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Saturday 1 Oct 2022 | Actualizado a 09:52 AM

Cómo derrotar a Putin

/ 21 de septiembre de 2022 / 01:22

Mientras que algunos soldados rusos en Ucrania están votando con sus pies en contra de la vergonzosa guerra de Putin, su retirada veloz no significa que Putin vaya a rendirse. De hecho, la semana pasada abrió un nuevo frente: contra la energía. El Presidente de Rusia cree que ha encontrado una guerra fría que podría ganar y va a intentar congelar a Europa este invierno, literalmente, al cortar los suministros del gas y el petróleo rusos para presionar a la Unión Europea hasta que abandone a Ucrania.

Ojalá pudiera decir con certeza que Putin fracasará y que los estadounidenses lo vencerán en producción. Y ojalá pudiera escribir que Putin se arrepentirá de sus tácticas, porque a la larga transformarán a Rusia de ser un zar de la energía para Europa a una colonia energética de China, donde ahora Putin está vendiendo mucho de su petróleo a un precio descontado para compensar su pérdida de los mercados occidentales.

Sí, ojalá pudiera escribir todas esas cosas. Pero no puedo, a menos que Estados Unidos y sus aliados de Occidente dejen de vivir en un mundo de fantasía verde en el cual podemos pasar de los combustibles fósiles contaminantes a una energía renovable limpia con solo encender un interruptor.

Antes de que comenzara la guerra en Ucrania, Rusia suministraba casi el 40% del gas natural y la mitad del carbón que Europa utilizaba para calefacción y electricidad. La semana pasada, Rusia anunció que suspendería la mayoría de los suministros de gas a Europa hasta que se le levanten las sanciones occidentales. Putin también ha prometido cortar todos los cargamentos de petróleo a Europa si los aliados occidentales llevan a cabo su plan de limitar lo que pagan por el petróleo ruso.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, acaba de dar un gran impulso a la producción de energía limpia del país con su proyecto de ley sobre el clima, que también fomenta la producción de gas y petróleo más limpios mediante incentivos inteligentes para frenar las fugas de metano de los productores de petróleo y gas, y motivando a éstos a invertir más en tecnologías de captura de carbono.

Pero el factor más importante para ampliar rápidamente nuestra explotación de petróleo, gas, energía solar, eólica, geotérmica, hidroeléctrica o nuclear es dar a las empresas que las buscan (y a los bancos que las financian) la certeza normativa de que, si invierten miles de millones, el Gobierno los ayudará a construir con rapidez las líneas de transmisión y los oleoductos para llevar su energía al mercado.

A los ecologistas les encantan los paneles solares, pero odian las líneas de transmisión. Quiero ver cómo logran salvar el planeta con ese enfoque.

No sé quién es más irresponsable: los progresistas moralistas que quieren una inmaculada revolución verde de la noche a la mañana, con paneles solares y parques eólicos, pero sin nuevas líneas de transmisión ni oleoductos, o los cínicos y falsos republicanos que prefieren que gane Putin y que pierdan nuestras empresas energéticas antes que hacer lo correcto para Estados Unidos y Ucrania dándole la razón a Biden.

No puedo enfatizar esto lo suficiente: la política energética de Estados Unidos debe ser el arsenal de la democracia para derrotar el petroputinismo en Europa, proporcionando el petróleo y el gas que tanto necesitan nuestros aliados a precios razonables para que Putin no pueda chantajearlos. Éste tiene que ser el motor del crecimiento económico que proporcione la energía más limpia y asequible de combustibles fósiles en nuestra transición a una economía con bajas emisiones de carbono. Y tiene que ser la vanguardia de la ampliación de las energías renovables para que el mundo llegue a ese futuro bajo en carbono tan rápido como podamos.

Cualquier política que no maximice esas tres cosas nos dejará menos sanos, menos prósperos y menos seguros.

