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Sunday 25 Sep 2022 | Actualizado a 20:08 PM

Taiwán: una ambigüedad estratégica peligrosa

/ 20 de agosto de 2022 / 01:25

Todo comenzó cuando Mao Tse Tung culminó su larga marcha (1935) haciéndose del poder en la China continental, fundando la República Popular en 1949 y empujando al generalísimo Chiang Kai-shek kan, su rival nacionalista, a exiliarse en la cercana isla de Taiwán, escoltado por sus menguadas tropas. Era la época de la guerra fría que, trasladada a los estrados de las Naciones Unidas, reconoció al gobierno en el exilio como legítimo en detrimento del régimen comunista instaurado en Pekín (Beijing).

Esa abusiva medida persistió hasta que, en 1972, el brillante Henry Kissinger planificó el encuentro del presidente Richard Nixon con el gran timonel chino, acordado en arduas discusiones con el elegante canciller Chou En-lai. Entre los puntos no negociables estaba el reconocimiento de una sola China, implicando la exclusión de Taiwán de todos los órganos de la ONU, incluyendo el Consejo de Seguridad donde la representación maoísta se instaló como miembro permanente con derecho a veto. No fue fácil relegar al ostracismo a la ínsula que bajo la presión de Beijing fue aislada de la diplomacia mundial conservando ahora relaciones únicamente con 14 países (frente a 181 que reconocen a Beijing). Sin embargo, la persistencia de su cancillería logró mantener oficinas comerciales en varios Estados, fortalecer su industria tecnológica y expandir grandemente sus exportaciones. Estos esfuerzos estuvieron desde siempre aupados bajo el paraguas americano, que a falta de embajador acreditado recibió inicialmente a Soong Mailing, la bella y talentosa esposa del generalísimo que incluso pernoctaba en la Casa Blanca, forjando íntima amistad con la primera dama de turno.

En el modus vivendi concluido entre Washington y Beijing, en lo que se apodó “ambigüedad estratégica”, figura hasta hoy la garantía de protección militar para la autonomía de la isla, situación que el régimen maoísta tolera, confiando en incorporar Taiwán a su dominio por medios pacíficos que, podría ser: un país, dos sistemas.

Con estos antecedentes se entenderá mejor la irritación de Beijing por la visita a Taipéi de Nancy Pelosi, presidenta del Congreso, en momentos tan delicados del acontecer internacional. Se comprenderá también que los generales americanos y el propio Joe Biden se opusieran al viaje, porque se corría el riesgo que, ofendidos, los chinos dejaran su discreta neutralidad en el caso ucraniano y empezaran a brindar apoyo económico, logístico y militar a Rusia, rompiendo ese equilibrio ardorosamente obtenido por la diplomacia americana.

La advertencia china, contraria a ese inopinado viaje y otros en ciernes, se cumplió de inmediato, con un bloqueo inicial aéreo y marítimo de la isla, aparte de sanciones comerciales que afectan los fluidos vínculos económicos que existen entre las partes.

Se dice que dentro los elementos sensibles que afectarían al mercado mundial estaría la exportación de chips de semiconductores de sofisticado acabado, que en un 64% produce la multinacional taiwanesa TSMC ( frente a 20% de Corea del Sur), y que sin ellos la industria electrónica en el mundo se vería altamente perjudicada.

Aunque los expertos aseguran que no creen que Beijing llegue a invadir Taiwán en un futuro cercano, el deterioro de las relaciones con Washington solo sirve supremamente a los intereses de Moscú en su pleito con Ucrania y, en general, a alentar la nueva configuración geopolítica del planeta.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La reina: una mirada boliviana

/ 17 de septiembre de 2022 / 02:15

Entre los 117 países visitados por la reina Elizabeth II, en su largo mandato de 70 años, solo figuran cuatro latinoamericanos (Panamá, Brasil, Chile y México), de manera que su vínculo con la región se concretó a su relación con los diplomáticos acreditados ante la Corte de St. James.

