Voces

Wednesday 5 Oct 2022 | Actualizado a 00:33 AM

La genética colonial de nuestro Estado

/ 16 de agosto de 2022 / 01:13

En mi última reflexión traté de brindar una respuesta, aunque sea introductoria, a la cuestión de por qué nuestro país sufre de tan evidentes déficits de estatalidad en comparación a otros Estados de la región. Por qué casi ninguna de nuestras instituciones funciona como se supone deberían hacerlo, haciendo nuestras vidas cada día un poco más miserables.

Y la conclusión fue la siguiente: no es que el Estado esté ausente, como proveedor de bienes y servicios, sino que éste funciona como un campo de lucha en el que se expresan determinadas relaciones de fuerza que se cristalizan institucionalmente, en beneficio de unos y en perjuicio de otros. Los ejemplos son incontables, desde el régimen de pensiones hasta la forma en la que están distribuidas las tierras o la existencia de escuelas de primera y de tercera, o una justicia de subastas.

El Estado no funciona, como quisieran algunos tecnócratas, como una máquina impersonal carente de contenido social alguno. Ese era el sueño de Hobbes, que más que un teórico del Estado Absoluto era un militante radical de la paz después de la guerra, que implicaba, entre otras cosas, la construcción de un poder supremo que se colocara por encima de los intereses particulares, para remediar la innata insociabilidad humana.

El Estado es, en otras palabras, una consecuencia derivada de la lucha de clases, que no fue inventada por Marx, pues la realidad no se inventa, como diría Hanna Arendt. Pero esto es solo parte de la respuesta, pues queda todavía pendiente la cuestión de por qué incluso como herramienta de dominación de una clase sobre la otra es, en Bolivia, tan ineficiente que no sirve ni para aquellos que gobiernan.

La respuesta a esto no viene del marxismo, al menos no estrictamente, sino de la teoría de la descolonización, que es seguramente uno de los ejes más importantes del pensamiento político boliviano, que expresa al Estado no solo como el resultado de relaciones de fuerza internas y externas a él, sino en relación a su pasado, que, en nuestro caso, es el de un aparato administrativo cuya única función era garantizar la exportación de valor desde nuestro territorio hacia las metrópolis coloniales, a partir de la superexplotación de la mano de obra indígena.

Tal carácter le imprimió un sello distintivo a nuestra sociedad (que es de donde emerge el Estado) y, sobre todo, a su élite gobernante, conformada no por aquellos que pelearon por la independencia (que eran en su mayor parte indios o plebeyos), sino por los que desempeñaban oficios administrativos y burocráticos durante el viejo orden, y que no estaban dispuestos a perder sus privilegios coloniales frente a sectores de la población que no consideraban iguales, por ponerlo suavemente.

Esto le dio al Estado boliviano un carácter muy parcial, pues al prescindir de más de la mitad de aquellos que ocupaban su territorio, pero sosteniéndose económicamente de ellos de forma casi exclusiva, se privó de los recursos humanos que en otras sociedades le hubieran servido para darse mayor consistencia y efectividad.

Las carencias de nuestro Estado y nuestros sinsabores como sociedad van más allá de las relaciones de fuerza objetiva entre las clases que la conforman o entre nuestro Estado y otros más fuertes, sino de los datos de nuestra constitución genética, que es poco menos que bastarda, por lo que al momento de celebrar nuestras fiestas patrias no debemos olvidar nunca el carácter parcial (y lo que está a medias está a medias nomás) de la emancipación boliviana.

Por ello, la descolonización no puede verse como mera retórica, ni como un elemento secundario de las luchas del presente, pues ver la colonialidad como un problema del pasado nos hace olvidar que la historia todavía no ha terminado. No estamos al final, sino en medio de ella.

