Voces

Tuesday 26 Jul 2022 | Actualizado a 01:27 AM

Me equivoqué

/ 26 de julio de 2022 / 01:26

Suelo equivocarme de una manera muy específica. Me quedo rezagado. Como columnista de un periódico, me pagan por tener una habilidad inusual: la observación cuidadosa. Pero a veces simplemente soy lento. Sufro de un desfase intelectual.

Cuando estudiaba el bachillerato y la universidad, era un socialista democrático. Me fascinaban los radicales de izquierda de la década de 1930. Veía el mundo a través del prisma de la lucha de clases. Pero cuando era estudiante universitario a principios de la década de 1980, ese ya no era el panorama económico. Estados Unidos estaba en una coyuntura de estanflación: había mucho desempleo y, al mismo tiempo, la inflación estaba por los cielos. Con el paso de los años, los grupos con intereses especiales habían congestionado la economía con regulaciones demasiado onerosas, normas laborales, estructuras tributarias perversas y todas las demás sinecuras que los economistas llaman “búsqueda de rentas”.

Estados Unidos necesitaba un golpe de dinamismo para subir los ánimos del emprendimiento y la innovación. No fue sino hasta 1985 más o menos que me di cuenta de que las personas que detestaba —Ronald Reagan y Margaret Thatcher— en realidad estaban haciendo algo provechoso y necesario. Así que me zambullí de lleno en la página editorial de The Wall Street Journal a beber del profundo pozo del pensamiento de libre mercado.

A principios de los años 90, el Journal me envió a muchos viajes periodísticos a la Unión Soviética y, luego, a Rusia, y todo lo que no estaba de moda en Nueva York estaba de moda en Moscú, así que ser un editorialista de derecha era equivalente a estar en onda y a la vanguardia. Presté especial atención a todos los planes de privatización que circulaban en aquel entonces. Si la propiedad del Estado podía distribuirse a las masas, podría nacer una nueva Rusia capitalista.

Veía, pero no observaba la inmensa corrupción que permeaba todo. Veía, pero no observaba que los derechos patrimoniales por sí solos no creaban una sociedad decente como por arte de magia. El problema principal en todas las sociedades es el orden: el orden moral, legal y social. Tardé mucho en comprender que lo que Rusia en realidad necesitaba no era priorizar la privatización, sino la ley y el orden.

Para cuando llegué a mi empleo actual, en 2003, estaba teniendo remordimientos sobre la educación de libre mercado que había recibido, pero no lo suficientemente rápido. Tardé bastante tiempo en comprender que la máquina del capitalismo posindustrial tenía defectos fundamentales. Los estadounidenses con los niveles más altos de educación acumulaban más y más riqueza, dominaban las mejores áreas de vivienda y colmaban a sus hijos de ventajas. Se estaba formando un sistema de castas sumamente desigual. Poco a poco, caí en cuenta de que el gobierno tendría que tomar medidas mucho más activas si quería lograr que todos los niños tuvieran las puertas abiertas y oportunidades justas.

Lo vi, pero no lo observé. Para cuando se desató la crisis financiera, los defectos del capitalismo moderno brillaban con una luz cegadora, pero mis esquemas mentales seguían sin adaptarse a la velocidad necesaria. Barack Obama buscó maneras de estimular la economía y aún me aferraba a la mentalidad de los años 90 de que “el déficit es el problema”. Escribí muchas columnas en las que instaba a Obama a mantener el estímulo en un nivel razonable pero bajo, columnas que ahora me parecen equivocadas. Los déficits sí son importantes, pero no eran el desafío principal en 2009. Me opuse al rescate financiero de la industria automotriz que realizó Obama por motivos de libre mercado y ese también fue un error.

