Voces

Wednesday 10 Aug 2022 | Actualizado a 17:14 PM

Arte degenerado

/ 1 de julio de 2022 / 01:15

Días atrás, un grupo de activistas entró a un espacio municipal de Santa Cruz para rechazar furiosamente las obras presentadas en esa exposición de arte. Sin ningún empacho, mostrando una profunda homofobia, destrozaron las obras en nombre de “la moral y las buenas costumbres”. Usando palabras humillantes diría: el grupo estaba indignado ante una muestra de “arte degenerado” (Hitler dixit). Las obras eran cuadros y ensamblajes (de discutible factura artística) pertenecientes a grupos LGTBQI+ como La Pesada Subversiva. Con ese ataque las obras y la sala ganaron en cobertura y los artistas lograron sus 15 minutos de fama.

Si piensas que solo aquí, en este olvidado país tercermundista, se dan esas muestras de intolerancia ante un arte comprometido, te equivocas. En la quincuagésima versión de la Documenta Kassel (el encuentro de arte contemporáneo más importante del mundo, más que las bienales de Venecia o de Sao Paolo) que se acaba de inaugurar ha sucedido algo diferente, por el contexto social e histórico, pero equivalente a una censura. El colectivo indonesio Ruangrupa, curador de la muestra Documenta 15 (la primera curaduría a cargo del sur), invitó a varios artistas y colectivos, casi todos con obras socialmente comprometidas y de protesta política. El colectivo indonesio Taring Padi presentó un mural de grandes dimensiones llamado La justicia del pueblo. En esa obra figuraban dos personajes: la representación irónica de un banquero judío y la de un agente del Mossad (apenas dos personajes en medio de la inmensa muchedumbre pintarrajeada en el mural). La obra describe, en un lenguaje artístico politizado, la historia reciente de Indonesia, el paso del dictador Suharto, las miles de víctimas, y el apoyo de occidente a esa dictadura. Ante las enérgicas críticas de instituciones proisraelíes, la organización de la Documenta 15 primero cubrió el mural, y luego lo retiró de la muestra (un acto inimaginable en Kassel). El mural La justicia del pueblo fue expuesto desde 2000 en diferentes ciudades del mundo sin rechazo alguno; pero, en el contexto alemán, donde el pasado nazi es un tema tan delicado como un cristal, el mensaje artístico fue recibido con otras connotaciones.

El arte es el espacio donde podemos expresarnos en libertad, pero ¿la libertad artística es ilimitada? Sabiendo que el arte es inasible, ingobernable y hasta libertino, ¿podemos censurar una obra artística con las pulsiones éticas y estéticas del tiempo presente? Más aún, ¿existe un “arte degenerado” correspondiente a nuestro tiempo?

Y aquí me detengo. Si sigo escribiendo me hundiré lentamente como todos los que “explican” racionalmente el arte.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Tu casa

/ 29 de julio de 2022 / 02:50

Si existe un lugar en la tierra que prolonga — de alguna manera— la sensación de seguridad y cobijo que vivimos en el vientre materno es la casa. Sea propia o alquilada, grande o pequeña, rica o pobre, tu casa es el amparo existencial que tienes en este valle de lágrimas.

Los especialistas llaman práctica social a la ocupación de un espacio físico. En los hogares esa práctica implica muchas más experiencias que la ocupación material; ahí nos “abrazamos” lo humano y lo material para formar una “nueva matriz” —sin duda más dura y terrenal— que nos protege, física y existencialmente, de las adversidades del mundo exterior.

Ese sentimiento matricial se acrecienta cuando la familia crece: se suman padres, hijos, abuelos, nietos, etc. La llamada familia extendida forma un conjunto de seres protegidos por un manto colectivo o una carcaza protectora. Más allá de cumplir con las funciones básicas de la vida material, la casa es también una entidad simbólicamente edificada, ya sea en una barriada pobre en las pendientes paceñas o en una lujosa mansión de la zona Sur. Y, aunque suene absurdo, estas afirmaciones sirven también para esos seres subterráneos que habitan los oscuros parajes de los embovedados paceños; ellos también forman un aura de protección con algunos plásticos o simples cartones. Aunque las condiciones de confort sean diametralmente opuestas el sentimiento matricial y simbólico es el mismo.