De otra forma, no es posible explicar la persistencia de mentalidades cavernarias como las de Rómulo Calvo y sus jóvenes unionistas, cuyos cráneos inspiran explicaciones frenológicas a nuestros problemas políticos.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Su peligrosa estupidez

/ 27 de septiembre de 2022 / 01:37

La confesión de estupidez que hizo ayer el diputado Gustavo Aliaga no debe tomarse como una expresión de falsa modestia. La oposición partidaria en este país nunca pudo estar a la altura de las circunstancias, y para corroborarlo solo hace falta retroceder a noviembre del año pasado, cuando sus colegas José Ormachea y Alejandro Reyes se limitaron a sonrojarse infantilmente después de que un periodista les preguntara sobre las razones de su rechazo al plan de desarrollo que entonces había propuesto el Gobierno. Ese es el nivel de seriedad de los legisladores de Comunidad Ciudadana y de Creemos, que ya ni sueñan con recuperar el poder y se contentan con obstaculizar cualquier iniciativa del oficialismo, así sea atentando en contra de la propia institucionalidad democrática que se supone deberían defender.

Sin embargo, no estamos tratando con menores de edad aquí, razón por la cual deberíamos tomarnos muy en serio las posibles consecuencias de tener cretinos en cargos de representación política. Después de todo, como advirtió el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, son los estúpidos los que deberían preocuparnos.

Alguien “malo” se guiará, de alguna manera, por ciertos criterios de racionalidad, nos explica, mientras que alguien estúpido resulta impredecible justamente porque no piensa como lo haría alguien normal. Hannah Arendt decía algo parecido cuando hablaba de la banalidad del mal para referirse a sujetos como Adolf Eichmann, quien jugó un rol importante en la ejecución del holocausto judío, sin sentir remordimiento alguno al respecto. Cuando se le preguntó en qué demonios estaba pensando cuando facilitaba el procesamiento administrativo de las incontables víctimas de la irracionalidad nazi, se limitó a responder que “solamente seguía órdenes”. Ese es el extremo al cual pueden llevarnos quienes simplemente no tienen dos dedos de frente.

No hace mucho, un verdadero ejemplar de la imbecilidad humana tuvo control sobre la Policía Nacional por casi apenas un año, provocando dos masacres y un sinnúmero de violaciones a los derechos humanos de miles de bolivianos. Me refiero, por supuesto, a Arturo Murillo, pero junto con él, a todos aquellos que acompañaron aquel régimen de arbitrariedad desenfrenada encabezado por Jeanine Áñez.

Lo que más gracia me causa en todo esto es que muchos partidarios de esta derecha tan ejemplarmente representada por CC y Creemos suelen presumir petulantemente de poseer educación universitaria y hasta de posgrados, a tal punto que un opinólogo (tal como yo, debo admitir tristemente) escribió hace un tiempo algo así como que antes de la llegada del MAS al poder reinaban en Bolivia los sabios y los intelectuales, formados en las más connotadas casas del saber en el mundo, solo para ser desplazados por las masas populistas organizadas en el partido de los sindicatos. ¡Oh, la decadencia! La estupidez de esta oposición se torna proverbial cuando se comprueba qué es lo que hicieron con el país durante el gobierno de facto estos genios formados en Harvard y no sé qué otras universidades.

Su ineptitud sería perdonable de no ser por el hecho de que no solo no sabían qué hacer con el Estado cuando éste cayó en sus manos (por estupidez nuestra, debo aclarar), sino que además se dedicaron a desvalijar el Tesoro público como si se tratara de una promoción de tiempo limitado. Me pregunto si hubieran sido más torpes de no haber estudiado, aunque sus esquemas de corrupción los pudo haber ideado cualquier bachiller aturdido por sus cambios hormonales.

Esa es nuestra oposición.

Carlos Moldiz es politólogo.

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¡Dejen en paz a mi viejo!

