Voces

Wednesday 10 Aug 2022 | Actualizado a 03:57 AM

Trilce

/ 18 de junio de 2022 / 23:59

César Vallejo inventó esta hermosa palabra como combinación de dos sensaciones: lo triste y lo dulce. Así creo haberme sentido la semana pasada al escuchar la sentencia dictada contra Jeanine Áñez por haberse autoproclamado Presidenta ante una Asamblea vacía.

Es triste que la señora Áñez cumpla condena por un delito menos grave que haber autorizado al Ejército a ejecutar ejecuciones sumarias y masacres. Es dulce, sin embargo, que esté presa por el delito que sea —y no prófuga como Kaliman, o impune como Camacho, Mesa o Quiroga—.

Es triste que su pena sea de 10 años solamente. Es triste que se la castigue por omisiones procedimentales, incumplimiento de reglamentos, manipulación de artículos constitucionales, mentiras leguleyas —cuando en su conciencia están delitos mucho peores—. Además de autorizar masacres y persecuciones, socapar robos y aprovecharse del erario público, yo nunca olvidaré su crueldad deliberada hacia nuestros compatriotas en medio del horror de la pandemia. El gobierno de Jeanine Áñez les cerró las fronteras de su propio país a los bolivianos más vulnerables y los obligó a pasar la cuarentena más dolorosa y absurda en la intemperie helada de la cordillera. El gobierno de Jeanine Áñez se dedicó a hacer negociados con gases lacrimógenos y con respiradores, en un momento en que miles y miles de bolivianos morían en la soledad y el terror de la primera ola del COVID. El gobierno de Jeanine Áñez utilizó sus escasos meses en el poder para desmantelar la economía nacional y empujarnos a una pobreza que todavía vemos por las calles. Es triste que, pese a todo el tiempo que ha tenido para pensar y rezar, siga sin reconocer esos pecados terribles.

En sus alegatos frente a los jueces, la señora Áñez dijo que no se arrepiente de nada y volvería a cometer todos los crímenes que se le atribuyen. Y dijo, a la vez, que ella no tenía voz ni voto y fueron otros los que la pusieron como Presidenta. Lo contradictorio de esas dos declaraciones puede entenderse con un poco de análisis. Por un lado, debemos concurrir con la acusada: ella no estaba en las famosas negociaciones de la Universidad Católica. De su participación en la conspiración, la violencia y la ejecución del golpe no sabemos nada. Lo único que he podido encontrar en una minuciosa investigación son imágenes de ella bloqueando con pititas en una calle del Beni.

Jeanine Áñez recién aparece en escena el domingo 10 de noviembre, cuando empieza a declarar ante los medios que le corresponde la Presidencia. Luego la vemos el lunes 11 transportada en helicóptero y escoltada por militares. Y la vemos el martes 12 saltándose todas las reglas, leyes y procedimientos para autoproclamarse Presidenta y nombrar ministros a personas designadas por Camacho. Este itinerario tardío demuestra que la señora Áñez dice la verdad: a ella la invitaron, la trajeron y la invistieron para ponerle una máscara “legal” al golpe de Estado. Quienes diseñaron, organizaron y financiaron el golpe la usaron y luego la dejaron sola para que pague las consecuencias. Su vanidad y ambición la llevaron a desempeñar un papel muy triste, pero ella no se arrepiente. Lo haría de nuevo, porque el poder es dulce.

Es triste que las víctimas de los crímenes de lesa humanidad cometidos por Áñez y sus cómplices no tengan la satisfacción de un juicio de responsabilidades. Es triste que ella sea la única que pague, y que además pague poco y por los crímenes más leves.

Me desdigo, en realidad. Este resultado es más triste que dulce.

Verónica Córdova S. es cineasta.

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Agosto

/ 31 de julio de 2022 / 00:35

Comienza el mes en que la Pachamama despierta hambrienta de su sueño de invierno. Es tiempo de rituales. En el campo, las familias ch’allan en los patios las mejores ocas y papas de la cosecha recién terminada. Las comunidades peregrinan a los cerros sagrados para pedirse perdón los unos a los otros y deshacerse de penas y problemas. En las ciudades, los viernes se llenan del humo de los sahumerios. Las tiendas, las oficinas y los mercados encienden hogueras en calles y atrios, mientras las caseras que venden mesas-dulces literalmente “hacen su agosto”.

