Voces

Saturday 1 Oct 2022 | Actualizado a 07:46 AM

Construir el (pos)evismo

/ 18 de septiembre de 2022 / 00:26

Meses antes de las elecciones de 2018 en Brasil, Boaventura de Sousa Santos escribió: “El poslulismo y el lulismo no pueden coexistir. De algún modo, el PT es rehén de Lula y Lula es rehén… de Lula”. Estaba en curso el escandaloso lafware contra el expresidente Lula con el fin expreso de inhabilitarlo como candidato. Era la segunda parte del golpe parlamentario-judicial iniciado con el impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff. La derecha haría lo que sea para retomar el poder.

La afirmación de Santos era impecable. Y añadía: “No es fácil encontrar en la historia contemporánea otro líder carismático que logre ampliar su aceptación popular a pesar de estar preso y tras sufrir una campaña de demonización mediática y judicial sin precedentes”. Impecable, ya, pero prematura, como se demostró en la historia corta. Sin Lula/lulismo se allanó el camino para esa tragedia llamada Bolsonaro. “Los rojos” del PT, sin autocrítica e incapaces de renovarse, fueron neutralizados.

Cuatro años después, Lula es la única alternativa de articulación de las fuerzas de izquierda, democráticas y progresistas en Brasil para frenar la continuidad del fascismo/ bolsonarismo. Todas las señales y encuestas anticipan que Lula (“un líder con genio político”) ganará las elecciones presidenciales de octubre, quizás en primera vuelta. El poslulismo, pues, y la renovación, tendrán que esperar. O mejor: deben construirse, en especial en el ámbito del petismo.

¿La reflexión de Boaventura aplica para Bolivia? Hagamos el ejercicio de extrapolación: “El posevismo y el evismo no pueden coexistir. De algún modo, el MASIPSP es rehén de Evo y Evo es rehén… de Evo”. Qué tal. A la luz (o la sombra) de los recientes excesos verbales en el seno del partido-instrumento político, el razonamiento podría funcionar. Cierto que no hay un Bolsonaro a la vista en la oposición, pero es innegable un severo problema interno de coexistencia.

No creo que el debate hoy en el campo plurinacional popular sea entre evismo versus posevismo. Ni siquiera como anticipo de la gran decisión pendiente en el partido azul sobre el binomio presidencial para las elecciones 2025. La cuestión central, más allá del discurso de los “renovadores”, es si lograrán reconstruirse manteniendo la unidad que todos proclaman (ni hablemos de plataforma programática). Y, en su caso, si tal binomio podrá repetir la victoria mayoritaria en las urnas.

En los comicios 2020, con Evo fuera de cancha, la derecha política y mediática, que desde hace tres lustros es incapaz de ganar una elección, buscó proscribir al MAS-IPSP. Fracasó. Hoy apuestan por su pronta “implosión” como profecía autocumplida. Tendrán que esperar.

FadoCracia odiadora

1. El intento de magnicidio contra Cristina Fernández generó diferentes reacciones que exhiben la llamada “grieta” argentina, pero también el accionar de personajes miserables, incluidos periodistas. 2. De un lado (sin etiquetar) están quienes condenaron el atentado y denunciaron sus raíces de odio construidas larga e intencionalmente. 3. Del otro, están los que optaron por el silencio, el negacionismo y/o el lamento. 4. Silencio cómplice de quienes tuitean hasta defendiendo a empresarios estafadores, pero no dijeron ni una sola palabra. 5. Negacionismo de los que, pese a las innegables evidencias, titulan “supuesto” ataque o, peor, sin sonrojarse, hablan de “autoatentado”. 6. Lamento canalla de quienes destilan: “una pena que la bala no haya salido”. O peor, de periodistas como el boliviano Marcelo Suárez R. que, desde su impune trinchera en El Deber, considera que al criminal que disparó contra Cristina “le faltó ensayar” (sic). 7. Para preservar el oficio, el gremio periodístico debiera pronunciarse. Cuidado que las cloacas mediáticas y sus roedores terminen carcomiéndonos.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Las cosas pequeñas

