Voces

Monday 15 Aug 2022 | Actualizado a 00:13 AM

Precedente preludio

/ 1 de julio de 2022 / 01:16

No se trata solo del aborto. Lo ocurrido hace unos días cuando la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos decidió eliminar todas las protecciones federales para el acceso al aborto en este país constituye un preocupante precedente y a la vez un momento preludio que es preciso entender en su magnitud, porque se trata de un decidor hito de nuestra época actual y de los desafíos que conllevará gestionar nuestras sociedades en los siguientes años y para las generaciones venideras.

En la actualidad, al centro de las discusiones en torno al tipo de sociedades occidentales que queremos se encuentra el destino de muchos de los derechos adquiridos de las personas en las últimas décadas, pero, sobre todo, los de las poblaciones históricamente excluidas y condenadas sistémicamente a las múltiples desigualdades; las regresiones con las que se amenazan hoy a estos derechos y el rol de los Estados ante su protección y garantía. ¿Qué tanto de ello es privativo de la justicia aún en este tiempo? ¿Es posible que los desacuerdos respecto a los derechos de las personas permanezcan en manos de tribunales de justicia? Los debates jurídicos en torno a ello deben darse no solo con mayor celeridad sino con mayor atención, pues pareciera ser que los tiempos que nos llevan hacia “el futuro” se están acelerando, ganándole la carrera a la institucionalidad del Estado de derecho, tal como lo conocemos.

Si partimos de la hipótesis que los sistemas democráticos tal y como los conocemos, a esta altura del partido, ya no tienen un futuro garantizado, estamos —en lo cultural y discursivo— ante el enorme desafío de pensar cómo se logra que sea el gran relato democrático de la ampliación (y garantía) de derechos humanos el que salga triunfante dentro de las disputas de este tiempo, esto es: que convenza a quienes componemos las sociedades de que ese es (sigue siendo) el camino de la convivencia y la base de un nuevo (renovado, más bien) contrato social. 

No se trata solo del aborto. Aunque esta batalla político-cultural haya iniciado hace ya algunos años, en realidad lo que este fallo denota es que independientemente del nivel de institucionalización que tengan los Estados, las decisiones sobre las vidas/cuerpos de las personas aún pueden estar sometidas a las concepciones de mundo de quienes tienen el poder para generar Estado. Esto, peor aún, sin haber atravesado una (s)elección democrática que avale que estas personas representan el pensamiento y la forma de vida de, cuando menos, la mayoría de las personas que componen una determinada sociedad.

En el fondo, pues, lo ocurrido hace días en Estados Unidos se ubica como uno de los principales síntomas del signo de época que llevará la historia occidental en los próximos años y que se ha venido cultivando desde hace varios años. Y, lo curioso y que se ha ido anticipando, es que ese signo de época tiene más que ver con lo que conocemos como pasado —y, en consecuencia, se creía superado— que con lo que durante muchos años se imaginó como futuro de la democracia. Estamos al frente, pues, de un signo de época ya demasiado cercano y que debe ser pensado, afrontado y gestionado con profundidad, creatividad y seriedad desde la política en un tiempo en el que la inmediatez, la superficialidad y la desinformación cooptan muchos de los escenarios en los que se libran las batallas político-culturales de nuestro tiempo.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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El eterno retorno de la conflictividad

/ 12 de agosto de 2022 / 00:47

Sin duda, esta semana hemos sido testigos del retorno colectivo a la sensación de que la conflictividad nuestra de cada día está de regreso a nuestra convivencia social. Poco sanados colectivamente de la grave crisis política de 2019 o, peor aún, sin haber tenido la oportunidad de hacerlo, los recientes conflictos registrados en las ciudades de Santa Cruz y La Paz inevitablemente nos recuerdan el hecho de que las fisuras subcutáneas que tenemos como sociedad boliviana están aún latentes. Las heridas están ahí, eso es seguro, pero ello no es certeza suficiente de que se vayan a manifestar de la misma manera que lo hicieron cuando abrieron, allá en noviembre de 2019.

