Voces

Tuesday 4 Oct 2022 | Actualizado a 13:27 PM

Bolsonaro y su temor

/ 10 de agosto de 2022 / 01:38

“Quiero que esos sinvergüenzas lo sepan”, dijo el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, a sus seguidores el año pasado. “¡Nunca iré preso!” Tiende a exaltarse cuando habla de la posibilidad de ir a prisión. El destino de la expresidenta de Bolivia Jeanine Áñez, quien hace poco fue sentenciada a prisión, presuntamente por haber orquestado un golpe de Estado, se percibe con fuerza en el aire. Para Bolsonaro, es una advertencia. De cara a las elecciones presidenciales de octubre, que según todas las proyecciones perderá, Bolsonaro está visiblemente preocupado de también ser arrestado por, como trató de minimizarlo sin dar más detalles, “actos antidemocráticos”. Ese temor explica sus intentos desesperados por desacreditar las elecciones antes de que se lleven a cabo.

Bolsonaro tiene bastantes razones para temer ir a prisión. De hecho, cada vez es más difícil seguir la pista a todas las acusaciones contra el Presidente y su gobierno. Para empezar, está el asunto no menor de la investigación del Supremo Tribunal Federal de Brasil sobre los aliados de Bolsonaro debido a su participación en una especie de “grupo paramilitar digital” que inunda las redes sociales con desinformación y coordina campañas de desprestigio en contra de sus opositores políticos. En una investigación relacionada, el propio Bolsonaro está siendo investigado por su “participación directa y relevante” en la promoción de desinformación, según describe el informe de la Policía Federal.

No obstante, los delitos de Bolsonaro distan de limitarse al mundo digital. Los escándalos de corrupción han definido su mandato y la podredumbre comienza en casa. Dos de sus hijos, que también son servidores públicos, han sido acusados por fiscales estatales de robar fondos públicos de manera sistemática al embolsarse parte de los salarios de asociados cercanos y empleados inexistentes en sus nóminas. Acusaciones similares, relacionadas con su periodo como legislador, se han esgrimido contra él. Las acusaciones de corrupción también giran en torno a altos mandos del Gobierno. Además, está el informe nada favorecedor de la comisión especial del Senado sobre la respuesta de Brasil al COVID-19, que describe cómo el Presidente contribuyó a la propagación del virus y puede considerársele responsable de hasta 679.000 muertes en Brasil.

¿Cómo responde el Presidente a este pliego de cargos que se acumulan? Con órdenes para reservar la información. Si ellas no funcionan, queda la obstrucción de la Justicia. Pero para ejercer ese poder necesita seguir en el cargo. Con eso en mente, Bolsonaro ha estado repartiendo altos cargos en el Gobierno y usando una reserva de fondos, conocida como “el presupuesto secreto” por su falta de transparencia, a fin de asegurarse de contar con el apoyo de los legisladores de centro. Dada la fuerza que han cobrado las demandas de destitución —desde diciembre de 2021 se han presentado más de 130 solicitudes en su contra— necesita todo el apoyo que pueda reunir.

El mayor reto es ganarse al electorado y Bolsonaro recurre de nuevo a triquiñuelas y soluciones alternativas. En julio, el Congreso aprobó una reforma constitucional que le otorga al Gobierno el derecho a gastar $us 7.600 millones adicionales en pagos de asistencia social y otras prestaciones hasta el 31 de diciembre. Si suena como un intento descarado de conseguir apoyos en todo el país es porque lo es. Nadie sabe si esto ayudará a su causa. Pero las señales que envía son inconfundibles: Bolsonaro está desesperado por evitar la derrota. Y tiene muchas razones para querer evitarla.

Vanessa Barbara es columnista de The New York Times.