A su fastuosa coronación el 2 de junio de 1953, el gobierno del MNR acreditó como su representante al vicepresidente Hernán Siles Zuazo, gesto que demostraba la alta prioridad que se atribuía a los tratos con la pérfida Albión sede, además, de la Williams Harvey de Liverpool, planta donde se fundirían los minerales de estaño de las minas recientemente nacionalizadas.

Al término de su presidencia en 1956, Víctor Paz Estenssoro fue nombrado embajador en Londres y tuvo la amabilidad de escogerme como segundo secretario en esa misión. La Corte, en esa época, solía ofrecer un banquete anual en honor del cuerpo diplomático y fue en 1958 que me correspondió ser parte del séquito, junto al jefe, su bella esposa Chichina y su hija Myriam. Esa noche de gala, acudimos al palacio de Buckingham ataviados de sendas levitas con corbatín blanco y las damas luciendo vistosos trajes largos. Las limusinas se sucedían unas a otras en filas perfectamente ordenadas, una hora antes del ingreso señalado en la invitación oficial. Luego, instalados —con riguroso orden protocolar— en el dorado salón, apareció la pareja real, escoltada por la reina madre, la princesa Margarita y su prima Alejandra de Kent, saludando a cada una de las misiones convidadas. Frases cortas de puntual cortesía se sucedían antes de abordar la enorme mesa suntuosamente dispuesta para dos centenas de comensales. Fue ocasión propicia para escudriñar de cerca los rasgos somatológicos de la realeza. La reina, elevada en sus 163 centímetros, denotaba a sus 31 años simpatía natural saturada de aquel encanto sin galas. En cambio, en Margarita destellaban sus dulces ojos verdes, aunque se la veía aún más pequeña al lado de su prima Alexandra, alta y verdaderamente apetecible. La curiosidad del duque de Edimburgo por el gran collar de la Orden de la Cruz del Sur del Brasil que ostentaba el embajador Paz Estenssoro, los detuvo más tiempo a nuestro lado, en amena conversación.

La segunda vez que estuve frente a Su Graciosa Majestad fue en 1960, durante la ceremonia de presentación de cartas credenciales del nuevo embajador Manuel Barrau Peláez que reemplazaba al doctor Paz. Cerca de ella, remarqué el cambio drástico operado en su perfil: mostraba un avanzado estado de gestación que ni su elegante y holgado traje celeste podía disimular. Era el príncipe Andrés que crecía impetuosamente en su monárquica cavidad.

Desde entonces solo he visto a Su Majestad por la televisión, constatando el paso y el peso cruel de los años que golpean por igual a los habitantes de este valle de lágrimas, sean éstos coronados o vasallos.

Su legado a los súbditos de los 14 reinos que aún quedan entre los 54 Estados miembros de la Mancomunidad Británica y al mundo todo, será la consistencia de su recia personalidad: abnegación en el servicio, sea con gobiernos conservadores o socialistas, apego a la tradición y carácter inescrutable en la alegría o la adversidad.

Le sucede en el trono Carlos III, a quien el humor popular le dedicó esa caricatura que resume la situación: un periódico falso que abre con este titular: 73 years old man finally gets job (Un viejo de 73 años, por fin consigue empleo)

La anciana siempre elegante, cobijada bajo ostentoso sombrero que cambiaba frecuentemente y portando su inefable cartera de misterioso contenido se fue para siempre, dejando tras sí, el futuro de un reino cada vez más desunido.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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¡Tres viejos sabios centenarios!