Sea con aprendizajes o sin ellos, lo que de alguna manera queda en el escenario latente del conflicto es movimiento. Movimiento respecto a la forma de asumir la conflictividad por parte de los actores de los escenarios polarizados que somos, finalmente, las y los bolivianos. Ante la certeza casi inequívoca de que el Censo está siendo utilizado, por ahora y por maniobra de las fuerzas polarizantes, como un dispositivo en torno al cual se busca reorganizar la irresuelta pulseta de fuerzas, las pulsiones de opinión en torno a la decisión gubernamental de postergarlo resultan importantes al momento de tratar de prever el cauce que podrían tomar los escenarios de conflictividad.

De acuerdo con los resultados del informe de encuestas de opinión sobre la coyuntura nacional realizado por la empresa Diagnosis y difundido en su primer reporte digital en días pasados, del total de una muestra a nivel nacional de población urbana y rural, un 56% de personas está muy en desacuerdo y en desacuerdo con la postergación del Censo y solamente un 28% se encuentra muy de acuerdo y de acuerdo con esta decisión. De hecho, el grueso de la población que no está de acuerdo con la medida se encuentra “incluso en la base social de apoyo al Gobierno: principalmente en el área rural”. Luego, en el otro lado, también destaca el dato que del 28% que sí está de acuerdo con la medida adoptada, un 44% (el mayor porcentaje) fueron votantes de Camacho en las elecciones generales de 2020.

Respecto a las medidas de protesta que se han producido a nombre de la postergación del Censo, sobre todo en la ciudad de Santa Cruz, los datos también son bastante elocuentes, al tiempo que señalan que un 45% de la población nacional encuestada se encuentra muy de acuerdo y de acuerdo con estas movilizaciones. En este tema un 14% se muestra indiferente al conflicto.

Cuidado. No podemos tan solo dejar en el recuerdo el hecho de que una vez recuperado un gobierno electo democráticamente, nos la hemos pasado reflexionando y debatiendo sobre cómo curar las secuelas de la crisis en nuestra sociedad y si bien no se puede hablar ni de lejos de un retorno a un escenario de conflictividad tal como el de 2019, ciertamente sí va a ser difícil dejar atrás la idea de que cada paso rumbo a la afrenta o la confrontación que esté mal dado, erróneamente medido o irresponsablemente administrado puede acercarnos un poco más a ello. Tocará a la ciudadanía —posiblemente a ese grueso que, por ahora, se mantiene indiferente a la conflictividad emergente— recordárselo constantemente a quienes, ya sea por acción o reacción, tienen aún en la mente la posibilidad de repetir en las calles los escenarios de polarización política vividos en 2019.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Espacios digitales de opinión

/ 29 de julio de 2022 / 02:55

Esta semana que concluye han ocurrido un par de hechos que han ocupado la agenda de opinión pública del país al menos en “redes” (o al menos en alguna parcialidad de ese complejo y disperso mundo) donde, en torno a ellos, el debate ha ido transitando entre lo que puede y no puede hacer una joven tiktokera y los manifiestos o silencios respecto a la agresión verbal machista de una autoridad contra una alcaldesa. En ambos casos, el hecho que debiera ser la noticia y, si acaso, generar reacciones está ejecutado por hombres: un hombre que filtra un audio privado y otro que insulta a una alcaldesa. Por lógica, lo que debiera ponerse en tela de juicio es la violencia que se ejerce sobre mujeres de forma injustificada y a quienes se debiera poner en la palestra pública es a las personas que ejecutan estos actos de los cuales hay mucho que discernir en una sociedad que violenta tanto a las mujeres, como es la boliviana. Y no debiera ser, más bien, el centro de la discusión pública qué puede hacer o no una joven del campo o qué debe decir o no una mujer del partido de uno de estos hombres.

