Voces

Friday 12 Aug 2022 | Actualizado a 06:49 AM

Los cuatros guiños de Petro

/ 29 de junio de 2022 / 03:01

“El sistema no teme al pobre que tiene hambre.

Teme al pobre que sabe pensar”, Paulo Freire.

Petro es Gustavo Francisco Petro Urrego, exguerrillero, economista. Petro es un lector voraz (lee todas las noches, comparte ese “vicio” con el presidente Luis Arce Catacora); es católico y seguidor de la Teología de la Liberación; es amigo de los perros. Nace un 19 de abril de 1960, primer guiño al destino. Tiene una cruz de San Benito —para defenderse de demonios y diablos— en su muñeca izquierda bendecida por el papa Francisco. Es hincha del porro sabanero, ritmo tropical de su Córdoba natal y gusta de ponerse sombreros “vueltiaos”.

Petro cree que Gabo (García Márquez) es el colombiano más grande de toda la historia. Estudió en el colegio La Salle de Zipaquirá (Bogotá) junto al Nobel de Literatura. Es sopero y duerme poco; su plato favorito —que él mismo cocina— es espagueti “a la amatriciana”.

Militó en la guerrilla del M-19 (de abril, segundo guiño) durante 15 años. Luego fue concejal, alcalde de Bogotá y senador. Petro aprendió a disparar en los entrenamientos que los tupamaros uruguayos impartían en las afueras de la capital colombiana. Tuvo dos alias, “Comandante Aureliano” (por el coronel de las mil victorias/derrotas de Cien años de soledad) y “Comandante Andrés”. Dice —en su biografía, Una vida, muchas vidas— que nunca disparó contra una persona, “quizás a mí también me hubiera devorado la violencia, como dice José Eustasio Rivera”.

La mamá de Petro era “gaitanista” (seguidor de Jorge Eliécer Gaitán Ayala, cuyo asesinato el 9 de abril de 1948 provocara el famoso “Bogotazo”). Su profesor de sociología en la universidad fue un chileno —llamado Raimundo Trincao— que llegó a Colombia después de haber sido parte del gobierno de Salvador Guillermo Allende Gossens.

Petro fue torturado con métodos “chinos” y aún tiene una marca en la ceja producto de un culatazo de fusil durante las sesiones de tortura. Pasó por la cárcel dos veces (en la segunda planeó tumbar los muros con explosivos) y tuvo que marchar al exilio europeo/ belga después de que la organización armada donde militaba firmara la paz (y tras el asesinato, otro, del líder de la guerrilla M-19 Carlos Pizarro Leongómez, en abril, siempre abril, de 1990).

A Petro le gusta cantar canciones republicanas de la Guerra Civil española como el himno anarquista A las barricadas. Es su particular “venganza” contra los curas franquistas de su colegio lasallista. Cuando supo que los “paracos” lo iban a matar, pidió una entrevista con Carlos Castaño Gil, líder paramilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), asesinado también (a manos de sus propios hombres). Estaba convencido que si hacía públicas las amenazas se podría salvar. Y se salvó.

En Cúcuta, en 2018, zafó de milagro cuando los tiros (la prensa dijo que eran piedras) chocaron contra los vidrios de su carro de candidato presidencial. Su madre, su hermana y sus sobrinas tuvieron que salir al exilio de Canadá. Incluso mataron a los perros que tenía en la casa después de investigar como senador los vínculos entre políticos y bandas paramilitares, la llamada “parapolítica” y su reguero de sangre.

Cuando todas las puertas se cerraron, se quedó sin trabajo, como el padre del novelista Héctor Abad Faciolince, el autor de El olvido que seremos. Un amigo tuvo que pagar la matrícula de su hija en la universidad. Se enfermó de gastritis y hace dos años fue operado en Cuba. Cuando un periodista le preguntó con qué presidente se podría comparar, Petro respondió que con José María Melo, el último general del Ejército Libertador de Bolívar, un indígena, un defensor de los artesanos.

Petro es un “pelietas”, le gusta provocar/armar discusiones. Y no quiere envejecer en la política, quiere retirarse a algún lugar para hacer libros. Las penas más profundas de su corazón han sido penas de amor. Jorge Mario Bergoglio le dio solo un consejo: “Ame a su pueblo”.

Gustavo Francisco Petro Urrego salió elegido el pasado día 19 (el tercer guiño al destino) como presidente de su país (con una “vice” negra y hermosa llamada Francia Márquez) porque perdió el miedo y la mentira; porque el odio fue derrotado en las urnas; porque llegó por fin la primera victoria popular; porque los ”nadies” se hicieron escuchar y se pusieron de pie. Las plazas y las calles de la nueva Colombia se han llenado otra vez de hombres y mujeres dignos con dos propósitos: devolver amor y construir la paz, garantía de los derechos de la gente. Petro es el último guiño (el cuarto) de unas izquierdas que han vuelto con todo(s) a nuestra América común.

Ricardo Bajo H. es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Su twitter es: @RicardoBajo.

