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Wednesday 10 Aug 2022 | Actualizado a 00:15 AM

Transiciones energéticas

/ 27 de junio de 2022 / 01:27

El mundo está atravesando una transformación tras otra luego del primer brote de la pandemia y ahora con la guerra contra Ucrania. Ambos eventos, precedidos de las fricciones geopolíticocomerciales de la era Trump, están configurando un mundo menos globalizado del que vivíamos a mediados de la década de 2010.

Junto con este retroceso relativo de la globalización, vienen los problemas: las cadenas de suministro se interrumpen y, como cherry sobre la torta, la guerra contra Ucrania ha ocasionado un problema severo de inflación a nivel mundial; Rusia es el primer exportador mundial de petróleo, el quinto exportador mundial de gas y el primer exportador mundial de trigo… que está en guerra con el quinto exportador mundial de trigo (casi el 30% de las exportaciones mundiales de trigo estaban concentradas entre Rusia y Ucrania para 2020).

Volviendo al tema energético, Europa importa cerca del 40% del gas que consume, desde Rusia. Con la guerra y las sanciones, la energía se ha vuelto más escasa —Rusia está limitando sus exportaciones de gas a Europa— y más cara en todo el mundo.

Para Europa, el tema energético es, hoy por hoy, un problema de seguridad. En tal sentido, urge hacer la transición hacia otras fuentes de provisión. Como nos cuenta The Economist en su edición del 23 de este mes, la energía nuclear gana atractivo ante la perspectiva de una disrupción de largo plazo de las relaciones comerciales con Rusia.

Pero en Europa, la reputación de la energía nuclear estaba muy a la baja en las últimas décadas. Francia queda como un bastión en generación de energía nuclear. Sin embargo, largos años de descuido en inversión en el sector están afectando hoy en día la capacidad de producción, desde varios frentes: primero, el deterioro por el uso y el descuido hacen que hoy Francia tenga apagada la mitad de su capacidad para encarar trabajos de mantenimiento.

En segundo lugar, incluso cuando los países deciden instalar nuevas plantas, la des-acumulación de conocimiento técnico (entre varios otros factores) ocasiona largos retrasos y significativos incrementos de presupuesto en la construcción de nuevas centrales nucleares… lo que nos lleva al siguiente dilema, que es volver a confiar en proveedores rusos (que sí mantuvieron actividad en la construcción de centrales nucleares) para apoyar los esfuerzos de Europa por ser más independientes de los energéticos de Rusia.

En última instancia, el problema central son los precios, que están determinados por las condiciones actuales de mercado, que están determinadas por la guerra.

Como quiera que sea, los países europeos están adoptando crecientemente la idea de que el componente nuclear tiene que ser mayor en sus redes energéticas, no solo para ganar algo de autonomía respecto a Rusia, sino para ir reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero y lograr la meta climática de París 2015. Así lo indican las declaraciones del ministro finlandés de asuntos económicos, la decisión de Bélgica para financiar investigación en energía nuclear por 100 millones de euros y el aún incipiente debate político en Alemania para revertir el cierre programado de las centrales nucleares que aún están en funcionamiento.

El dilema que enfrenta Europa es un dilema mundial, pues al final del día tenemos más países importadores netos de hidrocarburos que exportadores netos. Como mencioné antes, en última instancia todos quieren (queremos) precios bajos por la energía. Si a eso le sumamos los compromisos de protección al medio ambiente, las alternativas son pocas. Evidentemente, debemos seguir incorporando más fuentes de energía renovable y verde, pero estas alternativas no siempre tienen ni la densidad energética (energía producida por superficie), ni la tasa de retorno energética (energía producida por energía consumida para su producción) que tienen los hidrocarburos o la energía nuclear.

Los cambios que estamos atestiguando en este momento seguramente tendrán implicaciones para el largo plazo. Lo que sí es seguro es que lo que parecía herético hace unos lustros suena sensato hoy en día.

Pablo Rossell Arce es economista.

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Los costos ocultos de la transición energética

/ 8 de agosto de 2022 / 00:33

Desde hace ya varios lustros, el mundo se ha metido (y con razón) en una lógica de transición de uso de energía, con la intención de despegarse de las energías “sucias” —carbón, petróleo, gas—, que son causantes de los gases invernadero, el deterioro de la capa de ozono y, por ende, del calentamiento global.