/ 13 de septiembre de 2022 / 01:22

Aunque de verdad me hubiera gustado dedicar este espacio a otros temas, los acontecimientos de la semana pasada hacen ineludible hablar acerca de las tensiones que se han estado dando entre el Gobierno y el expresidente Evo Morales, a raíz de las acusaciones vertidas contra mi viejo, que me parecen tan deleznables como improvisadas.

Si de atacar su imagen se trataba, yo hubiera elegido cualquier otro motivo, menos el de cuestionar su compromiso antiimperialista (que pasa por la defensa de eso que muchos llamamos “proceso de cambio”), que desde que tengo memoria sigue con una devoción comparable al de un fanático religioso. Y no lo digo con el propósito de elogiarlo, por cierto. Cuando me atropellaron a mis 23 años, él juraba que se trataba de un coche de La Embajada. Yo había estado de parranda todo el fin de semana, no le presté atención al semáforo. Pero el lo creía, en serio lo creía.

También recuerdo un tuit del expresidente, en el que le reconocía cierto mérito a mi padre, cuando pasó tiempo en la cárcel por sus ideales. ¿Así de rápido cambian las percepciones?

Bromas aparte, creo que es importante considerar que la revelación del supuesto “plan negro” fue, en realidad, el remate de una serie de ataques sistemáticos que se venían dando desde el extravío del celular de Morales, y que se dieron en un intervalo de dos a tres días entre sí. Pero a diferencia de como vino sucediendo desde el año pasado, éstos ya no estaban dirigidos en contra de tal o cual autoridad en particular, sino contra el gabinete del presidente Arce como un todo. Es decir, ya como una cuestión estructural.

Ahora bien, y no entiendo por qué ser discretos al respecto, parte de este antagonismo suele explicarse a partir de la definición de las candidaturas de 2025. Creo que esto solo es parte de la respuesta. Para explicar la urgencia con la cual se actúa para defenestrar a ciertas figuras del MAS-IPSP, me parece útil la observación que en algún momento hizo Fernando Mayorga acerca de la readecuación del modelo decisional dentro del partido, antes concentrado en la figura del expresidente, quien actualmente ya no tiene el control del Ejecutivo.

Tal readecuación, me temo, no se dará dentro de los márgenes de la discusión partidaria interna y democrática, sino a través de un proceso altamente conflictivo, y cuyo resultado es difícil de prever, pero que puede terminar con el fortalecimiento o el desgaste, tal vez definitivo, de determinadas figuras dentro del oficialismo. Estas transformaciones, al mismo tiempo, podrían llegar a debilitar o fortalecer el campo popular, dependiendo del grado de autodeterminación que alcancen a través de la definición de su objetivo histórico, que no puede limitarse a un individuo o un grupo de ellos.

En esto juegan un rol clave los entornos, que a veces están más involucrados que los mismos liderazgos en la competencia por el poder. Su grado de peligrosidad suele ser proporcional al de su servilismo. Los aduladores que saben muy bien que ellos sí son reemplazables y prescindibles, y que, de no estar cerca de alguien con poder, seguramente ni sus chicas se acordarían de ellos. Si tuviera que desconfiar, sería de ese tipo de personas. (Juro que no es una indirecta…)

No espero que la tensión baje ni se resuelva pronto, pero sí espero, al menos, que no se pierda de vista que existe un enemigo común que perpetró un golpe de Estado en 2019 y que no dudará en ejecutar un segundo si le es posible. Después de todo, me parece muy ingenuo pensar que una interrupción constitucional como esa sea una excepcionalidad, cuando la historia demuestra que un golpe de Estado generalmente abre, en vez de cerrar, un largo periodo de inestabilidades y cambios bruscos para la sociedad.

O tal vez soy muy pesimista, y ni el pseudogánster de Camacho ni el rabioso de Tuto aprovecharán la oportunidad. Pregunta: ¿por qué nadie los está atacando a ellos?