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Bolsonaro, más desesperado

/ 18 de septiembre de 2021 / 01:51

Durante semanas, el presidente de Brasil Jair Bolsonaro le ha estado pidiendo a sus simpatizantes que salgan a las calles a protestar. Es por eso que el 7 de septiembre, el Día de la Independencia de Brasil, anticipaba un poco la posibilidad de ver turbas de personas vestidas con camisetas amarillas y verdes, armadas, algunas con sombreros peludos y cuernos, asaltar el edificio del Supremo Tribunal Federal, en nuestra propia versión de los ataques al Capitolio.

Afortunadamente, eso no fue lo que sucedió. (La multitud al final se fue a casa y nadie intentó sentarse en las sillas de los magistrados del Tribunal Federal). Sin embargo, los brasileños no se salvaron del caos y la consternación.

Para Bolsonaro fue una demostración de fuerza. Por la mañana, cuando se dirigía a una multitud de aproximadamente 400.000 personas en Brasilia, dijo que tenía la intención de utilizar el tamaño de la multitud como un “ultimátum para todos” en las tres ramas del gobierno federal. Por la tarde, en un mitin en São Paulo con 125.000 personas, el Presidente calificó a las próximas elecciones de 2022 como “una farsa” y dijo que ya no acatará las sentencias de uno de los magistrados del Supremo Tribunal Federal. “Que lo sepan los canallas de una vez”, gritó. “¡Nunca iré a la cárcel!”

Parece ser parte de un plan. Al buscar una confrontación en particular con el Supremo Tribunal Federal, Bolsonaro está tratando de sembrar las semillas de una crisis institucional, con miras a permanecer en el poder. El 9 de septiembre trató de recular un poco: a través de una declaración escrita dijo que “nunca tuvo la intención de atacar a ninguna rama del gobierno”. Pero sus acciones son claras: está amenazando con dar un golpe de Estado.

Quizás esa sea la única salida para Bolsonaro (aparte de gobernar de manera adecuada al país, algo que al parecer no le interesa). Las excentricidades del Presidente, que sigue cayendo en las encuestas y está amenazado por la posibilidad de un juicio político, son una señal de desesperación. Pero eso no significa que no puedan tener éxito. Bolsonaro tiene buenas razones para estar desesperado. El mal manejo de la pandemia de COVID-19 por parte del Gobierno le ha causado la muerte a 587.000 brasileños; el país enfrenta tasas récord de desempleo y desigualdad económica; y también está azotado por una inflación en aumento, la pobreza y el hambre. Ah, y también viene en camino una enorme crisis energética.

Esto ha mermado la posición de Bolsonaro con los brasileños. Y las cosas no lucen bien de cara a las elecciones presidenciales del año que viene. De hecho, las encuestas sugieren que será derrotado. Luiz Inácio Lula da Silva, el político de centro izquierda y expresidente, aventaja con comodidad a Bolsonaro. Tal como están las cosas, Bolsonaro perdería contra todos los posibles rivales en una segunda vuelta.

Esto explica el afán de Bolsonaro por insistir en las acusaciones infundadas de fraude en el sistema de votación electrónica de Brasil. Ha amenazado repetidas veces con suspender las elecciones si el sistema de votación actual permanece vigente, y aunque el Congreso rechazó hace poco su propuesta de exigir recibos impresos, Bolsonaro sigue poniendo en duda el proceso electoral (¿les suena familiar?).

Y no hemos mencionado la corrupción. Un número cada vez mayor de acusaciones de corrupción se han realizado contra el Presidente y dos de sus hijos, quienes también ocupan cargos públicos (uno es senador; el otro es concejal de la Cámara Municipal de Río de Janeiro). Los fiscales han sugerido que la familia Bolsonaro participó en un plan conocido como “rachadinha”, que involucra la contratación de asociados cercanos o familiares como empleados para luego embolsarse una porción de sus salarios.

Para Bolsonaro, quien fue elegido en parte por su promesa de acabar con la corrupción, estas investigaciones ensombrecen su panorama. En este contexto de ineptitud y escándalo, los eventos del 7 de septiembre fueron un intento de distraer y desviar la atención, y, por supuesto, de cimentar las divisiones. Y los esfuerzos para destituir a Bolsonaro por la vía parlamentaria están estancados.

