Voces

Saturday 1 Oct 2022 | Actualizado a 10:15 AM

Olivia de Patiño

/ 22 de septiembre de 2022 / 00:55

Uno, me gustó mucho, su escritura es muy fresca, digo esto porque al leerla no me sentía obligado o presionado, a pesar de que mi amigo autor me invitó a que se la comentara, así fue como llegué a su obra, ya antes lo había leído por sus columnas de periódico, y siempre me quedaba con la sensación de haber aprendido algo cuando lo leía; esos aportes son los que en mi caso cuentan y me divierten al leer algo. No esa suerte de práctica rutinaria que se está instalando en nuestro medio de leer cosas que nos alimentan el odio por el otro y que refuerzan nuestras propias convicciones.

Dos, una lección de redacción de novela que podría entrar en un par de tuits se encuentra en su texto que dice “al escribir una novela fabricamos ficciones temporales donde los hechos tienen una claridad y una textura que nunca habrían tenido en la memoria de una persona real. El argumento de la novela no es más que un pretexto para establecer un diálogo con el lector. Hasta que la novela no termina, toda contradicción puede ser resuelta por un dato posterior que revele el verdadero significado del pasado, irremediablemente incompleto”. Esto señores es lo que decía en el punto uno, salir aprendiendo algo, igual a disfrutar.

Tres, es una novela que aunque toca aspectos políticos y sociales muy nuestros, fácilmente puede salir de nuestra frontera nacional porque no se sumerge en la marea de moda en la que las tendencias se marcan por cuánto despliegue de conocimiento de que quien escribe tiene calle y se es menos élite; no es así, porque en esta novela las exageraciones eufemísticas afortunadamente son las que menos están presentes, dando paso a retazos que describen culturas políticas de larga data con justas ubicaciones de los actores de todo el espectro político.

Cuatro, no es fácil retratar la rutina, la cotidianidad que todos tenemos; a menudo es más sencillo pensar en explicar el problema coyuntural del momento, pero cuando se piensa en mostrar las acciones que llevamos realizando todos los días y que no necesariamente traen un atractivo inmediato si no se entiende antes la historia del pasado, entonces me imagino siempre que para eso se debe tener un verdadero talento innato, y Patiño por lo visto lo tiene.

Cinco, normalmente cuando me pongo a leer una novela, me imagino a mí mismo sentado al centro de una habitación con ventanas en las cuatro paredes, cada ventana me ofrece una vista distinta; ahí desde donde estoy posicionado, lo que me divierte profundamente es la posibilidad de apreciar los cuatro paisajes distintos de las cuatro paredes, esa vista que puede juntarse de a dos ventanas, de a tres, o de a cuatro es la que forma una historia distinta en cada caso; esas vistas son las que en el caso de Olivia de Patiño uno puede disfrutar, es un viaje bien gozado de 210 páginas; de veras, muchas gracias Jorge Patiño.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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El sentido común

/ 8 de septiembre de 2022 / 02:01

Vivimos tiempos, como dice Carlos Granés, de la política salvaje. De esa política que primero está contenida en su mayoría por lo subjetivo, es decir, las emociones; segundo, actores políticos y sociales que más les interesa ejecutar los más impactantes actos performativos para ser considerados tendencias coyunturales; y el máximo interés del público por conocer la parte más íntima de los actores, para llevarlo al escándalo mediático, y en la medida que eso refuerce por delante la creencia del bando político que se defiende mucho mejor.

Así, las coyunturas se van articulando en torno a la construcción de un tipo de sentido común que consumimos por dosis a diario, quienes se están encargando de construir ese sentido común son los medios de comunicación (tradicionales y nuevos), junto con periodistas que desde sus perfiles personales en redes buscan ser ellos mismos el medio de comunicación; haciendo a un lado los procedimientos que antes empleaban de buscar obtener declaraciones o pruebas de la parte y la contraparte que están involucradas en el acontecimiento sobre el que tuitean; luego escribir una nota al respecto, esperar que ese escrito pase por un filtro del jefe del medio y finalmente publicarla.

Todo lo contrario, hoy se publica algo en el perfil personal y desde ahí se pretende que se genere el titular y ya nos hemos ahorrado los lectores de leer una investigación al respecto y ellos de hacer la investigación como correspondería, porque además desde el teclado predictivo del que publican ya viene por definición la alimentación a un bando político de insumos con los que replicar al otro bando como si se tratara de una biblia.