Y ese sentimiento estalla cuando una familia pierde intempestivamente su casa como sucede en los trágicos deslizamientos de esta ciudad. No solo pierden su capital, pierden también esa aura de protección y su miedo se asemeja a los primeros minutos de vida de un recién nacido: un espanto indescriptible. Otros también sufren esa carencia vivencial. Los desterrados y los migrantes de este tiempo cargan consigo un desarraigo brutal, como una mezcla de necesidades terrenales con emociones difíciles de explicitar. Vagan por el mundo buscando una “nueva matriz” que los cobije.

Por todo ello, no existe mejor lugar en la tierra que tu casa. Y, a la casa como construcción matricial de memorias, César Vallejo la llamó “el agente en gerundio y en círculo”. Nadie como el peruano para recrear en prosa poética el tema de esta nota: “Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando comienzan a habitarla… Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en círculo”.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre el exceso

/ 15 de julio de 2022 / 01:38

Transcribo de Google: “la expresión latina horror vacui se emplea en la historia del arte para describir el relleno de todo espacio en una obra de arte”. Con ello en mente, diría que el “horror al vacío” define la exuberancia de todas nuestras expresiones artísticas. Reflexionemos sobre algunas paradojas de nuestro horror vacui.

Si existe un ejemplo paradigmático de nuestra exuberancia es la ciudad de La Paz. No existe un sitio para reposar nuestra mirada en busca de paz y sosiego. Todo está lleno. Todo abunda: cartelitos, gigantografías, minibuses, peatones, automóviles, vendedores, colorinches, cables, comida, marchas, grafitis, etc. Nada se deja vacío. Hasta las barandas del parque están chillonamente pintadas, los edificios (casi todos amorfos) visten vidrios espejados de colores chinescos y se llenan de lucecitas led, los pisos se pintan; es decir, todo está colmado de formas y colores. Ninguna superficie se libra de la acción humana. Hasta el cielo fue tomado por los cables y las cabinas del teleférico. El objetivo es cumplir con ese profundo atavismo colectivo del exceso, de la desproporción y la superabundancia.

Pero, ¿cuál es la causa por la que somos tan exuberantes?, ¿por qué usamos todo el catálogo de formas y colores posibles en todo? Pues, por la sencilla razón de que tenemos un ch’enko en nuestra forma de percibir el mundo. Un bollo en nuestras cabezas por el sincretismo cultural y religioso que reunió lo ancestral con cinco siglos de dominación española. Resultado: un ser andino, complejo y enrevesado, donde se fundió la geometrización e iconografía ancestrales (muy sobria y, hasta diría, minimalista) con una línea hispana barroca tan excesiva como el churrigueresco. Si ves con detenimiento un retablo colonial advertirás que es el epítome del horror vacui. De igual forma la iconografía católica (casullas, estolas, cálices, etc., que Fellini parodió en un recordado desfile de moda eclesiástica) es rangosa. Entonces, cabe preguntarse: ¿cuánto de nuestras actuales expresiones artísticas —que son delirantes y bizarras— conservan lo verdaderamente ancestral? Más aún y para sincerarnos: ¿se puede emparentar un cholet con el portal de ingreso del templo de Kalasasaya?, ¿en serio?

Mencionar esta paradoja en nuestra raíz cultural es cruel. Es confirmar que nuestras expresiones artísticas (cholets, danzas, vestimentas, etc.) con pretensiones ultranacionalistas e identitarias son muestras de un arte colonizado o amestizado. Sin embargo, esta sociedad está construyendo, a rajatabla y sin miramientos, sus imaginarios colectivos con categorías idílicas de seres únicos.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre el Gran Poder

/ 17 de junio de 2022 / 00:56

Sobre la festividad de la Santísima Trinidad del Señor Jesús del Gran Poder se ha escrito bastante y, como corresponde a un fenómeno social poliédrico, desde muchos ángulos. En mi caso, experimento la entrada desde los años 70 llevado por una pasión oculta: la fotografía. En todo ese tiempo (y casi siempre en la avenida Illampu), la entrada me provoca reflexiones cuando contemplo, absorto y embelesado, la más grande expresión cultural y artística de los Andes. Me permito expresar tres de ellas.

