Voces

Monday 8 Aug 2022 | Actualizado a 00:34 AM

Vivir sabroso

/ 3 de julio de 2022 / 01:39

Uno de los lados más obscuros del oficio periodístico es la ineludible gestión de la muerte. En menos de una semana contamos casi sin respiro decenas de danzas de la Huesuda. De la noche a la mañana, y sin intervención de Estados Unidos, se desata el más devastador terremoto en décadas en Afganistán: más de 1.150 muertos y alrededor de 1.500 heridos, muchos niños se han quedado huérfanos y el mundo se resiste a dejar de girar. En México son asesinados brutalmente dos sacerdotes jesuitas. Las masivas protestas indígenas y no indígenas en Ecuador han sido el contexto de por lo menos cinco muertes de las que poco se aclara en los medios, como si no hubiera un pasado reciente en países hermanos que alerte sobre la sombra de las masacres que salen sin aviso de las armas de los policías y de los militares que velan por la seguridad de quienes detentan el poder. En el curso de los mismos días, tres policías fueron asesinados en Santa Cruz en un caso que claramente está emparentado con el narcotráfico: los pusieron de rodillas antes de dispararles; después de un par de fotos de velatorios, queda poco en los medios sobre el desgarro de sus seres cercanos. Y casi a diario, mujeres son asesinadas por sus parejas o exparejas, casi a diario niñas y niños quedan sin el calor materno. A esto se suman, cada hora, las muertes por robos, por accidentes de tránsito, por falta de atención médica gratuita, por hambre, por frío… Y lo peor que nos puede pasar a las y los periodistas es lo que les sucede a muchos trabajadores de la salud: la indolencia. Trabajar con la noticia es lidiar cotidianamente con la muerte, la de seres humanos o animales, y exponerse al gran riesgo de que en algún momento de nuestro andar se nos muera la capacidad de sentir por los otros. Cuando la violencia y la muerte se convierten en pura materia prima de la producción de contenidos mediáticos que palpitan solo en función de la publicidad o de obsesiones políticas de propietarios de medios o de los propios periodistas, es el fin de todo. Es el inicio de las tendencias en redes sociales que ponen como centro de atención, en contados minutos, un tiktokero que se burla de Impuestos Internos y las amenazas de la institución en cuestión contra el valiente de la libertad de expresión. En esos mismos minutos, y en esas mismas pantallas de la borrachera digital, queda en el cesto del olvido que la periodista palestina Abu Akleh murió por un disparo de las fuerzas israelíes hace poco, o que más de 50 latinos fueron hallados muertos en un remolque de migrantes indocumentados que viajaban clandestinamente por una carretera estadounidense.

Bien mirado, la convivencia con la muerte, además de paradójica, es una experiencia que nos desafía (absolutamente a todos) a contactarnos con el núcleo mismo de nuestra existencia. La pandemia, dijeron expertos, religiosos, actores políticos, psicólogos, líderes espirituales y conductores de televisión, llegó para reinventarlo todo, para mostrarnos la maravillosa condición de estar vivos, de tener salud, de compartir juntos. Creímos, en la pesadilla del encierro, que era un sueño ir a tomar un café con la amiga, no sabíamos si volveríamos a disfrutar de un partido de fútbol o si una cena de familia era aún posible. El adiós a los seres queridos y a los amigos nos cubrió el rostro y el cuerpo de miedo. Se derrumbaban los que parecían derechos básicos. Nos dijimos que solo quedada vivir cada día en plenitud, que lo esencial es estar juntos, sanos, en paz, en alegría. Pasó lo peor, incorporamos los cuidados básicos, llegaron las vacunas y dejamos atrás la gran pesadilla de prohibirnos el contacto humano, olvidamos el milagro de la vida. De recordarlo, las tensiones que se viven ahora mismo en el planeta, las renovadas guerras comerciales o las guerras a secas no habrían podido entrar nuevamente en escena. Nuestras relaciones interpersonales no habrían vuelto a presentar esos síntomas de intolerancia, de mezquindad o de indiferencia que envuelven hoy nuestra cotidianidad. La tendencia no sería correr detrás de “las tendencias en las redes sociales” como motor de sentidos.

