Voces

Thursday 24 Nov 2022 | Actualizado a 20:14 PM

Juego

/ 3 de octubre de 2022 / 00:52

El juego ha sido el modelo sobre el cual se han levantado muchas intuiciones teóricas. Por ejemplo, se dice que Ludwig Wittgenstein tuvo una revelación un día que miró, de paso, un partido de fútbol. Así como un grupo de personas juegan al fútbol con un conjunto de reglas y de significaciones, de la misma manera los seres humanos juegan con las palabras, pensó Wittgenstein.

Para el filósofo austriaco, en el lenguaje hay múltiples juegos, cada uno de ellos contiene reglas, expresiones y giros gramaticales que le son propios y que, en consecuencia, suponen una historia detrás. Extrapolar una expresión fuera del juego de lenguaje al que pertenece puede generar descontextualizaciones, problemas y confusiones complejas.

Por ejemplo, los múltiples juegos de cartas, pese a que usan los mismos instrumentos (naipes), difieren en las reglas. En un sentido similar, el lenguaje que nos sirve como un instrumento común, produce una variedad de significaciones y sentidos que dependen de los juegos en los que participa. De ahí que, para saber qué sentido tienen las expresiones y palabras, hay que analizar el juego que jugamos al utilizarlas.

El francés Pierre Bourdieu también recurre a la metáfora del juego para explicar uno de los conceptos centrales de su teoría de campos sociales, la noción de habitus.

El habitus es la manera de ser y de comportarse en un campo social determinado. Bourdieu lo explica como el sentido del juego, es decir, quien aprendió a jugar sabe cómo comportarse, qué reglas seguir, qué significa transgredir las reglas y qué castigos hay. Puede hacer cálculos. La práctica continua de jugar permite, por ejemplo, que un jugador de fútbol esté parado justo donde caerá la pelota, y no en otro lugar.

Posiblemente, quien ha teorizado más sobre el juego haya sido el holandés Johan Huizinga en su hermoso texto titulado Homo ludens. Basta con leer el nombre que eligió Huizinga para comprender que, además, de homo sapiens u homo faber, somos homo ludens. Para el pensador neerlandés el juego es uno de los formantes centrales de toda cultura, y una de las matrices necesarias para comprender los elementos constitutivos de una cultura. El juego para Huizinga presenta una aparente contradicción, pues si bien es una actividad libre, esta solo se desarrolla en los márgenes de un orden absoluto y propio, que le da sentido al juego. Podríamos decir que somos libres en el juego cultural al que pertenecemos.

En materia jurídica la matriz del juego ha permitido formular uno de los modelos de análisis más interesantes, basado en la teoría de juegos y en el llamado dilema del prisionero, se ha erigido desde unos 50 años el análisis económico del derecho.

Analizar el juego nos permite comprender que detrás de él hay mucho más que solo distracción o entretenimiento.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Dahl o la ‘poliarquía’

/ 14 de noviembre de 2022 / 01:16

Poliarquía es una categoría de teoría de la democracia que nos remite inmediatamente a una parte de la obra del profesor norteamericano de la Universidad de Yale llamado Robert Dahl.

Robert Dahl denomina poliarquía al ideal de perfección de la democracia, en el que el gobierno pertenece a muchos. El término poliarquía aparece por primera vez en 1956, en su texto A preface to democratic theory. Desde 1956 el profesor de Yale ha expuesto y reformulado varias veces su teoría de maximización de la democracia. En su clásico texto La democracia y sus críticos (1989), Dahl desarrolla cinco criterios del proceso democrático que colaboran a maximizar a la misma. El primero lo denomina “participación efectiva” y se refiere a que los ciudadanos deben contar con las oportunidades apropiadas y equitativas para expresar sus preferencias políticas. El segundo criterio lo denomina “igualdad de votos” y con él se refiere a que las opiniones y opciones, expresadas por los ciudadanos en el debate, tengan el mismo peso y el mismo valor. El tercer criterio Dahl lo denomina “comprensión esclarecida o comprensión ilustrada” y se refiere a que los ciudadanos deben contar con la información y la comprensión de lo que debaten, es decir, deben saber de lo que hablan, lo que eligen y las consecuencias de lo que eligen, de esta manera el tercer criterio de Dahl no es otro que el derecho a la información y a la comprensión de la misma. El cuarto criterio se denomina “control del programa de acción” y se refiere a que los gobernados tienen la posibilidad de cuestionar e incidir en las decisiones de los gobernantes, es decir, deben existir posibilidades de que los gobernados puedan recuperar el poder de decisión que se otorgó a los gobernantes sobre determinados temas que son de interés no delegable del pueblo. Finalmente, el quinto criterio se denomina inclusión. En una democracia maximizada los ciudadanos deben estar incluidos en todo el proceso democrático, de lo contrario la democracia sería cada vez más una fórmula vacía.