Whataboutism (o, en español, whataboutismo) es un término que se utiliza en la actualidad para señalar la falacia más conocida como tu quoque y que tiene como objetivo evitar la discusión en torno a un razonamiento o un hecho para centrarse en deslegitimar al emisario del mismo acusándolo, principalmente, de hipocresía y que, como efecto, obliga a este emisario a tomar acción sostenida sobre un tema como condición para la obtención de validación moral para manifestarse sobre el mismo. Así, sostengo que las lógicas de funcionamiento que reiteradamente vemos en “las redes” (como se les dice coloquialmente a los espacios de opinión digitales) están empezando a condicionar nuestra forma de manifestarnos públicamente sobre algo. Y además, más grave aún, pudieran estar empezando a modificar nuestra manera de intercambiar criterios en democracia además de estar afectando ya la agenda sobre lo que opinamos y consideramos relevante como bolivianos. En suma, en buena parte de la conversación pública digital sobre temas comunes, lo que se discute gira en torno a las personas y no alrededor de los hechos, esto ya como un signo casi común. Y, en el caso de la violencia contra las mujeres, se discute sobre lo que hacen o dicen las mujeres y no sobre los hechos violentos y sus ejecutores.

¿Por qué? En primer lugar, seguramente porque la tecnoutopía de la gran conversación digital horizontal entre pares en una sociedad siempre fue demasiado buena para ser real y, en consecuencia, fue resuelta históricamente mediante los sistemas de representación que hoy están, más bien, en riesgo y en segundo lugar, cuando se trata de temas relativos al machismo, porque vivimos en una sociedad profundamente patriarcal en su estructura donde la vigilancia social no puede dejar de tener los ojos encima de las víctimas: es decir, las mujeres. Es importante que podamos mantener sobre la mesa del debate este tipo de dinámicas y lógicas que se despliegan en espacios digitales, a tiempo de recordar que son solo una extensión de la realidad y no la realidad en sí misma porque el futuro digitalizado, así como pinta, pareciera presuroso de seguir estirando los ligeros hilos de convivencia democrática que aún, en las calles, día a día, nos sostienen como sociedad integrada. Entre ellos, la forma en la que dialogamos sobre problemáticas sociales que presenciamos diariamente.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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Operaciones mediáticas que afectan la democracia

/ 15 de julio de 2022 / 01:41

Quizás uno de los más importantes aportes que ha sumado el campo de la comunicación política a la democracia es el debate en torno a la importancia de los medios de comunicación y el periodismo en el desempeño de este sistema político. Hace décadas, cuando las reflexiones en torno a los supuestos efectos de la comunicación en nuestras sociedades aún buscaban indicios de ello en estudios de la época, era aún más incipiente la idea de que los medios y el periodismo tenían también su cuota de afección en la salud de la democracia y esta postura crítica sonaba, más bien, a una suerte de “politización” del (hasta entonces inmaculado) oficio periodístico. Fue la irrupción y masificación de la internet (con todo lo que esto implicó para los procesos informativos) lo que terminó esclareciendo esta hipótesis mostrando en la realidad el actual desenfreno de estas (malas) prácticas informativas, hoy como moneda corriente. Así, las consecuencias de este aceleramiento suman hoy a la afección en el desempeño de las democracias, ya no como una hipótesis sino como una certeza. Luego, se suman los efectos inmediatistas no solo de nuestra actual forma de pensar y vivir sino, sobre todo, de generar, recibir y analizar la información. En consecuencia, todas estas nuevas formas de funcionamiento de quienes componemos nuestras sociedades han hecho posible que la calidad, pero, sobre todo, la veracidad de la información que se amplifica sean hoy definitorias ya no solo para la calidad de la democracia sino para su subsistencia a futuro como sistema político.

En la última semana e incluso hasta los días que concurren, en España se está develando una suerte de conspiración político- mediática que se hubiera desplegado en 2016 contra Pablo Iglesias y su partido Podemos. Las acusaciones salen a colación en referencia a una serie de audios, cuya veracidad está confirmada por un involucrado, en los que se da a entender que el medio de comunicación La Sexta, a través de su director que conduce uno de los programas políticos de referencia, difundió y amplificó una información falsa dudando él mismo de la veracidad de la misma. Entre quienes generaron los insumos para esa noticia se encontrarían un excomisario de la Policía y Eduardo Inda, el director de la página de bulos y desinformación conocida como OkDiario, cuyo objetivo es el de defenestración de las opciones políticas de izquierda y cuyo mal denominado “periodista”, Alejandro Entrambasaguas, fue el operador político del señor Arturo Murillo durante el gobierno de Áñez, amplificado entonces por buena parte del conglomerado mediático nuestro.

