Voces

lunes 20 jun 2022 | Actualizado a 00:29

Sentencia a Áñez o algo de justicia

/ 20 de junio de 2022 / 00:28

Algo, es un adverbio indefinido. ¿Qué significa?: “un poco, no del todo”. Esa es la sensación que hay con la reciente sentencia a la exsenadora Jeanine Áñez, que ilegalmente se autoproclamó presidenta de Bolivia. O sea, con esa sentencia hay algo de justicia. Lo que sucedió, en noviembre de 2019, con el golpe de Estado fue muy grave. Quizás, la expresidenta fue el peldaño más débil de una cadena de hechos conspirativos protagonizados por un conjunto de actores, pero eso no le quita su propia responsabilidad política, pero, sobre todo, penal.

Más allá de la cantidad de años de cárcel a la expresidenta, esa sensación a poco está en proporción a los hechos execrables sucedidos en noviembre de 2019. En una de las declaraciones de la expresidenta, ella confesó que recibió una llamada de un portavoz que a nombre de un grupo de personas reunidos en la Universidad Católica Boliviana resolvieron que Áñez se hiciera cargo de la presidencia obviando los derroteros legales para la sucesión presidencial. Era el plan B: unos señores definieron la sucesión y ella la ejecutó.

Los acontecimientos de noviembre de 2019 fueron promovidos por una cruzada conspirativa, además, contó con la complicidad de las Fuerzas Armadas y de la Policía Boliviana para la ruptura constitucional. Este conjunto de actores y acontecimientos da cuenta de toda una maquinaria golpista que amerita ser investigada y ser juzgada. La sentencia de Áñez abre la posibilidad de un juicio para aquellos que directamente e indirectamente intervinieron para la ruptura constitucional. No es casual, muchos de ellos manifestaron su preocupación posterior a la sentencia de Áñez. Así, el expresidente Carlos Mesa, involucrado en estos hechos advirtió: “La sentencia de Áñez es ‘infame’ y no vamos a tolerar ser acusados”. Estas declaraciones revelan el miedo que entraña en aquellos que decidieron la sucesión presidencial ilegal de Áñez.

Muchos opositores piden un juicio de responsabilidades a Áñez. Debería ser el camino para juzgar, sobre todo, las masacres perpetradas al inicio del gobierno transitorio, empero, este camino es tortuoso ya que se necesita de los dos tercios de los votos en el hemiciclo parlamentario. O sea, se amerita de los votos de los parlamentarios tanto de Creemos, de Luis Fernando Camacho, y de Comunidad Ciudadana (CC), de Carlos Mesa. Ambos líderes políticos fueron señalados como parte de la tramoya golpista.

El sentido común dice que es difícil conseguir esos dos tercios de votos en la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP). Así, el juzgamiento a las masacres se hace difícil, casi imposible. No se debe olvidar, el golpe de Estado y las masacres son parte de una cadena abominable. Se hace difícil que los responsables del golpe del Estado tengan la valentía y la honestidad política de viabilizar un juicio de responsabilidades que se hace imperioso para la esclarecer estos hechos.

De allí, el juicio ordinario y la sentencia a Áñez. Se juzgó el acto cometido por la entonces senadora —y no presidenta boliviana— momentos previos de autonombrarse mandataria ilegalmente. Más allá de la personalización de la sentencia, este hecho jurídico se constituye en un precedente para que en el futuro ningún advenedizo tenga la osadía de arremeter contra la democracia. Allí radica la importancia histórica de la sentencia. Hoy en adelante, cualquier advenedizo va a pensar varias veces para animarse a una aventura golpista. Aunque, con esta sentencia se hizo algo de justicia, se necesita investigar y juzgar las masacres perpetradas en el curso del gobierno de Áñez.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Inteligencia artificial

/ 20 de junio de 2022 / 00:27

Hace unos días se publicó en varios portales digitales e incluso en periódicos impresos la noticia acerca de una inteligencia artificial (IA) —LaMDA (Language Model for Dialogue Applications)— que está siendo desarrollado por Google, con quien un ingeniero de esa empresa mantuvo una conversación que le llevó a concluir que la IA estaba cobrando cierta conciencia y sentimientos. La posición oficial de Google ante esa declaración fue que “las pruebas no respaldan sus afirmaciones”. Es decir, desmintió las conclusiones del ingeniero.

Este intercambio ha avivado el debate acerca de los límites de la inteligencia artificial y la ética. En este debate están los entusiastas de la tecnología que consideran que la IA podrá resolver grandes problemas de la humanidad por su enorme capacidad de procesamiento de datos y de autoaprendizaje. Por otro lado, están quienes consideran que no conocemos todas las posibilidades de la IA y que algunos de sus resultados podrían ser nefastos porque ya han mostrado que reproducen sesgos humanos sin límite moral.

