Voces

Wednesday 17 Aug 2022 | Actualizado a 00:59 AM

La nacionalización como horizonte

/ 4 de agosto de 2022 / 02:46

La identidad, como tiempo constitutivo del presente, fue la nacionalización y la Asamblea Constituyente. Su construcción se desarrolló por la periferia de lo político, de lo académico, de los intelectuales clasemedieros, es decir no se consideraba agenda política para el establishment neoliberal colonial, incluso para ciertos sectores progresistas.

El valor histórico es la constitución en la subjetivad de lo nacional popular como sentido común histórico como horizonte, ya no se percibía como demanda hacia el gobierno, superaron ese límite, sino como interpelación al tipo de Estado colonial republicano y al modelo de gobierno neoliberal. La interpelación hecha como sujeto político implica la constatación de que es el tiempo no de reformas o de ampliación de derechos, sino de transformaciones, pero en primera persona, es decir ya no se delega la titularidad de la transformación, sino se ejerce esa condición de liderazgo.

El sujeto constituido tiene identidad como construcción social, cultural e histórica, es el sentido fundacional del tiempo que vivimos. Lo que aparentemente era una consiga electoral en 2002, “somos pueblo, somos MAS” y “votar por nosotros mismos”, era la autoconciencia como posibilidad de triunfo democrático, ejercicio de poder político y liderato en la transformación estructural.

Las derechas coloniales, autoconsideradas criollas y mestizas social e ideológicamente, fueron derrotadas antes del momento electoral. Ese momento —las elecciones— fue solo la constatación fáctica de la democracia representativa, julio de 2002 fue el anuncio del pututo originario, Evo y El Mallku sientan soberanía electoral sobre sus territorios; diciembre de 2005 no es el triunfo electoral, es la inauguración estatal del nuevo tiempo político, donde lo nacional popular con un liderazgo sindical, cocalero, campesino, antiimperialista y anticolonial asume el reto no como utopía, sino como realidad de este tiempo; Evo, lo indígena, sintetizan ese tiempo indefinido en la historia.

Para bloquear el sentido del tiempo, las derechas señoriales, raciales y capitalistas atrincheradas regionalmente en el oriente, asumen la cruceñidad como identidad superior frente al “otro”. El “otro” es el cruceño de nacimiento pero de ascendencia colla o valluna y los otros ocho departamentos; pero el “otro” no es el migrante extranjero, ese es el privilegiado para ser propietario de millones de hectáreas, de empresas, universidades, medios de comunicación y también propietario- dirigente exclusivo de las empresas regionales de agua, de energía, de telefonía, propietarios de la CAO, Cainco, Fexpocruz, con esa plataforma son los únicos líderes habilitados para dirigir el Comité Cívico; este bloque que era el beneficiario y aliado del centralismo estatal en dictadura y democracia, quiso bloquear la Asamblea Constituyente imponiendo el sentido colonial y racial de la autonomía sobre el país, fue derrotado en las urnas y en el ideario nacional.

Su venganza histórica la sentimos en 2019. Su violencia política, social, racial, bajo la aureola religiosa y con el auspicio de la Unión Europea, la OEA y gringolandia llegaron al poder vía el golpe, no como horizonte, sino como ambición, sanción contra lo nacional popular. Estas élites nunca fueron mayoría democrática, se consideraban mayoría como suma de minorías electorales y políticas, pero cuando se le dio al pueblo la facultad ya no solo de votar sino de elegir a su principal autoridad política nacional, ahí las derechas constataron que eran minoría electoral, por eso que la violencia es su forma más efectiva de comunicación política.

Uno de los grandes derrotados y sancionados moral e intelectualmente es Carlos Mesa, autoconsiderado a sí mismo como la voz y la imagen del gonismo en la década de los años 90, como la fuerza urbana en 2002 y la única opción de las derechas en 2019, que no solo que nunca ganó una elección, sino que fue vicepresidente con apenas el 22% y presidente de la República porque decidió ocultarse —como siempre— en octubre de 2003. Hoy sale a los medios con el ímpetu de su voz a sancionar, descalificar la nacionalización y al expresidente indígena.