Para Robert Dahl, cada uno de los criterios básicos, pero a la vez ideales, de una praxis democrática prescribe un derecho que es en sí una parte necesaria del orden constitucional de una democracia ideal: el derecho a la participación, el derecho a expresar libremente las ideas, el derecho a que el voto de cada uno cuente igual que el de los demás, el derecho a la información y a buscar conocimiento necesario para entender el asunto de la agenda, el derecho a disentir, y el derecho a participar en condiciones de igualdad en el control final de la agenda y el gobierno. Siguiendo a Robert Dahl, los criterios del proceso democrático suponen a la vez un conjunto de derechos fundamentales que hacen en sí al núcleo de la democracia.

Farit Rojas T. es docente investigador de la UMSA.

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Latour

/ 17 de octubre de 2022 / 00:14

Bruno Latour refiere la siguiente historia. Arquímedes habría escrito una carta a Hierón —rey de Siracusa— para interesarlo en la ciencia. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, le dijo para despertar el interés del monarca en la ciencia.

Hierón maravillado, solicitó a Arquímedes una demostración, éste hizo poner en tierra, con la colaboración de decenas de soldados, una nave de transporte de tres mástiles perteneciente a la Marina Real. Arquímedes la movió el solo, con el uso de una ingeniosa palanca que reemplazaba la fuerza de decenas de hombres. Hierón, estupefacto, comprendió la potencia de la ciencia y contrató a Arquímedes para que construyera máquinas para la defensa de la ciudad, pues se temía una guerra con los romanos.

Arquímedes, entonces, se encontró embarcado, como dice Latour, en un “mini proyecto Manhattan” para la defensa de Siracusa, frente al ataque del general romano Marcelo. El historiador Plutarco señala que Marcelo dijo a sus soldados: “No cesaremos de guerrear contra ese geómetra que usa nuestras naves como cubiletes para sacar agua del mar, que ha eliminado de manera ignominiosa nuestra sambuca a latigazo limpio”. En efecto, todos los siracusanos, al mando de Arquímedes y con el uso de sus inventos, no eran sino el cuerpo de un organismo creado por Arquímedes. Sin embargo, se rumoreaba que a Arquímedes no le interesaba la guerra ni la política.

Veamos. Acto I: Arquímedes va a ver a Hierón para hacerlo “interesarlo” en la ciencia; Acto II: Hierón propone a Arquímedes el desafío de probar la utilidad práctica de sus ideas; Acto III: Arquímedes logra con éxito mover un barco y un poco más tarde defender exitosamente a Siracusa; Acto IV: a Arquímedes solo le interesa la ciencia pura y no la política mundana de la guerra.

Lo que sucede, nos dice Latour, es que la ciencia, cuando la misma purifica sus hallazgos, no quiere reconocer su deuda política, es decir no quiere reconocer que detrás de un gran científico puede asomarse una gran guerra, un gran tirano, una gran catástrofe, todo ello distante de las preocupaciones científicas. Latour, entonces llama a repensar una política de la ciencia, es decir, llama a recalibrar las relaciones de la ciencia con la política, mostrando que la modernidad —esta maquinaria de purificación de hallazgos empíricos en busca de la santidad de la moderación— no es más que la acción de ocultamiento de la política, fría y descarnada.