/ 3 de septiembre de 2022 / 02:55

Las tres celebridades bordean los 100 años de edad, han desempeñado importantes funciones públicas y su pensamiento escrito y oral ha influenciado importantes tendencias en los dos últimos siglos:

Henry Kissinger (27/05/1923). Calificado como el “diplomático del siglo” en comparación con Charles de Talleyrand del siglo XVIII (1754- 1838), continúa con sus oportunas declaraciones, alterando la rutina burocrática en las relaciones internacionales. La irrupción del nazismo impulsó a su familia, de confesión judía, a huir a los Estados Unidos en 1938, cuando Henry no tenía sino 14 años, se hizo ciudadano americano, combatió en la Segunda Guerra Mundial, se doctoró en Harvard, donde ejerció la cátedra, que abandonó para asumir responsabilidades en el Consejo Nacional de Seguridad y luego como Secretario de Estado (1973-1977), desde allí fue el artífice para el fin del conflicto con Vietnam, la instauración de relaciones diplomáticas con China y el posicionamiento hegemónico americano a nivel planetario. Sus memorias son un texto didáctico del savoir faire de la diplomacia moderna. Su última opinión sobre la gestión de una paz negociada en la guerra ruso-ucraniana, basada en la realidad y alejada de la teoría soberanista y otras, muestran que su experiencia y su talento priorizan la vida humana frente a intereses bastardos.

Édgar Morin (08/07/1921).El famoso sociólogo y filósofo francés que, a sus 101 años, vive entre Montpellier y París, sigue dando conferencias y declaraciones a la prensa. En una última, a propósito de su reciente obra ¡Despertemos! se le arranca ciertas frases fulminantes, como aquella “Yo quisiera que cese ese sonambulismo análogo al que yo conocí cuando se marchaba hacia la guerra de 1939, y se vivía como si no pasara nada”, y refiriéndose a la carnicería ruso-ucraniana se muestra partidario de insistir en la salida diplomática, reconociendo —vía referéndum— la autodeterminación del Donbás, como se hizo en Crimea.

En otra respuesta a la pregunta impertinente para un hombre de su edad, sobre si creía en Dios, el gran Édgar responde: “Yo no creo en un Dios creador… la criatura divina está en la Naturaleza”, y prosigue, ”cuanto más aumenta nuestro conocimiento, crece mayormente nuestra ignorancia”. Y por último como mensaje a la juventud, dice: “No hay razón sin pasión, pero tampoco hay pasión sin razón. Amén con locura, sin jamás perder la lucidez”. Autor de una centena de libros, traducidos en 28 lenguas, Édgar Morin sigue activo y está siempre al día con su tiempo.

Amadou Mahtar M´Bow (20/03/1921). Cuando la Guerra Fría fue más intensa y el continente africano era relegado a las miasmas del Tercer Mundo, surgió la candidatura de Amadou Mahtar M’Bow para ocupar el cargo de director general de la Unesco, y ante el estupor de los países donantes, triunfó esa aspiración largamente postergada para que ese modesto profesor de geografía originario de Senegal sea ungido a esa responsabilidad, una primera en el sistema de Naciones Unidas. Los 13 años de su gestión (1974-1987) fueron fructíferos para la adopción de los objetivos de los Estados periféricos. M’Bow impulsó principios tales como la “educación para todos”, “la alfabetización como factor de desarrollo”, la popularización de la ciencia y otros. Pero donde dejó mayormente huella su paso por la Unesco fue la consolidación de la convención para instaurar la lista del patrimonio cultural y natural de la Humanidad. Y, el broche de oro, fue el impulso para promover la “diversidad cultural” y el respeto y conservación de las obras autóctonas, de sus lenguas, de su música. Ahora que todas esas medidas son aceptadas, comenzaron en su tiempo por ser grandes blasfemias.

Me correspondió acompañar a M’Bow como director para América Latina y el Caribe y recorrer con él muchos países, conversando y admirando su vasta cultura y devoción a la causa de los pueblos que antes no tenían voz. Por ello, cuando en el gran teatro de la Unesco, en París, se le rindió homenaje en su cumpleaños número 100, fue para mí un privilegio ser uno de los oradores escogidos para esa ocasión.