No hay tiempo que perder. Las manifestaciones de la semana pasada no fueron simplemente un espectáculo político. Fueron otra acción más para fortalecer la posición de Bolsonaro para una eventual usurpación del poder antes de las elecciones del año que viene. No obtuvo exactamente lo que quería —el número de simpatizantes, aunque sustancial, fue mucho menor de lo que esperaban los organizadores— pero seguirá intentándolo.

El 7 de septiembre marca otro momento importante en la historia de Brasil: fue el día en el que los objetivos totalitarios de nuestro Presidente quedaron claros. Para nuestra joven democracia, podría ser una cuestión de vida o muerte.

Vanessa Barbara es escritora y columnista de The New York Times.

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Bolsonaro quizá no acabe con nosotros

/ 14 de agosto de 2021 / 02:21

No sé si es porque al fin me aplicaron la primera dosis de la vacuna contra el COVID-19 —quizá la esperanza sea un efecto secundario de la vacuna de AstraZeneca—, pero por primera vez en esta larga pandemia, siento que el presidente Jair Bolsonaro quizá no logre acabar con todos nosotros.

Sí, lo está intentando con todas sus fuerzas: hemos registrado más de 560.000 muertes hasta el momento —somos el segundo lugar con mayor número de víctimas en el mundo después de Estados Unidos— y la variante Delta está en camino. Desde el principio, el Presidente saboteó los intentos de frenar la transmisión del virus, patrocinó tratamientos ineficaces, ayudó a difundir noticias falsas y permitió, a causa de su negligencia, que otra variante del virus se extendiera.

Sin embargo, ni siquiera Bolsonaro pudo acabar con el amor inquebrantable que los brasileños sienten por las vacunas. A pesar de todo no hemos sucumbido ante la desesperación. Al contrario, seguimos siendo de los ciudadanos más entusiastas respecto de la inoculación en el mundo.

No siempre ha sido así. En diciembre pasado, casi uno de cada cuatro brasileños pensaba rechazar la vacuna. A finales de marzo, el número había disminuido de manera drástica hasta llegar al 9%. En julio, la cifra había bajado al 5%, lo que sitúa al país entre los países que mejor han aceptado la vacunación en el mundo.

De hecho, me di cuenta el otro día de que no conozco personalmente a nadie que no vaya a vacunarse, incluso entre los que votaron por Bolsonaro y aún lo defienden, y los que inicialmente dudaban. No es solo en mi círculo social: el hijo mayor de Bolsonaro recibió hace poco su primera dosis. Hace unos meses, el jefe de gabinete del Presidente fue captado por una cámara admitiendo que se había vacunado “en secreto”. Otro ejemplo emblemático de las ansias por la vacunación de los brasileños fue que un fugitivo de la Justicia, en lugar de escapar a las colinas, se formó en una fila de vacunación, pero fue detenido antes de lograrlo. (¡Lo siento por él!).

Eso no significa que el resto de nuestra trayectoria en esta pandemia sea menos trágica: seguimos registrando cerca de 1.000 muertes por COVID-19 al día. El país sigue luchando por adherirse a algunas de las medidas más básicas para frenar la transmisión del virus, y fracasa de manera rotunda con algunas otras, como las pruebas masivas y el rastreo de contactos. Sin embargo, simplemente no tenemos suficientes vacunas.

No olvidemos —nunca— el hecho de que el Ministerio de Salud ignoró 101 correos electrónicos de Pfizer, en los que la farmacéutica le ofrecía vacunas, según la investigación parlamentaria sobre la gestión gubernamental de la pandemia. También rechazó 42,5 millones de dosis de COVAX, mientras el Gobierno intentaba sacar adelante acuerdos ocultos de vacunas, potencialmente corruptos.