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Es el Tigre de Viscarra

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 10 de agosto de 2022 / 17:59

Introducción: el Tigre -de vino tinto- busca la octava victoria al hilo. Es el primer partido de visitante de la era “Pampa” Biaggio. El Pajonal de Real Santa Cruz es un campo minado. Es una cancha de infausto recuerdo para los gualdinegros. La hinchada stronguista se hace presente y un “trapo” dice así: “el Tigre contra todos, todos contra el Tigre”. En el “eleven” titular de la visita, Sotomayor ocupa el lugar del lesionado Esparza. El juvenil es Daniel Lino, lateral por izquierda. El argentino Andrés Marinangeli coloca el mismo dibujo que The Strongest: un 4-4-2 con los dos caribeños (Jean y Romero) dispuestos a correr y correr. Los leones van a acusar los cinco días que llevan sin entrenar para exigir el cobro de sus salarios.

Nudo: el Tigre no se mete atrás, como en la época de Díaz/Ramondino. A pesar de eso, las mejores chances son para el local, todas para el lucimiento de un espectacular Guillermo Viscarra Bruckner, el mejor arquero del campeonato, luchando día a día también por la titularidad en la selección boliviana (con el permiso de Lampe). Viscarra, por tener, tiene hasta suerte pues dos veces se va a estrellar la pelota en su palo. En el último minuto de la primera parte llega lo que iba a ser el golazo de la fecha; lo que es (hasta que el VAR dice que no) el mejor tanto de Martín Prost con la oro y negro.

Desenlace: Biaggio sienta a Lino y coloca a Villamil. La arenga en el vestuario espabila al Tigre que decide olvidar una pésima primera parte. Entonces Prost, a la tercera después de fallar un gol hecho a medio metro de Franco, adelanta de carambola a su equipo en el “score”. Es una trabajada victoria. El colombiano Michael Ortega vuelve a tener minutos por un “Pito” Sotomayor que en banda izquierda se pierde. Los stronguistas se ponen en modo contragolpe, pagan con su propia medicina a los criollos orientales. Ni siquiera la roja contra Castillo a falta de 20 minutos altera el plan del “Pampa”. Viscarra se disfraza de super héroe atigrado; volando va, volando viene hacia todos los ángulos posibles (tapa el quinto penal de once pateados). En contragolpes letales, van a llegar dos goles más (de Ortega, por fin, y de Saucedo).

Post-scriptum: el Tigre se consolida en la punta y el sábado recibe a las “fieras” de Palmaflor. Lo mejor de todo es su actitud, su compromiso, su jerarquía, su atrevimiento, su convicción. Es un Tigre frontal y vertical, que ataca y ataca aunque juegue con uno menos. Y tiene al mejor arquero de toda Bolivia. Es la garra que enamora. Ahora tiene que defender esa ventaja y no la rifarla como en años anteriores; ahora son todos contra el Tigre.

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Mario Conde Cruz : un niño terrible

Uno de los mejores acuarelistas del país, recibió el premio Obra de una Vida del Salón Pedro Domingo Murillo y actualmente expone en la Galería Altamira de La Paz.

/ 8 de agosto de 2022 / 13:44

Marito” extraña su infancia. Todavía es el niño aquel que vive en la calle Pucarani, cerca de la Cervecería y la Pando (tragos y pacos, como designio); todavía se ve jugando por el bosquecillo de Pura Pura y trepando a los trenes de la estación para esconderse de los maquinistas y llegar hasta la Ceja en un viaje hacia lo desconocido. En aquel tiempo añorado, cualquier cosa era una maravilla. “Marito” carga su infancia, por eso no envejece.

“Marito” es Mario Conde Cruz, uno de los artistas/acuarelistas más connotados de la pintura boliviana. Nace el 22 de julio de 1956; es el sexto hijo de siete de Concepción Cruz, ama de casa, y Eulogio Conde, albañil. De su padre hereda la habilidad artística pues cuando su laburo de “albaco” se lo permite, hace lindas casitas para vender en las Alasitas. Ninguno de sus hermanos (Santiago, Julia, Justo, Julieta, Elvira y Antonio) caminará los senderos del arte.

Estudia la primaria en la escuela Ismael Montes y la secundaria en el colegio Villarroel de la calle Isaac Tamayo. Vivirá en El Alto (Villa Santiago II), Achachicala, Sopocachi y Villa Victoria. No se casará, gracias a dios. Quiere estudiar Arquitectura o Ingeniería pero el dictador Hugo Banzer ha cerrado la universidad; muere la inteligencia en los setenta. No sabe que puede estudiar Arte, pero un día pasa por delante de la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles y se apunta. Siete años después, sale con dos especialidades: pintura y grabado.

El desnudo femenino y las máscaras son infaltables en la obra de Mario Conde.

(“Como ocurre con todo artista genuino, Mario Conde ha creado un mundo y habita en él. La presencia del caos propicia un orden revelador y descarnado, donde lo oscuro convive con lo luminoso”, Benjamín Chávez, poeta).