Mientras tanto, las acusaciones y los insultos deberían, al menos, dejar de ser tan prosaicos como lo vienen siendo hasta ahora. Lo último: ahora se compara a mi viejo con el bufón que trató de matar a Cristina Fernández. No imagino ni a Fidel ni al Che jugando así de bajo. Me consuela saber que la gente no es tan estúpida como creen estas personas.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Estado aparente

/ 30 de agosto de 2022 / 02:04

René Zavaleta es quizá el principal teórico del Estado en Bolivia y, le pese a quien le pese, uno de nuestros intelectuales más célebres. Su lectura es obligada para quien desee comprender correctamente a nuestra formación social, para lo cual acuñó varias categorías a través de una obra tan prolífica como dispersa; dificultades que deben sumarse a un estilo de redacción no siempre claro y a un enfoque marxista heterodoxo, características todas que han hecho de él un autor algo difícil de entender. Bueno, al menos para mí.

Sostuvo alguna vez que no podía haber una teoría general del Estado a secas, al ser este la expresión o síntesis de una sociedad en particular y de su propia historia. Y al depender la comprensión de cada Estado de una historia diferenciada, resulta natural que de su estudio se deriven andamiajes conceptuales también específicos. Uno de ellos, que él utiliza para describir nuestra realidad es el término de abigarrado.

No se refería con ello a la diversidad cultural que usualmente nos caracteriza frente al resto del mundo, sino a la presencia simultánea de varios modos de producción en un mismo territorio. Para comprender esta situación en toda su dimensión debemos primero considerar que Zavaleta era marxista, y que dicha tradición parte de la premisa de que las sociedades modernas se caracterizan por la separación entre lo civil y lo político.

En segundo lugar, la escuela marxista diferencia analíticamente entre la base económica de una sociedad y su correspondiente superestructura, en la que se da el derecho, la cultura y la política. En una sociedad abigarrada, por lo tanto, no solo hay diferentes formas de producir, sino también de construir poder, legitimidad y obediencia, es decir, hegemonía; todas conviviendo en un mismo espacio de forma no articulada y a veces contradictoria.

Ahora bien, nuevamente, si partimos de la premisa de que cada Estado es la expresión de su propia sociedad, y que la formación social boliviana comprende a su vez varios modos de producción no articulados, entonces, tendremos una forma específica de Estado emergiendo de todo esto, que se caracteriza por cierta incapacidad de construcción hegemónica sobre la totalidad del cuerpo social y una tendencia recurrente a ese otro aspecto del poder, que es la coerción o la violencia, que Zavaleta llamó Estado aparente.

El proyecto de Estado Plurinacional es una alternativa a esta situación que, al decir de un maestro mío, rompe con la modernidad y la idea del Estado nación como única alternativa de organización social. En todo caso, se trataría de una propuesta aún por desarrollarse, y que requiere todavía una serie de reformas, que deberían ser el reverso del Estado neoliberal aún por desmontarse.

En todo caso, traigo todo esto a colación porque considero que tanto los conceptos de Estado aparente como de formación social abigarrada también pueden ayudarnos a explicar la inoperancia de nuestras instituciones y la brutalidad recurrente de nuestro Estado, junto con las proposiciones de Estado neocolonial y los efectos de la división internacional del trabajo o nuestra condición de Estado dependiente.

No quiero decir, por cierto, que seamos un Estado fallido ni una sociedad irredimible, puesto que aceptar aquellas tesis reforzaría de alguna manera la idea de que es necesario cierto tutelaje extranjero sobre nuestra sociedad, que es lo que les gustaría a muchos miembros de la oposición. Los problemas estructurales que arrastramos como sociedad no solo tienen explicación sino también solución, aunque lo segundo no es posible sin lo primero.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Explicando nuestro déficit estatal

/ 2 de agosto de 2022 / 02:28

La disfuncionalidad del Estado boliviano es difícilmente explicable a partir de un gobierno. No es que no haya responsables por la actual situación de la justicia, la educación o la salud, pero la dificultad para reformar su institucionalidad sugiere que se trata de un problema que requiere algo más que voluntad política, por lo cual es necesario reconsiderar lo que creemos que sabemos sobre el Estado.