La transición energética implica que como humanidad usemos más energías renovables: hidroeléctricas, eólica, solar —para mencionar solo las más relevantes—, pues su uso no implica la emisión de contaminantes. Este es el beneficio más tangible que se puede obtener de la transición energética; es un beneficio incuestionable.

Y como todo en la vida, la transición energética tiene costos que es necesario incorporar en la ecuación para, al menos, estimar el balance que quedará como resultado de esta tendencia que, al día de hoy, es irrefrenable.

Los costos más visibles son aquellos relacionados con la verdadera capacidad de las energías limpias para sustituir a las energías “sucias”: en primer lugar, hay que considerar la densidad energética de cada una de las fuentes presentes en el abanico de opciones actuales; en segundo lugar, tenemos que considerar la tasa interna de retorno de cada fuente de energía; y, en tercer lugar, el impacto ambiental derivado de los nuevos materiales y nuevas infraestructuras requeridas para la generación masiva de energías limpias.

Se llama densidad energética al ratio de energía producida por superficie requerida para producir dicha cantidad de energía. Por ejemplo, nos dice la experta en mercados y energía Lyn Alden, que una planta nuclear puede producir enormes cantidades de energía en superficies comparativamente muy pequeñas, lo mismo ocurre con la energía proveniente del carbón. Al otro lado de este abanico está, por ejemplo, la energía solar, que requiere de grandes extensiones de terreno para generar proporcionalmente menos energía que las fuentes más densas, nos explica Alden.

La tasa interna de retorno energético mide el ratio de cuánta energía se obtiene de una fuente determinada a lo largo de su vida útil, versus cuánta energía se debe invertir para obtener dicha producción. En otras palabras, de nuevo según Alden, se requiere cierta cantidad de energía para extraer petróleo de un pozo petrolero, pero la cantidad de energía que dicho pozo provee es muchísimas veces superior a la cantidad invertida en su puesta en marcha.

Daniel Weissbach realizó un estudio en 2013, Intensidades energéticas, tasa de retorno energética y períodos de repago de plantas de generación de energía. Como nota aclaratoria, el título es mi libre traducción, pues no cuento con una versión en español de dicho artículo. El estudio refleja que la tasa de retorno energética de la energía nuclear es 25 veces mayor a la de la energía solar; que la tasa de retorno del carbón es tres veces mayor a la energía eólica. La energía hidroeléctrica queda en una muy buena situación, pues su tasa de retorno es mayor a la del carbón en un 20%. Las plantas de ciclo combinado tienen una tasa de retorno que se sitúa al medio de la mejor (nuclear) y la peor (solar), con un resultado apenas inferior al del carbón

Por otro lado, la enorme demanda de nuevos materiales para la transición energética implica una gran demanda por nuevos tipos de minerales, como las tierras raras y otros. Se prevé que la demanda de níquel, aluminio, fósforo, hierro, cobre y litio —entre otros minerales— se multiplique por 10 o más veces hasta 2030, lo cual tendrá un impacto directo sobre sus precios.

Como boliviano, no puedo menos que estar optimista gracias a que nuestro territorio cuenta con recursos para proveer de casi todo tipo de energía; en hidrocarburos tenemos el gas, que es la menos contaminante, pero también tenemos eólica, hidroeléctrica y, además, contamos con litio. Si se confirman las sospechas del Gobierno, que hace muy poco creó el Viceministerio de Minerales Tecnológicos para investigar la existencia de uranio y tierras raras, cubrimos todo el abanico posible de energías. Sumado a ello, contamos con la mayor reserva de litio.

Ninguna transición es pura, y la transición energética no lo será. La humanidad tendrá un gran avance si al menos las energías nuevas van desplazando al carbón, que representa algo más de un tercio de la energía total que consumimos. De ahí para arriba, seguramente iremos sustituyendo el petróleo, etc. Bolivia está posicionada como para participar en todo el abanico. Es un reto y una oportunidad.

Pablo Rossell Arce es economista.