¿En qué rincón de cada uno de nosotros y nosotras estará la energía violeta de la ternura umbilical? ¿Qué fuerza verde tiene que llegar al abrir los ojos por la mañana para sonreír y sostener el gesto pase lo que pase hasta volver a descansar después de un día entregado a los otros? ¿Qué viento fresco tiene que soplarnos en el oído que sí es posible una política del amor, como sugirió Gustavo Petro, un vivir sabroso, como invitó Francia Márquez, la noche de su victoria en las urnas colombianas? ¿Qué pantalla de teléfono inteligente cuenta con la suficiente inteligencia para filtrar por nosotros lo esencial de lo tendencial, lo determinante en nuestras relaciones de sociedad de lo que determina la fuerza de los mercados y del dinero? ¿Qué aplicación hay que bajar a la pantalla para distinguir lo que contiene vida de lo que inmoviliza como el más obscuro de los ataúdes?

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Argentina

/ 31 de julio de 2022 / 00:36

Bueno, en verdad es la A de Aires, de los Buenos. Cómo es la vida; después de haber juzgado (en silencio) a algún periodista que utilizaba su columna para contar sus viajes y presumir la cantidad de kilos de libros que compraba en sus giras por el mundo, aquí tienen a esta A, que tuvo el gran placer de llegar hasta el Obelisco, sobre el franco beso entre Corrientes y 9 de Julio.

El tema elegido para esta semana es también una manera de disculpa con los cuatro gatos amigos que se acercan a esta A quincenal por el silencio de hace dos semanas. Estimados gatos, fueron unos días de vacación y la celebración del cumpleaños de mi hijo en Porteñolandia. El acompañante adolescente ya tiene las herramientas para mirar las luces de esta ciudad sencillamente seductora.

No se asusten, amigos gatos, que no les contaré mis vacaciones. Sí hablaré de las cosas. Las cosas que siguen superando las “no cosas” de un universo virtual que nos esculpe a través de las sonajeras tecnológicas. ¿Qué quiero decir? Que con tabletas, computadoras y celulares podemos trasladarnos a cualquier punto del mundo. Como mi hijo, que un día paseaba por calles de India en su teléfono. Sí, con “googlear” tres palabras ya entramos a un museo y miramos las obras y nos enteramos y leemos comentarios y nos enredamos en debates y pasamos a “temas relacionados” en cuestión de un par de toques del dedo índice, curioso y cada día más impaciente. Sin embargo, esta experiencia, que no es poca cosa, no puede medirse (porque pierde por goleada) con estar delante de un inmenso lienzo que sella una de las más crueles guerras argentinas. No hay pantalla que supere el propio cuadro al que le hacemos el más nítido de los acercamientos con nuestro cuerpo. Los trazos están, pese a los años, ahí. El artista/combatiente, Cándido López, que perdió el brazo derecho pintó con el izquierdo y estos ojos, en este momento, son dueños únicos de la obra.

Por similares razones estar en la Fundación de Eva Perón es escribir nuestra propia pequeña pero querida historia. Y es que el vestido está allí. Todo en negro, cuello cerrado, terciopelo cuadriculado sobre el pecho y los brazos de la peronista; lentejuelas también negras sobre los hombros, la falda de raso de seda cae maravillosamente desde lo alto de la cintura con un corte en v y continúa divinamente hasta bien llegado el piso. Al lado, los zapatos de gamuza negros con un diseño que repite los cuadros de la parte alta del vestido y que sella la elegancia con unas cintas negras. Eva Perón no calzaba más de 35 o 36; habrá que volver al libro de Tomás Eloy Martínez para disipar esta duda que habita toda la atención de quien mira como si el vestido tuviera todavía adentro a la santa de los descamisados. 1945 y 2022 se hacen un solo momento. Lo que son las cosas.

Y lo que son los lugares, con sus cosas. Como la casa de Gardel, que exhibe en lo más visible de sus muros su certificado de nacimiento. Madre francesa, cuna francesa. Punto. Lo dicen las letras dibujadas a mano. No hay debate. Solo queda escuchar al ícono porteño en sus versiones originales delante de la guitarra en la que se compusieron tangos para la historia mundial. Por una cabeza de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar/y que al regresar parece decir no olvidés, hermano, vos sabés, no hay que jugar. En ese preciso momento se hace presente, en esa casa, Néstor Benavente, un argentino atrapado en el cuerpo de un boliviano. Y la A se vuelve mantequilla. La fuerza de los lugares, como esta casa en el barrio del Abasto, calle Jean Jaures, la del francesito Charles Gardes. Lo que son las casas, lo que son las cosas y los recuerdos.