Como resultado, mientras nuestro sistema sanitario podría haber vacunado con facilidad a más de dos millones de personas al día, algunas ciudades siguen quedándose sin dosis. El despliegue sigue siendo dolorosamente lento; seis meses después, solo el 21% de la población tiene el esquema de inmunización completo.

No obstante, la esperanza es inequívoca. Después de todo, parece que ni siquiera uno de los peores líderes del mundo —con sus planes descabellados, su incompetencia y sus noticias falsas— fue capaz de hacer tambalear la confianza de los brasileños en las vacunas y en nuestro sistema de salud pública. Incluso quizá vivamos lo suficiente para verlo perder su puesto.

Vanessa Barbara es escritora y columnista de The New York Times.

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Trump perdió; Bolsonaro no lo puede superar

Para los populistas de derecha, Trump fue un pionero, un guía, incluso un líder. Su partida marca un revés preocupante.

/ 11 de diciembre de 2020 / 03:46

El presidente de mi país, Jair Bolsonaro, todavía no ha reconocido a Joe Biden como el ganador de la elección presidencial de Estados Unidos. “Me estoy aguantando un poco más”, comentó, y agregó que hubo “mucho fraude” en las elecciones. Es una respuesta comprensible, pues parece que le cuesta mucho aceptar los hechos. Piénsalo: es un tipo que sigue afirmando que la hidroxicloroquina es la cura para el COVID-19. Sostiene que la pandemia es una exageración. Asevera que Brasil nunca tuvo una dictadura militar. Asegura que la Amazonía no se está incendiando.

Como uno de los aliados más feroces del presidente Donald Trump en la escena mundial, Bolsonaro sin duda no está listo para llorar la partida de su colega. Está en la fase de la negación.

Y tal vez sea por una buena razón. El destino de Bolsonaro, quien aceptó el sobrenombre de Trump de los Trópicos, y el de su homólogo estadounidense están entrelazados. Y como las fuerzas de la oposición parecieran ganar fuerza, a Bolsonaro quizá le preocupa que, después de la derrota de Trump, llegue la suya.

A pesar de todo el entusiasmo de Bolsonaro hacia Trump —“Cada vez estoy más enamorado de él”, admitió el año pasado—, los beneficios han sido bastante pobres en la realidad. Para empezar, después de su primer viaje a Estados Unidos, Bolsonaro puso fin a los requisitos de visado para los visitantes de este país. La medida no ha sido correspondida. Además, a diferencia de la mayoría de los presidentes estadounidenses, Trump nunca visitó Brasil. (¡Qué grosero!).

Luego, tenemos la economía. En 2019, Brasil accedió a ceder algunos beneficios en la Organización Mundial del Comercio a cambio del respaldo de Estados Unidos para la candidatura de Brasil a la membresía de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, una maniobra que el Gobierno esperaba aumentara la confianza de los inversionistas en la economía del país. Esto no ha ocurrido. Bolsonaro también les dio concesiones comerciales especiales a los productores de trigo y etanol de Estados Unidos, un proceso que perjudicó al sector agrícola del país. Para corresponder el favor, el gobierno de Trump impuso aranceles al aluminio brasileño.

El. Peor. Amigo. De. La. Historia.

No obstante, la administración de Trump le dio una gran victoria a Bolsonaro: tuvo la libertad de actuar en la Amazonía a placer. Esto implicó el debilitamiento del cumplimiento de las regulaciones ambientales, las cuales, en su opinión, “no protegen nada”. Bolsonaro se ha hecho de la vista gorda mientras los rancheros, los leñadores y los mineros han saqueado la selva. La destrucción se disparó durante su gobierno: este año, la escala de deforestación en la Amazonía brasileña aumentó a un máximo no visto de 12 años.

Al desatar tal caos ambiental y humano, Bolsonaro pudo actuar con impunidad; después de todo, tenía la bendición de Trump. “He llegado a conocer bien al presidente @jairbolsonaro en nuestros tratos con Brasil”, tuiteó en 2019 el Presidente estadounidense. “Está trabajando arduamente para resolver los incendios de la Amazonía y en general está haciendo un gran trabajo con el pueblo de Brasil”.