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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Putin solo tiene dos opciones

/ 14 de marzo de 2022 / 02:27

Si esperabas que la inestabilidad que la guerra de Vladimir Putin contra Ucrania ha provocado en los mercados globales y en la geopolítica haya llegado a su punto culminante, esperas en vano. Todavía no hemos visto nada. Espera a que Putin comprenda bien que las únicas opciones que le quedan en Ucrania son cómo perder: rápido y poco y apenas humillado o tarde y mucho y bastante humillado.

Ni siquiera puedo imaginarme qué tipo de consecuencias financieras y políticas irradiará Rusia —un país que es el tercer mayor productor de petróleo del mundo y tiene unas 6.000 cabezas nucleares— cuando pierda una guerra de elección que fue encabezada por un hombre que no puede permitirse admitir la derrota.

¿Por qué no? Porque seguramente Putin sabe que “la tradición nacional rusa no perdona los reveses militares”, como señaló Leon Aron, experto en Rusia del American Enterprise Institute, quien está escribiendo un libro sobre el camino de Putin hacia Ucrania.

“Prácticamente todas las derrotas importantes han dado lugar a un cambio radical”, añadió Aron, quien escribe en The Washington Post. “La guerra de Crimea (1853-1856) precipitó desde arriba la revolución liberal del zar Alejandro II. La guerra ruso-japonesa (1904-1905) provocó la primera Revolución rusa. La catástrofe de la Primera Guerra Mundial provocó la abdicación del zar Nicolás II y la Revolución bolchevique. Y la guerra de Afganistán se convirtió en un factor decisivo para las reformas del líder soviético Mijaíl Gorbachov”. Asimismo, la retirada de Cuba contribuyó de manera significativa a la destitución de Nikita Jrushchov dos años después.

En las próximas semanas será cada vez más evidente que nuestro mayor problema con Putin en Ucrania es que se negará a perder pronto y poco, y el único otro resultado es que perderá a lo grande y tarde. Pero como esta es su guerra únicamente y no puede admitir la derrota, podría seguir redoblando la apuesta en Ucrania hasta… hasta que contemple el uso de un arma nuclear.

¿Por qué digo que la derrota en Ucrania es la única opción de Putin y que solo nos falta ver el momento y el tamaño? Porque la invasión fácil y de bajo costo que imaginó y la fiesta de bienvenida de los ucranianos que imaginó eran fantasías totales, y todo se deriva de ello.

Cuando un líder se equivoca en tantas cosas, su mejor opción es perder pronto y poco. En el caso de Putin, eso significaría retirar inmediatamente sus fuerzas de Ucrania; decir una mentira para disimular su “operación militar especial”, como afirmar que protegió con éxito a los rusos que viven en Ucrania y prometer que ayudará a los hermanos rusos a reconstruirse. Pero no hay duda de que la ineludible humillación sería intolerable para este hombre obsesionado con restaurar la dignidad y la unidad de lo que considera la patria rusa.

Por cierto, tal y como se están desarrollando las cosas en Ucrania en este momento, no se puede descartar la posibilidad de que Putin pierda pronto y en grande. Yo no apostaría a ello, pero cada día que pasa mueren más y más soldados rusos en Ucrania, quién sabe qué pasa con el espíritu de lucha de los reclutas del ejército ruso a los que se les pide que luchen en una guerra urbana mortal contra compañeros eslavos por una causa que de hecho nunca se les explicó.

Dada la resistencia de los ucranianos en todas partes a la ocupación rusa, para que Putin tenga una “victoria” militar sobre el terreno su ejército tendrá que someter a todas las ciudades importantes de Ucrania. Eso incluye la capital, Kiev, después de semanas de guerra urbana y de enormes bajas civiles. En resumen, solo podrá hacerlo si Putin y sus generales perpetran crímenes de guerra no vistos en Europa desde Hitler. Esto convertirá a la Rusia de Putin en un paria internacional permanente.