Son tres los profesores que marcan al alumno Conde Cruz. El primero es René Castillo, un verdadero guía. “Me cambiaba de lugar para alterar la perspectiva cuando estaba en sus clases de dibujo, nos hemos olvidado de estos maestros, la pintura y la enseñanza son ingratas”. El segundo es un viejo profesor, don José María de Vargas. “Todavía puedo ver su figura, siempre elegante de terno con unos zapatos Walk Over de cuero, gigantes como canoas, muy académico; con él aprendí a diferenciar entre una buena pincelada y una mala”. El tercero es el orureño Hugo Lara Centellas.  “Basta de dibujar me dijo, ponga colores primarios, ¡esto es pintura!”. Años después, el acuarelista Mario Conde se dará cuenta de que el color no le atrae tanto como la forma, los contrastes y los grises. Eugène Delacroix decía que el gris es el enemigo del color, el enemigo de la pintura. Es una cita clásica que todo pintor que se precia repite. Paul Cézanne contragolpeó así: “No, uno no es pintor en tanto no ha pintado un gris, el que no conoce los grises no conoce el color”. Mario Conde es “Team Cézanne”.

De Lara Centellas incluso aprende cosas para su futuro como profesor: “El arte es individual y como docente tienes que guiar en función a los trabajos individuales, personalizar las lecciones, a cada uno según su trabajo”. Me hace recuerdo al aforismo del socialismo utópico y el anarquismo: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.

De sus compañeros de estudio se acuerda de los hermanos Tito Villegas, Ramón y Erick. “Me aplacé porque era muy chacra en cerámica y entonces coincidí en la Academia con ellos, los admiro porque la escultura en piedra especialmente es muy dura. De los 50 que entramos, solo acabamos tres: Erick, Aurora Salazar, la hermana de ‘Alejo’ Salazar, que ahora se dedica a la restauración, y yo”.

(“Las pinturas de Conde, acuarelista social, se balancean entre el deseo y la represión, la culpa y la religión, el sueño y la realidad, lo histórico y lo mitológico, el pasado y el futuro. Conde se considera un surrealista —pero no como Dalí, un surrealista del absurdo— sino un surrealista combativo que nos pone en contacto con la realidad humana de la calle”, Guillermo de la Corte).

Cuando en 1984 termina de formarse, Mario Conde aterriza en la plaza Humboldt del barrio de Calacoto, zona sur de La Paz. Cinco años va a estar parqueado en ese espacio típico de compra y venta de arte. Ramón Tito lo invita y también hace de vendedor de sus cuadros. “Había en esa época mucha obra de paisajes y yo hacía acuarelas con campesinos que salían muy bien”.

Entonces el azar salta a la cancha. Las casualidades tienen un peso específico en nuestras vidas. Un domingo que se queda en la Humboldt, aparece una señora (Nedda Alcázar) que le pide una obra para el martes. Dicho y hecho. La segunda oferta no podrá ser rechazada: “Quiero invitarte a los Estados Unidos”. Después de un año, no pasa naranjas pero un día el “acuarelero” (como le llama el galerista Ariel Mustafá Rivera) recibe la invitación por escrito. Conde viaja con 15 obras a cuestas hasta Texas. Expone en el Museo de la Universidad Metodista del Sur en Dallas.

Estamos en 1988 y “Marito” prueba todas las cervezas que se topan en su camino, visita todos los museos que puede y observa en vivo y en directo esos cuadros/ artistas famosos que solo conocía por pequeñas estampitas en los libros. Se enamora de Rufino Tamayo (el díscolo/ninguneado del “Grupo de los Tres”: Rivera, Siqueiros, Orozco). Y se vuelve loco con el Gato Macho, con José Luis Cuevas Novelo, otro retador de los muralistas. También se prende con Georgia O’Keeffe, la “madre del modernismo estadounidense”. Conde, que prefiere a Bernini por delante de Miguel Ángel o Rafael, no sabe a veces por qué le gusta lo que le gusta. Lo que sí sabe es que no soporta el adoctrinamiento, el panfleto. “El arte tiene que mantener sobre todas las cosas su libertad estética, su crítica, su irreverencia. A mí me han dicho de todo, desde masista a antimasista”.

Cuando regresa de Estados Unidos, ya tiene el concepto de autoría inoculado en el cuerpo. En 1990 expone en el Espacio Portales de La Paz junto al Grupo Nervio, en Cochabamba (Centro Patino) y en Santa Cruz (Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche). Dos años después, gana el “Pedro” (Gran Premio del Salón Municipal de Artes Plásticas Pedro Domingo Murillo) con una acuarela, Teatro de los descubridores. Es un parteaguas: las galerías lo buscan, ya no es al revés.

Siete años después, tras exponer en boliches como el mítico pub Equinoccio, llega al Museo Nacional de Arte. En 2009 vuelve a la Academia pero esta vez para ponerse del otro lado de la mesa, de profesor. Conde sabe que uno no deja de aprender. Y entonces repite la frase de Tiziano a sus 81 años: “la muerte me agarra justo cuando estaba aprendiendo a pintar”. Conde siente que no acaba de expresarse, por eso un cuadro trae otro cuadro y así hasta la muerte, amén. Y así, hasta rellenar el último espacio por su crónico horror vacui. En 2017 recibe el premio Obra de una vida del Salón Pedro Domingo Murillo.