Usa el adjetivo descalificativo aparentemente como categoría para referirse a la nacionalización y a Evo, lo que se constata es que en Mesa, al igual que en las derechas clasemedieras, lo que aflora es su frustración generacional, porque saben que su único límite posible es hacer lo que mejor saben hacer; en Mesa la demagogia discursiva, en Camacho y en los desertores, resentidos y traidores, incentivar la violencia racial y social.

La respuesta desde lo nacional popular es la gestión pública positiva, el campeonato futbolero internacional en el Trópico, la unidad de los líderes y del bloque popular y seguir construyendo el horizonte.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

Comparte y opina:

Criminalización colonial y racial

/ 21 de julio de 2022 / 01:01

Los movimientos sociales (MS) son la construcción-transformación dialéctica de las organizaciones sociales, representan intereses colectivos, objetivos comunes, no reivindican una demanda gremial sino cambio social, cultural o político. Están articulados en estructuras de movilización con mecanismos deliberativos y decisionales, su identidad es colectiva y plural, sus repertorios de movilización combinan experiencia y temporalidad.

Los MS se construyen en el enfrentamiento contra estructuras del Estado, representando horizontes contrahegemónicos. Los sindicatos cocaleros agrupados en federaciones tienen su punto de inflexión en la resistencia a la aprobación de la Ley 1008, al Plan Trienal de Lucha contra el Narcotráfico que tipificó la hoja de coca como “sustancia peligrosa”, la masticación de la hoja como “uso indebido de drogas”, por la represión y masacre de productores de la hoja de coca en junio de 1988 en la Villa Tunari; es el tiempo de su propia transformación cualitativa como movimiento.

El Estado republicano colonial y neoliberal asume como suyo una tesis impuesta por el imperio, explícitamente identifica y construye un enemigo, que son los productores de la hoja de coca; la reacción de los cocaleros, constituidos en MS, es una respuesta orgánica, sindical, territorial, cultural y política, trascienden de la defensa a la producción a luchar por la hoja de coca como identidad cultural y soberanía nacional.

La visión y el horizonte sobre la hoja de coca son contrapuestos, el Estado empieza a caracterizar peyorativamente al productor y al dirigente como narcoproductores y narcodirigentes, y despliega toda una infraestructura política, militar, policial, racial y comunicacional violenta, represiva; el comandante que lidera todo el despliegue de esta maquinaria era la DEA.

La estrategia bicéfala planificada fue represión, asesinato, violación de los derechos humanos y criminalización al productor y al dirigente cocalero, la criminalización partía de códigos raciales- coloniales, lo que implicó la legitimación de la violencia estatal.

La organización sindical cocalera constituida en MS, liderando en conjunto con las organizaciones del Pacto de Unidad una propuesta contrahegemónica, en 2002, bajo las reglas de la democracia representativa, le disputa el poder a todo el sistema político; el embajador norteamericano Manuel Rocha sale al auxilio, en un acto público y en presencia del entonces presidente Tuto Quiroga llama a no votar por el MAS y Evo.

Este hecho en sí mismo demuestra la crisis estructural del sistema político criollo que necesita oxígeno externo para sobrevivir, el nuevo horizonte liderado por lo nacional-popular era la utopía posible.

La estrategia racial-colonial de la criminalización y descalificación volvió a ser retomada como línea permanente de invalidar un movimiento y un liderazgo anticolonial y antiimperialista. Recurren e instrumentalizan lo interno para implosionar, como hecho formal está la aparente constitución de corrientes, pero lo central, como eje estructural, es la destrucción del MS como sujeto político hegemónico.