Además, ¿cómo podría mantener Putin el control de otro país —Ucrania— que tiene más o menos un tercio de la población de Rusia y con muchos residentes hostiles a Moscú? Tal vez necesitaría mantener cada uno de los más de 150.000 soldados que tiene desplegados allí, si no es que más, para siempre.

Sencillamente no veo ningún camino para que Putin gane en Ucrania de manera sostenible porque sencillamente no es el país que él pensaba que era, un país que solo espera una rápida decapitación de sus dirigentes “nazis” para poder regresar con suavidad al seno de la Madre Rusia.

Así que, o bien se da por vencido ahora y muerde el polvo —y, con suerte, se libra de las sanciones suficientes para reactivar la economía rusa y mantenerse en el poder— o se enfrenta a una guerra eterna contra Ucrania y gran parte del mundo, que minará poco a poco la fuerza de Rusia y colapsará su infraestructura.

Como parece empeñado en esto último, estoy aterrado. Porque solo hay una cosa peor que una Rusia fuerte bajo el mando de Putin, y es una Rusia débil, humillada y desordenada que podría fracturarse o estar en una prolongada convulsión de liderazgo interno, con diferentes facciones luchando por el poder y con todas esas cabezas nucleares, ciberdelincuentes y pozos de petróleo y gas por ahí.

La Rusia de Putin no es demasiado grande para fracasar. Sin embargo, sí es demasiado grande para fracasar de una manera que no sacuda a todo el resto del mundo.

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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¿Quieres salvar la Tierra?

/ 18 de noviembre de 2021 / 02:50

Si soy honesto, solo hay un lema que le daría al movimiento para frenar el cambio climático tras la cumbre de Glasgow, Escocia: “Todo el mundo quiere ir al cielo, pero nadie quiere morir”.

Esto no es serio, no cuando se habla de revertir todas las maneras en que hemos desestabilizado los sistemas de la Tierra. La respuesta al COVID-19 sí fue seria, cuando de verdad parecía que la economía mundial se estaba acabando. Nos defendimos con las únicas herramientas que tenemos tan grandes y poderosas como la Madre Naturaleza: el Padre Ganancias y la Nueva Tecnología.

Combinamos las empresas biotecnológicas innovadoras con la enorme potencia informática actual y una gigantesca señal de demanda al mercado, ¿y qué obtuvimos? En poco más de un año después de haber quedado en confinamiento a causa del virus, tenía una vacuna eficaz de ARNm contra el COVID-19 en mi cuerpo, ¡seguida de un refuerzo!

No vamos a descarbonizar la economía mundial con un plan de acción del mínimo común denominador de 195 países. No es posible. Solo lo conseguiremos cuando el Padre Ganancias y los emprendedores que asumen riesgos produzcan tecnologías transformadoras que permitan a la gente corriente tener un impacto extraordinario en nuestro clima sin sacrificar mucho, al ser solo buenos consumidores de estas nuevas tecnologías.

En resumen: necesitamos unas cuantas personas más como Greta Thunberg y a muchos otros como Elon Musk. Es decir, más innovadores arriesgados que conviertan la ciencia básica en herramientas aún no imaginadas para proteger el planeta con el fin de heredarlo a una generación que aún no ha nacido.

La buena noticia es que está ocurriendo. Dos ejemplos: El primero es Planet.com, tiene en órbita casi 200 satélites de imagen de la Tierra con el fin de que los cambios que se producen sobre el terreno sean “visibles, accesibles y prácticos”.

Con estas nuevas herramientas podemos empezar a remodelar el capitalismo. Durante años, las normas e incentivos del capitalismo permitieron a las empresas petroleras y del carbón extraer combustibles fósiles sin pagar el verdadero costo de los daños que causaban. Eso era fácil de hacer porque la naturaleza era difícil de valorar; la destrucción era a menudo difícil de ver en tiempo real; y los consumidores no tenían herramientas para reaccionar. Tenían que esperar a los tribunales.