/ 4 de septiembre de 2022 / 00:24

Ojalá fueran aquellas pequeñas cosas a las que canta Serrat. Esas cosas que, desde el recuerdo/ nostalgia, “nos hacen que lloremos / cuando nadie nos ve”. Pero no, señorías. Es más bien el tiempo de las cosas pequeñas que agobiaba a Sergio Almaraz mientras registraba el derrumbe de la Revolución Nacional. Pues bien, estamos en una coyuntura polarizada cuyas principales causas-cosas son pequeñas, incluso diminutas. Y a ello le dedicamos gran parte de la conversación pública.

¿Cosas pequeñas? La disputa por la fecha del Censo, luego de dos paros convocados por la élite cruceña, se envileció tanto que la más reciente acción es minúscula: el gobernador decidió no invitar a ninguna autoridad del Gobierno nacional a los actos de la efeméride. Ya el año pasado había prohibido la iza de la wiphala. Cosa pequeña, pues (no hablo de la autoridad, sino de su actitud). Sería entendible si el señor no invita a su cumpleaños. ¿Pero a un aniversario departamental?

Luego de cinco semanas de movilización y enfrentamientos entre dos dirigencias de los productores de coca de los Yungas, y tras malogrados intentos de mediación/diálogo, el ministro sin nombre convocó a un encuentro. Cosa pequeña: enviar una carta para la reunión (el miércoles a las 16.00), pero no decir dónde. Si no fue algo premeditado, es señal de inutilidad extrema. La respuesta, por supuesto, también es pequeña: como la invitación fue informal, no asistimos.

Cositas. ¿En serio la conversación pública puede empequeñecerse tanto que le dedicamos cuatro días, en especial en redes y medios, a “debatir” y especular sobre el robo del celular de un expresidente, empezando por las conjeturas del propio expresidente? Feíto que te hurten el celular en un evento con los tuyos. Más feíto pretender que ese delito particular se convierta en asunto de Estado. Hay ocasiones en las que el silencio es más digno —y sensato— que el ruido.

Y en el ámbito institucional, el premio a la pequeñez se lo lleva la Asamblea Legislativa Plurinacional, incapaz de construir, por quinta vez, el arreglo político requerido para elegir Defensor del Pueblo. Pequeña la mayoría que solo busca imponer una decisión. Diminuta la minoría cuya “victoria” es bloquear toda/cualquier decisión por dos tercios. ¿Cuántas millas hay del “vergonzoso que no se pongan de acuerdo” al “no nos representan” y, de ahí, al “que se vayan todos”?

En la historia corta, creo recordar que hubo un tiempo (pos)constituyente con espacios deliberativos sobre el ejercicio de derechos, la refundación estatal, el horizonte de país. ¿Hubo? La fractura-2019 nos ha dejado polarizados, enojados y pequeños, demasiado pequeños.

FadoCracia ilegítima

1. Tras dos años de clausura “por falta de quorum” (son más dignos el cierre por derribo y la suspensión por mal tiempo), la APLP volvió a la vida, se miró en el espejito- espejito y convocó a votar. Enhorabuena por el gremio periodístico. 2. El problema de las resurrecciones es que el organismo regresa, pero mantiene intactas sus enfermedades y vicios. 3. Así, la Asociación de Periodistas tuvo elecciones. Es un decir, pues con una sola fórmula, se trató más bien de un acto fallido e indecoroso (como las primarias presidenciales de 2019). 4. Y persiste un serio déficit de legitimidad: de más de un millar de afiliados, el nuevo directorio fue votado por menos de 80 habilitados (una cuarta parte ellos mismos). Si eso es “alta participación”, ¿cómo será la baja? 5. Cuando una institución se degrada tanto, no basta vivir de las viejas glorias. Hay que transformarla. 6. Ahora que volvió, maltrecha desde hace más de una década, el reto es abrir la APLP: que sea menos pasanaku instrumental y más casa común de las y los periodistas. 7. Los odios andan sueltos. Que la democracia y el pluralismo, colegas, empiecen por casa.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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‘Democracia radicalizada’

