Voces

Sunday 2 Oct 2022 | Actualizado a 12:56 PM

Un demócrata de este tiempo

/ 23 de septiembre de 2022 / 01:11

La generación que sufrió los atropellos autoritarios del último periodo dictatorial en Bolivia y la que, posteriormente, protagonizó la recuperación de la democracia está constituida por personas que, al día de hoy, forman parte del bloque etario perteneciente a la tercera edad. Salvando las excepciones, se puede decir que ellos y ellas guardaron la expectativa de ver en vida el crecimiento y fortalecimiento de una democracia liberalrepresentativa como la conocieron y por la que generacionalmente apostaron. La aceleración de los cambios socioculturales en nuestras sociedades globalizadas, la digitalización de nuestras vidas y la enorme cantidad de fenómenos políticos globales y locales transcurridos en las últimas décadas han hecho que lo que se avizoraba como un periodo de consolidación, pronto se transforme en un periodo de incertidumbre democrática.

Por el otro lado, a las generaciones siguientes nos ha tocado afrontar el peso de la responsabilidad que conlleva no solo la consolidación y fortalecimiento del sistema democrático, sino su transformación y preservación en tiempos de sociedades hipercomplejas que practican una política dominada por las emociones, guiada por el desconocimiento y amenazada por la desinformación. En ese escenario, se ha tildado varias veces a estas generaciones de no estar a la altura de los desafíos. Siempre ha sido así y lastimosamente es aún muy común en la mayoría de los ámbitos que las generaciones con mayor edad miren en las que vienen una plétora de carencias que les inhabilitan para mantener o mejorar determinados legados históricos.

En ese marco, el complejo e irresuelto perfil de demócrata al que debieran apuntar las actuales y nuevas generaciones que buscan erigir una cultura política destinada a sostener/mejorar las democracias y sociedades de este tiempo, se vislumbra demasiado complejo de disipar. Pero resulta que algunas personas, luego, van resolviendo esa disyuntiva en su propio vivir. Buscando darle contenido a ese perfil pienso, por ejemplo, en la desafiante comprensión intercultural que se requiere como habilidad para entender nuestros países hacia adentro y nuestro mundo hacia afuera. En la creatividad que se necesita para encontrar soluciones a espinosos problemas que plantea la realidad de hoy. En la profunda alteridad que debe ser labrada meticulosamente para establecer puentes dialógicos en sociedades polarizadas como las actuales. Pienso también en el pensamiento complejo y el nivel de análisis que se requieren para llegar a las profundidades donde se encuentran los puntos que conectan o desconectan nuestra convivencia diaria. En la sensibilidad cultural que se cultiva mediante la lectura y la práctica de un arte y que, a posteriori, permiten establecer comunicaciones que superan los lenguajes políticos o coyunturales. Se me viene a la mente también el necesario respeto por las raíces que permite tener claro dónde se concreta el deseo de una sociedad mejor. Y pienso también en la enorme humildad que se requiere como para entender que en un grupo humano solo se puede ser en plural y no en singular.

Hay demócratas, con valores propios de su tiempo, que partieron dejándole al país su legado tras toda una larga vida de trabajo. Y —para pena nuestra— hay otros que, aunque parten pronto, no lo hacen sin antes dejar su legado en clave generacional, cumpliendo —incluso sin proponérselo— el perfil de un demócrata cabal de este tiempo. Por eso, por todo lo demás y, sobre todo, por tanto a su paso, Amaru Villanueva Rance queda inscrito ya en este tejidopaís que tanto quiso, navegó y vivió.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Las lecciones de Chile

/ 9 de septiembre de 2022 / 01:03

Se sabe que todo tipo de proceso sociopolítico es por demás complejo, que la realidad en sí misma lo es y, en este tiempo de simplificaciones, resulta tremendamente desafiante poder abarcar la totalidad de sucesos que dentro de algún proceso se desencadenan, casi de manera cotidiana. Será un poco por esa razón y también, por supuesto, por la lejanía territorial, que las interpretaciones respecto a las razones que motivaron el triunfo del rechazo al texto constitucional propuesto por la Convención Constitucional de Chile parecen insuficientes. La comprensión respecto a qué motivó y qué gatillan los resultados de este plebiscito de salida y su implicancia dentro de esa política nacional y la latinoamericana es valiosa en este tiempo.