La casualidad es la utilización de la palabra “renovación” para validar la palestra pública, que habilita mediáticamente la utilización recurrente de un personaje que ostenta la condición de “militante y parlamentario del instrumento político” para acusar, con toda la cobertura comunicativa del establishment antinacional- popular, de “narcofinanciamiento” al proyecto y liderazgo que tiene las posibilidades políticas-culturales de seguir liderando el horizonte del “vivir bien”.

La validez de un proyecto no está solo en la enunciación, sino en la capacidad de interpelación y adscripción democrática de los pueblos y las sociedades plurales que tenemos en las urbes.

Este proyecto de lo nacional-popular es la certeza, para vencerlo —las derechas— no parten de lo alternativo como propuesta, sino de la inhabilitación moral y política, el dispositivo central de todo el ataque parte de los mismos códigos del siglo pasado que son colonial y racial.

La “denuncia y la carta” son la excusa para que analistas políticos eternos, pastores religiosos, titulares de prensa, dirigentes cívicos, profesionales de círculos clasemedieros reiteren como plegaria las frases adornadas con mayor énfasis folklórico, pero concluyendo que estamos viviendo en un “narco Estado”, que tenemos un “narcopartido y narcodirigentes”.

Su deseo es reinstalar en el sentido común urbano lo antinacional-popular como dispositivo movilizador, para que sus grupos parapoliciales y neofascistas tengan la validez y bendición para desplegar sus actos de violencia que den sentido a su sinrazón política.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

Comparte y opina:

Oposición por desgracia

/ 7 de julio de 2022 / 00:43

Nuestra democracia parte de principios republicanos, uno de ellos y el fundamental es que la soberanía nace del pueblo, de su decisión emerge la conformación de poderes del Estado y la elección de representantes.

El sistema político está diseñado en función de institucionalidades partidarias, los sujetos políticos de la democracia representativa son las organizaciones políticas, es decir no son solo sigla para tiempos electorales.

Las organizaciones políticas tienen la obligación de representar y expresar una visión de gobierno y país a partir de su concepción ideológica, porque sus propuestas no son un simple eslogan electoral, sino el quehacer político desde el escenario que se encuentren, sean oficialistas u oposición. Esa es la síntesis de la democracia republicana.

Pero contrariamente, aunque las derechas reivindican más a nivel de consigna la República, son la pésima expresión de la democracia republicana.

El sistema político que se estructuró está entre la crisis política, al final del gobierno de la UDP, y el inicio del neoliberalismo sobre un trípode de partidos que alternaban la titularidad del gobierno a partir de acuerdos multipartidarios y no por decisión soberana del pueblo, es decir no tuvimos presidentes y vicepresidentes elegidos por el pueblo, sino designados por el Parlamento, lo que implica que asistíamos a una normalidad democrática de minorías electorales; el pueblo solo votaba pero no elegía, delegando su soberanía a 157 parlamentarios para que decidan el presente y futuro de millones de bolivianos y bolivianas.

Los políticos designaron “creativamente” a la democracia de pactos y consensos entre pares minoritarios para ocultar la ausencia de mayorías políticas; no solo era la trampa como mecanismo, sino el método efectivo para hacerse del gobierno y reproducir el poder.

La huida y renuncia de Sánchez de Lozada y la catastrófica gestión de Carlos Mesa como presidente marcaron el fin de la era de los partidos del viejo sistema, en las elecciones de 2005 el voto democrático del soberano clausuró ese modelo de minorías electorales e instituyó el principio republicano donde el pueblo soberanamente elige a sus autoridades después de 180 años.

La democracia republicana se revaloriza, explícitamente obliga a los actores dejar de depender del acuerdo de minorías electorales en el Parlamento, para subordinarse a la legitimidad del pueblo como condición sine qua non para acceder al gobierno.

Desde 2005 fueron seis elecciones nacionales donde las derechas convertidas en oposiciones, por desgracia hicieron gala constante de su fatalidad trágica. Por tres factores: primero, no son horizonte desde la derecha para la sociedad; segundo, sus líderes representan el pasado y ahora son solo nombres maximizados mediáticamente; y tercero, sus acciones son retrógradas, conservadoras y raciales.