/ 21 de agosto de 2022 / 00:29

En un emblemático estudio que ya tiene sus buenos años (1997), Collier y Levitsky analizaron la proliferación de subtipos de democracia que acompañó el proceso de democratización. Esta suerte de “estiramiento conceptual” produjo más de 550 adjetivos de la democracia. Nada menos. No se trata de que existan centenas de (sub)tipos de democracia, sino de la creación desbordada de categorías analíticas cuyo efecto es una confusión creciente sobre la propia noción de democracia.

Cuarto siglo después, en una interesante entrevista publicada la semana pasada, nos encontramos con el fenómeno opuesto: la hipersimplificación conceptual. Según Walter Guevara Anaya, la democracia es o puede ser institucional o radicalizada. La primera, por supuesto, plena de virtudes; la segunda, faltaba más, plagada de peligros y vicios. En la experiencia boliviana, la democracia radicalizada llegó en 2005 para destruir la democracia institucional. Y así estamos.

El problema de la simplificación, como advierte Boaventura de Sousa Santos, es que se pierde demodiversidad. La democracia se reduce a su versión elitista-liberal- representativa impuesta como modelo único y hegemónico al cual llegar o parecerse. Todo lo demás no es democracia o, peor, es “democracia radicalizada”. En el caso que nos ocupa, fallan también los argumentos (alguno con cara de desvarío). Hablar desde la nostalgia y el miedo puede ser complicado.

Hubo un tiempo en que la democracia (pactada) en el país era buenaza. En palabras de Guevara: “La etapa más liberal, constructiva y más institucional de la democracia boliviana”. Todo cambió cuando irrumpió… ¡Evo Morales! Claro que no es el resultado de un proceso impulsado en la historia larga por el sujeto plurinacional popular, sino algo más simple: Evo fue el instrumento del proyecto geopolítico de Cuba y su estratega García Linera. Qué tal. Pobre democracia institucional.

La historieta se cuenta —y se rebate— sola. Lo preocupante son las invisibilidades y ausencias. Los abanderados de la democracia institucional no logran concebir (ni menos asumir) el horizonte demodiverso, en construcción, surgido del proceso constituyente. ¿Democracia comunitaria? Si la despreciamos durante 184 años, ¿por qué tendría que importarnos hoy? ¿Democracia intercultural? Es solo un engendro de la democracia radicalizada concebida como guerra.

A diferencia de alguna oposición, que quisiera volver a 1985 con el Pacto por la Democracia MNR-ADN, Guevara entiende que Bolivia ya no es lo que era. La democracia tampoco. Mal haríamos entonces en descalificarla con un nuevo adjetivo. El reto es radicalizar la democracia.

FadoCracia experta

1. Hay una estrecha relación entre medios “independientes” y analistas “expertos”. Se nutren. Y el encuentro funciona. 2. El modus operandi es tan conocido como simpático: un medio busca (im)poner algún relato en la agenda noticiosa/de opinión y acude a sus especialistas. Hasta ahí todo bien. 3. El problema es cuando los “expertos” son el dirigente de un grupo rabiosamente opositor, un concejal de Comunidad Ciudadana, una senadora de Creemos y un opinador de sello antioficialista. Con la independencia de los analistas —y de los operadores mediáticos— nunca se sabe. 4. Es legítimo que los medios recurran a voceros del oficialismo y/o de la oposición para respaldar sus enfoques. Lo que no está bien, más allá del tema, es que los presenten como “expertos independientes”. 5. Ni hablemos del equilibrio (o al menos la pluralidad) de fuentes. “Presentar las distintas facetas”, manda el Código de Ética Periodística. 6. La operación suele ser inversa: primero defino mi verdad (mediática), luego decido qué “expertos” pueden decirla. 7. Hay algo peor que los portavoces de cabecera. Son las “fuentes fidedignas” manejadas a control remoto.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Democracia con huecos