Y lo que son los recordados, los amados incondicionalmente. En el patio de Diego Maradona, alguien escribió: “No hay día en que no te extrañe”. Este Dios llegó a esta casita que en ese tiempo a él y a los suyos les pareció un palacio porque llegaban de Villa Fiorito, un rincón de los rincones de Buenos Aires. La villa, loco… En el palacio de Lascano 2257 llama a la curiosidad un pequeño baño que contiene una todavía más pequeña tina. Diego se retrató allí, sonriendo entre la espuma. Un rey con una pequeña habitación que luce, con espacio sobrado, la cama más sencilla del planeta, un perro de peluche sobre la mesita de luz, zapatillas gastadas, tres pilchas y un par de vinilos de Pablo Milanés. La foto del chico Diego Armando estirándose en su cama confirma todo, como el certificado de nacimiento de Gardel. Lo que son las fotos. Las de Diego, las de Carlos, las de Eva, las de Ernesto, las de Jorge Luis, las de Julio, las de Astor, las de Fito, las de Quino, las de millones de argentinos que hoy recorren el subte buscando la salida de la crisis, creando pese a la tormenta, exhibiendo (como siempre y para siempre) el más exquisito sentido del humor, mateando frente al dólar. Fito ya lo a/firmó: En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes en la esquina inventan una solución.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de atigrada

/ 19 de junio de 2022 / 00:23

Hace siete días, los tigres supimos lo que es pasar del cielo al infierno. Más todavía los amantes de la Entrada del Gran Poder porque de esa fiesta pasamos a ese clásico de final con Bolívar que nos martilló sin piedad el corazón. A continuación, las bandas de la alegría que precedieron los tres goles funestos.

Once de la mañana. Ingreso a la Entrada del invencible universo cholo paceño. El marcador estaría cero a cero hasta el día siguiente así que solo quedaba llenarse los ojos de color y lujo, reventarse el pecho entre bombos y trombones, sostener la alegría con pasank’alla y cerveza, dejarse envolver por el sol y las sonrisas morenas.

Nos recibe la banda Poopó. Cascos mineros dorados con sonido de platillos. Les aplauden al frente los pasantes, elegantísimos. Carruajes de oro en las orejas, oro hecho carruaje con ventanas de perlas en el sombrero. Salteña de rigor, ya llegaron los Waka Thuqhuri. Cada vez entiendo mejor la pasión de mi abuela por esta alegría irónica que hace bailar a los toreros, empuja el balanceo de las mil polleras encendidas de la resistencia de este pueblo poderoso, pone ritmo a los toros que vencen la muerte y el colonialismo. Aja ja ja, qué risa que me da, la pinta que te gastas, ni bola que te doy. Salteña fría por evaluar caporales, por mirar piernas coquetas. El doble de entusiasmo cuando llegan Los Negritos: la esclavitud y la tortura hecha danza. ¡Pam pa pa pa pam, pa pa pa pam, pa pa pa pam! ¡Morir antes que esclavos vivir! Todo pasa frente a ese pequeño Señor del Gran Poder que mira extasiado (y bien acompañado por ella) desde la mesa de los pasantes. Se han vestido de azul y dorado, bordado el escudo de Bolivia lucen ambos. Lo miran, lo escuchan y lo bendicen todo. Ojo cerrado, te he querido, sin pensar mil veces, me voy a mi suerte