Bruno Latour dedicó su trabajo a cuestionar la aparente autonomía científica, y a plantear un proyecto singular de reflexión llamado «humanidades científicas» que une reflexiones sobre la ciencia, la sociología, la antropología y la epistemología. Bruno Latour murió el pasado 9 de octubre, dejando una obra impresionante y un legado que dará mucho de hablar.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Borradores

/ 19 de septiembre de 2022 / 01:32

Una parte de los escritos de autores como Karl Marx, Walter Benjamin o Michel Foucault son borradores y muchos de ellos son inéditos. Por ejemplo, una parte generosa de la obra de Marx es considerada borrador, incluso los especialistas tratan como un borrador a su obra más importante El Capital, pues Marx solo alcanzó a publicar en vida el tomo I y aún tenía muchas observaciones al texto y la intención de reformularlo. Los demás tomos de El Capital fueron armados y re-escritos por Engels bajo indicaciones hechas por Marx; sin embargo, los especialistas han encontrado más de 5.000 cambios que habría realizado Engels al texto original de Marx, por ello en el proyecto de la MEGA (Obras completas de Marx y Engels) tomaron la decisión de publicar los borradores de Marx sin las intervenciones de Engels, es decir, recuperar los borradores por la importancia que tienen para comprender una obra.

Entre los borradores y textos preparatorios más interesantes están los de Walter Benjamin, en particular los realizados para dar forma a las “tesis sobre la historia”. En uno de estos borradores Benjamin anota lo siguiente: “Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia mundial. Pero quizás es totalmente diverso. Quizá las revoluciones son la maniobra por la cual la especie humana que viaja en ese tren aferra el freno de emergencia”. Esta afirmación resume su idea del curso catastrófico de la historia y que nuestra mayor acción política es negativa: detener el curso de la historia.

Hace algunos años se publicó un inédito de Foucault, el tomo IV de la historia de la sexualidad titulado Las confesiones de la carne. El texto estaba listo antes de su muerte y Foucault solo quería realizar una última revisión antes de su publicación. Entonces, se trataba de un inédito que todo estudioso de Foucault sabía que existía. Sin embargo, en la introducción de los editores de este libro inédito de Foucault se revela un dato insospechado y curioso.

El plan de publicaciones de la historia de la sexualidad dado a conocer en 1976 incluía cinco libros: La carne y el cuerpo; La cruzada infantil; La mujer, la madre y la histérica; Los perversos; Población y razas. Se creía que Foucault habría abandonado este plan. Sin embargo, a través de los Archivos Foucault (40.000 folios repartidos en más de 100 cajas) depositados en el Departamento de Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia, se anuncia que por lo menos dos títulos (La carne y el cuerpo y La cruzada infantil) ya habían sido parcialmente redactados, y parece que hay muchas páginas dedicadas al último libro del plan (Poblaciones y razas).

Una vez más, ya sea con Marx, Benjamin o Foucault, hay un guiño que nos dice que toda obra es en sí un borrador de una obra por-venir.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Principios

/ 5 de septiembre de 2022 / 03:22

En la teoría del derecho contemporánea es un lugar común señalar que el sistema jurídico está compuesto por reglas y principios.

Si bien, toda norma jurídica es entendida como comunicaciones lingüísticas prescriptivas generales y abstractas, el criterio de distinción entre normas principio y normas regla consiste en asignar a las primeras un grado de generalidad relativamente alto y a las segundas un grado de generalidad relativamente bajo. El jurista alemán Robert Alexy da el siguiente ejemplo: un grado relativamente alto de generalidad es la norma que todos gozan de libertad de creencias. En cambio, un grado relativamente bajo de generalidad es la norma que dice que todo recluso tiene el derecho de apartar a otros reclusos de sus creencias.