/ 7 de agosto de 2022 / 00:53

En un reciente diálogo sobre “tipos de democracia”, en el ámbito de la Cátedra Nelson Mandela (impulsada por el Rectorado de la UMSA), un participante me preguntó si actualmente en Bolivia teníamos “una verdadera democracia”. A reserva de las implicaciones del adjetivo verdadera, recurrí a la idea de “Estado con huecos”, planteada en el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2007, para decir que nuestra democracia no solo tiene déficits, sino también huecos.

¿Qué significa una democracia con huecos? ¿Cuáles son esos vacíos democráticos? ¿En qué lugares la democracia no llega, no es reconocida, se ignora/desprecia? Creo que el hueco fundamental es seguir hablando de la democracia (liberal-representativa), en tanto modelo único y hegemónico al cual llegar o parecerse, sin asumir que nuestra construcción es demodiversa, esto es, asentada en diferentes concepciones, saberes y prácticas democráticas en interacción y en disputa.

Sin duda, es un avance sustantivo haber adoptado el horizonte, todavía esquivo, de una democracia intercultural paritaria. Tuvieron que pasar 184 años de vida republicana, nada menos, para que la Constitución reconozca que hay democracias más allá del gobierno representativo. Ni qué decir de la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres. Pero no basta reconocer diferentes formas de democracia con paridad de género. El desafío es garantizar su ejercicio complementario con igual jerarquía.

Es ahí, en el (no)ejercicio, donde habitan los huecos. Señalo algunos. Nuestra democratización no será plena con monopolio de la representación política nacional por parte de los partidos, poco democráticos ellos mismos. Pero el hueco abominable, más allá de la lejanía del voto informado, es desconocer por anticipado el resultado de una elección: esos grupos de “activistas” de rodillas en los cuarteles, Biblia/cruz en mano, pidiendo una junta cívicomilitar, esto es, un golpe de Estado.

En la democracia directa y participativa hay huecos cuando no se respeta el carácter vinculante y de cumplimiento obligatorio del referéndum, o cuando la legislación inviabiliza el ejercicio de derechos como la revocatoria de mandato, o se establece que la consulta previa es solo consultiva. Y tenemos huecos en la democracia comunitaria por violencia de escala, pretendiendo confinarla al ámbito local. O cuando se imponen tantas barreras al proceso de autogobierno indígena.

El inventario de huecos puede ser extenso. No con apego a ningún modelo ideal o “verdadero” de democracia(s), sino en torno al horizonte democrático intercultural y paritario que aún no terminamos de asumir como condición necesaria del Estado Plurinacional con autonomías, esa buena idea.

FadoCracia estadística

1. Como toda obra de manual, el guion es previsible, además de flojo: si no hacen lo que exigimos, en la fecha que decimos, lo haremos nosotros. 2. El guion arranca siempre con una falacia: “ante la negativa del Gobierno de hacer un censo…” Y sobre esa base se lanza el desafío: “Santa Cruz (la Gobernación) levantará sus propios datos estadísticos”. 3. Hasta aquí todo bien. Siendo el censo competencia privativa del nivel central del Estado, parece razonable que las entidades territoriales autónomas cuenten con información relevante para conocerse y definir sus políticas públicas. 4. Lo lamentable es que las “estadísticas propias”, que pueden ser útiles, surjan no por convicción, sino con carácter reactivo. 5. Y el problema de fondo —volvemos al guion— es que como los datos del Gobernador no necesariamente coincidirán con los del Censo Nacional, pena por el Censo. 6. En lugar de asumir las limitaciones y errores de un levantamiento estadístico, el relato dirá que el Censo estuvo “mal hecho”. 7. O peor, como anticipa algún grupo autoritario: “hubo fraude demográfico” (sic). La consigna monumental, ya se sabe, viene escrita en el guion.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Cloacas mediáticas

/ 24 de julio de 2022 / 00:33

Hay abundante literatura, estudios de caso, análisis comparados y ensayos críticos acerca de la relación entre medios de comunicación y democracia. Esta relación, tan compleja como intensa, encuentra visiones mediófilas, que destacan la contribución de los medios, y visiones mediófobas, que cuestionan su desempeño. En ese arco se sitúan los debates sobre libertad de expresión y derecho a la información. Lo que está menos examinado, y es de gravedad, son las cloacas mediáticas.