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El petróleo es el nuevo petróleo

/ 25 de julio de 2022 / 00:08

Se dice que en 2006 Clive Humby, uno de los primeros científicos de datos de la historia dijo: “Los datos son el nuevo petróleo”. Humby se refería al valor del análisis de datos en gran escala para la toma de decisiones de gestión empresarial y gestión pública. Evidentemente, el análisis de datos y la gestión del big data han cobrado una enorme importancia en un mundo interconectado e informatizado.

Pero las computadoras, centros de datos, centros de transmisión y todos los aparatos que se necesitan para el análisis de datos siguen funcionando con energía proveniente de hidrocarburos —50% de la oferta mundial— y carbón —20% de la oferta mundial—. Básicamente el 70% de nuestra energía la proveen fuentes fósiles, algunas menos limpias (como el carbón) y otras más limpias (como el gas natural).

El petróleo y los energéticos en general son indispensables para prácticamente cualquier proceso de producción y consumo, de ahí que su rentabilidad ha sido alta y estable desde que humanos y humanas masificamos su uso.

El precio del petróleo ha tocado su punto más bajo de la historia durante la primera ola de la pandemia, en 2020, cuando llegó a cotizarse en valores negativos. Ahora nos enfrentamos con la perspectiva de que el barril de petróleo se cotice entre los $us 110 y 90 en el futuro previsible.

La invasión de Rusia a Ucrania ha generado una crisis alimentaria y energética que ha tocado inicialmente a Europa, pero se ha propagado inmediatamente al resto del planeta, mediante los mecanismos de las bolsas de commodities mundiales.

La combinación de crisis de combustibles y crisis energética, que se refleja inmediatamente en los índices de inflación no solo es un problema que afecta a las cifras macro; primero que nada, afecta a la gente. Cualquier gobernante entiende que una caída del nivel de bienestar se traduce —claramente— en un incremento del malestar social y esto deriva en conflictividad.

Sri Lanka es el ejemplo extremo, fruto de un combo de políticas desacertadas en materia económica y agrícola. El resultado final fue que la gente terminó sin alimentos y sin combustible, echando a sus gobernantes de sus palacios y esperando una solución. Mi hipótesis es que esa solución no debería tardar mucho, pues hoy en día Sri Lanka es un problema de seguridad nacional para India y China.

Acá en el vecindario las protestas no se dejaron esperar; Ecuador, Perú y Panamá sufrieron largas olas de conflictos y sus gobiernos —no importa si populistas o no— terminaron apagando los conflictos regulando los precios de los combustibles.

El Salvador ha congelado los precios hasta agosto, Colombia tiene su fondo de estabilización para controlar los precios de la gasolina (además del establecimiento de precios diferenciados por región).

Europa, por su lado, tiene sus propias medidas: dado que el espectacular incremento del petróleo ha dejado beneficios extraordinarios a las energéticas, la tendencia en el viejo continente es la de aplicarles impuestos extraordinarios a las empresas que se han visto beneficiadas de los súbitos incrementos de precios, que se han trasladado a los consumidores —hogares y negocios— y a quienes les ha afectado en sus gastos cotidianos. El consenso europeo es el de compartir entre todos el impacto de la subida de los hidrocarburos.

Era obvio que los impactos de la pandemia exigirían políticas divergentes del consenso de las primeras décadas del siglo XXI; el mundo está en un periodo de transición hacia lo desconocido. Esa transición implica cambios y modificaciones que seguramente tendrán ajustes más o menos significativos. El FMI, al inicio de la pandemia, bajó la línea de aceptar instrumentos nuevos e imaginativos.

Incluso un medio tan poco sospechoso de simpatías con cualquier tipo de populismo como The Economist advierte en un artículo reciente (https://www.economist.com/international/ 2022/06/23/costly-food-and-energy-arefostering- global-unrest) que la inflación en combustibles y alimentos tiene el potencial de encender conflictos sociales en todo el mundo. No hay recetas, estamos ante una época de heterodoxias.

Pablo Rossell Arce es economista.

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La inteligencia artificial en la vida cotidiana

/ 11 de julio de 2022 / 00:29

El desarrollo del internet ha llevado a la automatización y la informatización de la vida y de las actividades cotidianas a niveles que hace pocos años eran apenas sueños que habitaban en las mentes más imaginativas.