Así, sobre el resultado, se puede decir que han sido varios los factores que explican la victoria de la opción del Rechazo, siendo la única novedad lo apabullante que fue. Entre esos varios factores se encuentran —y esto ya ha sido dicho en múltiples análisis— la instalación de la obligatoriedad del voto (al parecer el bolsón de votantes reacios al voto estaba conformado por gente que no aceptó el texto constitucional), la erosión en la legitimidad del gobierno que lidera Gabriel Boric, la espiral de desprestigio en que la Convención se enfrascó durante su desarrollo, la rimbombancia categorial respecto a algunos puntuales temas que no fueron debidamente interiorizados por la sociedad y que se constituyeron fácilmente en insumos para el cultivo del miedo, el carácter conservador e institucionalista de una buena parte del electorado chileno, la postura que tomó una parte de la centroizquierda al momento de plegarse a la campaña por el Rechazo, la estratégica campaña que estableció la derecha fundada sobre la idea de que el Rechazo no significaba prescindir de una nueva Constitución y, finalmente, una potente campaña de desinformación respecto al proceso y al texto constitucional que caló hondo, destruyendo la convivencia democrática que hallaba a su paso.

Sobre lo ya acontecido se puede decir que buena parte de lo ocurrido constituye una gran lección de cara a las dificultades que implica llevar adelante un proceso de tanta importancia de manera sana y equilibrada en lo que se han constituido hoy nuestras sociedades de la desinformación y nuestra política emotiva. Me arriesgo a decir que el proceso constituyente que atravesamos en Bolivia (hace apenas 15 años) y sus propias complejidades y complicaciones tuvieron lugar en una sociedad profundamente distinta, no solo por nuestra idiosincrasia y distinta cultura política, sino también y en buena parte porque estábamos exentos de las prácticas desinformativas que hoy fragmentan, simplifican y destruyen los sentidos de los contenidos y sucesos de la manera más cruenta posible.

Van, en todas las razones que explican el resultado electoral del pasado domingo en Chile, varias de las lecciones que debe considerar la izquierda latinoamericana y global que aún intenta hacerse posible en tiempos en que es reducida/simplificada al fantasma del comunismo y al miedo al autoritarismo. No por nada, lo que le tocará ahora al Gobierno chileno, en este camino que vuelve a empezar con todas las adversidades al frente, es —precisamente— no renunciar a su identidad de izquierda ni a su proyecto de país, al mismo tiempo que se ve obligado a conducir a una sociedad que batalla consigo mismo en el intento de transformarse y el miedo a hacerlo hacia el puerto de una nueva Constitución. Y no es poca cosa.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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El eterno retorno de la conflictividad

/ 12 de agosto de 2022 / 00:47

Sin duda, esta semana hemos sido testigos del retorno colectivo a la sensación de que la conflictividad nuestra de cada día está de regreso a nuestra convivencia social. Poco sanados colectivamente de la grave crisis política de 2019 o, peor aún, sin haber tenido la oportunidad de hacerlo, los recientes conflictos registrados en las ciudades de Santa Cruz y La Paz inevitablemente nos recuerdan el hecho de que las fisuras subcutáneas que tenemos como sociedad boliviana están aún latentes. Las heridas están ahí, eso es seguro, pero ello no es certeza suficiente de que se vayan a manifestar de la misma manera que lo hicieron cuando abrieron, allá en noviembre de 2019.

Sea con aprendizajes o sin ellos, lo que de alguna manera queda en el escenario latente del conflicto es movimiento. Movimiento respecto a la forma de asumir la conflictividad por parte de los actores de los escenarios polarizados que somos, finalmente, las y los bolivianos. Ante la certeza casi inequívoca de que el Censo está siendo utilizado, por ahora y por maniobra de las fuerzas polarizantes, como un dispositivo en torno al cual se busca reorganizar la irresuelta pulseta de fuerzas, las pulsiones de opinión en torno a la decisión gubernamental de postergarlo resultan importantes al momento de tratar de prever el cauce que podrían tomar los escenarios de conflictividad.