Los satélites “nos permiten ahora incluir el capital natural en el balance de todas las empresas y países”, de modo que no solo se tendrán en cuenta los beneficios y las pérdidas de las empresas, “sino también todos sus impactos” en el medioambiente, me dijo Will Marshall, uno de los tres cofundadores de Planet y su director general.

Esos datos pueden utilizarse —en teoría— para desencadenar boicots de los consumidores, difundidos a través de las redes sociales, contra el gobierno o la empresa alimentaria o minera que está haciendo el daño, o pueden estimular la ayuda o la inversión extranjera en el país o la comunidad que protege sus recursos naturales.

La otra empresa es Helion Energy, que está trabajando en “la primera central eléctrica de fusión del mundo”. La energía de fusión ha sido durante mucho tiempo el santo grial de la generación de energía limpia. En junio, como lo informó el sitio web New Atlas, Helion publicó los resultados que confirmaban que su último sistema había conseguido calentar un plasma de fusión a una temperatura superior a los 100 millones de grados Celsius.

La generación actual del sistema de Helion, según informó Techcrunch.com, “no podría sustituir el Tesla Powerwall ni los paneles solares ya que el tamaño del generador es similar al de un contenedor de transporte. Pero con 50 megavatios, los generadores podrían dar energía a cerca de 40.000 hogares”. Como señaló New Atlas, “Helion prevé que generará electricidad a precios mínimos de alrededor de $us 10 por megavatio hora, menos de un tercio del precio de la energía de carbón o de las instalaciones solares fotovoltaicas actuales”.

¿Es Helion el santo grial? No lo sé. Solo sé esto: Nos hemos metido en este agujero gracias a lo peor del capitalismo: dejar que las empresas privaticen sus ganancias al saquear el medioambiente y calentar el clima, mientras socializan las pérdidas entre todos nosotros.

Podemos salir adelante, en parte, acelerando lo mejor del capitalismo estadounidense. Tenemos que revitalizar nuestro ecosistema de innovación para que el gobierno financie la investigación básica que supere los límites de la física, la química y la biología y, a continuación, combine esa innovación con políticas de inmigración que reúnan a los mejores talentos de la ingeniería del mundo y, después, dé rienda suelta a ese talento —impulsado por los que asumen riesgos— para inventar nuevas tecnologías limpias que frenen el calentamiento global a la velocidad y a la escala que necesitamos.

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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EEUU y la política de Medio Oriente

/ 16 de septiembre de 2021 / 01:16

Algún día, dentro de mil años, cuando los arqueólogos desentierren esta era, de seguro se preguntarán cómo fue que una gran potencia llamada Estados Unidos se propuso lograr que Medio Oriente se pareciera más a ella —adoptar el pluralismo y el Estado de derecho— pero terminó pareciéndose más a Medio Oriente, es decir, imitando sus peores costumbres e introduciendo un nivel nuevo de anarquía en su política interna.

Es posible que los habitantes de Medio Oriente denominen “chiitas” y “sunitas” a sus tribus y que los estadounidenses les llamen “demócratas” y “republicanos”, pero parece que ambos operan cada vez más con una mentalidad conformista de nosotros contra ellos, aunque con distintos niveles de intensidad. El tribalismo republicano extremo se aceleró muchísimo cuando en la tribu del Partido Republicano empezó a predominar una base de cristianos, blancos en su mayoría, que temían que su arraigada supremacía en la estructura del poder de Estados Unidos se estuviera erosionando con el rápido cambio de las normas sociales, el aumento de la inmigración y la globalización, lo cual provocó que ya no se sintieran “en casa” en su propio país.

Para manifestarlo, se interesaron en Donald Trump quien, con mucho entusiasmo, les dio voz a sus más oscuros temores y a su fuerza tribal que intensificaron la búsqueda de un gobierno de la minoría por parte de la derecha. Y debido a que esta facción de Trump llegó a predominar en la base, incluso los republicanos que solían tener principios también se unieron sin mucha resistencia a su mayoría y adoptaron la filosofía central que rige la política tribal en Afganistán y el mundo árabe: el “otro” es el enemigo, no un conciudadano, y las únicas dos opciones son “mandar o morir”.