Hay ocasiones en la vida en las que debes apegarte a tu cosmovisión y defenderla contra toda crítica. Pero hay otras en las que el mundo de verdad es distinto a cómo solía ser. En esos momentos, las habilidades más cruciales son las que nadie te enseña: cómo reorganizar tu mente y ver con ojos nuevos.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Autocracias fracasadas

/ 19 de marzo de 2022 / 01:17

Joe Biden argumenta correctamente que la lucha entre la democracia y la autocracia es el conflicto que define nuestro tiempo. Entonces, ¿qué sistema funciona mejor bajo estrés? Durante los últimos años, las autocracias parecían tener la ventaja.

Pero ha quedado claro que cuando se trata de las funciones más importantes del gobierno, la autocracia tiene graves debilidades. ¿Cuáles?

La sabiduría de muchos es mejor que la sabiduría de los megalómanos. En cualquier sistema, un rasgo esencial es: ¿Cómo fluye la información? En las democracias, la formulación de políticas suele hacerse más o menos en público y hay miles de expertos que ofrecen hechos y opiniones. A menudo, en las autocracias, las decisiones se toman dentro de un círculo pequeño y cerrado. Los flujos de información están distorsionados por el poder. Nadie le dice al líder lo que no quiere oír.

La gente quiere su vida más grande. Los seres humanos en estos días quieren tener vidas plenas y ricas y aprovechar al máximo su potencial. El ideal liberal es que las personas deberían tener la mayor libertad posible para construir su propio ideal. Las autocracias restringen la libertad en aras del orden. Muchos de los mejores y más brillantes ahora están huyendo de Rusia. Las instituciones estadounidenses ahora tienen casi tantos investigadores de inteligencia artificial de primer nivel de China como de los Estados Unidos. Si se les da la oportunidad, las personas con talento irán adonde se encuentra la realización.

El hombre de la organización se convierte en un gangster. La gente asciende a través de las autocracias sirviendo sin piedad a la organización, la burocracia. Esa crueldad les hace conscientes de que otros pueden ser más despiadados y manipuladores, por lo que se vuelven paranoicos y despóticos. A menudo personalizan el poder para que sean el Estado, y el Estado son ellos. Cualquier disidencia se toma como una afrenta personal. Pueden practicar lo que los eruditos llaman “selección negativa”. No contratan a las personas más inteligentes y mejores. Tales personas podrían ser amenazantes. Contratan a los más tontos y mediocres.

El etnonacionalismo se embriaga a sí mismo. Todo el mundo adora algo. En una democracia liberal, el culto a la nación (que es particular) se equilibra con el amor a los ideales liberales (que son universales). Con la desaparición del comunismo, el autoritarismo perdió una importante fuente de valores universales.

La gloria nacional se persigue con un fundamentalismo embriagador. “Creo en la pasión, en la teoría de la pasión”, declaró Putin el año pasado. Continuó: “Tenemos un código genético infinito”. La pasionalidad es una teoría creada por el etnólogo ruso Lev Gumilyov que sostiene que cada nación tiene su propio nivel de energía mental e ideológica, su propio espíritu expansivo. Putin parece creer que Rusia es excepcional en un frente tras otro y “en marcha”. Este tipo de nacionalismo chiflado engaña a las personas para que persigan ambiciones mucho más allá de su capacidad.

Gobierno contra el pueblo es una receta para el declive. Los líderes demócratas, al menos en teoría, sirven a sus electores. Los líderes autocráticos, en la práctica, sirven a su propio régimen y longevidad, incluso si eso significa descuidar a su gente. Es muy difícil dirigir con éxito una gran sociedad a través del poder centralizado.

Para mí, la lección es que incluso cuando nos enfrentamos a autocracias hasta ahora exitosas como China, debemos aprender a ser pacientes y confiar en nuestro sistema democrático liberal. Cuando nos enfrentamos a agresores imperiales como Putin, debemos confiar en las formas en que estamos respondiendo ahora. Si aumentamos de manera constante, paciente y despiadada la presión económica, tecnológica y política, las debilidades inherentes al régimen crecerán y crecerán.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Putin no puede retroceder

/ 15 de marzo de 2022 / 03:16

El teórico de la ciencia militar Carl von Clausewitz dijo célebremente que la guerra es la continuación de la política por otros medios. La invasión rusa de Ucrania es la continuación de la política de identidad por otros medios.