En primer lugar, Gran Poder es un espacio transgresor y provocador. Sin posturas ideológico- políticas y con las armas propias del arte, la festividad quebranta lo establecido con insospechadas manifestaciones. Por ejemplo: el reverendo beso de Barbarella al dictador Banzer. El travesti plantó un ósculo al mismísimo representante de la regresión social y política, y del exacerbado machismo castrense de entonces (confundían el pelo largo con sedición y mariconadas). Este año la entrada subvirtió lo establecido exhibiendo tres fisiculturistas con diminutos taparrabos y exudando testosterona en la fraternidad más sosa de todas: Los Incas. Los hercúleos “incas” (que pronto se casan para desilusión de su fanaticada) provocaron airadas reacciones entre los homofóbicos de hoy y los puristas defensores de la sacrosanta iconografía del pasado indígena. Provocación pura y dura.

Gran Poder es una fiesta desproporcionada para una pequeña ciudad. ¿Cómo es posible semejante despliegue, artístico y cultural, en una ciudad que apenas rasca el millón de habitantes? ¿Cómo puede una pequeña sociedad urbana generar y aglutinar tanta diversidad en danzas, vestimentas, coreografías y música? El carnaval carioca es casi uni-expresivo (samba) y es de una metrópolis de siete millones de habitantes. Aquí, en una ciudad de escasas dimensiones, se reúne la Fiesta Mayor de los Andes para despertar envidia e inspiración en los países vecinos.

Gran Poder es una muestra de grupos sociales disciplinados y organizados con un solo objetivo: la expresión cultural y artística. Sigo preguntando: ¿cómo una ciudad colmada de luchas intestinas puede organizarse para expresar, con alegría y confraternidad, su arte? ¿Cómo una pequeña sociedad empobrecida por interminables luchas políticas puede unirse militantemente alrededor de la cultura? Quizá Gran Poder es la evidencia visible de un ethos que en sus profundidades conserva atavismos festivos que nos mantienen unidos por encima de prácticas políticas heredadas (un conjunto de creencias e ideologías de odio). Por ello, creo que la festividad de Gran Poder une lo que nuestra mente colonizada divide.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia la distopía

/ 3 de junio de 2022 / 02:38

Superpotencias de la Inteligencia Artificial es un libro del taiwanés Kai-Fu Lee que analiza el desarrollo tecnológico de la inteligencia artificial (IA) en diversos escenarios, enfocando su análisis hacia las potencialidades y amenazas que representan esos avances.

Kai-Fu Lee esboza el futuro tecnológico de la humanidad. Y para nosotros ese futuro es de terror. Vamos hacia una distopía donde las diferencias entre los países tecnológicamente desarrollos y los rezagados serán de tal magnitud que no tendremos las mínimas opciones de sentarnos en el banquete global. Los efectos que vaticina Kai-Fu Lee —uno de los mayores expertos del mundo en IA y tecnología digital—, tarde o temprano llegarán a este país “perdido” en el mapamundi y sumido en luchas tribales propias de cazadores-recolectores.