Acompañando este debate, las y los ingenieros entusiastas siguen desarrollando la IA a todo vapor mientras que, por otro lado, aunque con mayor lentitud, se desarrollan marcos éticos que orienten el desarrollo de las IA y restrinjan algunos aspectos hasta que podamos medir mejor sus efectos.

Uno de los límites de la IA es que sus algoritmos no pueden realizar los ajustes necesarios para determinar la justicia de una situación. Es un punto en el que se requiere intervención humana. Variados procesos que se pretenden automatizar con IA requieren este tipo de intervención: los procesos de contratación de personal, la asignación de políticas públicas a poblaciones vulnerables, la oferta de seguros de salud y de vida, por citar algunos que ya han mostrados sesgos de IA que discriminan y estigmatizan a personas y grupos.

Micaela Mantegna, una abogada y gamer argentina, acaba de publicar una investigación muy aconsejable para quienes tengan interés en este tema, No soy un Robot, construyendo un marco ético accionable para analizar las dimensiones de impacto de la inteligencia artificial, publicado por CETyS. En él reflexiona: “El desafío continuará siendo desarrollar modelos que promuevan la inclusión y alivien la desigualdad, frente al cambio que enfrentamos como especie con la implementación extensiva de modelos de inteligencia artificial”.

Sí, el desafío aún no ha sido resuelto, gente entusiasta de la tecnología. Debemos seguir explorando las posibilidades de la Inteligencia Artificial para contribuir a un mundo más justo, no vale seguirla desarrollando a lo loco, esa sería una postura facilona y, además, la más terrible.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana. word-press.com.

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Zócalo y ciclo

/ 19 de junio de 2022 / 00:26

Regresé a México después de cuatro años. No pude cumplir mi deseo de tomar unos tequilas en el bar Tenampa en la plaza Garibaldi y me quedé con las ganas de ver el mural dedicado a Chavela Vargas, la única. Quería codearme con sus cuates, José Alfredo Jiménez y Joaquín Sabina, que, vivos o muertos, habitan ese espacio como cualquier parroquiano y beben y cantan con una pléyade de artistas que convirtieron ese antro en un túnel sin tiempo.

Mi interés en ese mural provenía de la nostalgia del concierto que, a inicios de este siglo, brindó Chavela Vargas en el zócalo de la ciudad de México. Estuve ahí, y nunca olvido la presentación que hizo Carlos Monsiváis sobre el canto de Chavela Vargas antes de darle un ramo de rosas e instalarse en un costado para contemplarla con las manos en los bolsillos. Ese evento cambió mi relación con ella y los boleros porque nunca más asocié su canto a la desesperanza, al callejón sin salida, al infortunio, a la nada de la totalidad. Desde entonces, desempolvo sus añejos discos de vinil para acompañar la celebración de la vida. Son momentos escasos pero intensos, suficientes para escuchar La llorona sin que te cueste la vida ni mueras de frío.

Recuerdos de tal índole me acompañaron esos días porque anunciaron un concierto de Silvio Rodríguez en el mismo Zócalo. Antaño no tuve afición por la nueva trova cubana excepto en la dosis que debía consumir para convivir con el exilio latinoamericano. Prefería escuchar Alfredo Zitarrosa y Alfredo Domínguez. El artista cubano fue invitado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales que congregó a miles de investigadores e investigadoras del continente que fueron devorados por una multitud que convirtió el Zócalo, como dicen los cronistas, en una alfombra humana. Soy parte de esa red académica pero no fue ese el motivo de mi asistencia al concierto de Silvio Rodríguez sino porque quería escuchar Ojalá y La maza.

Ese concierto fue el cierre de una serie de eventos de debate intelectual y político intenso y enriquecedor. El debate puso en evidencia que la región enfrenta un escenario político que, a mi juicio, presenta dos rasgos principales. Por una parte, el legado, y también la crisis, de los gobiernos o fuerzas progresistas que marcaron el “giro a la izquierda” en la primera década y media del siglo XXI. Por otra, el surgimiento de fuerzas políticas y sociales de una derecha ultraconservadora que agrega —a la reivindicación del neoliberalismo— una batalla cultural — cual cruzada religiosa— contra la modernidad puesto que se concentra en el rechazo a los avances en la ampliación de derechos. En Bolivia vivimos esa situación. Un fanático católico condujo un golpe de Estado que derivó en una sucesión presidencial inconstitucional en manos de una evangelista provida. Ese intento de restauración oligárquica neoliberal fue efímero y, hoy, la oposición sigue anclada en el 2019, y está cansada y rendida. El MAS retornó al gobierno y sufre los problemas derivados de su incapacidad para encarar una transición del modelo decisorio dirigido por Evo Morales —entre 2006 y 2019— hacia una nueva modalidad de ejercicio del Gobierno que debe asumir un formato de coalición —eso es el “instrumento político”— puesto que ya no puede depender de la figura de un líder, quien se resiste a aceptar que su carisma se ha rutinizado y que estamos en otro ciclo político. Es decir, un segmento del oficialismo también vive anclado en el pasado e introduce, innecesariamente, incertidumbre en el proceso decisional gubernamental. Este columnista también añora a Chavela Vargas, pero se trata de un artificio, no del poder político.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Una carpa frente al Ministerio de Justicia