No sé ustedes, pero los textos de los expertos en relaciones internacionales no me han resultado muy útiles para entender de qué se trata esta crisis. En cambio, los textos de especialistas en psicología social han sido de gran ayuda.

Esto se debe a que Vladimir Putin no es un político convencional de una potencia mundial. En esencia es un emprendedor de la identidad. Su gran logro ha sido ayudar a los rusos a recuperarse de un trauma psíquico —las secuelas del fin de la Unión Soviética— y darles una identidad colectiva para que sientan que importan, que su vida tiene dignidad.

La guerra en Ucrania no se trata tanto de un territorio, se trata más bien de estatus. Putin invadió para que los rusos sientan que otra vez son una gran nación y para que él mismo sienta que es una figura mundial de la historia, algo así como Pedro el Grande.

Quizá deberíamos ver esta invasión como una modalidad fúrica de la política de identidad. En los primeros años de su régimen, reconstruyó la identidad rusa. Reivindicó aspectos del legado soviético como algo de lo que sentirse orgulloso. En general, su visión de la identidad rusa giraba en torno a él. Al ostentarse en el escenario mundial como una figura poderosa, lograba que los rusos se sintieran orgullosos y parte de algo grande. Vyacheslav Volodin, entonces jefe de gabinete adjunto del Kremlin, supo captar la mentalidad del régimen en 2014: “Hoy no hay una Rusia sin Putin”.

Esta gran estrategia parecía justificarse plenamente ese año con la exitosa invasión de Crimea. Una vez recuperado este territorio, Rusia podía pavonearse otra vez como una gran potencia. Cada vez más, Putin se presentaba a sí mismo no solo como un líder nacional, sino como un líder de la civilización, que encabezaba las fuerzas de una moral tradicional contra la depravación moral de Occidente.

Pero todo se ha salido de control. La política de identidad de Putin es tan virulenta porque es muy narcisista. En este momento, es imposible separar la identidad de Putin de la identidad de los rusos. La pregunta de los mil millones de rublos es la siguiente: ¿cómo reacciona un tipo que se ha pasado la vida luchando con complejos de vergüenza y humillación cuando gran parte del mundo lo humilla y degrada con justa razón? ¿Cómo reacciona un tipo que se ha pasado la vida tratando de parecer poderoso y sagaz cuando cada vez se muestra más débil y miope?

Yo supongo que, al menos durante un tiempo, Putin podrá recurrir a aquel discurso de los rusos de “la fortaleza sitiada”: Occidente siempre nos acecha. Pero al final siempre ganamos.

Ha habido indicios de que Putin a lo mejor está dispuesto a llegar a un acuerdo y retirarse de Ucrania, pero eso sería sorprendente. Destruiría la hinchada y frágil identidad personal y nacional que ha estado construyendo todos estos años. En general la gente no hace concesiones cuando su identidad está en juego.

Mi temor es que Putin solo conoce una forma de enfrentarse a la humillación: culpando a los demás y desquitándose con ellos. Hace un par de años, mi colega Thomas L. Friedman escribió una columna premonitoria sobre la política de la humillación en la que citaba a Nelson Mandela: “No hay nadie más peligroso que alguien que ha sido humillado”.