Ah, qué días aquellos. Es poco probable que Biden sea tan permisivo (y, Dios quiera, pase menos tiempo en Twitter). Ahora que Estados Unidos ya no estará liderado por alguien que cree que el cambio climático es un engaño, Bolsonaro debería esperar mucha más presión.

Siendo justos con Bolsonaro, parece estar consciente de la posibilidad que el gobierno de Biden restrinja su capacidad de maniobra. “Hace poco, vimos a un gran candidato para jefe de Estado decir que, si yo no apagaba el fuego en la Amazonía, le impondrá barreras comerciales a Brasil”, mencionó Bolsonaro en noviembre, para referirse a una declaración que realizó Biden. Sin embargo, no hay de qué preocuparse: tiene un as bajo la manga. “No basta la diplomacia”, opinó Bolsonaro. “Cuando se acaba la saliva, uno debe tener pólvora, si no, no sirve de nada”.

Es posible —necesario, yo diría— ridiculizar estas palabras como si vinieran de un loco. No obstante, debajo de la bravuconería está el reconocimiento de Bolsonaro de que la situación está cambiando, y no para bien. La derrota de Trump no solo le roba una presencia amigable (al menos en teoría) en Washington, sino también un alma gemela. Para los populistas de derecha, Trump fue un pionero, un guía, incluso un líder. Su partida marca un revés preocupante.

Claro está que esa es la opinión (¡y la esperanza!) de muchos brasileños. La victoria de Trump en 2016 parecía profetizar el ascenso del propio populista disidente de derecha del país; tal vez la salida de Trump sea igual de profética. ¿Quién sabe? A juzgar por los comentarios recientes de Bolsonaro —“La esperanza es lo último que muere”, declaró el día posterior a las elecciones— , el pensamiento le debe haber pasado por la cabeza.

Pero, Bolsonaro no se desanima con facilidad.

Promete mantenerse firme en su puesto.

Después de todo, Trump “no era la persona más importante del mundo”, como dijo el mes pasado. “La persona más importante es Dios”.

Vanessa Barbara es columnista de The New York Times.

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Brasil está en caída libre ante el coronavirus

Los hospitales están al borde del colapso y en los cementerios se entierra a la gente en fosas comunes

/ 14 de junio de 2020 / 06:29

Han pasado casi tres meses desde la última vez que mi hija pequeña salió del apartamento. Hemos resistido lo mejor que podemos: pasamos incontables tardes en el balcón viendo la calle y contando carros rojos; abrimos y cerramos todas las cortinas; apilamos cajas de pañuelos desechables y hacemos montañas; inventamos historias sobre nuestros vecinos con base en los olores que emanan cuando cocinan. Recientemente, ella ha comenzado a jugar con su propia sombra. Una decisión sabia, porque sus dos padres están exhaustos.

Estar en cuarentena con una niña de dos años es una labor extenuante. Además de eso, mi esposo y yo seguimos trabajando de manera remota —él es un inspector de impuestos para el ayuntamiento—, mientras cocinamos, limpiamos y desinfectamos los picaportes. Día tras día, tratamos de ser positivos. Sin embargo, aunque muchos de nosotros estamos haciendo sacrificios, existen otras personas a las que no les importa en lo más mínimo.

En la ciudad de São Paulo, según datos de ubicación móvil, un poco menos de la mitad de la población cumple con las medidas de distanciamiento social. Es verdad que algunos no tienen otra opción excepto seguir transportándose a sus empleos, ya que son trabajadores independientes a los que no les pagan lo suficiente, trabajadores esenciales o simplemente empleados explotados. Sin embargo, muchos sencillamente confían en los superpoderes de su sistema inmunitario y niegan lo grave de la pandemia o dependen de los esfuerzos del resto de nosotros.