M’Bow vive en París, junto a su familia, manteniendo intacta su lucidez intelectual y su fatalismo musulmán para comprender los vaivenes de este mundo finito.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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París en este verano

/ 6 de agosto de 2022 / 03:24

La canícula imperante hoy en Francia no detuvo el ímpetu de los 80 millones de turistas que —en promedio— visitaban anualmente este maravilloso país, aunque la pandemia del COVID-19 mermó por dos años consecutivos esa cifra. Naturalmente, es la ciudad-luz el punto más alto del destino turístico, pero 2022, por causa del calentamiento global que provoca una dramática sequía, marca la notable diferencia. Como sucede habitualmente, la invasión de vacacionistas americanos es la más notoria en las calles y plazas parisinas y para quienes vivimos alrededor de la Torre Eiffel, el escenario se repite: damas arropadas en ampulosas faldas floreadas, peatones ataviados de camisas hawaianas, calzones cortos, sandalias, anteojos solares y un plano de la ciudad en los dedos. Caminan en pareja, a veces con niños que siguen a sus padres apurados por llegar a sitios marcados tales como museos, iglesias medievales, restaurantes baratos y tiendas repletas de souvenirs coloreados “made in China”. En estos días estivales, la afluencia de jóvenes veinteañeros es manifiesta: rubias, morochas o pelirrojas, con shorts redundantemente cortos exhiben bellas piernas que al llegar irradian esa blancura eclesiástica y al partir un bronceado de tentación infernal. También se encuentra a raudales matrimonios, obviamente jubilados, que agarrados de la mano recorren los monumentos tomándose fotos con el inefable celular como testimonio de haber cumplido el deseo harto acariciado de conocer la legendaria Lutecia, confirmando aquello que decía Oscar Wilde: “La gente buena va al paraíso y los americanos buenos a París”.

Una gentil parejita me abordó y me pidió consejo para programar su estadía limitada a solo siete días en la capital, grave compromiso que pese a mi larga vida parisina aún no completé de conocer todo ese mundo inmenso que es la más bella y enigmática megápolis del planeta. Con riesgo, les adelanté mis prioridades: solo ver y no subir a la Torre Eiffel, caminar por el Trocadero hasta los Campos Elíseos y contemplar el Arco de Triunfo. Almorzar en el restaurant Fouquets y hacer window shopping en las elegantes boutiques aledañas. El segundo día recorrer el Museo del Louvre, saludar a la Mona Lisa y a la Venus de Milo, en la noche concurrir al cabaret del Lido, y sorber una flauta de champán. El tercer día tomar el bus 69 hasta el cementerio de Pere Lachaise y descubrir decenas de notables bajo sus mausoleos y placas, convertidos en polvo, mas tarde tomar el té en Les deux Magots del barrio latino, frente a la iglesia de Saint Germain des Pres y cruzando el Boulevard Saint Michel seguir hasta Notre Dame, en el trayecto comer en un bistró griego de la rue de la Huchette.

El cuarto día, subir por funicular hasta el templo de Sacre Coeur y andar por las callejuelas de Montmartre, saboreando —al paso— alguna crepe bretona, bajar hasta la plaza Pigalle y entrar al show del Moulin Rouge. El quinto día pasear por el Marais, la plaza de Vosges, escudriñar la zona judía, el museo Picasso y tolerar las parejas LGBTQI en profusión que hicieron de ese barrio su favorito bastión. Más tarde revistar la supertienda Samaritana, legendario mega-almacén recientemente renovado. Al caer la tarde ir a la Opera, así sea de visita externa degustando un expreso en el Café de la Paix.

El sexto día, rendir homenaje a Napoleón, en su tumba de Los Inválidos, recorrer el Museo Militar y al salir cerca, atisbar el Museo Rodin. En la tardecita, servirse una sopa de cebolla en el Café La Esplanade rociada de un blanco Sancerre, a pocos pasos, atravesar el hermoso puente Alejandro III y en el Sena abordar un Bateau mouche y navegar por el río, contemplando de noche los monumentos parisinos iluminados.