Putin se provocó esta humillación a sí mismo y a su país. Hablando como alguien que admira profundamente tantas cosas de la cultura rusa, creo que es un crimen enorme que una nación con tantas vías hacia la dignidad y la grandeza haya elegido la que conduce tan vilmente a la degradación.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Los Beatles y la fama

/ 3 de marzo de 2022 / 02:08

Supongamos que eres un músico, un artista o un actor que sueña con llegar a la cima. ¿Y eso cómo se hace? La respuesta habitual es: sé un verdadero maestro en tu oficio y la fama llegará. Por desgracia, no es tan sencillo. La excelencia es un requisito, pero suele pasar que no es suficiente. Permíteme recurrir a los Beatles para explicar de qué estoy hablando. Si hubo un grupo que pudo encumbrarse a partir de la pura genialidad creativa, fueron ellos. Pero eso no fue evidente en sus inicios. Cada sello discográfico al que se acercaron los rechazó.

Entonces, ¿cómo fue que los Beatles alcanzaron el éxito? Es evidente que no se estaba reconociendo su talento. Pero contaban con otra cosa: gente que abogó por ellos. Tenían un representante apasionado por su labor, Brian Epstein, quien en ese momento tenía 27 años. Contaban con dos entusiastas admiradores que trabajaban en el área de publicaciones musicales de EMI y que presionaron hasta que la empresa les ofreció un contrato de grabación. Cuando Love Me Do salió a la venta a finales de 1962 con poco apoyo y escasas expectativas por parte de su compañía discográfica, otro tipo de propulsores (los fanáticos de Liverpool) ayudaron a que la canción contara con una avalancha de apoyo.

Tomo este ejemplo de un artículo de Cass Sunstein que está por publicarse, él es un reconocido profesor de Derecho de la Universidad de Harvard que estudia, entre otras muchas cosas, cómo funcionan las cascadas informativas. Una de las cosas que extraigo de su trabajo es que no solemos confiar solo en nuestro propio juicio; pensamos en redes sociales. Recurrimos a otras personas informadas de nuestra red para filtrar la masa de productos culturales que hay. Si un integrante de nuestro grupo en quien muchos confían piensa que algo es maravilloso, es más probable que acabemos por pensar lo mismo. Si tener una opinión política determinada o que nos guste una banda musical específica nos ayuda a encajar en un grupo, lo más probable es que tengamos esa opinión y nos guste esa banda. Si un grupo de personas con ideas afines se reúne, tenderán a impulsar a los demás hacia una versión más extrema de sus opiniones existentes.

Estos hallazgos se sustentan con la obra de René Girard, un pensador francés que está de moda estos días. Girard echó por tierra la idea de que somos individuos atomizados impulsados por nuestros propios deseos intrínsecos. En su lugar, argumentó que exploramos el mundo imitando a otras personas. Si vemos que alguien quiere algo, eso puede sembrar en nosotros el deseo de quererlo también.

Se puede contar una historia negativa: los seres humanos son en su mayoría roedores patéticos, que se dejan llevar por la presión de sus pares. Pero yo no lo veo así. Lo mejor que hace una sociedad es crear su propia cultura. Creamos nuestra cultura como comunidad, en colectivo. Una cultura no existe en una sola mente, sino en una red de mentes. Creamos una cultura en respuesta a las preocupaciones más urgentes del momento. De entre todas las personas con talento que hay, elegimos a las que nos ayudan a ver y entender nuestras condiciones actuales. En los años 60, millones de personas se fijaron en los Beatles porque encarnaban con maestría los sueños y valores de la conciencia colectiva de la época.

Los artistas no son los únicos seres creativos. Quienes abogan por los artistas en sus inicios, y que desempeñan un papel tan poderoso a la hora de esculpir el paisaje cultural, están ejerciendo un rol muy creativo. Son arquitectos del deseo, que dan forma a lo que la gente quiere escuchar y experimentar.