Cada tarde puedo ver desde mi ventana a un grupo de hombres que charlan en la acera y beben cerveza, como si estas fueran unas alegres vacaciones. El otro día fui a la farmacia para surtir una receta médica y vi a un grupo de tres mujeres que estaban en el área de barnices para uñas, sin cubrebocas, por supuesto.

Hace poco, escuché de alguien que había decidido retomar sus clases de pilates, como si su salud fuera más importante que la de los demás.

A finales del mes pasado, Brasil marcó un récord: nuestra cifra diaria de muertes rebasó a la de Estados Unidos. Tenemos una tasa de contagios que garantiza que ocurrirán más muertes. Hemos tenido más de 690.000 casos diagnosticados de coronavirus y 36.000 muertes y, aun así, los números reales probablemente son mucho más altos, hemos realizado pruebas de manera tan limitada que simplemente no lo sabemos. En otras partes del mundo, la curva de crecimiento de infecciones se está aplanando o reduciendo; aquí, más bien está creciendo. Los hospitales están al borde del colapso; igual que las morgues y los cementerios. En la ciudad amazónica de Manaus, las muertes se han incrementado a tal grado que el cementerio principal ha comenzado a enterrar cinco ataúdes al mismo tiempo en tumbas compartidas.

Dado lo sombrío de las estadísticas, uno podría esperar de forma razonable que la población comenzaría a apegarse de manera estricta a los protocolos de salud y seguridad. Sin embargo, eso no está pasando. A medida que los casos se propagan, igual lo hace el desprecio de ciertas personas en las calles por las medidas de distanciamiento social. Y es fácil determinar con precisión una de las principales razones de este desprecio: nuestro Presidente.

Desde el inicio de la pandemia, Jair Bolsonaro ha demostrado desdén por todo lo que no se ajusta a sus intereses personales, especialmente si son noticias basadas en hechos o recomendaciones científicas. En el pasado, dijo que el COVID-19 es un “resfriado miserable” y que el pueblo vería que fue “engañado” por los gobernadores y los medios respecto al brote. El 12 de abril, cuando ya habían muerto más de mil brasileños, proclamó que “el asunto del virus” estaba “comenzando a desaparecer”. Cuando esto resultó falso, pasó sus jornadas combatiendo las cuarentenas estatales y municipales, al calificarlas como desastrosas para la economía del país.

Bolsonaro despidió a nuestro ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, por respaldar las medidas de aislamiento y al mismo tiempo oponerse a los intentos de Bolsonaro de promover la cloroquina e hidroxicloroquina como tratamientos contra el COVID-19. Durante este tiempo, el Presidente ha continuado asistiendo a mítines progubernamentales en la calle, saludando de mano a sus simpatizantes y reuniendo a grandes multitudes solo para apaciguar su ego.

El 23 de abril, Brasil registró más de 3.300 muertes. Al ser cuestionado sobre la cifra en ascenso, el Presidente respondió: “No soy un sepulturero”. Cinco días —y más de 1.700 muertes— después, dijo: “¿Y eso qué? Lo lamento. ¿Qué quieren que haga?”.

El día que Brasil alcanzó las 11.653 muertes, Bolsonaro emitió un decreto ejecutivo en el que clasificó a los gimnasios, las barberías y los salones de belleza como negocios esenciales que podían reabrir.

(¡Finalmente! ¡Aquellas mujeres en la farmacia pueden ir a hacerse una manicura decente!). Algunos días después, el nuevo ministro de Salud, Nelson Teich, renunció a su cargo, después de menos de un mes en el puesto. El ministro interino es un general en servicio activo del Ejército que no cuenta con experiencia en salud pública y de inmediato designó a otros nueve militares para ocupar cargos en el ministerio.

Al final, Bolsonaro es exactamente como esos tontos que charlan de manera despreocupada en la acera mientras médicos luchan para manejar una afluencia de pacientes en los ya saturados hospitales. Aquellos que lo respaldan eligen el barniz de uñas mientras que a muchos de nosotros nos cuesta respirar en el confinamiento. No solo se aprovechan de los sacrificios de otras personas, sino que también hacen que nuestros esfuerzos sean casi inútiles.