El último día ir a los bosques de Bolonia, caminar por sus innumerables senderos y rematar en el Pre Catalán, para un almuerzo de calidad. Salir del bosque, antes del anochecer porque la ocupación de mariposas nocturnas en profusión de nacionalidades, gustos y costos, crearán una innecesaria confusión.

Terminar la noche de despedida cenando en el Café La Coupole de Montparnasse, admirando su decoración belle epoque.

Después de esa rapidísima gira, es recomendable reservar sitio en el avión para retornar en la próxima vacación y conocer otras aristas de París.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Motín en la legendaria Ceilán

/ 23 de julio de 2022 / 02:25

La descolonización trajo aparejada la noción de trocar el nombre instaurado por los sucesivos invasores portugueses, holandeses y británicos con la toponimia nativa y así como el Congo se convirtió en Zaire, la Costa de Oro en Ghana, Ceilán al acceder a la independencia conservó en 1972 su adhesión a la Mancomunidad Británica, bajo el título de República Democrática Socialista de Sri Lanka, adoptando como lengua oficial el sinhala tamil. Hace pocos días la población esrilanquesa encolerizada por el alto costo de la vida, la escasez de alimentos básicos, de electricidad, de medicinas y de combustibles, se volcó a las calles de Colombo, para ocupar la casa presidencial y castigar al presidente Gotabaya Rajapaksa, cuyo clan familiar controla el mando desde 2005. Acusado de corrupción, el septuagenario huyó precipitadamente vía las Maldivas hasta Singapur, presa de pánico ante la incontenible ira popular, síndrome conocido, también, entre los detentadores de la reelección indefinida. Obligado a renunciar, el vacío de poder sería llenado bajo la norma constitucional, para que su sucesor, el primer ministro Ranil Wickremesinghe, enfrente la dramática situación de ese Estado financieramente quebrado, hasta la decisión formal en el Parlamento.

Ese episodio me trajo el recuerdo de mis visitas a esa hermosa isla en el océano Índico, cuando en 1974 ejercía la secretaría general de la Asamblea Mundial de la Juventud (WAY) y, en tal carácter promovía proyectos de cooperación al desarrollo. Entre ellos el progreso de las “Cien aldeas” regentado por la Sarvodaya Shramadana, un movimiento popular dirigido por el trabajador social A.T. Ariyaratne, joven entonces y ahora un mítico patricio de 90 años. Fue él mi ilustre anfitrión, quien organizó la inusitada experiencia de pernoctar dentro de la silvestre profundidad cingalesa en su bastión de Bandarawella, donde fuimos —una noche— embestidos por una manada de elefantes salvajes que en su rauda estampida destrozaron gran parte de la precaria vivienda, soslayando, por suerte, nuestra presencia.

Años más tarde, en 1980, volví a Sri Lanka, como diputado, a la reunión anual de la Unión Interparlamentaria Mundial, junto al senador tarijeño William Bluske Castellanos, con quien tuvimos la grata sorpresa de saber que una de las lucidas intérpretes, Silvia Ávila, era de nacionalidad boliviana.

En ambas visitas constaté que Sri Lanka conservaba admirable armonía de convivencia pacífica entre las comunidades budista 70% (la mayoría), hindú 12 %, musulmana 9 % y cristiana 6%, salvo los cruentos enfrentamientos durante la guerra civil que por 25 años (1983-2009) sostuvo el gobierno central contra el brazo separatista del Tamil Eelam (LTTE) de los tigres tamules, conflicto que causó cerca de 100.000 muertos.

Alejada de tan solo 30 kilómetros de la costa de la India, es inevitable la influencia de ese gigante geopolítico de 1.300 millones de habitantes sobre la pequeña isla de tan solo 22 millones de moradores. Sin embargo, la política exterior esrilanquesa mantiene un sano equilibrio de no alineamiento.