Las primeras reflexiones acerca del Estado moderno se concentraron más en justificar su existencia que en explicarlo, si bien no científicamente, al menos bajo una lógica coherente que parta de la realidad y que en las ciencias sociales llamamos teoría. Así, para poder comprender efectivamente qué es el Estado, es necesario dar al traste con toda la tradición del contrato social desarrollada durante el iluminismo y adentrarnos en el mundo de la teoría crítica del Estado, que en su pretensión por cambiar el mundo debió primero comprenderlo ( fustigándolo, claro).

Esta tradición se inaugura con Marx, quien, como diría Zavaleta, se refirió a estos temas durante toda su vida sin llegar, sin embargo, a sistematizarlos en un tratado extenso y coherente. No le alcanzó el tiempo, es todo lo que podemos decir. Pero lo que dijo al respecto es imprescindible para comprender esta forma de organización social.

En lo fundamental, para entender al Estado, debemos remitirnos primero a la sociedad y sus contradicciones de clase, de las cuales emerge como una forma de garantizar su unidad, siempre amenazada por intereses contrapuestos. Es más que una herramienta de dominación de clase, aunque esa sea su función esencial, pues también debe justificar dicha dominación mediante la generación de cierto consenso que luego Gramsci llamó hegemonía, que consiste básicamente en la construcción de legitimidad.

El problema con las sociedades latinoamericanas en general, es que el Estado está doblemente condicionado, como señalan Hernán Ouviña y Mabel Thwaites: primero, por un sistema interestatal que expresa la división internacional del trabajo, lo cual dificulta el pleno ejercicio de su soberanía en términos objetivos; y segundo, por la forma en la que se expresa la correlación de fuerzas entre las diferentes clases que componen su sociedad, atravesadas por más de un clivaje, algunos de los cuales imprimen un sello distintivo. Bolivia y lo étnico, por poner un ejemplo.

Ahora bien, la teoría crítica del Estado también señala que dicha correlación de fuerzas se cristaliza bajo formas específicas de institucionalidad, por las cuales, por ejemplo, ciertos sectores tienen derecho a determinado tipo de privilegios mientras que otros, más débiles, no pueden gozar de tales prerrogativas. Instituciones como la justicia y la educación tienen un carácter de clase que se expresa, por ejemplo, en la existencia de colegios de primera y de tercera, o en tribunales judiciales que se venden al mejor postor.

Tal correlación de fuerzas, al mismo tiempo, se configura no solo por factores endógenos o nativos, sino por la influencia de poderes extraterritoriales como el imperialismo estadounidense, que a estas alturas debería ser un fenómeno incuestionable para las ciencias sociales. Un ejemplo en extremo didáctico lo brinda la asistencia gringa al gobierno de la Revolución Nacional a cambio de que estableciera mecanismos de disciplinamiento social en contra del movimiento obrero durante la segunda mitad del siglo XX, que derivó en el largo periodo de dictaduras militares, así como la represión selectiva del movimiento cocalero durante los años 90.

Para transformar el Estado y dar efectividad a sus instituciones en beneficio de todos y sobre todo en favor de los menos privilegiados, es ineludible modificar dicha correlación de fuerzas e incluso, oponer resistencia a la influencia de potencias como los EEUU, aunque suene demasiado quijotesco. Si el imperialismo fuera benévolo para Bolivia no sería condenable ser proimperialista. No obstante, la evidencia empírica sugiere lo contrario.