Les advierto que los arqueólogos también observarán que los demócratas mostraron su propio tipo de obsesión tribal, como el estridente pensamiento compartido de los progresistas de las universidades estadounidenses del siglo XXI. En concreto, hubo pruebas de que se “neutralizó” a los profesores, los administradores y los estudiantes, ya sea haciéndolos callar o expulsándolos del campus por expresar, incluso de manera moderada, opiniones disidentes o conservadoras sobre la política, la raza, el género o la identidad sexual. Una epidemia de corrección política tribal procedente de la izquierda solo sirvió para estimular la solidaridad tribal en la derecha.

Pero ¿qué fue lo que provocó el giro del pluralismo tradicional al feroz tribalismo en Estados Unidos y en muchas otras democracias? Mi respuesta breve es que, hoy en día, se ha vuelto mucho más difícil mantener la democracia debido a las redes sociales que de manera constante están polarizando a las personas, a la globalización, al cambio climático, a la guerra contra el terrorismo, a las brechas salariales cada vez más grandes y a las innovaciones tecnológicas que con rapidez sustituyen los empleos que las alteran de manera constante. Y, además, la pandemia.

Lo que más me asusta es lo mucho que ahora este virus del tribalismo está contagiando a algunas de las democracias multisectoriales más vigorosas del mundo, como India e Israel, así como Brasil, Hungría y Polonia.

El hecho de que las democracias de todo el mundo estén siendo contagiadas por este virus del tribalismo no podría estar sucediendo en un peor momento, un momento en que todas las comunidades, empresas y países van a tener que adaptarse a la aceleración del cambio tecnológico, de la globalización y del cambio climático. Y eso solo puede hacerse de manera eficaz dentro de los países y entre ellos mediante niveles más altos de cooperación entre las empresas, la mano de obra, los educadores, los emprendedores sociales y los gobiernos, nada de “mandar o morir” ni de “tiene que ser como yo digo”.

Tenemos que hallar pronto el antídoto para este tribalismo, de lo contrario, el futuro es muy desalentador para las democracias de todo el mundo

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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En las elecciones hubo un perdedor: Estados Unidos

/ 6 de noviembre de 2020 / 03:42

Todavía no sabemos quién es el ganador de las elecciones presidenciales. Pero ya sabemos quién es el perdedor: Estados Unidos.

Acabamos de vivir cuatro años de la presidencia más divisiva y deshonesta en la historia de Estados Unidos, una que atacó los dos pilares de nuestra democracia: la verdad y la confianza. Donald Trump no ha pasado un solo día de su mandato tratando de ser el presidente de todo el pueblo y ha roto las reglas y destrozado las normas de una manera que ningún mandatario se ha atrevido; como anoche, cuando advirtió falsamente de un fraude electoral y convocó a la Corte Suprema a intervenir y detener la votación, como si tal cosa fuera remotamente posible.

“De hecho, nosotros ganamos esta elección”, declaró Trump al tiempo en que millones de boletas todavía faltaban de contar en Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Georgia, Arizona y Nevada.

“Iremos a la Corte Suprema de Estados Unidos”, agregó Trump, sin explicar cómo ni con qué bases. “Queremos que detengan los votos”.

¿Queremos que detengan los votos? No se puede hacer esto.

Pero si Joe Biden gana —y es posible que no lo sepamos por varios días— puede ser solo por una pequeña fracción de votos en algunos estados clave. Aunque probablemente gane el voto popular, no habrá una victoria aplastante, ninguna mayoría abrumadora que le diga a Trump y a quienes lo rodean que ya es suficiente: vete y no vuelvas a traer ese tipo de política divisoria al país nunca más.