El horizonte de los años 80 y 90 fue impuesto por el norte imperial y el establishment mestizoneo liberal lo asumió como suyo; hoy su orfandad política y desorientación ideológica se perciben más allá de los rayos del sol, su horizonte fue sustituido por el fetichismo del eslogan electoral y la fanfarrea fraseológica discursiva.

Sus líderes se enfangaron en el viejo y vetusto sistema político que pereció, hoy aparentan reinventarse en la pasarela mediática que genera ruido, colores y espectáculo.

Perdieron u olvidaron sus esporádicos momentos de soberbia exitosa neoliberal, se hicieron absorber por la ultraderecha y hoy son parte de la suma de acciones políticas propias de las épocas oscuras del pasado como la violencia racial, política y social; enarbolan las banderas antiderechos y de la familia patriarcal, es decir reivindican el colonialismo retrógrado como práctica cotidiana.

Las derechas viven y disfrutan su miseria ideológica y política diariamente, deambulan en el escenario mediático como la única forma posible de tener vigencia discursiva; se esfumó desde el mesismo el objetivo aparente de ser cabeza de oposición y naufragan las rimbombantes imágenes de Camacho y Arias por la pésima gestión pública, y se cobijan en algunas encuestas que valoran a Manfred.

Su crónica y dramática realidad intentará ser ocultada impulsando cualquier tipo de movilización con alguna excusa coyuntural sin trascendencia, cobijados en los mantos de comités cívicos, de organizaciones de la ultraderecha como el Foro de Madrid o en las opiniones de Bolsonaro, es decir dependen de la brisa para despeinarse.

Son oposición porque no expresan una visión- propuesta alternativa de país, tampoco son opción democrática de gobierno, son oposición porque se autodenominan así, son caricatura republicana, por ello mismo son oposición por desgracia.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

Comparte y opina:

La Centella(s) eclesial y colonial

/ 23 de junio de 2022 / 02:12

La Iglesia Católica y sus principales autoridades están vinculadas a la historia de nuestro continente desde la invasión hasta el presente, fueron y son actores directos de la política y el poder. La religión y la espiritualidad fueron y son el medio para que estén involucrados con el poder; sus intervenciones aparentemente institucionales, son acciones políticas en tiempos de crisis de las élites dominantes estatales que comparten y comulgan la visión y concepción de la nobleza eclesial.

La reciente intervención del arzobispo Ricardo Centellas, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB), es una opinión política coincidente con las derechas internas y externas sobre la crisis de octubre y el juicio a la exsenadora Áñez: “Es lamentable ver que la Justicia puede llegar a ser manipulada, la memoria del pueblo boliviano y la historia no cambian con la sentencia a la expresidenta Áñez. Es de conocimiento general que en 2019 no hubo golpe, hubo fraude y pruebas hay demasiadas”.

Esta opinión política no es aislada, por el contrario, expresa el sentir opuesto del establishment eclesial al liderazgo nacional popular anticolonial, el Estado Plurinacional y el “vivir bien”.

En mayo de 2008, los grupos de poder cruceños intentaron imponer la ruptura institucional del Estado con el referéndum anti e inconstitucional sobre la autonomía; el 4 de mayo — día de referéndum—, a primera hora en la Catedral cruceña, el cardenal Terrazas celebró la misa a la que asistieron tanto el prefecto Costas y Branco Marinkovic. El cardenal bendijo el acto anti e inconstitucional y al terminar la celebración eucarística fue a emitir su voto, en una clara demostración de adhesión política al separatismo y contraria a la Asamblea Constituyente dirigida por una mujer campesina.

En 2019, el nuevo cardenal indígena Ticona participó de un evento de la Confederación de Mujeres Campesinas “Bartolina Sisa”, ahí expreso: “Donde sea tenemos que ir junto al presidente Evo”. Inmediatamente la CEB desautorizó al cardenal indígena y dijo que era a “título personal”.