De acuerdo con los resultados del informe de encuestas de opinión sobre la coyuntura nacional realizado por la empresa Diagnosis y difundido en su primer reporte digital en días pasados, del total de una muestra a nivel nacional de población urbana y rural, un 56% de personas está muy en desacuerdo y en desacuerdo con la postergación del Censo y solamente un 28% se encuentra muy de acuerdo y de acuerdo con esta decisión. De hecho, el grueso de la población que no está de acuerdo con la medida se encuentra “incluso en la base social de apoyo al Gobierno: principalmente en el área rural”. Luego, en el otro lado, también destaca el dato que del 28% que sí está de acuerdo con la medida adoptada, un 44% (el mayor porcentaje) fueron votantes de Camacho en las elecciones generales de 2020.

Respecto a las medidas de protesta que se han producido a nombre de la postergación del Censo, sobre todo en la ciudad de Santa Cruz, los datos también son bastante elocuentes, al tiempo que señalan que un 45% de la población nacional encuestada se encuentra muy de acuerdo y de acuerdo con estas movilizaciones. En este tema un 14% se muestra indiferente al conflicto.

Cuidado. No podemos tan solo dejar en el recuerdo el hecho de que una vez recuperado un gobierno electo democráticamente, nos la hemos pasado reflexionando y debatiendo sobre cómo curar las secuelas de la crisis en nuestra sociedad y si bien no se puede hablar ni de lejos de un retorno a un escenario de conflictividad tal como el de 2019, ciertamente sí va a ser difícil dejar atrás la idea de que cada paso rumbo a la afrenta o la confrontación que esté mal dado, erróneamente medido o irresponsablemente administrado puede acercarnos un poco más a ello. Tocará a la ciudadanía —posiblemente a ese grueso que, por ahora, se mantiene indiferente a la conflictividad emergente— recordárselo constantemente a quienes, ya sea por acción o reacción, tienen aún en la mente la posibilidad de repetir en las calles los escenarios de polarización política vividos en 2019.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Espacios digitales de opinión

/ 29 de julio de 2022 / 02:55

Esta semana que concluye han ocurrido un par de hechos que han ocupado la agenda de opinión pública del país al menos en “redes” (o al menos en alguna parcialidad de ese complejo y disperso mundo) donde, en torno a ellos, el debate ha ido transitando entre lo que puede y no puede hacer una joven tiktokera y los manifiestos o silencios respecto a la agresión verbal machista de una autoridad contra una alcaldesa. En ambos casos, el hecho que debiera ser la noticia y, si acaso, generar reacciones está ejecutado por hombres: un hombre que filtra un audio privado y otro que insulta a una alcaldesa. Por lógica, lo que debiera ponerse en tela de juicio es la violencia que se ejerce sobre mujeres de forma injustificada y a quienes se debiera poner en la palestra pública es a las personas que ejecutan estos actos de los cuales hay mucho que discernir en una sociedad que violenta tanto a las mujeres, como es la boliviana. Y no debiera ser, más bien, el centro de la discusión pública qué puede hacer o no una joven del campo o qué debe decir o no una mujer del partido de uno de estos hombres.

Whataboutism (o, en español, whataboutismo) es un término que se utiliza en la actualidad para señalar la falacia más conocida como tu quoque y que tiene como objetivo evitar la discusión en torno a un razonamiento o un hecho para centrarse en deslegitimar al emisario del mismo acusándolo, principalmente, de hipocresía y que, como efecto, obliga a este emisario a tomar acción sostenida sobre un tema como condición para la obtención de validación moral para manifestarse sobre el mismo. Así, sostengo que las lógicas de funcionamiento que reiteradamente vemos en “las redes” (como se les dice coloquialmente a los espacios de opinión digitales) están empezando a condicionar nuestra forma de manifestarnos públicamente sobre algo. Y además, más grave aún, pudieran estar empezando a modificar nuestra manera de intercambiar criterios en democracia además de estar afectando ya la agenda sobre lo que opinamos y consideramos relevante como bolivianos. En suma, en buena parte de la conversación pública digital sobre temas comunes, lo que se discute gira en torno a las personas y no alrededor de los hechos, esto ya como un signo casi común. Y, en el caso de la violencia contra las mujeres, se discute sobre lo que hacen o dicen las mujeres y no sobre los hechos violentos y sus ejecutores.