Es posible que una incompetencia tan flagrante al lidiar con el brote, combinada con las diversas investigaciones por corrupción en curso contra Bolsonaro, tendrá consecuencias políticas para él, finalmente. (En medio de la pandemia, ha sido acusado de interferir en investigaciones realizadas por la Policía Federal para proteger a sus hijos). En efecto, algunos han formulado este argumento. Sin embargo, no soy tan optimista.

El índice de aprobación de Bolsonaro tal vez sea bajo —alrededor del 30 por ciento—, pero su base radical, la cual incluye al sector agrícola, a los militares y a los evangélicos, todavía lo respalda, impulsada por la intolerancia y las noticias falsas. El Gobierno también ha logrado forjar una alianza con el poderoso bloque de centro en el Congreso, pues obtuvo su apoyo a cambio de favores políticos.

Así que no creo que haya cambios pronto. Tan solo estamos al principio de una larga, dolorosa y desesperanzadora cuarentena.

Vanessa Barbara
es editora del sitio web literario A Hortaliça, autora de dos novelas y dos libros de no ficción. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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El coronavirus y las certezas de los tontos

Vivimos en una época en la que hay más preguntas que respuestas. Tengan cuidado con cualquiera que piense diferente, en especial con los presidentes

/ 17 de abril de 2020 / 06:56

Mis primeros síntomas comenzaron la mañana del lunes 23 de marzo. Me estaba recuperando de una enfermedad desconocida que mi hija trajo a la casa de la guardería (todavía no estábamos seguros de qué era) cuando me dio fiebre. Decidimos que mi esposo era el culpable; mi hija y yo habíamos estado aisladas en casa durante 10 días porque estábamos enfermas de otra cosa. Él, por otro lado, todavía iba a algunas reuniones de trabajo y salía de la casa para comprar víveres.

Ese primer día tuve un poco de fiebre y me dolía mucho la cabeza. También perdí el sentido del olfato y desarrollé náuseas y dolor de oídos. Llamé a una otorrinolaringóloga y le dije mis síntomas; ella pidió examinarme en el hospital. El martes fui a verla, parecía una astronauta debido a todo su equipo protector, y rápidamente descartó una infección bacterial. Me recetó un antipirético y un medicamento para aliviar el exceso de mucosidad. Después, me ordenó estar en cuarentena en casa —de nuevo—, esta vez por ser un caso sospechoso de COVID-19.

En Brasil, hasta hace muy poco solo a los casos más graves se les hacía la prueba del nuevo coronavirus. Así que pasé la siguiente semana en la incertidumbre: ¿había contraído COVID-19 o no? ¿Contagiaría a mi hija de 21 meses? ¿Cómo cuidaría de ella en un estado tan deplorable? ¿Necesitaría ser hospitalizada pronto? Ya me sentía drenada por los intensos cuidados maternos de los días anteriores, y repentinamente tenía que seguir haciendo exactamente lo mismo, pero con fiebre. Me pregunté cuáles eran las tasas de recuperación de las mamás exhaustas. Al mismo tiempo que yo enfrentaba este miedo e incertidumbre sin precedentes, mi Presidente parecía tener certeza absoluta acerca de todo.

Durante semanas, Jair Bolsonaro ha minimizado la gravedad de la crisis por el coronavirus; desestimó el brote y lo tildó de “fantasía”, calificó las medidas para combatir al virus como “histeria” y describió la enfermedad como un “resfriado insignificante”. Bolsonaro propaga desinformación peligrosa, sobre una cura no probada, por ejemplo, y ridiculiza de manera pública las medidas de cuarentena. Ignora las estadísticas, la evidencia científica y las recomendaciones de los especialistas como si solo él estuviera dotado de una fuente misteriosa de sabiduría. Actúa con la certeza de los tontos.

