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Wednesday 30 Nov 2022 | Actualizado a 16:11 PM

Pregunta sobre la adicción

/ 3 de octubre de 2022 / 00:51

A pesar de que las muertes por sobredosis vayan en aumento, hay algunas buenas noticias importantes relativas al abuso de los opioides. Las tasas de consumo no médico entre los estudiantes preuniversitarios han disminuido en cerca del 83% desde 2002, cuando el 14% declaraba haber intentado alguna vez drogarse con analgésicos recetados. En 2021, ese porcentaje se había reducido al 2%. El consumo de heroína también presenta un acusado descenso: en 2021, solo el 0,4% de los estudiantes preuniversitarios declaraba haberla probado.

Esto es especialmente una buena noticia porque el consumo entre los adolescentes es un excelente predictor del rumbo de una epidemia de drogas: la inmensa mayoría de las adicciones comienzan en los últimos años de la adolescencia o en los primeros de la edad adulta. Dado que los opioides más mortíferos, como el fentanilo, se suelen vender bajo la capa de la heroína o los analgésicos con receta, esto es un buen augurio para la reducción de las muertes por sobredosis.

Sin embargo, para traducir este cambio positivo en una reducción de las adicciones duradera, es importante saber cómo varían las pautas del consumo de droga a lo largo del tiempo, en vez de contemplarlas como crisis aisladas asociadas a sustancias concretas.

Hoy, cuando el consumo de opioides entre los jóvenes va en descenso, puede que Estados Unidos se encuentre en otro punto de inflexión. “Con demasiada frecuencia, las epidemias de consumo de drogas siguen la curva clásica”, dijo Samuel K. Roberts, profesor adjunto de historia y ciencias sociomédicas en la Universidad de Columbia, que definió como aquellas que comienzan lentamente, alcanzan un pico y después decaen.

Una de las razones que explican este patrón puede ser la creciente visibilidad de los daños asociados a su consumo, en los medios y —quizá más importante— entre los familiares y amigos. “Lo que provoca su disminución es normalmente una serie de cosas, pero una de ellas suele ser el surgimiento de una percepción negativa de una droga concreta”.

“Sobre todo la gente joven está muy preocupada”, dijo Jeremy Sharp, quien moviliza a los jóvenes para que luchen por unos enfoques más compasivos en relación con las drogas. “Creo que muchos han sido testigos de lo que le ha ocurrido a gente de mi edad, o más joven, y que eso les quita mucho las ganas”. Sharp, quien tiene 35 años, dijo que había perdido a siete amigos por sobredosis en los dos últimos años.

Al igual que los jóvenes de la época del crack, esto no significa que los de hoy no estén tomando otras drogas. Existe un fenómeno conocido como “olvido generacional”, que identificó por primera vez Lloyd Johnston. Consiste en que los jóvenes suelen evitar la droga que en ese momento sea la más temida; sin embargo, como tienen escasa experiencia con las que habían sido populares antes, son menos conscientes de sus peligros potenciales.

Esto da lugar a un ciclo ampliamente definido en el que, más o menos cada 10 o 15 años, se produce una epidemia de una droga distinta. La heroína, por ejemplo, fue el demonio de las drogas en la década de 1970; el crack, en la de 1980; la heroína, otra vez en la de 1990; la metanfetamina, en la de 2000; los opioides con receta, en la de 2010; y ahora, el fentanilo y otros opioides que se están vendiendo como heroína. Al considerar y atender cada crisis como si fuesen causadas por una sustancia concreta —sin comprender por qué persiste la adicción— perdemos la oportunidad de dirigir las políticas a reducir los daños asociados.

Las personas consumen drogas por un motivo. Normalmente, las que se vuelven adictas están lidiando con la desesperanza, el trauma o la enfermedad mental, y muchas veces con las tres cosas. Este dolor económico y social es el elemento común de todas las crisis de consumo de drogas. Mientras los legisladores no prioricen la mitigación del estrés que provoca que personas y comunidades concretas, enfrentándose a las pérdidas económicas y al trauma, sean especialmente vulnerables a la adicción, este ciclo vicioso no hará sino continuar.

Maia Szalavitz es columnista de The New York Times.

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Jóvenes en la era del fentanilo

/ 22 de noviembre de 2022 / 01:15

En septiembre, dos niñas de 15 años en Los Ángeles sufrieron una sobredosis de fentanilo, a la cual una de ellas no sobrevivió, tras comprar lo que creyeron que eran opioides que se venden con receta. En la era del fentanilo y otras sustancias sintéticas fabricadas de manera ilegal, el peligro que implica probar las drogas es mayor que nunca.

Sin embargo, el fentanilo callejero y sus derivados pueden tener una intensidad decenas o miles de veces mayor que la oxicodona del Percocet. Las sustancias sintéticas que se venden en las calles suelen encontrarse en drogas que se venden como heroína o píldoras prescritas, pero a veces están presentes en las drogas “de fiesta”, como la cocaína. Esto ha aumentado de manera exponencial el riesgo de uno o dos experimentos juveniles.

Sin embargo, en un país donde los adolescentes son bombardeados con historias alarmistas y exageradas sobre todo tipo de sustancias —incluido el fentanilo, por supuesto— ¿cómo pueden hacer los programas de prevención de consumo de drogas para superar ese bullicio y captar su atención?

De las estrategias eficaces surgen dos ejes clave. Uno es que, para conectar con los adolescentes, debes ganarte su confianza mediante la honestidad, no solo tratar de infundirles miedo. El segundo es que los programas escolarizados deben reconocer que no se puede prevenir por completo el consumo de drogas. En vez de solo enfocarse en la abstinencia, buscan prevenir los comportamientos de más alto riesgo y atender los factores personales y ambientales que más podrían conducir a la adicción. Hoy en día, se reconoce más la necesidad de lo verídico por encima de lo estrafalario.

Las investigaciones sugieren que quienes están en mayor riesgo de volverse adictos a menudo manifiestan temperamentos muy particulares que se pueden detectar desde la edad preescolar: por ejemplo, extrema osadía o ansiedad grave. En el largo plazo, la prevención eficaz de la adicción requiere un cambio social para prevenir o al menos intervenir a tiempo con respecto al trauma de la infancia, mediante la creación de comunidades propicias para la salud mental con escuelas seguras y favorables, actividades extracurriculares estimulantes y acceso a atención médica integral. Pero primero, debemos mantener a los jóvenes con vida y eso significa tener conversaciones incómodas y honestas sobre los peligros de las drogas y las formas de minimizar los riesgos para quienes las usan.

Nadie ha descubierto una manera de eliminar la impulsividad y el afán por tomar riesgos de la juventud, lo cual quizá sea lo mejor, ya que estas características también pueden apuntalar el aprendizaje y la creatividad. Pero sí podemos reducir las probabilidades de que los actos insensatos que cometen los jóvenes terminen con sus vidas.

Maia Szalavitz es columnista de The New York Times.

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