/ 19 de junio de 2022 / 00:25

El 28 de marzo de 1980, la entonces presidenta constitucional interina de Bolivia, Lidia Gueiler Tejada, emitía una ley de resarcimiento y compensación a los heridos y a las familias de los asesinados en la infame Masacre de Todos Santos de 1979. Desde 1 de noviembre y durante 15 días, los militares bolivianos disparaban discrecionalmente contra una población desarmada que resistía un golpe militar, esta vez encabezado por el coronel Natusch Busch y un grupo de militantes del MNR, encabezados por el sinuoso Guillermo Bedregal. Muchos de estos militares ganaron galardones que de otra manera nunca los hubieran logrado en una confrontación con otro ejército regular. Así, el coronel Arturo Doria Medina fue calificado como el Mariscal de la Pérez Velasco por su rotundo triunfo con tanques austriacos, aviones artillados y tropa con armamento pesado contra una ciudadanía inerme. Todo este grupo de genocidas no purgaron un solo día en la cárcel y murieron en la impunidad. Este decreto ley de la señora Gueiler no entró en vigencia porque el grupo fascista de las FFAA concebía que los juicios que se anunciaban contra los asesinos enlodarían a otros militares comprometidos con el narcotráfico y el manejo discrecional de las finanzas del Estado. García Meza y Arce Gómez, dos brutales engendros del fascismo boliviano, volvieron a sacar tropas y tanques para repetir la barbarie, esta vez coludidos por paramilitares argentinos y grupos internacionales neonazis. Atropellaron toda la institucionalidad a fin de cuidar sus intereses de casta protectora de una oligarquía que se vio rebasada por la enorme influencia que el narcotráfico internacional había tendido por todo el mundo.

Paradójicamente, el extinto Fernando Kieffer, diputado del dictador Banzer, presentó otro proyecto de resarcimiento a las víctimas de violencia política y se establecía la creación del Consejo de Atención de las Víctimas de Violencia Política (Conavip), dependiente del Ministerio de Justicia y que estaría compuesto por instituciones de la sociedad civil.

Finalmente, la Ley 2640 del 11 de marzo de 2004 fue aprobada y se conformó una Comisión de Resarcimiento a las Víctimas de Violencia Política (Conrevip), que solicitaba documentación, como por ejemplo una constancia de los meses de detención obligatoria, sin juicio previo, como si en las dictaduras te dieran un certificado de tu encarcelamiento; nombres de los torturadores, como si estos rufianes actuaran con el rostro descubierto y con una tarjeta de identificación; en fin, una lista que muchos afectados veían imposible conseguir. Muchos heridos, exiliados y torturados fueron excluidos de la lista con una serie de chicanerías vergonzosas que estaban enlazadas con la Defensoría del Pueblo para que los posteriores reclamos no puedan ser tomados en cuenta por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y fueran rechazados por la misma. Ese es nuestro caso, pero toda la artillería jurídica no tuvo ningún peso moral ante las pruebas evidentes de las violaciones de nuestros derechos: certificado médico de intervención quirúrgica de emergencia por heridas de bala (05-11-79), efectuada en el Hospital General por el doctor Eduardo Chávez Lazo, que en esos luctuosos días salvó muchas vidas; una certificación de nuestra calidad de refugiado político extendida por la Cancillería del Ecuador y otros documentos de la Cruz Roja. Nuestro caso fue aceptado por la CIDH y está registrado con el número P-1675-16 del 29 de marzo de 2017.