Esa construcción de un tipo de sentido común está reforzada porque hoy en la política uno de los principales gatilladores para que la gente se movilice, en redes sociales y en la calle, es sin duda la identidad política. Esa identidad política se ha convertido en el último tiempo en el verdadero carnet de militante político partidario, ha reemplazado al militante ideológico.

Las identidades políticas se organizan en torno a un símbolo en particular y la búsqueda de representación de un otro al que vemos al frente, es decir, los que no están dentro de la identidad con la que coincido no es que sean mis adversarios, son mis auténticos enemigos y como tales deben ser destruidos. De este modo los posicionamientos públicos alrededor de los temas coyunturales primero que los revisto de una máscara de valores que se encuentran dentro de la corrección política, y segundo que la acusación al enemigo viene de inicio acompañada de un candado cerrado dentro de un baúl que contiene todos los rasgos negativos que se pueden imaginar. De tal suerte, la tarea consiste en alimentar ese baúl cerrado con ese marco comunicacional y no dejarlo entreabierto a la posibilidad de dialogar o negociar posiciones.

Quizá por tanto, la polarización que tanto hablamos que vivimos no sea de exclusiva responsabilidad de un partido político o de actores políticos específicos; sino que por ahí también es responsabilidad compartida por todos, pero con un pelín más de carga a los actores que se encargan de construir esos sentidos comunes a los que me referí antes; sabemos quiénes son, la pregunta es: ¿vamos a dejar que lo sigan siendo o vamos a comenzar a pedir que se ejerza responsablemente el valor democrático de la libertad de expresión?

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La paradoja democrática de Wolheim

/ 25 de agosto de 2022 / 01:04

Por si acaso, aunque el título de este texto suene a un rimbombante tema académico, les ruego seguir prestando atención, porque en lo que sigue mencionaré una serie de ejemplos que creo sirven mejor para explicar esto desde nuestro cotidiano vivir.

Uno, supongamos que yo creo que poner en la boleta del Censo la posibilidad de elegir por la categoría “mestizo” es lo correcto, entonces me embarco en una campaña pública y hago uso de mi teclado predictivo que uso cotidianamente en mis redes defendiendo esta idea y sumándome a quienes coinciden conmigo.

Pero resulta que vienen una serie de instituciones extranjeras que trabajan estos temas y me dicen que poner un criterio que se encuentra más cercano a lo racial ya no es lo que se recomienda en el mundo, o que incluso me comparten una serie de trabajos publicados en revistas importantes científicas diciéndome lo mismo. En adelante si no ponen la categoría “mestizo” reaccionaré creyendo que esa prohibición no es legítima y punto.

Dos, supongamos que creo en la posibilidad de la reelección constitucional, y que por tanto es algo que puede bien cambiarse mediante un referéndum, entonces me embarco en una campaña pública para defender esta posición y además pido que mis cercanos voten a favor de esta opción. Sin embargo, mi creencia pierde en la votación en la cual fue sometida esta opción, entonces entraré en un momento de contradicción porque pensaré por un lado que la reelección está justificada por las razones morales que defiendo, pero que no está justificada porque la mayoría en la regla democrática decidió lo contrario a lo que defiendo. Por eso lo que nos parece correcto no es necesariamente legítimo.

Entonces, la paradoja de Wolheim nos explica un dilema que podría parecer algo insustancial o quizá hasta frívolo; pero considerando los tiempos que vivimos se hace muy importante abordarlo, porque pone en entredicho el hecho de que de manera individual a menudo defendemos la idea de que aunque nuestra opción (creencia) no sea la correcta o haya perdido en una votación, igual hallamos una salida para defender la posibilidad de que aun así mi propuesta y la que me ganó pueden llegar a implementarse en algún momento.