Recuerdo vívidamente, hace unos 30 años, cuando los sistemas de sonido soundblaster le añadían espectacularidad a los juegos por computadora que circulaban en ese entonces, con figuras animadas vistosas y coloridas, pero de una calidad muy distante a la de hoy, que un amigo especialista en estos temas me dijo que “el multimedia todavía está en pañales”.

Unos años después, un reportaje de televisión mostraba cómo en “el futuro” se generarían personajes computarizados a los que incluso se les vería el detalle de las hebras del cabello. Ese “futuro” llegó hace años y actualmente ya no son tan comunes los personajes de dibujos animados “bidimensionales” de mi infancia; ahora son figuras impresionantemente realistas.

Pero más allá de los avances en efectos visuales y auditivos, me interesa dedicar lo que queda de mi columna a los avances en inteligencia artificial y cómo ésta puede introducirse en distintas facetas de la vida cotidiana.

Por ejemplo, para las primeras fases del negocio existen sitios web con aplicaciones de inteligencia artificial (IA) que ayudan a diseñar el logotipo y la imagen de marca de un emprendimiento. Más adelante, cuando la clientela crezca, también se puede acudir a herramientas de IA para gestión de atención de clientes. Incluso se cuenta con herramientas de IA para la gestión de compras del negocio.

Si el negocio ya cuenta con presencia en las redes sociales, hay herramientas de IA para medir el impacto “emocional” de los contenidos posteados. Y si se trata de hablar de presencia en las calles, se ha desarrollado deep fake —simulaciones de rostros humanos que generan expresiones diseñadas científicamente para captar la atención de la gente y contar con más altas probabilidades de que lean los anuncios.

Muchos de estos desarrollos todavía no están presentes de manera masiva, pero ya van marcándose algunas tendencias del uso de estas herramientas, especialmente en el marketing.

Para estudiantes hay todo un abanico de herramientas, desde las que colaboran para preparar textos y ensayos más creativos, pasando por aquellas que generan imágenes y animaciones basadas en simples descripciones escritas, hasta las que realizan transcripciones de las grabaciones de las clases, para quienes tienen flojera de teclear.

La medicina y la telemedicina ya cuentan con herramientas de IA que colaboran en el diagnóstico por imágenes.

La gestión urbana puede verse beneficiada con soluciones de IA que permiten controlar el tráfico y las infracciones, y existen desarrollos más discutibles —por el riesgo de sesgar en contra de poblaciones específicas—, de control y prevención del crimen.

Por supuesto que todos estos servicios tienen un costo. Incluso si son gratuitos, lo mínimo que exigen es una inscripción mediante cuenta de correo electrónico. Usualmente esta membresía habilita los servicios básicos, que son bastante limitados. La membresía pagada habilita los servicios más sofisticados, pero puede que al final del día incluso habilitando el pago el resultado sea razonablemente barato.

Los procesos de automatización, innovación y aplicación de tecnologías informáticas están muy por encima de la imaginación del público y de las autoridades en nuestro país. Por un lado, esto exige más alfabetización digital e incluso yo diría posalfabetización digital, porque las innovaciones no cesan de avanzar y mientras tengamos internet, estaremos expuestos a todos los desarrollos que lleguen de fuera. En muchos casos, esto implica analizar nuevas modalidades de ejercicio de derechos y, por lo tanto, regulación.

Por otro lado, desarrollar la curiosidad y las ganas de aprender o auto-aprender están al alcance de cualquiera que tenga acceso y un mínimo de conocimiento del mundo de internet.

Pablo Rossell Arce es economista.

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El valor (económico) de las creencias colectivas

/ 13 de junio de 2022 / 02:17

Qué tal si le damos una vuelta a la idea de que nuestra prosperidad depende (al menos) parcialmente de nuestros pensamientos colectivos. El sentido común imperante es una masa gelatinosa llena de frases comunes, creencias colectivas, verdades compartidas, prejuicios populares y todo un conjunto de ideas repetidas colectivamente hasta que se hacen carne. La cultura, pues.

Es aquello que hace que un hincha de la selección boliviana que vive en Porvenir sienta, efectivamente sienta, una opresión en el pecho cada vez que el equipo de sus amores pierde un partido (con una constancia digna de mejor propósito). Ese mismo y descorazonado hincha se siente tan boliviano como aquella joven que vive en Villazón y ambos comparten emociones similares al ver la bandera, el mapa, al cantar el himno.