¿A qué me refiero con cloacas mediáticas? A ciertas operaciones “informativas” cuidadosamente montadas y difundidas en algunos medios en clave de inmundicia; lejos de lo que, con claroscuros, hace el oficio periodístico. Y es que una cosa es actuar con arreglo a intereses, tomar posición política en la agenda mediática, incluso (des)informar lejos de principios éticos; y otra distinta es fabricar/falsear datos, fuentes, hechos, “evidencias” y hacerlos pasar como noticia.

El caso más escandaloso de cloaca mediática se reveló hace poco en España, donde un consorcio mafioso de comisarios, jueces, políticos y “periodistas” inventó y promovió activamente un bulo con el fin expreso de dañar a Podemos e interferir en las preferencias electorales. No sorprende tanto que los aparatos de seguridad inventen delitos (en este caso una inexistente cuenta ilegal de Pablo Iglesias), sino que haya medios que los difundan como “presunta verdad” (sic).

En cuanto al desempeño de las cloacas, hacen ruido la sencillez, el cinismo y la impunidad. Audios ahora revelados demuestran que el conocido presentador de televisión Antonio García Ferreras difundió una noticia falsa a sabiendas de que era impresentable. Sus palabras quedan para la historia de la infamia mediática: “yo voy con ello, pero es demasiado burdo”. Operó también un oscuro personaje de extrema derecha: Eduardo Inda, que se hace pasar por periodista. Hoy ninguno siquiera se sonroja.

Las cloacas mediáticas llegaron a Bolivia en 2019 de la mano de Inda y su Ok Diario. Inda mandó un operador de la peor calaña, Alejandro Entrambasaguas, cuya misión era hacer el trabajo sucio acordado con el exministro Murillo, su protector. El guion es el mismo: el tipo accedía a “informes de la Policía” y lanzaba la inmundicia. Lo deplorable fue verlo desfilar alegremente en varios medios promoviendo sus “presunciones”. Un mediocre fundador de la ANP hasta propuso darle un premio especial.

Más allá de los casos y sus efectos de patas cortas, las cloacas producen un daño irreparable en el campo mediático y, claro, lastiman la democracia. Es imprescindible ponerles un cordón sanitario a los Entrambasaguas y sus inaceptables mugres.

FadoCracia voluntaria

1. El razonamiento parece impecable, pero es por demás insolente: “el que no quiere ir, que no vaya; no es obligatorio ir a la verbena”. 2. Así respondió el Alcalde paceño ante la solicitud del sector salud de suspender actos masivos por el alto nivel de contagios COVID en la quinta ola. Festejo obliga. 3. Y claro: si no quieres ir (ergo: evitar el riesgo de contagio), quédate en tu casa. Calladito mejor. 4. Es la misma respuesta que suele provenir de la telebasura: “si no te gusta la programación, apaga el televisor, quema el control remoto”. Fácil, es una cuestión de libre albedrío. 5. O peor, como alegan algunos hombrecitos: si no quieres que te violen, no salgas sola de noche. Qué tal. 6. Y así en varias cuestiones (comida, por ejemplo: si supones que es veneno, no comas), con el argumento del “nadie te obliga”. 7. ¿No será mejor invertir la lógica? Si hay elevado riesgo de contagio, limitemos actos masivos. Si hay demasiada telebasura, mejoremos la programación. Etcétera. Es una cuestión de principios, reglas de convivencia y responsabilidad colectiva.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Andamios de la polarización