¿Por qué? En primer lugar, seguramente porque la tecnoutopía de la gran conversación digital horizontal entre pares en una sociedad siempre fue demasiado buena para ser real y, en consecuencia, fue resuelta históricamente mediante los sistemas de representación que hoy están, más bien, en riesgo y en segundo lugar, cuando se trata de temas relativos al machismo, porque vivimos en una sociedad profundamente patriarcal en su estructura donde la vigilancia social no puede dejar de tener los ojos encima de las víctimas: es decir, las mujeres. Es importante que podamos mantener sobre la mesa del debate este tipo de dinámicas y lógicas que se despliegan en espacios digitales, a tiempo de recordar que son solo una extensión de la realidad y no la realidad en sí misma porque el futuro digitalizado, así como pinta, pareciera presuroso de seguir estirando los ligeros hilos de convivencia democrática que aún, en las calles, día a día, nos sostienen como sociedad integrada. Entre ellos, la forma en la que dialogamos sobre problemáticas sociales que presenciamos diariamente.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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Operaciones mediáticas que afectan la democracia

/ 15 de julio de 2022 / 01:41

Quizás uno de los más importantes aportes que ha sumado el campo de la comunicación política a la democracia es el debate en torno a la importancia de los medios de comunicación y el periodismo en el desempeño de este sistema político. Hace décadas, cuando las reflexiones en torno a los supuestos efectos de la comunicación en nuestras sociedades aún buscaban indicios de ello en estudios de la época, era aún más incipiente la idea de que los medios y el periodismo tenían también su cuota de afección en la salud de la democracia y esta postura crítica sonaba, más bien, a una suerte de “politización” del (hasta entonces inmaculado) oficio periodístico. Fue la irrupción y masificación de la internet (con todo lo que esto implicó para los procesos informativos) lo que terminó esclareciendo esta hipótesis mostrando en la realidad el actual desenfreno de estas (malas) prácticas informativas, hoy como moneda corriente. Así, las consecuencias de este aceleramiento suman hoy a la afección en el desempeño de las democracias, ya no como una hipótesis sino como una certeza. Luego, se suman los efectos inmediatistas no solo de nuestra actual forma de pensar y vivir sino, sobre todo, de generar, recibir y analizar la información. En consecuencia, todas estas nuevas formas de funcionamiento de quienes componemos nuestras sociedades han hecho posible que la calidad, pero, sobre todo, la veracidad de la información que se amplifica sean hoy definitorias ya no solo para la calidad de la democracia sino para su subsistencia a futuro como sistema político.

En la última semana e incluso hasta los días que concurren, en España se está develando una suerte de conspiración político- mediática que se hubiera desplegado en 2016 contra Pablo Iglesias y su partido Podemos. Las acusaciones salen a colación en referencia a una serie de audios, cuya veracidad está confirmada por un involucrado, en los que se da a entender que el medio de comunicación La Sexta, a través de su director que conduce uno de los programas políticos de referencia, difundió y amplificó una información falsa dudando él mismo de la veracidad de la misma. Entre quienes generaron los insumos para esa noticia se encontrarían un excomisario de la Policía y Eduardo Inda, el director de la página de bulos y desinformación conocida como OkDiario, cuyo objetivo es el de defenestración de las opciones políticas de izquierda y cuyo mal denominado “periodista”, Alejandro Entrambasaguas, fue el operador político del señor Arturo Murillo durante el gobierno de Áñez, amplificado entonces por buena parte del conglomerado mediático nuestro.