Nada de esto es ideología. Ideología es lo que nos quieren vender cuando dicen que fallamos como sociedad por los impulsos populistas de nuestro pueblo.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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El Estado como ausencia

/ 19 de julio de 2022 / 01:16

El Estado en Bolivia es débil en un doble sentido: primero, como institucionalidad poco efectiva; y segundo, como ausencia o déficit institucional en la mayor parte de su territorio. Desigualdades persistentes en tiempos de bonanza: analizando variaciones en los servicios públicos locales (2001- 2012) es un libro del politólogo Marco Just Quiles que señala las profundas diferencias interregionales en Bolivia en cuanto a disponibilidad de bienes y servicios, y que puede servirnos para reflexionar sobre este problema.

Mediante la aplicación del Índice de Densidad Estatal, Just demuestra que la presencia del Estado en una gran parte de su territorio no es nada más que una virtualidad. Hace esto mediante los siguientes indicadores de servicios públicos: salud, educación, identificación personal, agua potable y electricidad.

Los resultados, poco halagadores, demuestran una gran desigualdad entre municipios en cuanto al acceso a servicios y bienes públicos, debido más a factores estructurales, como historia, geografía y demografía, que a razones institucionales y políticas. Así, un boliviano nacido en una ciudad capital de departamento tiene mayor acceso a ciertos servicios que uno proveniente de Charaña, Puerto Rico, San Ramón o Magdalena y, por lo tanto, mejores posibilidades a lo largo de su vida. Las conclusiones de la investigación sostienen:

“Este documento exploró la variación local en la provisión de servicios públicos básicos en Bolivia entre 2001 y 2012. A pesar del muy favorable estado de la situación de ingresos en este periodo de boom de los commodities, el análisis detectó una distintiva persistencia de significativas desigualdades en la provisión de servicios públicos entre las municipalidades bolivianas (…) Es decir, las municipalidades que pertenecían a los segmentos más altos de servicios públicos, que eran más bajos hace dos décadas, todavía se exhiben actualmente significativamente mejores niveles de servicios. De hecho, entre 2001 y 2012 menos del 20% de todas las municipalidades transitaron hacia una significativamente mejor posición quintil, respectivamente solo 18% entre 1992 y 2001”.

Otras investigaciones se refieren a este fenómeno como “el Estado con huecos”, que está presente en capitales departamentales y, a veces, de municipio, pero que no existe en regiones fronterizas o alejadas de centros urbanos; lugares donde no hay salud, educación, justicia e incluso ni registro civil, pero tampoco Estado entendido como espacio público y reglas comunes; es decir, Estado como institución o autoridad efectiva, y cuya ausencia debe ser suplida de diferentes formas, colectivas y comunitarias en algunos casos, y particularistas y patrimoniales en otros.

El concepto puede ser profundizado a través de unas líneas del informe El estado del Estado en Bolivia, publicado en 2007 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Bolivia:

“Si el Estado es discontinuo, ¿qué significan sus ‘huecos’? Para O’Donnell, los huecos son lugares donde rige el particularismo, el clientelismo, el cacicazgo y otras formas patrimoniales de política. Son espacios de ‘autogobierno’, pero que no operan bajo las reglas del Estado de Derecho y de la libre organización y expresión política, sino bajo las del particularismo —el orden del más fuerte—. Esta descripción se hace extensible a otras organizaciones que ejercen cualidades estatales o semiestatales (en el caso boliviano, sindicatos, ayllus, ONG, iglesias y otras organizaciones que suplen roles del Estado). El imperativo, para O’Donnell, es entender que la construcción de una democracia requiere de un Estado que pueda ejercer el ‘Estado de Derecho’ de manera continua a lo largo y ancho del territorio.”

Ambos trabajos ofrecen perspectivas similares sobre un problema en Bolivia que al parecer no necesita de comprobación empírica alguna, y cuyas causas van más allá de factores endógenos como el partido en función de gobierno o el tipo de régimen político establecido constitucionalmente, y sobre las cuales reflexionaremos en este espacio durante las próximas semanas.

Carlos Moldiz es politólogo.

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