/ 10 de julio de 2022 / 00:58

Una de las pesadas herencias de la coyuntura crítica de 2019 es la persistente polarización en el país. No es que la polarización haya llegado hace tres años: siempre estuvo ahí, como expresión de tensiones irresueltas de la historia larga. Pero ahora pareciera tener otra esencia. Hemos ido discutiendo al respecto este tiempo: ¿hay polarización?, ¿entre quiénes?, ¿en qué cuestiones?, ¿quiénes la alientan?, ¿qué intereses beneficia? En fin: ¿se puede superar?, ¿cómo? `

Un avance en el debate fue caracterizar la polarización, ponerle apellido. Por eso hoy hablamos de polarización política y discursiva. En principio, no existen dos polos en disputa acerca del horizonte de país. La agenda vigente tiene como núcleo el proceso (pos)constituyente. Más allá de relatos y ruidos, no hay alternativa que plantee, por ejemplo, borrar la plurinacionalidad o el lugar central del Estado. La polarización se nutre de tensiones, pero no es programática.

Otro aspecto tiene que ver con la durabilidad. La polarización no es pasajera, ni transitoria, o solo de coyuntura: llegó para quedarse. Si esto es así, la pregunta no es qué hacer para “superar” la polarización, sino cómo darle orden. O mejor: ¿cómo gestionar la polarización por cauces democráticos, tanto institucionales como en la política en las calles? ¿Cómo evitar que la polarización se convierta en fractura? Para ello será fundamental, como premisa, salir de la querella pro versus anti.

¿Quiénes están polarizados? ¿La polarización habita solamente en los actores políticos, sus operadores mediáticos, las redes sociodigitales, los “activistas” y “autoconvocados”? ¿O está instalada, también, de forma extendida, en la sociedad? Quisiéramos creer que la polarización es cosa de políticos, medios y guerreros de uno y otro lado. Pero la forma horrible en la que se manifestó durante la crisis dejó huellas en la colectividad, con quiebres incluso en las familias.

Por último, si la polarización política y discursiva es duradera y está extendida, es evidente que algunos la sostienen para beneficio propio. Ahí están, en primera línea, los actores políticos. Y varios medios de comunicación, que se han polarizado y polarizan. Y otros operadores de la sociedad (in)civil que atizan el conflicto. La buena noticia es que la polarización tiene límites y es cada vez menos rentable. Hay señales de hastío y agotamiento. Quien no polariza, gana.

Dicho esto, mantengo la sensación de que, en la coyuntura crítica de 2019, a diferencia de otras como la de 2008, se quebró algo en nuestra convivencia democrática. Es una fisura que no llegó a romper el hueso social, pero provocó mucho daño. Y no será cicatriz, sino herida abierta.

 FadoCracia negacionista

1. Las recientes declaraciones de actores políticos sobre su participación en la crisis de 2019 me recordó, salvando abismos, una linda/radical canción de Sabina: Lo niego todo. 2. La negación de Sabina es existencial (“ni he quemado mis naves / ni sé pedir perdón”); la de los políticos, en cambio, (auto)exculpatoria. 3. Como en la caricatura del gran Al-azar: “¿Qué sabe sobre el ratón de 2019?”, preguntan al gato. “Yo no sé nada”, responde con la cola del ratón saliendo por su boca. 4. Ahí está, por ejemplo, por confesión propia, el agente de viajes de Evo (sic): “El avión mexicano estaba en Perú, no ingresaba, yo hablo con la gente de la Fuerza Aérea, les digo que den el permiso”. Qué tal. 5. Antes, el día de la autoproclamación, el señor pidió disculpas a los suyos por haber hecho “gestiones con la Fuerza Aérea para que el tirano salga de Bolivia”. 6. Ahora lo niega todo: falso, cuál permiso, ninguna gestión, me facilitaron el teléfono, solo hablé con un oficial de quien apenas conocí su voz. 7. Ante negacionistas amnésicos, nada mejor que escuchar a Joaquín: “Lo niego todo, incluso la verdad”.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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