Dos días después de las elecciones de 2019, desde el Vaticano, Centellas leyó un comunicado de los obispos: “…hay evidentes signos de fraude”. El 10 de noviembre, día del golpe, Ricardo Centellas leyó una carta abierta al Presidente donde exige que “renuncie para pacificar el país” y afirma que “(Evo) asuma su responsabilidad por el fraude electoral”, en la misma tónica de la OEA, Almagro, Mesa y Camacho.

Al igual que Pilatos se lavó las manos, en la “Memoria de los Hechos de 2019” de la CEB, presentada en 2021, Centellas en su condición de presidente de la CEB “denuncia de indicios de fraude presentados por la población”, ya no afirma en primera persona, sino que habla de indicios denunciados por la población.

La defensa a Áñez y al gobierno de facto es cuestión de vida para el establishment eclesial, se sintieron renacer cuando vieron ingresar la Biblia de las manos de Camacho y Áñez; como acto de redención organizaron la conspiración en la universidad privada de su propiedad, convocaron a todos quienes proclamaron a los vientos sobre la existencia del fraude, en su lógica colonial invitaron a la mesa a la representación de Bolsonaro y de España, en esta reunión decidieron el procedimiento para la “aparente sucesión constitucional”, designaron quien sería la Presidenta y la llamaron, como ellos mismos confiesan en la Memoria de la CEB; luego toda la cúpula de la nobleza eclesial se reunió con la senadora Áñez —supongo— no solo para bendecirla, sino para transmitirle lo acordado en la reunión conspirativa. El lunes 11 de noviembre, en conferencia de prensa, la CEB, flanqueada por el representante de Mesa y Camacho, exige que salgan a las calles militares y policías ante la amenaza de la muchedumbre popular. En la sesión de la Asamblea que no se instaló y donde Áñez se autoproclamó, la CEB estaba presente en el palco legislativo republicano.

El relato sobre la participación de la nobleza eclesial es una constatación del rol político que juega en los momentos políticos de crisis, su participación es efectiva porque su horizonte tiene la misma sintonía con los bloques y grupos de poder capitalista y colonial, no es simple casualidad fortuita, es la esencia de su propia naturaleza colonial eclesial del poder.

Luis Espinal, en sus Oraciones a quemarropa, sintetiza lo que significa el evangelio para el establishment eclesial: “Sabemos que el Evangelio es hiriente, pero nos lo hemos acomodado; hemos hecho de él un texto de conformismo y vulgaridad. Nos sirve para defender la propiedad y nuestros privilegios”.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

Comparte y opina:

RJC, angelitos paramilitares

/ 9 de junio de 2022 / 01:43

Las narrativas políticas no son simples descripciones, son la expresión ideológica que representa la concepción que tienen del tiempo, la coyuntura, los hechos, los actores políticos.

La derrota de la dictadura militar en el siglo pasado por la movilización popular-obrero- campesina, la institucionalización de la democracia liberal republicana como forma de gobierno, desplazaron del escenario político a la extrema derecha (ED).

El tiempo del resurgimiento de esta corriente política e ideológica está entre la crisis del sistema político, el triunfo electoral de lo nacional popular y la presidencia de un líder indígena antiimperialista y anticolonial. La triada que articula a la ED es: regionalismo, racismo y religión, el núcleo político público es el corporativismo empresarial cívico manifestado en el Comité Cívico pro Santa Cruz, la Unión Juvenil Cruceñista y la Nación Camba. Los exponentes de ese tránsito a la extrema derecha son Marinkovic, Camacho, Calvo y Valverde.