Así pues, en este tiempo en el que estamos, una alternativa a esta paradoja es forjar una práctica de política cotidiana en la que genuinamente se entienda que nuestra voluntad no siempre puede ser la exitosa, debemos incluir sinceramente en nuestro chip esta posibilidad. Desafortunadamente por ahora veo muy gris esta realidad porque vivimos muy gobernados por nuestra voluntad individual, en gran parte porque lanzamos a un costado toda posibilidad de someter a un proceso de evaluación y proceso cualquier idea/juicio de valor, para decantarnos por la posibilidad de sentenciar de forma exprés cualquier otra voluntad contraria a nosotros.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Del escritorio a la calle, de un salto

/ 11 de agosto de 2022 / 00:54

Una anécdota para iniciar: corría el tiempo electoral de las subnacionales de 2020. Fui invitado a un programa en televisión para hacer análisis político frente a la candidata a la Alcaldía de El Alto Eva Copa, de quien se estaba hablando mucho más que ahora en ese tiempo; antes de iniciar el programa o quizá en el primer corte publicitario y luego de decirle que de ella no se sabía nada hasta antes de que asumiera la presidencia del Senado a fines de 2019, me quedé con la pregunta de cuál era su expectativa de gestión tomando en cuenta que en El Alto la realidad obligaba a pensar en que todo el tiempo se debía enfrentar con negociaciones políticas constantes.

En el momento que acabo de describir y fuera de cámaras me dijo, dedicándome antes una mirada de menosprecio, que ella pensaba en no ser una alcaldesa de escritorio sino de calle, y que haría valer más la meritocracia por encima del carnet dirigencial en sus nombramientos con la gente que trabajaría.

Cuento esta anécdota porque creo que a más de un año de gestión, no parece haberse metido mucho en la calle y por contra, parece que el escritorio con los asuntos de gestión la tienen aún ocupada. Esto también sirve para evaluar en el mismo sentido a nuestras máximas autoridades del Estado al escuchar sus discursos el 6 de agosto pasado.

Si algo servía para describir el perfil político del presidente Arce era sin duda su capacidad técnica y trabajo ejecutivo de gabinete que lo destacaba, además que no era alguien que aparecía en la primera línea cuando se presentaba un conflicto político. Sin embargo, desde hace unas semanas decidió tomar la iniciativa política y meterse de lleno en la búsqueda de mesas de negociación y consenso sobre el Censo; y para rematar, su discurso por el aniversario patrio fue uno que destacó por su fuerte carga política.

Es decir, a partir de ahora ya no se puede decir solamente que el Presidente no cuenta con un perfil político fuerte, al contrario, se metió de lleno a lanzar lo que se puede entender como la posición de su gobierno en líneas generales dentro del país, y también se dedicó a sostener con firmeza su posición sobre el conflicto de Rusia con Ucrania, temas de política exterior.

Por tanto, el presidente Arce acaba de dar el salto cualitativo del escritorio a la calle, esto ciertamente representa un desafío, no es casual que signifique tal cosa porque es en este tipo de momentos en los que se evalúa con quiénes seguir este camino, porque lógicamente que este tipo de transformaciones no es que vaya a mover el terreno de las oposiciones, si es que se llegan a dar cuenta a tiempo que lo dudo mucho; sino también, generará sin duda algún eco bien o mal intencionado en las filas oficialistas. Otro día hablamos de la cátedra de filosofía académica que dio en su discurso el vicepresidente Choquehuanca, desnudando a los que lo infantilizaban afirmando que éste no leía más que las arrugas de nuestras awichas.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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¿Nacionalizar?… dónde hay que pagar

/ 28 de julio de 2022 / 00:54

Empecemos por confirmar algo que no se estuvo comentando cuando en la opinión pública se habló de nuevo sobre la nacionalización unos días atrás: los costos. Porque no solamente se trata del costo económico, sino que una decisión de ese calado conlleva lo que creo es la triada de costos, que en el marco de la inmediatez y la división anti y a favor de hoy, no nos alcanza el teclado predictivo que tenemos para someternos a una discusión de fondo por los asuntos.

No necesariamente guiándonos por un orden jerárquico, el primer costo que se me viene a la mente es justamente el que se estuvo hablando, el costo económico. Este costo viene aparejado del principio básico de que toda medida nacionalizadora conlleva un costo económico porque no se trata de arrebatarle a alguien la administración de lo que lleva haciendo sin pagar absolutamente nada a cambio. Para muestra un recuerdo histórico: la nacionalización de la Gulf Oil por Marcelo Quiroga Santa Cruz en 1969, tuvo un costo de $us 79 millones que se pagaron en su totalidad unos años después.