Se considera a Ronald Dworkin, profesor de la universidad de Oxford, quien ha fundamentado esta distinción. Para Dworkin las reglas son normas que se aplican en la forma todo-o-nada (all-or-nothing-fashion), en cambio los principios son normas que solo proporcionan razones que hablan a favor de una u otra solución. Los principios, en el argumento de Dworkin, tienen una dimensión de peso (dimension of weight) que las reglas no poseen. Bajo este razonamiento, las dimensiones de peso se muestran cuando los principios colisionan. Por ejemplo, en un determinado caso, dos principios pueden colisionar (libertad de prensa vs. seguridad exterior del Estado), entonces un principio puede tener un mayor peso y hacer retroceder al otro principio (mayor peso a la libertad de prensa). Pero puede darse otro caso en el que el peso pueda estar repartido de manera opuesta (mayor peso a la protección de la seguridad exterior). Todo depende del caso y de las situaciones fácticas y jurídicas que lo acompañan.

En búsqueda de otorgar una mejor comprensión a los principios, Alexy señala que el punto decisivo para la distinción entre reglas y principios es que los principios son normas que ordenan que algo se realice en la mayor medida posible y son por consiguiente mandatos de optimización, en cambio las reglas exigen un cumplimiento pleno.

Alexy formula de esta manera la llamada ley de ponderación: cuanto más alto sea el grado de incumplimiento o de menoscabo de un principio, tanto mayor debe ser la importancia de cumplimiento del otro.

Una variación sumamente interesante ha sido introducida por el Tribunal Constitucional Plurinacional, el cual viene ponderando desde hace mucho tiempo las normas constitucionales para la resolución de casos concretos. Nos referimos al test del paradigma del vivir bien (Sentencia STC 1422/2012), mediante el cual presenta el método jurídico de la ponderación intercultural, en el que pone en juego principios de los derechos de pueblos indígenas para la resolución de casos de pluralismo jurídico.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Chile y el Nuevo Constitucionalismo

Hoy Chile decidirá si ingresa o no a la narrativa del Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano.

/ 4 de septiembre de 2022 / 17:33

SALA DE PRENSA

Hoy, domingo 4 de septiembre, el pueblo chileno participa, de manera inédita, a través de un referendo, en la aprobación o rechazo de su proyecto de Constitución. Se trata de un texto elaborado por la Convención Constituyente chilena conformada por 155 convencionales elegidos por voto popular en mayo de 2021. La nueva Constitución chilena podría caracterizarse, en caso de aprobarse, como parte del llamado nuevo constitucionalismo latinoamericano.

Los profesores españoles Roberto Viciano Pastor y Rubén Martínez Dalmau caracterizan al Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano (NCL) como el fenómeno en el que se ha dado una radical aplicación de la teoría democrática de la Constitución. Las constituciones del NCL son producto de procesos políticos complejos, en los que se recupera la preocupación por la legitimidad democrática de la Constitución. Se trata de textos constitucionales que surgen en el extrarradio de la academia, producto más de las reivindicaciones de movimientos sociales que de los profesores de Derecho Constitucional. Para los profesores españoles el NCL comenzó con el proceso constituyente colombiano (1990-1991), maduró en el venezolano (1999) y alcanzó su madurez con la Constitución ecuatoriana (2008) y con la Constitución boliviana (2009). Sería de esperar que la Constitución chilena constituya un estadio más en el desarrollo y construcción del NCL.

Las constituciones del NCL se caracterizan por ser largas. La Constitución ecuatoriana, por ejemplo, consta de 444 artículos y 30 disposiciones transitorias, y la de Bolivia, de 411 artículos y 10 disposiciones transitorias (además de una disposición abrogatoria). El proyecto de Constitución chileno posee 388 artículos y 57 disposiciones transitorias. Es un texto constitucional extenso, con un derecho transitorio destinado a amoldar la situación jurídica precedente a las nuevas normas de la nueva Constitución.

Generalmente esta extensión se debe a que las constituciones del NCL se caracterizan por largos catálogos de derechos; por ejemplo, la Constitución boliviana extiende su catálogo de derechos fundamentales del artículo 13 al 107, es decir, casi un centenar de artículos dedicados a los derechos fundamentales. Algo similar sucede con el proyecto chileno: la parte dedicada a los derechos y sus garantías alcanza a casi un centenar de artículos (del 17 al 113), aunque, como sucede con la Constitución boliviana, existen, fuera de ese catálogo de derechos estructurado, el reconocimiento de otros derechos que podríamos llamar derechos constitucionales. En el caso de Bolivia, por ejemplo, la declaración del agua como un derecho fundamentalísimo se encuentra en el artículo 371. El proyecto de Constitución chilena también considera al agua un derecho humano y lo desarrolla en un apartado especial denominado Estatuto de las aguas (artículos 140 al 144).