Este caso particular se multiplica por cien a la hora de verificar el desprolijo trato de los sucesivos ministros de Justicia, como la señora Ayllón, que rechazó nuestro reclamo por la exclusión de otros ciudadanos, actos que originaron que un grupo de víctimas de la violencia política armen una carpa frente al Ministerio de Justicia y, durante 10 años, registren la protesta por justicia más larga de la historia boliviana. La carpa fue víctima de los grupos neonazis en 2019, que la incendiaron, la recompusieron y está observando 10 años a las autoridades que pasan sin mirar a sus moradores, mientras fallecen sus habitantes que la sostienen como Julio Llanos, David Frías y otras víctimas de la indolencia estatal.

El proyecto de ley 221/2021-2022 abre una puerta para reparar esta enorme injusticia. La carpa estará ahí hasta que se haga justicia.

Edgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Reflexiones sobre el Censo

/ 19 de junio de 2022 / 00:24

El Censo de Población y Vivienda previsto para noviembre se realizará en un contexto inédito de problemas políticos y administrativos, que no facilitan ciertamente su preparación y ejecución en forma cabal. El principal problema consiste en la falta de información verdadera sobre la situación del levantamiento cartográfico, habida cuenta de que la cartografía completa es la base imprescindible para llevar a cabo un censo confiable, sobre todo porque el Censo de 2012 utilizó la misma cartografía del Censo de 2001. En esos 21 años han ocurrido enormes trasformaciones en todos los órdenes imaginables: la migración interna del campo a la ciudad, los desplazamientos poblacionales entre departamentos, la emigración de trabajadores al exterior, así como los cambios en las condiciones habitacionales a partir de las dinámicas de la construcción de viviendas en las cuatro ciudades del eje: La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz, entre otros aspectos.

Un segundo problema se deriva de los impactos desiguales que ha provocado la pandemia del COVID-19 en los ámbitos de la salud, la educación y el empleo, cuya medición precisa tendría que proporcionar los elementos primordiales para un nuevo enfoque de políticas públicas en los tres ámbitos mencionados.

Tercero: los censos proporcionan una gran cantidad de datos demográficos desagregados sobre la distribución espacial de la población, incluyendo su estructura por edades, sexo y grados de instrucción, así como sus condiciones de vida y empleo. Toda esta información debe ser adecuadamente tabulada y difundida por diversos medios para el autoconocimiento de la sociedad respecto de su situación demográfica, su nivel de desarrollo económico y social y las brechas de bienestar entre los diferentes estratos ocupacionales, grupos étnico-culturales y clases sociales, que requieren tratamientos diferenciados de políticas públicas.

Cuarto: en países, como Bolivia, donde existe una gran debilidad institucional en términos de registros estadísticos y administrativos completos y confiables, los censos constituyen la única fuente de información para identificar las diversas manifestaciones de la exclusión social y las desigualdades atribuibles al lugar de residencia, la identidad étnico-cultural y el acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, como se ha puesto en evidencia durante los confinamientos ocasionados por el COVID-19. Los censos son asimismo el requisito imprescindible para la elaboración de proyecciones y estimaciones demográficas para períodos intercensales, cuya validez depende de la calidad de la información sobre la población en el año de partida.

Quinto: la información demográfica le pertenece a la sociedad en cuanto son sus datos los que recopila y procesa el sistema estadístico nacional, que no puede excluir por tanto la participación de la sociedad organizada en la formulación de los principios y criterios que deben regir todo el diseño del contenido de la boleta censal.

Sexto: el derecho de acceso a la información pública constituye uno de los fundamentos de la democracia, lo que trae aparejado el derecho de la sociedad civil al acompañamiento y control de todas las etapas preparatorias del Censo, así como a la veeduría durante los días de su ejecución y obviamente también al control poscensal y la oportuna divulgación de los correspondientes agregados estadísticos en formatos accesibles para la población.

Por último, el tratamiento de la autoidentificación sobre pertenencia a un determinado grupo étnico-cultural constituye un asunto pendiente debido a la confusión normativa incorporada en el artículo 3 de la Constitución Política del Estado. Se requieren consultas legislativas para resolver dicho problema, que no debe quedar librado a la discrecionalidad de una instancia administrativa del Órgano Ejecutivo.

Horst Grebe es economista.

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La A de atigrada

/ 19 de junio de 2022 / 00:23

Hace siete días, los tigres supimos lo que es pasar del cielo al infierno. Más todavía los amantes de la Entrada del Gran Poder porque de esa fiesta pasamos a ese clásico de final con Bolívar que nos martilló sin piedad el corazón. A continuación, las bandas de la alegría que precedieron los tres goles funestos.

Once de la mañana. Ingreso a la Entrada del invencible universo cholo paceño. El marcador estaría cero a cero hasta el día siguiente así que solo quedaba llenarse los ojos de color y lujo, reventarse el pecho entre bombos y trombones, sostener la alegría con pasank’alla y cerveza, dejarse envolver por el sol y las sonrisas morenas.