Se dice que es el mes de la Pachamama y, muy convenientemente, es también el mes patrio —que quizás, dada esta coincidencia, deberíamos llamar matrio. Agosto es un tiempo ambiguo: el invierno está acabando, pero todavía no empieza la primavera. Se recogió la cosecha, pero todavía no estamos listos para la nueva siembra. La ambigüedad nos llena de incertidumbre, pero también de esperanza. Estamos en pausa, esperando todo lo bueno y todo lo malo que pueda llegar en este nuevo ciclo.

Por eso, además de ser tiempo de alimentar a la Pacha, es tiempo de perdonar y de pedir disculpas. Es tiempo de purificar y de limpiar, de poner en orden. Es tiempo de dejar atrás las penas, enterrar los rencores y prepararnos para lo nuevo que comienza.

Es significativo que sea también en agosto que Bolivia celebra su independencia. No dejemos escapar el simbolismo: es tiempo de pedir perdón y tiempo de perdonarnos. Es tiempo de sacudirse las penas, como arvejas de la falda. Es tiempo de quemar q’oa y hacer ofrendas para que la Pacha nos regale un nuevo ciclo de prosperidad y esperanza.

Pero ¿cómo se puede perdonar, si no ha habido reparación ni justicia?, ¿cómo enterrar las tristezas del pasado, si vemos venir nuevas violencias en el futuro cercano?, ¿cómo purificamos y limpiamos nuestra casa común, si los mismos que la han mancillado siguen buscando nuevas formas de agraviarnos?

Hay una grieta profunda entre nosotros, que cada día se engrosa y se abisma. ¿Dónde estarán los puentes que nos permitan cruzarla? ¿Quién los construirá, con qué materiales, con qué herramientas?

Si algo podemos agradecer del triste ciclo que tratamos de dejar atrás, es que nos ha mostrado con claridad los males que nos aquejan: el racismo, la intolerancia, el egoísmo, la violencia. ¿Con qué inhalaciones, con qué bálsamos o qué emplastes los curamos?

Urge empezar un nuevo ciclo, roturar la tierra para sembrar nuevas semillas. Esperar por lluvias generosas. Nada de eso puede hacerse con el corazón oscuro: hay que peinarse el cabello de raíz a punta, y en cada movimiento ir sacándose los rencores y las penas. Que se vayan, que se alejen, que no vuelvan. Urge subir, todos juntos, al más sagrado de nuestros cerros Achachilas, para abrazarnos y perdonarnos ante los ojos de la Pacha. No creo que este agosto podamos hacerlo. ¿Quizás el próximo año?.

Verónica Córdova es cineasta.

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Lo generoso y lo mezquino

/ 3 de julio de 2022 / 01:28

La producción cultural y artística en Bolivia se mueve en un péndulo entre estos dos extremos. Vivimos de la generosidad de los extraños, los colegas y los amigos. Necesitamos de la generosidad de nuestras audiencias, de la prensa, de los críticos. Mendigamos generosidad en los largos procesos de investigación, de creación, de desarrollo técnico y sobre todo en las dolorosas búsquedas de financiamiento. Y en Bolivia todavía se encuentra generosidad en abundancia, solo así se explica que sigan naciendo películas, obras de teatro, esculturas, poemas, canciones, novelas…

De la generosidad depende, más que del talento o de la suerte, que nosotros los artistas trabajemos. Y a la mezquindad, que también abunda, se deben muchas veces nuestros fracasos personales, creativos y sobre todo financieros.

Solo gracias a la generosidad de decenas de personas e instituciones ha sido posible plasmar en un ensayo audiovisual las reflexiones, dudas y dolores que me han perseguido desde noviembre de 2019. El resultado es Noviembre Rojo, una serie documental de 10 episodios que está emitiéndose en redes de televisión abierta y en espacios digitales. Han sido muy generosas las 62 personas que, desde ambos lados del conflicto, han compartido conmigo sus ideas y sus testimonios. Ha sido muy generoso el acompañamiento de los miembros del equipo técnico y han sido generosos los amigos fotógrafos, dibujantes, músicos y cineastas que han cedido el uso de sus obras para el proyecto.

Agradezco en especial la generosidad de las instituciones públicas y privadas que nos han cedido infraestructura, acceso a archivos, nos han facilitado contactos y en general nos han alentado a seguir adelante en un proyecto que no solo hacíamos a pulmón, sino que además lucía desmesurado.