Cuando a mediados de marzo los gobernadores y alcaldes brasileños comenzaron a hacer obligatorias las medidas de confinamiento, Bolsonaro los acusó de haber caído en un estado de pánico. “Nuestras vidas tienen que continuar”, dijo, como exhortación a todos a dar marcha atrás a las restricciones. Posteriormente cedió un poco, al decir que “todos nos vamos a morir algún día”. Porque esa es la clase de estadista que es. Afortunadamente, la mayoría de nosotros no hemos escuchado al Presidente. De hecho, pocos todavía lo escuchan.

Mi ciudad, Sao Paulo, es el lugar que ha recibido el mayor impacto del brote en Brasil, y eso es suficiente para mantenernos alertas (no hay tiempo para prestar atención a declaraciones delirantes como el llamado de Bolsonaro a un día nacional de ayuno y oración para “liberar a Brasil de este mal”). Cada día, el Mandatario queda más aislado (lo digo de manera metafórica: los índices de aprobación de su Ministro de Salud y de varios gobernadores están al alza, mientras que el suyo se ha desplomado).

De regreso a la realidad, el fin de semana llegó y mi fiebre bajó, pero todavía tenía un dolor de cabeza persistente. Para ese entonces ya sabía que la segunda semana del ciclo de la enfermedad era la realmente crítica, cuando los pacientes mejoran o enferman más. Traté de no tener un ataque de pánico porque, de tenerlo, no sabría cómo determinar si la causa de mi dificultad para respirar era la enfermedad o una ansiedad intensa. Hasta ese momento el país había registrado 4.309 casos confirmados de COVID-19 y 139 fallecimientos, 98 de ellos en Sao Paulo.

El martes 31 de marzo logré programar la visita a un profesional de la salud para que me hiciera la prueba del coronavirus (tuve que pagar 73 dólares). Fue la prueba PCR, sigla en inglés de reacción en cadena de la polimerasa, en tiempo real. Este examen detecta rastros de material genético viral presentes en las secreciones respiratorias. Los resultados tardarían cerca de dos días. Para entonces, mi dolor de cabeza había disminuido a un nivel mucho más tolerable y podía de nuevo oler el dulce aroma del pañal lleno de mi hija. Recuperé mi apetito (aunque no cuando estaba cerca de su pañal). Reanudamos nuestras sesiones de madre e hija de baile de tap alocado en el balcón. Sentí una vaga sensación de victoria. Para el viernes 3 de abril, Brasil tenía 9.216 casos confirmados y 365 decesos.

Posteriormente, el sábado 4 de abril, mis resultados salieron negativos. Y la incertidumbre volvió: ¿fue la influenza todo este tiempo? ¿O tal vez un falso negativo? (un estudio chino indica que la tasa de falsos negativos de las pruebas PCR podría ser del 30%). Un resultado positivo habría sido al menos algo concreto con qué lidiar, una certeza extraña en medio de toda esta ansiedad generada por el coronavirus. A medida que pasan los días, me quedo pensando cuándo o si en algún momento contaremos con pruebas serológicas (las cuales detectan la presencia de anticuerpos de una enfermedad en específico) para poner punto final a la cuestión. Estaba donde había comenzado, solo que más exhausta esta vez y con dolor de cabeza, aunque un poco menos intenso.

Además de la terrible pérdida de miles de vidas, el coronavirus nos ha golpeado con una ola de incertidumbre. Nos preocupamos por nosotros mismos y por nuestros padres. Nos preguntamos qué pasará después, cuándo comenzará a aplanarse la curva, cuánto durará esto. Las pruebas masivas a la población todavía parecen ser la forma más rápida y certera de detener la propagación del virus, pero, cuando llegó mi turno, aprendí que incluso eso está plagado de ambigüedades. Sin embargo, en este momento tal vez solo los tontos tienen certezas.

Vanessa Barbara es escritora y periodista brasileña, colaboradora de The New York Times. ©  The New York Times Company, 2020.

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