(“Mario Conde refleja la necesidad de llenar los vacíos, de reunir en ellos formas y colores. Porque la nada nos mata y porque somos espíritus más compactos que esponjosos, que tienen en la inmensidad y soledad altiplánica el vacío existencial por excelencia; y por ellos, nos plantamos contra ese vacío natural con la alegoría de lo recargado y lo enrevesado”, Carlos Villagómez, arquitecto, El Juguete Rabioso).

“Marito” no cree en los estilos originales, a pesar de haber construido un universo pictórico particular. “La originalidad no existe, el único, el primero y el último fue aquel que pintó el primer animal en las cavernas, el resto hemos recreado, reproducido lo anterior”. Por eso, Conde no “traga” a los “genios” como Picasso o Dalí. “Nunca me terminaron de gustar, prefiero a otros como Giacometti, Freud o Bacon”.

Del primero, el suizo Alberto Giacometti, le gusta que le llamaba ladrón a Picasso, le apasionan sus figuras insatisfechas. Del segundo, el inglés Lucian Freud, nieto de don Sigmund, le gustan sus desnudos carnales y sus pinceladas gruesas y expresivas. Del tercero, el irlandés Francis Bacon, aprecia sus composiciones, sus líneas deformadas, su minimalismo cruel y terrorífico, su tosquedad. Si se fija, caro lector, en los fondos planos de Conde hay algo de los fondos delicados y brillantes de Bacon. Al irlandés y al paceño les interesa lo mismo: saber cuánta emoción se puede transmitir con un solo brochazo.

Si de maestros seguimos hablando, tenemos que nombrar a don Alfredo La Placa Subieta, otro caballero, potosino/paceño, de fina estampa, lucero que sonriera bajo su sombrero. “Técnicamente he sido marcado por La Placa, sus formas tan limpias, tan pulcras, amaba este oficio. Algunas texturas de mis cuadros son herencia pura de La Placa. Ha sido mi último gran amigo, lo he querido harto”.

“Marito” reivindica el dibujo, su autonomía, más allá de la pintura y la escultura. Caravaggio se hizo famoso por no dibujar pero Van Gogh dibujó durante siete años antes de comenzar a pintar. Mario Conde es “Team Van Gogh”. El dibujo enseña a observar y pensar. De todas formas, Conde cree que un artista no elige su técnica favorita, es al revés; la técnica lo escoge a uno. Por eso, quizás, el grabado de sus primeros años de estudiante ha ido desapareciendo; lentamente, como los dinosaurios, como los amigos del barrio.

Lo que no puede desaparecer de su obra es la ciudad de La Paz y sus personajes. “Siempre pintaré mi ciudad, estoy muy arraigado, si viajo prefiero que sea bien lejos, de lo contrario quiero volver, es una tentación grande”.

(“La entrega de los objetos, ¿lo que se aparece?, me atrapa en el caso de Conde; lo escondido relacionable que se recibe en una ciudad, que se capta de cierta experiencia de la ciudad. De allí que sea dable imaginar el taller de Mario: los objetos y las imágenes en grandes folios que fatigan a la luz del día —caritas, fotografías de prostitutas, calaveras, relojes—; sus pinceles finísimos hechos con las propias canas de su caballera monda; o bien los tarros de acuarelas aguadas que alguna confundió con sendas copas de alcohol; su devoción por Borda, Zurbarán, Bacon, Duchamp; su apego a esas calles, recovecos y bares de La Paz”, Rodolfo Ortiz, Fondo Negro, periódico La Prensa).

Un autorretrato de Mario Conde, en acuarela que data de 2008.

Mario Conde se autodefine en tres palabras: anticlerical, antiimperialista, antibolivarista. Contra la jerarquía católica, por su poder; contra (todos) los imperios (no solo el gringo), por su voracidad y alevosía; contra el Bolívar “porque me encanta ver cómo lloriquean cuando pierden, excepto a mi mamá”. A “Marito” le da rabia cuando sus hinchas dicen que el cielo es celeste. “El cielo es azul, el celeste ni siquiera es un color propio; es una degradación, se forma en la paleta mezclando el azul con agua o con blanco”.

El arte no es verbal, uno ve lo que quiere ver. Conde no es aficionado a poner títulos a sus cuadros. El “Sin nombre” es su favorito. “Marito” es un convencido de la libertad del espectador que completa siempre la obra; cree que un título acota, cercena, limita la mirada del otro que te hace ver cosas que el autor no ha visto. Ha pintado innumerables desnudos femeninos, sin título por supuesto. “La mujer es un símbolo del arte, si un museo o una galería no tiene una mujer desnuda, no es museo”. En su última exposición, hay once desnudos, los más osados ni siquiera aparecen en el catálogo.

(“Lo que verdaderamente importa en la obra de Conde es el humor, el espíritu burlón. En cada capricho de la imaginación que propone sus acuarelas hay una broma cruel encerrada que parece más bien una forma de venganza crítica”, Walter Chávez, El Juguete Rabioso).