El autor analiza el desarrollo de la IA en dos países que están convirtiéndose en tecno- hegemónicos: Estados Unidos y China, imperios que pronto establecerán un nuevo orden mundial al que nos someteremos sin la necesidad de utilizar sanguinarios regímenes militares, sino con la felicidad que recibimos el último modelo de teléfono celular: anestesiados y embelesados de todo lo que podemos hacer con ese artefacto. Tanto en Silicon Valley como en muchas ciudades de la China, corporaciones de élite están enfrascadas en ganar la batalla por las IA. Los primeros con empresas mundialmente idolatradas (Google, Facebook, Tesla, etc.) y los segundos, con unas ganas inmensas de comerse al mundo, lo que les permitió primero copiar y luego desarrollar diversas plataformas y startups que ahora se cotizan en miles de millones de dólares. Ambos países desarrollan, aceleradamente, el combustible indispensable de la IA: el big data. Y esos datos, ese oro del futuro, todos los humanos los proveemos desde nuestros celulares sin pedir nada a cambio. Es el sometimiento global total que, en sociedades como la nuestra donde el reloj marcha al revés, será fatal. Seremos una categoría sub-humana en el galopante imperialismo tecnológico.

Recomiendo la lectura de este libro para conocer cómo China lleva una revolución tecnológica y cultural (para nada izquierdista o maoísta) que está por desbancar a los gringos. La hicieron sin las consignas políticas ni ancestrales de su historia sino con el esfuerzo académico de sus mentes brillantes (intensísimos estudios en China y en universidades americanas), con una competencia feroz por ser el mejor y con los aportes que brinda su gobierno (una verdadera apuesta financiera). Pero mencionar en Bolivia excelencia académica, régimen de competencia y esfuerzo personal suena “antidemocrático y racista”.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Paradojas de la sede de gobierno

/ 20 de mayo de 2022 / 01:19

En esta columna me he referido a nuestra condición de sede de gobierno como una razón estructural, dañina y perversa, causante de muchos males en nuestro desarrollo urbano y en los comportamientos de nuestra sociedad. Esta posición es por demás polémica y antagónica. Va en contra de la voluntad popular expresada en la concentración más grande que han conocido esta ciudad y El Alto. Recordemos que el 22 de julio de 2007 se reunieron dos millones de habitantes refrendando la condición paceña de sede del Gobierno boliviano. Por tal razón, expresaré dos reflexiones sobre nuestra condición de sede que se inició a principios del siglo XX. En ese entonces, con mucho optimismo y “el mate lleno de infelices ilusiones”, se invirtió en infraestructura urbana como nunca antes en nuestra historia.

En primer lugar, lo estructural: Nuestro espacio territorial departamental se ha desorganizado. La fuerza imantada de la sede de gobierno absorbe nuestra población departamental menguando la capacidad productiva primaria (agricultura, etc.) de las ciudades intermedias y pequeñas del campo, desconcentrando su población y restando sus recursos. En términos sencillos: “se ha vaciado y abandonado” nuestro campo con una tasa de migración campo-ciudad que hace crecer aceleradamente, sobre todo, la ciudad alteña. Un crecimiento poblacional acompañado de una práctica ocupacional que se puede simplificar en una frase: casi todos trabajamos en dar servicios a la burocracia estatal. No generamos industrias, empleos o empresas, a un ritmo razonable. Para los paceños, y para los que vienen a protestar diariamente a esta ciudad, todo es el papá Estado.

En segundo lugar, en lo educativo-formativo. En estos tiempos de la posverdad la sociedad boliviana consumó el ejercicio, morboso y siniestro, de la política. Una despreciable praxis política que es fomentada por todos nosotros (superemos el odio binario y asumamos nuestras responsabilidades), y es causa de la parálisis cotidiana (marchas, bloqueos, manifestaciones, etc.) de nuestra maltratada y descalabrada ciudad. Pero el problema no termina ahí. Esa praxis —de lo inmediato, de lo ruin, del éxito económico sin esfuerzo intelectual, de hacer chanchadas para trepar—, es proyectada a una población en formación como si fuera una razón de vida. Nuestros jóvenes y niños “aprenden” a diario esa mala práctica porque es aquí, en esta ciudad, donde todos los políticos del país dan muestras cotidianas de sus tenues luces y profundas sombras en los espacios urbanos que les brindamos, cortésmente, todos nosotros. Espacios de una ínclita ciudad que nos ha costado mucho sacrificio.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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