Boliviano (o boliviana) que se respeta debería poder concluir mentalmente estas frases (mantras) sin necesidad de pensarlas: El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo… Viva mi patria Bolivia, una… Bo-bo-bo-li-li-li…

Ya Anderson nos contaba las mil y una formas en las que una nación era una comunidad imaginada. La abstracción mental mediante la cual una persona se siente parte de la misma patria que otra persona no es nada más ni nada menos que el uso creativo de nuestras facultades mentales para situarnos dentro del mismo mapa y creernos parte de la misma colectividad a lo largo de los 1.098.541 kilómetros cuadrados de nuestro territorio, máxime si no existe ninguna presencia de las fuerzas de seguridad del Estado, que están llamadas a convencernos a la mala de qué lado de la frontera tenemos que estar.

De la misma forma en la que nuestras facultades mentales nos permiten construir la abstracción de un país en la cabeza, pueden determinar (al menos parcialmente) fenómenos económicos de gran magnitud. La importancia de las historias económicas como fuente de explicación de los fenómenos en el área fue escudriñada en 2019 por Robert Shiller en su libro Narrativas Económicas.

Shiller nos cuenta que, más allá de lo que quieran mostrarnos con números y estadísticas, todos los fenómenos económicos —todos— son fruto de decisiones humanas, no del aleatorio movimiento de una cantidad creciente de variables que se mueven al son de “elegantes” modelos econométricos.

Picos y crisis en las bolsas de valores pueden —según Shiller— encontrar explicaciones en las “historias populares” —argumentos cortos, “sensatos” y repetidos colectivamente (como mantras)—.

El ejemplo del Bitcoin, nos dice Shiller, es ilustrativo para entender este fenómeno. La idea del Bitcoin fue introducida por un misterioso personaje (¿colectivo?) bajo el nombre de Satoshi Nakamoto en 2008. Estructurado como un complejo conjunto de fórmulas matemáticas, tuvo un gran impacto y logró una aceptación creciente de individuos y, desde hace algunos años, grandes fondos financieros, e individuos que están invirtiendo dinero en lo que los fans de la criptomoneda llaman “el dinero del futuro”.

En los hechos, nos recuerda Shiller, hay muy poca gente que entienda toda la lógica matemática detrás del Bitcoin. La creciente aceptación y el valor de su capitalización de mercado está esencialmente basada en su confiabilidad, que a su vez es producto de la penetración de la creencia colectiva de ser “el dinero del futuro” y de ser una moneda “totalmente descentralizada”. La valuación de mercado del Bitcoin, décima en el mundo, supera a la de Meta (Facebook), Samsung y Coca-Cola.

En Bolivia, siempre hemos repetido la idea del mendigo sentado sobre una silla de oro. Hasta donde yo sé, nadie ha intentado contarnos una historia alternativa… Qué se yo, la de una ingeniera sentada sobre una silla de oro o algo así. Al menos la ingeniera tendría un par de ideas de qué hacer con su tesoro.

Gracias al hecho de proceder de una familia transdepartamental, tuve la ocasión de conocer con alguna profundidad las particularidades culturales que distinguen a La Paz y a Santa Cruz. Debo decir que, en gran parte, la historia de que el paceño te dice que “está bien nomás” cuando está nadando en plata, mientras que el camba pregona prosperidad aunque su apalancamiento esté en el borde de lo insostenible, es bastante frecuente. Sin negar que existen muchos casos que contradicen ese sentido común, los patrones de comportamiento (cultura) son bien marcados.

Al salir de una crisis, puede que sea hasta saludable ver el futuro con optimismo, como dijo la casera de un puesto de las 7 calles al ser preguntada por mi madre acerca del impacto de la pandemia en su negocio: “Santa Cruz se levanta rápido”.

Pablo Rossell Arce es economista.

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El presente y el futuro del trabajo

/ 30 de mayo de 2022 / 00:43

Prácticamente toda acción humana que pretende modificar el entorno natural puede ser catalogada como una aplicación de tecnología, empezando por el básico encendido del fuego, que ningún otro animal puede realizar en la naturaleza y muy pocos humanos tienen las competencias para lograrlo sin el concurso de encendedores ni fósforos.