Si eres un artista, es probable que tengas menos control del que te gustaría sobre tu fama. Las condiciones sociales son la clave. Las preguntas más pertinentes para el resto de nosotros podrían ser: ¿a quién estoy impulsando a crecer? ¿Quiénes son los talentos en las sombras que puedo ayudar a encumbrar? ¿Cómo estoy cumpliendo mi responsabilidad de dar forma a los deseos de la gente que me rodea? Para la mayoría de nosotros, es así como se realizan los verdaderos actos creativos.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Los Beatles sobre la fama

/ 18 de febrero de 2022 / 01:34

Supongamos que eres un músico, un artista o un actor que sueña con llegar a la cima. ¿Y eso cómo se hace? La respuesta habitual es: sé un verdadero maestro en tu oficio y la fama llegará. Por desgracia, no es tan sencillo. La excelencia es un requisito, pero suele pasar que no es suficiente.

Permíteme recurrir a los Beatles para explicar de qué estoy hablando. Si hubo un grupo que pudo encumbrarse a partir de la pura genialidad creativa, fue éste. Pero eso no fue evidente en sus inicios. Cada sello discográfico al que se acercaron los rechazó. Entonces, ¿cómo fue que los Beatles alcanzaron el éxito? Es evidente que no se estaba reconociendo su talento. Pero contaban con otra cosa: gente que siempre abogó por ellos. Tenían un representante apasionado por su labor, Brian Epstein, quien entonces tenía 27 años. Contaban con dos entusiastas admiradores que trabajaban en el área de publicaciones musicales de EMI y que presionaron hasta que la empresa les ofreció a los Beatles un contrato de grabación. Cuando Love Me Do salió a la venta a fines de 1962 con poco apoyo y escasas expectativas por parte de su compañía discográfica, otro tipo de propulsores (los fanáticos de Liverpool) ayudaron a que la canción contara con una avalancha de apoyo.

Tomo este ejemplo de un artículo de Cass Sunstein que está por publicarse en The Journal of Beatles Studies. Sunstein es un reconocido profesor de Derecho de la Universidad de Harvard que estudia, entre otras muchas cosas, cómo funcionan las cascadas informativas.

Una de las cosas que extraigo del trabajo de Sunstein es que no solemos confiar solo en nuestro propio juicio; pensamos en redes sociales. Recurrimos a otras personas informadas de nuestra red para filtrar la masa de productos culturales que hay. Si un integrante de nuestro grupo en quien muchos confían piensa que algo es maravilloso, es más probable que acabemos por pensar lo mismo. Si tener una opinión política determinada o que nos guste una banda musical específica nos ayuda a encajar en un grupo, lo más probable es que tengamos esa opinión y nos guste esa banda. Si un grupo de personas con ideas afines se reúne, tenderán a impulsar a los demás hacia una versión más extrema de sus opiniones existentes.

René Girard echó por tierra la idea de que somos individuos atomizados impulsados por nuestros propios deseos intrínsecos. En su lugar, argumentó que exploramos el mundo imitando a otras personas. Si vemos que alguien quiere algo, eso puede sembrar en nosotros el deseo de quererlo también. “El hombre es una criatura que no sabe qué desear, por lo que tiende a echar un vistazo a los de su alrededor para salir de dudas”, escribió Girard.

Creamos una cultura en respuesta a las preocupaciones más urgentes del momento. De entre todas las personas con talento que hay, elegimos a las que nos ayudan a ver y entender nuestras condiciones actuales. En los años 60, millones de personas se fijaron en los Beatles porque encarnaban con maestría los sueños y valores de la conciencia colectiva de la época.

Si eres un artista, es probable que tengas menos control del que te gustaría sobre tu fama. Las condiciones sociales son la clave. Las preguntas más pertinentes para el resto de nosotros podrían ser: ¿a quién estoy impulsando a crecer? ¿Quiénes son los talentos en las sombras que puedo ayudar a encumbrar? ¿Cómo estoy cumpliendo mi responsabilidad de dar forma a los deseos de la gente que me rodea?