Esta reciente revelación ha permitido que Podemos siga alimentando la hipótesis de que el estrepitoso desprestigio que sufrió es, en gran parte, resultado del concierto mediático opositor a las izquierdas de un determinado conglomerado con intereses económicos y políticos; además de ello, ahora Iglesias forja la idea de que la política española se ha ido latinoamericanizando y no precisamente por anhelos integracionistas sino por las formas de operación de las derechas políticas y sus brazos mediáticos.

A reserva de ese debate lo cierto es que ya no se trata de un fenómeno nuevo, sino de uno que cada vez ocurre con más frecuencia en medio de un escenario de mayor desorden informativo. Ya podemos hablar con certeza de medios que operan con fines políticos casi como la norma. Además de ello, estos hechos han vuelto a poner sobre la mesa aquella vieja discusión en torno a las afecciones que pueden sufrir las democracias cuando quienes tienen un rol en el periodismo optan por prestarse para operaciones informativas y mediáticas. Algo discutido hace décadas y constituido, cruenta e irrefrenable certeza al día de hoy. En el mundo. En España. En Latinoamérica.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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¿Qué se hace frente a la intolerancia?

/ 17 de junio de 2022 / 00:59

Comenzaba esta semana con la duda de cuáles habían sido los libros más vendidos en la recién finalizada Feria Internacional del Libro de Santa Cruz. Hasta el momento en que escribo esta columna no he podido encontrar la nota periodística que al respecto se suele hacer, con seguridad ya pronto lo sabremos. La duda provenía de que, de alguna manera, e incluso dentro de una sociedad nacional como la nuestra, este indicador podía ser un dato respecto a qué están leyendo quienes sí lo hacen, quienes detentan (o al menos intentan disputar) el poder cultural dentro de nuestras sociedades.

Mientras masticaba esta duda, este martes se produjo un nuevo incidente (éste más violento que el anterior) en contra de la exposición sobre diversidades sexuales y orgullo LGBTIQ+ que estaba programada en el Museo de El Altillo en la ciudad de Santa Cruz, en ocasión de que este 28 de junio se celebra el Día Internacional del Orgullo LGTB. La novedad ya venía dada desde antes y generaba cierta expectativa en quienes esperamos que pronto se consolide la construcción de una sociedad nacional cada vez más progresista en términos culturales e involucraba, en este caso, al Gobierno Autónomo Municipal de Santa Cruz que —nobleza obliga—, de la mano de su secretaria municipal de Cultura, Sarah Mansilla, viene impulsando interesantes agendas culturales en el municipio cruceño.

Tras las múltiples agresiones que sufrieron las piezas que componían la mencionada exposición, varias fueron las manifestaciones públicas a favor y en contra. Entre ellas, el sociólogo Eduardo Paz tuiteó que lo ocurrido en El Altillo del Beni se constituye “en una embestida política antiderechos que cada día está más organizada, (encabezada por quienes) saben qué es un frente de batalla cultural” y que, por esa razón, no resultaba adecuado simplificar el fenómeno ocurrido denominando a las y los agresores como “provincianos” o “ignorantes”.

De alguna manera, esa reflexión nos plantea la disyuntiva en torno a cuál es la manera en la que se debe responder a este tipo de afrentas agresivas que provienen de grupos que no toleran la visibilización/celebración de las múltiples diversidades sexuales, identitarias y religiosas que conviven simultáneamente en nuestro país.

¿Cómo se responde entonces ante la violencia intolerante presenciada que, de repente, se va generando y mostrando con cada vez menos pudor en nuestra sociedad? Una opción puede ser la de la denuncia sonora ante lo que se considera injusto, otra es la del silencio impávido y precavido y una última es la de la búsqueda de opciones alternativas (e inteligentes) a la reacción indignacionista que no solo proviene, sino que alimenta una cultura que (mal)interpreta la libertad a favor suyo sin entender que, por fuera, existe una comunidad que sin nuestro trabajo colectivo no va a funcionar.