Nos recibe la banda Poopó. Cascos mineros dorados con sonido de platillos. Les aplauden al frente los pasantes, elegantísimos. Carruajes de oro en las orejas, oro hecho carruaje con ventanas de perlas en el sombrero. Salteña de rigor, ya llegaron los Waka Thuqhuri. Cada vez entiendo mejor la pasión de mi abuela por esta alegría irónica que hace bailar a los toreros, empuja el balanceo de las mil polleras encendidas de la resistencia de este pueblo poderoso, pone ritmo a los toros que vencen la muerte y el colonialismo. Aja ja ja, qué risa que me da, la pinta que te gastas, ni bola que te doy. Salteña fría por evaluar caporales, por mirar piernas coquetas. El doble de entusiasmo cuando llegan Los Negritos: la esclavitud y la tortura hecha danza. ¡Pam pa pa pa pam, pa pa pa pam, pa pa pa pam! ¡Morir antes que esclavos vivir! Todo pasa frente a ese pequeño Señor del Gran Poder que mira extasiado (y bien acompañado por ella) desde la mesa de los pasantes. Se han vestido de azul y dorado, bordado el escudo de Bolivia lucen ambos. Lo miran, lo escuchan y lo bendicen todo. Ojo cerrado, te he querido, sin pensar mil veces, me voy a mi suerte

Al día siguiente tocó cantar la otra parte de la misma morenada: el amor es ciego, así es la vida, pase lo que pase, sin llorar corazón. Claro que en la mañana no imaginábamos el desastre. Subimos las escaleras del estadio con todo palpitando. De pronto se abre imponente el gran cuadro: no hay lugar para un alfiler más. Ahí están ellos. Y aquí estamos nosotros. Eufóricos todos. Se entona el himno nacional para recordarnos que al final del día e incluso al final de esta final somos todos bolivianos (y todos mestizos). Hoy lo recuerdo como parte de la receta para curar las tres heridas en mi cuerpo oro y negro. Sí, ganaron. Ganaron bien. Superiores en todo: más presencia celeste, más volumen, más papeles blancos, más humo, más presión, más velocidad, más serenidad y sobre todo, más goles. Disfrutamos los primeros 17 segundos, más nada. En el segundo 18, Wayar se come mi alegría y saltan las almas bolivaristas con el gol que abolla todo. Delante de mí protesta un chango, un papá chango. Lo sé porque tiene sobre sus piernas a su pequeño de, adivino, tres años. El papá, a duras penas, puede llegar a los 30. La bronca de este primer gol no impide la primera tarea de la tarde: proteger al pequeño tigre con una abrigada gorra de lana. El gol celeste trajo el frío. Y en lugar de hacer algo bueno, la infracción de Chura nos conduce al matadero: segundo gol, carajo. A alentar mientras quede vida. Aprovecha los segundos de calma el papá para sacar de su bolsillo un sándwich en pan de molde finamente partido en dos; el tigrito no perdió el apetito. En la cancha los nuestros no saben qué hacer con la pelota y este chango suelta unos ajos pero sobre todo unas cebollas que no hacen mella en el pequeño. En el minuto 37 saca una cajita de jugo de manzana para rematar la merienda de jamón y queso. Me dio hambre pero tengo la boca completamente seca y unas ganas de llorar aplastantes.

Segundo tiempo. Los milagros existen y como siempre me dice mi papá, en el último minuto se puede meter gol. Vuelve la pesadilla de los desaciertos sin garra. El Tigre no está en la cancha. Sale Wayar. “¿Para eso corres, no?” le grita mi vecino. Asiento con la cabeza y me sale la única sonrisa desde el segundo 18. Todos buscamos al joven del café; solo tomaré un trago corto, para castigar a mi equipo del alma. El joven papá renueva insultos que no puedo reproducir en este confesionario pero seguro escucharon allí abajo. El tigrito no se aburre porque le pusieron dibujitos en su celular. ¡Cómo conoce el timing de su heredero! Me acuerdo de buscar mis guantes en la mochila y… gooooooool… El gol de la verdadera derrota. No hay nada más por hacer. Cambio los guantes por los ajos y los lanzo al viento. Lo que el viento se llevó: mi esperanza, mis ganas de abrazarme al felino. Miro desconsolada al pequeño que se deja besar en los brazos de su padre y reencuentro mi esperanza. Ustedes ganaron, y de lejos, pero solo en este pelaje atigrado puede concentrarse tanta ternura paterna y tanto sentimiento. Con ternura y sentimiento caminaremos hacia el próximo partido, después de lamernos esta profunda herida.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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