“Como sea que quede la votación final, ya quedó claro que la cantidad de estadounidenses que dicen ‘ya es suficiente’ no fue suficiente”, dijo Dov Seidman, experto en liderazgo y autor del libro How: Why How We Do Anything Means Everything.

“No hubo una ola política azul”, agregó, refiriéndose al color asignado al Partido Demócrata. “Pero, lo que es más importante, no hubo una ola moral. No hubo un rechazo generalizado del tipo de liderazgo que nos divide, especialmente durante una pandemia”.

Somos un país con diversas fracturas compuestas, por lo que ya no podemos optar por hacer algo ambicioso —como poner a un hombre en la Luna—, porque las misiones ambiciosas deben hacerse juntos. Ni siquiera podemos unirnos en usar mascarillas durante una pandemia, pese a que los expertos de salud nos han dicho que hacerlo salvaría vidas. Sería tan simple, fácil y patriótico decir: “Yo te protejo y tú me proteges”. Y, sin embargo, no podemos hacerlo.

Esta elección, en todo caso, resaltó nuestras fracturas. El presidente se presentó como el líder de la cada vez menor mayoría blanca de Estados Unidos. A pesar de su comportamiento nocivo en el cargo, es imposible explicar el respaldo continuo que ha mantenido sin señalar dos cifras:

La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que, para mediados de este año, las personas no blancas conformarán la mayoría de los 74 millones de niños del país. Al mismo tiempo, se proyecta que en algún momento de la década de 2040, las personas blancas serán el 49% de la población estadounidense, mientras que las personas latinas, negras, asiáticas y las poblaciones multirraciales constituirán el 51%.

Sin duda hay malestar, e incluso resistencia, entre muchas personas blancas, en particular hombres de clase trabajadora sin título universitario, al hecho de que nuestra nación se mantiene en un proceso estable de convertirse en un país “con minoría blanca”. Ellos ven a Trump como un baluarte contra las implicaciones sociales, culturales y económicas de esa realidad.

Lo que muchos demócratas ven como una tendencia positiva —un país que se concientiza sobre el racismo estructural y que aprende a aceptar y celebrar la creciente diversidad—, muchas personas blancas lo perciben como una amenaza cultural esencial.

Y eso está impulsando otra tendencia letal que esta contienda reforzó.

“Muchos senadores y representantes republicanos —como Lindsey Graham por Carolina del Sur y John Cornyn por Texas— ganaron sus elecciones al abrazar a Trump”, dijo Gautam Mukunda, autor de Indispensable: When Leaders Really Matter. “Eso significa que el trumpismo es el futuro del Partido Republicano (GOP). Lo que es peculiar del trumpismo es que ni siquiera intenta obtener el apoyo de la mayoría de los estadounidenses. Por lo tanto, el GOP continuará con la estrategia de usar todas las formas legales, aunque profundamente dañinas para la democracia, de controlar el poder a pesar de que la mayoría de los estadounidenses voten en contra. Un ejemplo es la forma en que acaban de introducir a dos jueces en la Corte Suprema”.

Esto quiere decir que las tensiones que existen sobre el sistema de gobierno estadounidense van a seguir aumentando, agregó Mukunda, porque, en nuestro anticuado sistema electoral, los republicanos pueden en teoría controlar tanto la Casa Blanca y el Senado a pesar de los deseos de una gran mayoría del pueblo estadounidense. “Ningún sistema puede sobrevivir a ese tipo de presión”, dijo. “Se quebrará en algún momento”.

Incluso si gana Biden, no hay señales que sugieran que los republicanos quieran repensar esta estrategia política que perfeccionaron con Trump.

Pero los demócratas también tienen mucho que repensar, advierte Michael Sandel, profesor de Harvard y autor de The Tyranny of Merit: What’s Become of the Common Good.