Por eso resulta especialmente doloroso el comunicado de la municipalidad de La Paz aclarando que no apoyaron nuestro proyecto a través de su Secretaría de Culturas. Resulta irónico que, precisamente la institución de la ciudad cuya función es apoyar proyectos culturales, haga un esfuerzo específico para negar haberlo hecho. Y resulta hasta ridículo que el propio Alcalde se tome la molestia de replicarlo. Es un ejemplo de la mezquindad, que balancea toda la generosidad que recibimos.

La generosidad de la familia Cordero dispuso que las fotografías que tomó don Julio Cordero a principios del siglo XX sean patrimonio de la ciudad y estén a disposición de la población a través de sus instituciones de cultura. La producción de Noviembre Rojo solicitó el uso de algunas de esas imágenes históricas para el proyecto, pagó la tasa determinada y firmó un compromiso para poner a la Secretaría de Cultura y al gobierno municipal en los créditos. A pesar de la mezquindad, seguimos agradeciendo la posibilidad de acceder a ese maravilloso patrimonio.

Tengo claro que las ideas que se expresan en el ensayo audiovisual que presento pueden ser polémicas porque hay una polarización brutal alrededor de los eventos de 2019. Estoy preparada para conversar sobre los datos, las interpretaciones, las ideas. De hecho: para eso hice el esfuerzo de producir este proyecto, para abrir espacios de discusión y diálogo. Me alegró saber que el diputado de CC Alejandro Reyes tuvo la generosidad de ver mi trabajo, pero es triste que lo haya hecho solo para escudriñar los créditos buscando a quién culpar por el contenido. La única responsable soy yo, como bien lo aclara el municipio paceño. Los creadores culturales estamos siempre solos ante la mezquindad y la generosidad de los otros.

Verónica Córdova es cineasta.

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Indolencia

/ 5 de junio de 2022 / 00:23

Una joven se crucificó esta semana en la plaza principal de Cochabamba. No protestaba por salarios devengados ni pedía audiencia con alguna autoridad de gobierno. Ni siquiera eran sus manos las que estaban amarradas a una estaca: era su dignidad lo que mostraba en alto, como una bandera amarga.

Su protesta era, una vez más, contra la violencia sexual de la que había sido víctima. Tiene cuatro meses de embarazo, fruto de una violación por la que no halla justicia. Su dramática protesta no era, sin embargo, contra jueces ni policía. Era contra funcionarios del Servicio Legal Integral del municipio, que lejos de ayudarla como es su labor y función, la sometieron a maltrato, la re-victimizaron y trataron de convencerla de conciliar con su violador. Ante la justificada indignación de la víctima, escribieron en su Informe que ella tiene “problemas psicológicos”, dándole así al violador un perfecto argumento para desestimar la denuncia y salir impune.

La indolencia, el machismo y el abuso de poder no son la excepción en muchas oficinas públicas: son la regla. Cuanto más vulnerable sea el ciudadano que acude en busca de una información o un servicio, más posibilidades de que sea humillado, intimidado y hasta extorsionado. Y en casos de abuso sexual, en lugar de empatía muchas veces lo que encuentran las mujeres son suspicacias, ofensas y clases de moral.

Me tocó escuchar, una vez, a dos doctores conversando en el pasillo de un centro de salud. A lo lejos se oían los gritos de dolor de una adolescente a punto de parir su primer hijo. Uno de los doctores, el más joven, se preguntaba si debían hacer algo para calmar el dolor de la muchacha. El otro, mayor, respondía: “Que sufra. ¿Para qué se embaraza?”.

Varias conclusiones pueden sacarse de ese breve intercambio.

La primera es la idea (frecuente en la mayoría de los hombres) de que las mujeres se embarazan: es decir, voluntaria y deliberadamente someten sus óvulos a una fecundación que, podría pensarse, realizan solas. En ciertos casos este acto malévolo de auto-fecundación se realiza con la villana intención de “atrapar” al hombre. En otros casos es por irresponsabilidad, desidia o vil lujuria. La mujer, como único ser fecundable, viene a ser también el único ser responsable del eventual embarazo y por tanto del niño que nazca. Si no era su intención parir ¿para qué se embaraza? —o sea: ¿para qué se abre de piernas?

La segunda conclusión es que tanto el embarazo como el doloroso parto, e incluso el sacrificio personal que implica la crianza de los niños, son una forma de “castigo” por el terrible pecado de haberse embarazado. Al hombre, por alguna inescrutable razón, no se le castiga en la misma proporción por cometer el mismo pecado, en complicidad con la misma mujer que está pecando a la misma exacta hora.