Al día siguiente tocó cantar la otra parte de la misma morenada: el amor es ciego, así es la vida, pase lo que pase, sin llorar corazón. Claro que en la mañana no imaginábamos el desastre. Subimos las escaleras del estadio con todo palpitando. De pronto se abre imponente el gran cuadro: no hay lugar para un alfiler más. Ahí están ellos. Y aquí estamos nosotros. Eufóricos todos. Se entona el himno nacional para recordarnos que al final del día e incluso al final de esta final somos todos bolivianos (y todos mestizos). Hoy lo recuerdo como parte de la receta para curar las tres heridas en mi cuerpo oro y negro. Sí, ganaron. Ganaron bien. Superiores en todo: más presencia celeste, más volumen, más papeles blancos, más humo, más presión, más velocidad, más serenidad y sobre todo, más goles. Disfrutamos los primeros 17 segundos, más nada. En el segundo 18, Wayar se come mi alegría y saltan las almas bolivaristas con el gol que abolla todo. Delante de mí protesta un chango, un papá chango. Lo sé porque tiene sobre sus piernas a su pequeño de, adivino, tres años. El papá, a duras penas, puede llegar a los 30. La bronca de este primer gol no impide la primera tarea de la tarde: proteger al pequeño tigre con una abrigada gorra de lana. El gol celeste trajo el frío. Y en lugar de hacer algo bueno, la infracción de Chura nos conduce al matadero: segundo gol, carajo. A alentar mientras quede vida. Aprovecha los segundos de calma el papá para sacar de su bolsillo un sándwich en pan de molde finamente partido en dos; el tigrito no perdió el apetito. En la cancha los nuestros no saben qué hacer con la pelota y este chango suelta unos ajos pero sobre todo unas cebollas que no hacen mella en el pequeño. En el minuto 37 saca una cajita de jugo de manzana para rematar la merienda de jamón y queso. Me dio hambre pero tengo la boca completamente seca y unas ganas de llorar aplastantes.

Segundo tiempo. Los milagros existen y como siempre me dice mi papá, en el último minuto se puede meter gol. Vuelve la pesadilla de los desaciertos sin garra. El Tigre no está en la cancha. Sale Wayar. “¿Para eso corres, no?” le grita mi vecino. Asiento con la cabeza y me sale la única sonrisa desde el segundo 18. Todos buscamos al joven del café; solo tomaré un trago corto, para castigar a mi equipo del alma. El joven papá renueva insultos que no puedo reproducir en este confesionario pero seguro escucharon allí abajo. El tigrito no se aburre porque le pusieron dibujitos en su celular. ¡Cómo conoce el timing de su heredero! Me acuerdo de buscar mis guantes en la mochila y… gooooooool… El gol de la verdadera derrota. No hay nada más por hacer. Cambio los guantes por los ajos y los lanzo al viento. Lo que el viento se llevó: mi esperanza, mis ganas de abrazarme al felino. Miro desconsolada al pequeño que se deja besar en los brazos de su padre y reencuentro mi esperanza. Ustedes ganaron, y de lejos, pero solo en este pelaje atigrado puede concentrarse tanta ternura paterna y tanto sentimiento. Con ternura y sentimiento caminaremos hacia el próximo partido, después de lamernos esta profunda herida.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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De Silvestre a Silveria

/ 5 de junio de 2022 / 00:27

En estos últimos días se abordó en clave de polarización el cierre temporal del bioparque Vesty Pakos, en la paceña Mallasa. El cierre por 15 días fue decisión de la municipalidad para que se despliegue la investigación institucional, además del caso que abrió la Policía por los decesos de 89 animales refugiados luego de la denuncia por biocidio de la activista animalista Silveria Laureano junto a otras dos personas contra la administradora del bioparque, Geraldine Durán, y otras personas. En la cadena de responsabilidades, los siguientes eslabones son el Director de Medio Ambiente y el Alcalde de La Paz. Papita para el lorito. Estamos ante un caso grave que no escapará a las estrategias políticas para caerle al municipio o bien atacar al MAS porque no se ocupa de los posibles incendios forestales, si seguimos el tosco ballet de las redes sociales.

Los animales, afortunadamente, no son ni pititas ni masistas, ni tienen una agenda oculta en esta nueva confrontación. Pero son las principales víctimas. Biocidio, mala administración, despido de funcionarios por el cambio del color político que ganó en la Alcaldía, falta de recursos, todo está sobre la mesa de evaluación que el propio Iván Arias se ocupó de organizar y comunicar. Son 88, 89 o 90 animales (según diferentes reportes) en cautiverio que murieron en lo que va del año. Las autoridades competentes negaron negligencia al tiempo de pedir un asesoramiento de expertos para mejorar el espacio. Reestructuración total, dicen desde Mallasa; investigación y sanción, dicen los defensores de los animales que murieron y de aquellos que en este mismo momento sufren un cautiverio que en la mayor parte de los casos es la cola de una vida de maltrato, de tráfico, de sufrimiento.