Estos extensos catálogos de derechos constituyen, en el entendimiento de profesores como Rodrigo Uprimny y Boaventura de Sousa Santos, rasgos de un constitucionalismo transformador, y es que, en el estilo de la Constitución ecuatoriana, la chilena aborda una serie de nuevas caracterizaciones de los derechos, en particular al señalar que la naturaleza es sujeto de derechos. El artículo 103 del proyecto de Constitución chilena señala: la naturaleza tiene derecho a que se respete y proteja su existencia. Asimismo, dice en el artículo 1, el que abre el proyecto de Constitución: la igualdad sustantiva de los seres humanos es indisoluble de su relación con la naturaleza; ello permite asumir, en el artículo 8, la categoría del buen vivir, entendida como la interdependencia entre personas, pueblos y naturaleza como un conjunto inseparable.

Otra de las características del NCL, en particular respecto a las constituciones ecuatoriana y boliviana, es la declaración del Estado como plurinacional. La Constitución ecuatoriana lo establece en su artículo 1: “El Ecuador es un Estado constitucional de derechos y justicia, social, democrático, soberano, independiente, unitario, intercultural, plurinacional, y laico. Se organiza en forma de república y se gobierna de manera descentralizada”. La Constitución boliviana señala algo similar, también en su primer artículo: “Bolivia se constituye en Un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías”. Y el proyecto de Constitución chilena en su artículo 1 afirma que “Chile es un Estado social y democrático de derecho. Es plurinacional, intercultural, regional y ecológico. Se constituye como una república solidaria. Su democracia es inclusiva y paritaria. Reconoce como valores intrínsecos e irrenunciables la dignidad, la libertad, la igualdad sustantiva de los seres humanos y su relación indisoluble con la naturaleza”.

Cabe señalar que Ecuador, Bolivia y, en caso de aprobarse su proyecto, también Chile, son estados plurinacionales además repúblicas, pues desarrollan de manera clara la separación entre Estado, por un lado, y forma de gobierno, por otro. La Constitución boliviana señala la forma republicana de gobierno en su artículo 11.

Entonces, junto con los extensos catálogos de derechos, se encuentra la declaración constitucional de Estado Plurinacional; esto va de la mano con el reconocimiento del derecho a la libre determinación de pueblos indígenas, en el marco del derecho internacional de los derechos humanos. Cabe recordar que es la Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de pueblos indígenas, adoptada el 13 de septiembre de 2007, la que reconoce el derecho a la libre determinación (selfdetermination) de los pueblos indígenas (artículo 4 de la Declaración), lo que permite el derecho a que los pueblos indígenas puedan ser considerados naciones indígenas (artículo 9 de la Declaración).

Esta relación entre los derechos fundamentales que encontramos en los textos constitucionales con los instrumentos internacionales de derechos humanos, es también una característica del NCL. La Constitución boliviana lo señala expresamente en la categoría de bloque de constitucionalidad (artículo 410), que dice que este bloque está integrado por los tratados y convenios internacionales en materia de Derechos Humanos y las normas de Derecho Comunitario, ratificados por el país. En una idea similar, el proyecto de Constitución chilena en su artículo 15 afirma que los derechos y las obligaciones establecidos en los tratados internacionales de derechos humanos ratificados y vigentes en Chile, los principios generales del derecho internacional de los derechos humanos y el derecho internacional consuetudinario en la misma materia forman parte integral de esta Constitución y gozan de rango constitucional.

En consecuencia, es muy difícil cuestionar a las constituciones del NCL como textos que restringen derechos, aunque es lógico que la garantía de los mismos depende de la puesta en práctica institucional.

Este domingo 4 de septiembre Chile decidirá si aprueba o no su nuevo texto constitucional e ingresa o no a la narrativa del NCL.

(*)Farit Rojas T. es abogado, docente de la carrera de Derecho de la UMSA

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