“Aunque Joe Biden destacó sus simpatías y raíces en la clase trabajadora”, me dijo Sandel, “el Partido Demócrata sigue estando más identificado con las élites profesionales y los votantes con educación universitaria que con los votantes trabajadores que alguna vez formaron su base”. Incluso un episodio tan trascendental como una pandemia, en el que Trump fracasó, no cambió esta situación. Los demócratas deben preguntarse: ¿Por qué tantos trabajadores apoyan a un plutócrata populista cuyas políticas casi no los ayudan? Los demócratas deben poner atención a la sensación de humillación que sienten las personas de la clase trabajadora que consideran que la economía los ha perjudicado y que las élites con títulos los menosprecian”.

Una vez más, aunque Biden logró pequeños avances con los votantes de la clase trabajadora, no parece haber un cambio sustancial. Tal vez porque muchos votantes de clase trabajadora de Trump no solo se sienten menospreciados, sino que también resienten lo que ven como censura cultural de las élites liberales que se gradúan de las universidades.

“Trump es, para bien o para mal, el principal símbolo de resistencia a la marea cultural abrumadora que se ha extendido por los medios, la academia, las empresas estadounidenses, Hollywood, el deporte profesional, las grandes organizaciones y casi todo lo que hay en el medio”, escribió Rich Lowry, editor de la revista National Review, en un ensayo publicado el 26 de octubre.

“Dicho de manera directa”, continua Lowry, “para mucha gente, él es la única señal que tienen a la mano para quejarse de las personas que, asumen, tienen el dominio en la cultura estadounidense. Puede que no sea una muy buena razón para votar por un presidente, y no justifica la pésima conducta y mala gestión de Trump”.

Esta elección revela que esa postura sigue vigente entre los votantes de Trump.

Confieso que las conversaciones más difíciles que tuve anoche fueron con mis hijas. Tengo muchas ganas de decirles que todo va a estar bien, que hemos pasado por malos momentos como país antes. Y espero que esta vez sea así: que quien gane estas elecciones llegue a la conclusión correcta, que no podemos seguir destrozándonos unos a otros de esta manera.

Pero, con toda honestidad, no podía decirles eso con seguridad. Estoy seguro de que, como dice la expresión, “los mejores ángeles de nuestra naturaleza” todavía existen, pero nuestra política y nuestro sistema político ahora mismo no los están inspirando a salir en la cantidad y velocidad que necesitamos con urgencia.

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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Cuando mi presidente cantó ‘Amazing Grace’

Donald Trump ha degradado tanto la decencia que hemos olvidado qué es normal en un presidente estadounidense.

/ 2 de noviembre de 2020 / 00:59

Esta es mi última columna regular antes del día de las elecciones, así que ¿qué queda por decir? En vez de darte una respuesta, permíteme dejarte una inquietud: según yo, la gran pregunta es qué harías si tu hijo llega a casa de la escuela y te dice:

“Mamá, papá, mi maestro me dijo que el presidente Obama ordenó el asesinato del equipo de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos que, en teoría, asesinó a Osama Bin Laden. Mi maestro dijo que Bin Laden en realidad sigue vivo, que el tipo que mataron los SEAL de la Armada era un ‘doble de cuerpo’. También dijo que los asesores de Obama lograron que Irán enviara a Bin Laden a Pakistán para que Obama pudiera tener un ‘trofeo de caza’. ¿Qué es un trofeo de caza? Mi maestro dijo que se había enterado de todo eso en algún lugar de internet, y que pensó en compartirlo con nuestra clase. Mamá, papá, ¿es verdad?”.

Yo sé cómo respondería. Llamaría de inmediato al director de la escuela para preguntarle cómo alguien que propaga ese tipo de conspiraciones viles y fraudulentas puede enseñar en un salón de clases de Estados Unidos.