Las causas de la crisis actual se deben al mal manejo de la economía y a factores externos adversos como la pandemia del COVID-1; la disminución drástica del turismo, principal fuente de divisas; la veda de importaciones de fertilizantes químicos, lo cual influyó en el decremento de su producción agrícola; la reducción de exportaciones de ropa manufacturada allí (maquila); todo ello absorbió la reserva de divisas, aumentando sus préstamos del Fondo Monetario Internacional hasta alcanzar los $us 54.000 millones, impagos desde abril último, lo que precipitó su declaratoria en default. Entonces, sin posibilidades de importar petróleo, alimentos ni medicinas, es el catastrófico escenario para la insalvable crisis política que padece la otrora legendaria Ceilán.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Francia en su laberinto

/ 9 de julio de 2022 / 02:03

La democracia en su magnífico esplendor acarrea situaciones que pueden poner en riesgo su propia estabilidad, como aconteció con el inusitado resultado de las elecciones legislativas realizadas el 19 de junio último. Cuando el presidente Emmanuel Macron fue reelegido el 24 de abril con el 58,5% se pensó que podría conservar, holgadamente, la mayoría de los 345 asientos (de un total de 577) que disponía su partido en la Asamblea Nacional, por cuanto además había añadido tres agrupaciones pequeñas a su frente electoral. Tan seguro estaba de su caudal que descuidó la campaña para alternar con sus obligaciones de presidente pro tempore de la Unión Europea y viajar constantemente en ese empeño. Es más, en la geometría política la extrema derecha representada por el RN (Rassemblement national) se neutralizaba mutuamente con la concentración de izquierdas NUPES (Nueva Unión Popular y Social), empujando hacia el centro a Juntos (Ensemble) del macronismo. Eso, en supuesta teoría, pero se menospreció la presencia en las urnas de ciertas entidades residuales como los republicanos (64 asientos) y otros que en el cómputo final probaron detentar aun el aliento vital de los 41 votos que le faltan a la “macronía” para lograr la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. De acuerdo a esta contabilidad: Ensemble (Macron), 248 diputaciones; NUPES (Jean-Luc Mélenchon) 131; RN (Marine Le Pen) 89; LR (republicanos) 61. Ese déficit fatídico es el que Macron trata de subsanar, sea cautivando grupos que se disgreguen de las alianzas meramente electoreras o pactando con otras tiendas políticas proclives a apoyar puntos programáticos que Macron pretende hacer aprobar por el Parlamento durante este su segundo mandato. Hasta el momento ningún grupo opositor se mostró inclinado a apoyar al Presidente, quien apuntó como opción alternativa llegar a consensos caso por caso.

Los esfuerzos aritméticos para sumar votos se tornan tan difíciles que algunos analistas se alarman ante la posibilidad de un bloqueo parlamentario a la ejecución gubernativa. En efecto, la V República, no obstante ser un régimen presidencialista, otorga al Parlamento amplios poderes para frenar iniciativas del Ejecutivo que no cuenten con la mayoría requerida. Sin embargo, en casos extremos el presidente tiene la facultad constitucional de disolver la Asamblea Nacional y convocar a nuevas elecciones. Macron ejerció sin sobresaltos su primer periodo (2017-2022) con un estilo vertical que imprimía su sello personal en toda decisión oficial. En realidad, la Constitución establece que el Presidente, preside, pero la responsabilidad estatal recae en el Primer Ministro, quien sin el voto de confianza congresal podría ser defenestrado. Igualmente, para reemplazarlo, la aprobación parlamentaria es ineluctable, siendo este requerimiento otro escollo para Macron en su debilidad actual. El problema radica en ¿cómo conciliar la legitimidad presidencial con la legitimidad parlamentaria?

En el frente externo, también surgirán problemas, por ejemplo, tanto el líder insumiso Jean-Luc Mélenchon como Marine Le Pen del RN tienen nexos de simpatía con Putin y son contrarios a los efectos de la globalización y críticos a los dictámenes de la Unión Europea, a cuyos dirigentes —ahora— les preocupa una posible inestabilidad francesa, en momentos en que la guerra en Ucrania exige férrea unidad del continente, ante la incertidumbre de la irrupción de situaciones bélicas mucho más graves.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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