La articulación e interdependencia de esta triada validó, legitimó y bendijo todos los actos de la violencia impulsada desde 2006, en el golpe de Estado y durante el gobierno de facto, al extremo que después de ser derrotados democráticamente en 2020, grupos urbanos de clase media, de rodillas y orando fueron a las puertas de los cuarteles a implorar a los militares que tomen el gobierno violentamente para impedir que vuelva lo nacional popular a dirigir el país.

Se está desarrollando un proceso penal contra los líderes de la RJC, la respuesta de Camacho- Creemos a través de un comunicado es santificar y justificar a la Resistencia Juvenil Cochala: “La RJC fue parte de la movilización nacional democrática contra el fraude del MAS. No es responsable de ningún delito y más bien ayudó a parar el fraude masista y a resguardar la democracia”. Amparo Carvajal, presidenta de la APDH-B, expresó a la RJC: “Jóvenes queridos, para mí son una resistencia necesaria”; estas afirmaciones sintetizan la identidad de la “lucha política” para la ED.

Pero, para no ingresar en las narrativas propias de la ED, recurriremos al Informe sobre los hechos del 2019 del GIEI-CIDH en la página 54: “La RJC se organizó desde el principio de los bloqueos y adquirió importante protagonismo en diversos enfrentamientos, como un grupo de choque que se autoasignó la misión de proteger primero los bloqueos y luego la ciudad. Se movilizaban de a dos en motocicletas, una persona conduciendo y otra con una bazuca artesanal, petardos u otros artefactos explosivos, imitando tácticas policiales para enfrentar y disolver de manera violenta marchas de adeptos al MAS. Llegaron a constituir grupos con centenas de motos y, paulatinamente, asumieron tareas parapoliciales, como el patrullaje en las calles de la ciudad, especialmente durante el motín policial. La RJC adoptó una estrategia de intimidación y agresión a personas identificadas como ‘masistas’, incluso a mujeres de pollera”.

Para la ED, los de la RJC son ciudadanos angelicales, pero el informe del GIEI, que reconstruyó los escenarios en función a investigación de campo y cientos de entrevistas, describe a la RJC como grupo de choque, su desplazamiento en motocicletas es armado, sus acciones son parapoliciales, es decir, para el principal organismo de DDHH del continente la RJC es un grupo paramilitar.

El vínculo con el narcotráfico y otros delitos de los líderes de la RJC es dramático: dos vinculados con narcotráfico, uno fue condenado a 10 años de cárcel, el segundo fue detenido en posesión de cocaína y armas, un tercero fue condenado a 12 años y seis meses por participar en el triple apuñalamiento a un periodista en Cochabamba.

La relación directa entre la RJC y autoridades del golpe era muy evidente, la Defensoría del Pueblo denunció a 16 miembros de la RJC por violar derechos humanos; sus abogados defensores fueron Javier Issa y Tito Barbosa, que en el gobierno de facto ejercieron los cargos de viceministro y director jurídico del Ministerio de Gobierno.

En síntesis, la RJC es el grupo parapolicial con vínculos directos con el narcotráfico, el gobierno de facto y hoy para la ED son presos políticos.

No es casual esta conducta de la ED en nuestro país, Trump, Bolsonaro, Duque en Colombia, Vox en España, Le Pen en Francia, Zelenski en Ucrania, el político argentino Javier Milei, son realidades políticas en el mundo que disponen de infraestructura partidaria, mediática, empresarial, eclesial, incluso paramilitar para imponer sus temáticas anti derechos humanos en las agendas políticas.

La estrategia de la ED es retroceder a los tiempos inquisitorios y dictatoriales, apropiándose discursivamente de la democracia con formas, métodos, acciones y desplazamientos propios del fascismo.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

Comparte y opina:

Ultraderechas

/ 26 de mayo de 2022 / 01:14

Las derechas se están desplazando hacia la extrema derecha, no están circulando por la clásica lógica partidaria, tampoco por representar un proyecto estatal alternativo, por el contrario, están desarrollando una estrategia de largo plazo concentrada en constituir subjetividades conservadoras como sentido común.