Es pertinente aclarar estos detalles para quienes creen que la tecnología se reduce al internet, los smartphones y las apps.

Desde el inicio de la revolución industrial, la introducción de tecnología en los procesos productivos ha sido motivo de preocupación social, especialmente en la población trabajadora. Los luditas de la primera revolución industrial saboteaban con violencia la aparición de nueva maquinaria multiplicadora de la productividad porque la percibían como ahorradora de puestos de trabajo. La historia demostró que la realidad tenía muchos más matices.

Con el arrollador avance de la informática y las Tecnologías de la Información y Comunicación, una nueva preocupación se ha instalado en la mente de las y los estudiosos del empleo, que se preguntan cómo va a modificarse la demanda laboral (vale decir, la necesidad que tienen los empresarios de contratar trabajadores/ as) en la medida en la que se incorpora más tecnología de nueva generación para la producción de todo tipo de bienes y servicios.

Un interesante artículo del último número de la revista de la CEPAL, escrito por Ignacio Apella y Gonzalo Zunino, muestra las tendencias del empleo en América Latina en relación a la introducción de nuevas tecnologías, bajo la hipótesis de que la introducción de nuevas tecnologías genera dos grupos en la población trabajadora: uno, altamente calificado, bien pagado, productivo e intensivo en tareas cognitivas, y el otro, con baja cualificación, ingresos bajos y altamente intensivo en tareas manuales rutinarias.

En el medio, queda el grupo de trabajadores con cualificaciones medias y especializados en tareas manuales no rutinarias.

La teoría dice que los dos primeros grupos tienden a tener mayor demanda y el tercero, tiene la tendencia a reducirse en la proporción total del empleo.

Apella y Zunino señalan que esta tendencia está presente en América Latina, pero con matices: Bolivia presenta ligeros aumentos en el empleo intensivo en actividades manuales rutinarias y República Dominicana disminuye el empleo en actividades intensivas en conocimiento.

El contexto económico mundial que fue consecuencia de la pandemia multiplicó los usos de las tecnologías de última generación y los ejemplos forman una larguísima lista, desde la vigilancia de la población contagiada hasta la multiplicación de plataformas de delivery.

Hoy en día, la frontera tecnológica está en la inteligencia artificial. Pese a estar recién en las fases iniciales de su desarrollo, cualquiera con conexión a internet puede encontrar aplicaciones gratuitas para realizar transcripciones, captura de datos, dibujos animados, marketing, escritura de ensayos y hasta diseño.

Por otro lado, se han abierto decenas de opciones para que jóvenes con habilidades y destrezas digitales se inserten en un mercado de trabajo global, siempre y cuando tengan la curiosidad y las ganas de explorar. Cientos de historias de gente que aprende nuevos oficios mediante herramientas virtuales de aprendizaje lo corroboran.

Por supuesto, la primera condición indispensable es tener curiosidad y ganas de explorar. La segunda condición es contar con una conexión de internet medianamente decente. La tercera condición es tener un nivel mínimo de lectoescritura y razonamiento matemático. Este tercer elemento brilla por su ausencia en el sistema educativo boliviano, gracias a las condiciones —también sistémicas— de gobernabilidad entre sindicatos de maestros y Gobierno. Los últimos acontecimientos de la cúpula del CEUB son una vitrina de la situación de la educación superior en el país.

Afortunadamente, se han multiplicado las oportunidades que existen en internet: un puñado de destacados profesores han volcado una encomiable vocación de servicio en el desarrollo de contenidos educativos —especialmente en matemáticas— en varios canales de YouTube, entre los que resaltan, por el capricho de mi particular algoritmo de búsqueda: Cristian Apaza, el profe Marco Bolivia y el profe Santiago Velasquez (según el nombre de sus respectivos canales).

Para quienes buscan educación técnica existen cientos de opciones con cursos cortos de profesionalización, muchos de ellos gratuitos y con opción a un certificado oficial. Por su lado, Google ha desarrollado un portal de formación en materias que van desde el marketing digital hasta el desarrollo de apps móviles, pasando por comercio electrónico, computación en la nube y decenas de otros cursos.

Con esto, vemos un tímido inicio de un amplio abanico de oportunidades de desarrollo profesional, potencialmente más inclusivo en el futuro.

Pablo Rossell Arce es economista.

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