¿Qué implica este trabajo colectivo/personal? Superar la lógica polarizadora que plantea que la libertad (y voz) propia está por encima de cualquier otra. Al parecer ese (mal)sentido de época solamente nos llevaría, como sujetos sociales, a ser objetos de polarización alimentados por la inmediatez y la falta de reflexión respecto a cómo vamos a afrontar el gran desafío que implica construir comunidad en conjunto, con respeto al Estado laico, a los pensamientos/ credos distintos y a las diversidades e identidades sexuales.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Las cosas por su nombre

/ 3 de junio de 2022 / 02:41

En Colombia, a pesar de que existían encuestas que anticipaban lo que el domingo ocurrió en términos de resultado, la obtención del segundo lugar en esta votación por un candidato fue tildada como “sorpresa electoral”, esto a pesar de que fuentes y voces provenientes de fuera del establishment mediático en ese país advertían con anticipación no solo la presencia del candidato Rodolfo Hernández en estas elecciones, sino también su incursión en ellas como una estrategia para debilitar a la izquierda colombiana que luego de muchos años se vio beneficiada con la mayoría del voto popular en primera vuelta, aunque esto no le alcanzara para hacerse del gobierno.

Fue entonces, producto del resultado, que el continente y el mundo conocimos a Rodolfo Hernández, siendo que hasta entonces el relato en torno a la pugna electoral se había instalado teniendo como centro la pugna entre el Petrismo versus el Uribismo. Tras conocerse el resultado, los análisis y la información preliminar propusieron a Hernández como el candidato outsider y populista que irrumpió sorpresivamente en los resultados. Es difícil pensar en alguien como outsider cuando ha ejercido anteriormente cargos de elección que, en la mayoría de los sistemas electorales incluido el colombiano, requieren la intermediación de los partidos. La calificación de populista complejiza más aún esta denominación, sobre todo cuando existe tanto debate irresuelto desde hace décadas en torno a la significación e implicancia del populismo político. Como apunte, la pensadora feminista Luciana Cadahia ha señalado que considera que, en realidad, el de Rodolfo Hernández “es un proyecto demagógico y protofascista (que) es una tendencia global ahora mismo”. Una categorización seguro más precisa y honesta que la facilona que recorre el mundo ocultando lo que Hernández en realidad encarna. Las cosas por su nombre.

El fenómeno político que durante la década pasada emergía (y lleva ya un tiempo cosechando resultados electorales) en Europa y el norte, al parecer, está empezando a afincarse, ahora con mayor claridad, también en nuestro continente. Y si bien los síntomas de esto son previos a la presencia de Rodolfo Hernández en la escena continental, su incursión/votación permite referirse con mayor evidencia sobre ello y hablar, al mismo tiempo, del futuro de la democracia y nuestras sociedades.

A reserva del enorme descrédito que atraviesan los sistemas de partidos y la “clase”/casta política en distintos países, lo cierto es que quizás uno de los componentes que complejizan más el escenario de la política global son las ciudadanías que, en gran parte, por como votan a determinados líderes de este perfil, podrían tender a parecerse más a las de inicios del siglo XX que a las de finales de éste. Mucho de ello podría ser resultado de las dinámicas instauradas en un mundo altamente digitalizado en varios aspectos, incluido el informativo.

Mientras en términos culturales tengamos todo lo destinado a ser público sometido a la política emotiva, a su vez supeditada al estallido y linchamiento emocional de la ciudadanía y éste, simultáneamente, promovido por operaciones de desinformación y descrédito generadas a conveniencia, seguiremos asistiendo a la emergencia de líderes en apariencia antisistémicos y en realidad cercanos al fascismo. Y estaremos más lejanos de líderes que puedan ir aplacando las grietas sociales producidas por la polarización de donde éstos emergen y de la cual se alimentan.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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