La salud de la Tierra va de la mano del volumen y los métodos de producción agrícola, y estos van de la mano con la salud de nuestros suelos. El crecimiento acelerado de las áreas urbanas provoca dos problemas desde el punto de vista del manejo de suelos: por un lado, las manchas urbanas, al crecer, invaden áreas con potencial agrícola y suelos productivos; por otra parte, existe presión hacia zonas rurales para producir más alimento por parte de menos pobladores, lo que ocurre con reducido apoyo técnico, poco interés en la sustentabilidad y, por tanto, de forma extractiva, sin reponer los nutrientes utilizados. Este fenómeno incrementa la tendencia a la degradación de la tierra, especialmente con mucha presión sobre los suelos, los que, en muchos casos, están mal manejados y sobre-explotados (1).

La Constitución Política señala que se debe regular el uso del suelo, protegiendo y velando por la conservación de áreas aptas para producción agropecuaria, evitando la expansión de poblaciones urbanas en detrimento de las áreas productivas; sin embargo, la situación de los suelos en Bolivia se ha visto reducida por las prácticas insostenibles como el desarrollo de la frontera agrícola y ganadera, así como los incendios forestales, una gran amenaza a los suelos y su biodiversidad. La Estrategia Nacional de Neutralidad en la Degradación de Tierras estima que 8% de la superficie del país se encuentra en procesos de degradación crítica de suelos y que en cerca de 100.000 km2 de áreas agrícolas la productividad está bajando.

Para entender esta preocupación sobre los suelos, es importante conocer que tienen la capacidad de formar, almacenar, transformar y reciclar los nutrientes que necesitamos para sobrevivir; los suelos sanos son esenciales para el desarrollo de los sistemas alimentarios de los países; los suelos que produzcan alimentos nutritivos y saludables, y lo hagan de forma resiliente al clima garantizarán la sustentabilidad del planeta y de los seres que la habitamos. Como dato importante, Naciones Unidas estableció que para 2050 la producción agrícola mundial deberá aumentar en 60% y casi 100% en los países en desarrollo para satisfacer parcialmente la demanda de alimentos, lo cierto es que esto se puede lograr solo si contamos con suelos sanos.

Los desequilibrios de los nutrientes en el suelo son un problema para la seguridad alimentaria porque afectan a la producción de alimentos y también a su calidad, pudiendo tener una repercusión significativa en el medio ambiente; este desequilibrio es una amenaza a la cual hay que responder, puesto que los esfuerzos para incrementar la calidad nutritiva de los cultivos se pierden si los suelos no son saludables, si están erosionados, compactados, salinizados con problemas de toxicidad, por lo tanto no podrán proporcionar los elementos nutritivos que requiere la planta para su desarrollo normal.

Aunque no parezca, es de vital importancia conocer las condiciones reales del suelo a una escala adecuada para poder planificar, realizar un análisis de suelos con metodologías armonizadas para que los datos sean fiables y lograr que agricultores se empoderen en el desarrollo de capacidades sobre la importancia de la fertilidad de los suelos sanos para producir no solo más alimento, sino de mejor calidad.

(1) Estrategia Nacional de Neutralidad en la Degradación de las Tierras (NDT) hacia el 2030.

Heydi Durán es especialista en Sistemas de Información Geográfica y Teledetección de la FAN.