La noche, las máscaras y los gatos nunca dejaron de estar. Conde extraña los boliches bohemios de antaño, esos que no tenían ni nombre y cuando los tenían sonaban así de enigmáticos: Kellas (junto a la plaza Belzu), Calaminas (Sagárnaga con Isaac Tamayo), Avesol, Socavón. Se acuerda siempre de sus poetas/cuates favoritos: Barriga, Campero, Quino, “Asterix”. Conde ama las caretas porque nos confunden y engañan, porque nos hacen dudar entre lo que creemos ver y lo que se oculta, entre lo que somos y parecemos ser. Conde adora el misterio de los gatos, su alteridad. Ha aprendido a hablar su idioma. Tiene dos gatitas: Foujita (por el pintor japonés Tsuguharu Foujita) y Billy.

El acuarelista se detiene frente a su penúltimo amasijo en la exposición Intentos fallidos (galería Altamira, San Miguel, hasta el 9 de agosto). Cerca están sus collages, sus fotomontajes, su jungla paceña de imágenes y figuras, sus mujeres aladas, sus tetas y sus máscaras. Es una paleta encuadrada. “Marito”, el niño terrible, ha colgado sus pinceles. Es el oculto poder de la paleta, su alabada y querida paleta.

Texto y Fotos: Ricardo Bajo H.

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Es el peor partido de la era ‘Pampa’

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 7 de agosto de 2022 / 22:35

Introducción: si el Tigre gana, vuelve a la punta. Si vence al colero, engancha la séptima victoria al hilo. Delante del Tigre está un técnico -el madrileño David Perdiguero (con pasado «colchonero») de infausto recuerdo para el gualdinegro. Es una tarde fría, nublada, con poca gente en la cancha. “Pampa” Biaggio se toma el partido como un amistoso. Ante la seguidilla de encuentros, da descanso a cuatro titulares (Castillo, Ursino, Arrascaita y Prost) y en la segunda parte va a cambiar el dibujo. Universitario de Vinto no ha ganado un partido y parece una víctima propiciatoria. La pregunta surge de inicio: ¿aprovecharán los Villamil, Jair, Wayar, Sotomayor y Quaglio la chance?

Nudo: el “match” arranca espeso, como era fácil de adivinar. Al cuarto de hora, Torres trepa y centra bien. Triverio, de nueve fijo, se tira en plancha y casi llega el primero. Un minuto después, el chuquisaqueño repite fórmula y el “Pito” Sotomayor dice presente, grita gol. A partir de ese momento, el ritmo se torna anodino con un Tigre confiado, a ratos menospreciando al rival. La voracidad, la concentración, la presión alta y las “contras” rápidas han desaparecido. A la media hora, el flamante presidente del club, Héctor Montes deja la bandeja baja de Preferencia con su compañera y se marcha a la curva sur. Fabricio Quaglio no siente la banda (a pesar de sus buenos/esporádicos centros) y deja pasar otra chance.

Desenlace: el cambio del cruceño Quaglio por Arrascaita tira a la banda izquierda al “Pito”. Biaggio desmonta una buena sociedad (Torres-Sotomayor). El rápido empate de la “U” de Vinto, de penal, es un aviso para navegantes. Cuando el Tigre vuelve a ser intenso y toca de primera llega el golazo de Arrascaita: remate cruzado, palo y red. The Strongest juega cuando quiere. Prost entra por Triverio; y Ursino por Saucedo. A falta de 20 minutos llega el cambio inexplicable: Castillo entra por Sotomayor (y Ortega por un falluto Jair). La defensa stronguista es una línea de tres centrales y dos carrileros. El africano/gabonés Roy Aboubacar Ndoutoumo Kone explota con su velocidad la espalda de Torres. ¿Era el momento para probar un nuevo sistema? Castillo hace el tres a uno y “Cuchito” Vargas recorta el “score (pidiendo perdón como buen hincha stronguista). Ortega se pierde tres claras chances de gol y los cochabambinos perdonan el empate. Este sufrimiento era innecesario.

Post-scriptum: el Tigre es líder otra vez. Saca dos puntos al CAR y ocho al club Bolívar. El “Pampa” ya sabe que si el Tigre se relaja deja de ser el Tigre.

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Opinión

El Tigre es puntero, el Tigre ilusiona

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 3 de agosto de 2022 / 23:43

Introducción: el Tigre va por la sexta victoria al hilo, quiere la punta del torneo tras golear al club Bolívar que abandona el campeonato para jugar dos amistosos en Europa. La dirigencia del flamante presidente Héctor Montes toma su primera gran medida (acertada): colocar la curva a quince pesitos. La respuesta de la hinchada stronguista es firme, contundente: hacía mucho tiempo que no se veía la curva sur prácticamente repleta; con familias enteras, con grupos de amigos que se juntan de nuevo para alentar al viejo y querido Tigre.