El segundo costo que conlleva una decisión de este tipo es sin duda el político, porque no hay duda de que hemos estado ondeando en un péndulo de decisiones políticas que fueron del libre mercado hacia el estatismo, y podría decirse de alguna forma que en este sentido los gobernantes cuando eligieron una de las dos vías, se tomaron muy en serio ese papel. Asumieron en su momento, sea para privatizar o sea para nacionalizar, el costo político que eso traía; aquí es muy curioso cómo en la revisión historiográfica, cuando se decidía nacionalizar, la prensa y parte de la opinión pública alertaba de una debacle y de un movimiento arriesgado que iba a aislar más al país; sin embargo, con la distancia del tiempo, los libros de historia hablan de un héroe valiente y decidido que supo velar por la dignidad de la Patria, por si acaso me refiero al mismo caso anterior de Quiroga Santa Cruz.

El tercer costo es el social, porque a diferencia de una política de privatización que busca mejorar la eficiencia y eficacia empresarial, un objetivo central de la nacionalización es la redistribución de recursos para que lleguen allí donde se necesita llegar, por eso la crítica elitista a menudo se concentra en identificar el despilfarro de dinero que representa una política nacionalizadora. Sin embargo, no hay duda de que uno de los efectos concretos que evidenciamos como país es que a diferencia de los años 90 del siglo pasado, en el que estábamos ubicados como país junto a Brasil como los más desiguales medidos por el índice Gini, hoy no es así; el motivo de esto: el efecto social de la nacionalización.

De tal manera, como vemos hasta aquí, no existe un solo costo, probablemente existan otros más, pero si me permiten el símil economicista, en una relación de costo versus beneficio, prefiero mil veces los resultados sociales que genera una nacionalización a una privatización porque, entre otras cosas, quien escribe esta columna no estaría aquí porque además del “mérito” individual no hay duda de que las condiciones de fondo que a uno le rodean son las que permiten conseguir ese aspiracional que buscamos unos por necesidad y otros por comodidad.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Consenso

/ 14 de julio de 2022 / 01:00

La palabra consenso en política últimamente está siendo llevada de la mano con connotaciones negativas como: componenda, intercambio de favores, inconsecuencia con los valores políticos. Cuando en realidad la política es una lucha constante en la que cualquier negociación terminará atendiendo en última instancia la resolución de un problema puntual mediante el consenso o un acuerdo mínimo entre las partes.

Ese marco comunicacional sobre el consenso político no nos lleva a la construcción de absolutamente nada y cada vez está cerrando las puertas a que lo institucional, en todos los aspectos que nos toca vivir, funcione óptimamente.

Por otra parte, si hablamos de política, lógicamente que estamos hablando de relaciones de poder en las que los actores plantearán alguna respuesta, pero como es lógico también en el marco de sus intereses, por eso en la medida que alguna decisión tenga la posibilidad de ser compartida por más de un actor, esa responsabilidad será compartida y menos señalada de ser una medida autoritaria.

Precisamente esto es lo que veo que está ocurriendo con el Censo que debía realizarse este año. Desde que se empezó a hablar del tema con los planteamientos de actores políticos de oposición para la inclusión de la pregunta sobre el mestizaje, pasando por lo que la Iglesia Católica dijo de pedir que se pregunte también sobre el credo que se profesa; hasta la renuncia y no aceptación de la misma del director del INE; es que se fue generando un cierto consenso en oficialismo y oposiciones sobre la postergación del Censo 2022.

Basta con hacer un breve repaso a la hemeroteca para evidenciar que desde el Comité Cívico de Santa Cruz se decía en marzo que los plazos necesarios habrían vencido y que no alcanzaría el tiempo para realizarlo este año, a esto se sumó la conferencia de prensa de un senador de CC que en junio manifestó también la idea de que se postergue el Censo.

Así, llegamos a la pasada reunión del Consejo Nacional de Autonomías, que está integrado por autoridades nacionales, regionales y locales, en la que se decidió sugerir la postergación de la realización del Censo para 2024. No hay duda de que una decisión de este tipo tiene un costo político, haber realizado el anuncio a partir de esta reunión de autoridades en la que están oficialistas y opositores genera un clima distinto a los titulares de algunos medios que ya están acostumbrados a escribir con teclado predictivo de acuerdo a una línea que llevan sosteniendo en el tiempo.

Por otra parte, es también un movimiento estratégico provocador para buena parte de esas oposiciones políticas que ahora que la decisión fue postergar el Censo, entonces tendrán que demostrar alguna capacidad en la línea de salir con acciones propositivas y no reactivas que ya forman parte de su repertorio de comportamiento.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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