Y esa es en realidad la pregunta que los votantes de Donald Trump no pueden ignorar: ¿por qué no tardarías en despedir al maestro de tu hijo por decir una tontería tan repugnante, pero estarías dispuesto a recontratar al maestro en jefe de la nación —nuestro presidente, el hombre con el pizarrón más leído del mundo— después de que esparció exactamente esas disparatadas teorías conspirativas a unos 87 millones de personas en Twitter el otro día? ¿Hay algo más retorcido?

El 13 de octubre, “Trump retuiteó una publicación de una cuenta vinculada con QAnon, un colectivo de teorías de la conspiración, la cual ha sido suspendida desde entonces”, informó CNN. “El tuit alegaba que ‘Biden y Obama tal vez mandaron a matar al equipo 6 de los SEAL’, que Osama Bin Laden seguía vivo y que el hombre que asesinaron en la redada —ordenada por Obama y ejecutada por el equipo 6 de los SEAL— en realidad era un doble de cuerpo. Más tarde esa noche, Trump retuiteó una publicación en la que se acusaba a altos funcionarios del gobierno de Obama de estar coludidos para trasladar a Bin Laden de Irán a Pakistán con el fin de que fuera el ‘trofeo de caza de Obama’”.

El reportaje de CNN continuó: “Uno de los miembros de los SEAL de la Armada que participó en la redada y sigue con vida increpó el retuit inicial de Trump. ‘Muchos valientes no volvieron a ver a sus hijos por matar a Osama Bin Laden’, tuiteó Robert J. O’Neill después del retuit de Trump. ‘El presidente Obama nos dio la orden. No había ningún doble de cuerpo’”.

Cuando Savannah Guthrie de NBC News le preguntó a Trump por qué había difundido una mentira de ese tipo, el mandatario se encogió de hombros: “Fue un retuit; nada más lo publiqué. La gente puede decidir por sí misma”. En otras palabras, con la mejor red de inteligencia del mundo a su disposición, Trump no considera que parte de su trabajo como presidente sea desacreditar teorías conspirativas maliciosas, sino que, en cambio, difunde esta bilis, sin siquiera consultar con la CIA o el FBI si es verdad. Según él, las personas deben descubrirlo por sí mismas… como si las fuentes del pueblo fueran similares a las suyas.

Entiendo que muchos estadounidenses respalden a Trump por sus políticas en torno a la inmigración, los impuestos, la corrección política o la selección de jueces, o porque sienten que les da voz a sus reclamos en contra de las élites que pueden menospreciarlos. Nada de eso resuena conmigo, pero son posturas legítimas que comparte un 40% del país. Pero, nuestro mandatario no solo es un robot de la política. También es un modelo a seguir, le guste o no le guste a él. Trump ha degradado tanto la decencia que hemos olvidado qué es normal, ya no digamos óptimo, en un presidente estadounidense.

Mientras reflexionaba sobre todo esto el fin de semana pasado, mi amiga Elena Park, una productora ejecutiva de Stanford Live, me envió un video de YouTube: una interpretación increíble que realizaron la cantante Meklit y Kronos Quartet de The President Sang ‘Amazing Grace’ (El presidente cantó Amazing Grace).

La canción escrita por Zoe Mulford habla sobre el asesinato de nueve personas que cometió, en 2015, un supremacista blanco en la iglesia Emanuel AME de Charleston, Carolina del Sur. Mulford la lanzó en 2017: una canción sobre cómo otro presidente, Barack Obama, fue a esa iglesia para el funeral y durante su elegía para la reverenda Clementa Pinckney cantó Amazing Grace, uno de los momentos más conmovedores y curativos de su presidencia.

Así que, en pocas palabras, ahí tienen sus opciones, amigos. Pueden votar por un presidente que retuitea teorías conspirativas enfermizas, en las que asegura que su predecesor asesinó a soldados SEAL de la Armada de Estados Unidos. O pueden votar por Joe Biden, un hombre que, como Obama, todos los días se esforzará por sanar las heridas, y estoy seguro de que lo hará con dignidad y gracia.

*Thomas l. Friedman es periodistas y columnista de The New York Times

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