En el caso de violación el hombre puede ser perseguido legalmente, pero como él no se embaraza no sufre la consecuencia existencial de tener que parir y criar un hijo no deseado. Además de peregrinar por justicia, la víctima debe someterse a todo tipo de indignidades si quiere abortar, o debe asumir la crianza si no quiere o no puede terminar un embarazo que de ninguna manera ha buscado.

Por ello, me indigna que sean hombres —esos que felizmente no se se embarazan: es— los que determinen si es o no legal el aborto en Bolivia. Me exaspera que sean las religiones —esos reductos donde los hombres toman todas las decisiones— las que intervengan y decidan las políticas públicas de salud en Bolivia. Y me espanta la posibilidad de que sea ese doctor mayor —de anteojos gruesos y cabello grasiento— el que reciba a una muchacha que, después de haber sido violada, vaya a solicitar un aborto en el centro de salud donde él trabaja.

Verónica Córdova es cineasta.

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Saludos a Nadia

/ 8 de mayo de 2022 / 00:53

Nadia Cruz no es amiga mía. En realidad solo la vi personalmente una vez, cuando le hice una entrevista. Sin embargo, siguiendo de cerca los días aciagos de noviembre de 2019 y el doloroso 2020, la encontré muchas veces, fuerte y presente.

No puedo pretender juzgar su gestión al frente de la Defensoría del Pueblo, ni opinar acerca de las decisiones asumidas por ella desde que le tocó suplir a quien había sido designado para ese cargo de vital importancia. Como ciudadana de a pie (o de a minibús, que es como normalmente me muevo) solo puedo atestiguar lo que he visto y escuchado. Y, como investigadora interesada en los eventos recientes, lo que he leído y averiguado en mi esfuerzo de entender y superar las rupturas que a todos nos duelen.

Y debo decir que, entre octubre de 2019 y octubre de 2020, cuando nuestra sociedad estaba dividida, cuando campeaban la impunidad y el atropello, cuando muchos callaban por temor o complicidad, Nadia estuvo presente. Hizo su trabajo, que es más de lo que se puede decir de muchos otros. En un momento en que otras instituciones llamadas a defender los derechos de las personas eran cómplices o perpetradoras de persecuciones, violencias y masacres, Nadia y su equipo hicieron lo que tenían que hacer: defender al pueblo.

No es casual que el párroco de Senkata —otro de los héroes anónimos de esta historia— la llamara a ella cuando en su capilla se acumulaban los cuerpos ensangrentados de las víctimas de la represión policial y militar. No es casual que, mientras la prensa nacional callaba o mostraba el dormitorio de Evo, los únicos informes fidedignos y con contabilidad de muertos, heridos y presos que se difundieron hayan salido de la Defensoría. No es casual que los únicos interlocutores que tenían los cientos de detenidos injustamente, hayan sido personeros de la Defensoría del Pueblo.

Por todo eso, no es casual tampoco que su oficina haya sido vandalizada y tomada por grupos paramilitares, que los amenazaron y obstaculizaron su trabajo durante semanas. No es casual que la Defensoría del Pueblo haya sido la única instancia estatal a la que se podía acudir durante el reinado macabro de Murillo y Rojas. Por supuesto: Nadia y su equipo no podían hacer mucho más que documentar, denunciar o, en el mejor de los casos, interceder. Pero en un entorno dictatorial y represivo como el que vivimos durante 2020, eso ya es mucho.

Con todos estos antecedentes, no es casual que el nombre de Nadia Cruz como candidata a la Defensoría del Pueblo en esta nueva etapa haya sido impugnado por la oposición en la Asamblea. Otra vez, como ciudadana de a pie, no tengo conocimiento ni de los justificativos para su impugnación, ni de los méritos o puntajes de los candidatos que quedaron en carrera. Si a pesar del boicot de la oposición, se define el nombre del nuevo Defensor o Defensora en estos días, le daré todo el apoyo y esperaré a que su trabajo esté a la altura de lo que el pueblo espera.

Pero creo que, como sociedad, le debemos un agradecimiento a Nadia Cruz y a su equipo en la Defensoría, a quienes les tocó uno de los momentos más complejos de nuestra historia y supieron enfrentar con serenidad y valor todos los odios, dolores y amenazas. En el clima mezquino y polarizado en el que vivimos hoy, dudo que alguien se detenga a decirlo. Así que, como ciudadana de a pie, yo lo hago: gracias, Nadia. Gracias por defender al pueblo cuando más lo necesitaba.