El “Pampa” Baggio mete dos cambios: Villamil es el lateral zurdo (por Lino); y el cruceño Fabricio Quaglio se coloca en el lugar del lesionado Esparza. El resto son los mismos. Alvaro Peña decide poblar el medio para quitarle la posesión a los atigrados. La idea no va a funcionar.

Nudo: la primera parte de The Strongest es un auténtico huracán. Es un Tigre intenso, veloz, con ritmo, desatado, con amplio volumen ofensivo, con desequilibrio. Es un Tigre comandado por un Jaime Arrascaita Iriondo muy seguro de sí mismo, imparable en banda derecha. Con Saúl Torres va a conformar la pareja de baile de la noche. El yungueño se va a ir apagando. La presión (y robo) en la presión alta es otra marca de identidad del “Pampa” (amén de las transiciones rápidas y el juego por las bandas).

Triverio y Prost se entienden cada partido mejor.

La seguridad de la zaga central (con un capitán Jusino en plan “Kaiser”) crece cada día. Quizás la transformación del equipo se pueda graficar en el crecimiento exponencial de un enchufado Torres que no se cansa de subir y rematar (incluso ha mejorado su desempeño defensivo opacando a un Serginho en caída libre). El primer y justo gol llega después de un centro medido de un irregular Quaglio y un testarazo abajo de Triverio.

Desenlace: en el descanso suena la canción “Por suerte soy atigrado” del “Papirri”. La hinchada silba, tararea, acompaña el estribillo. En la segunda parte, Wilstermann recupera la tenencia de la pelota. El “Rojo” tiene un problema y muy gordo: no crea ocasiones de gol, no tiene peso arriba, carece de creación con un Castro venido a menos. La luna aparece dibujada en la noche oro y negro como si fuera una sandía, listo para ser devorada. Biaggio mete un cambio que desordena a su equipo: el colombiano Ortega reemplaza a Quaglio pero se coloca como media punta, abandonando el costado izquierdo. Castro, Ricky Añez y Ballivián atacan al lateral zurdo Villamil. El “Pampa” baja una pelota con un taquito de lujo; un delantero nunca deja de ser delantero.

Un palo de Torres es la metáfora de su mejor momento. Solo cuando entra Sotomayor (por Prost, con Ortega ahora si de delantero) se vuelve a recuperar el equilibrio perdido y el “Pito” ataca al nuevo lateral derecho Edemir Rodríguez. Con la entrada de Wayar (por Ursino), el Tigre obtiene más contención y posesión. De la mano de Wayar va a llegar el pase filtrado de lujo para el penal sobre Sotomayor y la conversión de Jair Reinoso (que ha entrado por Triverio). El partido termina como arranca: con un Tigre dominador, volcado sobre el arco del “Pipo”. La hinchada también acaba igual: entusiasmada de nuevo gustándose con interminables “olé, olé”.

Post-scriptum: el Tigre es el nuevo puntero, el Tigre ilusiona de nuevo.

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Zenobia Azogue: bodas de Oro

La actriz y directora de teatro cumple este año medio siglo de trabajo sobre los escenarios. Repasamos su rica trayectoria

Zenobia Azogue

/ 1 de agosto de 2022 / 15:07

Mariana está perdida y loca. Mariana es una mujer/mito, lucha por la libertad contra el rey, don Fernandito. Y entrega su vida por la causa, por amor. Nadie se acuerda hoy del rey felón/Borbón, pero las canciones sobre Mariana Pineda se siguen escuchando dos siglos después; la obra de teatro que escribiera su paisano Federico García Lorca (ambos andaluces de Granada) se representa aún hoy en teatros de todo el mundo. Mariana muere asesinada con un método cruel —el garrote vil— por tejer una bandera con tres palabras: “libertad, igualdad, ley”. Su delito fue bordar en los vientos la bandera de su libertad.

Estamos en La Paz, Bolivia, año 1983, Teatro Municipal. Zenobia Azogue es la “heroína de la libertad”, es Mariana Pineda, como antes lo fueron Margarita Xirgú, María Dolores Pradera, Pepa Flores o Virginia Lago. Zenobia como Mariana “siente quemarse con su propia lumbre viva, está rosa de sangre su pecho” (Lorca dixit). Jamás en su vida de actriz ha sentido una angustia tan grande a la hora de meterse en la piel de un personaje. “Cuando volvía a mi casa después de actuar, no podía estar sola, me parecía estar cerca del cadalso a punto de morir en escena, sufría pesadillas y mis hijos tuvieron que botar todo lo relacionado con la obra, por eso ya no tengo ni un programa”.

Zenobia es como las rosas hembras, son las únicas que florecen, pero tienen espinas. Nace en La Paz el 24 de junio de 1944, es la primera de diez hermanos (Esperanza, Guillermo, Hugo, Isabel, Ricardo, María, Nancy, Franz y Deisy). Su padre, Hermenegildo Azogue Gutiérrez, marcha de joven hacia el Chaco Boreal. Las historias de la guerra formarán parte del acervo familiar. “Nos contaba cómo exprimían las hojas de los cactus para sacar alguito de agua y saciar la terrible sed, a mi padre le decían el Macho Azogue y cuentan que su fama llegó a oídos del mismísimo Germán Busch”. A su regreso a La Paz, tras pasar varios años prisionero en Asunción, donde aprende guaraní, don Hermegildo trabaja como profesor de Educación Física en Viacha. En el colegio conoce a la madre de Zenobia, doña Julia Crespo Valencia, que da clases de Castellano. Cuando el padre entra a la Policía, la familia acompaña en los destinos; ora Sajama, ora Corocoro, ora Cochabamba.