Silvestre Pakos fue el naturalista que le puso el nombre a este exzoológico, parque que se mudó del ruidoso centro paceño a un prometedor campo en la sureña Mallasa para convertirse en un centro de custodia de fauna silvestre. Vesty no imaginó en su vida dedicada, en gran parte, al amor hacia todo tipo de animales que volveríamos a repetir errores, mejor dicho, horrores con estos seres inocentes que dependen de nuestra bondad, de nuestra madurez como colectividad. En este reciente escándalo desatado por la ineficiencia, dejadez y falta de swing de los responsables en esta última gestión municipal se escucha de todo. Y mientras se argumenta que los animales ya habían llegado al refugio en penosas condiciones, mientras se apunta a la inexperiencia de los funcionarios, mientras se denuncia la falta de profesionales una vez retirados dos de tres veterinarios y retirados seis de siete biólogos, mientras políticos y medios complacientes buscan consuelo repitiendo que la mayoría de los animales muertos eran lagartijas (pobres lagartijas, ninguneadas en titulares de periódicos con aspiración a ser “independientes”), los maltratados huéspedes de Mallasa solo amanecen y anochecen sobre la cama de nuestra irresponsabilidad y peor todavía, de nuestra indolencia.

Solo queda esperar que el Comité Científico de Planificación y Seguimiento a las actividades del bioparque proponga varios nombres de profesionales con capacidad y con un noble corazón. Sería tan alentador contar con un comité científico o un comité de “corazones de oro” (como decía el Compadre Palenque) para evaluar otros centros de este tipo en el país; para sobrevolar la feria 16 de Julio en El Alto y poner un alto al tráfico insensible de perros, gatos, loros, conejos y otros que son ofrecidos como objetos en minúsculas jaulas; para patrullar en los barrios e identificar las viviendas donde maltratan a las mascotas; un comité que prohíba poner zapatos a los perros; un comité que sancione a quienes abandonan en la calle a sus animales, un comité que nos recuerde cada día que estos seres inocentes, cargados de ternura, leales a toda prueba son nuestros maravillosos acompañantes en este tren de la vida. Nos custodian en las buenas y en las malas, ponen color a nuestras soledades, sufren a nuestro lado en las guerras o confrontaciones que nos expulsan de nuestras casas, nos guían en deslizamientos de tierra o terremotos, nos abrigan cuando se van nuestros hijos o rompemos con nuestra pareja, limpian la energía de nuestro entorno, nos encantan con sus sorpresas, nos curan con sus miradas, nos vuelven mejores con su presencia. Porque todas las especies merecen nuestro respeto, nuestra empatía y nuestro reconocimiento, ayúdenme a gritar: ¡Justicia y amor para todos los animales del Vesty Pakos! ¿Cuándo? ¡Ahora! ¿Cuándo, carajo? ¡Ahora, carajo!.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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El corazón de las cosas

/ 22 de mayo de 2022 / 00:21

La semana pasada me atrapó un texto del columnista de LA RAZÓN Jorge Barraza sobre la venta de la camiseta de Maradona. Sí, esa que Diego vistió el 22 de junio de 1986, cuando Argentina enfrentaba a la selección de Inglaterra. Una prenda como ésa cuesta en el mercado unos cinco euros, pero la que llevó el Pelusa en ese partido de “la mano de Dios” vale hoy 8.617.565,91 dólares. No se había resuelto la guerra entre estos países por las Malvinas y el dueño de la pelota devolvió a su patria la dignidad en todas sus letras y toda la alegría posible con “dos goles para la eternidad”, escribe Barraza. La camiseta más cara de la historia; no de la historia del fútbol, de la historia a secas. La tuvo durante 34 años el futbolista inglés Steve Hodge, quien la intercambió con el 10 al terminar la mágica guerra sobre el césped. No la lavó nunca y por lo tanto tiene la transpiración seca de Maradona. ¡Madre mía!