Son actores políticos del sistema democrático contrariamente promoviendo acciones antidemocráticas validadas y legitimadas por estructuras no partidarias, sino comunicacionales, eclesiales y cívicas.

La derecha multipartidaria neoliberal de los años 90, que tenía un trípode partidario sólido articulado a bloques regionales empresariales y representaba la temporalidad democrática posdictadura con el auspicio del Consenso de Washington, fue derrotada en nuestro país por lo nacional popular, con su núcleo sindical, territorial y cultural campesino expresado políticamente en el Instrumento Político.

La referencia de estas derechas son solo nombres de exautoridades gubernamentales sin posibilidad de liderazgo, que aparecen o son utilizados temporalmente para aparentar la idea democrática del pasado; su límite es la escena mediática.

Esa derecha del último cuarto de siglo ya no es el paradigma de las nuevas derechas, que están transitando hacia la extrema derecha que ahora tiene renovados ejes discursivos conservadores.

La extrema derecha es una tendencia que está presente en varios países, con triunfos electorales muy fuertes en EEUU y Brasil, que están impulsando movimientos antidemocráticos con características fascistas para impedir sus derrotas: Trump impulsó la toma paramilitar de la Casa Blanca acusando fraude electoral; Bolsonaro en la misma línea, ante su derrota, ya está anunciando fraude con grupos de civiles armados circulando y amedrentando. Colombia, gobernado hace varios años por la tendencia paramilitar de extrema derecha del expresidente Uribe, es la constatación más dramática de la violación de los derechos humanos como política de Estado, porque el asesinato extrajudicial a dirigentes sociales, indígenas y exguerrilleros es una constante diaria.

La democracia liberal republicana es el escenario institucional de presencia política de la extrema derecha, pero sus estrategias de acción están al margen de esta institucionalidad formal. Los ejes discursivos se articulan entre libre mercado, propiedad privada; el antifeminismo está presente en actitudes y comportamientos machistas, en la defensa de un modelo de familia patriarcal y en la condena de lo que denominan ideología de género; en estrecha relación con los valores está la religión, uno de los clivajes tradicionales de los movimientos antisistémicos. Especialmente en esos liderazgos mencionados, los movimientos evangélicos en general y neopentecostales en particular, desempeñan un papel creciente de cara a la configuración de las orientaciones políticas conservadoras de los ciudadanos.

Con diferente intensidad, las identidades locales-territoriales, sus aparentes superioridades raciales contra los derechos de las mujeres, de los afrodescendientes, migrantes y del LGTBI, están ordenando ejes discursivos, motivos de movilización que tienen su manifestación en estallidos de violencia temporal, pero como una constante.

Forzar movimientos antiderechos y raciales es construir escenarios que están fuera de la arquitectura democrática, es el drama mayúsculo que enfrentará a las sociedades por identidades y contra valores que fueron superados por siglos de lucha por los pueblos y sectores históricamente excluidos, marginados y explotados.

Estos ejes conservadores son retrocesos históricos en materia de derechos, pero se presentan como el hilo de unidad de movimientos que tienen y tendrán expresiones políticas y electorales reposicionando sentimientos en el sentido común de las sociedades.

Por el nivel de influencia y ascendencia que tienen estas estructuras no partidarias, cruzan transversalmente diferentes sectores de las sociedades, confluirán realidades contrapuestas y asistiríamos a escenarios diferentes en un mismo tiempo; democracias republicanas versus grupos y élites antidemocráticos, fascistoides, disputando un sistema de valores y antivalores que evidencien la pobreza moral y espiritual de la modernidad del capitalismo colonialista como sistema civilizatorio.

El tiempo para esta modernidad civilizatoria es un avance en retroceso por la existencia de estructuras, subjetividades, liderazgos ultraderechizados, que caminan negando derechos, reafirmando realidades propias de la Santa Inquisición y el fascismo europeo del siglo pasado.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

Comparte y opina:

Últimas Noticias