Zenobia va a crecer en la Llajta en una casa del centro, en la calle Ecuador. Hace la primaria en la escuela 14 de Septiembre, la secundaria en el colegio Elena Arze de Arze y luego ingresa a la Academia Man Césped para salir como profesora de Arte Escénico e Interpretación Poética. “El teatro y la poesía han marcado mi vida, con ambas me he sentido realizada a pesar de la falta de políticas culturales y del poco apoyo”.

Con siete años, Zenobia se enamora de la declamación. Ve un anuncio en el periódico donde Radio Rural de Cochabamba premia con entradas de cine a las mejores recitadoras. Aquel domingo se gana sus primeras cortesías para ver películas en las matinales  del Cine Bustillo. Zenobia todavía se acuerda de aquel primer poema que declamó en la radio; era Romance de María Barzola de Gontran Arranza. “Con un arco iris al hombro marchó María Barzola rumbo a la muerte minera, / rumbo al país de la gloria, abanderada del hambre y avanzada de la aurora”.

En 1970 una compañía de teatro de Buenos Aires llega a Cochabamba para dar unos talleres de teatro infantil. Zenobia está en primera fila y el bichito de trabajar con los niños se prende al cuerpo. Su profesora de la Academia Man Césped, Beatriz Hartmann de Bedregal, también cantante de ópera y poeta, la invita a participar en la zarzuela La rosa del azafrán del compositor Jacinto Guerrero, basada en El perro del hortelano de Lope de Vega. Junto a los personajes cómicos de la obra, Moniquito y Carracuca, Zenobia interpreta a una mujer de pueblo y levanta aplausos y risas en el Teatro Achá.

LA GRÁFICA

Activa. La teatrista posa en su casa de Irpavi. Continúa produciendo

Artistas. Zenobia Azogue junto a Beatriz Hartmann en una foto del archivo de Azogue

El afiche de la obra Fedra, en su estreno teatral en 1972

Recital de poesía en Cochabamba, con escenografía de Gíldaro Antezana

Azogue en ‘Mónica y el florentino’ (1981)

Niñez. Azoque, en su faceta de educadora en talleres de Teatro Infantil.

La obra que le regaló el ecuatoriano Guayasamín

Portada del álbum artístico

El debut en el teatro llega pronto. Cochabamba es, en los setenta, la capital del teatro boliviano. La fundación en 1967 del Instituto Boliviano de Arte (IBART) ha provocado un inusitado movimiento teatral en la Llajta de la mano de Julio Travesí, el chileno Raul Horth, Oscar Cortés y Asuntita Limpias de Parada. Llueven los festivales y brotan los elencos, hasta un total de 17. En uno de ellos, en la Compañía de Teatro Canata, Zenobia se estrena en 1972 sobre las tablas con un papel en la obra Fedra de Miguel de Unamuno (con Sonia de la Rosa, de “prota”). Hace de Eustaquia, la nodriza de Fedra, bajo la dirección de Jorge René Vargas que también pone en escena obras de Pirandello, Chejov, O’Neill, Usigli.

Para aprender a utilizar el cuerpo y ganar en plasticidad, Zenobia entra a la escuela de Lila Arzabe, la Academia Ana Pávlova. Su primer rol protagónico llega con Luna de miel, bajo la dirección de Raúl Horth en 1974. En esa efervescencia teatral cochabambina, también actúa en el Achá para el grupo de teatro El Punto de Saúl López Terrazas con la obra filosófica/existencialista Berenice de Ernesto Vaca Guzmán e interpretada por Melita del Carpio.

La poesía, no obstante, sigue rondando sus pasos. Un buen día, el pintor de Ayopaya, don Gíldaro Antezana, conocido por sus gallos y sus girasoles, escucha un ensayo de teatralización poética y se compromete a diseñar la escenografía para sus recitales. Dicho y hecho. Gíldaro pinta flores y palomas de la paz en su particular estilo expresionista figurativo. Elsa Dorado escribe así en el periódico El Diario: “En el arte de Zenobia Azogue el verso vibra, se nutre y se expresa en una explosión de humanas emociones; su voz cristalina es la expresión vital de una gran esencia”.

Por motivos de trabajo de su compañero, vuelve a la ciudad de La Paz en 1976. Vive en la plaza Triangular del barrio de Miraflores y se hace cargo del Taller de Teatro Infantil de la Alcaldía que dirige Mario Mercado Vaca Guzmán, siempre presto a apoyar el cine y el teatro, amén de su querido club Bolívar. Los otros talleres que se imparten en el Teatro Municipal tienen como profesores a Willy Pozadas y Juan Antonio Maldonado (de música), Margot Salas (danza folklórica) y Morayma Morita Ibáñez (títeres).