Verónica Córdova es cineasta.

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El laberinto de la choledad

/ 24 de abril de 2022 / 00:14

Para meter mi cuchara en el debate acerca del mestizaje en Bolivia me pareció adecuado usar el título del célebre ensayo de Guillermo Nugent sobre el mestizaje en Perú —a su vez una paráfrasis de El Laberinto de la Soledad, célebre libro de Octavio Paz sobre el mestizaje en México.

Y es que el debate sobre el mestizaje no es nuevo, ni en Bolivia ni en ningún otro país latinoamericano. Desde la independencia de nuestros Estados “el problema del indio” o “la cuestión negra” fueron asuntos debatidos con fiereza en círculos académicos y políticos. Los intelectuales del siglo XIX y principios del XX no se ponían de acuerdo acerca de la posibilidad real de integrar a indígenas y negros en el proyecto nacional. Las diferentes “soluciones” planteadas a ese debate están representadas en novelas, obras de teatro y películas silentes o sonoras de la época.

En países donde el componente indígena era muy minoritario, como Argentina, Chile o Uruguay, establecer una identidad blanqueada como molde requería exterminar a los indígenas que quedaban. Eso se logró primero masacrando a los indígenas que quedaban en campañas de exterminio y esclavización como la de 1879 en las Pampas o la de 1886 en Tierra del Fuego, y luego eliminando su existencia de la memoria histórica. En Chile el proceso de eliminación física o cultural de los mapuche, por ejemplo, sigue en curso.

En países donde los indígenas o negros eran muchos como para ser exterminados, como en Brasil o México, la estrategia fue más bien generar un blanqueamiento por la vía de la mezcla. Mientras más se cruzaran los grupos por matrimonios o violaciones, podía esperarse que poco a poco los genes indios o africanos se fueran “limpiando” por contacto con los genes “superiores” de los blancos. Esta idea de “mejorar la raza” se profundiza al incentivar a lo largo del siglo XX migraciones europeas, a la vez que se llevan a cabo campañas de educación en territorios indígenas con el objetivo de ir eliminando las costumbres “atrasadas” y enseñando español a los niños. Se crea así en México, por ejemplo, el ideal nacional del “mestizo cósmico”: un mexicano superior, que nace con las mejores cualidades de indígenas y de blancos.

Pero en países con mayoría indígena como Perú o Bolivia, la mezcla podía traer la consecuencia de “oscurecer” la raza en lugar de blanquearla. Por eso en las representaciones culturales y la vida cotidiana, lejos de incentivar los matrimonios entre grupos sociales distintos, se generó un horror al mestizaje que queda magistralmente ilustrado en ese manual del racismo nacional llamado Pueblo Enfermo, de Alcides Arguedas. Para ese ensayo (que todavía muchos intelectuales de derecha citan como válido) el blanco y el indio bolivianos son seres que, si bien tienen defectos, pueden aún ser salvables si se mantienen cada cual en su espacio y rol determinados. Pero todos los males que aquejan a nuestra Patria, según Arguedas, devienen de la presencia de la mezcla llamada cholo o mestizo, que concentra en sí (en perfecto opuesto al modelo mexicano) las peores cualidades de indígenas y blancos.

Dados estos antecedentes, resulta interesante que la derecha de hoy se rasgue las vestiduras por el supuesto “ninguneo” al que serán sometidos en el Censo al obligarlos a marcar “Ninguno” como respuesta a la pregunta referida al autorreconocimiento étnico. Insisten en que en lugar de “Ninguno” se añada a la boleta la categoría de “Mestizo”.

La palabra Mestizo es problemática debido a que implica una mezcla racial que, como expliqué antes, es una categoría decimonónica de clasificación, largamente desechada por la ciencia contemporánea. En la especie humana no existen “razas” que se puedan blanquear, oscurecer, mejorar o empeorar por la vía del mestizaje. Lo que existen son experiencias, culturas y jerarquías que se mezclan y enriquecen de manera continua y que en el contexto boliviano son mejor representadas por la expresión “choledad” que por “mestizaje”. Propongo entonces una solución salomónica: pongamos en la boleta la respuesta “Cholo/a” como alternativa a “Ninguno”. Y veamos qué pasa.

Verónica Córdova es cineasta.

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