Para la mayoría de nosotros, es así como se realizan los verdaderos actos creativos.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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Aborto, la mayoría ambivalente

/ 9 de diciembre de 2021 / 01:31

Si quiere saber por qué nuestra política es tan terrible, consulte nuestros recientes debates públicos sobre el aborto. Todo el mundo está sintiendo hacia dónde parece dirigirse la Corte Suprema en Roe v. Wade. Pero a medida que nuestra política se ha vuelto más burda y combativa, muchos conservadores ni siquiera reconocen los problemas que siempre han dificultado tanto este tema.

Muchos de los comentarios progresistas, por otro lado, no reconocerán al feto en absoluto. He visto a los progresistas referirse al aborto simplemente como una atención médica para las mujeres, o como una decisión totalmente privada sobre lo que una mujer hace con su cuerpo. Muchos progresistas hablan del aborto como si no pudiera ser el fin de una vida humana.

Especialmente ahora, en la degradación de la vida pública posterior a Trump, los políticos, propagandistas y activistas en este tema eluden los temas difíciles y complejos para defender poderosamente su lado. Y eso es lo que vemos tema tras tema. Los ejércitos de la certeza marchan y dominan el debate y la política. El resto de nosotros, obstaculizados por la ambivalencia, nos quedamos atrás. Vivimos en una democracia en la que la mayoría a menudo no gobierna.

Durante la mayor parte de mi vida me he considerado a favor del aborto porque no tenía la menor confianza en saber cuándo comenzaba la vida y no quería imponer mis puntos de vista a los demás. Pero como muchas personas, mi vida se ha cruzado con el problema. Luego, vino la ciencia. La experiencia y los sentimientos morales que se derivan de la vida me han movido mucho hacia la posición antiaborto. ¿Eso significa que sé cuándo comienza la vida? Esa ya no parece la pregunta correcta. He llegado a creer que todos los seres humanos tienen una parte de sí mismos que no tiene tamaño, forma, color o peso, pero que les da un valor y una dignidad infinitos, y es su alma. Para mí, la pregunta crucial es cuándo un organismo vivo se convierte en alma humana. Mi intuición es que no es un momento, sino un proceso, un proceso envuelto en un misterio divino.

Esto me deja en una posición política monótona, me temo, con aproximadamente la mitad de los estadounidenses que quieren restringir el aborto en algunas circunstancias, pero, tal vez porque sienten que sería inviable o incorrecto, no quieren prohibirlo por completo. Los abortos en el tercer trimestre y algunos en el segundo trimestre me parecen cada vez más incorrectos, excepto en circunstancias extraordinarias. ¿Pero el primer trimestre? No lo sé, y por lo tanto cedería a la conciencia de cada mujer.

Dado hacia dónde parece dirigirse la Corte Suprema, firmaría la posición de compromiso que el profesor de Claremont McKenna, Jon A. Shields, esbozó en octubre, que podría implicar restricciones más estrictas sobre el aborto después del primer trimestre.

Supongo que eso significa que estoy apoyando a John Roberts en las deliberaciones actuales sobre Dobbs v. Jackson Women’s Health Organization. Ha señalado que está abierto a explorar si la corte podría mantener la ley de Mississippi que prohíbe el aborto después de 15 semanas, pero no anular a Roe y permitir que los estados promulguen prohibiciones totales o casi totales. Pero puede ser una minoría de uno.

Solía apoyar la revocación de Roe porque pensaba que sería saludable sacar el tema del aborto de los tribunales y devolverlo a las legislaturas estatales. Solía pensar que la mayoría de los estados terminarían donde está el centro de gravedad de la nación, con restricciones pero no prohibiciones.

Pero ahora estamos tratando de lidiar con un tema miserablemente complejo en una cultura política brutalizada. Las mayorías no gobiernan en este país; las minorías polarizadas lo hacen. La evidencia es que la política posterior a Roe haría que incluso nuestra política actual parezca dócil. No estoy seguro de que nuestra democracia sea lo suficientemente fuerte para eso.

David Brooks es columnista de The New York Times.

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