Los hijos de Zenobia (Marco y Geraldine Montaño) interpretan las obras que dirige su mamá junto a decenas de niños y niñas. “Eran todos sumamente creativos, absorbían mucho, trabajar con ellos era maravilloso y me dejaban sorprendida siempre, hasta hicimos Blanca Nieves Rock con Norma Merlo”. En La Paz también actúa bajo la dirección de Ninón Dávalos La luz que agoniza de Patrick Hamilton.

Tres años después, en 1979, Zenobia gana una beca para viajar y ver teatro en París. De la escena en la “ciudad de la luz” le sorprende el cariño tremendo del público hacia los actores/actrices y la generosidad de estos a la hora de compartir sus experiencias. Conoce al director actor y Robert Hossein y Juan Canolle, director en La Opera, es su guía en París. En Francia (en la Maison de l’Amerique Latine) y luego en Madrid, Zenobia recita poesía española y boliviana con poemas de Norah Zapata, Yolanda Bedregal, María Virginia Estenssoro, Silvia Mercedes Ávila y Alcira Cardona, entre otras. Su poeta favorito es Federico García Lorca: “la fuerza de sus versos y la potencia de sus personajes son lo máximo, lo que transmite es impresionante”.

Dos años después, en 1981, funda el elenco La Mueca. “No teníamos un elenco estable, pues los actores y actrices conocidos del momento siempre llegaban tarde y eran muy indisciplinados, así que yo opté por convocar a jóvenes que tenían otros trabajos, pero que amaban, querían hacer teatro y eran puntuales”. Así, changos como Jorge Ortiz que laboraba en el Centro Boliviano Americano, ingenieros como Enrique Prudencio, artistas como María La Placa o diputados como Eduardo Chichi Siles y su hermana Eliana o Erika Brockmann debutaron como actores y actrices.

El nombre de La Mueca lo propone don Armando Soriano Badani, poeta, escritor y crítico de teatro. La primera obra de teatro que ponen en escena es Mónica y el florentino del dramaturgo venezolano Isaac Chocrón, autodefinido como “zurdo, judío y homosexual”. En el elenco aparecen Gabriel Revollo, Freddy Cano, María Eva Capparelli (hermana de Roberto, el gran delantero stronguista de los años 40), Maruja Serrudo Ormachea, Vilma Beltrán… A finales de los ochenta, participa en los talleres que dan en La Paz el uruguayo Carlos Aguilera (el cual monta Orquesta de señoritas de Jean Anouilh) y el argentino Roberto Perinelli.

En la casa de Zenobia, en Irpavi, la directora y actriz tiene cuadros de sus amigos y amigas artistas: hay uno de Gíldaro Antezana y otro de Gil Imaná; hay tres de Silvia Peñaloza; hay otro con dedicatoria incluida del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín; otro de Ángeles Fabbri en modo afiche de La Mueca; y un retrato (fotográfico) de Gastón Ugalde. “Guaysamín vino una vez a La Paz invitado para ser jurado del Salón Pedro Domingo Murillo, me vio en un recital de poesía y me regaló un cuadro suyo, la dedicatoria dice así: a Zenobia con cariño”.

Se muestra orgullosa de uno de sus mejores logros: “en 2001 conseguí que los artistas no pagaran impuestos por sus actividades en los espacios municipales”. Cuando llegó la actriz Geraldine Chaplin también pasaron cosas mágicas: “cuando le dije que mi hija se llamaba así porque la admiraba mucho se me emocionó y quiso conocerla, cenamos en su hotel antes de que se fuera a rodar la película de Jorge Sanjinés, Para recibir el canto de los pájaros.

Azogue también ha sido profesora de Teatro para docentes de colegio e impulsó el teatro colegial. Participó en los primeros Fitaz con Hay que deshacer la casa de Sebastián Junyent. En los últimos años, antes de la pandemia, no ha dejado nunca de ser una “intérprete del verso” (Homenaje a Yolanda Bedregal) y las ganas de hacer teatro se han mantenido intactas: “quisimos hacer una obra llamada Cuatro mujeres con Cecilia Córdoba y Erika Bruzonic. Y también hacer de nuevo Doña Rosita, la soltera de García Lorca, que estrené en 1990 en el Teatro Municipal de La Paz”.

Zenobia ha perdido la cuenta de las obras que ha dirigido y actuado. Su currículum teatral supera las diez páginas entre actuaciones en el extranjero (principalmente en Estados Unidos), dirección de teatro infantil y juvenil, cursos, talleres, zarzuelas, recitales de poesía… Los premios, diplomas y distinciones llegan a las dos docenas, incluida su incansable labor al frente de la Asociación Boliviana Pro-Arte.

Cumple este año sus “Bodas de Oro” sobre el escenario (debutó en 1972), medio siglo haciendo teatro. Diminuta, transparente, incorpórea a veces, invisible a ratos, como si estuviese en otra dimensión, presente siempre. Es Zenobia Azogue.

FOTOS: RICARDO BAJO H.

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