto a favor de la Legalización de las Drogas” que en sus partes salientes dice: “La prohibición ha hecho más atractivo y fructífero el negocio de la droga y fomenta la criminalidad y la corrupción a todos los niveles. Sin embargo, los Estados Unidos se comportan como si no lo supieran. Colombia con sus escasos recursos y sus millares de muertos, ha exterminado numerosas bandas y sus cárceles están repletas de delincuentes de la droga. Por lo menos cuatro capos de los más grandes están presos y el más grande de todos se encuentra acorralado. (Para cuando se publicó este material, Pablo Escobar ya había muerto)/ En Estados Unidos, en cambio, se abastecen a diario y sin problemas 20 millones de adictos (en la actualidad la cifra bordea los 30 millones), lo cual solo es posible con redes de comercialización y distribución internas muchísimo más grandes y eficientes./ Puestas así las cosas, la polémica sobre la droga no debería seguir atascada entre la guerra y la libertad, sino agarrar de una vez al toro por los cuernos y centrarse en los diversos modos posibles de administrar la legalización. Es decir, poner término a la guerra interesada, perniciosa e inútil que nos han impuesto los países consumidores y afrontar el problema de la droga en el mundo como un asunto primordial, de naturaleza ética y de carácter político que solo puede definirse por un acuerdo universal con los Estados Unidos en primera línea./ Y por supuesto con compromisos serios de los países consumidores para con los países productores. Pues no sería justo, aunque sí muy probable, que quienes sufrimos las consecuencias terribles de la guerra nos quedemos después sin los beneficios de la paz. Es decir que nos suceda lo que a Nicaragua, que en la guerra era la primera prioridad mundial y en la paz ha pasado a ser la última.”

A 29 años de tan grande iniciativa que por supuesto no prosperó en ningún sentido, las cosas siguen exactamente igual. O peor. Las ficciones televisivas seriales han convertido a los narcotraficantes en los portaestandartes de la épica de moda. Trabajar en el narco significa el sueño de alcanzar poder y dinero transitando por la avenida más corta, cuando en términos generales significa autocondenarse a una vida de clandestinidad y sobresaltos, con la muerte acechando a toda hora. Está claro: las políticas de lucha contra el narcotráfico sirven para tapar dos agujeros cuando en ese mismo instante se están abriendo seis en lugares próximos en los que se capturan narcotraficantes. Se trata de una guerra inútil, sin fin y que a estas alturas sirve para que algunos liberales contradictorios desde sus espacios periodísticos usen el tema para autocalificar a nuestro país en su calidad de productor de hoja de coca como un narco Estado y para estigmatizar al principal dirigente campesino que representa a las organizaciones de productores en la zona del Chapare como al “cocalero Morales”.

La lucha contra la producción y comercialización de las llamadas sustancias controladas continúa siendo un entramado dispositivo de control político a cargo de los gobiernos estadounidenses, en el que además sus propios combatientes suelen transgredir la delgada línea que los lleva a usufructuar de conexiones con los capos de la droga y de generar sistemas informativos dentro las fuerzas regulares represivas para ayudar a estos empresarios ilegales a tomar recaudos cada vez que un operativo es inminente.

Quienes siguen desgañitándose acerca de los países a los que periódicamente se pretende arrinconar por su calidad narco, no comprenden que éste es un asunto que no pasa por la moral, sino por la compleja condición humana. Si algún día llegáramos a aceptar la iniciativa de García Márquez y los intelectuales que lo respaldaron en 1993, seguro que se trataría de una contribución para hacer de este planeta un lugar más habitable y menos absurdo.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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