Esta reciente revelación ha permitido que Podemos siga alimentando la hipótesis de que el estrepitoso desprestigio que sufrió es, en gran parte, resultado del concierto mediático opositor a las izquierdas de un determinado conglomerado con intereses económicos y políticos; además de ello, ahora Iglesias forja la idea de que la política española se ha ido latinoamericanizando y no precisamente por anhelos integracionistas sino por las formas de operación de las derechas políticas y sus brazos mediáticos.

A reserva de ese debate lo cierto es que ya no se trata de un fenómeno nuevo, sino de uno que cada vez ocurre con más frecuencia en medio de un escenario de mayor desorden informativo. Ya podemos hablar con certeza de medios que operan con fines políticos casi como la norma. Además de ello, estos hechos han vuelto a poner sobre la mesa aquella vieja discusión en torno a las afecciones que pueden sufrir las democracias cuando quienes tienen un rol en el periodismo optan por prestarse para operaciones informativas y mediáticas. Algo discutido hace décadas y constituido, cruenta e irrefrenable certeza al día de hoy. En el mundo. En España. En Latinoamérica.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Precedente preludio

/ 1 de julio de 2022 / 01:16

No se trata solo del aborto. Lo ocurrido hace unos días cuando la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos decidió eliminar todas las protecciones federales para el acceso al aborto en este país constituye un preocupante precedente y a la vez un momento preludio que es preciso entender en su magnitud, porque se trata de un decidor hito de nuestra época actual y de los desafíos que conllevará gestionar nuestras sociedades en los siguientes años y para las generaciones venideras.

En la actualidad, al centro de las discusiones en torno al tipo de sociedades occidentales que queremos se encuentra el destino de muchos de los derechos adquiridos de las personas en las últimas décadas, pero, sobre todo, los de las poblaciones históricamente excluidas y condenadas sistémicamente a las múltiples desigualdades; las regresiones con las que se amenazan hoy a estos derechos y el rol de los Estados ante su protección y garantía. ¿Qué tanto de ello es privativo de la justicia aún en este tiempo? ¿Es posible que los desacuerdos respecto a los derechos de las personas permanezcan en manos de tribunales de justicia? Los debates jurídicos en torno a ello deben darse no solo con mayor celeridad sino con mayor atención, pues pareciera ser que los tiempos que nos llevan hacia “el futuro” se están acelerando, ganándole la carrera a la institucionalidad del Estado de derecho, tal como lo conocemos.

Si partimos de la hipótesis que los sistemas democráticos tal y como los conocemos, a esta altura del partido, ya no tienen un futuro garantizado, estamos —en lo cultural y discursivo— ante el enorme desafío de pensar cómo se logra que sea el gran relato democrático de la ampliación (y garantía) de derechos humanos el que salga triunfante dentro de las disputas de este tiempo, esto es: que convenza a quienes componemos las sociedades de que ese es (sigue siendo) el camino de la convivencia y la base de un nuevo (renovado, más bien) contrato social. 

No se trata solo del aborto. Aunque esta batalla político-cultural haya iniciado hace ya algunos años, en realidad lo que este fallo denota es que independientemente del nivel de institucionalización que tengan los Estados, las decisiones sobre las vidas/cuerpos de las personas aún pueden estar sometidas a las concepciones de mundo de quienes tienen el poder para generar Estado. Esto, peor aún, sin haber atravesado una (s)elección democrática que avale que estas personas representan el pensamiento y la forma de vida de, cuando menos, la mayoría de las personas que componen una determinada sociedad.

En el fondo, pues, lo ocurrido hace días en Estados Unidos se ubica como uno de los principales síntomas del signo de época que llevará la historia occidental en los próximos años y que se ha venido cultivando desde hace varios años. Y, lo curioso y que se ha ido anticipando, es que ese signo de época tiene más que ver con lo que conocemos como pasado —y, en consecuencia, se creía superado— que con lo que durante muchos años se imaginó como futuro de la democracia. Estamos al frente, pues, de un signo de época ya demasiado cercano y que debe ser pensado, afrontado y gestionado con profundidad, creatividad y seriedad desde la política en un tiempo en el que la inmediatez, la superficialidad y la desinformación cooptan muchos de los escenarios en los que se libran las batallas político-culturales de nuestro tiempo.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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