Este relato increíble trae en su vientre la reflexión sobre la vida de los objetos. Sobre el valor de ciertas cosas. Como el que tiene la medalla presidencial en Bolivia, legada por Simón Bolívar. Reparamos masivamente en ella cuando el teniente Roberto Ortiz (a cargo del cuidado), que la llevaba en una mochila, perdió inexplicablemente su avión a Cochabamba y, para hacer hora hasta el siguiente vuelo, se fue a una casa de citas en un barrio de prostíbulos de El Alto. Después de un doblete (según sus propias declaraciones), volvió a su auto y se percató de que le habían robado la medalla y la banda presidencial, o sea el kit completo del poder en esta impredecible Bolivia. Aparecieron ambas abandonadas en una iglesia, horas más tarde. ¿Se imagina poder darle el don de la palabra a la histórica medalla? Lo contaría todo, la charlatana. Lo que pensó ese joven escudero, la sorpresa de quién la encontró en medio de un robo común, la manera cómo la rescatan y los mil diálogos que escuchó a lo largo de su vida empoderada, hasta lo vivido en 2019, cuando la sacaron del Banco Central antes de tiempo para que un militar la viera en primer plano sobre el pecho de Jeanine Áñez. ¿Recordará esta medalla todo lo que escuchó el 12 de noviembre de 2019? Lastimosamente, no podrá ser citada a declarar. Hablando de ese noviembre, ¿se preguntó usted qué pasó con la Biblia gigantesca a la que Luis Fernando Camacho puso alfombra roja para que retorne a Palacio? Sí, la misma que la flamante Presidenta del gobierno transitorio levantó alto en señal del retorno de la fe católica a los pasillos del poder político. Tan grande, tan fotografiada y hoy tan ausente. Hoy hay otra Biblia junto a Áñez, es uno de los dos libros que un colega de El Deber identificó en el espacio donde actualmente Áñez cumple su prisión. De este ejemplar ya nadie comenta. ¿Y qué será de esa famosa chompa con la que Evo Morales se paseaba por el mundo cuando estrenaba su presidencia? En Televisión Española hablaron hasta el cansancio del jersey del indio presidente. ¿Se la pondrá todavía? ¿Sabrá dónde está? Con ese jersey comenzaba uno de los ciclos más debatidos en nuestro vecindario. Y así, podemos intentar buscar la huellas de tantas cosas en la cajonera de la mesa de noche de nuestra historia común: el diario del Che, la carta de Túpac Katari antes de ser descuartizado por cuatro caballos, la ropa desgarrada de los miristas masacrados en la calle Harrington, la camiseta del Diablo Etcheverry con la que le hizo el gol a Brasil, uno de los floreros de Ana María Romero de Campero. Esta última me la sé.

Mi mamá tenía una florería en la planta baja del edificio del periódico Presencia. Romero de Campero era la directora. La florista, por la cercanía seguramente, daba los servicios al diario. Y, como agradecimiento, mandaba de cortesía flores a la directora, todos los lunes. Ana María, además de pedir específicamente “clavelitos”, mandó dos floreros idénticos. Uno estaba en su escritorio y el otro en la florería, para los siguientes claveles. Un día se fue y mi madre se quedó sin poder entregar el florero. Nadie, después de Anamar, pidió flores en el periódico. Mi madre “olvidó acordarse” de devolverlo y quedó mudo, sin agua, sin claveles, sin dueña, hasta 2010, cuando me invitaron a dirigir LA RAZÓN. En una de esas primeras semanas en Auquisamaña, apareció esa joya en mis manos. Está sobre mi escritorio. Claro que me queda grande, inmenso. Pero ahí se queda porque cada vez que lo miro me acuerdo de las ganas de luchar por mis principios. Tenerlo es el gol para la eternidad.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Policías (y) ladrones

/ 8 de mayo de 2022 / 00:59

En mi infancia, una prima mayor me contaba que su papá le traía pedazos de nube del cielo cuando viajaba. Y en efecto, vi y hasta degusté un pedacito de nube celeste que se derretía dulce en nuestras bocas. Qué ventaja tener un papá piloto. Eran los maravillosos años del Lloyd Aéreo Boliviano. Eran los tiempos en los que para las niñas que éramos, los policías eran los buenos, atrapaban ladrones, nos daban seguridad y nos ayudaban a cruzar las calles. Bien uniformados, armados para luchar contra el mal, solo les faltaba el batimóvil. Con la amiguita del barrio jugábamos a ser policías investigadoras con los cuadernos minúsculos que nos compraban de las Alasitas. Sin embargo, los juegos y la inocencia no son eternos. Más pronto que tarde me explicaron que mi tío Emilio compraba algodón dulce al bajar del aeropuerto después de sus vuelos y que los policías forman parte de una de las instituciones más corruptas del país. Ni nubes con azúcar ni policías confiables.

La corrupción de la Policía Boliviana ha dejado abundante material para los registros de las hemerotecas, para la literatura, para la televisión, para el cine… El 28 de julio de 1961, en la localidad de Calamarca, se produjo un atraco de Bs 2.800 millones, remesas de la Corporación Minera de Bolivia que estaban siendo trasladadas para el pago de los salarios de los trabajadores de las la minas Catavi y Siglo XX. El vehículo fue interceptado y empleados de Comibol fueron asesinados. Un año después se supo tras investigaciones que entre los principales autores desfilaba un par de policías. La historia inspiró años después al cineasta Paolo Agazzi y pudimos revivir la historia en El Atraco. En 2001 se produjo un episodio similar en la avenida Kantutani de La Paz alrededor de las siete de la mañana: otra remesa de más de medio millón de dólares fue el objetivo de los atracadores que en su operativo asesinaron a tres personas. ¿Y adivine qué? Los planificadores también llevaban uniformes de la Policía: el coronel Blas Valencia, el oficial Freddy Cáceres. Los ayudó un exmilitar peruano, además de civiles. Si recordamos bien, podemos sumar relatos de la vida real para armar por lo menos tres ciclos de una serie que bien podría titular Policías ladrones (no me olvidé de la y). Y si recopilamos de la prensa las historias que incluyan los abusos de los uniformados verde olivo cobrando coimas por infracciones de tránsito o cometiendo feminicidios o ejecutando golpizas gratuitas a jóvenes en zonas alejadas o violando mujeres que caen en celdas policiales o haciendo toques impúdicos cuando no torturando en sus operativos después de haberse amotinado en el tiempo poselectoral de 2019, tendríamos guion para una telenovela mexicana.

El problema no es para los directores de cine ni para los escritores. Menos para los periodistas. El problemón es para una sociedad a la que se le demostró en blanco y negro y a colores que su Policía es de terror. El problemón es para los ministros de Gobierno que están lejos de la ecuación del control del delito en todas sus ramas dentro de esta institución. El problema es que pocos saben leer el problema y menos los que tienen un esquema de solución. Por ahora, cero los que se atreven a pegarle a la piñata uniformada.

El reportaje periodístico que acompañó el seguimiento por parte de Hugo Bustos Alderete (de Búsqueda de Vehículos Robados) a un vehículo secuestrado en Chile y encontrado al final, bien tapadito, en el rincón del patio del excomandante de la Policía Fronteriza, coronel Raúl Cabezas, revela con absoluta claridad cómo autoridades del orden están en el núcleo del delito. Bustos llama por teléfono celular al policía y le explica que sigue las pistas de un vehículo robado y que lo detectaron en su casa. Poco después se saca el auto del garaje y se lo deja abandonado en la calle. Ese vehículo lo único que vehiculó en esta semana fue una infinita vergüenza para la Policía y para Bolivia. Una verdadera red de corrupción destapada que hará rodar cabezas (si se confirman las culpabilidades); la de Cabezas y otras cabezas más. La mala noticia es que la cabeza que en verdad cuenta, la del gigantesco gusano de la corrupción y del abuso policial está lejos de nuestro alcance. La cabeza de este bicho está bajo tierra, tan adentro que nadie le puede poner un cascabel, como al gato. Este gusano se alimenta de la obscuridad, de la impotencia de los gobiernos de turno, de la impunidad, de la pérdida del jisk´ajayu, donde anida la fuerza y valentía. Salir de este hueco profundo y negro está verde. Verde olivo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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